A veces pienso que es preferible estar asustado a estar aburrido.
Por lo menos, cuando estás asustado sabes que estás vivo. La energía bombea por
tu cuerpo con tanta fuerza que rebosa convertida en sudor. El corazón, ese
corazón que realiza el bombeo, te aporrea el pecho como un viejo molino de
viento en una noche de tormenta. No hay lugar para nada más. Te olvidas de que
estás cansado, de que tienes frío o hambre. Te olvidas de la rodilla magullada
y del dolor de muelas. Te olvidas del pasado y te olvidas de que existe algo
llamado futuro.
Ahora soy experta en el miedo. Creo que he experimentado todos los
sentimientos fuertes que existen: amor, odio, envidia, rabia. Pero el miedo es
el mayor de todos. Nada se adentra en ti y te agarra por las entrañas como lo
hace el miedo. Nada te posee de semejante manera. Es una especie de enfermedad,
una fiebre, que te domina.
Tengo mis trucos para mantener el miedo a raya. Todo el mundo los
tiene, ya lo sé. Y algunas veces funcionan, cada uno a su manera. Uno de mis
trucos es pensar en los chistes que me han contado a lo largo de los años. Otro
es el que me enseñó Homer. Parece muy sencillo. Se trata de repetirte una y
otra vez: «Me niego a pensar con miedo. Voy a pensar con valentía. Soy fuerte».
Funciona muy bien para paliar el miedo leve; no funciona tanto
cuando te enfrentas al pánico. Cuando el auténtico pavor se cuela en ti, cuando
el pánico destruye las barreras, no hay defensas que lo frenen.
Las dos últimas semanas que pasé en el Infierno fueron un
aburrimiento total; el tipo de situación que anhelas cuando estás aterrado; el
tipo de situación que aborreces cuando sucede. A lo mejor me había hecho adicta
al miedo, quién sabe, porque me pasaba gran parte del día tumbada por ahí,
pensando en cosas peligrosas que podríamos haber hecho, en ataques feroces que
podríamos haber ejecutado.
Ahora mismo ya no sé si tengo arrebatos
asesinos o suicidas, si me he hecho adicta al pánico o al aburrimiento.
Me pregunto qué debió de ocurrirles a las personas que lucharon en
las dos guerras mundiales una vez que se terminó la contienda. En su mayoría
eran hombres quienes combatían en esas guerras, pero también había muchas
mujeres. No todos ellos eran soldados, aunque no hacía falta ser soldado para
verse afectado por el conflicto. ¿Acaso apagaron sus sistemas mentales dándole
a un botón el día que se declaró la paz? ¿Es posible hacer algo así? Sé que yo
no puedo. Parece que me estoy acostumbrando a cómo ha sido mi vida últimamente,
una alternancia entre el absoluto frenesí y la absoluta falta de actividad.
Pero a menudo sueño con la rutina de mi vida anterior. Durante el curso, mis
días siempre empezaban de la misma forma: desayunaba, me preparaba un bocadillo
para el almuerzo, cogía la mochila y me despedía de mi madre con un beso. Mi
padre ya solía estar con las reses a esas horas, pero algunas veces me
levantaba temprano para desayunar con él. Otros días, cuando me despertaba a la
hora habitual, me lo encontraba todavía en la cocina, calentándose la espalda
frente al horno de leña.
Durante años (desde que crecí lo suficiente para que los pies me
llegaran a los pedales) iba yo sola en coche hasta el autobús. Los niños que
viven en ranchos apartados pueden obtener un permiso especial para conducir
hasta el autobús del colegio, pero mi familia no se preocupó de que me lo
sacara. Mi padre pensaba que no era más que otra absurda norma burocrática.
Desde nuestra casa no hay más de cuatro kilómetros hasta la puerta del cercado
que sale a la carretera Providence Gully. No es la puerta principal de la
propiedad, pero es la única que queda en la ruta del autobús escolar. Como casi
todo el mundo, teníamos una «tartana para el campo», un coche viejo sin
registrar, que solía ser el que usaban los chavales o se utilizaba para las
labores de ganadería. El nuestro era un Datsun 120Y que mi padre había comprado
por ochenta pavos en un saldo. Normalmente yo cogía ese coche, pero cuando no
funcionaba, o cuando mi padre lo necesitaba para otra cosa, usaba el Land Rover
o cogía la moto. Fuera
el vehículo que fuese, lo dejaba aparcado todo
el día debajo de un árbol mientras estaba en clase y lo recogía cuando me
bajaba del autobús escolar.
El colegio no estaba mal y me encantaba ver a mis amigos (la vida
social, el cotilleo, hablar de los chicos) pero, como les ocurre a casi todos
los chavales de zonas rurales, la vida en la granja requería casi tanta
energía, tanto tiempo e interés como las clases. No sé si a los chicos de
ciudad les pasa lo mismo; me da la impresión de que el colegio es más
importante para ellos. Bueno, claro, para nosotros también es importante, sobre
todo hoy en día, cuando todo el mundo se preocupa porque teme no poder
subsistir únicamente con las tierras, no poder tomar el relevo de sus padres
como antes se daba por hecho. Ahora todos los chicos de campo tienen que
formarse para optar a otros empleos.
Pero ¿de qué hablo? Durante unos minutos he vuelto a pensar como
si estuviéramos en paz y nuestra mayor preocupación fuese encontrar trabajo.
