Capítulo 2
—No me lo puedo creer. —Mike se restregó
la cara, impotente, delante de una enorme taza de café—. ¿Crees que la crisis
de la compañía es tan profunda? ¿Serán capaces de cerrar y mandarnos a casa?
—No, a tanto no llegarán, me imagino,
pero George está muy preocupado.
—Justo ahora que quiero casarme.
—¡Mike! —Issi se echó a reír a
carcajadas—, no seas dramático, por favor. Jamás cerrarán el Royal Opera House,
jamás te quedarás sin trabajo y aunque eso sucediera, que es imposible, seguro
que recibirás millones de ofertas de otras compañías.
—No quiero otras compañías, ¿y qué
harías tú si echaran el cierre?
—Retirarme, dar clases y pasar más
tiempo con los niños.
—¿Retirarte a tu edad?
—A veces me siento como una anciana,
cariño, no sé si podré seguir mucho tiempo más a este ritmo.
—Podrás, siempre puedes. —Le sujetó la
mano vislumbrando por el rabillo del ojo la imagen de alguien muy especial
entrando por la puerta del café—. Mira, ahí viene Liam.
Se giraron hacia la puerta principal y
vieron entrar al famoso actor norteamericano Liam Galway, amigo íntimo de
Michael, acompañado por su nueva asistente, una joven inglesa que se ocupaba
desde hacía unas semanas de él durante su estancia en Londres. Issi no la
conocía personalmente y le sonrió con cordialidad cuando ambos se sentaron a su
mesa.
—Emma Capshaw, te presento a la señora
Eloisse Molhoney. Eloisse, esta es Emma, mi nueva y maravillosa ayudante.
—Hola Emma, encantada.
—El placer es mío, señora Molhoney, soy
una gran admiradora de su trabajo.
—Muchas gracias, pero llámame Eloisse,
por favor. —La miró a los ojos y de repente recordó lo que George Stathman, su
mentor, siempre decía respecto a lo que pensaba la gente cuando la conocía:
«Ronan Molhoney, te ven y solo piensan en Ronan Molhoney», decía entre risas, y
suspiró comprobando los ojos de absoluta curiosidad con los que aquella joven,
aparentemente tan educada, la observaba, tragó saliva y decidió ignorarlo—.
¿Queréis tomar algo?
—Café, por favor.
—¿Cómo va el estreno?
—Faltan dos semanas —respondió Galway
mirando de reojo el aspecto inmejorable de Issi, con un vestido de punto en
tonos rosa muy sencillo y femenino, y su preciosa cara sin maquillaje,
enmarcada por el ondulado pelo oscuro que llevaba suelto. Le miró las manos y
vio su alianza de matrimonio y su anillo de compromiso en la izquierda,
intactos, a pesar de llevar más de un año y medio separada de Molhoney—.
Estamos ajustando algunos flecos, pero ya está bien, o eso creo.
—Está perfecta —opinó Emma y se sonrojó
de repente, clavando los ojos ambarinos en el mantel.
—Eres muy generosa, Emma —susurró Liam,
sonriendo con su encanto habitual—. ¿Y qué tal la casa nueva, Eloisse?
—Grande. Tiene mucho espacio y me queda
a cinco minutos andando del teatro, aunque ahora echamos de menos tener Hyde
Park al lado. Está claro que no se puede tener todo, así que... Oh, el
teléfono, lo siento. —Agarró el móvil y contestó de inmediato—: Hola Aurora,
sí, estoy en el café de siempre, ven y te tomas algo. Luego decidimos.
—¿Qué tienes que decidir? —preguntó Mike
cuando colgó.
—Ir a buscar a Jamie a la guardería
todos, o solo ella.
—¿Todos?
—Con Alex, siempre lo recoge Ronan, pero
está de viaje y... —miró a Liam y a Emma y se encogió de hombros—. Cosas de
niños.
Cinco minutos después la niñera apareció
en la cafetería con el pequeño Alexander y Eloisse se transformó enseguida en
una madraza. Eso pensaba Liam siempre que tenía oportunidad de verla con sus
hijos. El bebé saltó a sus brazos y ella se lo comió a besos antes de sentarlo
en su regazo para darle una galleta infantil que llevaba en el bolso.
—Qué guapo, por Dios —dijo Mike
mordiéndole la manita mientras él les sonreía, feliz—. Cada día te pareces más
a tu papá.
—¿Papá? —preguntó con sus ojos celestes
muy abiertos.
—En realidad se parece mucho a su padre.
—Emma estaba tan sorprendida del parecido que no pudo callarse, y miró a
Eloisse con cara de disculpa—. Lo siento, no conozco a su padre en persona,
pero lo digo por las fotografías. Es asombroso.
—Sí, así es, es una miniatura de Ron,
Jamie es un poquito más Cavendish, aunque la sangre Molhoney tira por todas
partes.
—¿Y cuantos años tiene?
—Cumplió un año en mayo, tiene un año y
medio, ya es un hombrecito y ahora vamos a ir a buscar a James al cole,
¿verdad, Alex? ¿Quieres ir a buscar a tu hermano a la guardería?
