Desaparecieron en ellos;
el vehículo llegó a continuación y los dos
centinelas se bajaron. Uno permaneció junto a la fachada delantera de los
cobertizos; el otro fue a la parte posterior. Se quedaron a unos cien metros de
distancia, con el fin de tener buena visibilidad y poder disparar si alguno de
los presos intentaba fugarse. Dos soldados bastaban para vigilar el recinto.
Diez minutos más tarde, una furgoneta de bomberos de la marca
Commer se dirigió a los mismos edificios. La conducían dos centinelas con
sendas escopetas a la espalda. Cuatro prisioneros se bajaron del furgón y
entraron a toda prisa en las cabañas. Los centinelas recién llegados
intercambiaron algunas palabras con el compañero de la entrada y después
anduvieron hacia la casa principal. Media hora más tarde volvieron a aparecer y
relevaron a los dos hombres que estaban de guardia.
Estábamos muy agitados por las cosas que habíamos visto. Nos
moríamos de ganas de hablar con Kevin. Queríamos contarle todo lo que nos había
ocurrido y que nos contara todo lo que le había pasado a él. Confiábamos en que
pudiera darnos información sobre todas las personas que conocíamos, no solo
sobre nuestras familias, sino también sobre nuestros amigos, y en especial,
sobre Corrie. Y, por encima de todo, queríamos que se uniera a nosotros de
nuevo. Nuestro grupo nunca podría volver a estar completo, debido a la muerte
de Chris, pero tener a Kevin a nuestro lado sería fantástico. Algunas veces me
sacaba de quicio, pero con la emoción del momento se me habían olvidado esas
cosas. Además, seguro que yo también le había sacado de quicio más de una vez.
Al principio pensamos que nos resultaría fácil acercarnos a él. La
seguridad parecía escasa en comparación con la que habíamos tenido que burlar
en otras ocasiones. Pero mientras esperábamos y esperábamos durante toda la
noche a ver si surgía la oportunidad de actuar, empezamos a convencernos de que
tampoco sería coser y cantar. Solo había dos centinelas, pero estaban
despejadísimos. A medianoche hicieron el relevo otros dos igual de atentos.
Después de pasar allí una noche gélida, tuvimos que darnos por vencidos, y al
ver aproximarse el alba, nos escabullimos entre los árboles para buscar un
lugar seguro en el que dormir.
Nos dimos cuenta de que tendríamos que mover los hilos. Lee apenas
echó una cabezada y volvió al límite del bosque para espiar dónde iban las
partidas de trabajo. Los siguió hasta una presa que había en un campo lejano, y
regresó para contarnos que estaban reparando el muro de contención: era un
embalse de barro de construcción reciente que no parecía demasiado compacto.
Los dejamos trabajando y pasamos un día eterno en el frío monte, a la espera de
que regresaran al campamento.
Por supuesto, nuestro primer objetivo era que Kevin supiese que
estábamos por allí. De nuevo, nos pareció que sería fácil. Alrededor de las
cinco y media vimos aparecer a los prisioneros arrastrando los pies, pero esta
vez, en lugar de seguir el sendero que conducía a los edificios viejos en los
que vivían, tomaron otro camino que rodeaba el lago. Gracias a eso se
aproximaron mucho a nosotros, así que los seguimos, sin salir de la protección
del bosque. Al cabo de un cuarto de hora, llegaron a un ángulo muerto que no se
veía desde la casa principal, y en ese momento se detuvo el vehículo que los
acompañaba, del que bajaron los guardias.
—Aquí sí —oí que decía uno de ellos.
Los vigilantes se apoyaron cómodamente contra el coche y sacaron
tabaco. Se reían mientras miraban a los prisioneros. Los prisioneros también se
reían y hacían algún que otro comentario, pero no logré entender qué decían. Al
instante, noté cómo me ruborizaba un poco al darme cuenta de lo que iban a
hacer.
—Ay, madre —dijo Fi a mi lado, entre risitas.
Acababa de caer en la cuenta de lo que estaba pasando. La miré de
reojo. Si yo estaba sonrojada, ella estaba roja como un pimiento. La mitad de
los hombres ya se habían bajado los pantalones. Las prendas de ropa caían como
pétalos de rosa y la piel rosada surgía por todas partes. Aunque no tan rosada
como la de Fi o la mía... No me atrevía a mirar a Kevin; sabía que si llegaba a
verlo así, no sería capaz de volver a mirarlo a la cara en mi vida.
Es decir, me daría mucha vergüenza encontrármelo cara a cara.
A mi espalda oí a Robyn soltando risitas y a
Homer y a Lee, que exclamaban indignados para reírse de nosotras: —¡Huy, esto
es para mayores de dieciocho! —susurró Homer—. Tapaos los ojos.
Pasamos de él mientras una variedad de formas masculinas de todos
los tamaños se revelaban de repente ante nosotras. Fue muy entretenido. Y
entonces empezamos a ver montones de culos blancos y los hombres echaron a
correr hacia el lago, chillando y mascullando ante el contraste con el agua
fría. Algunos no tardaron ni treinta segundos en salir, después de salpicarse a
toda prisa con agua para lavarse; otros metieron la cabeza sin miedo. Los
guardianes les tiraron una pastilla de jabón al agua, para alegría de unos
cuantos hombres, que empezaron a pasársela como si fuera una pelota. Pero
ninguno se quedó en remojo más de diez minutos.
