miércoles, 19 de marzo de 2014

Mañana: Muerte blanca, parte 9

—Bueno, es igual —le dije a Homer—, no hay electricidad. A estas alturas, la alarma se habría quedado sin batería.
Aparté las esquirlas que habían quedado en el marco y en los travesaños de madera que sujetaban las distintas hojas de cristal. Luego subí una pierna al alféizar y me colé por la ventana. Dentro estaba oscuro y olía fuerte, como si hubiera entrado en una lavandería llena de calcetines sucios. La lluvia se había filtrado por un lateral de la pared y había manchado el empapelado; estaba mohoso y húmedo.
—Imagínate vivir aquí —dijo Homer a mi espalda.
Fui a la cocina, donde había tan poca luz que apenas se veía. Había una nevera, que ni se me ocurrió abrir, y una alacena vieja con latas en la parte superior en las que pensé que merecía la pena husmear. Era evidente que nadie había rastreado la vivienda, probablemente porque la casa estaba tan destrozada que los saqueadores habían pensado que era un esfuerzo inútil. Homer entró por otra puerta que había al fondo mientras yo echaba un vistazo al cuarto de baño. Había una bañera antigua con pies de garra, se parecía un poco a la que teníamos en casa. Me asomé y vi con repulsión que había dos cosas grises y peludas con las colas sobresaliendo del desagüe. Tardé un momento en darme cuenta de lo que eran: ratones que tal vez hubieran muerto allí; supongo que estaban tan sedientos que habían metido la cabeza por el desagüe en busca de agua.
Homer entró en el lavabo pero, antes de que pudiera decirle nada sobre los ratones, me dijo casi temblando por la emoción: —Ven a ver lo que he encontrado.
19
SEGUÍ a Homer a través de una cortina color carmesí que servía de puerta. Fue como si de repente hubiésemos entrado en un salón de exposición de electrónica. Ni siquiera era capaz de reconocer la mayor parte de los artilugios. Había un ordenador y una impresora, un par de cámaras de vídeo y un monitor, y un fax. Hasta ahí, nada del otro mundo. Pero toda la pared de enfrente estaba forrada con equipamiento de telecomunicaciones. Me pareció ver toda clase de radios, dos micrófonos y un montón de aparatejos pequeños, como un walkie-talkie y un móvil de último modelo.
—Asombroso —dije.
—Parece una tienda de high-tech —dijo Homer.
—Esto sí que es una doble vida. Vivían la mitad del tiempo en el siglo XIX y la otra mitad en el siglo XXI.
—Sí, juguetitos para los chicos —dijo Homer—. Dicen que, por muy viejos que sean los hombres, siempre necesitan sus juguetes.
El comentario me pareció tan gracioso viniendo de Homer que tuve que contenerme para no echarme a reír.
—Eso de ahí es como lo que tienen los bomberos del pueblo —le dije mientras caminaba hacia una enorme unidad de radio que había en un rincón.
—Sí... —Homer lo miraba con curiosidad—. Creo que este tío era un auténtico como se llame... radioaficionado. Radios de onda corta y todo ese rollo. En serio, Ellie, seguro que con estos aparatos podríamos hablar con otros países.
—Como un e-mail con voz.
—Exacto.
—Lo que pasa es que tú también quieres jugar con estos juguetes.
—Sí, a lo mejor.
—¿Qué se te ha pasado por la cabeza? ¿Darte el capricho de practicar un poco de francés?
—Nueva Zelanda. Si consiguiéramos ponernos en contacto con neozelandeses, si supieran que somos quienes volamos en pedazos la bahía de Cobbler, a lo mejor ellos, no sé...
Empecé a darme cuenta de por dónde iban los tiros. Mi cerebro se puso a barajar las posibilidades.
—Podrían venir a rescatarnos...
—Bueno, tal vez sí.
—Tendríamos que encender el generador. Aunque no creo que sea muy silencioso.
—Mmm. Pero a veces hay que correr riesgos. Por la noche podríamos distinguir si vienen desde bastante lejos.
—Es posible, sí, supongo. Me gusta la idea de pasar unas vacaciones en un fiordo de Nueva Zelanda. Aunque seguro que tienen cosas más importantes que hacer que preocuparse de una pandilla de críos.
—Podría ser, pero aun así...
El caso es que una vez que Homer me había metido la idea en la cabeza, sabía que sería imposible quitármela. Durante meses no habíamos vislumbrado la menor esperanza. No veíamos el fin de esta guerra a corto plazo; quizá ni siquiera a largo plazo. Así pues, ¿qué iba a ser de nosotros? ¿Estábamos condenados a vagar por el monte, en un espacio cada vez más reducido, hasta el día en que nos atraparan? Parecía que esa era nuestra única opción. En un momento dado, incluso fantaseé pensando que podíamos fabricar una balsa y navegar a Nueva Zelanda, como los náufragos de las antiguas historias de aventuras.
Sin embargo, por lo menos ahora podíamos hablar con alguien, con todo el mundo, en realidad; bueno, por lo menos ahora sabrían que estábamos vivos. Eso sería un consuelo, aunque no mandaran un avión VIP para rescatarnos.
—Tendremos que preguntárselo a los demás —contesté al fin.
—Mira —dijo Homer enseñándome un cuaderno viejo—. Aquí están las claves. Tiene todos los códigos indicativos y las frecuencias y esas cosas.