Y desapareció. Para decepción de Liam,
en cinco minutos, Eloisse, su hijo y su amable niñera, desaparecieron por la
puerta dejándolo con una enorme sensación de frustración en el pecho. Siempre
era así, pero no lograba acostumbrarse y la siguió con los ojos hasta que
Michael Fisher empezó a parlotear sobre Eugeni
Oneguin, que era la adaptación teatral que él estaba a punto de estrenar en
el West End, y le prestó atención para no parecer descortés.
—¿Y dónde está Molhoney?
—Australia, se fue hace cuatro días.
—Mike se apoyó en el respaldo de la silla y lo miró a los ojos—. Con la
promoción de su disco en solitario. Vuelve en un par de semanas.
—Emma es una fan, ¿sabes? —bromeó Galway
y la ayudante se sonrojó otra vez—. No lo puede ocultar.
—¿Ah, sí? ¿Y quién no? —Mike se echó a
reír.
—Sí, y espera poder conocerlo en
persona.
—Oh, Liam, eso era una broma.
—Broma o no, podrás conocerlo cuando
vuelva, siempre anda cerca de Issi... —Michael Fisher se fijó mejor en la
ayudante y comprobó que no paraba de sonrojarse, era extremadamente tímida y se
preguntó que hacía esa muchacha trabajando como asistente de una estrella de
cine tan conocida como Liam—. Ahora vive en Londres, cerca de ella y de los
niños.
—¿Se han reconciliado? —preguntó Emma
por puro impulso.
—Aún no, pero están a un tris —Mike se
puso de pie y agarró su bolso—. Y ahora me marcho, espero secuestrar a mi amor
y comer con él.
—¿A un tris? —Liam se levantó también.
—Absolutamente, ya sabes, son ellos:
Ronan y Eloisse, indestructibles. En fin, chicos, adiós.
Les dio un par de besos y también se
fue. Emma miró a su jefe y esperó instrucciones, él había insistido en ir a
tomar café a Covent Garden, y no sabía con qué fin específico, aunque supuso
que era para encontrarse «casualmente» con Eloisse Molhoney.
Liam Galway era una de las estrellas de
cine más fulgurantes y requeridas del panorama mundial. Era guapo, rico,
caballeroso, culto, simpático y divertido, con legiones de fans por el mundo
entero, y cientos de películas, premios y reconocimientos en su haber, lo que
se consideraba un hombre de éxito de cuarenta y cuatro años, divorciado y
disponible, aunque su corazón perteneciera en secreto a esa joven muchacha
inglesa de la que jamás hablaba, pero alrededor de la cual estaba haciendo
orbitar su vida desde hacía unos años. Emma lo sabía porque Jennifer, su road manager, se lo había comentado,
pero además porque era evidente. Eloisse Molhoney, la mujer de los sueños
secretos de Liam, primera bailarina del Royal Opera House de Londres, casada
con una famosa estrella de la música y madre de dos niños muy pequeños, era su
sueño secreto, algo que a Emma hacía rabiar de celos en la intimidad de su
casa, aunque después de conocerla, comprendiera que Liam no tenía ni la más
mínima posibilidad con ella: Eloisse lo ignoraba, lo trataba con cordialidad y
educación, sí, pero con una frialdad sólida, que dejaba poco espacio a las
dudas. En resumen, no había de qué preocuparse.
—¿Qué tenemos? —preguntó Liam con aire
ausente.
—Almuerzo con John Klaine y ensayo a las
cuatro.
—Vamos, Emma.
—Eloisse es mucho más guapa en persona,
parece tan joven, ¿no?
—Es joven, creo que cumplió veintisiete
años hace un mes.
—Y es muy simpática, como Michael Fisher,
me encanta ese hombre.
Liam se limitó a mirarla en silencio
mientras le abría la puerta para salir del café. Emma volvió a sonrojarse como
un tomate, maldiciéndose, una vez más, por esa maldita timidez que la ponía
continuamente en evidencia.
Capítulo 3
El agua del jacuzzi estaba muy caliente,
le hormigueaba la piel de todo el cuerpo, y el vapor oloroso a vainilla se
extendía por el cuarto de baño dejándolo en penumbra, como la bruma espesa que
bordea el Liffey en las mañanas de invierno. Miró hacia el ventanal abierto al
mar por encima del acantilado y comprobó que estaba lloviendo. Mucho mejor, le
encantaba la lluvia, igual que a ella. Extendió los brazos por el borde de la
enorme bañera y cerró los ojos, sintió la boca de Issi pegada a su cuello y se
estremeció, estaba desnuda y lo rozó con sus pechos erectos y sedosos
haciéndolo gemir, quiso hablarle, pero no pudo porque su lengua ansiosa y
exigente le llenó la boca con un beso largo, eterno, delicioso.
—¡Dios! —Abrió los ojos y se sentó de
golpe, se había quedado completamente dormido dentro del jacuzzi y ahora
despertaba con una erección enorme y un deseo tan punzante que apenas se podía
mover. Se pasó la mano por la cara y recordó que estaba en Sydney, en el hotel
y que echaba de menos a Issi con toda su alma. Llevaba todo el maldito día
pensando en ella e imaginando rocambolescas escenas sexuales en cualquier
parte, a cualquier hora y delante de quien fuera. La veía desnuda y preciosa,
sensual, como era ella de forma tan natural, abriéndose a él y exigiéndole más
y más, mientras la hacía suya como un loco, sin medida, ni paciencia, hasta que
no podían más, ninguno de los dos y acababan abrazados y riéndose, y confesando
lo mucho que se querían... El teléfono móvil vibró a su lado y carraspeó antes
de contestar—. Hola...