Nos alegramos de ver que, a pesar de todo lo que había ocurrido,
todavía tenían ganas de reír.
No había toallas. Tuvieron que utilizar su propia ropa para
secarse. Me dio pena verlos: odio vestirme con la ropa mojada. La pastilla de
jabón con la que habían empezado el partido de fútbol en el agua fue sustituida
por un zapato una vez en tierra firme. Jugar era una buena manera de volver a
entrar en calor. Entonces, flotando por el aire, nos llegó la pregunta que uno
de los hombres dirigió al guardia: —¿Podemos volver corriendo? Es para entrar
en calor.
El vigilante miró a su compañero y luego volvió a mirar al
prisionero.
—¿Cuántos?
El prisionero se dirigió a los otros y gritó:
—¿Quién quiere volver corriendo a la granja?
Cuatro manos se agitaron en el aire. Una de ellas era la de Kevin.
—A toda pastilla —susurró Homer.
No hizo falta que nos lo dijera dos veces. Empezamos a retroceder,
zigzagueando entre la maleza. Una vez que dejamos atrás el lago, giramos y
empezamos a esprintar como flechas hacia la casa y los cobertizos en los que
vivían los prisioneros. Robyn iba la primera. No era la más rápida en las
distancias cortas, pero tenía resistencia. Yo
le seguía bastante bien el ritmo, y después
iban Fi, Lee y por último Homer, que pesaba demasiado para correr distancias
largas. Robyn marcaba un ritmo increíbley aun así, cuando empezamos ver los
edificios, ni siquiera le faltaba el aliento. Estaba recuperando la forma
física más rápido que yo.
Se detuvo en una zarzamora grande que había junto a una pendiente,
y desde ahí buscamos con la mirada muy ansiosos a Kevin y al resto.
—Ahí están —dijo Fi en cuanto nos alcanzó.
Yo también los vi. Bajaron el ritmo al aproximarse al cobertizo:
tres de ellos siguieron trotando y los otros dos, Kevin y otro, empezaron a
caminar. Un momento después se perdieron entre los edificios viejos.
—Vamos allá —dijo Homer entre jadeos—. A lo mejor no volvemos a
tener una oportunidad tan buena hasta dentro de mil años.
—Pero no todos —dije.
—Ve tú —contestó Robyn—. Con Lee.
Los demás no dijeron nada, así que imaginé que estaban de acuerdo
y, después de mirar con ansiedad hacia el lago, cogí impulso y eché a correr
hacia los almacenes, empleándolos de parapeto para esconderme de quienes
pudieran estar en la casa principal. Nos colamos por un hueco que había entre
una nave de acero galvanizado y un aparcamiento descubierto, y luego nos
paramos con el miedo impregnado en la garganta, igual de agitados que los
perros de labranza cuando ven acercarse a su amo. Estábamos en un patio pequeño
y descuidado, con flores silvestres y lavanda crecidísima alrededor de un pozo
enorme. La estructura de piedra que rodeaba el pozo estaba medio derruida, pero
seguía siendo un rincón muy bonito. Lee me agarró del brazo.
—Por aquí —susurró.
Lo seguí y me di cuenta de que mi amigo había oído voces. Corrimos
unos cuantos metros junto a un murete en ruinas y llegamos hasta una puerta
entreabierta. Oí que alguien decía: —Sí, pero sacó una media de sesenta en el
torneo de críquet de Sheffield Shield, ¿sabes?
Entonces Lee empujó la puerta para abrirla.
4
AL principio no vi a Kevin. Vi cuatro caras atónitas, cuatro pares
de ojos abiertos, cuatro bocas perplejas. Un hombre pequeño de mediana edad con
un bigotito fino rompió el silencio: —¿Quién co...?
Entonces Lee cerró la puerta y vi a Kevin, que hasta entonces
había quedado oculto por la lámina de madera.
Siempre tendré grabada la imagen del rostro de Kevin en ese
momento. Algunas veces la vida es como en las películas. Sí, esta fue una de
esas veces. Kevin hizo una de esas dobles tomas mudas típicas de las comedias,
y fue precioso. Empezó a preguntar como si tal cosa: «¿Qué te pasa?», pero no
llegó a terminar el «pasa». Se quedó boquiabierto y con los ojos saltones, como
si fueran a salírsele de las cuencas. Su boca intentaba formar otra palabra
pero el labio inferior estaba descontrolado y no dejaba de temblequear. El
único sonido que emitía era parecido a «ba, ba, baaaa...»
Me apresuré a abrazarlo. Se pasó un minuto inmóvil, demasiado
afectado para reaccionar, pero al final recordó cómo se daba un abrazo. Lee se
nos unió y los tres formamos una piña compacta, con los brazos de uno sobre el
cuerpo del otro, en un abrazo de grupo. En ese momento olvidé todos mis piques
con Kevin.
Después de ese cálido abrazo, eché un vistazo a los demás hombres.
