sábado, 15 de marzo de 2014

Me mirare siempre en tus ojos, parte 2

Capítulo 2

 

 

          
         —No me lo puedo creer. —Mike se restregó la cara, impotente, delante de una enorme taza de café—. ¿Crees que la crisis de la compañía es tan profunda? ¿Serán capaces de cerrar y mandarnos a casa?
         —No, a tanto no llegarán, me imagino, pero George está muy preocupado.
         —Justo ahora que quiero casarme.
         —¡Mike! —Issi se echó a reír a carcajadas—, no seas dramático, por favor. Jamás cerrarán el Royal Opera House, jamás te quedarás sin trabajo y aunque eso sucediera, que es imposible, seguro que recibirás millones de ofertas de otras compañías.
         —No quiero otras compañías, ¿y qué harías tú si echaran el cierre?
         —Retirarme, dar clases y pasar más tiempo con los niños.
         —¿Retirarte a tu edad?
         —A veces me siento como una anciana, cariño, no sé si podré seguir mucho tiempo más a este ritmo.
         —Podrás, siempre puedes. —Le sujetó la mano vislumbrando por el rabillo del ojo la imagen de alguien muy especial entrando por la puerta del café—. Mira, ahí viene Liam.
         Se giraron hacia la puerta principal y vieron entrar al famoso actor norteamericano Liam Galway, amigo íntimo de Michael, acompañado por su nueva asistente, una joven inglesa que se ocupaba desde hacía unas semanas de él durante su estancia en Londres. Issi no la conocía personalmente y le sonrió con cordialidad cuando ambos se sentaron a su mesa.
         —Emma Capshaw, te presento a la señora Eloisse Molhoney. Eloisse, esta es Emma, mi nueva y maravillosa ayudante.
         —Hola Emma, encantada.
         —El placer es mío, señora Molhoney, soy una gran admiradora de su trabajo.
         —Muchas gracias, pero llámame Eloisse, por favor. —La miró a los ojos y de repente recordó lo que George Stathman, su mentor, siempre decía respecto a lo que pensaba la gente cuando la conocía: «Ronan Molhoney, te ven y solo piensan en Ronan Molhoney», decía entre risas, y suspiró comprobando los ojos de absoluta curiosidad con los que aquella joven, aparentemente tan educada, la observaba, tragó saliva y decidió ignorarlo—. ¿Queréis tomar algo?
         —Café, por favor.
         —¿Cómo va el estreno?
         —Faltan dos semanas —respondió Galway mirando de reojo el aspecto inmejorable de Issi, con un vestido de punto en tonos rosa muy sencillo y femenino, y su preciosa cara sin maquillaje, enmarcada por el ondulado pelo oscuro que llevaba suelto. Le miró las manos y vio su alianza de matrimonio y su anillo de compromiso en la izquierda, intactos, a pesar de llevar más de un año y medio separada de Molhoney—. Estamos ajustando algunos flecos, pero ya está bien, o eso creo.
         —Está perfecta —opinó Emma y se sonrojó de repente, clavando los ojos ambarinos en el mantel.
         —Eres muy generosa, Emma —susurró Liam, sonriendo con su encanto habitual—. ¿Y qué tal la casa nueva, Eloisse?
         —Grande. Tiene mucho espacio y me queda a cinco minutos andando del teatro, aunque ahora echamos de menos tener Hyde Park al lado. Está claro que no se puede tener todo, así que... Oh, el teléfono, lo siento. —Agarró el móvil y contestó de inmediato—: Hola Aurora, sí, estoy en el café de siempre, ven y te tomas algo. Luego decidimos.
         —¿Qué tienes que decidir? —preguntó Mike cuando colgó.
         —Ir a buscar a Jamie a la guardería todos, o solo ella.
         —¿Todos?
         —Con Alex, siempre lo recoge Ronan, pero está de viaje y... —miró a Liam y a Emma y se encogió de hombros—. Cosas de niños.
         Cinco minutos después la niñera apareció en la cafetería con el pequeño Alexander y Eloisse se transformó enseguida en una madraza. Eso pensaba Liam siempre que tenía oportunidad de verla con sus hijos. El bebé saltó a sus brazos y ella se lo comió a besos antes de sentarlo en su regazo para darle una galleta infantil que llevaba en el bolso.
         —Qué guapo, por Dios —dijo Mike mordiéndole la manita mientras él les sonreía, feliz—. Cada día te pareces más a tu papá.
         —¿Papá? —preguntó con sus ojos celestes muy abiertos.