—¡Feliz cumpleaños! —gritaron desde el
otro lado y recordó que era once de noviembre, al menos eso parecía—. Hola,
papá.
—Hola, campeón. —Se le puso un nudo en
la garganta al oír a Jamie y salió del jacuzzi buscando el albornoz—. ¿Cómo
estás, mi vida?
—¿Tienes tarta? —El pequeño se lanzó a
hablar a toda velocidad en su media lengua hasta que de repente dijo adiós y le
pasó a Alex, que igualmente se enzarzó en una charla muy animada que lo hizo
sonreír.
—Te quiero —dijo al fin y se despidió
entregándole el teléfono a su madre.
—¿Te hemos despertado?
—No, bueno más o menos, me había quedado
dormido en la bañera.
—¿Y estás solo?
—Por supuesto, Issi.
—Pues es muy peligroso, no deberías
hacerlo.
—Fue sin querer, ha sido un día duro.
—Bueno, te dejamos dormir, solo
queríamos ser los primeros en saludarte, porque ya es 11 de noviembre allí,
¿no?
—Sí, eso creo. —Miró el reloj y lo
confirmó saliendo a la enorme suite—. ¿Qué tal estáis? ¿Hace frío hoy también?
—Acabamos de levantarnos y está
lloviendo, creo que hace frío, nos vamos ya a la guardería. No sabes la de
vueltas que he dado con el tema de la fecha y la hora, soy una inútil para
asimilar los cambios horarios.
—¿Qué haces?
—¿Por qué?
—Estás agitada.
—Porque estoy con los desayunos, bueno,
¿acertamos con la hora entonces?
—Sí, gracias por el saludo, que por
supuesto es el primero, muchas gracias.
—Vale, disfruta de tu treinta y cinco
cumpleaños, espero que no tengas mucho trabajo allí.
—Lo tengo, pero mejor, así no os echo
tanto de menos. Issi...
—¿Qué?
—Te amo, y te deseo tanto que no sé ni
como puedo respirar... shhh... no digas nada, ni te enfades, ni me repliques,
solo necesitaba decírtelo, ¿ok? Te echo de menos, princesa.
—Nosotros también te echamos de menos y
hoy comeremos tarta por ti.
—Gracias. —Se pasó la mano por el pelo
mojado aguantando las lágrimas, ella siempre respondía con un nosotros de lo más correcto y eso le
dolía como si le partieran el alma por la mitad—. Bueno, pensaré en vosotros.
—Te queremos, papá, adiós.
Colgó el teléfono y se sentó en la cama
a llorar como un huérfano solitario y triste. El psicólogo le había dicho que
era muy bueno llorar, que disminuía la ansiedad y aplacaba la culpa, pero para él
no resultaba ningún alivio después de año y medio llorando por ella, por su
vida hecha trizas, por sus errores y por la maldita culpa que no lo abandonaba
jamás. Un año y cinco meses después de que Eloisse lo abandonara seguía
sintiéndose un miserable y no sabía si algún día sería capaz de superarlo.
Abrió la mesilla de noche y buscó sus
somníferos, sacó una botellita de zumo de piña del minibar, desnudo de bebidas
alcohólicas por orden expresa suya, y se tumbó en la cama tragándose la dichosa
pastilla, encendió la tele y trató de concentrarse en la navidad próxima que
esperaba disfrutar con Issi y los niños, todos juntos, como una familia normal.
Esa era su meta a corto plazo y no debía pensar en nada más. Se estiró sobre el
edredón recordando la última navidad, que había sido espantosa, en Londres, y
en casa de su suegro donde lo habían dejado entrar casi como a un delincuente
para estar un rato con sus hijos, que por entonces eran aún más bebés. Espantó
la imagen de la cabeza. Aquello no volvería a ocurrir, no lo permitiría, porque
lo estaban consiguiendo, estaban recomponiendo su vida y las próximas fiestas
las disfrutarían juntos, felices, y en Killeney a ser posible.
—Ronan Molhoney, estás cada día más
deseable... —La mujer acompañó el piropo agarrándose a su cuello, él se apartó
y le sujetó las manos. Agradecía la muestra de afecto de las fans, pero
prefería mantener ciertas distancias. Sin embargo, cuando la miró a la cara
comprobó que no se trataba de una fan, sino de Carol Westing, una antigua
amante australiana a la que no veía desde hacía siglos.
—¿Carol?
—Sí, corazón, ¿cómo estás? —Se dieron un
abrazo y ella le acarició el pecho—. Estás guapísimo, Ron, ¿qué haces?
—Entrenador personal, golf —contestó,
sonriendo—. Ya ves, vida sana.
—¿Es cierto que ya no bebes?
—Un año sobrio. ¡Pero cuánto tiempo!
¿Cómo estás?
—Yo muy bien, pero ¿qué demonios han
hecho contigo?
—Todos maduramos, Carol. —Soltó una
carcajada—. ¿Qué es de tu vida?
—Ahora soy la señora Wilkes, mi marido
es productor de la tele donde has actuado esta noche y cuando supe que te iban
a organizar esto, corrí a saludarte.
