Capítulo 23
—¿Qué?
—Michael estiró la mano y le acarició el pelo. Issi se arropó con el edredón y
asintió—. Lo siento.
—Yo no... —Ya no le quedaban lágrimas,
llevaban toda la noche despiertos, charlando, ella llorando, Mike consolándola,
dormitando abrazados, viendo la tele y comiendo lo poco que le soportaba el
estómago. Era su primera noche tras el bombazo, tenía miles de llamadas,
mensajes de móvil, emails e incluso visitas que pretendían consolarla, aunque
esa noche no había nada en el mundo que pudiera consolarla, nada salvo el amor
de su mejor amigo, que una vez más estaba ahí para sostenerla.
—¿Qué piensas hacer?
—Nada y júrame que tú tampoco.
—Lo juro —Se miraron a los ojos y se
agarraron de la mano. Eran las seis de la mañana y acababa de hacerse el test
de embarazo. Había salido positivo, pero la noticia no le afectaba lo más
mínimo, porque estaba anestesiada, aturdida y ya nada parecía hacerla despertar
de ese letargo provocado por las tilas y las valerianas que se había tomado a
lo largo de la noche.
—Duerme un poco, cariño, mañana será
otro día. —Le acarició la cara hasta que él cerró los ojos y se durmió. El
pobre tenía tanta presión encima como ella y se conmovió tanto, que le besó la
frente con mucho cariño antes de desplomarse en su almohada pensando una vez
más en Ronan y su amiga, ahogó un sollozo y vio por el rabillo del ojo que su
teléfono vibraba incansablemente sobre la mesilla, hacía horas que no lo
contestaba, así que lo agarró y al ver que se trataba de él, se levantó, salió
hacia el pasillo y le contestó, no sabía por qué, pero respondió con el corazón
galopándole en el pecho.
—Hola.
—¿Estás despierta?
—Ahora sí.
—¿No pensabas llamarme?, ¿recriminarme
un poco?, ¿gritarme como cualquier mujer normal y con algo de sangre en las
venas? —Estaba borracho, apenas podía entenderlo y la evidencia acabó por
derrumbarla. Se deslizó por la pared y se sentó en el suelo llorando otra vez—.
¡Maldita sea!, ¿no vas a decirme nada?
—¿Qué puedo decirte, Ronan?
—Grita un poco, ¡venga!, maldíceme,
seguro que has estado maldiciéndome con tus amigos, con tu padre, ¿eh? ¡Habla,
joder! ¡Dime algo de una puta vez! —Se oía un ruido infernal, el de una fiesta
monumental, por lo que no podía oír el llanto de ella, que no era capaz de articular
palabra—. Ya te dije que necesitaba estar con gente que no me juzgara
continuamente, eso es lo que ha pasado y lo estoy pasando muy bien.
—Me alegro por ti.
—He vuelto a ser yo y le gusto tal cual
soy, no espera que sea el hombre que no soy, algo que tú jamás has conseguido,
princesita.
—Adiós, Ronan.
—¡No! Espera un momento. Quiero hablar
con mis hijos.
—Están durmiendo, son las seis de la
mañana.
—Pues despiértalos y diles que su padre
quiere darles los buenos días...
—¡Mi vida, ¿vienes o no, cariño?! —Issi
oyó la voz con acento nórdico de la mujer y no pudo más, apagó el teléfono como
si le quemara, se levantó, se fue a la cocina, abrió el grifo de agua y lo puso
debajo. Roto en un minuto, como todo lo demás.
—¡Eloisse!, ¡maldita sea! —Britt se le
agarró al cuello pero inmediatamente se cayó al suelo muerta de la risa. El la
miró sin hacer amago de ayudarla y volvió a marcar el número de Issi, pero ya
no respondía, al fijo tampoco, así que esquivó a la mujer de Kevin y buscó una
butaca cómoda donde sentarse. La chica, la modelo, Viviane, hacía horas que
había desaparecido con otro tío, así que se había revolcado con alguna otra
nena de esas muy dispuestas, pero ya no podía más, solo la añoraba a ella, a la
gran Eloisse Cavendish, que estaría en ese momento planeando deshacerse de él
para siempre. Se miró las manos y se vio los nudillos heridos—. ¿Qué me ha
pasado?
—Buena pelea, tío... —la voz de Kevin le
llegó desde el suelo y frunció el ceño intentando recordar.
—¿Qué pelea?
—La que montamos en ese pub de mierda,
irlandeses se llamaban los muy gilipollas.
¿Qué pub? No recordaba nada. Se tocó el
mentón y notó que le dolía, pero qué más daba ya, estiró las piernas y dejó la
cabeza apoyada en el respaldo de la maldita butaca, no sabía cuánto tiempo
llevaba de juerga sin parar de beber. En Windsor, en la clínica de
rehabilitación, muchos compañeros le habían explicado que las recaídas eran las
peores, el cuerpo reconocía el alcohol y no podía dejarlo, era una necesidad
compulsiva y lo estaba comprobando, aunque a esas horas se sentía fatal, todo
le daba vueltas y le dolía la cabeza. Además había vomitado alguna vez, o
muchas veces, no lo sabía con certeza, aunque tampoco sabía con certeza dónde
se encontraba, solo podía notar que quedaba menos gente a su alrededor, ninguno
de sus músicos, ni Paul Henderson... Paul... se acordó de que casi le había
dado una paliza y el muy hijo de puta se había largado dejándolo tirado en
medio de la nada, era un puto blandengue y seguramente lo despediría, por
cobarde y por permitir que les hicieran esas fotos. Max jamás hubiese cometido
semejante error y eso lo honraba: Max, Max Wellis, buscó el teléfono móvil con
la intención de llamarlo, pero no pudo, todo le daba vueltas, así que cerró los
ojos y se durmió.