Qué locura. Ahora esos sueños de convertirse en neurocirujanos, cocineros,
peluqueros o abogados no son más que humo; un humo que huele a pólvora. Ahora
el mayor sueño es seguir con vida. Es lo que el señor Kassar, nuestro profesor
de teatro, llamaría «un cambio de perspectiva».
Ya hace casi seis meses que invadieron nuestro país. Hemos vivido
en una zona de guerra desde enero, y ahora estamos en julio. Un periodo tan
corto y, a la vez, tan largo... Llegaron en hordas y tomaron el territorio,
igual que las plagas de langostas, igual que las camadas de ratones, igual que
esa flor invasiva que llaman la maldición de Patterson. Se supone que en este
país estábamos preparados para las plagas, pero esta fue la más rápida,
repentina y eficaz de todas las existentes. Eran muy astutos, no tenían
escrúpulos y estaban increíblemente bien organizados. Cuantas más cosas sé
sobre ellos, más me convenzo de que debían de llevar años planeando el ataque.
Por ejemplo, emplearon distintas tácticas en distintos lugares. No se
molestaron en atacar comunidades aisladas, o el campo abierto, o las granjas
desperdigadas, salvo en puntos como Wirrawee, mi
pueblo. Tenían que controlar Wirrawee porque
está en medio de la carretera que conduce a la bahía de Cobbler, y necesitaban
tomar la bahía de Cobbler porque posee un magnífico puerto de aguas profundas.
Sin embargo, Wirrawee fue un objetivo fácil para ellos. Decidieron
invadirnos el Día de la Conmemoración, cuando todo el país está de vacaciones.
En Wirrawee ese día se celebra la feria de ganaderos, de modo que les bastó con
tomar el recinto ferial y allí apresaron al noventa por ciento de la población.
Pero para tomar los pueblos grandes y las ciudades les hizo falta un poco más
de imaginación. Solían hacerlo tomando rehenes, y entre los rehenes, se
decantaban por los niños. Su estrategia consistía en hacer que todo ocurriera
tan rápido que nadie tuviese tiempo para pensar con claridad, no había tiempo
para la reflexión. Al menor retraso, empezaban a volar los edificios, a matar
gente. Funcionó. Esas ratas políticas, nuestros líderes, las personas que se
habían pasado todos los días de la época de paz diciéndonos lo fantásticos que
eran y por qué debíamos votarles, notaron que el agua del país medio hundido
les lamía los tobillos. Entonces se largaron a Washington y dejaron un rastro
de caos y oscuridad.
Sí, el ataque fue astuto, despiadado y eficaz.
Y por su culpa, o por culpa de nuestra propia apatía y nuestro
egoísmo, las ambiciones que teníamos en tiempos de paz se han evaporado y de la
noche a la mañana nos hemos visto viviendo entre el miedo y el aburrimiento.
El miedo y el aburrimiento no han sido las únicas emociones que
hemos sentido, claro que no. Ha habido otras: incluso el orgullo se ha
deslizado furtivamente entre nosotros alguna que otra vez. A mediados de otoño,
cinco de nosotros, Homer, Robyn, Fi, Lee y yo, ejecutamos el más atrevido de nuestros
ataques. Incendiamos con combustible un grupo de casas en las que el enemigo
había montado un cuartel general. Habíamos jugado bien las cartas y habíamos
provocado una explosión que habría llegado al once en la escala de Richter. No
apareció la nube con forma de seta, pero sí todo lo demás.
Fue bastante espectacular, aunque no fuimos
del todo conscientes de lo que habíamos hecho hasta más adelante. Habíamos
echado a correr hacia la zona montañosa en la que nos escondíamos, después de
desviarnos solo un momento para proveernos de más comida, y habíamos
descubierto el cadáver de nuestro amigo Chris. Nos lo habíamos llevado para
enterrarlo en nuestro santuario, la abrupta caldera de rocas y árboles que
recibía el nombre de Infierno. Y allí habíamos permanecido durante semanas.
Paulatinamente, la ferocidad con la que los soldados rastreaban para
encontrarnos había hecho que tomáramos conciencia de cuántos puestos habíamos
ascendido en la lista de criminales más buscados. Nos asustaba lo agresiva que
era la redada. Como no nos llegaban noticias (salvo los escasos boletines
informativos que escuchábamos procedentes de otros países), no teníamos forma
de descubrir a quién habíamos matado ni qué habíamos destruido. Pero saltaba a
la vista que corríamos más peligro que un perro en una mezquita.
Cuando las tareas de busca y captura se apaciguaron y los
helicópteros de caza volvieron a sus hangares, nosotros también nos calmamos un
poco. Aun así, no teníamos prisa por volver a dar un golpe. Nos quedamos en el
refugio entre los árboles unas cuantas semanas más. Como teníamos comida en
abundancia (aunque no demasiada variedad), holgazaneábamos y comíamos y
dormíamos y hablábamos, y teníamos pesadillas y nos sobresaltábamos y
llorábamos y nos levantábamos de un brinco temblando al oír un roce repentino
entre los arbustos. La situación afectó a cada uno de una manera distinta. A
Lee le entró un tic nervioso, que se agudizaba por la noche: sin querer, subía
la parte derecha de la boca hacia el ojo cada vez que hablaba. Y cuando
hacíamos el amor, aunque decía que se divertía y que cuando empezábamos a
tocarnos estaba muy excitado, su cuerpo no hacía lo que él quería que hiciera.