Nos miraban y sonreían, pero mientras me pasaba los dedos por el pelo y me
secaba los ojos, el hombrecillo del bigote volvió a tomar la palabra: —Siento
ser un aguafiestas, chicos, pero tenéis que largaros de aquí. Pueden volver en
cualquier momento.
—¿Podemos llevarnos a Kevin? —pregunté.
De pronto se alarmaron.
—No, ni hablar —dijo otro.
—Tiene razón —añadió Kevin—. No puedo ir con vosotros.
—Pero esperábamos que... que... —dije.
—Mirad —dijo Kevin—, tenéis que marcharos. Mañana iremos a
trabajar a la pocilga. Está por...
—Sí, ya sabemos dónde.
—Vale, pues colocaos en el bosque que hay detrás, en lo alto de la
loma, a la hora de comer. Me las ingeniaré para escapar y veros unos minutos.
Entonces podremos hablar.
—De acuerdo.
Nos azuzó para que saliéramos y emprendimos la vuelta a la
carrera, pasamos por delante del pozo y del cobertizo de acero galvanizado.
Kevin salió al sendero de barro parduzco y nos hizo una señal.
—Daos prisa —dijo. Cuando pasamos junto a él me dio una palmada en
la espalda—. Cuídate, Ellie —me susurró.
Me conmovieron sus palabras. Le saludé con la mano al llegar al
linde del bosque. Entonces apareció la pequeña procesión de prisioneros que
venían del lago y Kevin se dio la vuelta de inmediato y anduvo con aire
despreocupado hacia los cobertizos.
Lee y yo nos apresuramos a reunirnos con los demás, que se morían
de ganas de saber qué había pasado. Todos estábamos alteradísimos. Creo que nos
aburríamos tanto de vernos las caras que la posibilidad de dar la bienvenida a
Kevin nos parecía magnifica a los cinco.
—¿Qué os ha dicho? ¿Podemos sacarlo? ¿Sonaba animado? ¿Qué pinta
tenía? Seguro que ha adelgazado, ¿no? ¿Qué ha dicho el resto?
Tardamos una hora en recuperar la calma y luego nos pasamos la
mitad de la noche intentando dilucidar qué podíamos hacer. Por lo menos nos
ayudó a mantener el calor: esa noche fue todavía más fría que la anterior.
Entonces, a medianoche, se puso a llover. Anduvimos agachados hasta un pajar y
nos apretujamos allí para dormir un rato, aunque eso implicaba que alguien
tenía que hacer guardia. Qué tostón. Yo hice el primer turno, pero después
tampoco pude dormir mucho. En cuanto amaneció, me levanté y me acerqué a Homer,
que estaba vigilando.
—Vete a dormir si quieres —le dije—. Estoy tan despejada que no me
importa vigilar yo.
—Yo tampoco podía dormir. Vamos a charlar.
Así, a lo mejor nos aburrimos y acabamos dormidos.
Así pues, empezamos a conversar por primera vez desde hacía mucho.
Siempre habíamos sido amigos (podría decirse que nos habíamos criado juntos)
pero durante los últimos meses me había agobiado un poco con él, de modo que
había preferido distanciarme. A veces necesitaba respirar aire puro, sin
agobios. Y cuando Homer estaba presente, no había espacio para mucho más. Era
como si últimamente no nos quedara tiempo para entablar relaciones. No, no es
que no tuviéramos tiempo: nos faltaba energía. Eso era lo que habíamos perdido.
Ahora éramos más egoístas, no me cabe duda. Antes sentía algo muy profundo
hacia Homer, pero ahora reservaba mis sentimientos más profundos para mí misma,
tenía que mantenerme en pie.
De todas formas, nos pusimos a charlar y nos dedicamos a imaginar
cómo sería nuestro mundo si alguna vez recuperábamos el país. Siempre habíamos
tenido una fe ciega en que ganaríamos la guerra. Sin embargo, desde hacía unos
días, al ver a los colonos tan asentados, tan acomodados, no nos quedaba más
remedio que reconocer que la balanza empezaba a inclinarse en nuestra contra.
Como reacción, Homer alimentó su vena bélica.
—Cuando esto termine —me dijo—, tenemos que convertir el país en
una fortaleza. Deberían enseñarnos a todos a manejar armas, a luchar. Si
alguien vuelve a intentar invadirnos, tenemos que saber reaccionar. Y si se
empeñan en arrebatarnos lo nuestro, tenemos que luchar para defender todas y
cada una de las casas, de las calles, de las hectáreas. Eso es lo que hay que
hacer.
Yo tuve la reacción contraria. Le conté a Homer mi historia
favorita: —Había una vez un pueblo cerca de un acantilado. La carretera que
conducía al pueblo era tan peligrosa que muchos coches se precipitaban por el
acantilado y se estrellaban contra las rocas del fondo. Los ocupantes siempre
salían mal parados, algunos incluso morían en el accidente. Por al final, el
pueblo consiguió que el gobierno se comprometiera a hacer algo para remediarlo.
El único problema era
que el pueblo estaba dividido en dos grupos,
las personas que querían construir una valla que rodeara el borde del
precipicio, y las personas que querían comprar una ambulancia para recoger a
quienes cayeran por el acantilado y trasladarlos al hospital.