         —En realidad se parece mucho a su padre. —Emma estaba tan sorprendida del parecido que no pudo callarse, y miró a Eloisse con cara de disculpa—. Lo siento, no conozco a su padre en persona, pero lo digo por las fotografías. Es asombroso.
         —Sí, así es, es una miniatura de Ron, Jamie es un poquito más Cavendish, aunque la sangre Molhoney tira por todas partes.
         —¿Y cuantos años tiene?
         —Cumplió un año en mayo, tiene un año y medio, ya es un hombrecito y ahora vamos a ir a buscar a James al cole, ¿verdad, Alex? ¿Quieres ir a buscar a tu hermano a la guardería?
         Y desapareció. Para decepción de Liam, en cinco minutos, Eloisse, su hijo y su amable niñera, desaparecieron por la puerta dejándolo con una enorme sensación de frustración en el pecho. Siempre era así, pero no lograba acostumbrarse y la siguió con los ojos hasta que Michael Fisher empezó a parlotear sobre Eugeni Oneguin, que era la adaptación teatral que él estaba a punto de estrenar en el West End, y le prestó atención para no parecer descortés.
         —¿Y dónde está Molhoney?
         —Australia, se fue hace cuatro días. —Mike se apoyó en el respaldo de la silla y lo miró a los ojos—. Con la promoción de su disco en solitario. Vuelve en un par de semanas.
         —Emma es una fan, ¿sabes? —bromeó Galway y la ayudante se sonrojó otra vez—. No lo puede ocultar.
         —¿Ah, sí? ¿Y quién no? —Mike se echó a reír.
         —Sí, y espera poder conocerlo en persona.
         —Oh, Liam, eso era una broma.
         —Broma o no, podrás conocerlo cuando vuelva, siempre anda cerca de Issi... —Michael Fisher se fijó mejor en la ayudante y comprobó que no paraba de sonrojarse, era extremadamente tímida y se preguntó que hacía esa muchacha trabajando como asistente de una estrella de cine tan conocida como Liam—. Ahora vive en Londres, cerca de ella y de los niños.
         —¿Se han reconciliado? —preguntó Emma por puro impulso.
         —Aún no, pero están a un tris —Mike se puso de pie y agarró su bolso—. Y ahora me marcho, espero secuestrar a mi amor y comer con él.
         —¿A un tris? —Liam se levantó también.
         —Absolutamente, ya sabes, son ellos: Ronan y Eloisse, indestructibles. En fin, chicos, adiós.
         Les dio un par de besos y también se fue. Emma miró a su jefe y esperó instrucciones, él había insistido en ir a tomar café a Covent Garden, y no sabía con qué fin específico, aunque supuso que era para encontrarse «casualmente» con Eloisse Molhoney.
         Liam Galway era una de las estrellas de cine más fulgurantes y requeridas del panorama mundial. Era guapo, rico, caballeroso, culto, simpático y divertido, con legiones de fans por el mundo entero, y cientos de películas, premios y reconocimientos en su haber, lo que se consideraba un hombre de éxito de cuarenta y cuatro años, divorciado y disponible, aunque su corazón perteneciera en secreto a esa joven muchacha inglesa de la que jamás hablaba, pero alrededor de la cual estaba haciendo orbitar su vida desde hacía unos años. Emma lo sabía porque Jennifer, su road manager, se lo había comentado, pero además porque era evidente. Eloisse Molhoney, la mujer de los sueños secretos de Liam, primera bailarina del Royal Opera House de Londres, casada con una famosa estrella de la música y madre de dos niños muy pequeños, era su sueño secreto, algo que a Emma hacía rabiar de celos en la intimidad de su casa, aunque después de conocerla, comprendiera que Liam no tenía ni la más mínima posibilidad con ella: Eloisse lo ignoraba, lo trataba con cordialidad y educación, sí, pero con una frialdad sólida, que dejaba poco espacio a las dudas. En resumen, no había de qué preocuparse.
         —¿Qué tenemos? —preguntó Liam con aire ausente.
         —Almuerzo con John Klaine y ensayo a las cuatro.
         —Vamos, Emma.
         —Eloisse es mucho más guapa en persona, parece tan joven, ¿no?
         —Es joven, creo que cumplió veintisiete años hace un mes.
         —Y es muy simpática, como Michael Fisher, me encanta ese hombre.
         Liam se limitó a mirarla en silencio mientras le abría la puerta para salir del café. Emma volvió a sonrojarse como un tomate, maldiciéndose, una vez más, por esa maldita timidez que la ponía continuamente en evidencia.



