CAPITULO 1
Qué rabia me da escribir. Preferiría
dormir. Dios, cuánto me gustaría dormir. Pero no puedo. Ha pasado mucho tiempo
desde la última vez que he dormido toda una noche a pierna suelta. Desde que
fui al Infierno. Desde que fui a este complicado lugar llamado Infierno.
Cuando tengo la ocasión de echarme a
dormir, lo pruebo todo. Cuento ovejas de todas las razas: border leicester,
merino, corriedale, south suffolk. Pienso en mis padres. Pienso en Lee. Pienso
en Corrie y Kevin y en todos los demás amigos. Pienso mucho en Chris. A veces
intento cerrar los ojos con fuerza y ordenarme a mi misma dormir, y cuando eso
no funciona me doy la orden de estar despierta. Psicología inversa.
Leo mucho cuando todavía hay luz
solar, o cuando me parece que vale la pena malgastar un poco las pilas. Al cabo
de un rato, mis párpados se cansan y me pesan, y me giro para apagar la
linterna o dejar el libro. Y, casi siempre, ese pequeño movimiento me devuelve
de repente al estado de vigilia. Es como si atravesara todo el corredor del sueño
y, justo al llegar a la puerta, esta se me cerrara en las narices.
Por eso he empezado a escribir otra
vez. Me ayuda a matar el tiempo. No, seré sincera, es mucho más que eso. Me
quita cosas de la cabeza y el corazón y las traslada al papel. Aunque eso no
significa que dejen de estar en mi cabeza y en mi corazón. Siguen estando allí.
Pero cuando las he puesto por escrito, es como si volviera a quedar espacio
libre en mi interior. Espacio libre para otras cosas. No creo que me ayude a
conciliar el sueño, pero es mejor que estar tumbada en la tienda esperando a
que llegue el sueño.
Antes, todos me animaban a escribir.
Iba a ser nuestra crónica, nuestra historia. Nos ilusionaba mucho ponerlo todo
sobre el papel. Ahora, no creo que les importe si lo hago o no. Eso se debe en
parte a que no les han gustado algunas de las cosas que escribí la última vez.
Les dije que iba a ser sincera y lo fui, y aunque me aseguraron que les parecía
bien, no se quedaron muy contentos cuando lo leyeron. Chris el que menos.
Esta
noche es muy oscura. El otoño se acerca sigilosamente por el monte, dejando
caer algunas hojas acá y allá, coloreando las moras, dando un toque más
cortante a la brisa. Hace frio, y me está costando escribir y mantener el calor
al mismo tiempo. Estoy agazapada en el saco de dormir como una jorobada,
intentando mantener la linterna, el papel y mi bolígrafo en equilibrio sin
exponer demasiada parte de mi piel al aire de la noche.
«Mi bolígrafo».
Es curioso cómo he escrito eso sin darme cuenta. «La
linterna», «el papel», pero «mi
bolígrafo». Supongo que eso revela lo que para mí significa
escribir. El bolígrafo es un conducto que une mi corazón con el papel. Puede
que sea mi bien más preciado.
Aun así, la última vez que escribí
algo fue hace siglos, después de la noche en que Kevin se fue en ese Mercedes
oscuro, con Corrie herida e inconsciente en el asiento de atrás. Recuerdo haber
pensando en aquel momento que, si pudiera pedir un deseo, sería saber que
llegaron al hospital y que los trataron bien. Si pudiera pedir dos, el segundo
sería saber que mis padres todavía están bien, encerrados en el Pabellón de
Ganado del recinto ferial. Y, si pudiera pedir tres, el tercero sería que toda
la humanidad estuviera bien, incluida yo.
Han pasado muchísimas cosas desde que
Kevin y Corrie se fueron. Un par de semanas más tarde, Homer convocó una
asamblea. Todavía estábamos tensos y puede que no fuera el mejor momento para
reunirnos, pero por otro lado tal vez llevábamos demasiado tiempo parado. Creía
que estaríamos demasiado decaídos para poder hablar de gran cosa o hacer
planes, pero una vez más había subestimado a Homer. Había estado reflexionando
mucho. No nos lo llegó a decir, pero era evidente por la forma en que hablaba
cuando nos reunimos. Hubo una época en la que la idea de un Homer pensante
habría sido más rara que la de un ornitorrinco volante, y todavía me costaba un
poco adaptarme al cambio. Sin embargo, por lo que dijo aquel día, cuando
volvimos a reunirnos en el arroyo, estaba claro que no había estado sumido en
una depresión como algunos de nosotros.
Se plantó frente a nosotros, apoyado
contra un peñasco, con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros. Su
cara oscura y seria nos sondeaba, posando sus ojos castaños un instante en cada
uno de nosotros, como si analizara detenidamente lo que veía. Primero miró a
Lee, que estaba sentado frente al arroyo, a pocos metros de distancia,
contemplando el agua. Tenía un palo en las manos y lo rompía lentamente en
pequeños pedazos, dejando que la corriente los llevara. Cada vez que uno de
ellos desaparecía en el agua que discurría gorgoteando
entre las rocas, reanudaba el proceso. No alzó la vista y, aunque lo hubiera
hecho, sabía que solo habría tristeza en sus ojos. Verlo me resultaba casi
insoportable. Deseé poder disipar su pena, pero no sabía cómo hacerlo.
Delante de Lee estaba Chris. Sobre
las rodillas tenía un cuaderno, en el que estaba siempre escribiendo. Parecía
vivir más en ese cuaderno que con nosotros. Si bien no hablaba con él —bueno,
no en voz alta— sí dormía con él, se lo llevaba a las comidas y lo guardaba
celosamente de fisgones como yo. Sobre todo escribía poemas, creo. Hubo una
época en la que me enseñaba su poesía, pero lo que escribí sobre él le había
ofendido tremendamente, y desde entonces apenas me dirigía la palabra. Yo no
creía haber dicho nada que fuera tan grave, pero él no lo veía así. En
realidad, me gustaban sus poemas, aunque no los entendía. Pero me gustaba como
sonaban las palabras.
Los camiones rezongaban en la fría
noche
por la senda de la desesperanza.
No hay sol, no hay nubes
ni bandera en lontananza.
Los hombres caminaban cabizbajos.
No les queda amor, ni confianza.
Ese era un fragmento que recordaba.
