Stratton había sido un centro industrial importante durante mucho
tiempo. Estar cerca de un puerto marítimo, tener próximas las
minas de carbón de Marran y contar con una
buena red ferroviaria había permitido que, incluso cuando el resto del país
había entrado en recesión, las fábricas de Stratton hubieran seguido
funcionando a pleno rendimiento.
Eso explicaba por qué habían bombardeado tanto la ciudad. Y si los
días y noches de bombardeos recurrentes no daban los resultados que esperaban,
volverían a la carga.
Volvieron ese mismo domingo por la tarde.
Cuando sonaron las sirenas, nuestros guardias se levantaron de un
salto y empezaron a gritarse unos a otros, gesticulando como locos. Era la
primera vez que oía las sirenas fuera de mi celda y era increíble lo fuerte que
sonaban. Al principio me asusté, pero luego me di cuenta de que no cambiaba
nada si me caía encima una bomba. Y el caso es que sentí una repentina chispa
de esperanza en el pecho. Supongo que todo lo que saliera de la rutina normal,
la rutina que me arrastraba hacia la muerte, era motivo de esperanza.
Entonces una bomba cayó muy cerca de la cárcel. Hubo una explosión
tremenda y todo el edificio retembló. Otra docena de ventanas se quedaron sin
cristales: vi las hojas caer y chocar contra el suelo, pero no las oí. Tenía
los oídos ensordecidos por la explosión. Los soldados no lo dudaron: corrieron
despavoridos hacia la puerta. Uno de ellos nos gritó algo, seguramente «Quedaos
aquí» o «Agachaos», pero no lo oí. A lo mejor ni siquiera lo dijo en nuestro
idioma. Pero aunque los vigilantes se fueran nuestra situación no había
mejorado mucho. Seguía habiendo barrotes en las ventanas y los soldados se
habían asegurado de cerrar con llave el gimnasio antes de huir al refugio.
Corrí hasta la puerta como alma que lleva el diablo y la sacudí.
Sabía que era la única oportunidad que iba a tener. Pero la puerta era sólida.
Miré desesperada hacia las ventanas: si encontrábamos la forma de acceder a
ellas, tal vez los barrotes se hubieran aflojado con la detonación. Le grité a
Homer, no me acuerdo qué le dije, pero debía de tener los oídos tan
ensordecidos como yo, porque negó con la cabeza para indicarme que no me oía.
Los seis corríamos por la cancha como
locos, como ratones en el fondo de un bidón
para el grano cuando le quitas la tapa y se dan cuenta de que no pueden trepar
por la superficie lisa de las paredes.
Entonces hubo una explosión tan fuerte que me lanzó por los aires.
Era como si un gigante hubiera soplado sobre nosotros con un aliento tan caliente,
fuerte y seco que consiguió levantarme volando, y después me hizo rodar y rodar
cuando volví a aterrizar en el suelo. Luego me vi envuelta en ruido. Parecía
que no iba a terminar nunca. Los escombros volaban a mi alrededor y algo me
golpeó con tanta fuerza en la espalda que temí que me hubiera aplastado la
espina dorsal. Pero me aferré a un hecho incuestionable: tenía que ponerme de
pie. Todo dependía de que fuera capaz de ponerme de pie. Me levanté
tambaleándome y, entre aturdida y petrificada, contemplé la estampa que tenía
ante mí. La cárcel estaba medio demolida. El gimnasio parecía llevar
desmantelado cincuenta años. El suelo estaba tan cubierto de despojos que era
imposible adivinar que allí había una cancha. Sorprendentemente, logré ver a Fi
a solo dos metros de mí, pero ovillada en el suelo, inmóvil. Kevin daba vueltas
a mi derecha con aspecto mareado. Robyn se inclinaba sobré algo, algo que había
junto a sus pies. No veía ni a Homer ni a Lee. Corrí hacia Fi y le toqué la
cara. Estaba caliente y me fijé en que movía las pestañas. Le manaba la sangre
a borbotones por un tajo en la mejilla. No tenía tiempo que perder: me
acuclillé, coloqué los brazos por debajo de su cuerpo y, con un gruñido, la
levanté y me la cargué a hombros, rezando para que mis movimientos bruscos no
empeorasen sus lesiones.