Lo cogí y le eché un vistazo. Muchas de las cosas no significaban nada para mí, eran solo listas de números. Pero era evidente que aquel tío había sido capaz de sintonizar las frecuencias de emergencia: tenía el número de la policía, la ambulancia, los bomberos, varios aeropuertos, las fuerzas aéreas, urgencias. Me sonaba que era ilegal espiar lo que se decía en algunas de esas emisoras. Bueno, ¿y qué? No habría muchas que siguieran emitiendo ahora mismo.
Salimos de la casa por la ventana que yo había roto y fuimos a buscar a los demás. Lee y Fi se habían reunido con Kevin y Robyn y, mientras hacían guardia, mantenían una conversación muy seria. Resultó que debatían sobre el tema que empezaba a obsesionarnos a todos: nuestro futuro. Intentaban recordar las noticias que Kevin nos había contado sobre los contraataques: las tropas de Nueva Guinea tenían el control sobre la zona que rodeaba cabo Martindale; los neozelandeses habían reconquistado gran parte de la línea costera por el sur: la cuenca del Burdekin y la zona alrededor de Newington. El problema era que de eso hacía semanas; las cosas podían haber cambiado mucho desde entonces. Lo que quería hacer Lee era llegar como fuera hasta Newington. Aquella propuesta me horrorizaba.
—Lee, no sé cómo debe de ser una zona de primera línea de fuego, ninguno de nosotros lo sabe, pero no se me ocurre cómo vamos a poder llegar a un sitio así. A ver, seguro que tienen tanques y lanzamisiles y todos esos rollos. Si acceder allí fuera tan fácil como darse un paseo, los de Nueva Zelanda ya lo habrían hecho.
—Pero no esperan que nadie se presente desde la otra dirección —dijo Robyn, que parecía estar de acuerdo con Lee.
—No se me ocurren muchas otras opciones —dijo Lee—. Lo único en lo que todos coincidimos es en que aquí no tenemos ningún futuro. La guerra no va a terminar de la noche a la mañana, y se nos están acabando las alternativas rápidamente. Tenemos que provocar algo, no sentarnos a esperar hasta que nos pillen. Tomar la iniciativa, hacer algo decisivo, eso es lo que opino.
Mentalmente maldije todas las películas que había visto Lee a lo largo de los años. Su actitud era en gran parte culpa de Stallone.
—Pero Lee, no podemos reducir a un ejército. Todo lo que hemos realizado hasta ahora han sido operaciones camufladas. Hemos sido como ratas en la oscuridad, nos hemos hecho invisibles. Por eso nos han salido tan bien las cosas, bueno, por lo menos, ese es uno de los motivos —añadí, porque no quería renunciar a todo el mérito que creía que teníamos-. No podemos meternos en una zona de combate. Simplemente no estamos preparados. Nos tumbarán en menos de treinta segundos.
—Entonces, ¿qué quieres que hagamos? —me preguntó enfadado—. ¿Sentarnos a calentar la silla y esperar? ¿Empezar a hacer banderas blancas que podamos ondear cuando vengan a trincarnos?
—¡No sé qué hacer! ¡Deja de actuar como si hubiera una única respuesta correcta y solo hiciera falta encontrarla para que se acabaran nuestros problemas! Esto no es un examen de matemáticas.
Eso zanjó la discusión, al menos por un rato. Homer y yo aprovechamos para contarles nuestro descubrimiento, cosa que los alborotó mucho a todos. Estábamos de acuerdo en que sería muy peligroso encender el generador de día, pero nadie se lo pensó dos veces cuando propusimos probarlo de noche. Lee fue a comprobar que estuviera en buen estado. A Robyn y Kevin todavía les quedaba una hora de guardia, y Fi quería mostrarme un viejo foso de lubricación para vehículos pesados que había encontrado. Se le ocurrió la brillante idea de convertirlo en un refugio cubriéndolo con una plancha metálica y aparcando un coche encima de la boca del foso. Sudamos un rato hasta que lo conseguimos. Pero fue muy divertido y el resultado quedó perfecto. Después de cubrirlo de acero galvanizado echamos tierra por encima y unos trozos de escape quemados, un retrovisor roto y una lata de refresco vacía. Luego empujamos una furgoneta Commer vieja para que tapara todo eso y borramos las huellas de los neumáticos para que pareciera que el vehículo llevaba ahí aparcado veinte años.
Para entonces Homer y Lee habían empezado el turno de vigilancia, pero se nos ocurrió proponerles jugar al escondite a Kevin y Robyn. Les facilitamos las cosas diciéndoles en qué hilera de coches
íbamos a ponernos y entonces corrimos hacía el foso de lubricación, nos escabullimos por una ranura que habíamos dejado y recolocamos la plancha de acero galvanizado por encima de nosotras. Era un cuchitril estrecho y oscuro, pero estaba seco, así que nos sentamos allí, bastante cómodas, y nos jactamos entre risitas de lo listas que habíamos sido. Al cabo de cinco o seis minutos oímos a Kevin y Robyn, que nos seguían buscando; Robyn abrió el portón trasero de la furgoneta Commer y oímos que decía: «No están». Les dimos un par de minutos más y luego nos dimos impulso para salir del foso. Ya estaban cuatro coches más allá. Qué emoción. No era el sitio ideal para pasar seis meses de nuestra vida, pero era un buen refugio para casos de emergencia.
A pesar de todo, los helicópteros seguían siendo nuestro mayor problema. Sobrevolaron el desguace otras dos veces esa mañana y luego, por la tarde, uno de los helicópteros regresó y peinó el depósito de coches con atención. Hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás, con paciencia y tesón. El ruido me reverberaba por dentro: era imposible escapar de él. Todos estábamos escondidos, pero la gran preocupación era el Jackaroo. Si lo veían, podían llamar a las tropas de tierra y rodear el lugar. Entonces nos atraparían y nos tendrían a su merced.