Ambos miraron el restaurante lleno de
gente. El equipo de Ronan y el programa de televisión al que había acudido esa
noche le habían organizado una fiesta de cumpleaños en su hotel y allí estaba,
cansado, aburrido y somnoliento tras la cena, esperando el tiempo prudente para
despedirse y subir a la habitación a dormir. Había muchísima gente, viejos
amigos como Carol y colegas australianos que habían acudido con regalos y
muchas sonrisas para verlo. Hacía años que no viajaba a Sydney a pesar de tener
un éxito enorme y millones de fans en Australia, y se estaba reencontrando con
muchísimas personas del pasado a las que apreciaba. Era muy agradable, pero
estaba demasiado agotado para disfrutarlo.
—Es raro verte sin los chicos, aunque he
visto a Brendan Connors en el bar. ¿Qué tal va el disco en solitario?
—Muy bien, afortunadamente.
—Me alegro, Ron, aunque siento lo de tu
divorcio, ¿cómo lo llevas? ¿Y tus niños?
—No me he divorciado, nos hemos
separado, pero es temporal. Los niños están muy bien, gracias.
—¿Temporal?
—Estamos intentando arreglarlo.
—Siempre dije que esa muñequita de
porcelana tuya no era la adecuada, Ron, no te comprende. ¿Cómo te iba a
comprender si es doña perfecta?
—No hables así de mi mujer, Carol, ni
siquiera la conoces. —Se puso serio de repente y buscó a su manager con la
mirada. Cada vez tenía más ganas de largarse de allí.
—No te pongas a la defensiva, y sí que
la conozco. ¿Recuerdas cuando vino de gira con el Royal Ballet y tú apareciste
por sorpresa para mantenerla en su altar, lejos de todos nosotros? ¿Cuándo fue
eso?
—Hace unos seis o siete años. —Sonrió
moviendo la cabeza.
—Nosotros solo queríamos conocer a tu
novia y tú no dejabas ni que nos acercáramos. ¡Dios Santo, qué horror! Fuimos
todos a verla actuar al Sydney Opera House y alcanzamos a saludarla antes de
que tú llegaras, porque después no dejaste que aceptara ninguna de nuestras
invitaciones. —Ron volvió a sonreír recordando la angustia que había sufrido en
aquellos años intentando que Issi no se enterara de sus monumentales juergas en
Australia, y la había conseguido mantener ajena a todo, pecando de mal educado
y de desagradecido con sus amigos de Sydney. Se había comportado como un
imbécil, como tantas otras veces. Miró a Carol y no supo qué decir—. Ven,
siéntate conmigo Ronan... —Lo llevó hacia una mesa y se sentó frente a él—.
Recuerdo que me pareció muy frágil y muy joven para ti.
—Tenía veintiún años, era muy joven.
Sigue siendo muy joven.
—Veo la prensa, está estupenda, y tus
retoños son preciosos, guapísimos, debes estar como loco con ellos.
—Lo estoy, son unos chicos estupendos, y
cada día me cuesta más separarme de ellos.
—Dos hijos en cuatro años, menudo
récord.
—Estamos muy contentos con los niños
y...
—¿Y cómo es que estás intentando
arreglarlo? —lo interrumpió—. ¿Cuánto lleváis separados?
—Casi año y medio, ha sido muy duro,
pero seguimos luchando.
—Y si no habéis vuelto en año y medio,
¿por qué crees que aún hay esperanza?
—Mira, en realidad no me apetece hablar
sobre esto, Carol. Háblame de ti, ¿tienes hijos?
—No, no me van los niños. He estado
casada dos veces y la primera la cagué porque fui infiel, ¿sabes?. Mi marido
era dentista, un tipo ajeno al mundo del espectáculo y a toda esta locura en la
que yo andaba metida desde los quince años, y no entendió nada, pedí perdón, me
flagelé, fuimos a terapia, en fin, no acabó de entenderlo, lo hice todo, por
eso me atrevo a preguntarte por lo de tu reconciliación, Ron, sé que es
difícil, y sé que a veces hagas lo que hagas no sirve para nada. Disculpa si te
he ofendido.
—No me he ofendido, prefiero no hablar
de nuestros problemas con otras personas, eso es todo. —La miró de arriba abajo
y comprobó que su amiga se había operado, diversas partes del cuerpo, y ahora
era una especie de sombra de la australiana rubia y deportista a la que había
conocido durante sus innumerables viajes a Sydney en los inicios de la banda. Debía
tener más o menos su edad, calculó, unos pocos años más tal vez, aunque tantas
visitas al cirujano plástico no habían hecho más que empeorar su aspecto y se
conmovió, habían sido buenos amigos y, sin embargo, estaba seguro de que en
realidad no se conocían en absoluto—. Además, yo no he sido infiel a mi mujer.
—Te he dicho que leo la prensa, lo de
tus fotos en esa fiesta... —no replicó y se limitó a negar con la cabeza—.
Vale, Ronan, ya veo que la princesa Eloisse sigue siendo sagrada.
—Exacto.
—A veces veo a las chicas del club de
fans, ¿te acuerdas cuando follábamos todos juntos en vuestro hotel? Cada una
con un guapo irlandesito de los Night Storm, aunque siempre fuiste el mejor,
naciste sabiendo, Ronan, tu mujer tiene mucha suerte de tenerte en su cama.