Di unos pasos temerosos e intenté recuperar el equilibrio pero
trastabillé y no conseguí enderezarme, así que continué avanzando a
trompicones.
Entonces distinguí qué hacía Robyn: estaba quitándole las armas a
un muerto que había en el suelo. Era uno de los guardias que se pasaba el día
vigilando desde una garita de los muros exteriores de la cárcel. Supongo que la
explosión lo había precipitado desde el muro antes de que pudiera huir al
refugio. No sé cómo, pero ni sus municiones ni las granadas que llevaba habían
explotado. Dejé a
Robyn y anduve como pude hasta la entrada
principal, donde ambos portones habían salido volando y ahora había un boquete
de veinte metros en la pared. Me pareció que era la vía de escape más rápida.
Intenté gritarle a Kevin, pero no me quedaba aliento: además, de todos modos no
me habría oído. Sin embargo, Robyn sí me vio y me siguió. Llevaba en la mano el
rifle del vigilante y creo que se había escondido las granadas en la camisa,
porque le abultaba mucho la barriga. «Mejor tú que yo», pensé, pero no dejó de
parecerme curioso que Robyn, la gran pacifista, fuera ahora armada hasta los
dientes.
En ese momento Lee y Homer aparecieron corriendo por mi izquierda,
sorteando montones de escombros y maderos rotos. Ambos estaban cubiertos de
polvo y sangre, pero no había tiempo para preguntarles si estaban bien. Lee
agarró a Fi y cargó con ella. Yo seguía sin aliento para decir una palabra,
pero señalé a Kevin, de modo que Homer corrió para rescatarlo. Me dolía una
barbaridad la espalda y ahora también me hacía daño la pierna, pero no me
atrevía a mirar cómo la tenía. Lee y Fi ya me habían adelantado; vi que de
pronto Fi volvía a la vida y empezaba a removerse para bajar al suelo. Robyn había
llegado a la entrada. Comprobé dónde estaba Homer y vi que llevaba a Kevin de
la mano: al saber que caminaban en la dirección adecuada, los dejé y seguí a
Robyn.
Corrí hasta el camino de acceso al recinto penitenciario. Lo que
respiraba ahora era aire puro, pero yo no pensaba en eso. Intentaba conseguir
que mi mente funcionara como fuese, confiando en que no me dispararan y
preguntándome qué encontraría en el mundo exterior. El camino estaba
relativamente despejado pero hacia la derecha había un cráter enorme, a apenas
cien metros del muro de la prisión. Creí recordar que antes había un
parquecito, unos cuantos árboles que rodeaban la Cárcel de Stratton, pero ahora
había desaparecido todo. No quedaba ni una hoja.
Al final del camino había un Mercedes azul, aparcado en batería
con la puerta del conductor abierta, como si lo hubieran abandonado de manera
precipitada. En medio del camino estaba el comandante Harvey, encañonando a
Robyn en la cara. Robyn había tirado el rifle al
suelo y estaba allí plantada, con los brazos
cruzados sobre el estómago. Me quedé helada y noté una tirantez horrorosa en el
pecho. El comandante Harvey desvió la mirada hacia mí. En ese momento me di
cuenta de lo mucho que me odiaba: —¡Muy bien, chicos! —gritó—. Se acabó la
fiesta. ¡Todos al suelo!
Lo oí con total nitidez, así que supongo que se me habían
destaponado los oídos.
Como nadie se movía, el comandante chilló más fuerte:
—¡Rápido, o me cargo a esta!
Hice ademán de arrodillarme. Los otros cuatro hicieron lo mismo.