El helicóptero dedicó más de diez minutos a escudriñar el desguace. Luego se inclinó y giró, para seguir su camino en dirección al norte. Empezó a inspeccionar una serie de cabañas que debían de estar a un kilómetro de distancia. Era de suponer que eso significaba que estábamos a salvo; habíamos sobrevivido una vez más.
Ojalá pudiéramos relajarnos.
Justo antes de que dieran las cinco de la tarde, una formación de aviones pasaron con gran estruendo, pero esa fue la única acción aérea.
Cuando oscureció, Homer se dirigió a la destartalada casa para trajinar con el generador. A pesar del peligro, todos nos moríamos de ganas de probar si funcionaba la radio de onda corta. No sabíamos si íbamos a conseguir nada, pero seguro que valía la pena correr el riesgo. Éramos conscientes de que los enemigos que estuvieran a la
escucha podrían ser capaces de rastrear dónde estábamos si hablábamos durante mucho rato. Esa era nuestra mayor preocupación.
A las diez y media nos preparamos para el gran experimento. Teníamos el cuaderno donde salían las frecuencias. Lo único que supimos sacar en claro era que probablemente teníamos que estar en la banda de frecuencia VHF, entre 30 y 300 MHz. Al parecer, ahí era donde se aglutinaban todas las emisoras importantes: la policía, los aeropuertos y la ambulancia. No esperábamos mantener una conversación cordial con Constable Jones, de la comisaría del pueblo, sino que esperábamos poder contactar con Nueva Zelanda, así que cruzamos los dedos para que emplearan una banda de frecuencia similar a la nuestra.
Yo no sabía lo que significaba «VHF, entre 30 y 300 MHz», pero era bastante fácil ver dónde estaban esos números en el dial. Iluminamos la radio con ayuda de una vela y giramos el sintonizador hasta el 300. A Lee y a Robyn les tocaba hacer guardia, pero Lee estaba pegado a la puerta de atrás y Robyn se había quedado junto a la ventana de la habitación, para poder escuchar todo lo que pasaba. Kevin estaba apostado cerca del generador y Homer era quien se encargaba de manipular la radio. Todos estábamos listos.
—Bueno, dale candela —dijo Homer.
Kevin tiró de la cuerda. Era un generador Honda que se encendía tirando de un cordón. Lo conseguimos a la tercera. Impresionante. Lo que no habíamos previsto (y deberíamos haber comprobado antes de ponernos manos a la obra) era que la mitad de las luces de la casa empezasen a encenderse paulatinamente.
—¡Apágalo! ¡Apágalo! —le gritó Lee a Kevin.
Un segundo después volvíamos a estar en silencio y a oscuras.
Robyn saltó por la ventana.
—Si había alguien en la carretera, habrá visto la luz —dijo.
—Todos al refugio —ordenó Homer.
Corrimos como liebres al foso de lubricación y nos escabullimos por la abertura uno por uno. Solo Robyn permaneció fuera, lista para seguirnos si veía algo.
Mostrando una precaución exagerada, decidimos esperar una hora entera. Homer se salía de sus casillas.
—No puedo creer que no comprobáramos los puñeteros interruptores —repetía sin cesar.
Hizo que me sintiera culpable, aunque no sé por qué me lo tomé como si la tarea me correspondiera a mí.
Al final le dije:
—Bueno, ya está, Homer. Deja de dar la vara con eso.
Nos sentamos en la oscuridad; sudábamos al imaginarnos que una patrulla enemiga pudiera caer sobre nosotros. Pero al cabo de un rato creo que todos acabamos dormitando. Sé que yo lo hice, y creo que Homer también. Hacía varias horas que solo me movía por la energía que me proporcionaban los nervios y ahora parecía que se me había agotado. Los demás decidieron dejarnos dormir. Se suponía que nos tocaba el turno de guardia a las cinco de la madrugada, pero se lo repartieron entre ellos para dejar que durmiéramos hasta el amanecer. Por supuesto, tuvimos que dormir incómodos y apretados, pero era mejor que nada, y mucho mejor que hacer guardia.
Salí arrastrándome de la madriguera alrededor de las siete de la mañana y me encontré a los demás sentados en círculo, bebiendo el té que habían hervido en una hoguera pequeña hecha en un rincón resguardado del depósito de coches. Aunque habían apagado el fuego y habían echado tierra encima, el cazo todavía mantenía el calor suficiente para que me preparase una taza.
—Deberíais haberme despertado —dije no muy convencida.
—Íbamos a hacerlo, pero Lee calculó la diferencia horaria —dijo Robyn.
—¿La diferencia horaria? —pregunté. Mi cerebro todavía funcionaba a un veinte por ciento de sus posibilidades.
—Si hubiéramos intentado llamar a Nueva Zelanda a media noche, habrían sido las dos de su hora y los habríamos pillado durmiendo —me explicó Lee.
—Ah, claro.
Me bebí el té.
—Bueno, ¿y qué vamos a hacer? —pregunté cuando mi mente empezó a funcionar a las revoluciones normales.
—Volverlo a intentar, ahora mismo, si es posible —dijo Robyn—. No podemos retrasarlo mucho más. Si van a venir a buscarnos, lo más probable es que sea hoy. Así que deberíamos meternos en el escondite cuanto antes.