 Capítulo 3

 

 

          
         El agua del jacuzzi estaba muy caliente, le hormigueaba la piel de todo el cuerpo, y el vapor oloroso a vainilla se extendía por el cuarto de baño dejándolo en penumbra, como la bruma espesa que bordea el Liffey en las mañanas de invierno. Miró hacia el ventanal abierto al mar por encima del acantilado y comprobó que estaba lloviendo. Mucho mejor, le encantaba la lluvia, igual que a ella. Extendió los brazos por el borde de la enorme bañera y cerró los ojos, sintió la boca de Issi pegada a su cuello y se estremeció, estaba desnuda y lo rozó con sus pechos erectos y sedosos haciéndolo gemir, quiso hablarle, pero no pudo porque su lengua ansiosa y exigente le llenó la boca con un beso largo, eterno, delicioso.
         —¡Dios! —Abrió los ojos y se sentó de golpe, se había quedado completamente dormido dentro del jacuzzi y ahora despertaba con una erección enorme y un deseo tan punzante que apenas se podía mover. Se pasó la mano por la cara y recordó que estaba en Sydney, en el hotel y que echaba de menos a Issi con toda su alma. Llevaba todo el maldito día pensando en ella e imaginando rocambolescas escenas sexuales en cualquier parte, a cualquier hora y delante de quien fuera. La veía desnuda y preciosa, sensual, como era ella de forma tan natural, abriéndose a él y exigiéndole más y más, mientras la hacía suya como un loco, sin medida, ni paciencia, hasta que no podían más, ninguno de los dos y acababan abrazados y riéndose, y confesando lo mucho que se querían... El teléfono móvil vibró a su lado y carraspeó antes de contestar—. Hola...
         —¡Feliz cumpleaños! —gritaron desde el otro lado y recordó que era once de noviembre, al menos eso parecía—. Hola, papá.
         —Hola, campeón. —Se le puso un nudo en la garganta al oír a Jamie y salió del jacuzzi buscando el albornoz—. ¿Cómo estás, mi vida?
         —¿Tienes tarta? —El pequeño se lanzó a hablar a toda velocidad en su media lengua hasta que de repente dijo adiós y le pasó a Alex, que igualmente se enzarzó en una charla muy animada que lo hizo sonreír.
         —Te quiero —dijo al fin y se despidió entregándole el teléfono a su madre.
         —¿Te hemos despertado?
         —No, bueno más o menos, me había quedado dormido en la bañera.
         —¿Y estás solo?
         —Por supuesto, Issi.
         —Pues es muy peligroso, no deberías hacerlo.
         —Fue sin querer, ha sido un día duro.
         —Bueno, te dejamos dormir, solo queríamos ser los primeros en saludarte, porque ya es 11 de noviembre allí, ¿no?
         —Sí, eso creo. —Miró el reloj y lo confirmó saliendo a la enorme suite—. ¿Qué tal estáis? ¿Hace frío hoy también?
         —Acabamos de levantarnos y está lloviendo, creo que hace frío, nos vamos ya a la guardería. No sabes la de vueltas que he dado con el tema de la fecha y la hora, soy una inútil para asimilar los cambios horarios.
         —¿Qué haces?
         —¿Por qué?
         —Estás agitada.
         —Porque estoy con los desayunos, bueno, ¿acertamos con la hora entonces?
         —Sí, gracias por el saludo, que por supuesto es el primero, muchas gracias.
         —Vale, disfruta de tu treinta y cinco cumpleaños, espero que no tengas mucho trabajo allí.
         —Lo tengo, pero mejor, así no os echo tanto de menos. Issi...
         —¿Qué?
         —Te amo, y te deseo tanto que no sé ni como puedo respirar... shhh... no digas nada, ni te enfades, ni me repliques, solo necesitaba decírtelo, ¿ok? Te echo de menos, princesa.
         —Nosotros también te echamos de menos y hoy comeremos tarta por ti.
         —Gracias. —Se pasó la mano por el pelo mojado aguantando las lágrimas, ella siempre respondía con un nosotros de lo más correcto y eso le dolía como si le partieran el alma por la mitad—. Bueno, pensaré en vosotros.
         —Te queremos, papá, adiós.
         Colgó el teléfono y se sentó en la cama a llorar como un huérfano solitario y triste. El psicólogo le había dicho que era muy bueno llorar, que disminuía la ansiedad y aplacaba la culpa, pero para él no resultaba ningún alivio después de año y medio llorando por ella, por su vida hecha trizas, por sus errores y por la maldita culpa que no lo abandonaba jamás. Un año y cinco meses después de que Eloisse lo abandonara seguía sintiéndose un miserable y no sabía si algún día sería capaz de superarlo.
         Abrió la mesilla de noche y buscó sus somníferos, sacó una botellita de zumo de piña del minibar, desnudo de bebidas alcohólicas por orden expresa suya, y se tumbó en la cama tragándose la dichosa pastilla, encendió la tele y trató de concentrarse en la navidad próxima que esperaba disfrutar con Issi y los niños, todos juntos, como una familia normal. Esa era su meta a corto plazo y no debía pensar en nada más. Se estiró sobre el edredón recordando la última navidad, que había sido espantosa, en Londres, y en casa de su suegro donde lo habían dejado entrar casi como a un delincuente para estar un rato con sus hijos, que por entonces eran aún más bebés. Espantó la imagen de la cabeza. Aquello no volvería a ocurrir, no lo permitiría, porque lo estaban consiguiendo, estaban recomponiendo su vida y las próximas fiestas las disfrutarían juntos, felices, y en Killeney a ser posible.
          