Lo que yo quería que hiciera. Lo que ambos queríamos que hiciera.
Robyn dejó de comer y de dormir. Siempre había estado rellenita,
sanota, pero ahora la veía cada día más flaca, escuálida: ese tipo de
delgadez fea que siempre me ha dado grima en
mis amigas. «Tú crees que tienes problemas», me dijo una vez cuando me puse
histérica porque no podía abrir una lata. «Yo soy una insomne paranoica y
anoréxica».
Era una de las pocas bromas que hacíamos. Aunque no era muy
graciosa.
Homer se hundió en una depresión y se pasó días sin dirigir una
palabra a nadie. Se dedicaba a pasar las horas muertas sentado en una piedra,
mirando la Costura del Sastre, y creo que el único momento en el que utilizó la
voz fue para gritar durante un ataque de histeria. Su temperamento, que siempre
había sido irritable, ahora estaba desbocado. En las discusiones yo solía ponerme
a la altura de Homer y respondía a sus gritos con otro grito, pero desde hacía
unas semanas, optaba por unirme al resto y fundirme con el paisaje cuando él
explotaba.
Por mi parte, hacía un poco de cada una de esas cosas, y algunas
más. Mi especialidad era tener flashbacks tan realistas que estaba
segura de que eran reales. Olía algo y eso despertaba el recuerdo, por ejemplo.
Un trocito de plástico en la hoguera que encendíamos por la noche y al instante
estaba de vuelta en Buttercup Lane y revivía el día en que habíamos puesto
clavos en la carretera y el aire había empezado a apestar a goma quemada al
frenar los camiones enemigos y precipitarse unos contra otros chirriando. Era
como tener pesadillas, pero estaba despierta. El sudor me bajaba tan rápido por
la cara que me escocían los ojos; luego empezaba a jadear y me faltaba el
aliento, como si tuviera un ataque de ansiedad. Huelga decir que también tenía
pesadillas cuando dormía, hasta el punto de que me empezó a darme miedo cerrar
los ojos para dormir. Hace mucho que no duermo a pierna suelta, y ni siquiera
puedo imaginarme que algún día vuelva a conseguirlo, pero sueño con eso (sueño
despierta, quiero decir) y lo deseo con todas mis fuerzas.
La que mejor supo lidiar con todo en ese momento fue Fi. Fi tenía
una constitución tan fina y delicada que parecía un saltamontes. Todo su cuerpo
eran piernas. A lo mejor por eso siempre había pensado que
era frágil, quebradiza, que necesitaba
protección. Pero poseía una fuerza que jamás hubiera imaginado. No sé de dónde
la sacó, o dónde la almacenaba. ¿Cuánto corazón era capaz de albergar esa caja
torácica tan pequeña? ¿Hasta dónde resistiría ese cuerpo de madera de balsa? No
es que no tuviera sentimientos. Al contrario, Fi siempre había sido súper
sensible. Parecía tan tensa como un violín: el menor roce la hacía vibrar. Pero
las barbaridades que habíamos hecho no la corroían por dentro como a todos los
demás. Se elevaba por encima de esas cosas. Uno de los motivos tal vez fuera
que estaba convencida de que hacíamos lo correcto. Estaba orgullosa de lo que
habíamos hecho. Yo también sentía orgullo algunas veces pero, a decir verdad,
no sabía si debía sentirme orgullosa o avergonzada.
Por tanto, cuando volvimos a oír la llamada a la acción,
respondimos al instante. Puede que respondiéramos como robots, programados para
matar y destruir, pero respondimos.
2
DURANTE tres semanas no nos había sobrevolado otro avión. Las
avispas y abejorros que merodeaban la zona zumbando con fastidio mientras
esperaban a que nos pusiéramos al descubierto habían vuelto a sus avisperos. A
lo mejor pensaban que nos habíamos marchado del distrito. Tal vez sospechasen
que vivíamos en esas montañas, pero no podían estar seguros; e incluso si lo
sabían a ciencia cierta, no podían conocer nuestra ubicación exacta.
Unos días después de que se esfumasen, empezamos a relajarnos un
poco; intuíamos que se habían rendido.
Lee fue el primero en comentar que debíamos actuar de nuevo. Si no
lo hubiera dicho él, lo habría dicho otro. Yo empezaba a barajar algunas ideas,
pues me sentía un poco culpable de estar ahí sentada tanto tiempo sin hacer
nada. Por un lado, teníamos miedo a actuar; por otro lado, teníamos miedo a
quedarnos inmóviles. Los dos miedos luchaban continuamente. Pero Lee quería que
saliéramos de las inmediaciones de Wirrawee, para llegar a la bahía de Cobbler.
La idea era aterradora y muy arriesgada.
La bahía de Cobbler era un puerto magnífico, pero en tiempos de
paz no solían atracar allí los barcos grandes porque estaba demasiado alejado
de la ciudad. Las embarcaciones que más partido le sacaban eran barcas de
pescadores, los barcos de turistas y los yates que buscaban refugio para un par
de noches. Pero el enemigo lo había empleado sin descanso desde la invasión.
Habían dañado tanto los puertos principales, que el de Cobbler había pasado a
ser uno de los más importantes. Con frecuencia se veían convoyes que ocupaban
la carretera, no hacían más que entrar y salir de la bahía de Cobbler cargados
de tropas, víveres y armamento.