—Esto es confidencial, prométemelo Pam.
—Estás hablando con tu abogada, no con
tu prima política. —Pamela Cavendish se apartó de su familia que desayunaba en
la cocina, y se fue con el móvil al despacho. Eran las ocho de la mañana y
Eloisse, la prima de su marido y su cliente, la estaba llamando justo
veinticuatro horas después de que el mundo entero se enterara de la nueva vida
de su todavía marido—. Ya estoy sola, dime como estás, Issi.
—Embarazada.
—¿Qué? Dios bendito, ¿lo sabe el padre?
—El padre está en Suecia con su nuevo
amor. —Tragó saliva, necesitaba tomar decisiones, enseguida, y todo empezaba
por hablar con Pam que había gestionado su primer intento de divorcio—. Y creo
que ante la evidencia de que esto ya no tiene remedio, necesito que presentemos
la demanda de divorcio sin dilación.
—Como quieras, pero... ¿cómo?
—¿Cómo me quedé embarazada? Un accidente
en medio de una reconciliación.
—Bueno, ¿estás bien?
—No, pero escúchame, necesito que en el
acuerdo se contemple al nuevo bebé, no quiero que quede desprotegido, no quiero
nada de él, pero sí quiero que le dé el apellido, que... —Sollozó y Pam se
desplomó en su sillón pensando una vez más en que Eloisse, que era la chica más
guapa del mundo, era también la menos afortunada—. No sé cómo se arreglan estas
cosas, pero he leído en Internet que existen precedentes con niños no nacidos
aún y...
—Claro, podemos establecer términos para
el bebé, para el parto, la elección del nombre... ¿Crees que querrá una prueba
de paternidad? Lo siento, pero debo preguntar.
—No tiene motivos para pedir algo
semejante, pero si es tan perverso como para pedirlo, se la daremos, no hay
problema.
—Muy bien, voy tomando notas, pero creo
que debemos revisar el acuerdo económico, debes quedarte con esa casa y
asegurarte de que los niños tengan un nivel de vida equiparable al de su padre,
que por cierto es muy rico.
—Haz lo que sea necesario, pero no
quiero nada para mí, yo tengo mi trabajo o lo tenía y lo más importante es que
necesito que se incluyan ciertas normas en las visitas con los niños, necesito
que la niñera, Aurora, esté con ellos cuando se los lleve y que haga una
declaración jurada de que jamás, bajo ningún concepto, beberá o se drogará
estando a cargo de los niños, o no permitiré que los saque de mi casa.
—¿Qué pasa?, ¿crees que ha vuelto a
beber?
—Sí, me ha llamado esta mañana
completamente borracho y es terrible —Pam la oyó esforzarse por no llorar y se
le saltaron las lágrimas—. Tantos sacrificios para nada, y no sé qué me duele
más...
—Vale, tranquila, redactaré un convenio
regulador y en cuanto lo tenga te lo llevo a casa.
—Muy bien, pero necesito que sea rápido.
Quiero acabar con esto cuanto antes.
—Por supuesto, ¿estás sola con los
niños?
—No, Mike se ha quedado conmigo y está
Aurora. Mi padre y Fiona se pasaron la tarde de ayer aquí, aunque me apetecería
estar sola.
—Dios mío, Issi, no sabes cuánto lo
siento.
—Muchas gracias, adiós.
Colgó y se quedó mirando la pantalla del
ordenador. No había dormido en toda la noche y la llamada de Ronan había
acabado por darle la última estocada. Llevaba dos horas viendo el correo,
estudiando sus opciones de divorcio estando embarazada y repasando, sin poder
evitarlo, la prensa de Irlanda donde la nueva novia de Ronan Molhoney era la
protagonista. La chica era preciosa, rubia de ojos azules, muy delgada y
altísima. Seguro que harían una pareja espectacular en la alfombra roja y en
todas las fiestas a las que acudirían a partir de ese momento, pensó casi sin
lagrimas, comprobando, además, que ella, Issi, había pasado a ser «la madre de
los hijos del cantante, la bailarina inglesa...» en cuestión de horas. Ya ni
mencionaban su nombre, aunque habían publicado su patética imagen llorando al
salir de casa el día anterior. Todo era un circo, un enorme y cruel circo del
que pedía a Dios dejar de formar parte lo antes posible.
En el periódico sensacionalista que
había dado la exclusiva, aparecían nuevas imágenes de la pareja en Estocolmo ya
de día, abrazados y besándose antes de subir a unos coches para pasar un
romántico día fuera de la ciudad, como rezaban los titulares, sumando también
las imágenes más atractivas de la nueva conquista, que por lo visto había
posado desnuda un par de veces dando muestra de todos sus encantos. Era
preciosa. Issi pensó con amargura que era perfecta para él. Además, seguro que
no era ni tan rígida, ni tan controladora, ni tan aburrida como ella y eso era
lo que Ronan necesitaba en ese momento, y siempre.
—Patty —Marcó el número de su cuñada,
con la que más confianza tenía, y cerró los ojos mientras respiraba hondo. Se
sentía en la obligación de hablar con ella al ver las cientos de llamadas que
había recibido por parte de los Molhoney y que no había contestado, aunque se
arrepintió enseguida al oír que Patricia la saludaba echándose a llorar—. No
llores, por favor. Siento no haberos llamado ayer, pero fue un día... bueno...
—Lo sé, lo sé, Issi, ¿pero como estás?