A mi lado se sentaba Robyn, la
persona más fuerte que conocía. Con ella parecía estar pasando una cosa muy
curiosa. Cuanto más duraba esta situación horrible, más calmada se volvía. Al
igual que el resto de nosotros, se había quedado destrozada con lo de Corrie y
Kevin, pero eso no había impedido que se volviera más serena cada día que
pasaba. Sonreía mucho. Me sonreía mucho a mí, cosa que valoraba un montón. No
todo el mundo me sonreía. Robyn era tan valiente que, en uno de nuestros
momentos más difíciles, en que yo estaba conduciendo un camión a través de la
tormenta de balas a noventa por hora, logró mantenerme cuerda. De haber estado
sola, creo que habría sido capaz de pasar al carril lento para dejar que los
vehículos enemigos nos adelantaran. O pararme en un paso de peatones para ceder
el paso a un
soldado con metralleta. Aquella noche saqué mucho coraje de Robyn, y también en
otros momentos. Espero no habérselo chupado todo, como una sanguijuela.
Sentada delante de Homer, con sus
esbeltos pies, sus tobillos perfectos y sus piernas de bailarina colgando sobre
el agua, estaba Fi. Seguía teniendo el mismo aire de siempre: lista para servir
el té a tu abuela en una taza de Royal Doulton. O para salir en la portada de
un catálogo de ropa de Western Rose. O para romperle el corazón a otro tío, o
para poner celosa a otra chica, o para hacer que tu propio padre se sonroje y
se ponga a reír y a charlar como si tuviera veinte años menos. Sí, esa era Fi:
bonita, elegante y frágil. Esa era Fi, la que caminaba sola en plena noche
atenta a la aparición de patrullas enemigas, la que encendía una mecha de
gasolina para volar un puente, la que conducía una moto campo a través en una
carrera loca por escapar de las balas.
Con Fi me había equivocado de medio a
medio.
Y sigo sin haberla calado del todo.
Después de haber volado el puente, se puso a reír, diciendo: «¡No me puedo creer que haya hecho eso! ¡Tenemos que
repetirlo!». Y después de que Kevin se llevara a Corrie inconsciente
en el asiento trasero del coche, se pasó una semana llorando.
Fi fue la que se quedó más dolida por
lo que había escrito sobre nuestras experiencias. A Chris le indignó, y a Fi le
dolió. Dijo que había vulnerado confidencias, que a Homer y a ella les había
hecho quedar como unos estúpidos, como unos niños, y que la había engañado al
no contarle lo que yo sentía por Homer. Y sé que lo que escribí tuvo un efecto
negativo en su relación. Se volvieron tímidos el uno con el otro, muy
incómodos. Debí haber imaginado lo que iba a ocurrir. La cagué.
A Homer también le había sentando
mal, aunque a mí no me dijo nada directamente. Eso era mala señal, porque
siempre había sido capaz de hablar con mucha naturalizad. Pero ahora también
había empezado a sentirse incómodo conmigo. Si nos encontrábamos los dos a
solas en un momento dado, mascullaba alguna excusa y se iba enseguida a otra
parte. A mí eso me afecto mucho, tal vez más de lo que me afecto lo de Fi.
Ah, el poder de la pluma.
Pero las cosas han vuelto a mejorar
desde entonces. Siendo un grupo tan pequeño, no podíamos seguir enemistados
mucho tiempo. Nos necesitábamos demasiado. La mitad del problema, creo, era que
estábamos
cansados, tensos como el cable de una alambrada recién puesta, y nos
rebotábamos a la primera de cambio. Ya solo deseaba desesperadamente que todo
volviera a ser como antes. Lee y Robyn eran los únicos que en general no
parecían afectados por lo que había escrito. Me trataban como si no hubiera
pasado nada. Aunque mi problema con Lee era diferente: no dejaba de recluirse
dentro de sí mismo, de desaparecer delante de mis ojos. Y cada vez era más
difícil traerlo de vuelta cuando eso ocurría.
Todo era muy duro. Cuando salimos de
acampada, hace apenas unos meses, no teníamos ni idea de que nos embarcábamos
en la aventura más grande y más triste de toda nuestra vida. No sospechábamos
que no íbamos a pasar juntos una sola semana sino una larga temporada, sin
final a la vista. Y allí estábamos, relajándonos en el campo, comiendo,
durmiendo y hablando mientras un ejército de soldados enemigos invadía nuestro
país sin que lo supiéramos. Fue una operación tan bien organizada que terminó
antes de que nadie comprendiera qué estaba ocurriendo. Cuando el efecto
sorpresa es tan grande, cuando un país se encuentra tan desprevenido como lo
estaba el nuestro, supongo que una invasión siempre es pan comido.
Y, efectivamente, se nos comieron. Al
volver del campo, nos encontramos con un gran vacío. Nuestros padres
desaparecidos, nuestros hermanos desaparecidos, nuestras mascotas muertas o
desaparecidas, el ganado muerto en los campos. Pasamos días, semanas,
conmocionados, intentando asimilar lo que había ocurrido y después intentando
decidir lo que podíamos hacer al respecto. Y, como decía antes, algo sí que
hicimos: volar el puente de Wirrawee, principalmente.
Pero pagamos un precio. Un precio muy
alto. Y por eso nos encontrábamos tan deprimidos cuando Homer convocó esa
asamblea.
En realidad, no sé por qué las
llamábamos asambleas. Eran muy informales. Aunque Homer las presidía la mayoría
de las veces, todos estábamos en igualdad de condiciones y todos decíamos lo
que queríamos.
Pero nunca nos había costado tanto
arrancar. Estaba claro que Homer era el único que tenía algo que decir. Y se lo
veía nervioso. Pasó un buen rato antes de que se decidiera a poner en marcha el
motor. Nosotros no fuimos de gran ayuda: mirábamos el arroyo mientras él
hablaba, Lee seguía partiendo en trocitos del palo, Chris seguía escribiendo en
su cuaderno. Yo me puse a rascar una roca con un trozo de
hueso, sin conseguir resultados espectaculares.
—Chicos, ya es hora de que pongamos
nuestros cerebros a trabajar. Podemos quedarnos aquí esperando sentados a que
ocurra algo, o podemos salir y hacer que las cosas ocurran. Podemos ser como
los palitos de Lee, dejar que el arroyo nos zarandee, nos golpee y se nos
trague, o podemos meternos dentro del arroyo y transformar su curso, sacar
todas las rocas hasta que los rápidos desaparezcan. Cuanto más esperemos, más
nos costará y más peligroso será. Sé que a veces todo parece una gran putada.