Nuestro grupo había destruido el puente del río Heron, en
Wirrawee, gracias a lo cual habíamos obligado a esos convoyes a dar un rodeo
larguísimo, y también habíamos atacado un convoy enemigo
en Buttercup Lane. Ahora Lee proponía que nos
concentrásemos en el origen de esos convoyes.
—Pero ¿y qué hacemos una vez allí? —preguntó Fi.
—No lo sé. Ya se nos ocurrirá algo sobre la marcha. Más o menos es
lo que hemos hecho hasta ahora, ¿no?
—Hemos tenido mucha suerte.
—No todo ha sido suerte —dije, aunque yo también creía en el azar.
Por lo menos, algunas veces—. No os olvidéis de que somos agentes libres y
podemos hacer lo que queramos, cuando queramos. Eso nos da ventaja. Lo único
que pueden hacer ellos es suponer qué podríamos hacer, o reaccionar después de
ver nuestros movimientos. Es como si..., no sé, como si ellos tuvieran que
seguir unas normas y nosotros no. Ellos están limitados y nosotros no.
Imaginaos que jugáis al jockey y un equipo cumple las normas y el otro equipo
hace lo que le viene en gana. Aquí pasa algo parecido. Nosotros podemos coger
la pelota y lanzárnosla entre nosotros, o podemos darles bastonazos con los
palos de jockey en las espinillas, y hasta que no hagamos una cosa u otra,
ellos no pueden reaccionar.
—Sí —dijo Homer pensativo—. Nunca se me hubiera ocurrido. Pero
tienes razón, sí. Si nos decidimos a dar el golpe en Cobbler, tenemos que ser
tan radicales como podamos. Totalmente impredecibles. Tenemos que aprovechar al
máximo esa ventaja de la que habla Ellie.
—Entonces, ¿vamos a atacar el puerto de Cobbler? —preguntó Robyn
en voz baja.
Se produjo una pausa; todos esperábamos a que otro se mojara el
primero. Al final, oí mi propia voz: —Es un buen sitio para ir de vacaciones.
No sé por qué a veces hablo como si fuera una heroína. Será culpa
de la presión del grupo. Jamás de los jamases me siento como una heroína. Pero
creo que todos estábamos de acuerdo en ir a echar un vistazo a Cobbler. Ninguno
de nosotros habría podido aguantar mucho más tiempo encerrado en el Infierno, y
a nadie se le ocurrió una idea mejor.
Nos pusimos en marcha dos días más tarde. Era
domingo por la mañana, o eso opinaba yo; cada uno tenía su propia teoría acerca
del tiempo.
Llevábamos unas mochilas enormes. No sabía hasta qué punto habrían
colonizado el distrito mientras estábamos escondidos en el Infierno. Teniendo
en cuenta lo rápido que había sido el ataque, nos mentalizamos para lo peor.
Así pues, nos llevamos un montón de provisiones. Como era invierno, casi todo
eran prendas de abrigo: jerséis, guantes, pasamontañas, calcetines de lana.
Cogimos los sacos de dormir, pero no teníamos tiendas de campaña; nos habíamos
quedado sin ellas cuando las habíamos perdido en el valle del Holloway.
Confiábamos en poder refugiarnos en algún cobertizo o en una cueva. Lo que sí
que cargamos fue una montaña de comida, pues ignorábamos si podríamos rapiñar o
robar por el camino.
—¡Robar! —había exclamado Homer muy enfadado al oírme utilizar esa
pa1abra—. Estamos en nuestro país. Robar es lo que han hecho ellos; nosotros no
robamos.
Nuestra prioridad antes de marcharnos fue asegurarnos el sustento
de las gallinas. Improvisamos un comedero y lo llenamos hasta el borde. Con eso
tendrían comida para varias semanas, pero el problema era el agua. Al final lo
solucionamos reconstruyendo el corral en el que las teníamos encerradas para
que el arroyo quedara en un rincón del precario recinto.
—Pensamiento lateral —dijo Robyn muy orgullosa.
Había sido idea suya y se había encargado de ponerla en práctica.
Saltaba a la vista que las gallinas estaban encantadas. Cacareaban tan
tranquilas por el corral y murmuraban mientras exploraban su nuevo territorio.
Nos marchamos a las diez de la mañana. Lo último que hice, justo
después de desayunar, fue montar un ramito con hojas y hierbajos (en esa
estación no había flores) para dejarlo en la tumba de Chris. No me sorprendió
ver que alguien se me había adelantado y había dejado una flor de madera
tallada con torpeza. Habría podido dejarla cualquiera: Homer, Fi, Lee, Robyn...
Cualquiera de ellos habría
podido hacerlo.
Llevar tantas semanas escondidos, además de las depresiones que
habíamos sufrido, nos había dejado exhaustos. Parecía que el peso de las
mochilas se había duplicado antes de llegar al primero de los gigantescos
escalones de roca que debíamos salvar para salir del Infierno. Por lo menos
teníamos al clima de nuestra parte. Hacía frío pero no llovía; era un día
húmedo de invierno y el vaho que desprendíamos al respirar hacía que
pareciésemos fumadores empedernidos. Me encantaba exhalar nubecitas blancas y
ver cómo se evaporaban. Sobre nosotros no había más que nubes, el cielo estaba
gris y encapotado. Bastaba mirarlo para saber que haría frío todo el día y no
veríamos ni un rayo de sol. Pero encajaba con nuestros propósitos; no tenía de
qué quejarme.