Solo Robyn permanecía de pie. Estaba a un metro de Harvey, pero él no la
vigilaba, convencido de que ahora tenía la situación bajo control. Vi cómo
Robyn deslizaba la mano por debajo de la camisa. Grité, pero no logré emitir
ningún sonido. Supe que ya era demasiado tarde. El comandante Harvey desvió la
mirada hacia mí, triunfante. Volví a gritar y esta vez por lo menos pude decir
su nombre. Era el último regalo que podía hacerle a mi amiga: reconocer que lo
sabía. Robyn me miró y dibujó una sonrisilla asustada, como si no supiera lo
que había hecho, o si debería haberlo hecho. Harvey echó un vistazo hacia ella
y en el último momento se dio cuenta: tal vez viera la arandela de la granada
de mano. Abrió la boca, tiró el arma y dio un paso hacia Robyn. Alargó la mano,
como si le suplicara. Entonces desaparecieron los dos. Eso fue todo.
Desaparecieron. Hubo una detonación, por supuesto, pero sonó débil en
comparación con las bombas; igual que la onda expansiva que me azotó un
instante después. Pero habían desaparecido, eso era lo fuerte. Robyn estaba
ahí, estaba viva, era real, era una persona, y entones desapareció; había
dejado de existir.
28
DESPUÉS tuvimos un poco de suerte. Dios sabe que nos la merecíamos.
Aunque no significó mucho para ninguno de nosotros. Cogimos el coche de Harvey
y condujimos una par de kilómetros, pero de pronto notamos que nos disparaban
desde el aire, de modo que lo abandonamos echando chispas. Estábamos en medio
de la misión aérea más importante que los neozelandeses habían lanzado desde el
comienzo de la guerra, aunque, por supuesto, en esos momentos no lo sabíamos.
Utilizaban aviones proporcionados por los estadounidenses pero pilotados por
soldados de Nueva Zelanda y por nuestra gente, y causaron muchísimos daños.
Para cuando terminaron no quedaba gran cosa de las fábricas de Stratton.
Bueno, el caso es que la suerte que tuvimos fue ver un avión que
descendía en plena carretera. Salía humo del aparato y el piloto hizo un
aterrizaje de emergencia allí mismo. Frenó tanto que el avión casi acabó
empotrado de morros y luego el hombre salió de la cabina como pudo y se subió
al ala para saltar de ahí al suelo. Estábamos a menos de un kilómetro. Todavía
seguían cayendo bombas en la otra punta de la ciudad, había una humareda gris
por todas partes y unos terribles humos tóxicos que hacían que respirar fuese
una tortura. Corrimos hacia el piloto, no sé por qué, por instinto, supongo.
Era la opción más evidente. Tal vez creyéramos que era un ángel que había caído
del cielo para salvarnos. En cierto modo fue así. El piloto corrió como un loco
para alejarse del avión, por miedo a que estallara. Lo alcanzamos cuando
llegaba a un descampado que había junto a la carretera.
—¿De dónde salís? —preguntó entre jadeos y resoplidos. Sudaba
mucho—. Joder, esto es una locura.
Era pelirrojo, de unos veinticuatro años, alto y delgado, con las
cejas anaranjadas y muchísimas pecas. Pero tenía ojos amables y sonreía, como
si en realidad estuviéramos en un festival.
El estruendo de otro trueno se propagó por el cielo y vimos el
resplandor del fuego en el horizonte.
—Diana —dijo.
—¿Cómo vas a salir de aquí? —le preguntó chillando Fi.
—Espera y verás. Me largaré en tres minutos.
—¿Por qué dices eso? —le pregunté mientras lo agarraba de la
manga.
Se sacó del bolsillo un artilugio gris, del tamaño de un mando a
distancia. Tenía una luz roja que parpadeaba frenéticamente.
—Es mi botón de socorro —dijo—. Ya lo he activado. En un par de
minutos estarán aquí.
—Llévanos contigo —chilló Fi.
Parecía incapaz de hablar con normalidad, lo decía todo a gritos.
El piloto nos miraba como si estuviéramos locos.
—No puedo.
—Estamos heridos —dije yo.