Esto nos supera a todos, pero al mismo tiempo tenemos que recordar que no lo
hemos hecho tan mal. Nos hemos llevado por delante a algunos soldados, sacamos
a Lee del pueblo cuando recibió una herida de bala, y después hemos volado
entero el puente. Para ser un puñado de aficionados, nos hemos ganado unos
cuantos puntos.
»No sé vosotros, pero yo he pasado bastantes días deprimido
y sin hacer nada, pero eso no va a llevarnos a ningún lado. Creo que es la
impresión de haber perdido a Corrie y Kevin, justo en el momento en que
nosotros cuatro volvíamos tan orgullosos y satisfechos. Destrozar el puente fue
genial, y pasar de eso al desastre nos llego de sopetón. Con razón nos sentimos
mal, amargados y enfadados. Es normal que hayamos estado saltándonos a la
yugular, aunque en realidad no hay ningún motivo lógico para hacerlo. La
cuestión es que nadie es culpable de ningún fracaso estrepitoso. Hemos cometido
errores, pero nada por lo que tengamos que cortarnos las venas. Nadie podía
haber evitado que le pegaran un tiro a Corrie. Nunca podremos cubrir todos los
riesgos. Por lo que nos contó Kevin, esos payasos salieron de la nada. No
podemos protegernos de todos los ataques posibles las veinticuatro horas del
día.
»De todos modos, no es de eso de lo que quiero hablar
—Homer meneó la cabeza. Se lo veía cansado y triste—. Ya nos hemos recriminado
bastante estas cosas los unos a los otros desde que ocurrió eso. De lo que
quiero hablar es del futuro. Y con eso no quiero decir que olvidemos el pasado.
De ningún modo. De hecho, una de las cosas que quiero decir lo va a demostrar,
pero ya llegaré a eso. Primero, quiero contaros en qué he estado pensando más
que nada. En el valor. En las agallas. En eso he estado pensando.
Se puso en cuclillas, cogió una ramita
seca del suelo y se puso a mordisquearla. Estaba mirando al suelo, y aunque se
notaba que se sentía incómodo, siguió hablando. En tono más bajo pero con mucho
sentimiento.
—Puede que esto sea evidente para
todos vosotros. Igual ya lo teníais claro desde que levantabais un palmo del
suelo, y yo todavía estoy en pañales, intentando alcanzaros. Pero resulta que
hasta la semana pasada o así no se me ocurrió como funciona esto del valor.
Está en la cabeza. No naces con él, no te lo enseñaban en el colegio, no lo
aprendes en un libro. Es una forma de pensar, eso es todo. Es algo para lo que
entrenas la mente. No lo había entendido hasta ahora. Cuando sucede algo, algo
que podría ser peligroso, el miedo puede volver loca a tu mente. Tu cabeza
empieza a galopar desbocada hacia territorios salvajes; ve serpientes y
cocodrilos y hombres armados con metralletas por todas partes. Pero es tu
imaginación. Y tu imaginación no te está haciendo ningún favor montando esos
tinglados. Lo que tienes que hacer es ponerle riendas, domesticarla. Es un
juego mental. Tienes que se estricto con tu cabeza. Ser valiente es una
elección que haces. Tienes que decirte a ti mismo: voy a ser valiente, me niego
a pensar en el miedo o en el pánico.
Homer, con la cara pálida y ansioso
por convencernos, hablaba con énfasis al suelo, levantando la vista solo de vez
en cuando
»Hemos pasado semanas dando palos de ciego. Estábamos
enfadados y teníamos miedo. Pero ya es hora de que volvamos a tomar el control
de nuestra mente, de ser valientes, de hacer las cosas que tenemos que hacer.
Esa es la única forma de poder mantener la cabeza alta, caminar con orgullo.
Tenemos que bloquear esos pensamientos de balas y sangre y dolor. Lo que tenga
que ser, será. Pero cada vez que cedemos al pánico, nos debilitamos. Y cada vez
que pensamos con valentía, nos fortalecemos.
»Hay algunas cosas que deberíamos estar haciendo. Estamos
entrando en el otoño; los días están volviéndose más cortos ya, y las noches
están haciéndose frías del copón. Tenemos que seguir almacenando provisiones,
preparándonos para el invierno. Cuando llegue la primavera, podemos plantar
muchas más verduras y tal. Necesitamos más animales de granja, y tenemos que decidir
qué resultará más práctico tener aquí, ya que no hay pastos. Tenemos ropa de
abrigo suficiente, y nunca vamos a quedarnos sin leña, aunque a veces no es
fácil encontrarla. Pero estas son solo las cosas básicas, las de supervivencia.
No estoy hablando de escondernos aquí como una serpiente debajo de una piedra
sino de salir y actuar con valor. Y hay dos cosas en concreto que creo que
deberíamos hacer. Una es ir a buscar más gente. Tiene que haber más grupos como
nosotros, y esas emisiones
de radio están siempre hablando de actividad de guerrilla y de resistencia en
las zonas ocupadas. Deberíamos intentar entrar en contacto con esta gente y
colaborar con ella. Estamos actuando a ciegas: no sabemos dónde está nada, ni
qué está sucediendo ni qué deberíamos estar haciendo.
»Pero antes de salir a su encuentro quiero buscar a alguien
más. Creo que deberíamos ir por Kevin y Corrie.
Si alguien hubiese estado
observándonos —y espero que no hubiera nadie—, nos habría tomado por una clase
de ballet al aire libre. Todos abandonamos nuestra postura y nos volvimos hacia
Homer. Lee soltó el palo. Chris bajó el cuaderno y el bolígrafo y levantó la
cabeza. Yo me puse en pie y subí a una roca más alta. ¿Buscar a Kevin y a
Corrie? ¡Naturalmente! La idea nos llenó de esperanza, emoción y osadía.
Ninguno de nosotros se lo había planteado porque parecía algo imposible. Pero
el hecho de que Homer lo dijera en voz alta lo había traído al terreno de lo
factible, hasta que de pronto parecía que era la única opción que teníamos. En
realidad, lo que dijera en voz alta lo había hecho parecer tan factible que era
como si ya hubiera sucedido. Tal era el poder de la palabra hablada. Homer nos
había vuelto a poner en danza. Las palabras empezaron a brotar de todos. Nadie
dudaba que tuviéramos que hacerlo. Aquella vez no hubo discusión, no hubo
debate sobre implicaciones morales. Solo hablamos de cómo lo haríamos, no de si
lo haríamos.
De pronto, nos habíamos olvidado de
la comida, de los animales de granja y de la leña. No podíamos pensar en otra
cosa que en Corrie y en Kevin. Nos dimos cuenta de que verdaderamente podíamos
hacer algo al respecto. Incluso me sentí estúpida por no haberlo pensado antes.
Capítulo
2
Apenas habían pasado dos meses desde
la invasión y el paisaje ya no era el mismo. Algunos cambios eran patentes,
cultivos sin cosechar, casas desiertas, más reses muertas en los prados, las
frutas pudriéndose en los árboles y en el suelo… Otra granja, la de los
Blackmore, había quedado reducida a cenizas; quizá fuera el resultado de un
incendio accidental, o puede que la pulverizara un proyectil enemigo. Un árbol
había caído sobre el tejado del cobertizo de esquileo de los Wilson. Todavía
yacía ahí, sobre un nido de hierro galvanizado y vigas rotas. Se veían más
conejos en los alrededores que de costumbre; incluso avistamos tres zorros,
algo que no solía pasar a plena luz del día
Otros cambios, sin embargo, pasaban
más inadvertidos: aquí y allá, la brecha de una valla, un molino derruido, el
rizado zarcillo de una hiedra que se colaba por la ventana de una casa.
Pero había algo más. El ambiente era
distinto. La tierra que nos rodeaba desprendía algo diferente. Parecía más
salvaje, extraña, envejecida. Todavía me sentía cómoda vagando por la zona,
aunque menos importante. Era como si mi vida no valiera más que la de un conejo
o un zorro. A medida que la naturaleza recuperaba el terreno arrebatado por las
granjas, me convertía en una criatura más del monte. Un animal que se deslizaba
por la maleza, sin apenas alterar su entorno. Por extraño que parezca no me
resultaba desagradable; todo era más natural así.
Avanzamos sin prisas: nos manteníamos
alejados de la carretera, atravesábamos los prados sumidos en las sombras
proyectadas por las colinas, nos refugiábamos detrás de los árboles. No
mediamos palabra y, aun así, podíamos percibir que una nueva sensación se había
apoderado de todos nosotros; una energía completamente renovada corría ahora
por nuestras venas. Al alcanzar las ruinas de la casa de Corrie, nos tomamos un
descanso para asaltar el pequeño huerto y preparar una buena merienda. Las
zarigüeyas y los papagayos habían causado estragos en el manzanal, pero se
habían salvado suficientes frutas como para que nos diésemos un buen atracón,
que no tardó en pasarnos
factura: al cabo de una hora, todos corríamos a agacharnos detrás de un árbol.
Las manzanas se precipitaron por nuestros conductos digestivos como una riada
por los canales de Venecia.
Aun así, mereció la pena.
Nos quedamos por la propiedad de los
Mackenzie hasta bien entrada la noche. Ahí nos sabíamos a salvo; con la casa
reducida a una pila de escombros, no había gran cosa que pudiera atraer a los
soldados. Había pensado que ver la casa en ruinas me deprimiría, pero la verdad
es que estaba demasiado nerviosa pendiente de lo que nos esperaba. Para ser
sincera (ya estamos otra vez), había dejado de tener visiones heroicas en las
que corría al rescate de Corrie y Kevin. Lo que más me preocupaba era salir
sana y salva de todo aquello. Hasta me pasó por la mente la tétrica idea de que
tal vez mi cuerpo pronto presentara el mismo aspecto que la casa de Corrie:
desparramado por todo el paisaje.
Aunque la idea que más me atormentaba
—y me machacaba cada vez más que asomaba su oscura y mugrienta cabeza— era la
probabilidad de que Corrie estuviera muerta. No me sentía capaz de encajar
semejante golpe. Me temía que su muerte también significara la mía. No sabía
cómo ocurriría, pero sí que no podría seguir adelante si la vida de mi mejor
amiga había sido truncada por una bala de un ejército invasor en mitad de una
guerra. No podría superarlo. ¿Quién podría? Era algo demasiado irreal.
Desde el instante en que Homer había
sugerido que volviéramos al pueblo en busca de Kevin y Corrie, todos dimos por
imposible que hubiesen matado a uno de los dos, o a ambos. Aquella misión daba
sentido otra vez a nuestras vidas. De ahí que no tuviésemos ninguna prisa ante
la posibilidad de desengañarnos.
A las once, emprendimos la marcha
hacía Wirrawee. Avanzábamos por la franja de césped que bordeaba la carretera,
en fila de dos, con unos cincuenta metros de distancia entre cada pareja.
Apenas habíamos dejado atrás la propiedad de los Mackenzie cuando Lee, para mi
sorpresa, me cogió de la mano y la sujetó con dulzura. Aquella era la primera
vez en semanas que tomaba la iniciativa conmigo. Siempre era yo quien daba el
primer paso y, aunque él me correspondía la mayoría de las veces aquello me
hacía dudar de si yo le importaba al fin y al cabo. Por eso me sentó muy bien
caminar a su lado, en la densa oscuridad de la noche, cogidos de la mano.
Anhelaba decir algo, cualquier
tontería, con tal de que le diera a entender
lo feliz que era al sentirme atendida de nuevo. Le di un apretón y comenté:
—Podíamos haber cogido las motos, al
menos para ir hasta la casa de los Mackenzie.
—Bueno... Ya que no sabemos hasta qué
punto las cosas han cambiado por aquí, mejor no arriesgarnos demasiado.
—¿Estás nervioso?
—¡Nervioso! Me cago por la pata
abajo, y esta vez no es por las manzanas.
Me eché a reír.
—¿Te das cuenta de que es la primera
coña que sueltas en semanas?
—¿En serio? ¿Has estado contándolas?
—Qué va. Pero se te veía triste.
—¿Triste? Bueno, puede ser. Todavía
lo estoy. Supongo que todos lo estamos.
—Sí... Pero tú pareces estar más
triste que nadie. Y tengo la sensación de que te estoy perdiendo.
—Lo siento.
—No hace falta que te disculpes. Es
tu forma de ser. No puedes evitarlo.
—Vale, pues entonces siento lo de «lo
siento».
—Oye, con esa ya van dos coñas. A
este ritmo, no tardaremos en verte en los monólogos del pub de Wirrawee.
—¿Un pub en Wirrawee? Eso tengo que
verlo. Lo más parecido a un pub que hay en Wirrawee es el restaurante de mi
familia.
—¿Recuerdas cómo se quejaban todos en
el instituto de que nunca había nada que hacer en Wirrawee? Nada de pubs, desde
luego. Montaron ese baile cuando íbamos a noveno curso, pero ya no se repitió.
Y eso que lo pasamos pipa.
—Sí. Hasta bailamos una canción.
—¿En serio? No me acuerdo.
—Pues
yo sí.
Lo dijo con tanta intensidad y
apretándome tan fuerte de la mano, que me quedé muy impresionada. Intenté
mirarlo a la cara, pero no podía distinguir su expresión en la oscuridad.
—¿Tanto lo recuerdas?
—Estabas sentada junto a Corrie, bajo
la bandera de la liga escolar. En una mano tenías un refresco y con la otra te
abanicabas la cara. Estabas colorada como un tomate y reías a carcajadas. Hacía
mucho calor ahí dentro y acababas de bailar con Steve. Yo, desde el momento en
que llegué, quise sacarte a bailar. De hecho, esa era la única razón por la que
había ido, pero no me atrevía. Y, de repente, me vi a mí mismo caminando hacia
ti sin saber siquiera cuándo lo había decidido, como un auténtico autómata. Te
pedí el baile y tú me miraste durante un segundo mientras yo, sintiéndome como
un idiota, me preguntaba qué excusa amable darías para decir que no. Entonces,
sin decir una sola palabra, le pasaste la lata de refresco a Corrie, te pusiste
en pie y bailamos. Yo quería que sonase una canción larga y lenta, pero
pincharon Convicted of love1. No tan romántica como me habría gustado. Al final,
Corrie te arrastró consigo al cuarto de baño. Y colorín colorado.
1 Canción del bluesman estadounidense Roy Brown
(1925-1981). (N. de la T.)
Me sudaba la mano, al igual que a
Lee, supongo. No sabría decir de qué palma manaba el sudor. No podía dar
crédito a lo que estaba oyendo. ¿Tanto tiempo llevaba Lee sintiendo algo por
mí? Increíble. ¡Maravilloso!
—¡Lee! Eres tan... ¿Por qué me lo has
ocultado durante todos estos años?
—No lo sé —masculló, ahogando sus
palabras en cuanto les dio voz.
—Parecías tan... Siempre estoy con la
duda de si lo nuestro te importa de verdad o no.
—Claro que me importa, Ellie. Solo
que también me importan otras cosas. Mi familia, sobre todo. Me agota pensar en
ellos, tanto que apenas tengo tiempo para nada más.
—Te entiendo. Te entiendo
perfectamente. Pero no podamos dejar en barbecho nuestras vidas esperando el
día en que suelten a los nuestros. No podemos dejar de vivir, lo que implica
pensar, sentir y... ¡y avanzar! ¿Sabes a qué me refiero?
—Sí.
Lo único es que a veces es difícil hacerlo.
Estábamos pasando junto a la Iglesia
de Cristo, a la entrada de Wirrawee. Homer y Robyn, que iban a la cabeza,
hicieron un alto. Los alcanzamos y, juntos, esperamos a Fi y Chris, que se
habían rezagado un poco. A partir de ahí ya no podíamos seguir charlando de
emociones y sentimientos. Tenía que quitarme de la cabeza mi asombro ante la
fuerza y profundidad de los sentimientos de Lee. Debíamos estar completamente
atentos y concentrados. Nos encontrábamos en zona de guerra, y nos acercábamos
a su centro. Solo para el pueblecito de Wirrawee, debía de haber cientos de
soldados movilizados. Y nos despacharían con mucho gusto a la menor
oportunidad, sobre todo después de lo que les habíamos hecho a sus colegas.
Las parejas se separaron; cada uno
fue a ocupar un lado de la carretera. Yo a la derecha, Lee a la izquierda.
Dejamos que pasaran sesenta segundos desde que las oscuras siluetas de Homer y
Robyn desaparecieron y, acto seguido, nos pusimos en marcha tras ellos.
Avanzamos por Warrigle Road, pasando a los pies de la colina donde se erigía la
casa de los Mathers; me pregunté qué estaría sintiendo Robyn. Giramos hacía
Honey Street, tal y como habíamos acordado, y nos deslizamos con sigilo a lo
largo de la acera. Aquella parte de Wirrawee seguía sumida en la oscuridad, y
solo veía a Lee a ratos. No había rastro de los otros cuatro, y tuve que
contentarme con esperar que todos avanzásemos a la misma velocidad. Al menos,
Honey Street presentaba un aspecto bastante normal, excepto por un vehículo
hecho pedazos, empotrado contra un poste telefónico. Se trataba de un coche de
color azul oscuro, tan difícil de ver que casi tropiezo con él. Como de
costumbre, mi mente empezó a divagar: me pregunté cómo iba a explicar a la
policía que me había topado con un coche parado... «Verá, agente, iba por Honey
Street en sentido este, a unos cuatro kilómetros por hora cuando, de repente,
vi ese coche justo delante de mí. Pisé a fondo el freno y viré hacia la
derecha, pero le di de refilón al lateral derecho…»
Dondequiera que me encontrase, me
entretenía con todo un repertorio de pasatiempos. Mi favorito consistía en
contar cosas, como el número de aparatos eléctricos que teníamos en casa (me
avergüenza decir que eran sesenta y cuatro), el número de canciones cuyos
títulos contenían un día de la semana (como Let’s make it Saturday), y
el número de mosquitos que nunca vendrían al mundo por haberme cargado a sus
genitores (sesenta mil millones en seis meses, si cada hembra llegaba a poner
mil huevos).
Y
encontrarme deambulando por un pueblo plagado de soldados ansiosos por matarme
no impedía que siguiera pensando en esas tonterías. Me asombraba que, incluso
en situaciones como aquellas, me costase tanto concentrarme. Lograba mantenerme
alerta durante unos diez minutos, pero entonces algo me distraía y empezaba de
nuevo a divagar. Increíble pero cierto. En aquel campo de batalla me sucedía lo
mismo que en las clases de geografía del instituto. Me asustaba pensar que
cualquiera día uno de mis despistes me costara la vida.
Desde Honey Street atajamos por un
pequeño parque sin nombre para llegar a Barrabool Avenue. Nos encontramos, tal
y como habíamos acordado, en el jardín delantero de la casa de la profesora de
música de Robyn. Allí celebramos una breve asamblea bajo un pimentero.
—Todo está muy tranquilo —dijo Homer.
—Demasiado tranquilo —añadió Lee, con
una sonrisa socarrona. Se veía que nuestro Lee había visto unas cuantas pelis
de guerra.
—Tal vez se han marchado —dijo Robyn.
—Estamos a manzana y media —apuntó
Homer—. Sigamos avanzando, como planeamos. ¿Estamos contentos?
—Sí, yo no quepo en mí de alegría
—bromeó Chris.
Robyn y Homer avanzaron de puntillas
entre los árboles. Instantes después, oímos el ruido sordo de sus pies pisando
la gravilla al volver a la acera desde el jardín.
—¿Podemos ir nosotros detrás de
ellos? —susurró Fi.
—Vale. ¿Por qué?
—Me mata la espera
Se la veía muy delgada en la
oscuridad, como si fuese un fantasma. Le toqué la mejilla, que estaba muy fría,
y dejó escapar un pequeño sollozo. No me había dado cuenta de lo asustada que
estaba. Todo aquel tiempo que habíamos pasado escondidas en el Infierno había
hecho mella en Fi. Pero, en el pueblo, debíamos ser fuertes. Y la necesitábamos
a ella si queríamos registrar el hospital a fondo.
Así que me limité a decir
—Tenemos que ser valientes, Fi.
—Sí,
tienes razón.
Se volvió sobre sí misma y siguió a
Chris mientras Lee me tomaba otra vez de la mano.
—Ojalá Fi y yo nos llevásemos tan
bien como antes —le dije.
Él no contestó, pero me apretó la
mano.
Salimos de nuevo a Barrabool Avenue,
y los integrantes de cada pareja volvimos a separarnos a ambos lados de la
calle. Al menos, ya no me costaba tanto concentrarme. Por lógica, la zona que
circundaba el hospital no tenía por qué ser más peligrosa que cualquier otra
del pueblo; dábamos por sentado que no habría demasiada vigilancia allí. Sin
embargo, se trataba de nuestra meta, nuestro objetivo, y por eso me encontraba
alerta, vigilante y nerviosa.
El hospital de Wirrawee queda a la
izquierda de Barrabool, cerca de la cresta de la colina. Es un edificio de una
sola planta con numerosas alas agregadas a su alrededor con el paso de los
años, por lo que, en su configuración actual, parece una letra «H» junto a una
«T». Entre todos sumábamos suficiente experiencia en el hospital como para
disponer de un buen mapa del lugar. Todos teníamos algún dato que aportar. Lee
había pasado por allí varias veces cuando nacieron cada uno de sus hermanos.
Robyn había estado hospitalizada durante unos días cuando se rompió el tobillo
en una carrera de cross. La abuela de Fi había permanecido varios meses
allí antes de fallecer. Yo habla ido para hacerme una radiografía del hombro,
recoger medicamentos para mi padre en la farmacia y visitar a varios amigos
ingresados. Sí, todos conocíamos el hospital.
El problema era que no sabíamos
cuánto habrían cambiado las cosas desde la invasión. Los prisioneros adultos
con los que habíamos hablado una vez nos habían dicho que nuestros compañeros
seguían recibiendo atención médica en el hospital. Sin embargo, imaginábamos
que no estarían en las mejores habitaciones. En el aparcamiento, en todo caso.
En tiempo de paz, el vestíbulo quedaba en el listón central de la «H»;
urgencias, el ambulatorio y la sala de radiología ocupaban la barra de la
derecha; y las habitaciones en general se repartían por la parte izquierda. En
el listón superior de la «T» se encontraban los despachos, y el largo pasillo
que se extendía tras ellos quedaba reservado a geriatría.
De modo que nuestro hospital se
utilizaba también como residencia de ancianos; no teníamos muchas operaciones a
corazón abierto ni trasplantes
de riñón en Wirrawee.
Era la 1.35 cuando llegamos allí.
Como cada vez que habíamos estado de expedición por el centro de Wirrawee, en
aquella parte del pueblo sí había electricidad. No funcionaban los semáforos,
pero sí un gran foco de seguridad que apuntaba hacia el aparcamiento. Había luz
en el hospital, pero solo en los pasillos y el vestíbulo. No había muchas
habitaciones con las luces encendidas.
A la 1.45, tal y como habíamos
acordado, Homer y Robyn dieron el primer paso. Desde el cinturón de árboles que
quedaba al otro lado de la carretera, frente al aparcamiento, Lee y yo vimos
dos siluetas oscuras deslizándose hacia el extremo más alejado del ambulatorio.
Robyn iba delante, y Homer escrutaba los alrededores conforme avanzaba tras
ella. Me sorprendió lo pequeños que se los veía. Había una puerta junto a
aquella zona del edificio que imaginamos que sería la entrada menos visible, y
confiábamos en que estuviese abierta. Pero Robyn no tardó en dar media vuelta y
comprobar las ventanas del lado más cercano a nuestra posición, mientras Homer
desaparecía en el otro extremo. Minutos más tarde, Homer reapareció, Robyn se
le unió y ambos regresaron aprisa hacia los árboles A todas luces, una opción
descartada.
Cinco minutos más tarde, Chris y Fi
salían de su escondite, detrás de unos cobertizos que quedaban algo más arriba
en la colina. Su objetivo era el edificio en forma de «T», el reservado a la
administración y a geriatría. Tardaron diez minutos, o casi, pero el resultado
fue el mismo: el lugar estaba cerrado a cal y canto. Chris miró en nuestra
dirección y extendió los brazos con las palmas hacia arriba. No podía vernos, o
eso esperaba yo, pero más o menos sabía dónde nos encontrábamos. Entonces, Fi y
él emprendieron la retirada a cubierto, dejándonos el campo libre. Lee me miró
e hizo una mueca; yo le sonreí, esperando que no se me leyera en la cara lo
asustada que estaba en realidad.
Esperamos cinco minutos, lo acordado.
Eran Las 2.09. Di un golpecito a Lee en el brazo, él asintió y nos pusimos en
marcha. Con la gravilla crujiendo bajo nuestros pies, ascendimos hasta un
pequeño terraplén adornado con unos alhelíes rojos, algo descuidados, y nos
encaminamos hacía una puerta lateral que daba al ala principal. Avanzábamos muy
despacio, a unos tres metros de distancia el uno del otro. Yo respiraba con
fuerza, jadeando como si acabara de correr un maratón, empapada en sudor. Tanto
se enfriaban las gotas sobre mi piel, que parecían congelarse. Se me había
formado tal nudo en la garganta que sentía como si me hubiera tragado un hueso
de pollo. En resumen,
me sentía enferma. Estaba asustadísima. Casi había desaparecido el sentimiento
que nos había empujado hasta allí: el amor por Corrie y Kevin. Solo quería que
todo terminase, los encontráramos o no, pero salir de allí cuanto antes. Eso
era todo.
Alcancé la puerta, sumida en la
oscuridad excepto por la señal luminosa de color verde que, sobre ella,
indicaba la salida. Giré el pomo lentamente. Primero, empujé; después, tiré. El
resultado fue el mismo: la puerta estaba cerrada con llave.
Igual que habían hecho los demás
antes, nos separamos y empezamos a echar un vistazo a las ventanas. Las que
daban al pasillo estaban todas cerradas, pero al otro lado había algunas abiertas.
Sin embargo, estaban muy altas, y no podíamos acceder a ellas sin la ayuda de
una escalera. Yo estaba acercándome demasiado a la luz procedente del
vestíbulo, así que volví atrás, y me encontré otra vez con Lee cerca de la
puerta de salida cerrada. Como era demasiado peligroso hablar allí, nos
alejamos hasta un cobertizo que quedaba a unos cuarenta metros de distancia
—una pequeña construcción de madera, también cerrada— y nos escondimos detrás.
—¿Cómo lo ves? —preguntó Lee.
—No sé. Esas ventanas abiertas tienen
que dar a las habitaciones. Y dudo que dejarse caer en una habitación sea lo
más acertado.
—Además, están muy altas.
—Ya.
Nos quedamos un instante callados. No
tenía ni idea de qué hacer a continuación.
—Ojalá los demás estuviesen aquí. Tal
vez sabrían qué hacer.
—Solo faltan diez minutos hasta la
hora de la retirada
—Hum.
Pasó otro minuto más. Yo dejé escapar
un suspiro y comencé a enderezarme. No veía qué sentido tenía aguardar allí, en
un lugar tan peligroso. Pero en cuanto empecé a moverme, Lee me agarró por el
brazo
—Chis. Espera. Hay algo...
Yo también lo oí, en ese preciso
instante. Era el sonido de una puerta que
se abría. Asomé la cabeza por una esquina del cobertizo; Lee echó un vistazo
desde el otro lado. Se trataba de la puerta que habíamos esperado encontrar
abierta. Un hombre vestido con uniforme militar estaba saliendo. Podíamos verlo
perfectamente gracias a la tenue luz del pasillo que lo iluminaba desde detrás.
Ni siquiera se molestó en mirar a su alrededor. Se limitó a caminar junto al
terraplén, mientras sacaba algo de su bolsillo. En cuanto se llevó la mano a la
boca, supe lo que estaba haciendo. Estaba fumando. Había salido a echar un
pitillo. Como nosotros, esa gente tenía prohibido fumar en el interior de los
hospitales. Me conmovió bastante. Solía penar en ellos como en animales,
monstruos, y, sin embargo, resultaba que también tenían códigos de conducta,
reglas. Supongo que parecerá una ingenuidad por mi parte, pero era la primera
vez que me percataba de tener algo en común con ellos. Fue muy extraño.
Era muy frustrante permanecer allí
agachados, mirando esa puerta abierta. Y con esa luz amarilla que se filtraba
desde el pasillo, era como si estuviera delante una mina de oro. Me devané los
sesos buscando un modo de colarme allí dentro. De repente, algo interrumpió mis
pensamientos. A lo lejos, entre los árboles de nuestra izquierda, resonó un ruido,
un bramido, como el de un bunyip2
que estuviera de parto. Se me puso
toda la piel de gallina. Me volví hacia Lee, me aferré a él y lo miré con
espanto. Mis cejas ya habían rebasado el nacimiento del pelo y seguían
subiendo. Se oyó de nuevo aquel grito, más desgarrador y prolongado esta vez.
El bunyip necesitaría unos cuantos puntos de sutura. Lee me susurró al
oído.
2 Bunyip o kianpraty: criatura monstruosa de la
mitología aborigen que, según las leyendas, habitaban en ríos, arroyos y
pantanos. (N. de los T.)
—Es Homer.
En cuanto dijo aquello, lo comprendí
todo. Homer estaba intentando atraer al soldado para que pudiésemos colarnos
por la puerta abierta. Lee y yo nos separamos y nos reincorporamos a nuestros
respectivos puestos de vigilancia. Pero nos llevamos una buena sorpresa. En
lugar de correr valerosamente hacia los árboles, el soldado volvió echando
leches a la puerta. La alcanzó derrapando y desapareció dentro, dando un
portazo tras él. Incluso a aquella distancia pudimos oírlo cerrar con llave y
echar un par de cerrojos para curarse en salud.
—Homer es idiota —dijo Lee—. Se cree
que esto es un juego.
—Espero
que no haya ningún incendio en el hospital esta noche —comenté—. Necesitarían
como media hora para salir por esa puerta.
—Yo creía que los soldados eran tipos
duros, profesionales bien adiestrados.
—¿No recuerdas lo que nos dijeron?
Que hay profesionales, sí, pero también hay muchos reclutas. Aficionados. Y
algunos sin mucho entusiasmo, por lo que hemos visto.
—Será mejor que nos larguemos de
aquí.
Emprendimos la retirada. Nos
encontramos con los demás veinte minutos más tarde, en casa de la profesora de
música. A Homer se lo veía algo avergonzado, a la defensiva incluso. Tampoco
iba a convertirse del todo en un hombre hecho y derecho de la noche a la
mañana. Pero aún quedaba algo del Homer loco e irresponsable.
—Venga, ¿quién quiere ser el primero
en cantarme las cuarenta? —dijo, antes de que pudiera decirle ni media frase—.
En ese momento me pareció buena idea, eso es todo. Si el soldado hubiese ido a
echar un vistazo, Lee y Ellie podrían haberse colado. Y ahora estaríais todos
invitándome a cervezas y dándome besos en los morros.
—Yo sí que te daría en los morros, y
no precisamente besos —masculló Lee.
—Ha sido una estupidez —añadió
Chris—. Si ese soldado hubiese llevado un arma encima habría podido dispararte.
Y, desarmado, no iba a meterse en los árboles para investigar. Así que ha sido
una estupidez, lo mires por donde lo mires.
No parecía haber mucho más que
añadir. Todos estábamos cansados, en pésima forma. Nombramos a Homer
responsable del primer turno de vigilancia mientras los demás echábamos una
cabezada en la planta taja. Era la casa más segura que conocíamos, ya que las
ventanas de arriba ofrecían muchas vías de escape por las ramas de los árboles.
Y también tenía buenas vistas de la carretera. Nada podría acercarse sin que el
vigilante lo avistara.
Aprecié de veras poder estar de nuevo
en una cama, en una habitación. Bonito, seguro y cómodo… Fue todo un lujo. Me
tocó el turno de vigilancia entre las seis y las ocho; después dormí otra vez
hasta la hora de almorzar.
Capítulo
3
Pasamos la tarde pensando en modos
ingeniosos de entrar en el hospital. Me quedé tendida en el suelo la mayor
parte del tiempo, envuelta en una manta escocesa. Recuerdo haberme reído de
Chris cuando fingió estar viendo la televisión. Ante una pantalla
invariablemente gris, actuaba como si se encontrara frente a programas de
entretenimiento, telecomedias y películas de acción. Resultaba extraño pensar
que la televisión había sido un elemento tan importante en nuestras vidas
mientras que ahora, sin electricidad, se había convertido en uno de los objetos
más inútiles de la casa.
Empezábamos a llevarnos bien otra
vez, y eso me hacía sentir muy feliz. Se veía en los detalles más
insignificantes, detalles que para mí eran como el elemento, el agua, el aire…
Me insuflaban vida. Por más que los demás me consideraran una chica fuerte e
independiente, lo cierto era que necesitaba a esas cinco personas más que
cualquier otra cosa o persona en toda mi existencia.
Pese a todo ello, seguíamos sin dar
con el modo de colarnos en el hospital. La noche empezó a caer lentamente hasta
sumir la tierra en una completa oscuridad. Y aún no se nos había ocurrido nada.
Sin embargo, me atribuyo buena parte del mérito por el momento de inspiración
que llegaría más tarde. No dejaba de darle vueltas a la arriesgada táctica de
distracción que había empleado Homer. Tenía la impresión de que ahí podría
estar la clave. Solo que Homer no lo había hecho bien. Algo me estaba royendo
el cerebro, como si tuviese un diminuto ratón encerrado ahí. Tenía que
encontrar el modo de dejarlo salir de mi cabeza.
—Lee —dije cuando Fi lo relevó de su
turno de vigilancia.
—¿Si, mi bella y sexy oruga?
—¿Oruga?
—Es lo que pareces, envuelta en tu
mantita.
—Muchas gracias. Oye, ¿recuerdas la
breve conversación que mantuvimos
detrás del cobertizo, después de que Homer terminara con sus bramidos?
—¿Cuándo casi mata de un susto a un
pobre e inocente soldado? Claro que la recuerdo.
—¿Qué dijimos exactamente? Me da que
había algo importante en esa conversación. Aunque lo mismo es una capullada.
—Viniendo de una oruga como tú,
seguro que es una capullada.
—Muy gracioso. Pero hablo en serio.
—Vale, a ver, ¿qué dijimos
exactamente? Yo qué sé. Hablamos de que probablemente Homer estuviera detrás de
aquellos alaridos.
—Si, ¿y después de eso?
—No me acuerdo. Nos quedamos mirando
al tío, que huyó corriendo y dio un portazo tras él y cerró la puerta a cal y
canto.
—Si. Algo sobre… sobre cómo la estaba
cerrando.
—Dijiste algo…
—Sí.
Me quedé allí sentada en silencio,
sintiéndome impotente.
—¿Tan importante es? —preguntó Lee al
cabo de un rato.
—No estoy segura. Puede que no sea
nada. Tengo la sensación de que hay algo ahí, pero tendré que hacer memoria
hasta que salga. Es como asistir al parto de un novillo: puedo ver la cabeza
del puñetero animal, pero no tengo ni idea de qué aspecto va a tener.
Me puse en pie y empecé a caminar en
círculos. Estábamos en el salón de arriba, el espacio donde la señora Lim
seguramente daba sus clases. Había un hermoso piano negro de media cola frente
a la ventana. Homer había escrito «Heavy Metal» con el dedo en la superficie
cubierta de polvo. Yo había visto a Lee recorriendo las teclas con las manos
después de haber levantado la tapa. Le temblaban los dedos, y su mirada era aun
más pasional e intensa que las que me dirigía a mí. Me quedé en la puerta
mirándolo. Cuando se percató de mi presencia, bajó rápidamente la tapa en un
gesto casi culpable y dijo:
—Debería tocar la Obertura 1812 y
pedir a los soldados que hicieran la parte
de los cañones.
Yo no dije nada, pero me pregunté por
qué intentaba cachondearse de algo que tanto significaba para él. A veces me
cansaba de oír ciertas bromas.
Como decía, en aquel instante me
encontraba paseándome por la habitación. Jugueteé con el cordón de la persiana
veneciana, hice girar el taburete del piano, borré el grafiti de Homer,
enderecé los libros, abrí y cerré la puerta del reloj de pie…
—Hagamos una repetición de la jugada
—dijo Lee, observándome.
—Fue una jugada un poco penosa, pero
vale —accedí, sentándome en el taburete frente a él.
—Vale. No creo que dijéramos mucho
hasta que el tío llegó a la puerta y la cerró. Luego nos cagamos un poco en
Homer, y eso fue todo.
—Sí, y después comentamos que ese tío
se había asegurado de cerrar bien la puerta.
—Y que debían de tener en sus filas
tanto a profesionales como a aficionado, tal y como pensábamos. Y que ese tío
debía de ser…
—Espera. —Me quedé allí sentada con
la cabeza entre las manos. De repente, lo vi claro. Me puse de pie—. Ya lo tengo.
Vamos a buscar a los demás.
Aquella misma noche, mientras Lee y
yo observábamos a Homer desde nuestro escondite, se me ocurrió de nuevo que ser
el chico más rebelde del instituto tenía sus ventajas. Homer se las sabía
todas. Mientras el resto de nosotros aprendía conceptos como «diferenciación de
producto» y «discriminación de precio» en la clase de economía, Homer y sus
compinches se dedicaban, en la última fila del aula, a perfeccionar sus
técnicas de terrorismo urbano. No sé ni de dónde sacaron algunas de las cosas
que aprendieron.
Homer se acercaba de nuevo hasta el ambulatorio, con
sigilo, seguido por Robyn, que esta vez se mantenía cincuenta metros atrás
vigilando. Llegó hasta la puerta que quedaba en un extremo del edificio, la
misma que Robyn y él habían tanteado la primera vez.
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