Al llegar a la cima descansamos un rato, furiosos y decepcionados
por lo mucho que nos había costado ascender.
—Es por las mochi1as —dijo Fi—. Nunca habíamos salido tan cargados
del Infierno.
—Es por cómo vivíamos antes —dijo Homer—. Nos pasábamos la tarde
viendo la tele en el sofá. Sabía que algún día nos pasaría factura.
Anduvimos por la Costura del Sastre. Muchos de los accidentes de
geográficos del distrito de Wirrawee debían su nombre a antiguos oficios: la
bahía de Cobbler (también llamada «bahía del Zapatero»), la Costura del Sastre,
una colina que llamábamos la Marca del Cervecero, una formación rocosa
denominada el Viejo Herrero. Mantuvimos los ojos bien abiertos y los oídos muy
atentos por si descubríamos aviones, pero no apareció ninguno. Cuando habíamos
recorrido la mitad del camino hacia el monte Martin, nos desviamos a la
izquierda y bajamos por un antiguo sendero de montaña que nos condujo al valle.
Luego anduvimos hasta llegar al Land Rover, que habíamos escondido entre unos
arbustos altos en la parte superior de la cordillera. Todos estuvimos de
acuerdo en que sería demasiado peligroso utilizarlo hasta saber qué íbamos a
encontrar en los alrededores de Wirrawee. Pero, por lo menos, a partir de ahí
el camino era en bajada.
La primera propiedad a la que llegamos fue la
mía. Como nos acercamos a ella desde la carretera del Sastre, los árboles nos
protegieron del enemigo hasta quedar a aproximadamente un kilómetro de la casa.
Para entonces era media tarde. Al llegar al borde de la línea arbolada, indiqué
a los demás que se detuvieran mientras yo avanzaba con sigilo para buscar un
buen punto de observación. Encontré un gigantesco árbol de caucho viejo y me
agazapé en él. Era perfecto, salvo por el enjambre de abejas que pululaban para
entrar y salir de un agujero grande que había en el tronco, unos treinta
centímetros por encima de mi cabeza. No las había visto al elegir el árbol.
Pero en el mismo instante en que me fijé en ellas, también percibí un
movimiento en el cercado que llamamos Bailey’s, así que me olvidé de inmediato
de las abejas.
Por primera vez desde la invasión vi intrusos en nuestras tierras.
Había un vehículo aparcado junto al límite de la parte oeste, y vi dos hombres
que trajinaban en la propia valla. Uno de los pinos que había plantado mi
abuela hacía muchos años debía de haberse roto en una tormenta y se había
desplomado sobre la valla. Un hombre sujetaba una motosierra mientras otro
apartaba algunas de las ramas más pequeñas. Ante mi mirada, el tipo de la sierra
tiró de la cuerda y el aparato se puso en marcha y empezó a cortar el tronco.
Habría sido una escena típica de campo salvo por una cosa: el
soldado con el rifle a la espalda que observaba la acción a unos cincuenta
metros de distancia. Estaba sentado a horcajadas en una moto, con un cigarro en
la boca. Dudo que tuviera más de catorce años.
Los miré con atención unos minutos más. Por lo menos el hombre de
la motosierra parecía saber utilizarla; menos mal, porque era de las grandes.
De niños, a todos nos habían contado historias espeluznantes de gente que se
había cortado el brazo o la pierna con la motosierra. En nuestro distrito, esas
herramientas provocaban más accidentes que los tractores y las armas juntos.
Volví con los demás y les conté lo que había visto. Entre la
espesura de los árboles donde se encontraban, la motosierra sonaba como un
mosquito lejano. Pero nos impidió continuar con el plan y nos
obligó a esperar una hora o más, hasta que los
hombres terminaron de recolocar la valla. A todos nos pareció estupenda la idea
de echar una cabezada; la alternativa era zigzaguear campo a través para
rodearlos sin que nos vieran. Ninguno tenía ganas de sudar en vano.
Mientras los otros se acomodaban en el suelo y utilizaban las
mochilas de almohadón, me paseé pegada al linde del bosque para ver de cerca a
los hombres que talaban el árbol. Verlos en nuestras tierras me provocaba
sentimientos encontrados. Me entró rabia y tristeza, por supuesto, al ver
intrusos en mi casa, pero al mismo tiempo sentí alivio al saber que por lo
menos había alguien que cuidara del lugar. En nuestras expediciones anteriores,
a todos nos había impactado mucho ver lo rápido que se degeneraban las cosas.
Las vallas se desmoronaban, las ovejas estaban plagadas de moscas, los caballos
se debilitaban, los conejos y los zorros campaban a sus anchas... También las
casas daban muestras de desgate y abandono. Si la situación se prolongaba unos
cuantos años, todo el país se convertiría en una tierra asilvestrada llena de
zarzas y cardos.
Poco a poco me acerqué bastante a los hombres que cortaban el
pino. Desde allí me resultaba fácil oír lo que decían. Entonces volvieron a
apagar la motosierra y me di cuenta de que, mientras trabajaban, le tomaban el
pelo al muchacho del rifle.
—¡Eh, Wyatt! ¡Wyatt Earp! —lo llamó a gritos uno de los hombres.
