sábado, 15 de marzo de 2014

Me mirare siempre en tus ojos, partes 7

 Capítulo 23

         —¿Qué? —Michael estiró la mano y le acarició el pelo. Issi se arropó con el edredón y asintió—. Lo siento.
         —Yo no... —Ya no le quedaban lágrimas, llevaban toda la noche despiertos, charlando, ella llorando, Mike consolándola, dormitando abrazados, viendo la tele y comiendo lo poco que le soportaba el estómago. Era su primera noche tras el bombazo, tenía miles de llamadas, mensajes de móvil, emails e incluso visitas que pretendían consolarla, aunque esa noche no había nada en el mundo que pudiera consolarla, nada salvo el amor de su mejor amigo, que una vez más estaba ahí para sostenerla.
         —¿Qué piensas hacer?
         —Nada y júrame que tú tampoco.
         —Lo juro —Se miraron a los ojos y se agarraron de la mano. Eran las seis de la mañana y acababa de hacerse el test de embarazo. Había salido positivo, pero la noticia no le afectaba lo más mínimo, porque estaba anestesiada, aturdida y ya nada parecía hacerla despertar de ese letargo provocado por las tilas y las valerianas que se había tomado a lo largo de la noche.
         —Duerme un poco, cariño, mañana será otro día. —Le acarició la cara hasta que él cerró los ojos y se durmió. El pobre tenía tanta presión encima como ella y se conmovió tanto, que le besó la frente con mucho cariño antes de desplomarse en su almohada pensando una vez más en Ronan y su amiga, ahogó un sollozo y vio por el rabillo del ojo que su teléfono vibraba incansablemente sobre la mesilla, hacía horas que no lo contestaba, así que lo agarró y al ver que se trataba de él, se levantó, salió hacia el pasillo y le contestó, no sabía por qué, pero respondió con el corazón galopándole en el pecho.
         —Hola.
         —¿Estás despierta?
         —Ahora sí.
         —¿No pensabas llamarme?, ¿recriminarme un poco?, ¿gritarme como cualquier mujer normal y con algo de sangre en las venas? —Estaba borracho, apenas podía entenderlo y la evidencia acabó por derrumbarla. Se deslizó por la pared y se sentó en el suelo llorando otra vez—. ¡Maldita sea!, ¿no vas a decirme nada?
         —¿Qué puedo decirte, Ronan?
         —Grita un poco, ¡venga!, maldíceme, seguro que has estado maldiciéndome con tus amigos, con tu padre, ¿eh? ¡Habla, joder! ¡Dime algo de una puta vez! —Se oía un ruido infernal, el de una fiesta monumental, por lo que no podía oír el llanto de ella, que no era capaz de articular palabra—. Ya te dije que necesitaba estar con gente que no me juzgara continuamente, eso es lo que ha pasado y lo estoy pasando muy bien.
         —Me alegro por ti.
         —He vuelto a ser yo y le gusto tal cual soy, no espera que sea el hombre que no soy, algo que tú jamás has conseguido, princesita.
         —Adiós, Ronan.
         —¡No! Espera un momento. Quiero hablar con mis hijos.
         —Están durmiendo, son las seis de la mañana.
         —Pues despiértalos y diles que su padre quiere darles los buenos días...
         —¡Mi vida, ¿vienes o no, cariño?! —Issi oyó la voz con acento nórdico de la mujer y no pudo más, apagó el teléfono como si le quemara, se levantó, se fue a la cocina, abrió el grifo de agua y lo puso debajo. Roto en un minuto, como todo lo demás.
          
          
         —¡Eloisse!, ¡maldita sea! —Britt se le agarró al cuello pero inmediatamente se cayó al suelo muerta de la risa. El la miró sin hacer amago de ayudarla y volvió a marcar el número de Issi, pero ya no respondía, al fijo tampoco, así que esquivó a la mujer de Kevin y buscó una butaca cómoda donde sentarse. La chica, la modelo, Viviane, hacía horas que había desaparecido con otro tío, así que se había revolcado con alguna otra nena de esas muy dispuestas, pero ya no podía más, solo la añoraba a ella, a la gran Eloisse Cavendish, que estaría en ese momento planeando deshacerse de él para siempre. Se miró las manos y se vio los nudillos heridos—. ¿Qué me ha pasado?
         —Buena pelea, tío... —la voz de Kevin le llegó desde el suelo y frunció el ceño intentando recordar.
         —¿Qué pelea?
         —La que montamos en ese pub de mierda, irlandeses se llamaban los muy gilipollas.
         ¿Qué pub? No recordaba nada. Se tocó el mentón y notó que le dolía, pero qué más daba ya, estiró las piernas y dejó la cabeza apoyada en el respaldo de la maldita butaca, no sabía cuánto tiempo llevaba de juerga sin parar de beber. En Windsor, en la clínica de rehabilitación, muchos compañeros le habían explicado que las recaídas eran las peores, el cuerpo reconocía el alcohol y no podía dejarlo, era una necesidad compulsiva y lo estaba comprobando, aunque a esas horas se sentía fatal, todo le daba vueltas y le dolía la cabeza. Además había vomitado alguna vez, o muchas veces, no lo sabía con certeza, aunque tampoco sabía con certeza dónde se encontraba, solo podía notar que quedaba menos gente a su alrededor, ninguno de sus músicos, ni Paul Henderson... Paul... se acordó de que casi le había dado una paliza y el muy hijo de puta se había largado dejándolo tirado en medio de la nada, era un puto blandengue y seguramente lo despediría, por cobarde y por permitir que les hicieran esas fotos. Max jamás hubiese cometido semejante error y eso lo honraba: Max, Max Wellis, buscó el teléfono móvil con la intención de llamarlo, pero no pudo, todo le daba vueltas, así que cerró los ojos y se durmió.
          