—Bien, estamos bien, ¿tu madre?
—Estamos todos muy sorprendidos, Issi,
sabes que te queremos, que sabemos lo que has pasado con mi hermano, lo que has
luchado por él y...
—No importa. Bueno, solo quería
saludarte, porque en realidad no tengo mucho qué decir, saluda a Rose de mi
parte y a tus hermanos.
—Issi...
—¿Sí?
—¿Has hablado con él?
—Esta mañana y parece muy contento.
—¿Cómo que muy contento?
—Eso dice y estaba en una fiesta, así
que... en fin, Patty...
—¿Qué piensas hacer?
—Mi abogada presentará la demanda de
divorcio lo antes posible, no hay nada más que hacer.
—Madre de Dios. —Volvió a echarse a
llorar y Eloisse sintió un pinchazo en el vientre y unas náuseas espantosas— mi
hermano es un imbécil, Issi, lo siento tanto.
—Debo dejarte. Discúlpame con tu familia
y agradece su atención conmigo.
—Somos tu familia también, nosotros no
tenemos la culpa de que Ronan se comporte de esta forma.
—Adiós —colgó y corrió al cuarto de baño
para vomitar otra vez lo poco que tenía en el estómago.
—¿Max? —Marcó el número sin ver con
claridad las letras del nombre y afortunadamente fue su antiguo manager el que
respondió enseguida.
—¡¿Dónde coño te metes?! Llevamos horas
intentando localizarte. ¿Sabes cuántas putas llamadas perdidas tendrás en el
móvil?
—Cincuenta y dos... —Se levantó y tuvo
que sujetarse en la pared para mantener el equilibrio—. Acabo de verlas y ocho
eran de mi hijo... —Ahogó un sollozo y se echó a llorar—Necesito ayuda, Max.
—Bien, ¿dónde estás?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—En Suecia, pero no se nada más. Llevo
tres días bebiendo, o una semana, no lo sé, antes del concierto ya estaba
borracho y desde entonces no he parado, me he tirado a una tía, ¿sabes? He
probado de todo y ahora no puedo más, no puedo mantenerme... ¡Joder! —perdió
pie y cayó otra vez encima de la cama—. Llama a Issi, dile que venga, necesito
hablar con ella.
—No creo que vuelva a dirigirte la
palabra, gilipollas. Ahora céntrate y busca a alguien que parezca sobrio,
¿dónde está tu puto road manager?
—¿Y yo qué coño sé? —Se arrastró pegado
a la pared hasta un salón grande y comprobó que era la suite de un hotel.
Perfecto. Kevin y Britt dormían a pierna suelta en el suelo y otras dos chicas
en topless, abrazadas, en un sofá enorme—. Sheraton Stockholm Hotel —leyó en
una libreta del escritorio—. El hotel donde me estaba alojando desde el
principio, creo.
—Vale, perfecto, no te muevas de allí,
voy a recogerte, no te metas en la ducha, ni intentes salir, ¿de acuerdo? No
quiero que te pase algo más grave.
—¿Qué hora es?
—Las ocho de la mañana.
—¿De qué día?
—Sábado doce de febrero. Hace tres que
días que saliste en las portadas de todo el mundo con tu novia sueca.
—¿Qué novia sueca? ¡Joder! —Se acordó
del desastre y todo el panorama empeoró y se volvió negro—. Me la follé, pero
no he matado a nadie y no la he vuelto a ver.
—A mí me da igual. Tú ahora vuelve a la
cama y duerme, estaré allí lo antes posible.
—Gracias, Max.
Colgó y volvió casi a gatas a la cama,
afortunadamente estaba vacía y se tiró boca abajo, agotado. La resaca era
malísima, la peor de su vida y no podía ni abrir los ojos, así que los cerró y
pensó en Issi, en su preciosa cara de ángel, sus ojos oscuros y esa sonrisa
dulce que le regalaba cuando lo veía llegar o despertaban juntos. Era la chica
más guapa del mundo, con ese cuerpo perfecto y suave que era solo suyo y de
nadie más, la madre de sus preciosos retoños. Sintió los lagrimones calientes
sobre la cara, cuánto la echaba de menos a ella y a Jamie y a Alex, necesitaba
abrazarlos y besarlos y volver a la normalidad. Los niños lo necesitaban y
estarían preguntando por él. Decidió llamarlos, pero un poco más tarde, en
cuanto dejara de sentir que su lengua era un trapo áspero y pesado dentro de su
boca.
Capítulo 24
El hospital Saint Thomas era público y
la zona de Urgencias estaba llena de gente cuando llegaron, aunque
afortunadamente les habían asignado una habitación privada en el ala de
maternidad. Issi permanecía en observación tras pasar por un legrado de
urgencia, pero se encontraba bien, al menos físicamente, así que Michael la
dejó con sus padres y salió al pasillo a distraerse un poco. Desde la
publicación de las primeras imágenes de Ronan con esa mujer no se había
separado de ella, aunque esa mañana de domingo no se encontraba allí cuando
había empezado a sangrar, justo después de recoger a su madre y a Stavros en el
aeropuerto, y se sentía culpable.
Era el primer día, el cuarto tras el
desastre, que amanecía con ella, pero después del viaje al aeropuerto y de
comprobar que se encontraba bien, la había dejado para ir a su casa con Ralph.
Sin embargo, dos horas después Carmen lo había llamado para contarle lo de la
amenaza de aborto y lo de su traslado al hospital. Lamentablemente, la amenaza
se había convertido en una realidad, algo que no le extrañaba a nadie, teniendo
en cuenta el infierno que había tenido que soportar durante los últimos cuatro
días.