—Oye, no tendrían que haber esperado a que el gobierno les diera
una subvención —dijo Homer, muy avispado—. Tendrían que haber buscado una solución
ellos mismos. Qué historia tan buena.
—¡Homer, por favor! Deja de hacerte el tonto, anda. Ya no estamos
en el colegio.
—¿Por qué? ¿Es que hay algo que no he pillado? ¿Qué clase de valla
querían construir?
—Muy gracioso. En mi opinión, no sirve de nada esperar que nos
invadan para luego plantearnos hacer algo al respecto. Lo que tenemos que hacer
es ayudar a otros países a vivir mejor, más desahogados, para que no sientan la
necesidad de venir corriendo a instalarse aquí.
—Es más fácil decirlo que hacerlo.
—¿Cómo lo sabes? Nunca lo hemos intentado de verdad. Bueno, es
igual, no serviría de nada intentar convertir el país en una fortaleza. No
tenemos manos suficientes para hacerlo en condiciones, aun en el supuesto de
que quisiéramos hacerlo, y no es mi caso.
—Siempre había pensado que aquí sobraba gente. Y ahora mira cómo
están.
—Sí, los están acorralando. «Puebla o perece», solía decir la
generación de mi abuela. Estos tíos pretenden ponerlo en práctica.
—Lee y tú también os lo habéis tomado en serio, ¿no?
—¿Qué? ¿Qué has dicho? —Le di un par de collejas en la cabeza con
las manos enguantadas—. Retira eso.
—¿Por qué? ¿No me digas que todavía le quedan condones?
—¡Homer! —Le di unos cuantos manotazos más. Cuando me aburrí de
sacudirle las orejas, le dije—: Cambiando de tema, me apuesto lo que quieras a
que Fi espera que se lo pidas.
Al oírlo se sonrojó, avergonzado.
—No quiero que la cosa se ponga seria —murmuró.
—Bueno, te queda ella o Robyn. No tienes muchas más opciones.
—Robyn es un poco plasta, ¿no crees? Es
siempre tan perfecta... Se cree la mejor.
—No es verdad —dije, fiel a mi amiga.
—Ya, bueno, pues no me gustaría salir con ella. Se pasaría el día
diciéndome lo que tengo que hacer. Volvería loco a cualquier tío.
Me sorprendió mucho que alguien criticara a Robyn. Era una de mis
figuras modélicas, junto con Marilyn Monroe y Emily Dickinson. Pero a Homer
siempre le costaba llevarse bien con personas de personalidad fuerte. Excepto
conmigo. No, incluso conmigo algunas veces.
Oímos que Robyn y Fi hablaban en el pajar, así que entramos a
reunirnos con ellas.
—Se me han clavado millones de briznas de paja —se quejó Fi—. En
un montón de cuentos infantiles la gente duerme en el pajar y siempre parece
muy cómodo. Pero es incomodísimo.
No teníamos que pasar a la acción hasta las once, así que me
cobijé en el saco de dormir y desde allí hablé un rato con los demás, antes de
quedarme adormilada. Intentábamos hacer solo dos comidas al día para ahorrar
provisiones, de modo que solía saltarme el desayuno. Por eso no había mucho
aliciente en salir del saco.
No paraba de llover y la temperatura no debía de superar mucho los
cero grados, así que no estábamos seguros de si pondrían a trabajar a los
prisioneros. Pero salimos de dudas cuando a las nueve en punto vimos una fila
algo desaliñada de hombres que avanzaba lentamente por el campo, seguida del
coche en el que iban los vigilantes. Dejamos que se marcharan, contentos de
poder seguir a resguardo. Ser prisionero parecía mucho peor que trabajar para
mi padre.
Cuando se acercaba la hora de comer, noté los nervios cada vez más
crispados. Kevin tenía las respuestas para muchas de las preguntas que nos
habían atormentado desde hacía semanas. Si lograba escabullirse unos minutos,
por fin seríamos capaces de mantener la primera conversación segura con alguien
que había pasado por el reciento ferial. Estaba tan nerviosa que sin darme
cuenta acabé por morder una esquina del saco de dormir. Por supuesto, todos
confiábamos en que pudiera unirse al grupo
para volver a ser seis, pero sabíamos que debía de ser complicado escapar,
pues, de lo contrario, lo habría hecho el día anterior. Esa era una de las
cosas que queríamos preguntarle.
Llegamos a la posición convenida, por encima de la porqueriza,
mucho antes del mediodía. Vimos el vehículo aparcado, de modo que supusimos que
estarían todos dentro, aunque tardamos veinte minutos en ver actividad.
Entonces salió uno de los prisioneros y sacó un par de brochas del maletero del
coche. Peinó la colina con los ojos, escudriñando la zona donde estábamos
durante un par de minutos (seguro que todos sabían que andábamos por allí),
pero no nos atrevimos a asomar la cabeza. No tardó en meterse en la pocilga.
El siguiente en aparecer fue Kevin. Salió a toda prisa con una
pala apoyada en el hombro izquierdo. Fue directo hacia nosotros, con la cabeza
gacha, igual que si le hubiesen encomendado una misión. Cuando se aproximó me
di cuenta de cuál era la misión. Llevaba un rollo de papel higiénico en la mano.