—Dios bendito. —Ron se rio con ganas y
saludó con la mano a sus músicos que le hacían gestos desde la pista de baile—.
Me ha encantado verte, Carol, pero creo que me voy a la cama, estoy realmente
rendido.
—Ya me habían dicho que estabas cambiado,
corazón, pero no tanto. ¿Cuándo te has vuelto tan aburrido?
—Ya ves... —Hizo amago de levantarse.
—Tú y yo lo pasábamos genial. ¿Nos vamos
a tu suite y recordamos viejos tiempos?
—Oh, no, muy amable, pero no, gracias.
¿Dónde está tu marido?
—Por ahí, él sabe que aún tengo
fantasías contigo. —Carol se levantó a su vez, riéndose—. No se enfadará.
—Qué suerte tienes, pero prefiero ser un
buen chico e irme a dormir solo y tranquilamente.
—Enfréntate a tu mujer, Ronan.
—¿Cómo dices?
—Un consejo gratis: a las mujeres no nos
gustan los tipos tibios, ni blandos, ella se enamoró de ti por algo, porque
siempre has sido fuerte y apasionado, a los veinte años y me imagino que a los
treinta y cinco también. Enfréntate a ella y exígele respuestas, Ron, no sigas
esperando eternamente.
Acto seguido lo agarró la barbilla y lo
besó fugazmente en los labios. Ronan Molhoney vio como se iba, contoneándose
sobre sus tacones, y bajó la cabeza sin saber qué decir, porque aquello era
algo en lo que pensaba continuamente: ¿hasta cuándo debería esperar? Y lo más
importante, ¿hasta cuándo podría soportarlo? El teléfono móvil vibró en su
bolsillo y lo contestó saliendo hacia los ascensores sin despedirse de nadie.
—¿Papá?
—Hola, campeón. —Sonrió oyendo la vocecita
de James—. ¿Qué haces?
—¿Y tú?
—En mi fiesta de cumpleaños, pero ya ha
acabado y me voy a dormir, ¿me echas de menos?
—Sí, tenemos galletas...
—¿Estáis desayunando? —Miró la hora,
medianoche, debían ser las ocho de la mañana en Londres—. ¿Y tu hermano?
—Con el bibe...
—¿Con el biberón?
—Sí...
—Ron, perdona —Issi agarró el teléfono
sentando al niño a la mesa de la cocina—. A comer tus galletas y tu leche,
Jamie, y no vuelvas a coger mi teléfono sin permiso. ¿Ronan?
—Hola, princesa.
—Jamie marca la rellamada en el móvil y
se entretiene hablando con quién sea, aunque a todos les pregunta primero si
eres tú. Con mi madre se pasó anoche charlando como media hora.
—¿En serio? Pues déjalo, es sociable y a
mí me encanta que me llame. ¿Cómo estáis?
—Bien, ¿y tú? ¿Ya has acabado por hoy?
—En este momento estoy entrando en mi
habitación, creo que me tiraré en la cama sin quitarme la ropa, estoy agotado,
me debo estar haciendo viejo.
—Sí, claro, con treinta y cinco años
estás en tu mejor momento.
—¿Tú crees?
—Claro.
—Te amo.
—Ronan... —Dejó lo que estaba haciendo y
suspiró.
—Te echo de menos, a ti y a los niños,
es como un dolor físico, Issi, y creo que no volveré a firmar una gira de
tantos días.
—Nosotros también te echamos de menos,
pero ya falta menos.
—Qué remedio, no puedo dejarlos tirados,
si no me iría mañana mismo.
—No puedes, y he visto en Internet que
estás arrasando. Ahora métete en la cama y descansa, te mandamos un beso
enorme.
—Adiós —colgó con ese hueco gigantesco y
helado en el centro del pecho, se sacó las botas y se tiró en la cama
calibrando, por un segundo, si debería haber aceptado la invitación de Carol
Westing de compartir su cama. Se pasó la mano por la cara y espantó aquella
locura, cerró los ojos y se quedó dormido inmediatamente.
Capítulo 4
Emma Capshaw cumplía veintinueve años el
día que le ofrecieron el trabajo como asistente personal de una estrella de
cine. Ella había estudiado periodismo en la Universidad de Westminster, llevaba
dando tumbos desde hacía siglos por media Inglaterra, en diferentes puestos de
trabajo, y fue una amiga de su madre, Jennifer Richardson, la que le habló del
trabajo durante una comida familiar. Jenn era americana y una experta manager
de estrellas, amiga personal de muchas de ellas y mano derecha de Liam Galway,
uno de los actores más prestigiosos del momento.
Emma casi había muerto de la impresión
ante la oferta, no se sentía capaz de hacerlo, pero tras conocer a Liam había
dicho que sí sin dudarlo. Era agradable, sencillo y encantador, y Jennifer
necesitaba a alguien de confianza a su lado en Londres porque ella no podía
trasladarse con él a la capital británica indefinidamente y, aunque no
pretendía abandonarlo, esperaba tener una ayudante en la ciudad que le sirviera
de ojos y oídos, y cuidara en él en su ausencia. Una posibilidad apasionante y
que le abría un mundo de oportunidades junto al tipo más adorable del planeta.