Robyn fue a despertar a Homer mientras yo tiraba las hojas de té y seguía a los demás hasta la casa. Aunque Lee me juró que había comprobado que esta vez todas las bombillas estuvieran apagadas, no pude evitar volver a corroborarlo, cosa que debió de sacarlo de sus casillas. Aun así, tuvo el tacto suficiente para no decir nada. Estaba tan apática y cansada que apenas podía moverme. Pensaba en esas películas de guerra que le gustaban a Lee, donde el héroe salta de un combate de artes marciales a una persecución en la nieve y a un tiroteo, pasando por un ataque de pirañas, y en todo momento parece estar en plena forma, sin bajar el ritmo ni necesitar un descanso.
Cada vez que nosotros nos embarcábamos en algo peligroso, luego yo tardaba siglos en recuperarme; no debido al esfuerzo físico, que en ocasiones no era excesivo, sino debido al coste emocional. El episodio del río (lo llamo «episodio» porque me ayuda a no pensar en que fue un asesinato o un tiroteo) había atrofiado mi mente hasta tal punto que me había convertido en una parapléjica emocional durante unos cuantos días.
Así pues, comprobar que las luces estuvieran apagadas fue casi lo más energético que logré hacer. Por una vez, me contenté con sentarme en el asiento de atrás y dejar que otros condujeran. Homer llegó con cara de aturdido y frotándose los ojos, temblaba por el frío matutino. Pero parecía más que dispuesto a ser quien realizara la transmisión y a nadie pareció importarle, de modo que todos retomamos las posiciones que teníamos la noche anterior. Yo también empecé a temblar sin poder evitarlo: de frío, de miedo ante el riesgo que íbamos a correr, pero sobre todo por la emoción de saber que a lo mejor estábamos a punto de hablar de nuevo con un adulto amable: una oportunidad muy poco frecuente en las circunstancias en las que
vivíamos.
Kevin tiró de la cuerda, el generador se encendió a la primera, las luces no se encendieron, pero cuando el nivel de energía alcanzó los 240 voltios y Homer tocó el interruptor de la radio, se pusieron en marcha varios trastos por toda la habitación. El ordenador empezó a pitar, a la cámara de vídeo se le iluminó la pantalla, llena de ceros, la impresora empezó a hacer badum, badum, y varias de las radios emitieron electricidad estática que sonó tan fuerte como si la lluvia salpicara el tejado. Robyn y yo fuimos desconectando todos los enchufes de la sala, hasta que la única cosa que quedó encendida fue el radiotransmisor de onda corta. Homer estaba muy concentrado en el dial e iba girando la rueda muy lentamente para sintonizar. El sonido principal era el crepitar estático, pero de vez en cuanto oíamos voces extranjeras mezcladas con el ruido: nada salvo murmullos ininteligibles, interrumpidos continuamente por crujidos y pitidos. Algunos de los chasquidos de energía estática eran tan fuertes e inesperados que sonaban agresivos: me sobresaltaban.
Al cabo de diez minutos observando a Homer girando la ruedecita adelante y atrás, Robyn le preguntó: —¿Cuánto tiempo vamos a arriesgarnos haciendo esto?
Sin levantar la mirada, Homer contestó:
—Pregúntale a Lee cómo van las cosas por ahí fuera.
Salí por la ventana de atrás y fui al encuentro de Lee, que estaba vigilando subido a un depósito de agua, muy bien camuflado gracias a la hiedra tan tupida que crecía encima.
—¿Cómo lo ves? —le pregunté.
—No hay nada que ver. ¿Qué pasa con la radio?
—Solo electricidad estática.
—Vamos a intentarlo otros quince minutos —dijo Homer cuando le conté la conversación con Lee.
—En total será casi media hora —dijo Robyn—. Es tiempo más que suficiente para que el enemigo nos localice si tiene equipos de seguimiento.
Nadie parecía dispuesto a tomar una decisión. Nos quedamos
mirando a Homer mientras lo intentaba, con la cabeza ladeada y escuchando con suma atención.
Cuando llevábamos veintiún minutos dio con algo, un par de palabras en inglés. Homer retrocedió con el dial muy nervioso, intentando sintonizar mejor la voz. Necesitó un par de intentos pasando por delante y por detrás de la voz hasta que por fin la oímos con nitidez. Todos nos inclinamos sobre él.
—... pero una piel de zorro tiene que ser perfecta —dijo un hombre—. Los precios son tan bajos que si no, no te vale la pena. Hay un montón de mierda. Cambio.
No pudimos oír la respuesta, pero tras unos segundos de crepitar, Homer movió ficha. Apretó el botón del transmisor y dijo: —Hola, ¿me oye?
Lo dijo tres veces y soltó el botón.
La respuesta fue inmediata. El hombre dijo:
—Espera, Hank. No he entendido lo último. Alguien se ha colado. Colega, sal de las ondas, ¿quieres? A ver si aprendes modales...
Le susurré a Homer:
—Di «mayday».
Sabía que era una palabra clave, que se usaba para pedir socorro por radio. Y ya lo creo que fue clave. Homer la dijo tres veces. De pronto teníamos un aliado.
—Hank, tengo una llamada «mayday». Te llamo mañana. Adelante, «mayday». ¿Qué te pasa?
—¿Estás en Nueva Zelanda? —preguntó Homer.
—Correcto, cambio.
Todos nos habíamos inclinado hacia delante, arracimados alrededor del micrófono, como si quisiéramos meternos dentro del transmisor.
Homer tomó la palabra.
—Somos seis, estamos atrapados en la zona de la bahía de Cobbler, cerca de Stratton. Hemos conseguido seguir en libertad desde la invasión, pero cada vez es más difícil. Confiamos en que alguien nos ayude a salir de aquí antes de que nos pillen. Las cosas se han puesto
muy feas. Eh, cambio.