          
         —Ronan Molhoney, estás cada día más deseable... —La mujer acompañó el piropo agarrándose a su cuello, él se apartó y le sujetó las manos. Agradecía la muestra de afecto de las fans, pero prefería mantener ciertas distancias. Sin embargo, cuando la miró a la cara comprobó que no se trataba de una fan, sino de Carol Westing, una antigua amante australiana a la que no veía desde hacía siglos.
         —¿Carol?
         —Sí, corazón, ¿cómo estás? —Se dieron un abrazo y ella le acarició el pecho—. Estás guapísimo, Ron, ¿qué haces?
         —Entrenador personal, golf —contestó, sonriendo—. Ya ves, vida sana.
         —¿Es cierto que ya no bebes?
         —Un año sobrio. ¡Pero cuánto tiempo! ¿Cómo estás?
         —Yo muy bien, pero ¿qué demonios han hecho contigo?
         —Todos maduramos, Carol. —Soltó una carcajada—. ¿Qué es de tu vida?
         —Ahora soy la señora Wilkes, mi marido es productor de la tele donde has actuado esta noche y cuando supe que te iban a organizar esto, corrí a saludarte.
         Ambos miraron el restaurante lleno de gente. El equipo de Ronan y el programa de televisión al que había acudido esa noche le habían organizado una fiesta de cumpleaños en su hotel y allí estaba, cansado, aburrido y somnoliento tras la cena, esperando el tiempo prudente para despedirse y subir a la habitación a dormir. Había muchísima gente, viejos amigos como Carol y colegas australianos que habían acudido con regalos y muchas sonrisas para verlo. Hacía años que no viajaba a Sydney a pesar de tener un éxito enorme y millones de fans en Australia, y se estaba reencontrando con muchísimas personas del pasado a las que apreciaba. Era muy agradable, pero estaba demasiado agotado para disfrutarlo.
         —Es raro verte sin los chicos, aunque he visto a Brendan Connors en el bar. ¿Qué tal va el disco en solitario?
         —Muy bien, afortunadamente.
         —Me alegro, Ron, aunque siento lo de tu divorcio, ¿cómo lo llevas? ¿Y tus niños?
         —No me he divorciado, nos hemos separado, pero es temporal. Los niños están muy bien, gracias.
         —¿Temporal?
         —Estamos intentando arreglarlo.
         —Siempre dije que esa muñequita de porcelana tuya no era la adecuada, Ron, no te comprende. ¿Cómo te iba a comprender si es doña perfecta?
         —No hables así de mi mujer, Carol, ni siquiera la conoces. —Se puso serio de repente y buscó a su manager con la mirada. Cada vez tenía más ganas de largarse de allí.
         —No te pongas a la defensiva, y sí que la conozco. ¿Recuerdas cuando vino de gira con el Royal Ballet y tú apareciste por sorpresa para mantenerla en su altar, lejos de todos nosotros? ¿Cuándo fue eso?
         —Hace unos seis o siete años. —Sonrió moviendo la cabeza.
         —Nosotros solo queríamos conocer a tu novia y tú no dejabas ni que nos acercáramos. ¡Dios Santo, qué horror! Fuimos todos a verla actuar al Sydney Opera House y alcanzamos a saludarla antes de que tú llegaras, porque después no dejaste que aceptara ninguna de nuestras invitaciones. —Ron volvió a sonreír recordando la angustia que había sufrido en aquellos años intentando que Issi no se enterara de sus monumentales juergas en Australia, y la había conseguido mantener ajena a todo, pecando de mal educado y de desagradecido con sus amigos de Sydney. Se había comportado como un imbécil, como tantas otras veces. Miró a Carol y no supo qué decir—. Ven, siéntate conmigo Ronan... —Lo llevó hacia una mesa y se sentó frente a él—. Recuerdo que me pareció muy frágil y muy joven para ti.
         —Tenía veintiún años, era muy joven. Sigue siendo muy joven.
         —Veo la prensa, está estupenda, y tus retoños son preciosos, guapísimos, debes estar como loco con ellos.
         —Lo estoy, son unos chicos estupendos, y cada día me cuesta más separarme de ellos.
         —Dos hijos en cuatro años, menudo récord.
         —Estamos muy contentos con los niños y...
         —¿Y cómo es que estás intentando arreglarlo? —lo interrumpió—. ¿Cuánto lleváis separados?
         —Casi año y medio, ha sido muy duro, pero seguimos luchando.
         —Y si no habéis vuelto en año y medio, ¿por qué crees que aún hay esperanza?
         —Mira, en realidad no me apetece hablar sobre esto, Carol. Háblame de ti, ¿tienes hijos?
         —No, no me van los niños. He estado casada dos veces y la primera la cagué porque fui infiel, ¿sabes?. Mi marido era dentista, un tipo ajeno al mundo del espectáculo y a toda esta locura en la que yo andaba metida desde los quince años, y no entendió nada, pedí perdón, me flagelé, fuimos a terapia, en fin, no acabó de entenderlo, lo hice todo, por eso me atrevo a preguntarte por lo de tu reconciliación, Ron, sé que es difícil, y sé que a veces hagas lo que hagas no sirve para nada. Disculpa si te he ofendido.
