miércoles, 19 de marzo de 2014

Mañana: Muerte blanca, parte 1

A veces pienso que es preferible estar asustado a estar aburrido. Por lo menos, cuando estás asustado sabes que estás vivo. La energía bombea por tu cuerpo con tanta fuerza que rebosa convertida en sudor. El corazón, ese corazón que realiza el bombeo, te aporrea el pecho como un viejo molino de viento en una noche de tormenta. No hay lugar para nada más. Te olvidas de que estás cansado, de que tienes frío o hambre. Te olvidas de la rodilla magullada y del dolor de muelas. Te olvidas del pasado y te olvidas de que existe algo llamado futuro.
Ahora soy experta en el miedo. Creo que he experimentado todos los sentimientos fuertes que existen: amor, odio, envidia, rabia. Pero el miedo es el mayor de todos. Nada se adentra en ti y te agarra por las entrañas como lo hace el miedo. Nada te posee de semejante manera. Es una especie de enfermedad, una fiebre, que te domina.
Tengo mis trucos para mantener el miedo a raya. Todo el mundo los tiene, ya lo sé. Y algunas veces funcionan, cada uno a su manera. Uno de mis trucos es pensar en los chistes que me han contado a lo largo de los años. Otro es el que me enseñó Homer. Parece muy sencillo. Se trata de repetirte una y otra vez: «Me niego a pensar con miedo. Voy a pensar con valentía. Soy fuerte».
Funciona muy bien para paliar el miedo leve; no funciona tanto cuando te enfrentas al pánico. Cuando el auténtico pavor se cuela en ti, cuando el pánico destruye las barreras, no hay defensas que lo frenen.
Las dos últimas semanas que pasé en el Infierno fueron un aburrimiento total; el tipo de situación que anhelas cuando estás aterrado; el tipo de situación que aborreces cuando sucede. A lo mejor me había hecho adicta al miedo, quién sabe, porque me pasaba gran parte del día tumbada por ahí, pensando en cosas peligrosas que podríamos haber hecho, en ataques feroces que podríamos haber ejecutado.
Ahora mismo ya no sé si tengo arrebatos asesinos o suicidas, si me he hecho adicta al pánico o al aburrimiento.
Me pregunto qué debió de ocurrirles a las personas que lucharon en las dos guerras mundiales una vez que se terminó la contienda. En su mayoría eran hombres quienes combatían en esas guerras, pero también había muchas mujeres. No todos ellos eran soldados, aunque no hacía falta ser soldado para verse afectado por el conflicto. ¿Acaso apagaron sus sistemas mentales dándole a un botón el día que se declaró la paz? ¿Es posible hacer algo así? Sé que yo no puedo. Parece que me estoy acostumbrando a cómo ha sido mi vida últimamente, una alternancia entre el absoluto frenesí y la absoluta falta de actividad. Pero a menudo sueño con la rutina de mi vida anterior. Durante el curso, mis días siempre empezaban de la misma forma: desayunaba, me preparaba un bocadillo para el almuerzo, cogía la mochila y me despedía de mi madre con un beso. Mi padre ya solía estar con las reses a esas horas, pero algunas veces me levantaba temprano para desayunar con él. Otros días, cuando me despertaba a la hora habitual, me lo encontraba todavía en la cocina, calentándose la espalda frente al horno de leña.
Durante años (desde que crecí lo suficiente para que los pies me llegaran a los pedales) iba yo sola en coche hasta el autobús. Los niños que viven en ranchos apartados pueden obtener un permiso especial para conducir hasta el autobús del colegio, pero mi familia no se preocupó de que me lo sacara. Mi padre pensaba que no era más que otra absurda norma burocrática. Desde nuestra casa no hay más de cuatro kilómetros hasta la puerta del cercado que sale a la carretera Providence Gully. No es la puerta principal de la propiedad, pero es la única que queda en la ruta del autobús escolar. Como casi todo el mundo, teníamos una «tartana para el campo», un coche viejo sin registrar, que solía ser el que usaban los chavales o se utilizaba para las labores de ganadería. El nuestro era un Datsun 120Y que mi padre había comprado por ochenta pavos en un saldo. Normalmente yo cogía ese coche, pero cuando no funcionaba, o cuando mi padre lo necesitaba para otra cosa, usaba el Land Rover o cogía la moto. Fuera
el vehículo que fuese, lo dejaba aparcado todo el día debajo de un árbol mientras estaba en clase y lo recogía cuando me bajaba del autobús escolar.
El colegio no estaba mal y me encantaba ver a mis amigos (la vida social, el cotilleo, hablar de los chicos) pero, como les ocurre a casi todos los chavales de zonas rurales, la vida en la granja requería casi tanta energía, tanto tiempo e interés como las clases. No sé si a los chicos de ciudad les pasa lo mismo; me da la impresión de que el colegio es más importante para ellos. Bueno, claro, para nosotros también es importante, sobre todo hoy en día, cuando todo el mundo se preocupa porque teme no poder subsistir únicamente con las tierras, no poder tomar el relevo de sus padres como antes se daba por hecho. Ahora todos los chicos de campo tienen que formarse para optar a otros empleos.