La voz del hombre respondió al instante, tranquila pero segura.
—Vale, lo he pillado todo. Primero, no deis más pistas sobre vuestras coordenadas. No sabéis quién puede estar espiando. Segundo, no os quedéis mucho rato en las ondas. Podrían localizaros. Y otra cosa, colega, como te puedes imaginar, no sois los primeros australianos que piden ayuda. Lo único que puedo hacer es apuntar lo que me digas y pasárselo a los militares. Aunque tengo que decirte que no creo que podamos hacer mucho por vosotros. Ha pasado lo mismo con otras personas con las que he hablado. Pero si me llamas dentro de dos horas, intentaré hablar antes con los servicios secretos del ejército y te contaré qué me han dicho. Cambio.
—¿Dónde estás? —preguntó Homer.
—En South Island. A treinta y seis kilómetros de Christchurch. ¿Hay algún otro dato que quieras darme sobre vosotros? Pero cuidado con lo que dices, ¿eh? Cambio.
—Somos una pandilla de adolescentes —dijo Homer—. Hemos hecho todo lo que hemos podido, pero no sé si podremos seguir resistiendo.
Homer sonaba cansado y rendido, parecía a punto de echarse a llorar. Me quedé de piedra. No imaginaba que Homer pudiera llegar a hablar así.
Robyn tomó el micrófono.
—Cuando hables con los militares, diles que somos los que volamos la bahía de Cobbler. Cambio.
—La bahía de Cobbler, vale. Se lo diré. ¿Algo más? Cambio.
—No —dijo Robyn— Supongo que ya está. Te llamaremos dentro de dos horas. Cambio y corto.
—Buena suerte, chicos —dijo el hombre—. Cuidaros ¿eh? Os apoyamos al cien por cien, ya lo sabéis. Cambio y corto.
20
LAS dos horas se hicieron eternas. Todos habíamos pasado por las mismas emociones, creo. Habíamos puesto demasiadas esperanzas en nuestra llamada a Nueva Zelanda, aunque no sabíamos exactamente cómo iban a poder ayudarnos. Había sido súper emocionante cuando el hombre había respondido a nuestro «mayday». Pero no le había costado mucho apagar nuestro rayito de esperanza. Nuestras reacciones después de eso habían sido las esperables. Nos habíamos dispersado en distintas direcciones (me refiero a los cuatro que no estábamos de guardia, claro) porque nadie quería hablar con los demás. Lo que pasaba era que yo no veía esperanzas en todo aquello. ¿Qué podíamos hacer? ¿Adónde podíamos ir? La única opción era regresar al Infierno, pero planteármelo era superior a mí en ese momento. Pensaba que me volvería loca en esa claustrofóbica caldera de rocas y árboles. No quería volver a verla. Quería ver escaleras mecánicas y semáforos y rascacielos y calles abarrotadas... Quería mezclarme con millones de personas, en la ciudad más grande del mundo. Estaba harta de nuestro modo de vida y de las cinco personas con las que tenía que compartirla por obligación.
Regresé a la sala del equipo electrónico quince minutos antes de la hora a la que debíamos volver a llamar. Pensé que las cosas empezaban a complicarse. Ahora me daba miedo hacer cualquier cosa a la luz del día. No debíamos salir cuando había luz. Le dije a Homer que se diera prisa si conseguíamos restablecer el contacto. Pero Homer se ofendió y me dijo que eso ya se le había ocurrido a él, que no era tonto. Suspiré y me senté, mirando el reloj, y luego me dediqué a entrar y salir cada par de minutos para vigilar la carretera, hecha un manojo de nervios. Robyn y Fi eran nuestros centinelas en ese momento, pero no quisieron alejarse mucho, lo que implicaba que en realidad estaban prácticamente metidos en la habitación con nosotros.
Cuando faltaban dos minutos para la hora, Kevin encendió el
generador corriendo y, en cuanto el voltaje alcanzó de nuevo 240, nos apresuramos a escuchar la radio. Homer había dejado el transmisor en la frecuencia adecuada, así que enseguida empezó a hablar. Para nuestro alivio y emoción, recibió una respuesta casi inmediata. Esta vez había más ruidos de electricidad estática, pero entendíamos al hombre con bastante claridad.
—De acuerdo, te recibo —dijo—. Tengo aquí a alguien que quiere hablar con vosotros. Chicos, no sé qué hicisteis en la tal bahía de Cobbler, pero parece que ha causado mucho revuelo. La respuesta del ejército ha sido la más rápida que me han dado nunca. Esperad.
Al instante, entró otra voz. Se oía baja, pero áspera y potente. Tengo que admitir que me decepcionó un poco cuando noté que se parecía a la del comandante Harvey. A lo mejor todos los que tienen formación militar hablan igual.
—Soy el teniente coronel Finley, del Servicio de Inteligencia del Ejército de Nueva Zelanda. Hemos constatado el reciente daño a las instalaciones enemigas en la bahía de Cobbler y, según tenemos entendido, vosotros aseguráis ser los responsables. Me gustaría que me comunicarais toda la información disponible, pero tener en cuenta que los servicios secretos del enemigo podrían haber interceptado la conversación. Así pues, ¿hay algo que podáis contarme? Cambio.
Homer respiró hondo, se sentó con la espalda recta y empezó a hablar.