La prensa, sin nada mejor que hacer, se
recreaba a diario con imágenes de Molhoney y la sueca en Estocolmo, todo muy
extraño, mucha juerga y muchas drogas, se comentaba, incluso había habido una
pelea monumental en un pub, y al final el road manager del cantante, Paul
Henderson, lo había dejado solo en Suecia y poco más se sabía de él, salvo que
gastaba mucho y se hacía notar mucho allí por donde pasaba.
Todos habían decidido evitar que Issi
viera aquello, pero nada más pisar la calle la acosaban con preguntas al
respecto, aunque fuera con los niños de la mano, y se estaba volviendo loca
encerrada en casa, o en el teatro, cercada por cámaras de televisión y
fotógrafos que no mostraban la menor compasión o respeto por ellos. Era
desquiciante y más en su estado, y al final tanto llanto, tanto dolor, tanta
presión había acabado por explotar y había perdido al bebé.
—Michael... —Andrew Cavendish se acercó
y le palmoteó la espalda—. ¿Quieres un café?
—Gracias, pero ya me he tomado una
docena.
—He hablado con Stathman, dice que se
tome una semana o lo que necesite para recuperarse.
—Sí, a mí me ha dado el día libre
también.
—Vete a casa y descansa, hijo, no te has
separado de ella y estás agotado.
—Sí, cuando despierte. Le doy un beso y
ya la dejo en vuestras manos. —Miró al padre de su amiga y sintió lástima.
Andrew Cavendish parecía frío, pero adoraba a su única hija, la había criado
con mucho esmero y dedicación, y no podía soportar lo que estaba pasando, pero
menos aún podía comprender lo de ese embarazo y el aborto. Parecía derrotado.
—¿Tú sabías que había vuelto con él?
—No, lo supe hace muy poco.
—Andrew, Michael, ¿qué tal está? —Pamela
Cavendish llegó por su espalda y los saludó con un par de besos—. He venido en
cuanto me he enterado, ¿cómo está?
—Físicamente bien, pero no sabes como
lloraba, la pobre... —Michael miró al techo con los ojos llenos de lágrimas—.
Estaba destrozada, no es su mejor momento para encajar también este golpe.
—Lo siento mucho.
—Yo no, adoro a mis nietos y otro
hubiese sido bienvenido, pero no creo que este fuera el mejor momento para
tener otro hijo, y menos de ese hombre, era una locura. Pam —Andrew Cavendish miró
a la abogada y ella se acercó un poco más a él—. Issi me dijo que estabais con
la demanda de divorcio.
—Sí, está casi preparada, habíamos
incluido al bebé... ahora habrá que rectificar ese detalle, pero está casi
listo, me gustaría mandarlo esta semana a Irlanda.
—Es imprescindible que la parte
económica quede perfectamente solventada, ya sé que ella no quiere nada, pero
eso no me importa, hay que pedirle a ese individuo todo lo que ella y los niños
se merecen, la casa de Londres, la de Ibiza...
—La casa de Londres es alquilada, pero
pediremos que la compre y que mientras tanto se haga cargo de todos los gastos.
—Es lo mínimo después de destrozarle la
vida de esta manera... —Guardó silencio, miró por encima del hombro de Pamela y
lo que vio no le gustó lo más mínimo, se apartó de ella y saltó para cruzarse
en el camino de las dos personas que acababan de aparecer por allí—. ¡¿Adónde
demonios te crees que vas?!
—¿Cómo dices? —Ronan Molhoney, recién
aterrizado de Suecia, vestido de negro y con el pelo rubio y revuelto, miró a
su suegro desde su altura y con el ceño fruncido—. Vengo a ver a Issi, acabo de
estar en casa y Fiona me lo ha contado...
—¡Fuera de aquí! —Lo empujó por el pecho
y Ronan dio un paso atrás sintiendo que Max se le ponía al lado.
—No me toques, Andrew. —Levantó las
manos en son de paz y miró a Michael Fisher que lo observaba como una estatua—.
No me toques.
—¿Que no te toque? Hijo de la gran puta,
apártate de mi hija, ¿me oyes? —El apacible señor Cavendish le lanzó un puñetazo
que el otro esquivó con pericia, y siguió empujándolo sin conseguir que se
moviera un centímetro—. Vete de aquí. Mike, llama a seguridad.
—Ella me necesita —susurró con los ojos
rojos.
—No, no te necesita, tío, necesita que
la dejes en paz... —Mike al fin reaccionó y se interpuso entre ambos mirando a
Pamela—. Llévate a Andrew de aquí, por favor, yo me ocupo.
—No quiero ver tu cara cerca de mi hija,
¿entendido? o llamaré a la policía. Llevas diez años destruyéndola y mira lo
que has conseguido. Como vuelva a verte cerca de ella, te denuncio a la
policía... —Siguió gritando fuera de sí mientras Pam lo empujaba hacia la
cafetería, sin importarle las personas que se habían detenido para observarlos,
algo que Michael también ignoró pendiente como estaba de Molhoney, que parecía
abatido y demacrado.
—Qué demonios estáis haciendo, ¿eh?
—Ronan relajó los hombros y buscó sus ojos—. ¿No me vais a dejar ver a mi
mujer? Ella me necesita, hemos perdido un bebé... un niño... que... —Se echó a
llorar y Max lo abrazó. Michael bufó y le puso una mano encima del hombro—. Ha
sido culpa mía, no sabía nada, ¿sabías que estaba embarazada? No me había dicho
nada, ¿de cuánto estaba? Yo no sabía nada, nada.