Liam Galway era único, había decidido al poco tiempo de tratarlo, y unas
semanas después de empezar a trabajar con él, cuando ya había asumido un montón
de responsabilidades como su asistente personal, seguía pensando exactamente lo
mismo.
Era adorable y el trabajo muy simple. Se
ocupaba de atender sus teléfonos, organizar su agenda, contestar su
correspondencia y sobre todo cuidar de su casa, sus recados, sus comidas y su
persona. Jennifer había insistido en la necesidad de ocuparse de Liam como si
de un hijo o un hermano se tratara, y Emma lo hacía con gran entrega, y feliz,
a pesar de sus episodios de silencio y su tendencia a la soledad, rasgos que
por otra parte ella compartía con él en gran medida.
Casi un mes llevaba a su lado y aunque
él debía viajar continuamente a los Estados Unidos, Emma sería sus ojos y oídos
en Londres, le explicó, porque él estaba decidido a trabajar en la ciudad,
hacer teatro y vivir tranquilamente en su preciosa casa de Chelsea.
De ese modo su vida había cambiado,
conocía a mucha gente a diario, ganaba un buen sueldo, se divertía horrores con
Liam Galway y además lo acompañaba a todas partes, incluso a las cenas y los
compromisos sociales, como en el estreno de Eugeni
Oneguin, en medio de una tremenda expectación en Londres, con cientos de
cámaras, invitados, periodistas y amigos llegados de todas partes para darle su
apoyo. Una experiencia que estaba convirtiendo a la tímida Emma Capshaw en una
profesional con cierto poder y hasta con prestigio, solo por ser la mujer de
confianza de Galway en Inglaterra, algo que ni en sus mejores sueños se habría
atrevido a imaginar, ni siquiera cuando dedicaba horas y horas a coleccionar
fotos de los artistas a los que admiraba (y de los que se enamoraba), en su
adolescencia, cuando empezó a convertirse en una fanática minuciosa y
apasionada de gente como el hombre que ahora se había convertido en su jefe, o
como de Ronan Molhoney.
—Hola, Emma, ¿qué tal? —Michael Fisher y
su novio, Ralph Smithson, interrumpieron su pensamientos y ella se giró para
darles la bienvenida—. He llegado un poco tarde, pero Ralphy dice que la obra
ha estado genial.
—Sí, al parecer le ha encantado a todo
el mundo. ¿Habéis visto a Liam? Me ha preguntado por vosotros un par de veces.
—No, aún no. Dios bendito, cuanta gente.
—Ralph se apartó para mirar el local lleno y frunció el ceño—. Qué agobio. Tal
vez no podamos ni saludarlo, cariño, ¿por qué no nos vamos a cenar y luego lo
llamamos?
—¿Y dejar de ver a tanto famoso? No,
gracias.
—¿Y Eloisse no ha venido? —intervino
Emma.
—Sí, ha venido conmigo, en cuanto
acabamos la función, es que ha ido a localizar a su padre y a su madrastra, que
estaban viendo la obra.
—Oh, bien, llamaré a Liam.
Diez minutos después Emma pudo arrastrar
a Liam Galway lejos de las garras de sus fans y llevarlo hasta donde estaban
sus amigos charlando con Eloisse y un matrimonio muy distinguido que imaginó
serían los Cavendish. La bailarina iba guapísima con un sencillísimo vestido
negro de cocktail y el pelo recogido, y en cuanto vio a Liam se acercó para
felicitarlo.
—Liam, enhorabuena, ha sido un éxito.
—Gracias, sí, gracias por venir.
—Nosotros encantados. Emma —de pronto
reparó en la ayudante— te presento a mi padre y su esposa, Fiona. Ella es Emma,
la ayudante de Liam.
—Buenas noches —saludó Emma viendo como
Issi se agarraba al brazo de su padre.
—¿Y como están sus nietos, señor
Cavendish? —preguntó Liam con cordialidad.
—Dios bendito, son deliciosos, ¿qué
vamos a decir nosotros? Estamos como locos con ellos —contestó Fiona con la
cara iluminada—. Son unos niños tan guapos y tan cariñosos.
—Sí, estamos encantados con los
pequeños. ¿No sabéis lo que le han dicho a Eloisse hoy en la guardería de
Jamie? —preguntó el orgulloso abuelo y todos negaron con la cabeza—. Que tiene
un talento extraordinario para la música, es casi un portento.
—Bueno, tampoco tanto, papá —dijo
Eloisse con una sonrisa—. Estuvo el psicólogo haciendo unas evaluaciones con la
profesora de música, y me dijeron que estaban impresionados con la habilidad
natural de Jamie para la música, eso es todo.
—Bueno, con dos padres con tanto talento
es normal... —susurró Mike mirando la cara de orgullo de su amiga.
—Será por su padre, que es el artista
—opinó Issi observando a Emma que seguía la charla muy atenta, con la boca
abierta, como una niña pequeña—, porque yo me limito a bailar.
—¿Qué dices? —Ralph casi se atraganta
con su copa de champagne—. No te quites mérito, Ronan será más creativo y
tocará, pero tú...
—Toca al menos seis instrumentos a la
perfección, canta y compone. No vamos a comparar.