—Ya lo veo. Parece que habéis pasado por un infierno. Pero lo
siento, no puedo llevaros.
El sonido de un helicóptero, un intenso ruido vibrante, penetró
entre el humo y el polvo gris. El piloto se alejó de nosotros y empezó a mirar
hacia el cielo, intentando distinguir el aparato. Me di cuenta de que había
perdido el interés por nuestro grupo; peor, empezaba a vernos como estorbos,
gente que podía tratar de complicarle las cosas.
—Espera —le dijo Homer.
Desde que habíamos salido de la cárcel no había dicho ni una
palabra. Las lágrimas rodaban por su rostro sin cesar, como un flujo constante
que salía de sus ojos sin que intentara secárselas o lamérselas siquiera.
—Espera. ¿Te has enterado de que volaron la bahía de Cobbler, hace
un par de meses? ¿Sabes que todo quedó destrozado?
—Sí, sí, claro que lo sé. Un colega mío hizo fotos. Salió en todos
los periódicos.
—Fuimos nosotros —dijo Kevin.
El piloto volvió a mirarnos, esta vez durante varios segundos.
Homer, que seguía llorando sin parar; Kevin, con mocos colgando de
la nariz; Fi, con la cara retorcida en una
terrible mueca de dolor y con la camisa empapada de sangre; Lee, con la cara
ennegrecida y sangrando. Detrás de él, un helicóptero enorme, que parecía una
novilla preñada, bajó la barriga hasta el suelo. La ventolera que levantó el
rotor nos golpeó con fuerza. Costaba mantenerse en pie, oír, ver.
—¡Rápido! —nos dijo y se dio la vuelta de repente para correr
hacia el helicóptero.
Lo seguimos lo mejor que pudimos, un grupo de cinco cojos que no
paraban de sollozar. Yo cogí a Fi, y Homer ayudó a Kevin. El único que llegó
solo fue Lee. El piloto ya estaba con medio cuerpo en el helicóptero y vi que
les hacía gestos a los ocupantes. Entonces se inclinaron para ayudarnos.
Si la tripulación no quería llevarnos, no dio muestras de que así
fuera. En cuanto estuvimos montados despegamos, a toda velocidad. Mientras
tomábamos altura nos arroparon con mantas y nos tumbaron sobre esterillas que
repartieron por el suelo. Me parecía increíble lo grande que era el aparato,
cuánto espacio había dentro. Era la primera vez que entraba en un helicóptero.
Me pusieron un botellín de agua en los labios: al principio intenté apartarlo
con la boca, pero luego cedí y dejé que me dieran de beber a la fuerza. Fi y yo
estábamos codo con codo, y nos cogimos de la mano muy fuerte. Seguimos así todo
el trayecto, en el que sobrevolamos la zona de Tasmania, sin soltarnos ni un
momento. Incluso ahora me muero de miedo si sale de la habitación unos segundos
y no sé adónde ha ido.
Epílogo
CUANDO habíamos llegado a la Cárcel de Stratton la gente se había
agolpado alrededor del camión, impaciente por vernos. Cuando llegamos a
Wellington, tras un vuelo rasante sobre el mar por el aire revuelto en
dirección a la hermosa ciudad de las colinas, también había una multitud
esperando. Diría que las dos multitudes no eran muy distintas. A ambas las
movía la curiosidad.
Por supuesto, antes de llevarnos a Wellington ya nos habían
adecentado un poco. Habíamos pasado dos semanas en un centro médico de las
Fuerzas Aéreas de la Base de Astin, donde habíamos aterrizado al principio.
Todos teníamos nuestra particular lista detallada de lesiones. La mía decía:
estado de shock, vértebras aplastadas, rótula fracturada, malnutrición, cortes
y abrasiones, estado de ansiedad agudo, piojos... Creo que eso era todo. Aún
voy con muletas. Me parece que Fi era la que estaba peor, pues tenía
contusiones, estado de shock, una clavícula fracturada, un tímpano reventado y
una larga cicatriz en la cara que recordará cada vez que se mire en el espejo.