Pero ¿de qué hablo? Durante unos minutos he vuelto a pensar como si estuviéramos en paz y nuestra mayor preocupación fuese encontrar trabajo. Qué locura. Ahora esos sueños de convertirse en neurocirujanos, cocineros, peluqueros o abogados no son más que humo; un humo que huele a pólvora. Ahora el mayor sueño es seguir con vida. Es lo que el señor Kassar, nuestro profesor de teatro, llamaría «un cambio de perspectiva».
Ya hace casi seis meses que invadieron nuestro país. Hemos vivido en una zona de guerra desde enero, y ahora estamos en julio. Un periodo tan corto y, a la vez, tan largo... Llegaron en hordas y tomaron el territorio, igual que las plagas de langostas, igual que las camadas de ratones, igual que esa flor invasiva que llaman la maldición de Patterson. Se supone que en este país estábamos preparados para las plagas, pero esta fue la más rápida, repentina y eficaz de todas las existentes. Eran muy astutos, no tenían escrúpulos y estaban increíblemente bien organizados. Cuantas más cosas sé sobre ellos, más me convenzo de que debían de llevar años planeando el ataque. Por ejemplo, emplearon distintas tácticas en distintos lugares. No se molestaron en atacar comunidades aisladas, o el campo abierto, o las granjas desperdigadas, salvo en puntos como Wirrawee, mi
pueblo. Tenían que controlar Wirrawee porque está en medio de la carretera que conduce a la bahía de Cobbler, y necesitaban tomar la bahía de Cobbler porque posee un magnífico puerto de aguas profundas.
Sin embargo, Wirrawee fue un objetivo fácil para ellos. Decidieron invadirnos el Día de la Conmemoración, cuando todo el país está de vacaciones. En Wirrawee ese día se celebra la feria de ganaderos, de modo que les bastó con tomar el recinto ferial y allí apresaron al noventa por ciento de la población. Pero para tomar los pueblos grandes y las ciudades les hizo falta un poco más de imaginación. Solían hacerlo tomando rehenes, y entre los rehenes, se decantaban por los niños. Su estrategia consistía en hacer que todo ocurriera tan rápido que nadie tuviese tiempo para pensar con claridad, no había tiempo para la reflexión. Al menor retraso, empezaban a volar los edificios, a matar gente. Funcionó. Esas ratas políticas, nuestros líderes, las personas que se habían pasado todos los días de la época de paz diciéndonos lo fantásticos que eran y por qué debíamos votarles, notaron que el agua del país medio hundido les lamía los tobillos. Entonces se largaron a Washington y dejaron un rastro de caos y oscuridad.
Sí, el ataque fue astuto, despiadado y eficaz.
Y por su culpa, o por culpa de nuestra propia apatía y nuestro egoísmo, las ambiciones que teníamos en tiempos de paz se han evaporado y de la noche a la mañana nos hemos visto viviendo entre el miedo y el aburrimiento.
El miedo y el aburrimiento no han sido las únicas emociones que hemos sentido, claro que no. Ha habido otras: incluso el orgullo se ha deslizado furtivamente entre nosotros alguna que otra vez. A mediados de otoño, cinco de nosotros, Homer, Robyn, Fi, Lee y yo, ejecutamos el más atrevido de nuestros ataques. Incendiamos con combustible un grupo de casas en las que el enemigo había montado un cuartel general. Habíamos jugado bien las cartas y habíamos provocado una explosión que habría llegado al once en la escala de Richter. No apareció la nube con forma de seta, pero sí todo lo demás.
Fue bastante espectacular, aunque no fuimos del todo conscientes de lo que habíamos hecho hasta más adelante. Habíamos echado a correr hacia la zona montañosa en la que nos escondíamos, después de desviarnos solo un momento para proveernos de más comida, y habíamos descubierto el cadáver de nuestro amigo Chris. Nos lo habíamos llevado para enterrarlo en nuestro santuario, la abrupta caldera de rocas y árboles que recibía el nombre de Infierno. Y allí habíamos permanecido durante semanas. Paulatinamente, la ferocidad con la que los soldados rastreaban para encontrarnos había hecho que tomáramos conciencia de cuántos puestos habíamos ascendido en la lista de criminales más buscados. Nos asustaba lo agresiva que era la redada. Como no nos llegaban noticias (salvo los escasos boletines informativos que escuchábamos procedentes de otros países), no teníamos forma de descubrir a quién habíamos matado ni qué habíamos destruido. Pero saltaba a la vista que corríamos más peligro que un perro en una mezquita.
Cuando las tareas de busca y captura se apaciguaron y los helicópteros de caza volvieron a sus hangares, nosotros también nos calmamos un poco. Aun así, no teníamos prisa por volver a dar un golpe. Nos quedamos en el refugio entre los árboles unas cuantas semanas más. Como teníamos comida en abundancia (aunque no demasiada variedad), holgazaneábamos y comíamos y dormíamos y hablábamos, y teníamos pesadillas y nos sobresaltábamos y llorábamos y nos levantábamos de un brinco temblando al oír un roce repentino entre los arbustos. La situación afectó a cada uno de una manera distinta. A Lee le entró un tic nervioso, que se agudizaba por la noche: sin querer, subía la parte derecha de la boca hacia el ojo cada vez que hablaba. Y cuando hacíamos el amor, aunque decía que se divertía y que cuando empezábamos a tocarnos estaba muy excitado, su cuerpo no hacía lo que él quería que hiciera.