—Por supuesto es incomparable, tú eres
bailarina y él músico, pero el hecho es que mi nieto es un talento y obviamente
lo ha heredado de sus padres. —Andrew Cavendish agarró una copa de vino de la
bandeja de un camarero y sonrió—. No se puede negar.
—¿Y ya se lo has dicho al padre del
artista? —Michael le guiñó un ojo.
—No, con el cambio horario no pude, pero
ya se lo diré cuando llegue.
—¡Eloisse Molhoney!
—¿Steve? —Issi se giró sorprendida al
ver a un compañero de banda de Ronan en la fiesta y le dio un abrazo. El
irlandés saludó a sus acompañantes y luego se la llevó a un rincón para
charlar—. ¡Qué sorpresa!
—Estás guapísima, ¿cómo están los niños?
—Muy bien, ¿y los tuyos?
—Todos bien.
—Me alegro, ¿cuándo has venido?
—Ayer, no os llamé porque sé que Ron
está en Australia. Ese granuja, madre mía, Issi no te imaginas...
—¿Qué?
—No puede seguir dejándonos en la
estacada, llevamos casi un año sin trabajar. Algunas colaboraciones, pero nada
concreto. ¿Sabes a qué he venido a Londres? —Ella negó con la cabeza—. A participar
en un concurso para famosos, un rollo de preguntas y respuestas, es patético,
aunque pagan una pasta. ¿Qué hace un rockero como yo en la puta televisión
pública inglesa, Issi?
—Lo siento, no sabía...
—Nigth Storm es Ronan Molhoney, sin él
no podemos tocar, ni hacer galas, los proyectos individuales se están acabando
y mantenernos es un problema. Lo siento, no quería abordarte así, pero es que
apenas me contengo y al verte aquí...
—Quizás deberías hablar con él.
—Sé que Max habla con él, pero que con
vuestros problemas y demás, Ron no quiere ni oír hablar de la banda, ni de
conciertos, ni...
—Nuestros problemas no creo que
influyan, Steve, él tiene otros problemas personales, ya lo sabes.
—¿La bebida? Ron nunca ha sido un
borracho, ninguno de nosotros, solo éramos unos tipos jóvenes que nos lo
pasábamos muy bien.
—Bueno, habla con él... —Eloisse suspiró
impotente. No tenía por qué explicar a nadie los problemas de Ronan, ni
siquiera a sus amigos que lo veían todo como una exageración de ella, que era
una esposa muy exigente—. No sé que puedo hacer yo.
—¿Pero no habéis vuelto a vivir juntos?
—No, pero lo veo todos los días, si
quieres le diré que te he visto y que hemos charlado...
—¿Y cuándo lo piensas perdonar? Todos
nos equivocamos, Issi. Además, no encontrarás a otro como él.
—En fin, si quieres pasarte por casa y
ver a Jamie y Alex, estupendo —dijo ella, zanjando el tema con una sonrisa
forzada—, podrías venir a comer antes de volver a Dublín.
—No quiero que me rompa las piernas por
hablar contigo a solas —respondió él echándose a reír y se tomó de un trago el
vaso de vodka que llevaba en la mano—. Pensábamos convocarlo a una reunión en
cuanto llegue de Sydney. ¡Dios, Sydney! Qué bien lo pasábamos siempre allí y
llenábamos estadios, uno tras otro, ¿sabes? Claro que lo sabes. Sé que Brendan
se ha ido con él.
—Creo que iba entre sus músicos.
—Cabrones, par de cabrones, daría lo que
fuera por tocar y llenar, y ganar pasta.
—Hija, nosotros nos vamos —Andrew
Cavendish se acercó a ella al ver como se le había ensombrecido la cara junto a
ese tipo y la agarró del brazo—. ¿Te quedas a cenar o te llevamos a casa?
—No, me voy con vosotros, papá. Steve,
me ha gustado mucho verte, llámanos y ven a casa, si quieres, así podrás ver a
los niños.
—¿Cuándo viene la estrella?
—Mañana por la noche.
—Os llamaré, buenas noches. Y Eloisse...
—Ella se giró para escucharlo—. Estás preciosa.
Emma Capshaw observó, como los demás, la
charla de Eloisse con ese músico, que era muy conocido, y como su cara había
pasado de la sonrisa a la seriedad en cuestión de segundos. También oyó a
Michael comentar que la banda Night Storm culpaba casi exclusivamente a Issi de
su separación, y vio a su padre ir a buscarla para llevarla a casa. No quiso
quedarse a cenar y aunque era evidente que Liam contaba con ella, no abrió la
boca y al final se despidieron de ella y observaron como una nube de fotógrafos
la abordaba a la salida del local y la seguía por la calle, hasta que pudo dar
con un taxi y desaparecer en medio de la noche.
—¿Nos vamos a cenar? No soporto ni un
halago más —dijo Liam Galway agarrando a Mike por el cuello—. Por favor.
Emma lo miró y sonrió, y agradeció al
universo que Eloisse Molhoney prefiriera volver a casa pronto. Era una chica
estupenda y muy agradable, pero por alguna extraña razón Emma Capshaw prefería
no tenerla al lado. Celos, pensó, mirando de reojo a su jefe, unos celos
estúpidos por el gran Liam Galway, que jamás de fijaría en ella, determinó
siguiéndolo por la calle camino del restaurante.