Anunciaron a bombo y platillo nuestras hazañas. La guerra había
ido mal durante una temporada larga y hasta hacía poco no habían empezado las
buenas noticias. Imagino que estaban expectantes por tener héroes. Por lo
tanto, había mucha gente esperando en el aeropuerto de Wellington, y nos
llevaron a una sala de prensa especial para que habláramos con la prensa y nos
hicieran fotos. Una de cada dos preguntas de los periodistas empezaba con:
«¿Qué sentisteis cuando...?». No se nos daban muy bien esas preguntas.
No sé qué pensar de todo lo ocurrido. Supongo que habíamos hecho
lo correcto. Aquí todo el mundo opina que es así. El tipo de los Servicios
Secretos del Ejército, el teniente coronel Finley, nos explicó las
consecuencias de algunas de nuestras acciones y, aunque ninguno de los cinco
dijimos nada en ese momento, nos alegró mucho oírlo.
El barco que habíamos hundido se suponía que
tenía que ser el orgullo de su flota o algo así. Supongo que nos marcamos un
buen tanto.
Bueno, pues ya está. Algunas veces, mientras descansamos por aquí
(estamos en una especie de centro para convalecientes en las afueras de
Wellington), me entran ganas de retrasar el reloj hasta regresar a hace uno o
dos años. Todo me parece idílico cuando miro atrás. Solo recuerdo las cosas
buenas: el olor de los bollitos recién salidos del horno, las semillas del
sicómoro volando por el aire, los gusanos que se retuercen en el abono
orgánico, los paseos por los prados con mi padre, las tazas de té con mi madre.
No me acuerdo del perro al que reventó el estómago un canguro, ni de la
zarigüeya con sangre en el hocico que murió delante de mis narices después de
comer matarratas, ni del cuerpo cubierto de moscas de un ratón que encontré
debajo de un armario de la cocina. No me acuerdo del día en que mi padre le
gritó a mi madre porque condujo cinco kilómetros con una rueda pinchada, ni de
las veces en que mi madre le chillaba a mi padre porque él criticaba a algunas
de sus amigas.
Parece un mundo perdido al que continúo aferrándome.
Mientras tanto, nuestros padres y familiares siguen prisioneros y
no podemos hacer nada para ayudarlos. No nos queda más remedio que esperar.
Por eso nos sentamos a pasar el rato, nos tumbamos a descansar o
damos vueltas cojeando, como yo. Aquí no ocurre nada, nada de nada. Llevábamos
tanto tiempo viviendo con adrenalina que es extraño cuando la cortan de cuajo.
Ahora son otras personas las que luchan. Además, están progresando. El coronel
Finley piensa que las conversaciones de paz son cada vez más serias: cuanto más
territorio reconquistan los neozelandeses, más serias son las conversaciones de
paz. A lo mejor un día seré capaz de volver a pensar en el futuro. Por el
momento, en lo único que pienso es en el pasado. Ni siquiera me doy cuenta del
presente. Cuando empecé a escribir lo que nos pasaba fue porque todos queríamos
que nuestras historias se dieran a conocer, queríamos que nos recordaran. Nada
de todo eso nos importa ya. Lo
que quiero ahora es que Robyn sea recordada,
que se dé a conocer lo que hizo. Nunca dejo de pensar en ella. Yo solía pensar
que los héroes eran duros y valientes. Pero la última expresión en el rostro de
Robyn no fue dura ni valiente. Fue temerosa e insegura.
Aprendí una cosa muy importante gracias a Robyn: hay que creer en
algo. Parece sencillo, ¿verdad? Bueno, pues no lo es. No lo es para mí y no lo
fue para Robyn. Pero lo hizo, y yo voy a intentar seguir buscando hasta que
también encuentre algo en que creer.
Ese es el verdadero problema con nuestros políticos: no creen en
nada salvo en sus propias carreras profesionales.
Hay que creer en algo. Y ya está.
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