         —No me he ofendido, prefiero no hablar de nuestros problemas con otras personas, eso es todo. —La miró de arriba abajo y comprobó que su amiga se había operado, diversas partes del cuerpo, y ahora era una especie de sombra de la australiana rubia y deportista a la que había conocido durante sus innumerables viajes a Sydney en los inicios de la banda. Debía tener más o menos su edad, calculó, unos pocos años más tal vez, aunque tantas visitas al cirujano plástico no habían hecho más que empeorar su aspecto y se conmovió, habían sido buenos amigos y, sin embargo, estaba seguro de que en realidad no se conocían en absoluto—. Además, yo no he sido infiel a mi mujer.
         —Te he dicho que leo la prensa, lo de tus fotos en esa fiesta... —no replicó y se limitó a negar con la cabeza—. Vale, Ronan, ya veo que la princesa Eloisse sigue siendo sagrada.
         —Exacto.
         —A veces veo a las chicas del club de fans, ¿te acuerdas cuando follábamos todos juntos en vuestro hotel? Cada una con un guapo irlandesito de los Night Storm, aunque siempre fuiste el mejor, naciste sabiendo, Ronan, tu mujer tiene mucha suerte de tenerte en su cama.
         —Dios bendito. —Ron se rio con ganas y saludó con la mano a sus músicos que le hacían gestos desde la pista de baile—. Me ha encantado verte, Carol, pero creo que me voy a la cama, estoy realmente rendido.
         —Ya me habían dicho que estabas cambiado, corazón, pero no tanto. ¿Cuándo te has vuelto tan aburrido?
         —Ya ves... —Hizo amago de levantarse.
         —Tú y yo lo pasábamos genial. ¿Nos vamos a tu suite y recordamos viejos tiempos?
         —Oh, no, muy amable, pero no, gracias. ¿Dónde está tu marido?
         —Por ahí, él sabe que aún tengo fantasías contigo. —Carol se levantó a su vez, riéndose—. No se enfadará.
         —Qué suerte tienes, pero prefiero ser un buen chico e irme a dormir solo y tranquilamente.
         —Enfréntate a tu mujer, Ronan.
         —¿Cómo dices?
         —Un consejo gratis: a las mujeres no nos gustan los tipos tibios, ni blandos, ella se enamoró de ti por algo, porque siempre has sido fuerte y apasionado, a los veinte años y me imagino que a los treinta y cinco también. Enfréntate a ella y exígele respuestas, Ron, no sigas esperando eternamente.
         Acto seguido lo agarró la barbilla y lo besó fugazmente en los labios. Ronan Molhoney vio como se iba, contoneándose sobre sus tacones, y bajó la cabeza sin saber qué decir, porque aquello era algo en lo que pensaba continuamente: ¿hasta cuándo debería esperar? Y lo más importante, ¿hasta cuándo podría soportarlo? El teléfono móvil vibró en su bolsillo y lo contestó saliendo hacia los ascensores sin despedirse de nadie.
         —¿Papá?
         —Hola, campeón. —Sonrió oyendo la vocecita de James—. ¿Qué haces?
         —¿Y tú?
         —En mi fiesta de cumpleaños, pero ya ha acabado y me voy a dormir, ¿me echas de menos?
         —Sí, tenemos galletas...
         —¿Estáis desayunando? —Miró la hora, medianoche, debían ser las ocho de la mañana en Londres—. ¿Y tu hermano?
         —Con el bibe...
         —¿Con el biberón?
         —Sí...
         —Ron, perdona —Issi agarró el teléfono sentando al niño a la mesa de la cocina—. A comer tus galletas y tu leche, Jamie, y no vuelvas a coger mi teléfono sin permiso. ¿Ronan?
         —Hola, princesa.
         —Jamie marca la rellamada en el móvil y se entretiene hablando con quién sea, aunque a todos les pregunta primero si eres tú. Con mi madre se pasó anoche charlando como media hora.
         —¿En serio? Pues déjalo, es sociable y a mí me encanta que me llame. ¿Cómo estáis?
         —Bien, ¿y tú? ¿Ya has acabado por hoy?
         —En este momento estoy entrando en mi habitación, creo que me tiraré en la cama sin quitarme la ropa, estoy agotado, me debo estar haciendo viejo.
         —Sí, claro, con treinta y cinco años estás en tu mejor momento.
         —¿Tú crees?
         —Claro.
         —Te amo.
         —Ronan... —Dejó lo que estaba haciendo y suspiró.
         —Te echo de menos, a ti y a los niños, es como un dolor físico, Issi, y creo que no volveré a firmar una gira de tantos días.
         —Nosotros también te echamos de menos, pero ya falta menos.
         —Qué remedio, no puedo dejarlos tirados, si no me iría mañana mismo.
         —No puedes, y he visto en Internet que estás arrasando. Ahora métete en la cama y descansa, te mandamos un beso enorme.
         —Adiós —colgó con ese hueco gigantesco y helado en el centro del pecho, se sacó las botas y se tiró en la cama calibrando, por un segundo, si debería haber aceptado la invitación de Carol Westing de compartir su cama. Se pasó la mano por la cara y espantó aquella locura, cerró los ojos y se quedó dormido inmediatamente.