—Seis semanas, ha sido un aborto de seis
semanas y yo tampoco sabía nada, ¿pero hubiese servido de algo que lo supieras,
tío?
—¿Qué?
—¿No te hubieses ido a Suecia, ni te
hubieses ligado a una chica tan guapa?, ¿hubieses hablado con ella y vuelto a
casa para perdonarla por vuestra última pelea?, ¿sabes acaso el daño tremendo
que le has hecho?, ¿lo sabes, capullo?
—Yo no... —Movió la cabeza y la bajó sin
palabras.
—No tienes que decir nada, ella dice que
estáis separados y que no quiere oír explicaciones, ni críticas contra ti, aun
en su estado te sigue siendo leal y solo por eso, deberías dar media vuelta y
volver con tu chica o con quien demonios te dé la gana. No nos interesa lo que
tengas que decir, ni a ella, ni a nosotros.
—¿Por eso me llamó antes del concierto?,
¿ya lo sabía? Me llamó y no pude hablarle, estaba...
—Ya da igual. Vete de aquí, nosotros
cuidaremos de ella, no está sola y aunque está fatal, sé que conseguirá salir
adelante, solo necesita tiempo y tranquilidad.
—Necesito verla —Hizo amago de avanzar
hacia la habitación y Michael lo agarró con fuerza por el brazo. Eran de la
misma estatura y ambos estaban en forma, en el pasado ya habían tenido una
pelea monumental en la calle por culpa de sus celos enfermizos, y estaba
dispuesto a repetirla en el puto hospital si insistía en entrar.
—¿Crees, sinceramente, que lo que
necesita ahora es verte precisamente a ti?
—Me necesita.
—¡No! Vete de aquí, te lo pido por
favor.
—Las cosas no son como parecen, Fisher.
—Perfecto, pero ya es tarde. Vete a
casa, pasa la noche con los niños, avisaré a Fiona y a Stavros.
—¡Dios bendito! —Se deshizo de su mano y
se paseó por la sala de espera atusándose el pelo y dando vueltas sin saber qué
demonios decir. Miró a Fisher que no le quitaba los ojos de encima y trató de
decir algo coherente, pero no pudo, solo llevaba unas horas sobrio, acababa de
pisar Londres y aún estaba aturdido con las noticias, el escándalo que se había
montado, la prensa persiguiéndolo en el aeropuerto y en la casa de Issi, las
llamadas de su familia...
—Se acabó, Ronan, ya no hay más, Issi ha
tocado fondo y no se lo merece. Si la quieres o en nombre de todo lo que habéis
compartido, déjala de una maldita vez en paz, este es el momento, ya sobran las
explicaciones, hazlo por ella o por vuestros hijos.
—¡Mike! —la puerta de la habitación se
abrió y Carmen se asomó buscándolo, lo llamó con la mano y al ver a su yerno,
le dedicó una mirada gélida—. Ha despertado.
—Ya voy. Adiós tío, adiós Max. —Dio una
palmada en la espalda al manager y caminó con calma hacia la habitación de
Eloisse. Ronan se movió lo suficiente para mirar por el pequeño ángulo que la
puerta abierta dejaba visible y la vio, de lado en la cama, pequeñita y frágil
llorando abrazada a una almohada.
—Salgamos de aquí —susurró Max al verlo
romper a llorar como un niño—. Ya no tienes nada que hacer aquí.
Capítulo 25
El día después de que a Ronan Molhoney
lo echaran del Hospital Saint Thomas, Emma Capshaw ganó sus primeras veinte mil
libras como paparazzi. Una fortuna, y todo gracias a que el destino la había
puesto delante del cantante, hecho un mar de lágrimas, cuando salía del centro
hospitalario seguido por su manager. Ella estaba allí en representación de su
jefe, que se había enterado del ingreso de Eloisse en Zurich, donde pasaba unos
días visitando una exclusiva clínica de fertilidad con la zorra de su exmujer,
y al bajar del coche, en el aparcamiento, divisó a Ronan destrozado, agarrado a
su coche, sollozando, y no dudó en sacar el teléfono móvil y fotografiar todo
lo que pudo, desde todos los ángulos, y antes de acabar la noche, Julia había
salvado las mejores fotos, las habían levantado, decía ella, y habían elaborado
un reportaje exclusivo de primerísima actualidad, aderezado por los datos que
consiguió de la familia de Eloisse, que no dudó en comentar a su amiga: estado
de salud de la paciente, semanas de embarazo, detalles del legrado y lo mejor,
la noticia de que al cantante lo habían largado con viento fresco cuando
intentó acercarse a ella, dejando clarísimo que nadie de su entorno quería que
volviera a dirigirle la palabra, nunca más, noticia que salió a tres columnas
en el News of the World.
Ese reportaje le regaló un suculento
dinero extra y provocó que Julia y su novio consiguieran un ascenso. Aquello lo
habían celebrado con una soberana borrachera en Candem Town, se lo habían
pasado en grande y desde entonces se dedicaba a seguir a Issi, a Liam, a Amanda
Heines, a Rupert Simpson, a los amigos famosos de su jefe y por supuesto a
Ronan Molhoney, que de pronto desapareció de la faz de la tierra, con lo cual
cualquier imagen suya valía mucho dinero. Era un trabajo muy fácil para alguien
en su posición, además, ganaba pasta y de paso fastidiaba un poco la perfecta
vida de esa gente tan egoísta y estirada que no daba importancia a nada, salvo
a su propia intimidad, así que amenazar un poco su tan cacareada privacidad la
divertía horrores.
