martes, 18 de marzo de 2014

Mañana: En tierra en tierra de tinieblas, parte 1

CAPITULO 1
Qué rabia me da escribir. Preferiría dormir. Dios, cuánto me gustaría dormir. Pero no puedo. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que he dormido toda una noche a pierna suelta. Desde que fui al Infierno. Desde que fui a este complicado lugar llamado Infierno.
Cuando tengo la ocasión de echarme a dormir, lo pruebo todo. Cuento ovejas de todas las razas: border leicester, merino, corriedale, south suffolk. Pienso en mis padres. Pienso en Lee. Pienso en Corrie y Kevin y en todos los demás amigos. Pienso mucho en Chris. A veces intento cerrar los ojos con fuerza y ordenarme a mi misma dormir, y cuando eso no funciona me doy la orden de estar despierta. Psicología inversa.
Leo mucho cuando todavía hay luz solar, o cuando me parece que vale la pena malgastar un poco las pilas. Al cabo de un rato, mis párpados se cansan y me pesan, y me giro para apagar la linterna o dejar el libro. Y, casi siempre, ese pequeño movimiento me devuelve de repente al estado de vigilia. Es como si atravesara todo el corredor del sueño y, justo al llegar a la puerta, esta se me cerrara en las narices.
Por eso he empezado a escribir otra vez. Me ayuda a matar el tiempo. No, seré sincera, es mucho más que eso. Me quita cosas de la cabeza y el corazón y las traslada al papel. Aunque eso no significa que dejen de estar en mi cabeza y en mi corazón. Siguen estando allí. Pero cuando las he puesto por escrito, es como si volviera a quedar espacio libre en mi interior. Espacio libre para otras cosas. No creo que me ayude a conciliar el sueño, pero es mejor que estar tumbada en la tienda esperando a que llegue el sueño.
Antes, todos me animaban a escribir. Iba a ser nuestra crónica, nuestra historia. Nos ilusionaba mucho ponerlo todo sobre el papel. Ahora, no creo que les importe si lo hago o no. Eso se debe en parte a que no les han gustado algunas de las cosas que escribí la última vez. Les dije que iba a ser sincera y lo fui, y aunque me aseguraron que les parecía bien, no se quedaron muy contentos cuando lo leyeron. Chris el que menos. 
Esta noche es muy oscura. El otoño se acerca sigilosamente por el monte, dejando caer algunas hojas acá y allá, coloreando las moras, dando un toque más cortante a la brisa. Hace frio, y me está costando escribir y mantener el calor al mismo tiempo. Estoy agazapada en el saco de dormir como una jorobada, intentando mantener la linterna, el papel y mi bolígrafo en equilibrio sin exponer demasiada parte de mi piel al aire de la noche.
«Mi bolígrafo». Es curioso cómo he escrito eso sin darme cuenta. «La linterna», «el papel», pero «mi bolígrafo». Supongo que eso revela lo que para mí significa escribir. El bolígrafo es un conducto que une mi corazón con el papel. Puede que sea mi bien más preciado.
Aun así, la última vez que escribí algo fue hace siglos, después de la noche en que Kevin se fue en ese Mercedes oscuro, con Corrie herida e inconsciente en el asiento de atrás. Recuerdo haber pensando en aquel momento que, si pudiera pedir un deseo, sería saber que llegaron al hospital y que los trataron bien. Si pudiera pedir dos, el segundo sería saber que mis padres todavía están bien, encerrados en el Pabellón de Ganado del recinto ferial. Y, si pudiera pedir tres, el tercero sería que toda la humanidad estuviera bien, incluida yo.
Han pasado muchísimas cosas desde que Kevin y Corrie se fueron. Un par de semanas más tarde, Homer convocó una asamblea. Todavía estábamos tensos y puede que no fuera el mejor momento para reunirnos, pero por otro lado tal vez llevábamos demasiado tiempo parado. Creía que estaríamos demasiado decaídos para poder hablar de gran cosa o hacer planes, pero una vez más había subestimado a Homer. Había estado reflexionando mucho. No nos lo llegó a decir, pero era evidente por la forma en que hablaba cuando nos reunimos. Hubo una época en la que la idea de un Homer pensante habría sido más rara que la de un ornitorrinco volante, y todavía me costaba un poco adaptarme al cambio. Sin embargo, por lo que dijo aquel día, cuando volvimos a reunirnos en el arroyo, estaba claro que no había estado sumido en una depresión como algunos de nosotros.
Se plantó frente a nosotros, apoyado contra un peñasco, con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros. Su cara oscura y seria nos sondeaba, posando sus ojos castaños un instante en cada uno de nosotros, como si analizara detenidamente lo que veía. Primero miró a Lee, que estaba sentado frente al arroyo, a pocos metros de distancia, contemplando el agua. Tenía un palo en las manos y lo rompía lentamente en pequeños pedazos, dejando que la corriente los llevara. Cada vez que uno de ellos desaparecía en el agua que discurría gorgoteando entre las rocas, reanudaba el proceso. No alzó la vista y, aunque lo hubiera hecho, sabía que solo habría tristeza en sus ojos. Verlo me resultaba casi insoportable. Deseé poder disipar su pena, pero no sabía cómo hacerlo.
Delante de Lee estaba Chris. Sobre las rodillas tenía un cuaderno, en el que estaba siempre escribiendo. Parecía vivir más en ese cuaderno que con nosotros. Si bien no hablaba con él —bueno, no en voz alta— sí dormía con él, se lo llevaba a las comidas y lo guardaba celosamente de fisgones como yo. Sobre todo escribía poemas, creo. Hubo una época en la que me enseñaba su poesía, pero lo que escribí sobre él le había ofendido tremendamente, y desde entonces apenas me dirigía la palabra. Yo no creía haber dicho nada que fuera tan grave, pero él no lo veía así. En realidad, me gustaban sus poemas, aunque no los entendía. Pero me gustaba como sonaban las palabras.
Los camiones rezongaban en la fría noche
por la senda de la desesperanza.
No hay sol, no hay nubes
ni bandera en lontananza.
Los hombres caminaban cabizbajos.
No les queda amor, ni confianza.
Ese era un fragmento que recordaba.
A mi lado se sentaba Robyn, la persona más fuerte que conocía. Con ella parecía estar pasando una cosa muy curiosa. Cuanto más duraba esta situación horrible, más calmada se volvía. Al igual que el resto de nosotros, se había quedado destrozada con lo de Corrie y Kevin, pero eso no había impedido que se volviera más serena cada día que pasaba. Sonreía mucho. Me sonreía mucho a mí, cosa que valoraba un montón. No todo el mundo me sonreía. Robyn era tan valiente que, en uno de nuestros momentos más difíciles, en que yo estaba conduciendo un camión a través de la tormenta de balas a noventa por hora, logró mantenerme cuerda. De haber estado sola, creo que habría sido capaz de pasar al carril lento para dejar que los vehículos enemigos nos adelantaran. O pararme en un paso de peatones para ceder el paso a un soldado con metralleta. Aquella noche saqué mucho coraje de Robyn, y también en otros momentos. Espero no habérselo chupado todo, como una sanguijuela.
Sentada delante de Homer, con sus esbeltos pies, sus tobillos perfectos y sus piernas de bailarina colgando sobre el agua, estaba Fi. Seguía teniendo el mismo aire de siempre: lista para servir el té a tu abuela en una taza de Royal Doulton. O para salir en la portada de un catálogo de ropa de Western Rose. O para romperle el corazón a otro tío, o para poner celosa a otra chica, o para hacer que tu propio padre se sonroje y se ponga a reír y a charlar como si tuviera veinte años menos. Sí, esa era Fi: bonita, elegante y frágil. Esa era Fi, la que caminaba sola en plena noche atenta a la aparición de patrullas enemigas, la que encendía una mecha de gasolina para volar un puente, la que conducía una moto campo a través en una carrera loca por escapar de las balas.
Con Fi me había equivocado de medio a medio.
Y sigo sin haberla calado del todo. Después de haber volado el puente, se puso a reír, diciendo: «¡No me puedo creer que haya hecho eso! ¡Tenemos que repetirlo!». Y después de que Kevin se llevara a Corrie inconsciente en el asiento trasero del coche, se pasó una semana llorando.
Fi fue la que se quedó más dolida por lo que había escrito sobre nuestras experiencias. A Chris le indignó, y a Fi le dolió. Dijo que había vulnerado confidencias, que a Homer y a ella les había hecho quedar como unos estúpidos, como unos niños, y que la había engañado al no contarle lo que yo sentía por Homer. Y sé que lo que escribí tuvo un efecto negativo en su relación. Se volvieron tímidos el uno con el otro, muy incómodos. Debí haber imaginado lo que iba a ocurrir. La cagué.
A Homer también le había sentando mal, aunque a mí no me dijo nada directamente. Eso era mala señal, porque siempre había sido capaz de hablar con mucha naturalizad. Pero ahora también había empezado a sentirse incómodo conmigo. Si nos encontrábamos los dos a solas en un momento dado, mascullaba alguna excusa y se iba enseguida a otra parte. A mí eso me afecto mucho, tal vez más de lo que me afecto lo de Fi.
Ah, el poder de la pluma.
Pero las cosas han vuelto a mejorar desde entonces. Siendo un grupo tan pequeño, no podíamos seguir enemistados mucho tiempo. Nos necesitábamos demasiado. La mitad del problema, creo, era que estábamos cansados, tensos como el cable de una alambrada recién puesta, y nos rebotábamos a la primera de cambio. Ya solo deseaba desesperadamente que todo volviera a ser como antes. Lee y Robyn eran los únicos que en general no parecían afectados por lo que había escrito. Me trataban como si no hubiera pasado nada. Aunque mi problema con Lee era diferente: no dejaba de recluirse dentro de sí mismo, de desaparecer delante de mis ojos. Y cada vez era más difícil traerlo de vuelta cuando eso ocurría.
Todo era muy duro. Cuando salimos de acampada, hace apenas unos meses, no teníamos ni idea de que nos embarcábamos en la aventura más grande y más triste de toda nuestra vida. No sospechábamos que no íbamos a pasar juntos una sola semana sino una larga temporada, sin final a la vista. Y allí estábamos, relajándonos en el campo, comiendo, durmiendo y hablando mientras un ejército de soldados enemigos invadía nuestro país sin que lo supiéramos. Fue una operación tan bien organizada que terminó antes de que nadie comprendiera qué estaba ocurriendo. Cuando el efecto sorpresa es tan grande, cuando un país se encuentra tan desprevenido como lo estaba el nuestro, supongo que una invasión siempre es pan comido.
Y, efectivamente, se nos comieron. Al volver del campo, nos encontramos con un gran vacío. Nuestros padres desaparecidos, nuestros hermanos desaparecidos, nuestras mascotas muertas o desaparecidas, el ganado muerto en los campos. Pasamos días, semanas, conmocionados, intentando asimilar lo que había ocurrido y después intentando decidir lo que podíamos hacer al respecto. Y, como decía antes, algo sí que hicimos: volar el puente de Wirrawee, principalmente.
Pero pagamos un precio. Un precio muy alto. Y por eso nos encontrábamos tan deprimidos cuando Homer convocó esa asamblea.
En realidad, no sé por qué las llamábamos asambleas. Eran muy informales. Aunque Homer las presidía la mayoría de las veces, todos estábamos en igualdad de condiciones y todos decíamos lo que queríamos.
Pero nunca nos había costado tanto arrancar. Estaba claro que Homer era el único que tenía algo que decir. Y se lo veía nervioso. Pasó un buen rato antes de que se decidiera a poner en marcha el motor. Nosotros no fuimos de gran ayuda: mirábamos el arroyo mientras él hablaba, Lee seguía partiendo en trocitos del palo, Chris seguía escribiendo en su cuaderno. Yo me puse a rascar una roca con un trozo de hueso, sin conseguir resultados espectaculares.
—Chicos, ya es hora de que pongamos nuestros cerebros a trabajar. Podemos quedarnos aquí esperando sentados a que ocurra algo, o podemos salir y hacer que las cosas ocurran. Podemos ser como los palitos de Lee, dejar que el arroyo nos zarandee, nos golpee y se nos trague, o podemos meternos dentro del arroyo y transformar su curso, sacar todas las rocas hasta que los rápidos desaparezcan. Cuanto más esperemos, más nos costará y más peligroso será. Sé que a veces todo parece una gran putada. Esto nos supera a todos, pero al mismo tiempo tenemos que recordar que no lo hemos hecho tan mal. Nos hemos llevado por delante a algunos soldados, sacamos a Lee del pueblo cuando recibió una herida de bala, y después hemos volado entero el puente. Para ser un puñado de aficionados, nos hemos ganado unos cuantos puntos.
»No sé vosotros, pero yo he pasado bastantes días deprimido y sin hacer nada, pero eso no va a llevarnos a ningún lado. Creo que es la impresión de haber perdido a Corrie y Kevin, justo en el momento en que nosotros cuatro volvíamos tan orgullosos y satisfechos. Destrozar el puente fue genial, y pasar de eso al desastre nos llego de sopetón. Con razón nos sentimos mal, amargados y enfadados. Es normal que hayamos estado saltándonos a la yugular, aunque en realidad no hay ningún motivo lógico para hacerlo. La cuestión es que nadie es culpable de ningún fracaso estrepitoso. Hemos cometido errores, pero nada por lo que tengamos que cortarnos las venas. Nadie podía haber evitado que le pegaran un tiro a Corrie. Nunca podremos cubrir todos los riesgos. Por lo que nos contó Kevin, esos payasos salieron de la nada. No podemos protegernos de todos los ataques posibles las veinticuatro horas del día.
»De todos modos, no es de eso de lo que quiero hablar —Homer meneó la cabeza. Se lo veía cansado y triste—. Ya nos hemos recriminado bastante estas cosas los unos a los otros desde que ocurrió eso. De lo que quiero hablar es del futuro. Y con eso no quiero decir que olvidemos el pasado. De ningún modo. De hecho, una de las cosas que quiero decir lo va a demostrar, pero ya llegaré a eso. Primero, quiero contaros en qué he estado pensando más que nada. En el valor. En las agallas. En eso he estado pensando.
Se puso en cuclillas, cogió una ramita seca del suelo y se puso a mordisquearla. Estaba mirando al suelo, y aunque se notaba que se sentía incómodo, siguió hablando. En tono más bajo pero con mucho sentimiento.
—Puede que esto sea evidente para todos vosotros. Igual ya lo teníais claro desde que levantabais un palmo del suelo, y yo todavía estoy en pañales, intentando alcanzaros. Pero resulta que hasta la semana pasada o así no se me ocurrió como funciona esto del valor. Está en la cabeza. No naces con él, no te lo enseñaban en el colegio, no lo aprendes en un libro. Es una forma de pensar, eso es todo. Es algo para lo que entrenas la mente. No lo había entendido hasta ahora. Cuando sucede algo, algo que podría ser peligroso, el miedo puede volver loca a tu mente. Tu cabeza empieza a galopar desbocada hacia territorios salvajes; ve serpientes y cocodrilos y hombres armados con metralletas por todas partes. Pero es tu imaginación. Y tu imaginación no te está haciendo ningún favor montando esos tinglados. Lo que tienes que hacer es ponerle riendas, domesticarla. Es un juego mental. Tienes que se estricto con tu cabeza. Ser valiente es una elección que haces. Tienes que decirte a ti mismo: voy a ser valiente, me niego a pensar en el miedo o en el pánico.
Homer, con la cara pálida y ansioso por convencernos, hablaba con énfasis al suelo, levantando la vista solo de vez en cuando
»Hemos pasado semanas dando palos de ciego. Estábamos enfadados y teníamos miedo. Pero ya es hora de que volvamos a tomar el control de nuestra mente, de ser valientes, de hacer las cosas que tenemos que hacer. Esa es la única forma de poder mantener la cabeza alta, caminar con orgullo. Tenemos que bloquear esos pensamientos de balas y sangre y dolor. Lo que tenga que ser, será. Pero cada vez que cedemos al pánico, nos debilitamos. Y cada vez que pensamos con valentía, nos fortalecemos.
»Hay algunas cosas que deberíamos estar haciendo. Estamos entrando en el otoño; los días están volviéndose más cortos ya, y las noches están haciéndose frías del copón. Tenemos que seguir almacenando provisiones, preparándonos para el invierno. Cuando llegue la primavera, podemos plantar muchas más verduras y tal. Necesitamos más animales de granja, y tenemos que decidir qué resultará más práctico tener aquí, ya que no hay pastos. Tenemos ropa de abrigo suficiente, y nunca vamos a quedarnos sin leña, aunque a veces no es fácil encontrarla. Pero estas son solo las cosas básicas, las de supervivencia. No estoy hablando de escondernos aquí como una serpiente debajo de una piedra sino de salir y actuar con valor. Y hay dos cosas en concreto que creo que deberíamos hacer. Una es ir a buscar más gente. Tiene que haber más grupos como nosotros, y esas emisiones de radio están siempre hablando de actividad de guerrilla y de resistencia en las zonas ocupadas. Deberíamos intentar entrar en contacto con esta gente y colaborar con ella. Estamos actuando a ciegas: no sabemos dónde está nada, ni qué está sucediendo ni qué deberíamos estar haciendo.
»Pero antes de salir a su encuentro quiero buscar a alguien más. Creo que deberíamos ir por Kevin y Corrie.
Si alguien hubiese estado observándonos —y espero que no hubiera nadie—, nos habría tomado por una clase de ballet al aire libre. Todos abandonamos nuestra postura y nos volvimos hacia Homer. Lee soltó el palo. Chris bajó el cuaderno y el bolígrafo y levantó la cabeza. Yo me puse en pie y subí a una roca más alta. ¿Buscar a Kevin y a Corrie? ¡Naturalmente! La idea nos llenó de esperanza, emoción y osadía. Ninguno de nosotros se lo había planteado porque parecía algo imposible. Pero el hecho de que Homer lo dijera en voz alta lo había traído al terreno de lo factible, hasta que de pronto parecía que era la única opción que teníamos. En realidad, lo que dijera en voz alta lo había hecho parecer tan factible que era como si ya hubiera sucedido. Tal era el poder de la palabra hablada. Homer nos había vuelto a poner en danza. Las palabras empezaron a brotar de todos. Nadie dudaba que tuviéramos que hacerlo. Aquella vez no hubo discusión, no hubo debate sobre implicaciones morales. Solo hablamos de cómo lo haríamos, no de si lo haríamos.
De pronto, nos habíamos olvidado de la comida, de los animales de granja y de la leña. No podíamos pensar en otra cosa que en Corrie y en Kevin. Nos dimos cuenta de que verdaderamente podíamos hacer algo al respecto. Incluso me sentí estúpida por no haberlo pensado antes. 
Capítulo 2
Apenas habían pasado dos meses desde la invasión y el paisaje ya no era el mismo. Algunos cambios eran patentes, cultivos sin cosechar, casas desiertas, más reses muertas en los prados, las frutas pudriéndose en los árboles y en el suelo… Otra granja, la de los Blackmore, había quedado reducida a cenizas; quizá fuera el resultado de un incendio accidental, o puede que la pulverizara un proyectil enemigo. Un árbol había caído sobre el tejado del cobertizo de esquileo de los Wilson. Todavía yacía ahí, sobre un nido de hierro galvanizado y vigas rotas. Se veían más conejos en los alrededores que de costumbre; incluso avistamos tres zorros, algo que no solía pasar a plena luz del día
Otros cambios, sin embargo, pasaban más inadvertidos: aquí y allá, la brecha de una valla, un molino derruido, el rizado zarcillo de una hiedra que se colaba por la ventana de una casa.
Pero había algo más. El ambiente era distinto. La tierra que nos rodeaba desprendía algo diferente. Parecía más salvaje, extraña, envejecida. Todavía me sentía cómoda vagando por la zona, aunque menos importante. Era como si mi vida no valiera más que la de un conejo o un zorro. A medida que la naturaleza recuperaba el terreno arrebatado por las granjas, me convertía en una criatura más del monte. Un animal que se deslizaba por la maleza, sin apenas alterar su entorno. Por extraño que parezca no me resultaba desagradable; todo era más natural así.
Avanzamos sin prisas: nos manteníamos alejados de la carretera, atravesábamos los prados sumidos en las sombras proyectadas por las colinas, nos refugiábamos detrás de los árboles. No mediamos palabra y, aun así, podíamos percibir que una nueva sensación se había apoderado de todos nosotros; una energía completamente renovada corría ahora por nuestras venas. Al alcanzar las ruinas de la casa de Corrie, nos tomamos un descanso para asaltar el pequeño huerto y preparar una buena merienda. Las zarigüeyas y los papagayos habían causado estragos en el manzanal, pero se habían salvado suficientes frutas como para que nos diésemos un buen atracón, que no tardó en pasarnos factura: al cabo de una hora, todos corríamos a agacharnos detrás de un árbol. Las manzanas se precipitaron por nuestros conductos digestivos como una riada por los canales de Venecia.
Aun así, mereció la pena.
Nos quedamos por la propiedad de los Mackenzie hasta bien entrada la noche. Ahí nos sabíamos a salvo; con la casa reducida a una pila de escombros, no había gran cosa que pudiera atraer a los soldados. Había pensado que ver la casa en ruinas me deprimiría, pero la verdad es que estaba demasiado nerviosa pendiente de lo que nos esperaba. Para ser sincera (ya estamos otra vez), había dejado de tener visiones heroicas en las que corría al rescate de Corrie y Kevin. Lo que más me preocupaba era salir sana y salva de todo aquello. Hasta me pasó por la mente la tétrica idea de que tal vez mi cuerpo pronto presentara el mismo aspecto que la casa de Corrie: desparramado por todo el paisaje.
Aunque la idea que más me atormentaba —y me machacaba cada vez más que asomaba su oscura y mugrienta cabeza— era la probabilidad de que Corrie estuviera muerta. No me sentía capaz de encajar semejante golpe. Me temía que su muerte también significara la mía. No sabía cómo ocurriría, pero sí que no podría seguir adelante si la vida de mi mejor amiga había sido truncada por una bala de un ejército invasor en mitad de una guerra. No podría superarlo. ¿Quién podría? Era algo demasiado irreal.
Desde el instante en que Homer había sugerido que volviéramos al pueblo en busca de Kevin y Corrie, todos dimos por imposible que hubiesen matado a uno de los dos, o a ambos. Aquella misión daba sentido otra vez a nuestras vidas. De ahí que no tuviésemos ninguna prisa ante la posibilidad de desengañarnos.
A las once, emprendimos la marcha hacía Wirrawee. Avanzábamos por la franja de césped que bordeaba la carretera, en fila de dos, con unos cincuenta metros de distancia entre cada pareja. Apenas habíamos dejado atrás la propiedad de los Mackenzie cuando Lee, para mi sorpresa, me cogió de la mano y la sujetó con dulzura. Aquella era la primera vez en semanas que tomaba la iniciativa conmigo. Siempre era yo quien daba el primer paso y, aunque él me correspondía la mayoría de las veces aquello me hacía dudar de si yo le importaba al fin y al cabo. Por eso me sentó muy bien caminar a su lado, en la densa oscuridad de la noche, cogidos de la mano.
Anhelaba decir algo, cualquier tontería, con tal de que le diera a entender lo feliz que era al sentirme atendida de nuevo. Le di un apretón y comenté:
—Podíamos haber cogido las motos, al menos para ir hasta la casa de los Mackenzie.
—Bueno... Ya que no sabemos hasta qué punto las cosas han cambiado por aquí, mejor no arriesgarnos demasiado.
—¿Estás nervioso?
—¡Nervioso! Me cago por la pata abajo, y esta vez no es por las manzanas.
Me eché a reír.
—¿Te das cuenta de que es la primera coña que sueltas en semanas?
—¿En serio? ¿Has estado contándolas?
—Qué va. Pero se te veía triste.
—¿Triste? Bueno, puede ser. Todavía lo estoy. Supongo que todos lo estamos.
—Sí... Pero tú pareces estar más triste que nadie. Y tengo la sensación de que te estoy perdiendo.
—Lo siento.
—No hace falta que te disculpes. Es tu forma de ser. No puedes evitarlo.
—Vale, pues entonces siento lo de «lo siento».
—Oye, con esa ya van dos coñas. A este ritmo, no tardaremos en verte en los monólogos del pub de Wirrawee.
—¿Un pub en Wirrawee? Eso tengo que verlo. Lo más parecido a un pub que hay en Wirrawee es el restaurante de mi familia.
—¿Recuerdas cómo se quejaban todos en el instituto de que nunca había nada que hacer en Wirrawee? Nada de pubs, desde luego. Montaron ese baile cuando íbamos a noveno curso, pero ya no se repitió. Y eso que lo pasamos pipa.
—Sí. Hasta bailamos una canción.
—¿En serio? No me acuerdo. 
—Pues yo sí.
Lo dijo con tanta intensidad y apretándome tan fuerte de la mano, que me quedé muy impresionada. Intenté mirarlo a la cara, pero no podía distinguir su expresión en la oscuridad.
—¿Tanto lo recuerdas?
—Estabas sentada junto a Corrie, bajo la bandera de la liga escolar. En una mano tenías un refresco y con la otra te abanicabas la cara. Estabas colorada como un tomate y reías a carcajadas. Hacía mucho calor ahí dentro y acababas de bailar con Steve. Yo, desde el momento en que llegué, quise sacarte a bailar. De hecho, esa era la única razón por la que había ido, pero no me atrevía. Y, de repente, me vi a mí mismo caminando hacia ti sin saber siquiera cuándo lo había decidido, como un auténtico autómata. Te pedí el baile y tú me miraste durante un segundo mientras yo, sintiéndome como un idiota, me preguntaba qué excusa amable darías para decir que no. Entonces, sin decir una sola palabra, le pasaste la lata de refresco a Corrie, te pusiste en pie y bailamos. Yo quería que sonase una canción larga y lenta, pero pincharon Convicted of love1. No tan romántica como me habría gustado. Al final, Corrie te arrastró consigo al cuarto de baño. Y colorín colorado.
1 Canción del bluesman estadounidense Roy Brown (1925-1981). (N. de la T.)
Me sudaba la mano, al igual que a Lee, supongo. No sabría decir de qué palma manaba el sudor. No podía dar crédito a lo que estaba oyendo. ¿Tanto tiempo llevaba Lee sintiendo algo por mí? Increíble. ¡Maravilloso!
—¡Lee! Eres tan... ¿Por qué me lo has ocultado durante todos estos años?
—No lo sé —masculló, ahogando sus palabras en cuanto les dio voz.
—Parecías tan... Siempre estoy con la duda de si lo nuestro te importa de verdad o no.
—Claro que me importa, Ellie. Solo que también me importan otras cosas. Mi familia, sobre todo. Me agota pensar en ellos, tanto que apenas tengo tiempo para nada más.
—Te entiendo. Te entiendo perfectamente. Pero no podamos dejar en barbecho nuestras vidas esperando el día en que suelten a los nuestros. No podemos dejar de vivir, lo que implica pensar, sentir y... ¡y avanzar! ¿Sabes a qué me refiero? 
—Sí. Lo único es que a veces es difícil hacerlo.
Estábamos pasando junto a la Iglesia de Cristo, a la entrada de Wirrawee. Homer y Robyn, que iban a la cabeza, hicieron un alto. Los alcanzamos y, juntos, esperamos a Fi y Chris, que se habían rezagado un poco. A partir de ahí ya no podíamos seguir charlando de emociones y sentimientos. Tenía que quitarme de la cabeza mi asombro ante la fuerza y profundidad de los sentimientos de Lee. Debíamos estar completamente atentos y concentrados. Nos encontrábamos en zona de guerra, y nos acercábamos a su centro. Solo para el pueblecito de Wirrawee, debía de haber cientos de soldados movilizados. Y nos despacharían con mucho gusto a la menor oportunidad, sobre todo después de lo que les habíamos hecho a sus colegas.
Las parejas se separaron; cada uno fue a ocupar un lado de la carretera. Yo a la derecha, Lee a la izquierda. Dejamos que pasaran sesenta segundos desde que las oscuras siluetas de Homer y Robyn desaparecieron y, acto seguido, nos pusimos en marcha tras ellos. Avanzamos por Warrigle Road, pasando a los pies de la colina donde se erigía la casa de los Mathers; me pregunté qué estaría sintiendo Robyn. Giramos hacía Honey Street, tal y como habíamos acordado, y nos deslizamos con sigilo a lo largo de la acera. Aquella parte de Wirrawee seguía sumida en la oscuridad, y solo veía a Lee a ratos. No había rastro de los otros cuatro, y tuve que contentarme con esperar que todos avanzásemos a la misma velocidad. Al menos, Honey Street presentaba un aspecto bastante normal, excepto por un vehículo hecho pedazos, empotrado contra un poste telefónico. Se trataba de un coche de color azul oscuro, tan difícil de ver que casi tropiezo con él. Como de costumbre, mi mente empezó a divagar: me pregunté cómo iba a explicar a la policía que me había topado con un coche parado... «Verá, agente, iba por Honey Street en sentido este, a unos cuatro kilómetros por hora cuando, de repente, vi ese coche justo delante de mí. Pisé a fondo el freno y viré hacia la derecha, pero le di de refilón al lateral derecho…»
Dondequiera que me encontrase, me entretenía con todo un repertorio de pasatiempos. Mi favorito consistía en contar cosas, como el número de aparatos eléctricos que teníamos en casa (me avergüenza decir que eran sesenta y cuatro), el número de canciones cuyos títulos contenían un día de la semana (como Let’s make it Saturday), y el número de mosquitos que nunca vendrían al mundo por haberme cargado a sus genitores (sesenta mil millones en seis meses, si cada hembra llegaba a poner mil huevos). 
Y encontrarme deambulando por un pueblo plagado de soldados ansiosos por matarme no impedía que siguiera pensando en esas tonterías. Me asombraba que, incluso en situaciones como aquellas, me costase tanto concentrarme. Lograba mantenerme alerta durante unos diez minutos, pero entonces algo me distraía y empezaba de nuevo a divagar. Increíble pero cierto. En aquel campo de batalla me sucedía lo mismo que en las clases de geografía del instituto. Me asustaba pensar que cualquiera día uno de mis despistes me costara la vida.
Desde Honey Street atajamos por un pequeño parque sin nombre para llegar a Barrabool Avenue. Nos encontramos, tal y como habíamos acordado, en el jardín delantero de la casa de la profesora de música de Robyn. Allí celebramos una breve asamblea bajo un pimentero.
—Todo está muy tranquilo —dijo Homer.
—Demasiado tranquilo —añadió Lee, con una sonrisa socarrona. Se veía que nuestro Lee había visto unas cuantas pelis de guerra.
—Tal vez se han marchado —dijo Robyn.
—Estamos a manzana y media —apuntó Homer—. Sigamos avanzando, como planeamos. ¿Estamos contentos?
—Sí, yo no quepo en mí de alegría —bromeó Chris.
Robyn y Homer avanzaron de puntillas entre los árboles. Instantes después, oímos el ruido sordo de sus pies pisando la gravilla al volver a la acera desde el jardín.
—¿Podemos ir nosotros detrás de ellos? —susurró Fi.
—Vale. ¿Por qué?
—Me mata la espera
Se la veía muy delgada en la oscuridad, como si fuese un fantasma. Le toqué la mejilla, que estaba muy fría, y dejó escapar un pequeño sollozo. No me había dado cuenta de lo asustada que estaba. Todo aquel tiempo que habíamos pasado escondidas en el Infierno había hecho mella en Fi. Pero, en el pueblo, debíamos ser fuertes. Y la necesitábamos a ella si queríamos registrar el hospital a fondo.
Así que me limité a decir
—Tenemos que ser valientes, Fi. 
—Sí, tienes razón.
Se volvió sobre sí misma y siguió a Chris mientras Lee me tomaba otra vez de la mano.
—Ojalá Fi y yo nos llevásemos tan bien como antes —le dije.
Él no contestó, pero me apretó la mano.
Salimos de nuevo a Barrabool Avenue, y los integrantes de cada pareja volvimos a separarnos a ambos lados de la calle. Al menos, ya no me costaba tanto concentrarme. Por lógica, la zona que circundaba el hospital no tenía por qué ser más peligrosa que cualquier otra del pueblo; dábamos por sentado que no habría demasiada vigilancia allí. Sin embargo, se trataba de nuestra meta, nuestro objetivo, y por eso me encontraba alerta, vigilante y nerviosa.
El hospital de Wirrawee queda a la izquierda de Barrabool, cerca de la cresta de la colina. Es un edificio de una sola planta con numerosas alas agregadas a su alrededor con el paso de los años, por lo que, en su configuración actual, parece una letra «H» junto a una «T». Entre todos sumábamos suficiente experiencia en el hospital como para disponer de un buen mapa del lugar. Todos teníamos algún dato que aportar. Lee había pasado por allí varias veces cuando nacieron cada uno de sus hermanos. Robyn había estado hospitalizada durante unos días cuando se rompió el tobillo en una carrera de cross. La abuela de Fi había permanecido varios meses allí antes de fallecer. Yo habla ido para hacerme una radiografía del hombro, recoger medicamentos para mi padre en la farmacia y visitar a varios amigos ingresados. Sí, todos conocíamos el hospital.
El problema era que no sabíamos cuánto habrían cambiado las cosas desde la invasión. Los prisioneros adultos con los que habíamos hablado una vez nos habían dicho que nuestros compañeros seguían recibiendo atención médica en el hospital. Sin embargo, imaginábamos que no estarían en las mejores habitaciones. En el aparcamiento, en todo caso. En tiempo de paz, el vestíbulo quedaba en el listón central de la «H»; urgencias, el ambulatorio y la sala de radiología ocupaban la barra de la derecha; y las habitaciones en general se repartían por la parte izquierda. En el listón superior de la «T» se encontraban los despachos, y el largo pasillo que se extendía tras ellos quedaba reservado a geriatría.
De modo que nuestro hospital se utilizaba también como residencia de ancianos; no teníamos muchas operaciones a corazón abierto ni trasplantes de riñón en Wirrawee.
Era la 1.35 cuando llegamos allí. Como cada vez que habíamos estado de expedición por el centro de Wirrawee, en aquella parte del pueblo sí había electricidad. No funcionaban los semáforos, pero sí un gran foco de seguridad que apuntaba hacia el aparcamiento. Había luz en el hospital, pero solo en los pasillos y el vestíbulo. No había muchas habitaciones con las luces encendidas.
A la 1.45, tal y como habíamos acordado, Homer y Robyn dieron el primer paso. Desde el cinturón de árboles que quedaba al otro lado de la carretera, frente al aparcamiento, Lee y yo vimos dos siluetas oscuras deslizándose hacia el extremo más alejado del ambulatorio. Robyn iba delante, y Homer escrutaba los alrededores conforme avanzaba tras ella. Me sorprendió lo pequeños que se los veía. Había una puerta junto a aquella zona del edificio que imaginamos que sería la entrada menos visible, y confiábamos en que estuviese abierta. Pero Robyn no tardó en dar media vuelta y comprobar las ventanas del lado más cercano a nuestra posición, mientras Homer desaparecía en el otro extremo. Minutos más tarde, Homer reapareció, Robyn se le unió y ambos regresaron aprisa hacia los árboles A todas luces, una opción descartada.
Cinco minutos más tarde, Chris y Fi salían de su escondite, detrás de unos cobertizos que quedaban algo más arriba en la colina. Su objetivo era el edificio en forma de «T», el reservado a la administración y a geriatría. Tardaron diez minutos, o casi, pero el resultado fue el mismo: el lugar estaba cerrado a cal y canto. Chris miró en nuestra dirección y extendió los brazos con las palmas hacia arriba. No podía vernos, o eso esperaba yo, pero más o menos sabía dónde nos encontrábamos. Entonces, Fi y él emprendieron la retirada a cubierto, dejándonos el campo libre. Lee me miró e hizo una mueca; yo le sonreí, esperando que no se me leyera en la cara lo asustada que estaba en realidad.
Esperamos cinco minutos, lo acordado. Eran Las 2.09. Di un golpecito a Lee en el brazo, él asintió y nos pusimos en marcha. Con la gravilla crujiendo bajo nuestros pies, ascendimos hasta un pequeño terraplén adornado con unos alhelíes rojos, algo descuidados, y nos encaminamos hacía una puerta lateral que daba al ala principal. Avanzábamos muy despacio, a unos tres metros de distancia el uno del otro. Yo respiraba con fuerza, jadeando como si acabara de correr un maratón, empapada en sudor. Tanto se enfriaban las gotas sobre mi piel, que parecían congelarse. Se me había formado tal nudo en la garganta que sentía como si me hubiera tragado un hueso de pollo. En resumen, me sentía enferma. Estaba asustadísima. Casi había desaparecido el sentimiento que nos había empujado hasta allí: el amor por Corrie y Kevin. Solo quería que todo terminase, los encontráramos o no, pero salir de allí cuanto antes. Eso era todo.
Alcancé la puerta, sumida en la oscuridad excepto por la señal luminosa de color verde que, sobre ella, indicaba la salida. Giré el pomo lentamente. Primero, empujé; después, tiré. El resultado fue el mismo: la puerta estaba cerrada con llave.
Igual que habían hecho los demás antes, nos separamos y empezamos a echar un vistazo a las ventanas. Las que daban al pasillo estaban todas cerradas, pero al otro lado había algunas abiertas. Sin embargo, estaban muy altas, y no podíamos acceder a ellas sin la ayuda de una escalera. Yo estaba acercándome demasiado a la luz procedente del vestíbulo, así que volví atrás, y me encontré otra vez con Lee cerca de la puerta de salida cerrada. Como era demasiado peligroso hablar allí, nos alejamos hasta un cobertizo que quedaba a unos cuarenta metros de distancia —una pequeña construcción de madera, también cerrada— y nos escondimos detrás.
—¿Cómo lo ves? —preguntó Lee.
—No sé. Esas ventanas abiertas tienen que dar a las habitaciones. Y dudo que dejarse caer en una habitación sea lo más acertado.
—Además, están muy altas.
—Ya.
Nos quedamos un instante callados. No tenía ni idea de qué hacer a continuación.
—Ojalá los demás estuviesen aquí. Tal vez sabrían qué hacer.
—Solo faltan diez minutos hasta la hora de la retirada
—Hum.
Pasó otro minuto más. Yo dejé escapar un suspiro y comencé a enderezarme. No veía qué sentido tenía aguardar allí, en un lugar tan peligroso. Pero en cuanto empecé a moverme, Lee me agarró por el brazo
—Chis. Espera. Hay algo...
Yo también lo oí, en ese preciso instante. Era el sonido de una puerta que se abría. Asomé la cabeza por una esquina del cobertizo; Lee echó un vistazo desde el otro lado. Se trataba de la puerta que habíamos esperado encontrar abierta. Un hombre vestido con uniforme militar estaba saliendo. Podíamos verlo perfectamente gracias a la tenue luz del pasillo que lo iluminaba desde detrás. Ni siquiera se molestó en mirar a su alrededor. Se limitó a caminar junto al terraplén, mientras sacaba algo de su bolsillo. En cuanto se llevó la mano a la boca, supe lo que estaba haciendo. Estaba fumando. Había salido a echar un pitillo. Como nosotros, esa gente tenía prohibido fumar en el interior de los hospitales. Me conmovió bastante. Solía penar en ellos como en animales, monstruos, y, sin embargo, resultaba que también tenían códigos de conducta, reglas. Supongo que parecerá una ingenuidad por mi parte, pero era la primera vez que me percataba de tener algo en común con ellos. Fue muy extraño.
Era muy frustrante permanecer allí agachados, mirando esa puerta abierta. Y con esa luz amarilla que se filtraba desde el pasillo, era como si estuviera delante una mina de oro. Me devané los sesos buscando un modo de colarme allí dentro. De repente, algo interrumpió mis pensamientos. A lo lejos, entre los árboles de nuestra izquierda, resonó un ruido, un bramido, como el de un bunyip2 que estuviera de parto. Se me puso toda la piel de gallina. Me volví hacia Lee, me aferré a él y lo miré con espanto. Mis cejas ya habían rebasado el nacimiento del pelo y seguían subiendo. Se oyó de nuevo aquel grito, más desgarrador y prolongado esta vez. El bunyip necesitaría unos cuantos puntos de sutura. Lee me susurró al oído.
2 Bunyip o kianpraty: criatura monstruosa de la mitología aborigen que, según las leyendas, habitaban en ríos, arroyos y pantanos. (N. de los T.)
—Es Homer.
En cuanto dijo aquello, lo comprendí todo. Homer estaba intentando atraer al soldado para que pudiésemos colarnos por la puerta abierta. Lee y yo nos separamos y nos reincorporamos a nuestros respectivos puestos de vigilancia. Pero nos llevamos una buena sorpresa. En lugar de correr valerosamente hacia los árboles, el soldado volvió echando leches a la puerta. La alcanzó derrapando y desapareció dentro, dando un portazo tras él. Incluso a aquella distancia pudimos oírlo cerrar con llave y echar un par de cerrojos para curarse en salud.
—Homer es idiota —dijo Lee—. Se cree que esto es un juego. 
—Espero que no haya ningún incendio en el hospital esta noche —comenté—. Necesitarían como media hora para salir por esa puerta.
—Yo creía que los soldados eran tipos duros, profesionales bien adiestrados.
—¿No recuerdas lo que nos dijeron? Que hay profesionales, sí, pero también hay muchos reclutas. Aficionados. Y algunos sin mucho entusiasmo, por lo que hemos visto.
—Será mejor que nos larguemos de aquí.
Emprendimos la retirada. Nos encontramos con los demás veinte minutos más tarde, en casa de la profesora de música. A Homer se lo veía algo avergonzado, a la defensiva incluso. Tampoco iba a convertirse del todo en un hombre hecho y derecho de la noche a la mañana. Pero aún quedaba algo del Homer loco e irresponsable.
—Venga, ¿quién quiere ser el primero en cantarme las cuarenta? —dijo, antes de que pudiera decirle ni media frase—. En ese momento me pareció buena idea, eso es todo. Si el soldado hubiese ido a echar un vistazo, Lee y Ellie podrían haberse colado. Y ahora estaríais todos invitándome a cervezas y dándome besos en los morros.
—Yo sí que te daría en los morros, y no precisamente besos —masculló Lee.
—Ha sido una estupidez —añadió Chris—. Si ese soldado hubiese llevado un arma encima habría podido dispararte. Y, desarmado, no iba a meterse en los árboles para investigar. Así que ha sido una estupidez, lo mires por donde lo mires.