 Capítulo 4

 

         Emma Capshaw cumplía veintinueve años el día que le ofrecieron el trabajo como asistente personal de una estrella de cine. Ella había estudiado periodismo en la Universidad de Westminster, llevaba dando tumbos desde hacía siglos por media Inglaterra, en diferentes puestos de trabajo, y fue una amiga de su madre, Jennifer Richardson, la que le habló del trabajo durante una comida familiar. Jenn era americana y una experta manager de estrellas, amiga personal de muchas de ellas y mano derecha de Liam Galway, uno de los actores más prestigiosos del momento.
         Emma casi había muerto de la impresión ante la oferta, no se sentía capaz de hacerlo, pero tras conocer a Liam había dicho que sí sin dudarlo. Era agradable, sencillo y encantador, y Jennifer necesitaba a alguien de confianza a su lado en Londres porque ella no podía trasladarse con él a la capital británica indefinidamente y, aunque no pretendía abandonarlo, esperaba tener una ayudante en la ciudad que le sirviera de ojos y oídos, y cuidara en él en su ausencia. Una posibilidad apasionante y que le abría un mundo de oportunidades junto al tipo más adorable del planeta. Liam Galway era único, había decidido al poco tiempo de tratarlo, y unas semanas después de empezar a trabajar con él, cuando ya había asumido un montón de responsabilidades como su asistente personal, seguía pensando exactamente lo mismo.
         Era adorable y el trabajo muy simple. Se ocupaba de atender sus teléfonos, organizar su agenda, contestar su correspondencia y sobre todo cuidar de su casa, sus recados, sus comidas y su persona. Jennifer había insistido en la necesidad de ocuparse de Liam como si de un hijo o un hermano se tratara, y Emma lo hacía con gran entrega, y feliz, a pesar de sus episodios de silencio y su tendencia a la soledad, rasgos que por otra parte ella compartía con él en gran medida.
         Casi un mes llevaba a su lado y aunque él debía viajar continuamente a los Estados Unidos, Emma sería sus ojos y oídos en Londres, le explicó, porque él estaba decidido a trabajar en la ciudad, hacer teatro y vivir tranquilamente en su preciosa casa de Chelsea.
         De ese modo su vida había cambiado, conocía a mucha gente a diario, ganaba un buen sueldo, se divertía horrores con Liam Galway y además lo acompañaba a todas partes, incluso a las cenas y los compromisos sociales, como en el estreno de Eugeni Oneguin, en medio de una tremenda expectación en Londres, con cientos de cámaras, invitados, periodistas y amigos llegados de todas partes para darle su apoyo. Una experiencia que estaba convirtiendo a la tímida Emma Capshaw en una profesional con cierto poder y hasta con prestigio, solo por ser la mujer de confianza de Galway en Inglaterra, algo que ni en sus mejores sueños se habría atrevido a imaginar, ni siquiera cuando dedicaba horas y horas a coleccionar fotos de los artistas a los que admiraba (y de los que se enamoraba), en su adolescencia, cuando empezó a convertirse en una fanática minuciosa y apasionada de gente como el hombre que ahora se había convertido en su jefe, o como de Ronan Molhoney.
         —Hola, Emma, ¿qué tal? —Michael Fisher y su novio, Ralph Smithson, interrumpieron su pensamientos y ella se giró para darles la bienvenida—. He llegado un poco tarde, pero Ralphy dice que la obra ha estado genial.
         —Sí, al parecer le ha encantado a todo el mundo. ¿Habéis visto a Liam? Me ha preguntado por vosotros un par de veces.
         —No, aún no. Dios bendito, cuanta gente. —Ralph se apartó para mirar el local lleno y frunció el ceño—. Qué agobio. Tal vez no podamos ni saludarlo, cariño, ¿por qué no nos vamos a cenar y luego lo llamamos?
         —¿Y dejar de ver a tanto famoso? No, gracias.
         —¿Y Eloisse no ha venido? —intervino Emma.
         —Sí, ha venido conmigo, en cuanto acabamos la función, es que ha ido a localizar a su padre y a su madrastra, que estaban viendo la obra.
         —Oh, bien, llamaré a Liam.
         Diez minutos después Emma pudo arrastrar a Liam Galway lejos de las garras de sus fans y llevarlo hasta donde estaban sus amigos charlando con Eloisse y un matrimonio muy distinguido que imaginó serían los Cavendish. La bailarina iba guapísima con un sencillísimo vestido negro de cocktail y el pelo recogido, y en cuanto vio a Liam se acercó para felicitarlo.
         —Liam, enhorabuena, ha sido un éxito.
         —Gracias, sí, gracias por venir.
         —Nosotros encantados. Emma —de pronto reparó en la ayudante— te presento a mi padre y su esposa, Fiona. Ella es Emma, la ayudante de Liam.
         —Buenas noches —saludó Emma viendo como Issi se agarraba al brazo de su padre.
         —¿Y como están sus nietos, señor Cavendish? —preguntó Liam con cordialidad.
         —Dios bendito, son deliciosos, ¿qué vamos a decir nosotros? Estamos como locos con ellos —contestó Fiona con la cara iluminada—. Son unos niños tan guapos y tan cariñosos.
         —Sí, estamos encantados con los pequeños. ¿No sabéis lo que le han dicho a Eloisse hoy en la guardería de Jamie? —preguntó el orgulloso abuelo y todos negaron con la cabeza—. Que tiene un talento extraordinario para la música, es casi un portento.
         —Bueno, tampoco tanto, papá —dijo Eloisse con una sonrisa—. Estuvo el psicólogo haciendo unas evaluaciones con la profesora de música, y me dijeron que estaban impresionados con la habilidad natural de Jamie para la música, eso es todo.