Ella, que pasados los meses se había
ganado la confianza de personas como Michael Fisher, tomaba nota y ponía
atención a todo lo que oía por allí, hacía preguntas discretas, pero cargadas
de intención y pronto fue forzando su presencia en reuniones o fiestas privadas
para estar al tanto de todo, se convirtió en una espía muy bien pagada y muy
eficaz, a la par que seguía aumentando su admiración y amor incondicional por
su jefe, el hombre más adorable del planeta, del que sabía todo, al que amaba,
aunque él siguiera adorando a esa muchacha insulsa e infeliz llamada Eloisse
Molhoney, una chica preciosa, sí, pero tan triste y ausente, que daba miedo.
—¿Emma?
—Hola, Liam —cerró el ordenador donde
estaba revisando las últimas imágenes de Eloisse captadas en el parque con sus
niños y lo miró forzando una sonrisa.
—¿Te pasa algo? Te veo extraña —Liam
avanzó hacia ella y entornó los ojos—. ¿Llevas lentillas?
—Oh sí, es un experimento, ¿te gustan?
—Se miró de reojo en el espejo de la pared y se vió muy distinta, con el pelo y
los ojos oscuros, le encantaba—. Una amiga las promociona y me ha regalado
unas.
—¿En serio?
—¿No te gustan?
—No es asunto mío. ¿Sabes a qué hora
llega el vuelo de Amy?
—A las seis... —Se puso de pie y se
acercó a él con precausión y una tristeza enorme subiéndole por el pecho—. Si
no te gustan, me las quito.
—A la que le tienen que gustar es a ti,
no a mi, querida.
—Pero quiero saber tu opinión.
—Sinceramente, no me gustan los
artificios —contestó sin volver a mirarla a la cara, ella retrocedió y Liam
agarró el periódico de forma distraída—. ¿Ha llamado Eloisse Molhoney?
—No, sí Ralph, todo está preparado para
la fiesta.
—Perfecto, ¿adónde vas? —Liam levantó
los ojos del escritorio y vio que se marchaba a la carrera—. Tenemos que
revisar los ajustes del...
—Al baño, a quitarme esta mierda... —Lo
último lo dijo entre lágrimas y Liam bufó moviendo la cabeza, al final Amanda
iba a tener razón y Emma no estaba teniendo un comportamiento muy razonable
últimamente. Iba a tener que prestar más atención...—. No me hagas caso, Emma,
yo no entiendo mucho de moda...
—¡Déjame en paz...! —Oyó que la ayudante
gritaba desde el pasillo, acto seguido, se encerró en el cuarto de baño con un
sonoró portazo. Él guardó silencio un segundo, perplejo, y decidió sobre la
marcha que ya era hora de ir tomando ciertas medidas con respecto a ella.
Capítulo 26
Encendió las velas de la tarta en la
cocina y salieron al enorme salón decorado para la ocasión con cientos de
globos, cantando el feliz cumpleaños para Mike. Él se abrazó a Ralph feliz como
un niño y acabó soplando las treinta y una velas entre lagrimones. Estaba
dichoso y Eloisse se emocionó con él. Habían tardado mucho en organizar esa
fiesta sorpresa sin que sospechara nada y al final había resultado perfecta,
con todos sus amigos, media compañía y una de sus hermanas allí, una noche
entrañable después de la función y que aún prometía muchas novedades.
—Un momento —Ralph, muy elegante, chocó
dos copas para que le prestaran atención y todo el mundo guardó silencio—.
Quiero agradecer a nuestra anfitriona que nos cediera su enorme y céntrica casa
para esta fiesta. Gracias, Issi, ha salido perfecto —Mike la abrazó y ella le
besó la mejilla—. Y también quiero aprovechar este día, el dos de mayo del
2011, día en que el amor de mi vida cumple treinta y un años para hacer una
cosa... Ven aquí, Michael Fisher.
—¿Qué pretendes, Ralph Smithson? —bromeó
él acercándose al centro del salón muy emocionado. Vio con asombro como su
novio sacaba un estuche del bolsillo, se ponía de rodillas delante de todo el
mundo y lo miraba a los ojos—. No me lo puedo creer.
—Créetelo, mi vida. ¿Quieres casarte
conmigo?
—¿Que si quiero casarme contigo?, ¡Sí!
—gritó y se agachó para fundirse en un abrazo con él. Todo el mundo estalló en
aplausos y Eloisse se echó a llorar, respiró hondo y se alejó de allí antes de
acabar estropeando la noche mágica de Michael.
Volvió a la cocina limpiándose las
lágrimas y con la excusa de sacar más comida, y al entrar miró la foto que los
niños le habían dejado esa mañana en la nevera, los dos disfrazados en el
cumpleaños de un amiguito del colegio, Jamie de pirata y Alex de duende, o más
bien de Leprenchaun, el duendecillo tradicional irlandés. El disfraz se lo
había comprado su abuela Rose en el último día de San Patricio que habían
pasado en Dublín, y se había empeñado en llevarlo al cumpleaños de Omar Griffin
en Hyde Park, una fiesta muy divertida de la que habían vuelto con los
disfraces destrozados. Afortunadamente, Aurora había conseguido hacerles esa
fotografía antes del desastre.
Acarició la foto con dulzura y volvió a
la tarea de servir más comida. Hacía casi tres meses que su vida había estado
al borde del abismo y, sin embargo, ahí estaba, muy entera en la fiesta de
cumpleaños y compromiso de Mike y se sintió orgullosa. Tras el aborto se había
pasado diez días en la cama sin comer y llorando sin parar. Un colapso, le había
diagnosticado su psiquiatra después de atenderla en casa, un maldito colapso
nervioso acompañado por una especie shock postraumático y una depresión que a
punto estuvo de matarla en la cama. Aunque apenas recordaba aquello, solo lo
hacía de refilón, como en sueños, como si le hubiese ocurrido a otra persona.
Afortunadamente el amor por Jamie y Alex la hizo empezar a levantarse, a comer
y a tratar de parecer una madre normal y no una bruja llorona y flaca que
languidecía en su dormitorio. Los niños la necesitaban y ellos la habían sacado
del agujero profundo en el que había caído tras el desastre, y del que no tenía
esperanza de salir, pero el tiempo todo lo cura, le decía todo el mundo, y
aunque aún le quedaban años de recuperación, según su punto de vista, al menos
ya podía hacer vida medianamente normal, ir a trabajar y ser una madre
responsable.
A mediados de marzo, un mes después del
cataclismo (como lo llamaba Mike), aunque con retraso por culpa de su
enfermedad, estrenaron la obra contemporánea con enorme éxito y llevaban un mes
llenando el teatro. Los paparazzi la acosaban a diario y la llamaban de todas
partes para que diera entrevistas, le ofrecían verdaderas fortunas para que
hablara de su ex, pero lógicamente se negaba en redondo. La rueda de prensa de
presentación de la nueva obra se la saltó, con permiso de George, y tampoco fue
a buscar el premio que le habían dado como Mejor Figura Artística del año. Mike
fue en su lugar, lo que suponía que no estaba preparada para enfrentarse al
mundo, algo que le decían constantemente, y que era verdad, porque no estaba
preparada, como tampoco estaba preparada para hablar de Ronan, al que no había
vuelto a nombrar en voz alta desde entonces, porque no podía pronunciar ese
nombre que ella amaba tanto, y se refería a él como el padre de los niños o
papá.
Hacía mes y medio que Pamela había
presentado la demanda de divorcio. Ronan y sus abogados habían firmado un
convenio regulador provisional y estaban estudiando el acuerdo definitivo,
aunque él se ocupaba de todos los gastos, la ayudaba a mantener la casa y no le
había retirado ninguna tarjeta de crédito ni el acceso a sus cuentas bancarias,
como había hecho la primera vez que se había intentando divorciar de él, todo
era mucho más civilizado y cordial, y le permitía seguir viviendo en esa casa y
con ese nivel de vida, lo cual era muy de agradecer, aunque en el fondo le
fastidiaba bastante depender de él.
No había vuelto a verlo, procuraba no
estar cuando iba a recoger o a dejar a los niños y no hablaban por teléfono
porque tras romper su móvil debajo del grifo de la cocina, se había comprado
otro cuyo número no le facilitó, así que él llamaba a Aurora o a casa y gracias
al reconocimiento de llamadas del aparato, no lo cogía si sabía que era él,
porque no podía oír su voz, mucho menos entablar una charla con él, no podía,
porque se le partía el alma en dos.
Llevaba por tanto casi tres meses sin
verlo, y era lo mejor, no quería que la viera destrozada y sufriendo, su
dignidad no se lo permitía, porque aunque él no hablara públicamente de su
novia sueca tan guapa, y no se los hubiera vuelto a ver juntos, la chica se
había pasado más de un mes apareciendo en todos los programas de televisión
importantes de Inglaterra e Irlanda. Daba entrevistas, posaba para los
paparazzi, asistía a fiestas, estrenos, inauguraciones, siempre divertida,
bromista, espectacular y abierta, la delicia de los medios de comunicación a
los que contaba con detalle sus encuentros con Ronan Molhoney, definiéndolos
como «sexo de primera» y frases similares que la habían convertido durante
semanas en un éxito total, aplaudido por todo el mundo, porque ella, Viviane
Johansson, tenía un desparpajo encantador, decían, y era capaz de sentarse en
un programa nocturno, con un mini vestido transparente y contar con una gracia
increíble que a Ronan le encantaba hacerlo en la ducha, unas declaraciones que
Eloisse intentaba ignorar a toda costa, procurando no ver televisión, ni leer
la prensa sensacionalista, aunque su imagen se le apareciera a bocajarro en la
calle, a diario, en cualquier quiosco donde era primera plana indiscutida.
Aquello resultaba duro para cualquier
mujer y ella lo sufría con resignación y a veces con vergüenza, sintiéndose
bastante humillada, y por esas razones no quería ver a Ronan, no podía mirarlo
a los ojos, no podía soportar tenerlo cerca y aparentar que todo marchaba bien,
no podía porque no era cierto, todo marchaba mal, estaba hecha añicos por
dentro, aunque caminara, hablara y riera con naturalidad, estaba rota y pasarían
muchos años hasta que consiguiera recomponerse de verdad y tal vez entonces,
solo entonces, podría volver a mirarlo a los ojos y charlar, mientras tanto,
era mejor mantener la distancias.
—¿Y tus niños? —Emma Capshaw entró en la
cocina e interrumpió sus pensamientos de golpe—. ¿Dónde están?
—En Dublín con su padre.
—A mí me encanta Dublín, ¿estás bien?
—Se acercó al ver sus ojos húmedos pero Issi le dio la espalda.
—Sí, gracias, un poco cansada, hemos
trabajado mucho con Ralph.
—¡¿Issi, ¿lo has visto?! —Mike entró en
la cocina con la mano estirada para que vieran su alianza de pedida—. Claro que
la has visto. ¿La elegiste tú?
—Bueno, ayudé un poco, es preciosa, ¿eh?
—Se puso de puntillas y lo besó con cariño—. Felicidades.
—Me ha llamado tu madre y dice que me
deja su casa de Ibiza para la boda.
—Tú sabrás...
—Es perfecta, ¿llevamos más comida?
—Sí, saca esas pizzas y aquellos
canapés... —El telefonillo de la entrada sonó y ella abrió a Liam Galway que
llegaba tarde—. Emma, es tu jefe.
—¿Vendrá solo? Como Amanda no se separa
de él...
—No lo sé, ¿quieres abrir la puerta por
favor?
—Sí, pero quita los cuchillos de mi
alcance o acabaré matando a esa zorra.
—¿Cómo dices?
—Es que... —Se acercó en plan
confidencial y Eloisse se apartó de manera involuntaria, pero le prestó
atención—. Liam y yo, ya sabes... estamos... empezando... ya te lo imaginas y
Amanda no consigue aceptarlo.
—¿Empezando? —parpadeó confusa un
segundo y luego le sonrió—. ¿Estáis saliendo juntos?
—Sí, pero es un secreto, no queremos
hacerlo público.
—Pero eso es estupendo, me alegro por
vosotros.
—Es maravilloso, es tan atento y
cariñoso, Issi, estamos locos el uno por el otro.
—Fantástico. Enhorabuena.
—Gracias y ahora voy a abrir, pero
Eloisse... —La detuvo agarrándola del brazo— no se lo digas a nadie, por favor,
no queremos contarlo hasta el día del compromiso.
—Por supuesto, tú tranquila.
—Gracias.
Capítulo 27
—¡Mamá! —Alex se echó a llorar y Ronan
entró corriendo en la cocina con el teléfono en la mano—. ¡Mamiiii!
—¿Qué ha pasado? Cariño, ¿qué te pasa?
—Se arrodilló para cogerlo en brazos y miró a su madre, que los acompañaba en
Killiney el fin de semana, con el ceño fruncido.
—Se ha dado con la mesa por andar
correteando ahí debajo.
—Les gusta corretear por aquí.
—Pero es peligroso, ¿estás bien,
corazón? —Rose Molhoney acarició la frente de su nieto y suspiró—. Se parece
tanto a ti que a veces me asusta.
—Ya mejorará, ¿verdad, bebé?, ¿dónde
está tu hermano?
—¿Mamá?
—En Londres, ¿quieres agua?
—Quiero a mamá —Se echó a llorar con
unos lagrimones enormes y él no atinó a nada, salvo a abrazarlo y besarle la
cabecita rubia.
—No está, pero mañana te llevo a verla,
¿quieres?, Alex, mírame. —Alex lo miró haciendo pucheros—. Te lo prometo,
mañana... ¿Estás bien?
—Lo que necesitan es a su madre, son tan
pequeños... —Rose respiró hondo con un nudo en la garganta y se volvió hacia la
cocina para seguir recogiendo los restos de la cena—. No deberíais hacerlos
pasar por esto.
—¿Y qué quieres?, ¿qué no los vea?
—No, Ronnie, quiero que luches por tu
familia.
—Eso es fácil de decir.
—¿Tú crees?
—¿Estás en mi contra?
—No, hijo, no estoy en tu contra, pero
se me parte el corazón ver a mis nietos, que son casi unos bebés, separados fin
de semana sí, fin de semana no, de su madre, eso no es sano, ni puede ser
bueno.
—Está bien... —Se apartó de su madre con
Alexander acurrucado en el hombro y volvió al teléfono—. Lo siento, Paul, son
los niños... Dime.
—Solo digo que ya pasó lo peor, solo ha
aprovechado su momento, pero ya es agua pasada.
—¿Agua pasada? Llevo tres meses
soportando que esa mujer hable de mí en los medios, se aproveche de mi nombre,
¿y me dices que es agua pasada?, ¿de parte de quién estás, tío?
—Nada de lo que dice es mentira, te
acostaste con ella, en repetidas ocasiones durante un fin de semana muy largo y
los abogados no pueden demandarla por contar una historia que es verdad, tiene
cientos de testigos, ya lo hemos hablado.
—Fueron dos malditos días y parecen diez
años de matrimonio —tragó saliva y pensó involuntariamente en Issi—. Vale,
acepta la entrevista en el programa de Conan O’Brian.
—Ron, no creo...
—No te pago para que me contradigas,
tío, ¿de acuerdo?, acepta la puta entrevista, ya me tenéis harto... todos
vosotros... —Colgó y tiró el aparato con fuerza contra el sofá, acarició la
espalda de Alex que se había quedado dormido y vislumbró la figura de Aurora a
través de la cristalera de la terraza—. Aurora.
—Hola, Jamie se ha dormido ya.
—Gracias, ¿qué sabes del hermano de
Kirk? Lo he llamado, pero...
—Acaba de llamarme, ha salido bien de la
operación, pero hay que esperar a la quimio y todo lo demás.
—Seguro que se pone bien, es muy joven.
—Eso esperamos todos, ¿es verdad que les
vas a comprar un perro?, me lo ha dicho James y no supe que contestar.
—Sí, bueno, he pensado que un cachorrito
les hará ilusión y tal vez así no echen tanto de menos su casa y a su madre.
—Bajó la cabeza y volvió a besar la de Alex—. Cada día llevan peor separarse de
Issi, o al menos eso parece.
—Son muy pequeños y los niños pequeños
añoran a su madre, en casa también lloran cuando ella no está, es normal,
además siendo Issi como es... —Se calló al ver sus ojos brillantes—. Es normal,
no hay que darle mayor importancia.
—¿Y cómo está?
—¿Ella? Pues ocupada. Esta noche habían
organizado una fiesta sorpresa para Michael, por su cumpleaños y Ralph le iba a
pedir matrimonio, así que ha pasado unos días muy liada.
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