Lo que yo quería que hiciera. Lo que ambos queríamos que hiciera.
Robyn dejó de comer y de dormir. Siempre había estado rellenita, sanota, pero ahora la veía cada día más flaca, escuálida: ese tipo de
delgadez fea que siempre me ha dado grima en mis amigas. «Tú crees que tienes problemas», me dijo una vez cuando me puse histérica porque no podía abrir una lata. «Yo soy una insomne paranoica y anoréxica».
Era una de las pocas bromas que hacíamos. Aunque no era muy graciosa.
Homer se hundió en una depresión y se pasó días sin dirigir una palabra a nadie. Se dedicaba a pasar las horas muertas sentado en una piedra, mirando la Costura del Sastre, y creo que el único momento en el que utilizó la voz fue para gritar durante un ataque de histeria. Su temperamento, que siempre había sido irritable, ahora estaba desbocado. En las discusiones yo solía ponerme a la altura de Homer y respondía a sus gritos con otro grito, pero desde hacía unas semanas, optaba por unirme al resto y fundirme con el paisaje cuando él explotaba.
Por mi parte, hacía un poco de cada una de esas cosas, y algunas más. Mi especialidad era tener flashbacks tan realistas que estaba segura de que eran reales. Olía algo y eso despertaba el recuerdo, por ejemplo. Un trocito de plástico en la hoguera que encendíamos por la noche y al instante estaba de vuelta en Buttercup Lane y revivía el día en que habíamos puesto clavos en la carretera y el aire había empezado a apestar a goma quemada al frenar los camiones enemigos y precipitarse unos contra otros chirriando. Era como tener pesadillas, pero estaba despierta. El sudor me bajaba tan rápido por la cara que me escocían los ojos; luego empezaba a jadear y me faltaba el aliento, como si tuviera un ataque de ansiedad. Huelga decir que también tenía pesadillas cuando dormía, hasta el punto de que me empezó a darme miedo cerrar los ojos para dormir. Hace mucho que no duermo a pierna suelta, y ni siquiera puedo imaginarme que algún día vuelva a conseguirlo, pero sueño con eso (sueño despierta, quiero decir) y lo deseo con todas mis fuerzas.
La que mejor supo lidiar con todo en ese momento fue Fi. Fi tenía una constitución tan fina y delicada que parecía un saltamontes. Todo su cuerpo eran piernas. A lo mejor por eso siempre había pensado que
era frágil, quebradiza, que necesitaba protección. Pero poseía una fuerza que jamás hubiera imaginado. No sé de dónde la sacó, o dónde la almacenaba. ¿Cuánto corazón era capaz de albergar esa caja torácica tan pequeña? ¿Hasta dónde resistiría ese cuerpo de madera de balsa? No es que no tuviera sentimientos. Al contrario, Fi siempre había sido súper sensible. Parecía tan tensa como un violín: el menor roce la hacía vibrar. Pero las barbaridades que habíamos hecho no la corroían por dentro como a todos los demás. Se elevaba por encima de esas cosas. Uno de los motivos tal vez fuera que estaba convencida de que hacíamos lo correcto. Estaba orgullosa de lo que habíamos hecho. Yo también sentía orgullo algunas veces pero, a decir verdad, no sabía si debía sentirme orgullosa o avergonzada.
Por tanto, cuando volvimos a oír la llamada a la acción, respondimos al instante. Puede que respondiéramos como robots, programados para matar y destruir, pero respondimos.
2
DURANTE tres semanas no nos había sobrevolado otro avión. Las avispas y abejorros que merodeaban la zona zumbando con fastidio mientras esperaban a que nos pusiéramos al descubierto habían vuelto a sus avisperos. A lo mejor pensaban que nos habíamos marchado del distrito. Tal vez sospechasen que vivíamos en esas montañas, pero no podían estar seguros; e incluso si lo sabían a ciencia cierta, no podían conocer nuestra ubicación exacta.
Unos días después de que se esfumasen, empezamos a relajarnos un poco; intuíamos que se habían rendido.
Lee fue el primero en comentar que debíamos actuar de nuevo. Si no lo hubiera dicho él, lo habría dicho otro. Yo empezaba a barajar algunas ideas, pues me sentía un poco culpable de estar ahí sentada tanto tiempo sin hacer nada. Por un lado, teníamos miedo a actuar; por otro lado, teníamos miedo a quedarnos inmóviles. Los dos miedos luchaban continuamente. Pero Lee quería que saliéramos de las inmediaciones de Wirrawee, para llegar a la bahía de Cobbler. La idea era aterradora y muy arriesgada.
La bahía de Cobbler era un puerto magnífico, pero en tiempos de paz no solían atracar allí los barcos grandes porque estaba demasiado alejado de la ciudad. Las embarcaciones que más partido le sacaban eran barcas de pescadores, los barcos de turistas y los yates que buscaban refugio para un par de noches. Pero el enemigo lo había empleado sin descanso desde la invasión. Habían dañado tanto los puertos principales, que el de Cobbler había pasado a ser uno de los más importantes. Con frecuencia se veían convoyes que ocupaban la carretera, no hacían más que entrar y salir de la bahía de Cobbler cargados de tropas, víveres y armamento.