         —Bueno, con dos padres con tanto talento es normal... —susurró Mike mirando la cara de orgullo de su amiga.
         —Será por su padre, que es el artista —opinó Issi observando a Emma que seguía la charla muy atenta, con la boca abierta, como una niña pequeña—, porque yo me limito a bailar.
         —¿Qué dices? —Ralph casi se atraganta con su copa de champagne—. No te quites mérito, Ronan será más creativo y tocará, pero tú...
         —Toca al menos seis instrumentos a la perfección, canta y compone. No vamos a comparar.
         —Por supuesto es incomparable, tú eres bailarina y él músico, pero el hecho es que mi nieto es un talento y obviamente lo ha heredado de sus padres. —Andrew Cavendish agarró una copa de vino de la bandeja de un camarero y sonrió—. No se puede negar.
         —¿Y ya se lo has dicho al padre del artista? —Michael le guiñó un ojo.
         —No, con el cambio horario no pude, pero ya se lo diré cuando llegue.
         —¡Eloisse Molhoney!
         —¿Steve? —Issi se giró sorprendida al ver a un compañero de banda de Ronan en la fiesta y le dio un abrazo. El irlandés saludó a sus acompañantes y luego se la llevó a un rincón para charlar—. ¡Qué sorpresa!
         —Estás guapísima, ¿cómo están los niños?
         —Muy bien, ¿y los tuyos?
         —Todos bien.
         —Me alegro, ¿cuándo has venido?
         —Ayer, no os llamé porque sé que Ron está en Australia. Ese granuja, madre mía, Issi no te imaginas...
         —¿Qué?
         —No puede seguir dejándonos en la estacada, llevamos casi un año sin trabajar. Algunas colaboraciones, pero nada concreto. ¿Sabes a qué he venido a Londres? —Ella negó con la cabeza—. A participar en un concurso para famosos, un rollo de preguntas y respuestas, es patético, aunque pagan una pasta. ¿Qué hace un rockero como yo en la puta televisión pública inglesa, Issi?
         —Lo siento, no sabía...
         —Nigth Storm es Ronan Molhoney, sin él no podemos tocar, ni hacer galas, los proyectos individuales se están acabando y mantenernos es un problema. Lo siento, no quería abordarte así, pero es que apenas me contengo y al verte aquí...
         —Quizás deberías hablar con él.
         —Sé que Max habla con él, pero que con vuestros problemas y demás, Ron no quiere ni oír hablar de la banda, ni de conciertos, ni...
         —Nuestros problemas no creo que influyan, Steve, él tiene otros problemas personales, ya lo sabes.
         —¿La bebida? Ron nunca ha sido un borracho, ninguno de nosotros, solo éramos unos tipos jóvenes que nos lo pasábamos muy bien.
         —Bueno, habla con él... —Eloisse suspiró impotente. No tenía por qué explicar a nadie los problemas de Ronan, ni siquiera a sus amigos que lo veían todo como una exageración de ella, que era una esposa muy exigente—. No sé que puedo hacer yo.
         —¿Pero no habéis vuelto a vivir juntos?
         —No, pero lo veo todos los días, si quieres le diré que te he visto y que hemos charlado...
         —¿Y cuándo lo piensas perdonar? Todos nos equivocamos, Issi. Además, no encontrarás a otro como él.
         —En fin, si quieres pasarte por casa y ver a Jamie y Alex, estupendo —dijo ella, zanjando el tema con una sonrisa forzada—, podrías venir a comer antes de volver a Dublín.
         —No quiero que me rompa las piernas por hablar contigo a solas —respondió él echándose a reír y se tomó de un trago el vaso de vodka que llevaba en la mano—. Pensábamos convocarlo a una reunión en cuanto llegue de Sydney. ¡Dios, Sydney! Qué bien lo pasábamos siempre allí y llenábamos estadios, uno tras otro, ¿sabes? Claro que lo sabes. Sé que Brendan se ha ido con él.
         —Creo que iba entre sus músicos.
         —Cabrones, par de cabrones, daría lo que fuera por tocar y llenar, y ganar pasta.
         —Hija, nosotros nos vamos —Andrew Cavendish se acercó a ella al ver como se le había ensombrecido la cara junto a ese tipo y la agarró del brazo—. ¿Te quedas a cenar o te llevamos a casa?
         —No, me voy con vosotros, papá. Steve, me ha gustado mucho verte, llámanos y ven a casa, si quieres, así podrás ver a los niños.
         —¿Cuándo viene la estrella?
         —Mañana por la noche.
         —Os llamaré, buenas noches. Y Eloisse... —Ella se giró para escucharlo—. Estás preciosa.
         Emma Capshaw observó, como los demás, la charla de Eloisse con ese músico, que era muy conocido, y como su cara había pasado de la sonrisa a la seriedad en cuestión de segundos. También oyó a Michael comentar que la banda Night Storm culpaba casi exclusivamente a Issi de su separación, y vio a su padre ir a buscarla para llevarla a casa. No quiso quedarse a cenar y aunque era evidente que Liam contaba con ella, no abrió la boca y al final se despidieron de ella y observaron como una nube de fotógrafos la abordaba a la salida del local y la seguía por la calle, hasta que pudo dar con un taxi y desaparecer en medio de la noche.
         —¿Nos vamos a cenar? No soporto ni un halago más —dijo Liam Galway agarrando a Mike por el cuello—. Por favor.
         Emma lo miró y sonrió, y agradeció al universo que Eloisse Molhoney prefiriera volver a casa pronto. Era una chica estupenda y muy agradable, pero por alguna extraña razón Emma Capshaw prefería no tenerla al lado. Celos, pensó, mirando de reojo a su jefe, unos celos estúpidos por el gran Liam Galway, que jamás de fijaría en ella, determinó siguiéndolo por la calle camino del restaurante.



 Capítulo 5

 

 

          
         No pensaba quedarse a la cena del estreno de Liam Galway, pero el encuentro con Steve O’Really tampoco le había facilitado las cosas. Se despidió de su padre y de Fiona en la puerta de su casa y subió al ascensor con un peso extraño sobre los hombros. No podía creer que aquel tipo, al que no veía desde hacía meses, le hubiera soltado aquel discurso en medio de una fiesta. Trataba de comprender su angustia, pero ella no era responsable de nada, mucho menos de las decisiones de Ronan, que había optado por dejar la banda él solo, sin que a ella le hubiese consultado jamás nada.
         Steve nunca había destacado por su sentido común, era cierto, pero aquello había sido innecesario y estaba enfadada. Además, estaba harta de que nadie pensara en el bienestar o en lo que más le convenía a Ron, ni siquiera esa gente que se decían sus amigos de toda la vida. Nadie lo apoyaba, todos querían conseguir algo de él, a cualquier precio, y nadie podía comprender por lo que había pasado, y que, simplemente, intentaba curar su pasado y empezar de cero.
         —Hola. —Aurora veía la televisión en el salón y le sonrió—. ¿Qué tal?
         —Bien, ¿qué tal los niños?
         —Muy bien. Tienes una sorpresa en su dormitorio.
         —¿Ah, sí?
         Se sacó los tacones y llegó al enorme dormitorio de los niños donde unos canguros de peluche gigantes le dieron la bienvenida junto a la puerta, la entornó y se encontró con Ronan durmiendo en la cama junto a James. El corazón le dio un brinco en el pecho y se quedó unos segundos observando sus pies descalzos, los vaqueros claros, la camisa blanca mal cerrada y su pelo rubio y revuelto tapándole la cara. Llevaba barba de varios días y parecía profundamente dormido. El suelo estaba lleno de papeles de regalo y varios juguetes nuevos esparcidos por la alfombra. Sonrió y se acercó a la camita de Alex, muy despacio, para taparlo con el edredón.
         —Hola, princesa.
         —Hola, ¿no llegabas mañana?
         —Pude adelantarme un día. —Se sentó en la cama y la miró con una gran sonrisa que ella devolvió recogiendo los papeles—. Siento el desastre, pero no tuvimos mucha paciencia. ¿Cómo estás?
         —Yo bien, ¿qué tal tú? Debes de estar agotado.
         —Sí, no hemos parado. Ya lo sabes. Bien —se levantó y se acercó a ella, le dio un beso en la cabeza y buscó su chaqueta colgada en el perchero—, ya que te he visto, me voy a casa, necesito dormir.
         —Quédate aquí, no tienes por qué irte.
         —¿Me vas a dejar dormir contigo? —Ella parpadeó, confusa, y él sonrió poniéndose los zapatos—. Ya sabía yo que tanta suerte era imposible. No, mejor me voy, creo que mañana me levantaré tarde.
         —Como quieras.
         —No, no es lo que quiero —admitió caminando por el pasillo hacia la salida—, pero no tengo más opciones. Mañana os veo a la hora de la comida y charlamos, ¿vale?
         —Sí, tengo cosas que contarte.
         —¿Sobre qué? —Ronan se giró para mirarla a los ojos.
         —Hoy me han dicho en la guardería que Jamie tiene un talento natural y extraordinario para la música, por ejemplo.
         —Eso ya lo sabíamos, ¿no?
         —Yo no, ¿tú sí?
         —Absolutamente, pero viene bien oírlo de la guardería —bromeó moviendo la cabeza—. Mañana charlamos, estoy medio muerto.
         —También que acabo de ver a Steve O’Really en un estreno y...
         —¿Qué estreno?
         —Uno de Liam Galway, fui con mi padre, Fiona, Mike, Ralph, ya sabes. —A él se le tensaron los músculos de todo el cuerpo porque odiaba a ese individuo que babeaba por su mujer desde hacía años, pero no dijo nada y ella siguió hablando con naturalidad—. Y me dijo que quieren convocarte a una reunión con la banda, que llevan un año sin trabajar, en fin, una retahíla de quejas sobre su falta de trabajo.
         —Siempre lo mismo, no le hagas caso.
         —Vale.
         —¿Algo más?
         —No, mañana hablamos.
         —Me parece perfecto.
         —Bien y gracias por los regalos.
         —El tuyo está sobre tu cama. Adiós, Aurora —dijo al pasar por el salón y cuando llegó a la puerta se paró en seco, volvió a besarla en la cabeza y salió al rellano—. ¿Issi?
         —¿Qué?
         —¿Vais a venir conmigo al encuentro en Windsor el sábado? Tengo que confirmarlo mañana, me han dejado varios mensajes y...
         —Sí, claro, cuenta con nosotros. —Se trataba de encuentros familiares en su antigua clínica de desintoxicación. No era la primera vez, y resultaba muy interesante compartir con los terapeutas, otros internos y sus familias algunas experiencias.
         —Estupendo, hasta mañana.

         —Hasta mañana, me alegro de verte aquí, te hemos echado mucho de menos... —Se acercó y lo besó en la mejilla. Ronan se volvió con decisión y le plantó un beso en la boca. No un beso de verdad, pero sí un inocente beso con la boca cerrada que la dejó temblando. Se metió en el ascensor y desapareció sin decir una palabra más.

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