Me eché a reír.
En cuanto estuvo a un par de metros de mí, le dije en voz baja:
—Oye, aquí no puedes.
Sonrió pero no dejó de avanzar ni levantó la cabeza hasta que se
introdujo del todo en el cinturón de árboles, en un punto que no se veía desde
la pocilga.
Entonces, Robyn, Homer y Fi tuvieron la oportunidad de hacer algo
que Lee y yo habíamos podido hacer el día anterior. Se abrazaron con fuerza. El
temor a que se nos acabara el tiempo fue lo único que hizo que deshicieran el
abrazo, aunque durante todo el rato que Kevin pasó hablando con nosotros. Fi se
quedó de pie junto a él sin dejar de acariciarle la mano. Nos alegrábamos
muchísimo de verlo. Al instante las preguntas empezaron a salir a raudales,
hasta que Kevin tuvo que levantar la mano para contenerlas.
—Eh, eh, tíos, tranquilos, ¿eh? Uno por uno.
—¿Cómo está Corrie? —me apresuré a preguntar antes de que algún
otro tuviera tiempo de abrir la boca.
—Depende de con quién hables. No he vuelto a verla desde la
noche en que le dispararon. De hecho, me he
enterado de que vosotros la habéis visto más que yo últimamente. A ver, yo
diría que está más o menos igual, debe de seguir en coma o algo así. Hay quien
dice que está peor, porque no para de adelgazar, pero otros dicen que están
seguros de que los oye cuando le hablan. No lo sé. La gente cree lo que quiere
creer. Nadie tiene información de primera mano.
—Y ¿cómo están nuestras familias?
—No están mal; por lo menos, la última vez que las vi. Hace ya una
buena temporada que me metieron en el grupo de trabajos forzados, pero todos
tenían buen aspecto hace unas semanas. Bueno, claro, todo es relativo, ¿no?
Vosotros parecéis mucho más sanos que cualquiera de los que están en el recinto
ferial, pero ahora que la gente empieza a trabajar, volverán a ponerse en
forma.
No sé por qué, pero Kevin parecía mayor y más maduro; incluso más
inteligente. Jamás habría dicho «Todo es relativo» ni «La gente cree lo que
quiere creer» cuando nos habíamos ido de acampada juntos al Infierno. Esta
guerra nos ha hecho cambiar a todos, y no siempre para peor.
—¿Y cómo son las cosas? —le preguntó Homer.
De repente, ante esa pregunta tan simple, Kevin pareció
desmoronarse. Se le quebró la expresión y tardó más de un minuto en lograr
articular palabra. Fi le apretó con fuerza la mano y yo le di unas palmaditas
en la espalda.
No hacía falta que dijera mucho más; con eso ya había respondido a
la pregunta.
—Lo siento —balbuceó—. Lo siento.
—¿Tan horrible ha sido? —preguntó Robyn con aprecio.
Kevin se limitó a asentir con la cabeza.
—Se portan bien mientras haces lo que te mandan. Pero en cuanto
haces algo que no les gusta...
Volví a pensar en cómo habían apalizado a Kevin cuando llegó al
hospital de Wirrawee con Corrie.
Desconocía los detalles, pero mi imaginación se había montado la
escena.
—Tengo que irme pitando —dijo Kevin.
—¿No puedes escapar? —le preguntó Homer con apremio—. ¿Qué te lo
impide?
Kevin negó con la cabeza.
—Tienen rehenes. Familiares nuestros. Si escapas, los ejecutan.
Nos tienen cogidos por los huevos. La única razón por la que nos vigilan es
para impedir que saboteemos el plan o robemos cosas, y para hacernos trabajar
sin parar. Es imposible que alguien se fugue.
Se dispuso a marcharse. Me dio una pena indescriptible. Parecía
tan solo y desamparado... Nadie querría volver a una vida podrida como esa.
—Si se nos ocurre cómo sacarte, ¿te gustaría escapar? —le
pregunté—. ¿Te gustaría volver a estar con nosotros?
Se quedó perplejo.
—Claro. Pero si se te ocurre la manera de escapar, diré que eres
un genio, Ellie. Incluso lo pondré por escrito.
Sonreí de oreja a oreja.
Por dentro pensaba: «Ve preparando el boli». No lo dije, porque no
quería que se creara demasiadas expectativas. Pero ya empezaba a atisbar una
idea.
5
—¿BUENO, qué? ¿Soy un genio o no? —pregunté a los demás.
Estábamos otra vez en el pajar, resguardados de otra tormenta. Era
la misma noche (debían de ser las diez) del día en que habíamos conversado con
Kevin. La única cara que veía era la de Fi, pero percibía la emoción de todos.
Yo también estaba emocionada; creía que era un buen plan.
—No voy a opinar sobre si eres un genio —refunfuñó Homer—. Pero
reconozco que la idea no es mala.
—¿Cómo avisamos a Kevin? —preguntó Robyn.
—No lo sé. Tendremos que esperar a que se presente la oportunidad.
No creo que sea muy difícil.