Nuestro grupo había destruido el puente del río Heron, en Wirrawee, gracias a lo cual habíamos obligado a esos convoyes a dar un rodeo larguísimo, y también habíamos atacado un convoy enemigo
en Buttercup Lane. Ahora Lee proponía que nos concentrásemos en el origen de esos convoyes.
—Pero ¿y qué hacemos una vez allí? —preguntó Fi.
—No lo sé. Ya se nos ocurrirá algo sobre la marcha. Más o menos es lo que hemos hecho hasta ahora, ¿no?
—Hemos tenido mucha suerte.
—No todo ha sido suerte —dije, aunque yo también creía en el azar. Por lo menos, algunas veces—. No os olvidéis de que somos agentes libres y podemos hacer lo que queramos, cuando queramos. Eso nos da ventaja. Lo único que pueden hacer ellos es suponer qué podríamos hacer, o reaccionar después de ver nuestros movimientos. Es como si..., no sé, como si ellos tuvieran que seguir unas normas y nosotros no. Ellos están limitados y nosotros no. Imaginaos que jugáis al jockey y un equipo cumple las normas y el otro equipo hace lo que le viene en gana. Aquí pasa algo parecido. Nosotros podemos coger la pelota y lanzárnosla entre nosotros, o podemos darles bastonazos con los palos de jockey en las espinillas, y hasta que no hagamos una cosa u otra, ellos no pueden reaccionar.
—Sí —dijo Homer pensativo—. Nunca se me hubiera ocurrido. Pero tienes razón, sí. Si nos decidimos a dar el golpe en Cobbler, tenemos que ser tan radicales como podamos. Totalmente impredecibles. Tenemos que aprovechar al máximo esa ventaja de la que habla Ellie.
—Entonces, ¿vamos a atacar el puerto de Cobbler? —preguntó Robyn en voz baja.
Se produjo una pausa; todos esperábamos a que otro se mojara el primero. Al final, oí mi propia voz: —Es un buen sitio para ir de vacaciones.
No sé por qué a veces hablo como si fuera una heroína. Será culpa de la presión del grupo. Jamás de los jamases me siento como una heroína. Pero creo que todos estábamos de acuerdo en ir a echar un vistazo a Cobbler. Ninguno de nosotros habría podido aguantar mucho más tiempo encerrado en el Infierno, y a nadie se le ocurrió una idea mejor.
Nos pusimos en marcha dos días más tarde. Era domingo por la mañana, o eso opinaba yo; cada uno tenía su propia teoría acerca del tiempo.
Llevábamos unas mochilas enormes. No sabía hasta qué punto habrían colonizado el distrito mientras estábamos escondidos en el Infierno. Teniendo en cuenta lo rápido que había sido el ataque, nos mentalizamos para lo peor. Así pues, nos llevamos un montón de provisiones. Como era invierno, casi todo eran prendas de abrigo: jerséis, guantes, pasamontañas, calcetines de lana. Cogimos los sacos de dormir, pero no teníamos tiendas de campaña; nos habíamos quedado sin ellas cuando las habíamos perdido en el valle del Holloway. Confiábamos en poder refugiarnos en algún cobertizo o en una cueva. Lo que sí que cargamos fue una montaña de comida, pues ignorábamos si podríamos rapiñar o robar por el camino.
—¡Robar! —había exclamado Homer muy enfadado al oírme utilizar esa pa1abra—. Estamos en nuestro país. Robar es lo que han hecho ellos; nosotros no robamos.
Nuestra prioridad antes de marcharnos fue asegurarnos el sustento de las gallinas. Improvisamos un comedero y lo llenamos hasta el borde. Con eso tendrían comida para varias semanas, pero el problema era el agua. Al final lo solucionamos reconstruyendo el corral en el que las teníamos encerradas para que el arroyo quedara en un rincón del precario recinto.
—Pensamiento lateral —dijo Robyn muy orgullosa.
Había sido idea suya y se había encargado de ponerla en práctica. Saltaba a la vista que las gallinas estaban encantadas. Cacareaban tan tranquilas por el corral y murmuraban mientras exploraban su nuevo territorio.
Nos marchamos a las diez de la mañana. Lo último que hice, justo después de desayunar, fue montar un ramito con hojas y hierbajos (en esa estación no había flores) para dejarlo en la tumba de Chris. No me sorprendió ver que alguien se me había adelantado y había dejado una flor de madera tallada con torpeza. Habría podido dejarla cualquiera: Homer, Fi, Lee, Robyn... Cualquiera de ellos habría
podido hacerlo.
Llevar tantas semanas escondidos, además de las depresiones que habíamos sufrido, nos había dejado exhaustos. Parecía que el peso de las mochilas se había duplicado antes de llegar al primero de los gigantescos escalones de roca que debíamos salvar para salir del Infierno. Por lo menos teníamos al clima de nuestra parte. Hacía frío pero no llovía; era un día húmedo de invierno y el vaho que desprendíamos al respirar hacía que pareciésemos fumadores empedernidos. Me encantaba exhalar nubecitas blancas y ver cómo se evaporaban. Sobre nosotros no había más que nubes, el cielo estaba gris y encapotado. Bastaba mirarlo para saber que haría frío todo el día y no veríamos ni un rayo de sol. Pero encajaba con nuestros propósitos; no tenía de qué quejarme.