—Hemos estado en libertad desde la invasión —dijo con pies de plomo—. No voy a decir cuántos somos ni quiénes somos, ni le daré nuestra edad. Pero es cierto que logramos entrar en la bahía de Cobbler y causar muchos daños. Empleamos casi dos toneladas de ANFO, con las que hundimos un barco de mercancías. La explosión también dañó dos grúas, destrozó un helicóptero que se volatilizó en el cielo e incendió el muelle. Este es el cuarto ataque que hemos realizado desde que nos invadieron, pero ahora nos persiguen y necesitamos ayuda. Cada vez nos acorralan más y no nos queda mucho futuro. Tenemos que salir de aquí y nos gustaría saber si puede ayudarnos a conseguirlo. Cambio.
El teniente coronel Finley respondió de inmediato.
—¿Cuál calibráis que es la capacidad operativa actual de la bahía de Cobbler? Cambio.
Homer se debatía, porque no sabía qué contestar. Al final lo único que pudo decir fue: —¿A qué se refiere?
—¿Todavía está activo el muelle? Si es así, ¿en qué medida? Cambio.
Homer nos miró con ojos impotentes. Agarré el micrófono.
—No podemos decírselo. No somos expertos. Parece que está hecho polvo pero no podemos decirle nada más. La mayor parte del muelle quedó destruida, con que supongo que les costará cargar y descargar mercancía hasta que lo arreglen. Cambio.
—¿Sabéis el nombre del barco contenedor que habéis hundido?
—No.
—¿Sabéis su nacionalidad?
—No.
—¿Sabéis qué transportaba?
—No. Creo que los contenedores estaban vacíos.
—¿Existe la posibilidad de que regreséis para comprobar unos cuantos datos? Si os preparo una lista de preguntas, ¿podríais contestar a las cosas que necesitan investigarse?
Me hervía la sangre.
—¡No! ¡Ni hablar! No queremos suicidarnos. Cambio.
—De acuerdo. Lo comprendo. Es evidente que lo habéis hecho muy bien, y os felicito. Seguid realizando labores de ayuda a la causa. Ahora esperad un momento que vuelva a pasaros con Laurie. Cambio.
—¡Espere! —chillé—. ¡Espere! —Intenté encontrar las palabras adecuadas—. ¿Qué van a...? O sea, ¿es que no pueden sacarnos de aquí?
—Por desgracia, no. Simplemente no tenemos los recursos necesarios. Ya estamos al límite de nuestras posibilidades, estoy seguro de que lo comprenderéis. De todas formas, por lo que decís, tengo la impresión de que sabéis cuidaros muy bien. Seguro que la situación cambia en pocos meses, pero hasta entonces no podremos ayudaros.
Mantened el contacto con Laurie, y todo lo que podáis hacer para contribuir al esfuerzo bélico será muy agradecido, creedme.
No dije nada más, y al cabo de un momento volvimos a oír a Laurie, que dio por zanjada la conversación. Nos dijo que todos los días a las ocho de la tarde, estaría a la escucha por si necesitábamos ponernos en contacto con él. Y eso era lo único que podían hacer por nosotros. Volvíamos a estar solos. Habíamos multiplicado nuestras esperanzas en un periodo de tiempo muy corto y ahora, de forma igual de repentina, nos quedábamos sin nada.
Se produjo un silencio en la sala. Nadie parecía tener fuerzas para hablar. Todos estábamos demasiado deprimidos. Hacía un buen rato que debía haber empezado mi turno de vigilancia; el de Homer también, pero estaba tan destrozado que no podía pensar en eso. Salí a relevar a Robyn, no porque sea un alma caritativa, sino porque quería estar sola, y hacer guardia era una forma tan buena como cualquier otra de conseguirlo.
Encontré una buena atalaya en el techo de un camión de mudanzas destrozado al que accedí trepando por un árbol y saltando de ahí al techo. Las ramas más bajas del árbol caían sobre el camión y me camuflaban bastante bien. Daba la sensación de que el vehículo había dado alguna vuelta de campana después de volcar: no solo estaba abollado y aplastado en el lateral del copiloto, sino que el techo estaba ondulado y lleno de arañazos. Sobre él crecía la hierba; un puñado de tierra se había quedado adherida, probablemente de cuando había dado las vueltas, y los hierbajos crecían tan alegremente en ella. No era el mejor sitio para alertar a los demás si las tropas enemigas aparecían de pronto, pero pensé que ya me preocuparía de eso si se daba el caso. Me senté abrazándome las rodillas y me pregunté qué debíamos hacer a continuación. A lo mejor podíamos secuestrar un avión y volar a Nueva Zelanda. Me miré los brazos y las manos. Tenían arañazos y marcas por todas partes. Los nudillos de la mano izquierda estaban hinchados en la parte donde me había golpeado con las rocas durante el maremoto de la bahía de Cobbler. Intenté calcular cuánto tiempo hacía de eso, pero tuve que desistir. Me
parecía que hacía semanas, pero sabía que no era así. Probablemente habían pasado solo unos días.
Tenía una cicatriz en el pulgar derecho que se remontaba al día en que habíamos salido de Wirrawee con Lee gracias a un camión con pala. En la parte interna del brazo derecho tenía otra cicatriz larga que me había ganado huyendo por el monte, la noche de la masacre de los Héroes de Harvey. No sé cómo me había hecho daño en el brazo; cuando me lo hice estaba demasiado afectada para darme cuenta. Supongo que fue con una rama o algo así.