—Podríamos escribirlo en un papel —dijo Fi— y si conseguimos estar
medio minuto a solas con él, se los pasamos para que lo lea.
Por dentro pensé que era un poco arriesgado, por si el pape caía
en las manos equivocadas, pero accedí a hacerlo. Lo escribí a primera hora del
día siguiente y los demás fueron añadiendo sugerencias sobre la marcha. Algunas
de sus propuestas eran muy ingeniosas, así que las añadí. Aunque verlo escrito
me ponía nerviosa. Era como ser consciente de que íbamos a pasar a la acción de
nuevo, por primera vez desde hacía mucho tiempo. Era un tipo de acción distinta
a las otras batallas que habíamos librado (era más bien una batalla de ingenio)
pero había muchas cosas que dependían de ella. Si salía mal, las cosas podían
ponerse muy feas para la familia de Kevin, que seguía en el recinto ferial. De
hecho, ellos eran los que corrían más riesgo, y ni siquiera lo sabían.
Al final, después de esperar un día y medio sin volver a ver a
Kevin, entregamos el mensaje por otros medios. Cuando las partidas de
trabajadores ya estaban en el campo con sus vigilantes, Fi y yo salimos a
hurtadillas del bosque y, volviendo a utilizar las casas viejas como protección
para que no nos vieran los colonizadores alojados en
la casa principal, nos colamos en los
cobertizos de los prisioneros. Fue muy fácil encontrar la cama de Kevin: era la
más desastrada. Cogimos uno de sus calcetines y metimos dentro el papel,
después hicimos la cama a toda prisa y escondimos el calcetín bajo las sábanas.
Supusimos que los centinelas no se habrían fijado en si la cama estaba hecha o
no por la mañana, pero, sin duda, Kevin lo sabría. Se daría cuenta de que
pasaba algo raro.
La otra cosa que tenía que hacer yo era echar un vistazo al pozo
viejo que había en el centro del reducido patio. Era uno de los pozos más
grandes que había visto pero, como muchos de los pozos abandonados, podría
resultar peligroso. La piedra de la pared estaba resquebrajada y el borde tenía
trozos desprendidos. Tenía una tapa protectora: una gran lámina de acero que se
abría por el centro tirando de dos asas en sentidos opuestos. Mientras Fi me
sujetaba de la camisa por la espalda, forcejeé con las dos asas hasta que logré
abrir lentamente la tapa. Una bocanada de aire rancio y húmedo me golpeó la
cara. Los gases eran exactamente como me los había imaginado; noté unas náuseas
inmediatas en cuanto llegaron a mi nariz. Contuve la respiración y me incliné
hacia delante para ver el interior. Era increíblemente profundo y oscuro: no
logré ver el fondo. Tiré una piedrecilla y esperé casi seis segundos antes de
oír cómo tocaba el agua, lo cual era perfecto. Me incorporé con dificultad. Me
había mareado tanto respirando ese aire viciado que tuve que pedirle a Fi que
recolocara ella la tapa. No me apetecía volver a acercarme.
No pasó nada más hasta la mañana siguiente, cuando Kevin nos dio
la señal tal como le indicábamos en nuestra carta. Le habíamos pedido que se
pusiera algo verde para indicar que sí, algo rojo si era no, y amarillo si
quería reunirse con nosotros para hablarlo. Yo apostaba que Kevin, que era un
chico cauto, saldría vestido de amarillo de la cabeza a los pies. Pero nos
sorprendió. Salió del cobertizo con una gorra verde, una camiseta verde chillón
y unos pantalones de color verde oliva. El atuendo no pegaba ni con cola pero
entonces me di cuenta, si es que me quedaba alguna duda, de lo desesperado que
estaba por huir y reunirse con nosotros.
Lo observábamos escondidos en unos matorrales
y, cuando vimos todas las prendas verdes, nos miramos los unos a los otros con
una mezcla de miedo y emoción. Por una vez no nos tocaría hacer gran cosa.
Nuestra parte se resumía a sentarnos y esperar. Únicamente tendríamos muchas
cosas que hacer si los vigilantes se daban cuenta de que algo iba mal y venían
a buscarnos. En cierto modo, habría preferido más acción. Sentarme a esperar
nunca ha sido mi estilo.
Aunque sí que teníamos una tarea que cumplir: ir a buscar una
oveja. O un cerdo, un canguro o un ternero. Pero la oveja nos pareció lo más
fácil. Esperamos hasta que sacaron a los trabajadores para empezar la jornada y
entonces anduvimos en dirección contraria. En un prado lejano encontramos un
rebaño de corderillos. Merodeamos por allí hasta media tarde y entonces, Homer
y yo, con la ayuda de los demás, acorralamos a un cordero. Decidimos no matarlo
allí porque habría dejado marcas en la hierba. En lugar de eso, le atamos las
patas y Homer, con cierta dificultad, se lo puso sobre los hombros y avanzó
tambaleándose hasta perderse en el bosque. Algunas veces, tener hombres fuertes
entre nosotros era una suerte. Una vez que todos estuvimos en la espesura del
bosque, Homer soltó el cordero y entre él y yo lo matamos. Yo le rebané la
garganta y él le rompió el cuello, mientras Fi se quedaba allí plantada
haciendo comentarios en voz baja para expresar su repugnancia, como si algo
hubiera salpicado el suelo del precioso salón de sus padres.
—Lo siento, Fi —dije con una sonrisa.
Dejamos la sangre para las moscas. Homer se cargó la carcasa a
hombros y se dirigió hacia la granja. La tensión del momento me sacaba de
quicio. Es mucho peor cuando el plan se te ha ocurrido a ti; la responsabilidad
es enorme, insoportable. Me dije que jamás volvería a proponer nada, aunque
incluso en el momento en que me hacía esa promesa supe que sería incapaz de
cumplirla. Durante el trayecto fui hablando con Robyn, una conversación muy
interesante. Mi amiga tenía una fantástica teoría religiosa según la cual ese
corderillo era como el cordero pascual, sacrificado para salvar la vida de
Kevin. Yo no sabía de qué me hablaba.
Cuando nos acercamos a la granja tuvimos que
extremar las precauciones. No fue tarea fácil para Homer cargar con el cordero
hasta el pozo. Lee se subió a un árbol desde el que podía vigilar la casa
principal para indicarnos sacudiendo la mano que no había peligro. Tardó veinte
minutos en dar la señal, cosa que implicaba que el tiempo se nos escapaba de las
manos. Ya eran las cuatro y veinticinco. Homer estaba harto de las moscas. Es
increíble lo rápido que encuentran el rastro de la sangre y la muerte, incluso
en invierno. Pero por fin, en un último esfuerzo, consiguió alzar la carcasa a
toda prisa para meterla en el pozo. Robyn y yo abrimos la tapa y Homer, con un
suspiro de alivio, la lanzó al interior, cabeza abajo, para que cayera hasta el
fondo. Cerramos la tapa de golpe y corrimos a escondernos. A partir de ese
momento seríamos meros espectadores.
A las 5:19 h regresaron los hombres. Todos fueron directos a sus
cobertizos: al parecer esa noche no tocaba baño. ¿Era cosa de mi imaginación o
parecían nerviosos? Y ¿no caminaba Kevin un poco rígido o decaído? Me costaba
respirar. Notaba un peso en el pecho. Pero no ocurrió nada hasta las 5:35 h.
Entonces Kevin empezó a correr como si fueran a darle un Premio de la Academia.
Primero pasó caminando despreocupado por delante del almacén del
acero galvanizado y curioseó un poco por allí, como si nunca hubiera visto una
construcción así. Miró el poste de la esquina que quedaba más cerca de nosotros
(y más cerca del centinela) y después miró atentamente la canalera. El
vigilante gritó algo, estaba claro que le había preguntado qué hacía, y Kevin
murmuró una respuesta antes de alejarse sin prisa. Se suponía que tenía que
parecer un adolescente aburrido a punto de meterse en un lío, pero en mi
opinión parecía demasiado contenido.
Después lo perdimos de vista durante diez minutos, pero sabíamos
lo que se suponía que tenía que ocurrir. Kevin tenía que deambular hasta el
pozo, forzar la tapa para abrirla y asomarse para ver el fondo. La piedra
gastada cedería y Kevin se caería al pozo y moriría. O la caída o los gases
pestilentes lo matarían; nos daba igual mientras no quedase duda de que estaba
muerto. Esperamos hechos
un manojo de nervios.
Tal como estaba previsto, al cabo de cinco minutos oímos un
chillido agudo. Apenas duró un instante, como si algo lo hubiera cortado por la
mitad, pero fue lo bastante peculiar como para llamar la atención del
centinela. Este se irguió, alerta, y volvió la cabeza en la dirección del
grito, después trazó un círculo completo y miró con cautela a su alrededor. No
era tonto. Saltaba a la vista que en el manual Cómo invadir otros países se
había leído el capítulo de «Señuelos» por lo menos dos veces. Al cabo de unos
segundos un hombre, uno de los prisioneros, pasó corriendo por delante del
almacén metálico y llamó desesperado al centinela. Sin esperar siquiera a ver
si el vigilante lo seguía, volvió a pasar corriendo. Lo hizo muy bien y al
parecer acabó por convencer al soldado. Solo dudó un momento y después siguió a
toda velocidad al prisionero.
Esperamos consumidos por la tensión. Oímos montones de gritos y
vimos fugazmente a personas que corrían de un lado para otro. Al cabo de unos
treinta minutos la cosa pareció calmarse un poco. Pero el centinela tardó más
de una hora en regresar a su puesto de vigilancia. Y así terminó toda la
emoción de la noche. La calma se adueñó del campamento hasta el amanecer.
Supusimos que había funcionado, pero no estábamos seguros. Todos volvimos a
tener insomnio.
A la mañana siguiente los trabajadores tardaron en marcharse.
Cuando lo hicieron, todos parecían decaídos y desmoralizados. No había ni
rastro de Kevin, claro. Pero de repente se me ocurrió un pensamiento atroz.
—Dios mío —le dije a Homer—, espero que no se cayera de verdad.
Transcurrió otra hora lenta. Entonces vi movimiento junto a la
esquina del almacén. Llamé en voz baja a los demás, aunque no hubiera hecho
falta. Ellos también lo habían visto. Todos estiramos el cuello, expectantes.
Fue un momento de agonía. ¿Era Kevin o no era Kevin? ¿Éxito o fracaso? ¿Vida o
muerte?
Corrió hacia nosotros como alma que lleva el diablo, sonriendo de
oreja a oreja. Era como si estuviese descargando meses de
desesperación en esta breve carrera hacia la
libertad. Me entraron ganas de animarlo con aplausos, pero no habría sido buena
idea. Aún corríamos un peligro de muerte, porque seguíamos cerca del campamento
y, lo más importante, la familia de Kevin también corría un peligro de muerte.
Di un paso al frente para darle la bienvenida.
El soldado pareció surgir de la nada. No fue así, por supuesto.
Había un viejo depósito de agua de lluvia, abierto al cielo, que alguien había
arrojado entre los edificios y el bosque. Llevaba tanto tiempo allí tirado que
los hierbajos habían empezado a crecer entre sus paredes y por encima del
borde. Había pasado a formar parte del paisaje, de modo que ni siquiera nos
habíamos percatado de su presencia. Pero supongo que el soldado se escondió
dentro antes del amanecer. Era un tipo listo.
Estaba de espaldas a nosotros. Kevin se había detenido en seco y
se quedó allí, boquiabierto, mientras el color abandonaba su rostro. El soldado
apuntaba a Kevin con un rifle cargado. Lo único que teníamos a nuestro favor
era que, evidentemente, el guardia no sabía que nos hallábamos a su espalda.
Yo no sabía qué hacer, ni se me ocurría una sola cosa que sirviera
de algo. Lo único que sabía era que la había cagado y que por mi culpa iba a
morir alguien. Oí que el soldado decía: —Crees que yo tonto. Ellos creen que yo
tonto, ¿eh? Pero yo no tonto. Tonto tú.
Seguía sin poder pensar en qué hacer o decir. Detrás de mí noté un
ligero movimiento, un sonido sigiloso. Volví la cabeza para ver qué pasaba, sin
mover el cuerpo para evitar que el soldado lo percibiera. Homer había abierto
la mochila y estaba sacando la pistola. Ya asomaba la mitad del arma. Un poco
más lejos, vi que Lee alargaba la mano para pescar algo de su mochila. Hice
unas muecas frenéticas dirigidas a Homer, y abrí mucho los ojos mientras
arqueaba las cejas. No sabía cuál era la solución para aquel entuerto, pero,
desde luego, no era la pistola. Había por lo menos una docena de colonos más en
la casa principal; y seguro que estaban mejor provistos de armas que nosotros.
Oí que el soldado le decía a Kevin: —Anda a la casa.
En ese momento, Lee empezó a avanzar. Aunque había preferido
no saber qué pasaba, me obligué a mirarle a
las manos para ver qué sujetaba. Esperaba ver un cuchillo, como el que había
empleado para matar al soldado joven en el valle del Holloway. Pero no llevaba
un cuchillo. No había encontrado lo que buscaba en la mochila y ahora tenía las
manos en la cintura. Lo que se apresuraba a quitarse era peor que un cuchillo.
Era el cinturón de cuero trenzado.
Lee tenía los ojos abiertos como platos, o como faros. Se movía
con el sigilo de un gato salvaje: era tan silencioso que apenas producía un
leve crujido a cada paso que daba. No sé cómo me dio tiempo de sentirme celosa
de sus andares gráciles y sigilosos. Pero entonces caí en la cuenta de que iba
a tener que hacer algo más que mirar.
En cierto modo, lo que llevaba Lee era el arma perfecta. El
cinturón tenía dos pequeñas arandelas de metal en un extremo por las que se
pasaba el otro extremo para ajustarse a la cintura. Era el mismo tipo de
cinturón que llevábamos todos: la mayoría nos lo habíamos hecho en el taller de
cuero. Sin embargo, tuvo que ser Lee el que pensara en emplearlo como arma. Me
entraron náuseas al asimilar que probablemente fuera perfecto. Aunque había un
problema gordo: Lee iba a intentar estrangular a ese tío con un cinturón
mientras él empuñaba un arma. Creo que era la cosa más valiente y más estúpida
que había visto hacer en mi vida. Y supe que tenía que ayudarlo.
Al soldado se le estaba acabando la paciencia.
—¡Venga! —le gritaba a Kevin—. ¡Eres malo! ¡Tú, vuelve!
Kevin parecía aterrado. Había visto a Lee moverse por detrás del
soldado y no sé qué es lo que le daba más miedo, Lee o el propio soldado. Pero
por lo menos el hombre creía que era él quien había provocado la palidez de
Kevin y el temblor de sus labios. Todavía no se le había ocurrido que pudiera
haber alguien a su espalda; todavía no había pensado en darse la vuelta. Empecé
avanzar junto a Lee. Sabía lo que tenía que hacer: agarrar el brazo con el que
el hombre empuñaba el arma. Desesperada, intenté moverme con tanto sigilo como
Lee. Kevin empezó a darse la vuelta tal como le ordenaba el soldado.
—Manos arriba, manos arriba —chillaba el guardia.
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