Al llegar a la cima descansamos un rato, furiosos y decepcionados por lo mucho que nos había costado ascender.
—Es por las mochi1as —dijo Fi—. Nunca habíamos salido tan cargados del Infierno.
—Es por cómo vivíamos antes —dijo Homer—. Nos pasábamos la tarde viendo la tele en el sofá. Sabía que algún día nos pasaría factura.
Anduvimos por la Costura del Sastre. Muchos de los accidentes de geográficos del distrito de Wirrawee debían su nombre a antiguos oficios: la bahía de Cobbler (también llamada «bahía del Zapatero»), la Costura del Sastre, una colina que llamábamos la Marca del Cervecero, una formación rocosa denominada el Viejo Herrero. Mantuvimos los ojos bien abiertos y los oídos muy atentos por si descubríamos aviones, pero no apareció ninguno. Cuando habíamos recorrido la mitad del camino hacia el monte Martin, nos desviamos a la izquierda y bajamos por un antiguo sendero de montaña que nos condujo al valle. Luego anduvimos hasta llegar al Land Rover, que habíamos escondido entre unos arbustos altos en la parte superior de la cordillera. Todos estuvimos de acuerdo en que sería demasiado peligroso utilizarlo hasta saber qué íbamos a encontrar en los alrededores de Wirrawee. Pero, por lo menos, a partir de ahí el camino era en bajada.
La primera propiedad a la que llegamos fue la mía. Como nos acercamos a ella desde la carretera del Sastre, los árboles nos protegieron del enemigo hasta quedar a aproximadamente un kilómetro de la casa. Para entonces era media tarde. Al llegar al borde de la línea arbolada, indiqué a los demás que se detuvieran mientras yo avanzaba con sigilo para buscar un buen punto de observación. Encontré un gigantesco árbol de caucho viejo y me agazapé en él. Era perfecto, salvo por el enjambre de abejas que pululaban para entrar y salir de un agujero grande que había en el tronco, unos treinta centímetros por encima de mi cabeza. No las había visto al elegir el árbol. Pero en el mismo instante en que me fijé en ellas, también percibí un movimiento en el cercado que llamamos Bailey’s, así que me olvidé de inmediato de las abejas.
Por primera vez desde la invasión vi intrusos en nuestras tierras. Había un vehículo aparcado junto al límite de la parte oeste, y vi dos hombres que trajinaban en la propia valla. Uno de los pinos que había plantado mi abuela hacía muchos años debía de haberse roto en una tormenta y se había desplomado sobre la valla. Un hombre sujetaba una motosierra mientras otro apartaba algunas de las ramas más pequeñas. Ante mi mirada, el tipo de la sierra tiró de la cuerda y el aparato se puso en marcha y empezó a cortar el tronco.
Habría sido una escena típica de campo salvo por una cosa: el soldado con el rifle a la espalda que observaba la acción a unos cincuenta metros de distancia. Estaba sentado a horcajadas en una moto, con un cigarro en la boca. Dudo que tuviera más de catorce años.
Los miré con atención unos minutos más. Por lo menos el hombre de la motosierra parecía saber utilizarla; menos mal, porque era de las grandes. De niños, a todos nos habían contado historias espeluznantes de gente que se había cortado el brazo o la pierna con la motosierra. En nuestro distrito, esas herramientas provocaban más accidentes que los tractores y las armas juntos.
Volví con los demás y les conté lo que había visto. Entre la espesura de los árboles donde se encontraban, la motosierra sonaba como un mosquito lejano. Pero nos impidió continuar con el plan y nos
obligó a esperar una hora o más, hasta que los hombres terminaron de recolocar la valla. A todos nos pareció estupenda la idea de echar una cabezada; la alternativa era zigzaguear campo a través para rodearlos sin que nos vieran. Ninguno tenía ganas de sudar en vano.
Mientras los otros se acomodaban en el suelo y utilizaban las mochilas de almohadón, me paseé pegada al linde del bosque para ver de cerca a los hombres que talaban el árbol. Verlos en nuestras tierras me provocaba sentimientos encontrados. Me entró rabia y tristeza, por supuesto, al ver intrusos en mi casa, pero al mismo tiempo sentí alivio al saber que por lo menos había alguien que cuidara del lugar. En nuestras expediciones anteriores, a todos nos había impactado mucho ver lo rápido que se degeneraban las cosas. Las vallas se desmoronaban, las ovejas estaban plagadas de moscas, los caballos se debilitaban, los conejos y los zorros campaban a sus anchas... También las casas daban muestras de desgate y abandono. Si la situación se prolongaba unos cuantos años, todo el país se convertiría en una tierra asilvestrada llena de zarzas y cardos.
Poco a poco me acerqué bastante a los hombres que cortaban el pino. Desde allí me resultaba fácil oír lo que decían. Entonces volvieron a apagar la motosierra y me di cuenta de que, mientras trabajaban, le tomaban el pelo al muchacho del rifle.
—¡Eh, Wyatt! ¡Wyatt Earp! —lo llamó a gritos uno de los hombres.