—¿Qué? —oí que respondía el chico.
Su voz era mucho más aguda que la de los hombres, pero sonaba
irritada. Estaba de malas pulgas.
—Confío en que sepas lo que haces, ahí sentado debajo del árbol.
—¿Por qué lo dices?
—Bueno, a estas horas de la tarde es cuando los koalas carnívoros
están más activos.
—Tiene razón —dijo el otro hombre—. Esta zona está plagada de
koalas, sí, sí.
—Yo no me sentaría en ese árbol ni por un millón de dólares —dijo
el primer hombre.
—Lo que hacen esos koalas kamizakes es una
salvajada. Una vez vi que le arrancaban la cara de un zarpazo a un tío. Con
esas garras, joder, te harían picadillo.
—Y es imposible saber cuándo se te acerca uno.
—Es verdad.
—¿Y qué son los koalas carnívoros? —preguntó el chico.
Di un pequeño rodeo para colocarme un sitio desde el que pudiera
verle la cara. Jugueteaba con los dedos muy ansioso, pero intentaba parecer
tranquilo.
—¿No sabes lo que son los koalas carnívoros? Por el amor de Dios,
¿se puede saber qué os enseñan? Vaya tela, lo mandan a un sitio como este y no
le dicen siquiera lo que son los koalas carnívoros.
—Pero te han hablado de los tiburones, ¿no? —preguntó el segundo
hombre.
—Sí, los tiburones.
—¿Y de los cocodrilos?
—Sí, los cocodrilos.
—¿Y de las serpientes de aro?
El chico dudó un momento.
—Sí, las serpientes da aro —contestó al cabo de unos segundos.
—Bueno, pues deja que te diga una cosa, chaval: preferiría
enfrentarme quince veces a un cocodrilo a que un koala carnívoro me aterrizara
en la cabeza.
—Pero ¿qué son los koalas carnívoros? —volvió a preguntar el
muchacho.
Ahora se le notaba increíblemente nervioso. Se inclinó hacia
delante sobre la moto y su voz denotó una alerta creciente. Los hombres dejaron
de trabajar y lo miraron a la cara antes de decir: —Chaval —dijo el primero con
suma seriedad—, no es asunto mío si uno de esos bichos salta del árbol y
terminas con un koala carnívoro por sombrero, pero si quieres conservar esa
cara bonita pegada a la cabeza, te recomendaría que salieras de ahí debajo.
El joven soldado miró a su alrededor muy incómodo, luego escudriñó
entre las ramas. Al final dijo: —Bueno, ya basta. Nos vamos.
—Muy bien, lo que tú digas —contestó el primer
hombre—. Tú mandas. Aunque todavía es pronto para largarnos. —Y añadió en voz
baja mirando a su compañero—: Supongo que no quiere perder la cara.
Ambos soltaron una risita socarrona. El chico se puso como un
tomate y dijo enfadado: —Ya basta. Nos vamos.
Blandió el rifle y luego le dio al contacto de la motocicleta.
Pero perdió el equilibrio al intentar hacerlo mientras sacudía el rifle y se
cayó de costado. Se desparramó en el suelo, con la moto volcada al lado. Los
hombres se limitaron a intercambiar sonrisas y caminaron como si tal cosa hacia
el vehículo. Se metieron en el coche y encendieron el motor mientras el chico,
humillado, forcejeaba con el contacto de la moto. Para cuando por fin la
encendió, el coche ya le llevaba cien metros de ventaja y avanzaba lentamente
entre los baches del sendero hacia la puerta de la propiedad. Corrí hacia mis
amigos con una sonrisa en los labios. No les había costado mucho asustar a ese
cagueta.
3
LA sonrisa no me duró mucho. Mientras avanzábamos con cautela de
una propiedad a otra, nos impactó ver la rapidez con la que se habían movido
los invasores. Una plaga de colonizadores azotaba los campos.
—¿Sabéis cómo creo que deben de sentirse? —preguntó Homer—. Debe
de ser como en los viejos tiempos, cuando llegaron los blancos y lo único que
vieron fue un país gigantesco en el que no había nadie que les importara.
Total, que después de vivir apretujados en las ciudades o en granjas de diez
hectáreas en Inglaterra, de pronto vieron que podían expandirse y agenciarse
cada uno miles de kilómetros cuadrados. ¿Os acordáis de aquel tema que dimos en
historia: la ocupación territorial en el siglo XIX? Bueno, pues un par de
siglos más tarde, la historia se repite.
Todos los demás guardamos silencio; un silencio decaído y
pesimista.
Tardamos unos cuantos días en averiguar cómo estaban organizadas
las cosas. Por lo que habíamos observado, había dos o tres familias instaladas
en cada granja. Además, algunas propiedades tenían minicampos de prisioneros,
con treinta o cuarenta personas a quienes sometían a trabajos forzados en esa
zona concreta. Los encerraban por las noches en cobertizos, en cabañas para
esquiladores o en chozas de labriegos, lo que tuvieran más a mano. La mayoría
de estos campos de prisioneros estaban vigilados por las noches por cuatro
centinelas, uno apostado en cada esquina, y recibían la iluminación de unos
reflectores improvisados. No les habría costado mucho escaparse de allí, pero
supongo que el problema para la mayoría de los prisioneros era no saber adónde
ir después de fugarse. No todo el mundo tenía un refugio tan estratégico como
el Infierno, con montones de comida y otras provisiones. La invasión nos había
pillado allí por pura casualidad. Aunque seguía sin estar segura de si
esa casualidad era un indicio de buena o de
mala suerte.