En la punta del codo izquierdo tenía una picadura de mosquito, en la palma de la mano un golpe que me había dado durante una de las caminatas nocturnas. Mis uñas habrían sido la pesadilla de un esteticista, peladas, mordidas, cortadas, rotas... No había ni una sola que estuviera intacta. Últimamente parecía que me salía sangre con facilidad alrededor de las uñas. Tal vez fuera por falta de vitaminas, no sé. Nunca me había preocupado demasiado del cuidado de la piel, pero tenía la típica colección de cremas hidratantes y lociones que empleaba en las ocasiones especiales, como las fiestas del centro social. No me las ponía casi nunca para ir a clase. Además, nunca tenía tiempo: siempre me tocaba correr por las mañanas. ¡Lo que habría dado ahora por mi pequeña muestra de tubos y frasquitos! Me habría encantado poder embadurnarme la piel lentamente con la suave crema blanca de fragancia dulce para dejarla tersa y fina, y así devolverle la vida. Era un lujo muy modesto, pero ahora lo echaba de menos.
Lee se las apañó para seguir mis pasos hasta el camión. No sé cómo lo hizo. Debía tener el olfato de un border collie. Pero el caso es que me vio allí y empezó a trepar por el árbol para reunirse conmigo. No dijo nada; se limitó a subirse despacio al techo del vehículo y después anduvo a gatas por el metal deformado.
—Hola —le dije.
—Hola.
—Bueno, parece que no nos vamos de vacaciones a Nueva Zelanda, ¿eh?
—Eso parece.
—No tenía mucha confianza...
—Yo no sabía si saldría bien o mal. Nunca había pensado en serio que pudieran venir a rescatarnos, y tampoco me apetece mucho dejar atrás a mi familia.
—Sí, eso mismo me preocupaba a mí también. Pero parece que no hay nada que podamos hacer por ellos. Por lo menos, de momento.
—Ya no te gusto, ¿verdad?
Me pilló por sorpresa. Sabía que saldría por la tangente, pero no de esa forma.
—Qué va, claro que me gustas.
—Pero no como antes.
—Supongo que no.
—¿Por qué?
—No sé. Pasó y punto.
—Venga ya... ¿Quieres decir que un minuto te gustaba y un milisegundo después ya no?
—Más o menos, sí.
—No suena muy creíble.
—Me da igual cómo suene. Así es como fue.
—¿Te habló mal de mí Fi?
—¿Fi? No, ¿por qué iba a hacerlo?
—No lo sé, pero siempre hablas con ella y te tomas en serio todo lo que dice.
—No sé por qué lo dices, pero no me ha dicho anda para intentar que dejes de gustarme. Lo suyo no es dar puñaladas por la espalda. No es como yo.
Sonreí, pero hoy Lee no estaba para bromas.
—¿Es por algo que te he dicho?
—No, no, de verdad. No ha pasado nada dramático, te lo juro. A lo mejor ya nos teníamos muy vistos y necesitábamos separarnos un tiempo. A ver, ostras, somos jóvenes, no tenemos que casarnos, ¿sabes? A nuestra edad es normal que tengamos muchos líos.
—Pues mi padre tenía diecisiete años cuando se casó.
—Bueno, pues fantástico, me alegro por él, pero de momento yo
no tengo planes de boda, créeme.
—¿Estás enrollada con Homer?
Levanté el brazo como un resorte para pegarle, pero luego cambié de opinión. Aunque no sé cómo no le di un empujón para tirarlo del techo del camión. Era un imbécil. ¡Vaya ocurrencia! Sé que solo lo decía porque estaba triste, pero eso no era justificación. Qué capullo.
Entonces me alegré de verdad de haberle dado puerta, porque en ese preciso momento pensé que no me importaba si no volvía a verlo nunca, y se me quitaron las ganas de continuar con la conversación. Así pues, nos quedamos sentados en silencio un par de minutos.
Lee sabía que se había pasado de la raya... A ver, no hacía falta ser el ganador del Nobel para darse cuenta.
Noté que se estaba preparando para pedirme perdón. No tenía muchas más opciones. Pero yo no pensaba ponérselo fácil. Por mí, que se quedara un poco más ahí, agobiado por los remordimientos.
Sin embargo, al final, después de aclararse la garganta un par de veces, consiguió sacar las palabras, aunque le costó más de cinco minutos.
—Vale, vale —le dije por fin—. No te preocupes. Pero de verdad, Lee, no ha pasado nada especial. No vamos a montar un drama por eso, ¿vale? Hasta ahora nos hemos llevado siempre muy bien... Casi nunca discutimos. Pero tengo la sensación de que la etapa más dura está por llegar. Creo que ahora nos espera un tramo bastante sinuoso, porque no tenemos un camino claro que seguir, y creo que la cosa podría ser muy deprimente. Por eso tenemos que seguir animados y no hundirnos por chorradas como esta.
No me contestó y los dos nos quedamos sentados en silencio un buen rato, hasta que empezó a llover.
—Vamos —dije al fin—, bajemos del camión. Tendré que buscar otro sitio desde el que vigilar a los malos.
21
A última hora de la tarde montamos una reunión en un coche aparcado en el que yo llevaba sentada varias horas. Era un viejo Rover 2000 blanco con los asientos de cuero, en bastante buen estado. No creo que hubiera tenido un accidente; supongo que simplemente murió de viejo, pero me pareció que podía seguir siendo cómodo, por eso lo elegí. Además, era uno de los pocos vehículos que todavía tenía luna delantera. Había un par de poros de óxido en el techo por los que se colaba el agua, pero me senté bastante alejada de ellos y me puse a vigilar a través del parabrisas rallado y sucio de la carretera gris que tenía delante.