—¿Qué? —oí que respondía el chico.
Su voz era mucho más aguda que la de los hombres, pero sonaba irritada. Estaba de malas pulgas.
—Confío en que sepas lo que haces, ahí sentado debajo del árbol.
—¿Por qué lo dices?
—Bueno, a estas horas de la tarde es cuando los koalas carnívoros están más activos.
—Tiene razón —dijo el otro hombre—. Esta zona está plagada de koalas, sí, sí.
—Yo no me sentaría en ese árbol ni por un millón de dólares —dijo el primer hombre.
—Lo que hacen esos koalas kamizakes es una salvajada. Una vez vi que le arrancaban la cara de un zarpazo a un tío. Con esas garras, joder, te harían picadillo.
—Y es imposible saber cuándo se te acerca uno.
—Es verdad.
—¿Y qué son los koalas carnívoros? —preguntó el chico.
Di un pequeño rodeo para colocarme un sitio desde el que pudiera verle la cara. Jugueteaba con los dedos muy ansioso, pero intentaba parecer tranquilo.
—¿No sabes lo que son los koalas carnívoros? Por el amor de Dios, ¿se puede saber qué os enseñan? Vaya tela, lo mandan a un sitio como este y no le dicen siquiera lo que son los koalas carnívoros.
—Pero te han hablado de los tiburones, ¿no? —preguntó el segundo hombre.
—Sí, los tiburones.
—¿Y de los cocodrilos?
—Sí, los cocodrilos.
—¿Y de las serpientes de aro?
El chico dudó un momento.
—Sí, las serpientes da aro —contestó al cabo de unos segundos.
—Bueno, pues deja que te diga una cosa, chaval: preferiría enfrentarme quince veces a un cocodrilo a que un koala carnívoro me aterrizara en la cabeza.
—Pero ¿qué son los koalas carnívoros? —volvió a preguntar el muchacho.
Ahora se le notaba increíblemente nervioso. Se inclinó hacia delante sobre la moto y su voz denotó una alerta creciente. Los hombres dejaron de trabajar y lo miraron a la cara antes de decir: —Chaval —dijo el primero con suma seriedad—, no es asunto mío si uno de esos bichos salta del árbol y terminas con un koala carnívoro por sombrero, pero si quieres conservar esa cara bonita pegada a la cabeza, te recomendaría que salieras de ahí debajo.
El joven soldado miró a su alrededor muy incómodo, luego escudriñó entre las ramas. Al final dijo: —Bueno, ya basta. Nos vamos.
—Muy bien, lo que tú digas —contestó el primer hombre—. Tú mandas. Aunque todavía es pronto para largarnos. —Y añadió en voz baja mirando a su compañero—: Supongo que no quiere perder la cara.
Ambos soltaron una risita socarrona. El chico se puso como un tomate y dijo enfadado: —Ya basta. Nos vamos.
Blandió el rifle y luego le dio al contacto de la motocicleta. Pero perdió el equilibrio al intentar hacerlo mientras sacudía el rifle y se cayó de costado. Se desparramó en el suelo, con la moto volcada al lado. Los hombres se limitaron a intercambiar sonrisas y caminaron como si tal cosa hacia el vehículo. Se metieron en el coche y encendieron el motor mientras el chico, humillado, forcejeaba con el contacto de la moto. Para cuando por fin la encendió, el coche ya le llevaba cien metros de ventaja y avanzaba lentamente entre los baches del sendero hacia la puerta de la propiedad. Corrí hacia mis amigos con una sonrisa en los labios. No les había costado mucho asustar a ese cagueta.
3
LA sonrisa no me duró mucho. Mientras avanzábamos con cautela de una propiedad a otra, nos impactó ver la rapidez con la que se habían movido los invasores. Una plaga de colonizadores azotaba los campos.
—¿Sabéis cómo creo que deben de sentirse? —preguntó Homer—. Debe de ser como en los viejos tiempos, cuando llegaron los blancos y lo único que vieron fue un país gigantesco en el que no había nadie que les importara. Total, que después de vivir apretujados en las ciudades o en granjas de diez hectáreas en Inglaterra, de pronto vieron que podían expandirse y agenciarse cada uno miles de kilómetros cuadrados. ¿Os acordáis de aquel tema que dimos en historia: la ocupación territorial en el siglo XIX? Bueno, pues un par de siglos más tarde, la historia se repite.
Todos los demás guardamos silencio; un silencio decaído y pesimista.
Tardamos unos cuantos días en averiguar cómo estaban organizadas las cosas. Por lo que habíamos observado, había dos o tres familias instaladas en cada granja. Además, algunas propiedades tenían minicampos de prisioneros, con treinta o cuarenta personas a quienes sometían a trabajos forzados en esa zona concreta. Los encerraban por las noches en cobertizos, en cabañas para esquiladores o en chozas de labriegos, lo que tuvieran más a mano. La mayoría de estos campos de prisioneros estaban vigilados por las noches por cuatro centinelas, uno apostado en cada esquina, y recibían la iluminación de unos reflectores improvisados. No les habría costado mucho escaparse de allí, pero supongo que el problema para la mayoría de los prisioneros era no saber adónde ir después de fugarse. No todo el mundo tenía un refugio tan estratégico como el Infierno, con montones de comida y otras provisiones. La invasión nos había pillado allí por pura casualidad. Aunque seguía sin estar segura de si
esa casualidad era un indicio de buena o de mala suerte.