Lo raro fue que no reconocimos a ninguno de los prisioneros. Tras
espiarlos desde distintas atalayas, llegamos a la conclusión de que casi todos
debían de ser granjeros con experiencia: conducían al ganado con seguridad y
manejaban las herramientas con destreza. Incluso los vimos esquilando ovejas en
un par de granjas. Pero no reconocimos a nadie, así que no nos arriesgamos a
hablar con aquellos desconocidos. Posiblemente nos hubiera subido el ánimo,
pero implicaba un riesgo demasiado alto.
Tal vez eso, más que cualquier otra cosa, indicaba cuánto habíamos
cambiado. Nos habíamos endurecido hasta tal punto que preferíamos no preguntar
por el bienestar de nuestras familias si eso entrañaba la posibilidad de
ponernos en peligro. Si hace seis meses alguien me hubiera dicho en qué tipo de
persona iba a convertirme... Por supuesto, lo más probable era que esos
prisioneros, que suponíamos que eran de otra zona del país, no conocieran
siquiera a nuestros padres, pero en otros tiempos les habríamos preguntado
igualmente por si acaso.
El tercer día llegamos al límite del distrito de Wirrawee y
anduvimos por un terreno paupérrimo y lleno de maleza que había entre Wirrawee
y Fletcher East. Movernos por esa zona abandonada nos permitió avanzar mucho.
Allí no había nada que atrajera a los colonizadores, salvo loros, cacatúas
rosadas y canguros. Y un equidna, una especie de erizo al que estuve a punto de
pisar mientras escarbaba entre el barro para cavar un túnel hasta el centro de
la tierra. De vez en cuando vislumbrábamos granjas y el camino asfaltado lleno
de socavones que zigzagueaba por el valle como una serpiente despistada. Cerca
de la hora de comer, vimos algo a lo que ya nos habíamos acostumbrado: un grupo
de prisioneros trabajando con un par de centinelas. Tardamos un rato en
adivinar qué hacían. Uno de ellos conducía una pala cargadora, con la que había
cavado un foso profundo; los demás transportaban carretillas cargadas hasta el
foso desde un edificio grande y bajo de ladrillos que quedaba a unos cien
metros. Como teníamos hambre, nos detuvimos y tomamos nuestras
escasas provisiones mientras los veíamos
trabajar con ahínco.
Al cabo de un par de minutos, Homer dijo de repente:
—Ya lo tengo.
—¿El qué?
—Ya sé qué hacen.
Apreté mis dos galletas Ryvitas para que la pasta de Vegemite
saliera por los agujeros formando gusanitos negros —Venga, dínoslo: ¿qué hacen?
—Eso de ahí es una porqueriza, y han cavado una fosa para enterrar
a los cerdos muertos. O lo que queda de ellos.
—Qué lindo. —Achiné los ojos y miré con más atención—. Sí, puede
que tengas razón.
Intenté no pensar en el hedor que podía emanar de una granja de
cerdos abandonada. Y no me atraía nada el aspecto de las Ryvitas.
—¡Ay! —dijo Fi, tan compasiva como siempre—. ¿Te refieres a que se
han muerto de hambre ahí encerrados? Pobres animales... Qué horror.
—No creo que los últimos se murieran de hambre —dijo Homer con
crueldad.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Fi, sin percatarse del tono de voz
de Homer.
—No preguntes —le dije demasiado tarde.
—Porque, con la desesperación, seguro que se comieron a los demás
—contestó Homer.
—¡Ah! —exclamó Fi escandalizada.
—Qué bien nos va a sentar la comida —dijo Lee.
—Menos mal que no teníamos bocadillos de jamón —espetó Robyn.
—¿Son caníbales? —preguntó Fi.
—No exactamente —respondió Homer—. Lo que pasa es que se lo comen
todo. No les importaría comerse a los ganaderos que los cuidan. Había un tipo
en Peppertown con el que no saben qué paso. Pero creen que se desmayó mientras
daba de comer a los cerdos. Bueno, el caso es que para cuando lo encontraron...
en fin, que no lo
encontraron. No sé si me entendéis.
—Puaj —dijo Fi—. Siempre cuentas histonas de lo más desagradables,
Homer.
—Las ratas se comen unas a otras —dijo Lee—. Si metes demasiadas
juntas en una misma jaula, por ejemplo.
—Igual que los humanos —dijo Robyn.
A lo largo de esa conversación me había dedicado a observar a los
prisioneros que iban y venían de la porqueriza. Entonces dejé de comer de
repente, cuando estaba a punto de llevarme una Ryvita a la boca. Y no fue por
la conversación que tenían mis amigos.
—Ese tío que acaba de salir... —les dije con impaciencia—. El que
lleva el cepillo. Decidme que estoy soñando.
Todos miraron, con los ojos como platos.
Homer se puso de pie de un brinco y tiró al barro la media galleta
que le quedaba.
—No estás soñando —dijo.
—Claro que no —corroboró Robyn. Hablaba como si estuviera
hipnotizada.
—Dios mío, no me lo puedo creer —dijo Fi.
Lee era el que peor veía de los cinco, así que fue el único que
tuvo que preguntar para asegurarse.