Los demás habían vuelto al centro del aparcamiento y deambulaban por ahí sin hacer nada de provecho. Cuando fui a ver cómo estaban, me pareció que casi todos estaban dormidos. Coloqué una cuerda larga con una lata llena de piedrecitas en un extremo para que, si se presentaban los soldados, el ruido de las piedras alertara a los demás cuando yo tirara del otro extremo. Y a las tres y media tuve que usar el invento. Un par de camiones aparecieron en la carretera. Iban mucho más lentos que el resto de vehículos que habíamos visto pasar de largo. Tiré de la lata con fuerza de inmediato. A esas alturas sabía distinguir un jeep militar a primera vista. Luego me escabullí del Rover y regresé arrastrándome sobre la barriga hasta donde estaba el resto del grupo. Tomamos una decisión rápida (no teníamos tiempo para otra cosa): ellos se esconderían en el foso de lubricación y yo subiría al árbol que había junto al camión de mudanzas para vigilar desde allá.
Así pues, me encaramé al tronco mojado, intentando no abrazarlo con demasiada fuerza para mantenerme lo más seca posible. Entonces me oculté entre las hojas que goteaban y vigilé a la patrulla. Entraron decididos por las puertas metálicas del desguace y luego se detuvieron: ocho soldados, seis de ellos mujeres, se bajaron de los
jeeps. Lo que más me animó fue ver que ni los vehículos ni las personas parecían moverse con un propósito en mente. No tenían aspecto de ser un comando de élite preparado para una misión de acoso y derribo. Más bien parecía un puñado de soldados aficionados a quienes habían obligado a salir en plena tormenta para realizar una misión sobre la que no mostraban mucho entusiasmo. Con ellos iba una oficial, que se pasó unos minutos gritando y señalando, y después se dividieron en parejas y emprendieron caminos distintos.
Todo era un poco azaroso. Husmeaban aquí y allí, miraban en los bajos de los coches y asomaban la cabeza por el interior de muchos vehículos. Pero a eso se redujo la operación. Uno de ellos se dirigió a la puerta trasera de la casa, seguramente porque pensó que era la puerta principal, y rompió el cristal. Oí el estruendo cuando los añicos cayeron al suelo. Se asomó a mirar, pero volvió con el resto casi de inmediato, arrugó las facciones y le dijo algo a su compañero. Imaginé lo que había dicho: este sitio apesta. Yo también; no lo culpaba.
Al cabo de media hora ya se habían ido. Esperé otros diez minutos, luego salí y fui a sacar de la madriguera a los demás. Nadie estaba muy emocionado. Ya lo habíamos visto todo. No era más que otra escapada, y no una especialmente peligrosa, aunque, por supuesto, bien habría podido ser de otro modo. Habría bastado con que un soldado curioso se fijara en la pieza de acero galvanizado que cubría la boca del foso y hubiera llamado a los demás para que nos atraparan como a ratas. Algún día ocurriría. Algún día nos pillarían. Pero parecía que no iba a ser hoy.
Regresé al Rover para reemprender el turno de vigilancia y fue allí donde se reunieron conmigo los demás, media hora antes del anochecer. Robyn se sentó en el asiento delantero a mi lado, con Fi en el regazo, y los chicos se apretujaron en la parte de atrás. Estaban tan apretados que tuvieron que dejar las puertas traseras abiertas para caber mejor. Kevin se sentó justo debajo de una de las goteras y le caía una gota de agua en el cogote cada pocos segundos.
Lo más inesperado de la reunión fue que Fi tomó la iniciativa. Todos los demás estábamos demasiado cansados y alicaídos. Homer
tenía un aspecto terrible, como si hubiera ido a una fiesta del pueblo y se hubiera quedado borracho hasta el final de la recena. Lee estaba inmerso en sus propios pensamientos. Kevin parecía muy nervioso; no dejaba de parpadear ni un momento, como si tuviera polvo en los ojos. Robyn estaba bien, creo, pero callada, y vi a Fi entera y decidida, como podía ser cuando se lo proponía.
—Como veo que a nadie se le ocurre una idea mejor —dijo con voz firme—, voy a decir lo que pienso.
—Venga, Fi, adelante —la animé.
—Bueno, creo que tendremos que arreglárnoslas solos una temporada. Lo mejor sería tomarnos tres semanas de vacaciones en la Gran Barrera de Coral con todos los gastos pagados y mil dólares en cheques para manutención. Pero, por desgracia, no creo que nos los den. Sin embargo, incluso en la Segunda Guerra Mundial los pilotos tenían que participar solo en un número concreto de misiones, y luego los dejaban descansar. Fatiga de guerra, creo que lo llamaban. Bueno, pues creo que nosotros estamos pasando nuestra particular fatiga de guerra, y necesitaremos un respiro. Si seguimos intentando hacer cosas sin parar acabaremos agotándonos. Las últimas semanas han sido una auténtica locura, y parte del problema de volverse loco es que uno no se da cuenta de que se está volviendo loco. Si lo hacemos pensando en nuestro propio interés o si lo hacemos porque así seremos mejores guerreros, no importa; el hecho es que tenemos que cuidar de nosotros mismos.
—Entonces, ¿crees que tendríamos que tomarnos unas vacaciones? —preguntó Homer.
Me alivió tanto ver que Homer mostraba algún signo de vida otra vez que me entraron ganas de llorar. Creo que lo más importante era que Fi nos estaba dando permiso para tomarnos un respiro. No había adultos que nos dijeran esas cosas, y nosotros habíamos dejado de decírnoslas hacía tiempo. Habíamos llegado a un estado mental en el que nos era imposible pensar con claridad; nos limitábamos a continuar avanzando hasta que un día, igual que los motores quemados, acabáramos por desplomarnos. Cuando Fi habló, me di

cuenta de que no pasaba nada por hacer una pausa, no teníamos que ganar la guerra nosotros solos. 

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