Lo raro fue que no reconocimos a ninguno de los prisioneros. Tras espiarlos desde distintas atalayas, llegamos a la conclusión de que casi todos debían de ser granjeros con experiencia: conducían al ganado con seguridad y manejaban las herramientas con destreza. Incluso los vimos esquilando ovejas en un par de granjas. Pero no reconocimos a nadie, así que no nos arriesgamos a hablar con aquellos desconocidos. Posiblemente nos hubiera subido el ánimo, pero implicaba un riesgo demasiado alto.
Tal vez eso, más que cualquier otra cosa, indicaba cuánto habíamos cambiado. Nos habíamos endurecido hasta tal punto que preferíamos no preguntar por el bienestar de nuestras familias si eso entrañaba la posibilidad de ponernos en peligro. Si hace seis meses alguien me hubiera dicho en qué tipo de persona iba a convertirme... Por supuesto, lo más probable era que esos prisioneros, que suponíamos que eran de otra zona del país, no conocieran siquiera a nuestros padres, pero en otros tiempos les habríamos preguntado igualmente por si acaso.
El tercer día llegamos al límite del distrito de Wirrawee y anduvimos por un terreno paupérrimo y lleno de maleza que había entre Wirrawee y Fletcher East. Movernos por esa zona abandonada nos permitió avanzar mucho. Allí no había nada que atrajera a los colonizadores, salvo loros, cacatúas rosadas y canguros. Y un equidna, una especie de erizo al que estuve a punto de pisar mientras escarbaba entre el barro para cavar un túnel hasta el centro de la tierra. De vez en cuando vislumbrábamos granjas y el camino asfaltado lleno de socavones que zigzagueaba por el valle como una serpiente despistada. Cerca de la hora de comer, vimos algo a lo que ya nos habíamos acostumbrado: un grupo de prisioneros trabajando con un par de centinelas. Tardamos un rato en adivinar qué hacían. Uno de ellos conducía una pala cargadora, con la que había cavado un foso profundo; los demás transportaban carretillas cargadas hasta el foso desde un edificio grande y bajo de ladrillos que quedaba a unos cien metros. Como teníamos hambre, nos detuvimos y tomamos nuestras
escasas provisiones mientras los veíamos trabajar con ahínco.
Al cabo de un par de minutos, Homer dijo de repente:
—Ya lo tengo.
—¿El qué?
—Ya sé qué hacen.
Apreté mis dos galletas Ryvitas para que la pasta de Vegemite saliera por los agujeros formando gusanitos negros —Venga, dínoslo: ¿qué hacen?
—Eso de ahí es una porqueriza, y han cavado una fosa para enterrar a los cerdos muertos. O lo que queda de ellos.
—Qué lindo. —Achiné los ojos y miré con más atención—. Sí, puede que tengas razón.
Intenté no pensar en el hedor que podía emanar de una granja de cerdos abandonada. Y no me atraía nada el aspecto de las Ryvitas.
—¡Ay! —dijo Fi, tan compasiva como siempre—. ¿Te refieres a que se han muerto de hambre ahí encerrados? Pobres animales... Qué horror.
—No creo que los últimos se murieran de hambre —dijo Homer con crueldad.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Fi, sin percatarse del tono de voz de Homer.
—No preguntes —le dije demasiado tarde.
—Porque, con la desesperación, seguro que se comieron a los demás —contestó Homer.
—¡Ah! —exclamó Fi escandalizada.
—Qué bien nos va a sentar la comida —dijo Lee.
—Menos mal que no teníamos bocadillos de jamón —espetó Robyn.
—¿Son caníbales? —preguntó Fi.
—No exactamente —respondió Homer—. Lo que pasa es que se lo comen todo. No les importaría comerse a los ganaderos que los cuidan. Había un tipo en Peppertown con el que no saben qué paso. Pero creen que se desmayó mientras daba de comer a los cerdos. Bueno, el caso es que para cuando lo encontraron... en fin, que no lo
encontraron. No sé si me entendéis.
—Puaj —dijo Fi—. Siempre cuentas histonas de lo más desagradables, Homer.
—Las ratas se comen unas a otras —dijo Lee—. Si metes demasiadas juntas en una misma jaula, por ejemplo.
—Igual que los humanos —dijo Robyn.
A lo largo de esa conversación me había dedicado a observar a los prisioneros que iban y venían de la porqueriza. Entonces dejé de comer de repente, cuando estaba a punto de llevarme una Ryvita a la boca. Y no fue por la conversación que tenían mis amigos.
—Ese tío que acaba de salir... —les dije con impaciencia—. El que lleva el cepillo. Decidme que estoy soñando.
Todos miraron, con los ojos como platos.
Homer se puso de pie de un brinco y tiró al barro la media galleta que le quedaba.
—No estás soñando —dijo.
—Claro que no —corroboró Robyn. Hablaba como si estuviera hipnotizada.
—Dios mío, no me lo puedo creer —dijo Fi.
Lee era el que peor veía de los cinco, así que fue el único que tuvo que preguntar para asegurarse.