—¿Os referís a... queréis decir que... creéis que es Kevin?
—No lo creo, lo sé. Es Kevin. Puedes apostar tus preciosas
posaderas.
Todos aguzamos la vista en una especie de trance. No sé en qué
pensaban los demás, pero yo pensaba en la última vez que había visto a Kevin,
al volante del precioso Mercedes familiar que nos habíamos agenciado. No
esperábamos tener que usarlo de ambulancia, pero esa era la función que había
tenido al final. La noche en que mi mejor amiga Corrie recibió un tiro en la
espalda, disparado por un soldado al que no llegó a ver, Kevin la llevó en
coche a Wirrawee, al hospital. Ese hospital (de hecho, el pueblo entero) estaba
ocupado por el enemigo, pero eso no lo detuvo. No teníamos apenas pistas de lo que
les había ocurrido desde entonces. Solo sabíamos que Corrie estaba
hospitalizada, inconsciente, mientras que
Kevin estaba preso en el recinto ferial. También nos enteramos de que los
soldados le habían dado una paliza por presentarse con alguien que tenía una
herida de bala. Supongo que los soldados sacaron las peores conclusiones.
Incluso puede que pensaran que Kevin y Corrie habían tenido que ver con la
destrucción del puente de Wirrawee, el puente que habíamos volado los demás la
noche anterior.
—¿Por qué ha dicho lo de mis «preciosas posaderas»? ¿Qué
significa? —preguntó Lee, con lo que me sacó del torrente de recuerdos.
—¿Eh? De verdad, Lee... Si quieres, te digo lo que no significa.
—Kevin —dijo Robyn en un susurro—. Es un milagro.
No iba a llevarle la contraria. Me emocioné muchísimo al verlo.
Notaba cómo mis ojos crecían por momentos de tanto mirarlo. Desde lejos parecía
estar bien, y se movía con agilidad. Siempre había sido un chico grandón y
fuerte, y aunque saltaba a la vista que había adelgazado, no tenía mal aspecto.
Por lo menos, no tan malo como en mis pesadillas. Lo miramos con suma atención
mientras dejaba el cepillo en la parte posterior de una ranchera Holden y cogía
una pala. Entonces levantó la cabeza y barrió el paisaje con la mirada, como si
buscara algo. Incluso alzó la vista al cielo unos segundos. No podíamos salir a
hablar con él (era demasiado arriesgado) pero supe que nos quedaríamos en ese
punto un buen rato.
Pasamos la tarde observando. Los trabajadores se marcharon alrededor
de las cinco. En Wirrawee ya nos habíamos dado cuenta de que este ejército
seguía un horario de oficina. O a lo mejor era que los centinelas empezaban a
temer el ataque de los koalas carnívoros. Los prisioneros se aproximaron
cabizbajos y sin orden ni concierto hacia los almacenes de la granja, que
distinguimos después de avanzar un poco. Los edificios quedaban a casi un
kilómetro de distancia. Los siguieron los soldados, uno conduciendo la ranchera
y otro de pie en la parte abierta. Como la mayoría de los centinelas que
habíamos visto últimamente, no había empuñado el rifle: lo llevaba colgando del
hombro.
Los cinco nos desplazábamos en paralelo al
grupo de prisioneros, pero bien escondidos entre los árboles. Esos días no
llevábamos nada metálico, para evitar que el reflejo del sol nos delatara.
Avanzábamos con suma precaución. De todas formas, no nos costaba seguirlos: se
notaba que no tenían prisa y era evidente adónde se dirigían.
No sé cómo se llamaba la propiedad (no conocíamos la zona) pero
saltaba a la vista que era una de las más antiguas; era probable que la
hubieran fundado en la década de 1860, cuando se había hecho el reparto de la
mayor parte del terreno de Wirrawee y Fletcher. De hecho, el clan de los
Fletcher había sido el que más territorio se había adjudicado, pero sabía que
no estábamos en su propiedad. Una vez nos habían llevado de excursión con el
colegio a su casa: era una inmensa mansión antigua de piedra arenisca que ahora
pertenecía al Fondo Nacional.
Los prisioneros se dirigían a una granja de piedra de una sola
planta rodeada de montones de edificios anexos. Había seis palmeras altas
alrededor de la casa y un mástil blanco para la bandera delante. Detrás de la
casa, a cierta distancia, se veía una gran extensión de agua: un lago,
probablemente natural, en el que el río se había expandido cubriendo un par de
hectáreas. La vista era preciosa con las nubes de invierno de un negro violáceo
apiñadas en lo alto. Seguro que había sido un hogar fabuloso para distintas
familias a lo largo de los años. Ahora se había convertido en el hogar de otro
grupo de personas: distinguimos a los colonos moviéndose por la casa o mirando
los frutos del huerto; también vimos a un par de niños dando puntapiés a un
balón. Qué vida tan fácil tienen, pensé con amargura. No tienen que esforzarse
ni colaborar en nada. A lo mejor no tienen que trabajar nunca.
Era evidente que les sobraban sirvientes entre
los que elegir. El grupo de Kevin tenía ocho miembros y todos parecían en
forma, por lo menos desde lejos. Flacos, pero en forma. Observamos cómo se
desviaban hacia el sur al acercarse al mástil de la bandera. Continuaron por un
sendero lateral hasta llegar a otro grupito de edificios viejos, un puñado de
cabañas y cobertizos destartalados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario