miércoles, 19 de marzo de 2014

Mañana: Muerte blanca, parte 2

Desaparecieron en ellos;
el vehículo llegó a continuación y los dos centinelas se bajaron. Uno permaneció junto a la fachada delantera de los cobertizos; el otro fue a la parte posterior. Se quedaron a unos cien metros de distancia, con el fin de tener buena visibilidad y poder disparar si alguno de los presos intentaba fugarse. Dos soldados bastaban para vigilar el recinto.
Diez minutos más tarde, una furgoneta de bomberos de la marca Commer se dirigió a los mismos edificios. La conducían dos centinelas con sendas escopetas a la espalda. Cuatro prisioneros se bajaron del furgón y entraron a toda prisa en las cabañas. Los centinelas recién llegados intercambiaron algunas palabras con el compañero de la entrada y después anduvieron hacia la casa principal. Media hora más tarde volvieron a aparecer y relevaron a los dos hombres que estaban de guardia.
Estábamos muy agitados por las cosas que habíamos visto. Nos moríamos de ganas de hablar con Kevin. Queríamos contarle todo lo que nos había ocurrido y que nos contara todo lo que le había pasado a él. Confiábamos en que pudiera darnos información sobre todas las personas que conocíamos, no solo sobre nuestras familias, sino también sobre nuestros amigos, y en especial, sobre Corrie. Y, por encima de todo, queríamos que se uniera a nosotros de nuevo. Nuestro grupo nunca podría volver a estar completo, debido a la muerte de Chris, pero tener a Kevin a nuestro lado sería fantástico. Algunas veces me sacaba de quicio, pero con la emoción del momento se me habían olvidado esas cosas. Además, seguro que yo también le había sacado de quicio más de una vez.
Al principio pensamos que nos resultaría fácil acercarnos a él. La seguridad parecía escasa en comparación con la que habíamos tenido que burlar en otras ocasiones. Pero mientras esperábamos y esperábamos durante toda la noche a ver si surgía la oportunidad de actuar, empezamos a convencernos de que tampoco sería coser y cantar. Solo había dos centinelas, pero estaban despejadísimos. A medianoche hicieron el relevo otros dos igual de atentos. Después de pasar allí una noche gélida, tuvimos que darnos por vencidos, y al ver aproximarse el alba, nos escabullimos entre los árboles para buscar un
lugar seguro en el que dormir.
Nos dimos cuenta de que tendríamos que mover los hilos. Lee apenas echó una cabezada y volvió al límite del bosque para espiar dónde iban las partidas de trabajo. Los siguió hasta una presa que había en un campo lejano, y regresó para contarnos que estaban reparando el muro de contención: era un embalse de barro de construcción reciente que no parecía demasiado compacto. Los dejamos trabajando y pasamos un día eterno en el frío monte, a la espera de que regresaran al campamento.
Por supuesto, nuestro primer objetivo era que Kevin supiese que estábamos por allí. De nuevo, nos pareció que sería fácil. Alrededor de las cinco y media vimos aparecer a los prisioneros arrastrando los pies, pero esta vez, en lugar de seguir el sendero que conducía a los edificios viejos en los que vivían, tomaron otro camino que rodeaba el lago. Gracias a eso se aproximaron mucho a nosotros, así que los seguimos, sin salir de la protección del bosque. Al cabo de un cuarto de hora, llegaron a un ángulo muerto que no se veía desde la casa principal, y en ese momento se detuvo el vehículo que los acompañaba, del que bajaron los guardias.
—Aquí sí —oí que decía uno de ellos.
Los vigilantes se apoyaron cómodamente contra el coche y sacaron tabaco. Se reían mientras miraban a los prisioneros. Los prisioneros también se reían y hacían algún que otro comentario, pero no logré entender qué decían. Al instante, noté cómo me ruborizaba un poco al darme cuenta de lo que iban a hacer.
—Ay, madre —dijo Fi a mi lado, entre risitas.
Acababa de caer en la cuenta de lo que estaba pasando. La miré de reojo. Si yo estaba sonrojada, ella estaba roja como un pimiento. La mitad de los hombres ya se habían bajado los pantalones. Las prendas de ropa caían como pétalos de rosa y la piel rosada surgía por todas partes. Aunque no tan rosada como la de Fi o la mía... No me atrevía a mirar a Kevin; sabía que si llegaba a verlo así, no sería capaz de volver a mirarlo a la cara en mi vida.
Es decir, me daría mucha vergüenza encontrármelo cara a cara.
A mi espalda oí a Robyn soltando risitas y a Homer y a Lee, que exclamaban indignados para reírse de nosotras: —¡Huy, esto es para mayores de dieciocho! —susurró Homer—. Tapaos los ojos.
Pasamos de él mientras una variedad de formas masculinas de todos los tamaños se revelaban de repente ante nosotras. Fue muy entretenido. Y entonces empezamos a ver montones de culos blancos y los hombres echaron a correr hacia el lago, chillando y mascullando ante el contraste con el agua fría. Algunos no tardaron ni treinta segundos en salir, después de salpicarse a toda prisa con agua para lavarse; otros metieron la cabeza sin miedo. Los guardianes les tiraron una pastilla de jabón al agua, para alegría de unos cuantos hombres, que empezaron a pasársela como si fuera una pelota. Pero ninguno se quedó en remojo más de diez minutos.