—¿Os referís a... queréis decir que... creéis que es Kevin?
—No lo creo, lo sé. Es Kevin. Puedes apostar tus preciosas posaderas.
Todos aguzamos la vista en una especie de trance. No sé en qué pensaban los demás, pero yo pensaba en la última vez que había visto a Kevin, al volante del precioso Mercedes familiar que nos habíamos agenciado. No esperábamos tener que usarlo de ambulancia, pero esa era la función que había tenido al final. La noche en que mi mejor amiga Corrie recibió un tiro en la espalda, disparado por un soldado al que no llegó a ver, Kevin la llevó en coche a Wirrawee, al hospital. Ese hospital (de hecho, el pueblo entero) estaba ocupado por el enemigo, pero eso no lo detuvo. No teníamos apenas pistas de lo que les había ocurrido desde entonces. Solo sabíamos que Corrie estaba
hospitalizada, inconsciente, mientras que Kevin estaba preso en el recinto ferial. También nos enteramos de que los soldados le habían dado una paliza por presentarse con alguien que tenía una herida de bala. Supongo que los soldados sacaron las peores conclusiones. Incluso puede que pensaran que Kevin y Corrie habían tenido que ver con la destrucción del puente de Wirrawee, el puente que habíamos volado los demás la noche anterior.
—¿Por qué ha dicho lo de mis «preciosas posaderas»? ¿Qué significa? —preguntó Lee, con lo que me sacó del torrente de recuerdos.
—¿Eh? De verdad, Lee... Si quieres, te digo lo que no significa.
—Kevin —dijo Robyn en un susurro—. Es un milagro.
No iba a llevarle la contraria. Me emocioné muchísimo al verlo. Notaba cómo mis ojos crecían por momentos de tanto mirarlo. Desde lejos parecía estar bien, y se movía con agilidad. Siempre había sido un chico grandón y fuerte, y aunque saltaba a la vista que había adelgazado, no tenía mal aspecto. Por lo menos, no tan malo como en mis pesadillas. Lo miramos con suma atención mientras dejaba el cepillo en la parte posterior de una ranchera Holden y cogía una pala. Entonces levantó la cabeza y barrió el paisaje con la mirada, como si buscara algo. Incluso alzó la vista al cielo unos segundos. No podíamos salir a hablar con él (era demasiado arriesgado) pero supe que nos quedaríamos en ese punto un buen rato.
Pasamos la tarde observando. Los trabajadores se marcharon alrededor de las cinco. En Wirrawee ya nos habíamos dado cuenta de que este ejército seguía un horario de oficina. O a lo mejor era que los centinelas empezaban a temer el ataque de los koalas carnívoros. Los prisioneros se aproximaron cabizbajos y sin orden ni concierto hacia los almacenes de la granja, que distinguimos después de avanzar un poco. Los edificios quedaban a casi un kilómetro de distancia. Los siguieron los soldados, uno conduciendo la ranchera y otro de pie en la parte abierta. Como la mayoría de los centinelas que habíamos visto últimamente, no había empuñado el rifle: lo llevaba colgando del hombro.
Los cinco nos desplazábamos en paralelo al grupo de prisioneros, pero bien escondidos entre los árboles. Esos días no llevábamos nada metálico, para evitar que el reflejo del sol nos delatara. Avanzábamos con suma precaución. De todas formas, no nos costaba seguirlos: se notaba que no tenían prisa y era evidente adónde se dirigían.
No sé cómo se llamaba la propiedad (no conocíamos la zona) pero saltaba a la vista que era una de las más antiguas; era probable que la hubieran fundado en la década de 1860, cuando se había hecho el reparto de la mayor parte del terreno de Wirrawee y Fletcher. De hecho, el clan de los Fletcher había sido el que más territorio se había adjudicado, pero sabía que no estábamos en su propiedad. Una vez nos habían llevado de excursión con el colegio a su casa: era una inmensa mansión antigua de piedra arenisca que ahora pertenecía al Fondo Nacional.
Los prisioneros se dirigían a una granja de piedra de una sola planta rodeada de montones de edificios anexos. Había seis palmeras altas alrededor de la casa y un mástil blanco para la bandera delante. Detrás de la casa, a cierta distancia, se veía una gran extensión de agua: un lago, probablemente natural, en el que el río se había expandido cubriendo un par de hectáreas. La vista era preciosa con las nubes de invierno de un negro violáceo apiñadas en lo alto. Seguro que había sido un hogar fabuloso para distintas familias a lo largo de los años. Ahora se había convertido en el hogar de otro grupo de personas: distinguimos a los colonos moviéndose por la casa o mirando los frutos del huerto; también vimos a un par de niños dando puntapiés a un balón. Qué vida tan fácil tienen, pensé con amargura. No tienen que esforzarse ni colaborar en nada. A lo mejor no tienen que trabajar nunca.
Era evidente que les sobraban sirvientes entre los que elegir. El grupo de Kevin tenía ocho miembros y todos parecían en forma, por lo menos desde lejos. Flacos, pero en forma. Observamos cómo se desviaban hacia el sur al acercarse al mástil de la bandera. Continuaron por un sendero lateral hasta llegar a otro grupito de edificios viejos, un puñado de cabañas y cobertizos destartalados. 

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