Capítulo 5
No pensaba quedarse a la cena del
estreno de Liam Galway, pero el encuentro con Steve O’Really tampoco le había
facilitado las cosas. Se despidió de su padre y de Fiona en la puerta de su
casa y subió al ascensor con un peso extraño sobre los hombros. No podía creer
que aquel tipo, al que no veía desde hacía meses, le hubiera soltado aquel
discurso en medio de una fiesta. Trataba de comprender su angustia, pero ella
no era responsable de nada, mucho menos de las decisiones de Ronan, que había
optado por dejar la banda él solo, sin que a ella le hubiese consultado jamás
nada.
Steve nunca había destacado por su
sentido común, era cierto, pero aquello había sido innecesario y estaba
enfadada. Además, estaba harta de que nadie pensara en el bienestar o en lo que
más le convenía a Ron, ni siquiera esa gente que se decían sus amigos de toda
la vida. Nadie lo apoyaba, todos querían conseguir algo de él, a cualquier
precio, y nadie podía comprender por lo que había pasado, y que, simplemente,
intentaba curar su pasado y empezar de cero.
—Hola. —Aurora veía la televisión en el
salón y le sonrió—. ¿Qué tal?
—Bien, ¿qué tal los niños?
—Muy bien. Tienes una sorpresa en su
dormitorio.
—¿Ah, sí?
Se sacó los tacones y llegó al enorme
dormitorio de los niños donde unos canguros de peluche gigantes le dieron la
bienvenida junto a la puerta, la entornó y se encontró con Ronan durmiendo en
la cama junto a James. El corazón le dio un brinco en el pecho y se quedó unos
segundos observando sus pies descalzos, los vaqueros claros, la camisa blanca
mal cerrada y su pelo rubio y revuelto tapándole la cara. Llevaba barba de
varios días y parecía profundamente dormido. El suelo estaba lleno de papeles
de regalo y varios juguetes nuevos esparcidos por la alfombra. Sonrió y se
acercó a la camita de Alex, muy despacio, para taparlo con el edredón.
—Hola, princesa.
—Hola, ¿no llegabas mañana?
—Pude adelantarme un día. —Se sentó en
la cama y la miró con una gran sonrisa que ella devolvió recogiendo los
papeles—. Siento el desastre, pero no tuvimos mucha paciencia. ¿Cómo estás?
—Yo bien, ¿qué tal tú? Debes de estar
agotado.
—Sí, no hemos parado. Ya lo sabes. Bien
—se levantó y se acercó a ella, le dio un beso en la cabeza y buscó su chaqueta
colgada en el perchero—, ya que te he visto, me voy a casa, necesito dormir.
—Quédate aquí, no tienes por qué irte.
—¿Me vas a dejar dormir contigo? —Ella
parpadeó, confusa, y él sonrió poniéndose los zapatos—. Ya sabía yo que tanta
suerte era imposible. No, mejor me voy, creo que mañana me levantaré tarde.
—Como quieras.
—No, no es lo que quiero —admitió
caminando por el pasillo hacia la salida—, pero no tengo más opciones. Mañana
os veo a la hora de la comida y charlamos, ¿vale?
—Sí, tengo cosas que contarte.
—¿Sobre qué? —Ronan se giró para mirarla
a los ojos.
—Hoy me han dicho en la guardería que
Jamie tiene un talento natural y extraordinario para la música, por ejemplo.
—Eso ya lo sabíamos, ¿no?
—Yo no, ¿tú sí?
—Absolutamente, pero viene bien oírlo de
la guardería —bromeó moviendo la cabeza—. Mañana charlamos, estoy medio muerto.
—También que acabo de ver a Steve
O’Really en un estreno y...
—¿Qué estreno?
—Uno de Liam Galway, fui con mi padre,
Fiona, Mike, Ralph, ya sabes. —A él se le tensaron los músculos de todo el
cuerpo porque odiaba a ese individuo que babeaba por su mujer desde hacía años,
pero no dijo nada y ella siguió hablando con naturalidad—. Y me dijo que
quieren convocarte a una reunión con la banda, que llevan un año sin trabajar,
en fin, una retahíla de quejas sobre su falta de trabajo.
—Siempre lo mismo, no le hagas caso.
—Vale.
—¿Algo más?
—No, mañana hablamos.
—Me parece perfecto.
—Bien y gracias por los regalos.
—El tuyo está sobre tu cama. Adiós,
Aurora —dijo al pasar por el salón y cuando llegó a la puerta se paró en seco,
volvió a besarla en la cabeza y salió al rellano—. ¿Issi?
—¿Qué?
—¿Vais a venir conmigo al encuentro en
Windsor el sábado? Tengo que confirmarlo mañana, me han dejado varios mensajes
y...
—Sí, claro, cuenta con nosotros. —Se
trataba de encuentros familiares en su antigua clínica de desintoxicación. No
era la primera vez, y resultaba muy interesante compartir con los terapeutas,
otros internos y sus familias algunas experiencias.
—Estupendo, hasta mañana.
—Hasta mañana, me alegro de verte aquí,
te hemos echado mucho de menos... —Se acercó y lo besó en la mejilla. Ronan se
volvió con decisión y le plantó un beso en la boca. No un beso de verdad, pero
sí un inocente beso con la boca cerrada que la dejó temblando. Se metió en el
ascensor y desapareció sin decir una palabra más.
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