Nos alegramos de ver que, a pesar de todo lo que había ocurrido, todavía tenían ganas de reír.
No había toallas. Tuvieron que utilizar su propia ropa para secarse. Me dio pena verlos: odio vestirme con la ropa mojada. La pastilla de jabón con la que habían empezado el partido de fútbol en el agua fue sustituida por un zapato una vez en tierra firme. Jugar era una buena manera de volver a entrar en calor. Entonces, flotando por el aire, nos llegó la pregunta que uno de los hombres dirigió al guardia: —¿Podemos volver corriendo? Es para entrar en calor.
El vigilante miró a su compañero y luego volvió a mirar al prisionero.
—¿Cuántos?
El prisionero se dirigió a los otros y gritó:
—¿Quién quiere volver corriendo a la granja?
Cuatro manos se agitaron en el aire. Una de ellas era la de Kevin.
—A toda pastilla —susurró Homer.
No hizo falta que nos lo dijera dos veces. Empezamos a retroceder, zigzagueando entre la maleza. Una vez que dejamos atrás el lago, giramos y empezamos a esprintar como flechas hacia la casa y los cobertizos en los que vivían los prisioneros. Robyn iba la primera. No era la más rápida en las distancias cortas, pero tenía resistencia. Yo
le seguía bastante bien el ritmo, y después iban Fi, Lee y por último Homer, que pesaba demasiado para correr distancias largas. Robyn marcaba un ritmo increíbley aun así, cuando empezamos ver los edificios, ni siquiera le faltaba el aliento. Estaba recuperando la forma física más rápido que yo.
Se detuvo en una zarzamora grande que había junto a una pendiente, y desde ahí buscamos con la mirada muy ansiosos a Kevin y al resto.
—Ahí están —dijo Fi en cuanto nos alcanzó.
Yo también los vi. Bajaron el ritmo al aproximarse al cobertizo: tres de ellos siguieron trotando y los otros dos, Kevin y otro, empezaron a caminar. Un momento después se perdieron entre los edificios viejos.
—Vamos allá —dijo Homer entre jadeos—. A lo mejor no volvemos a tener una oportunidad tan buena hasta dentro de mil años.
—Pero no todos —dije.
—Ve tú —contestó Robyn—. Con Lee.
Los demás no dijeron nada, así que imaginé que estaban de acuerdo y, después de mirar con ansiedad hacia el lago, cogí impulso y eché a correr hacia los almacenes, empleándolos de parapeto para esconderme de quienes pudieran estar en la casa principal. Nos colamos por un hueco que había entre una nave de acero galvanizado y un aparcamiento descubierto, y luego nos paramos con el miedo impregnado en la garganta, igual de agitados que los perros de labranza cuando ven acercarse a su amo. Estábamos en un patio pequeño y descuidado, con flores silvestres y lavanda crecidísima alrededor de un pozo enorme. La estructura de piedra que rodeaba el pozo estaba medio derruida, pero seguía siendo un rincón muy bonito. Lee me agarró del brazo.
—Por aquí —susurró.
Lo seguí y me di cuenta de que mi amigo había oído voces. Corrimos unos cuantos metros junto a un murete en ruinas y llegamos hasta una puerta entreabierta. Oí que alguien decía: —Sí, pero sacó una media de sesenta en el torneo de críquet de Sheffield Shield, ¿sabes?
Entonces Lee empujó la puerta para abrirla.
4
AL principio no vi a Kevin. Vi cuatro caras atónitas, cuatro pares de ojos abiertos, cuatro bocas perplejas. Un hombre pequeño de mediana edad con un bigotito fino rompió el silencio: —¿Quién co...?
Entonces Lee cerró la puerta y vi a Kevin, que hasta entonces había quedado oculto por la lámina de madera.
Siempre tendré grabada la imagen del rostro de Kevin en ese momento. Algunas veces la vida es como en las películas. Sí, esta fue una de esas veces. Kevin hizo una de esas dobles tomas mudas típicas de las comedias, y fue precioso. Empezó a preguntar como si tal cosa: «¿Qué te pasa?», pero no llegó a terminar el «pasa». Se quedó boquiabierto y con los ojos saltones, como si fueran a salírsele de las cuencas. Su boca intentaba formar otra palabra pero el labio inferior estaba descontrolado y no dejaba de temblequear. El único sonido que emitía era parecido a «ba, ba, baaaa...»
Me apresuré a abrazarlo. Se pasó un minuto inmóvil, demasiado afectado para reaccionar, pero al final recordó cómo se daba un abrazo. Lee se nos unió y los tres formamos una piña compacta, con los brazos de uno sobre el cuerpo del otro, en un abrazo de grupo. En ese momento olvidé todos mis piques con Kevin.
Después de ese cálido abrazo, eché un vistazo a los demás hombres. Nos miraban y sonreían, pero mientras me pasaba los dedos por el pelo y me secaba los ojos, el hombrecillo del bigote volvió a tomar la palabra: —Siento ser un aguafiestas, chicos, pero tenéis que largaros de aquí. Pueden volver en cualquier momento.
—¿Podemos llevarnos a Kevin? —pregunté.
De pronto se alarmaron.
—No, ni hablar —dijo otro.
—Tiene razón —añadió Kevin—. No puedo ir con vosotros.
—Pero esperábamos que... que... —dije.
—Mirad —dijo Kevin—, tenéis que marcharos. Mañana iremos a
trabajar a la pocilga. Está por...
—Sí, ya sabemos dónde.
—Vale, pues colocaos en el bosque que hay detrás, en lo alto de la loma, a la hora de comer. Me las ingeniaré para escapar y veros unos minutos. Entonces podremos hablar.
—De acuerdo.
Nos azuzó para que saliéramos y emprendimos la vuelta a la carrera, pasamos por delante del pozo y del cobertizo de acero galvanizado. Kevin salió al sendero de barro parduzco y nos hizo una señal.
—Daos prisa —dijo. Cuando pasamos junto a él me dio una palmada en la espalda—. Cuídate, Ellie —me susurró.
Me conmovieron sus palabras. Le saludé con la mano al llegar al linde del bosque. Entonces apareció la pequeña procesión de prisioneros que venían del lago y Kevin se dio la vuelta de inmediato y anduvo con aire despreocupado hacia los cobertizos.
Lee y yo nos apresuramos a reunirnos con los demás, que se morían de ganas de saber qué había pasado. Todos estábamos alteradísimos. Creo que nos aburríamos tanto de vernos las caras que la posibilidad de dar la bienvenida a Kevin nos parecía magnifica a los cinco.
—¿Qué os ha dicho? ¿Podemos sacarlo? ¿Sonaba animado? ¿Qué pinta tenía? Seguro que ha adelgazado, ¿no? ¿Qué ha dicho el resto?
Tardamos una hora en recuperar la calma y luego nos pasamos la mitad de la noche intentando dilucidar qué podíamos hacer. Por lo menos nos ayudó a mantener el calor: esa noche fue todavía más fría que la anterior. Entonces, a medianoche, se puso a llover. Anduvimos agachados hasta un pajar y nos apretujamos allí para dormir un rato, aunque eso implicaba que alguien tenía que hacer guardia. Qué tostón. Yo hice el primer turno, pero después tampoco pude dormir mucho. En cuanto amaneció, me levanté y me acerqué a Homer, que estaba vigilando.
—Vete a dormir si quieres —le dije—. Estoy tan despejada que no me importa vigilar yo.
—Yo tampoco podía dormir. Vamos a charlar. Así, a lo mejor nos aburrimos y acabamos dormidos.
Así pues, empezamos a conversar por primera vez desde hacía mucho. Siempre habíamos sido amigos (podría decirse que nos habíamos criado juntos) pero durante los últimos meses me había agobiado un poco con él, de modo que había preferido distanciarme. A veces necesitaba respirar aire puro, sin agobios. Y cuando Homer estaba presente, no había espacio para mucho más. Era como si últimamente no nos quedara tiempo para entablar relaciones. No, no es que no tuviéramos tiempo: nos faltaba energía. Eso era lo que habíamos perdido. Ahora éramos más egoístas, no me cabe duda. Antes sentía algo muy profundo hacia Homer, pero ahora reservaba mis sentimientos más profundos para mí misma, tenía que mantenerme en pie.
De todas formas, nos pusimos a charlar y nos dedicamos a imaginar cómo sería nuestro mundo si alguna vez recuperábamos el país. Siempre habíamos tenido una fe ciega en que ganaríamos la guerra. Sin embargo, desde hacía unos días, al ver a los colonos tan asentados, tan acomodados, no nos quedaba más remedio que reconocer que la balanza empezaba a inclinarse en nuestra contra. Como reacción, Homer alimentó su vena bélica.
—Cuando esto termine —me dijo—, tenemos que convertir el país en una fortaleza. Deberían enseñarnos a todos a manejar armas, a luchar. Si alguien vuelve a intentar invadirnos, tenemos que saber reaccionar. Y si se empeñan en arrebatarnos lo nuestro, tenemos que luchar para defender todas y cada una de las casas, de las calles, de las hectáreas. Eso es lo que hay que hacer.
Yo tuve la reacción contraria. Le conté a Homer mi historia favorita: —Había una vez un pueblo cerca de un acantilado. La carretera que conducía al pueblo era tan peligrosa que muchos coches se precipitaban por el acantilado y se estrellaban contra las rocas del fondo. Los ocupantes siempre salían mal parados, algunos incluso morían en el accidente. Por al final, el pueblo consiguió que el gobierno se comprometiera a hacer algo para remediarlo. El único problema era
que el pueblo estaba dividido en dos grupos, las personas que querían construir una valla que rodeara el borde del precipicio, y las personas que querían comprar una ambulancia para recoger a quienes cayeran por el acantilado y trasladarlos al hospital.
—Oye, no tendrían que haber esperado a que el gobierno les diera una subvención —dijo Homer, muy avispado—. Tendrían que haber buscado una solución ellos mismos. Qué historia tan buena.
—¡Homer, por favor! Deja de hacerte el tonto, anda. Ya no estamos en el colegio.
—¿Por qué? ¿Es que hay algo que no he pillado? ¿Qué clase de valla querían construir?
—Muy gracioso. En mi opinión, no sirve de nada esperar que nos invadan para luego plantearnos hacer algo al respecto. Lo que tenemos que hacer es ayudar a otros países a vivir mejor, más desahogados, para que no sientan la necesidad de venir corriendo a instalarse aquí.
—Es más fácil decirlo que hacerlo.
—¿Cómo lo sabes? Nunca lo hemos intentado de verdad. Bueno, es igual, no serviría de nada intentar convertir el país en una fortaleza. No tenemos manos suficientes para hacerlo en condiciones, aun en el supuesto de que quisiéramos hacerlo, y no es mi caso.
—Siempre había pensado que aquí sobraba gente. Y ahora mira cómo están.
—Sí, los están acorralando. «Puebla o perece», solía decir la generación de mi abuela. Estos tíos pretenden ponerlo en práctica.
—Lee y tú también os lo habéis tomado en serio, ¿no?
—¿Qué? ¿Qué has dicho? —Le di un par de collejas en la cabeza con las manos enguantadas—. Retira eso.
—¿Por qué? ¿No me digas que todavía le quedan condones?
—¡Homer! —Le di unos cuantos manotazos más. Cuando me aburrí de sacudirle las orejas, le dije—: Cambiando de tema, me apuesto lo que quieras a que Fi espera que se lo pidas.
Al oírlo se sonrojó, avergonzado.
—No quiero que la cosa se ponga seria —murmuró.
—Bueno, te queda ella o Robyn. No tienes muchas más opciones.
—Robyn es un poco plasta, ¿no crees? Es siempre tan perfecta... Se cree la mejor.
—No es verdad —dije, fiel a mi amiga.
—Ya, bueno, pues no me gustaría salir con ella. Se pasaría el día diciéndome lo que tengo que hacer. Volvería loco a cualquier tío.
Me sorprendió mucho que alguien criticara a Robyn. Era una de mis figuras modélicas, junto con Marilyn Monroe y Emily Dickinson. Pero a Homer siempre le costaba llevarse bien con personas de personalidad fuerte. Excepto conmigo. No, incluso conmigo algunas veces.
Oímos que Robyn y Fi hablaban en el pajar, así que entramos a reunirnos con ellas.
—Se me han clavado millones de briznas de paja —se quejó Fi—. En un montón de cuentos infantiles la gente duerme en el pajar y siempre parece muy cómodo. Pero es incomodísimo.
No teníamos que pasar a la acción hasta las once, así que me cobijé en el saco de dormir y desde allí hablé un rato con los demás, antes de quedarme adormilada. Intentábamos hacer solo dos comidas al día para ahorrar provisiones, de modo que solía saltarme el desayuno. Por eso no había mucho aliciente en salir del saco.
No paraba de llover y la temperatura no debía de superar mucho los cero grados, así que no estábamos seguros de si pondrían a trabajar a los prisioneros. Pero salimos de dudas cuando a las nueve en punto vimos una fila algo desaliñada de hombres que avanzaba lentamente por el campo, seguida del coche en el que iban los vigilantes. Dejamos que se marcharan, contentos de poder seguir a resguardo. Ser prisionero parecía mucho peor que trabajar para mi padre.
Cuando se acercaba la hora de comer, noté los nervios cada vez más crispados. Kevin tenía las respuestas para muchas de las preguntas que nos habían atormentado desde hacía semanas. Si lograba escabullirse unos minutos, por fin seríamos capaces de mantener la primera conversación segura con alguien que había pasado por el reciento ferial. Estaba tan nerviosa que sin darme cuenta acabé por morder una esquina del saco de dormir. Por supuesto, todos
confiábamos en que pudiera unirse al grupo para volver a ser seis, pero sabíamos que debía de ser complicado escapar, pues, de lo contrario, lo habría hecho el día anterior. Esa era una de las cosas que queríamos preguntarle.
Llegamos a la posición convenida, por encima de la porqueriza, mucho antes del mediodía. Vimos el vehículo aparcado, de modo que supusimos que estarían todos dentro, aunque tardamos veinte minutos en ver actividad. Entonces salió uno de los prisioneros y sacó un par de brochas del maletero del coche. Peinó la colina con los ojos, escudriñando la zona donde estábamos durante un par de minutos (seguro que todos sabían que andábamos por allí), pero no nos atrevimos a asomar la cabeza. No tardó en meterse en la pocilga.
El siguiente en aparecer fue Kevin. Salió a toda prisa con una pala apoyada en el hombro izquierdo. Fue directo hacia nosotros, con la cabeza gacha, igual que si le hubiesen encomendado una misión. Cuando se aproximó me di cuenta de cuál era la misión. Llevaba un rollo de papel higiénico en la mano. Me eché a reír.
En cuanto estuvo a un par de metros de mí, le dije en voz baja: —Oye, aquí no puedes.
Sonrió pero no dejó de avanzar ni levantó la cabeza hasta que se introdujo del todo en el cinturón de árboles, en un punto que no se veía desde la pocilga.
Entonces, Robyn, Homer y Fi tuvieron la oportunidad de hacer algo que Lee y yo habíamos podido hacer el día anterior. Se abrazaron con fuerza. El temor a que se nos acabara el tiempo fue lo único que hizo que deshicieran el abrazo, aunque durante todo el rato que Kevin pasó hablando con nosotros. Fi se quedó de pie junto a él sin dejar de acariciarle la mano. Nos alegrábamos muchísimo de verlo. Al instante las preguntas empezaron a salir a raudales, hasta que Kevin tuvo que levantar la mano para contenerlas.
—Eh, eh, tíos, tranquilos, ¿eh? Uno por uno.
—¿Cómo está Corrie? —me apresuré a preguntar antes de que algún otro tuviera tiempo de abrir la boca.
—Depende de con quién hables. No he vuelto a verla desde la
noche en que le dispararon. De hecho, me he enterado de que vosotros la habéis visto más que yo últimamente. A ver, yo diría que está más o menos igual, debe de seguir en coma o algo así. Hay quien dice que está peor, porque no para de adelgazar, pero otros dicen que están seguros de que los oye cuando le hablan. No lo sé. La gente cree lo que quiere creer. Nadie tiene información de primera mano.
—Y ¿cómo están nuestras familias?
—No están mal; por lo menos, la última vez que las vi. Hace ya una buena temporada que me metieron en el grupo de trabajos forzados, pero todos tenían buen aspecto hace unas semanas. Bueno, claro, todo es relativo, ¿no? Vosotros parecéis mucho más sanos que cualquiera de los que están en el recinto ferial, pero ahora que la gente empieza a trabajar, volverán a ponerse en forma.
No sé por qué, pero Kevin parecía mayor y más maduro; incluso más inteligente. Jamás habría dicho «Todo es relativo» ni «La gente cree lo que quiere creer» cuando nos habíamos ido de acampada juntos al Infierno. Esta guerra nos ha hecho cambiar a todos, y no siempre para peor.
—¿Y cómo son las cosas? —le preguntó Homer.
De repente, ante esa pregunta tan simple, Kevin pareció desmoronarse. Se le quebró la expresión y tardó más de un minuto en lograr articular palabra. Fi le apretó con fuerza la mano y yo le di unas palmaditas en la espalda.
No hacía falta que dijera mucho más; con eso ya había respondido a la pregunta.
—Lo siento —balbuceó—. Lo siento.
—¿Tan horrible ha sido? —preguntó Robyn con aprecio.
Kevin se limitó a asentir con la cabeza.
—Se portan bien mientras haces lo que te mandan. Pero en cuanto haces algo que no les gusta...
Volví a pensar en cómo habían apalizado a Kevin cuando llegó al hospital de Wirrawee con Corrie.
Desconocía los detalles, pero mi imaginación se había montado la escena.
—Tengo que irme pitando —dijo Kevin.
—¿No puedes escapar? —le preguntó Homer con apremio—. ¿Qué te lo impide?
Kevin negó con la cabeza.
—Tienen rehenes. Familiares nuestros. Si escapas, los ejecutan. Nos tienen cogidos por los huevos. La única razón por la que nos vigilan es para impedir que saboteemos el plan o robemos cosas, y para hacernos trabajar sin parar. Es imposible que alguien se fugue.
Se dispuso a marcharse. Me dio una pena indescriptible. Parecía tan solo y desamparado... Nadie querría volver a una vida podrida como esa.
—Si se nos ocurre cómo sacarte, ¿te gustaría escapar? —le pregunté—. ¿Te gustaría volver a estar con nosotros?
Se quedó perplejo.
—Claro. Pero si se te ocurre la manera de escapar, diré que eres un genio, Ellie. Incluso lo pondré por escrito.
Sonreí de oreja a oreja.
Por dentro pensaba: «Ve preparando el boli». No lo dije, porque no quería que se creara demasiadas expectativas. Pero ya empezaba a atisbar una idea.
5
—¿BUENO, qué? ¿Soy un genio o no? —pregunté a los demás.
Estábamos otra vez en el pajar, resguardados de otra tormenta. Era la misma noche (debían de ser las diez) del día en que habíamos conversado con Kevin. La única cara que veía era la de Fi, pero percibía la emoción de todos. Yo también estaba emocionada; creía que era un buen plan.
—No voy a opinar sobre si eres un genio —refunfuñó Homer—. Pero reconozco que la idea no es mala.
—¿Cómo avisamos a Kevin? —preguntó Robyn.
—No lo sé. Tendremos que esperar a que se presente la oportunidad. No creo que sea muy difícil.
—Podríamos escribirlo en un papel —dijo Fi— y si conseguimos estar medio minuto a solas con él, se los pasamos para que lo lea.
Por dentro pensé que era un poco arriesgado, por si el pape caía en las manos equivocadas, pero accedí a hacerlo. Lo escribí a primera hora del día siguiente y los demás fueron añadiendo sugerencias sobre la marcha. Algunas de sus propuestas eran muy ingeniosas, así que las añadí. Aunque verlo escrito me ponía nerviosa. Era como ser consciente de que íbamos a pasar a la acción de nuevo, por primera vez desde hacía mucho tiempo. Era un tipo de acción distinta a las otras batallas que habíamos librado (era más bien una batalla de ingenio) pero había muchas cosas que dependían de ella. Si salía mal, las cosas podían ponerse muy feas para la familia de Kevin, que seguía en el recinto ferial. De hecho, ellos eran los que corrían más riesgo, y ni siquiera lo sabían.
Al final, después de esperar un día y medio sin volver a ver a Kevin, entregamos el mensaje por otros medios. Cuando las partidas de trabajadores ya estaban en el campo con sus vigilantes, Fi y yo salimos a hurtadillas del bosque y, volviendo a utilizar las casas viejas como protección para que no nos vieran los colonizadores alojados en
la casa principal, nos colamos en los cobertizos de los prisioneros. Fue muy fácil encontrar la cama de Kevin: era la más desastrada. Cogimos uno de sus calcetines y metimos dentro el papel, después hicimos la cama a toda prisa y escondimos el calcetín bajo las sábanas. Supusimos que los centinelas no se habrían fijado en si la cama estaba hecha o no por la mañana, pero, sin duda, Kevin lo sabría. Se daría cuenta de que pasaba algo raro.
La otra cosa que tenía que hacer yo era echar un vistazo al pozo viejo que había en el centro del reducido patio. Era uno de los pozos más grandes que había visto pero, como muchos de los pozos abandonados, podría resultar peligroso. La piedra de la pared estaba resquebrajada y el borde tenía trozos desprendidos. Tenía una tapa protectora: una gran lámina de acero que se abría por el centro tirando de dos asas en sentidos opuestos. Mientras Fi me sujetaba de la camisa por la espalda, forcejeé con las dos asas hasta que logré abrir lentamente la tapa. Una bocanada de aire rancio y húmedo me golpeó la cara. Los gases eran exactamente como me los había imaginado; noté unas náuseas inmediatas en cuanto llegaron a mi nariz. Contuve la respiración y me incliné hacia delante para ver el interior. Era increíblemente profundo y oscuro: no logré ver el fondo. Tiré una piedrecilla y esperé casi seis segundos antes de oír cómo tocaba el agua, lo cual era perfecto. Me incorporé con dificultad. Me había mareado tanto respirando ese aire viciado que tuve que pedirle a Fi que recolocara ella la tapa. No me apetecía volver a acercarme.
No pasó nada más hasta la mañana siguiente, cuando Kevin nos dio la señal tal como le indicábamos en nuestra carta. Le habíamos pedido que se pusiera algo verde para indicar que sí, algo rojo si era no, y amarillo si quería reunirse con nosotros para hablarlo. Yo apostaba que Kevin, que era un chico cauto, saldría vestido de amarillo de la cabeza a los pies. Pero nos sorprendió. Salió del cobertizo con una gorra verde, una camiseta verde chillón y unos pantalones de color verde oliva. El atuendo no pegaba ni con cola pero entonces me di cuenta, si es que me quedaba alguna duda, de lo desesperado que estaba por huir y reunirse con nosotros.
Lo observábamos escondidos en unos matorrales y, cuando vimos todas las prendas verdes, nos miramos los unos a los otros con una mezcla de miedo y emoción. Por una vez no nos tocaría hacer gran cosa. Nuestra parte se resumía a sentarnos y esperar. Únicamente tendríamos muchas cosas que hacer si los vigilantes se daban cuenta de que algo iba mal y venían a buscarnos. En cierto modo, habría preferido más acción. Sentarme a esperar nunca ha sido mi estilo.
Aunque sí que teníamos una tarea que cumplir: ir a buscar una oveja. O un cerdo, un canguro o un ternero. Pero la oveja nos pareció lo más fácil. Esperamos hasta que sacaron a los trabajadores para empezar la jornada y entonces anduvimos en dirección contraria. En un prado lejano encontramos un rebaño de corderillos. Merodeamos por allí hasta media tarde y entonces, Homer y yo, con la ayuda de los demás, acorralamos a un cordero. Decidimos no matarlo allí porque habría dejado marcas en la hierba. En lugar de eso, le atamos las patas y Homer, con cierta dificultad, se lo puso sobre los hombros y avanzó tambaleándose hasta perderse en el bosque. Algunas veces, tener hombres fuertes entre nosotros era una suerte. Una vez que todos estuvimos en la espesura del bosque, Homer soltó el cordero y entre él y yo lo matamos. Yo le rebané la garganta y él le rompió el cuello, mientras Fi se quedaba allí plantada haciendo comentarios en voz baja para expresar su repugnancia, como si algo hubiera salpicado el suelo del precioso salón de sus padres.
—Lo siento, Fi —dije con una sonrisa.
Dejamos la sangre para las moscas. Homer se cargó la carcasa a hombros y se dirigió hacia la granja. La tensión del momento me sacaba de quicio. Es mucho peor cuando el plan se te ha ocurrido a ti; la responsabilidad es enorme, insoportable. Me dije que jamás volvería a proponer nada, aunque incluso en el momento en que me hacía esa promesa supe que sería incapaz de cumplirla. Durante el trayecto fui hablando con Robyn, una conversación muy interesante. Mi amiga tenía una fantástica teoría religiosa según la cual ese corderillo era como el cordero pascual, sacrificado para salvar la vida de Kevin. Yo no sabía de qué me hablaba.
Cuando nos acercamos a la granja tuvimos que extremar las precauciones. No fue tarea fácil para Homer cargar con el cordero hasta el pozo. Lee se subió a un árbol desde el que podía vigilar la casa principal para indicarnos sacudiendo la mano que no había peligro. Tardó veinte minutos en dar la señal, cosa que implicaba que el tiempo se nos escapaba de las manos. Ya eran las cuatro y veinticinco. Homer estaba harto de las moscas. Es increíble lo rápido que encuentran el rastro de la sangre y la muerte, incluso en invierno. Pero por fin, en un último esfuerzo, consiguió alzar la carcasa a toda prisa para meterla en el pozo. Robyn y yo abrimos la tapa y Homer, con un suspiro de alivio, la lanzó al interior, cabeza abajo, para que cayera hasta el fondo. Cerramos la tapa de golpe y corrimos a escondernos. A partir de ese momento seríamos meros espectadores.
A las 5:19 h regresaron los hombres. Todos fueron directos a sus cobertizos: al parecer esa noche no tocaba baño. ¿Era cosa de mi imaginación o parecían nerviosos? Y ¿no caminaba Kevin un poco rígido o decaído? Me costaba respirar. Notaba un peso en el pecho. Pero no ocurrió nada hasta las 5:35 h. Entonces Kevin empezó a correr como si fueran a darle un Premio de la Academia.
Primero pasó caminando despreocupado por delante del almacén del acero galvanizado y curioseó un poco por allí, como si nunca hubiera visto una construcción así. Miró el poste de la esquina que quedaba más cerca de nosotros (y más cerca del centinela) y después miró atentamente la canalera. El vigilante gritó algo, estaba claro que le había preguntado qué hacía, y Kevin murmuró una respuesta antes de alejarse sin prisa. Se suponía que tenía que parecer un adolescente aburrido a punto de meterse en un lío, pero en mi opinión parecía demasiado contenido.
Después lo perdimos de vista durante diez minutos, pero sabíamos lo que se suponía que tenía que ocurrir. Kevin tenía que deambular hasta el pozo, forzar la tapa para abrirla y asomarse para ver el fondo. La piedra gastada cedería y Kevin se caería al pozo y moriría. O la caída o los gases pestilentes lo matarían; nos daba igual mientras no quedase duda de que estaba muerto. Esperamos hechos
un manojo de nervios.
Tal como estaba previsto, al cabo de cinco minutos oímos un chillido agudo. Apenas duró un instante, como si algo lo hubiera cortado por la mitad, pero fue lo bastante peculiar como para llamar la atención del centinela. Este se irguió, alerta, y volvió la cabeza en la dirección del grito, después trazó un círculo completo y miró con cautela a su alrededor. No era tonto. Saltaba a la vista que en el manual Cómo invadir otros países se había leído el capítulo de «Señuelos» por lo menos dos veces. Al cabo de unos segundos un hombre, uno de los prisioneros, pasó corriendo por delante del almacén metálico y llamó desesperado al centinela. Sin esperar siquiera a ver si el vigilante lo seguía, volvió a pasar corriendo. Lo hizo muy bien y al parecer acabó por convencer al soldado. Solo dudó un momento y después siguió a toda velocidad al prisionero.
Esperamos consumidos por la tensión. Oímos montones de gritos y vimos fugazmente a personas que corrían de un lado para otro. Al cabo de unos treinta minutos la cosa pareció calmarse un poco. Pero el centinela tardó más de una hora en regresar a su puesto de vigilancia. Y así terminó toda la emoción de la noche. La calma se adueñó del campamento hasta el amanecer. Supusimos que había funcionado, pero no estábamos seguros. Todos volvimos a tener insomnio.
A la mañana siguiente los trabajadores tardaron en marcharse. Cuando lo hicieron, todos parecían decaídos y desmoralizados. No había ni rastro de Kevin, claro. Pero de repente se me ocurrió un pensamiento atroz.
—Dios mío —le dije a Homer—, espero que no se cayera de verdad.
Transcurrió otra hora lenta. Entonces vi movimiento junto a la esquina del almacén. Llamé en voz baja a los demás, aunque no hubiera hecho falta. Ellos también lo habían visto. Todos estiramos el cuello, expectantes. Fue un momento de agonía. ¿Era Kevin o no era Kevin? ¿Éxito o fracaso? ¿Vida o muerte?
Corrió hacia nosotros como alma que lleva el diablo, sonriendo de oreja a oreja. Era como si estuviese descargando meses de
desesperación en esta breve carrera hacia la libertad. Me entraron ganas de animarlo con aplausos, pero no habría sido buena idea. Aún corríamos un peligro de muerte, porque seguíamos cerca del campamento y, lo más importante, la familia de Kevin también corría un peligro de muerte. Di un paso al frente para darle la bienvenida.
El soldado pareció surgir de la nada. No fue así, por supuesto. Había un viejo depósito de agua de lluvia, abierto al cielo, que alguien había arrojado entre los edificios y el bosque. Llevaba tanto tiempo allí tirado que los hierbajos habían empezado a crecer entre sus paredes y por encima del borde. Había pasado a formar parte del paisaje, de modo que ni siquiera nos habíamos percatado de su presencia. Pero supongo que el soldado se escondió dentro antes del amanecer. Era un tipo listo.
Estaba de espaldas a nosotros. Kevin se había detenido en seco y se quedó allí, boquiabierto, mientras el color abandonaba su rostro. El soldado apuntaba a Kevin con un rifle cargado. Lo único que teníamos a nuestro favor era que, evidentemente, el guardia no sabía que nos hallábamos a su espalda.
Yo no sabía qué hacer, ni se me ocurría una sola cosa que sirviera de algo. Lo único que sabía era que la había cagado y que por mi culpa iba a morir alguien. Oí que el soldado decía: —Crees que yo tonto. Ellos creen que yo tonto, ¿eh? Pero yo no tonto. Tonto tú.
Seguía sin poder pensar en qué hacer o decir. Detrás de mí noté un ligero movimiento, un sonido sigiloso. Volví la cabeza para ver qué pasaba, sin mover el cuerpo para evitar que el soldado lo percibiera. Homer había abierto la mochila y estaba sacando la pistola. Ya asomaba la mitad del arma. Un poco más lejos, vi que Lee alargaba la mano para pescar algo de su mochila. Hice unas muecas frenéticas dirigidas a Homer, y abrí mucho los ojos mientras arqueaba las cejas. No sabía cuál era la solución para aquel entuerto, pero, desde luego, no era la pistola. Había por lo menos una docena de colonos más en la casa principal; y seguro que estaban mejor provistos de armas que nosotros. Oí que el soldado le decía a Kevin: —Anda a la casa.
En ese momento, Lee empezó a avanzar. Aunque había preferido
no saber qué pasaba, me obligué a mirarle a las manos para ver qué sujetaba. Esperaba ver un cuchillo, como el que había empleado para matar al soldado joven en el valle del Holloway. Pero no llevaba un cuchillo. No había encontrado lo que buscaba en la mochila y ahora tenía las manos en la cintura. Lo que se apresuraba a quitarse era peor que un cuchillo. Era el cinturón de cuero trenzado.
Lee tenía los ojos abiertos como platos, o como faros. Se movía con el sigilo de un gato salvaje: era tan silencioso que apenas producía un leve crujido a cada paso que daba. No sé cómo me dio tiempo de sentirme celosa de sus andares gráciles y sigilosos. Pero entonces caí en la cuenta de que iba a tener que hacer algo más que mirar.
En cierto modo, lo que llevaba Lee era el arma perfecta. El cinturón tenía dos pequeñas arandelas de metal en un extremo por las que se pasaba el otro extremo para ajustarse a la cintura. Era el mismo tipo de cinturón que llevábamos todos: la mayoría nos lo habíamos hecho en el taller de cuero. Sin embargo, tuvo que ser Lee el que pensara en emplearlo como arma. Me entraron náuseas al asimilar que probablemente fuera perfecto. Aunque había un problema gordo: Lee iba a intentar estrangular a ese tío con un cinturón mientras él empuñaba un arma. Creo que era la cosa más valiente y más estúpida que había visto hacer en mi vida. Y supe que tenía que ayudarlo.
Al soldado se le estaba acabando la paciencia.
—¡Venga! —le gritaba a Kevin—. ¡Eres malo! ¡Tú, vuelve!
Kevin parecía aterrado. Había visto a Lee moverse por detrás del soldado y no sé qué es lo que le daba más miedo, Lee o el propio soldado. Pero por lo menos el hombre creía que era él quien había provocado la palidez de Kevin y el temblor de sus labios. Todavía no se le había ocurrido que pudiera haber alguien a su espalda; todavía no había pensado en darse la vuelta. Empecé avanzar junto a Lee. Sabía lo que tenía que hacer: agarrar el brazo con el que el hombre empuñaba el arma. Desesperada, intenté moverme con tanto sigilo como Lee. Kevin empezó a darse la vuelta tal como le ordenaba el soldado.

—Manos arriba, manos arriba —chillaba el guardia. 

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