No parecía haber mucho más que añadir. Todos estábamos cansados, en pésima forma. Nombramos a Homer responsable del primer turno de vigilancia mientras los demás echábamos una cabezada en la planta taja. Era la casa más segura que conocíamos, ya que las ventanas de arriba ofrecían muchas vías de escape por las ramas de los árboles. Y también tenía buenas vistas de la carretera. Nada podría acercarse sin que el vigilante lo avistara.
Aprecié de veras poder estar de nuevo en una cama, en una habitación. Bonito, seguro y cómodo… Fue todo un lujo. Me tocó el turno de vigilancia entre las seis y las ocho; después dormí otra vez hasta la hora de almorzar. 

Capítulo 3
Pasamos la tarde pensando en modos ingeniosos de entrar en el hospital. Me quedé tendida en el suelo la mayor parte del tiempo, envuelta en una manta escocesa. Recuerdo haberme reído de Chris cuando fingió estar viendo la televisión. Ante una pantalla invariablemente gris, actuaba como si se encontrara frente a programas de entretenimiento, telecomedias y películas de acción. Resultaba extraño pensar que la televisión había sido un elemento tan importante en nuestras vidas mientras que ahora, sin electricidad, se había convertido en uno de los objetos más inútiles de la casa.
Empezábamos a llevarnos bien otra vez, y eso me hacía sentir muy feliz. Se veía en los detalles más insignificantes, detalles que para mí eran como el elemento, el agua, el aire… Me insuflaban vida. Por más que los demás me consideraran una chica fuerte e independiente, lo cierto era que necesitaba a esas cinco personas más que cualquier otra cosa o persona en toda mi existencia.
Pese a todo ello, seguíamos sin dar con el modo de colarnos en el hospital. La noche empezó a caer lentamente hasta sumir la tierra en una completa oscuridad. Y aún no se nos había ocurrido nada. Sin embargo, me atribuyo buena parte del mérito por el momento de inspiración que llegaría más tarde. No dejaba de darle vueltas a la arriesgada táctica de distracción que había empleado Homer. Tenía la impresión de que ahí podría estar la clave. Solo que Homer no lo había hecho bien. Algo me estaba royendo el cerebro, como si tuviese un diminuto ratón encerrado ahí. Tenía que encontrar el modo de dejarlo salir de mi cabeza.
—Lee —dije cuando Fi lo relevó de su turno de vigilancia.
—¿Si, mi bella y sexy oruga?
—¿Oruga?
—Es lo que pareces, envuelta en tu mantita.
—Muchas gracias. Oye, ¿recuerdas la breve conversación que mantuvimos detrás del cobertizo, después de que Homer terminara con sus bramidos?
—¿Cuándo casi mata de un susto a un pobre e inocente soldado? Claro que la recuerdo.
—¿Qué dijimos exactamente? Me da que había algo importante en esa conversación. Aunque lo mismo es una capullada.
—Viniendo de una oruga como tú, seguro que es una capullada.
—Muy gracioso. Pero hablo en serio.
—Vale, a ver, ¿qué dijimos exactamente? Yo qué sé. Hablamos de que probablemente Homer estuviera detrás de aquellos alaridos.
—Si, ¿y después de eso?
—No me acuerdo. Nos quedamos mirando al tío, que huyó corriendo y dio un portazo tras él y cerró la puerta a cal y canto.
—Si. Algo sobre… sobre cómo la estaba cerrando.
—Dijiste algo…
—Sí.
Me quedé allí sentada en silencio, sintiéndome impotente.
—¿Tan importante es? —preguntó Lee al cabo de un rato.
—No estoy segura. Puede que no sea nada. Tengo la sensación de que hay algo ahí, pero tendré que hacer memoria hasta que salga. Es como asistir al parto de un novillo: puedo ver la cabeza del puñetero animal, pero no tengo ni idea de qué aspecto va a tener.
Me puse en pie y empecé a caminar en círculos. Estábamos en el salón de arriba, el espacio donde la señora Lim seguramente daba sus clases. Había un hermoso piano negro de media cola frente a la ventana. Homer había escrito «Heavy Metal» con el dedo en la superficie cubierta de polvo. Yo había visto a Lee recorriendo las teclas con las manos después de haber levantado la tapa. Le temblaban los dedos, y su mirada era aun más pasional e intensa que las que me dirigía a mí. Me quedé en la puerta mirándolo. Cuando se percató de mi presencia, bajó rápidamente la tapa en un gesto casi culpable y dijo:
—Debería tocar la Obertura 1812 y pedir a los soldados que hicieran la parte de los cañones.
Yo no dije nada, pero me pregunté por qué intentaba cachondearse de algo que tanto significaba para él. A veces me cansaba de oír ciertas bromas.
Como decía, en aquel instante me encontraba paseándome por la habitación. Jugueteé con el cordón de la persiana veneciana, hice girar el taburete del piano, borré el grafiti de Homer, enderecé los libros, abrí y cerré la puerta del reloj de pie…
—Hagamos una repetición de la jugada —dijo Lee, observándome.
—Fue una jugada un poco penosa, pero vale —accedí, sentándome en el taburete frente a él.
—Vale. No creo que dijéramos mucho hasta que el tío llegó a la puerta y la cerró. Luego nos cagamos un poco en Homer, y eso fue todo.
—Sí, y después comentamos que ese tío se había asegurado de cerrar bien la puerta.
—Y que debían de tener en sus filas tanto a profesionales como a aficionado, tal y como pensábamos. Y que ese tío debía de ser…
—Espera. —Me quedé allí sentada con la cabeza entre las manos. De repente, lo vi claro. Me puse de pie—. Ya lo tengo. Vamos a buscar a los demás.
Aquella misma noche, mientras Lee y yo observábamos a Homer desde nuestro escondite, se me ocurrió de nuevo que ser el chico más rebelde del instituto tenía sus ventajas. Homer se las sabía todas. Mientras el resto de nosotros aprendía conceptos como «diferenciación de producto» y «discriminación de precio» en la clase de economía, Homer y sus compinches se dedicaban, en la última fila del aula, a perfeccionar sus técnicas de terrorismo urbano. No sé ni de dónde sacaron algunas de las cosas que aprendieron.
Homer se acercaba de nuevo hasta el ambulatorio, con sigilo, seguido por Robyn, que esta vez se mantenía cincuenta metros atrás vigilando. Llegó hasta la puerta que quedaba en un extremo del edificio, la misma que Robyn y él habían tanteado la primera vez. 

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