          
         —Esto es confidencial, prométemelo Pam.
         —Estás hablando con tu abogada, no con tu prima política. —Pamela Cavendish se apartó de su familia que desayunaba en la cocina, y se fue con el móvil al despacho. Eran las ocho de la mañana y Eloisse, la prima de su marido y su cliente, la estaba llamando justo veinticuatro horas después de que el mundo entero se enterara de la nueva vida de su todavía marido—. Ya estoy sola, dime como estás, Issi.
         —Embarazada.
         —¿Qué? Dios bendito, ¿lo sabe el padre?
         —El padre está en Suecia con su nuevo amor. —Tragó saliva, necesitaba tomar decisiones, enseguida, y todo empezaba por hablar con Pam que había gestionado su primer intento de divorcio—. Y creo que ante la evidencia de que esto ya no tiene remedio, necesito que presentemos la demanda de divorcio sin dilación.
         —Como quieras, pero... ¿cómo?
         —¿Cómo me quedé embarazada? Un accidente en medio de una reconciliación.
         —Bueno, ¿estás bien?
         —No, pero escúchame, necesito que en el acuerdo se contemple al nuevo bebé, no quiero que quede desprotegido, no quiero nada de él, pero sí quiero que le dé el apellido, que... —Sollozó y Pam se desplomó en su sillón pensando una vez más en que Eloisse, que era la chica más guapa del mundo, era también la menos afortunada—. No sé cómo se arreglan estas cosas, pero he leído en Internet que existen precedentes con niños no nacidos aún y...
         —Claro, podemos establecer términos para el bebé, para el parto, la elección del nombre... ¿Crees que querrá una prueba de paternidad? Lo siento, pero debo preguntar.
         —No tiene motivos para pedir algo semejante, pero si es tan perverso como para pedirlo, se la daremos, no hay problema.
         —Muy bien, voy tomando notas, pero creo que debemos revisar el acuerdo económico, debes quedarte con esa casa y asegurarte de que los niños tengan un nivel de vida equiparable al de su padre, que por cierto es muy rico.
         —Haz lo que sea necesario, pero no quiero nada para mí, yo tengo mi trabajo o lo tenía y lo más importante es que necesito que se incluyan ciertas normas en las visitas con los niños, necesito que la niñera, Aurora, esté con ellos cuando se los lleve y que haga una declaración jurada de que jamás, bajo ningún concepto, beberá o se drogará estando a cargo de los niños, o no permitiré que los saque de mi casa.
         —¿Qué pasa?, ¿crees que ha vuelto a beber?
         —Sí, me ha llamado esta mañana completamente borracho y es terrible —Pam la oyó esforzarse por no llorar y se le saltaron las lágrimas—. Tantos sacrificios para nada, y no sé qué me duele más...
         —Vale, tranquila, redactaré un convenio regulador y en cuanto lo tenga te lo llevo a casa.
         —Muy bien, pero necesito que sea rápido. Quiero acabar con esto cuanto antes.
         —Por supuesto, ¿estás sola con los niños?
         —No, Mike se ha quedado conmigo y está Aurora. Mi padre y Fiona se pasaron la tarde de ayer aquí, aunque me apetecería estar sola.
         —Dios mío, Issi, no sabes cuánto lo siento.
         —Muchas gracias, adiós.
         Colgó y se quedó mirando la pantalla del ordenador. No había dormido en toda la noche y la llamada de Ronan había acabado por darle la última estocada. Llevaba dos horas viendo el correo, estudiando sus opciones de divorcio estando embarazada y repasando, sin poder evitarlo, la prensa de Irlanda donde la nueva novia de Ronan Molhoney era la protagonista. La chica era preciosa, rubia de ojos azules, muy delgada y altísima. Seguro que harían una pareja espectacular en la alfombra roja y en todas las fiestas a las que acudirían a partir de ese momento, pensó casi sin lagrimas, comprobando, además, que ella, Issi, había pasado a ser «la madre de los hijos del cantante, la bailarina inglesa...» en cuestión de horas. Ya ni mencionaban su nombre, aunque habían publicado su patética imagen llorando al salir de casa el día anterior. Todo era un circo, un enorme y cruel circo del que pedía a Dios dejar de formar parte lo antes posible.
         En el periódico sensacionalista que había dado la exclusiva, aparecían nuevas imágenes de la pareja en Estocolmo ya de día, abrazados y besándose antes de subir a unos coches para pasar un romántico día fuera de la ciudad, como rezaban los titulares, sumando también las imágenes más atractivas de la nueva conquista, que por lo visto había posado desnuda un par de veces dando muestra de todos sus encantos. Era preciosa. Issi pensó con amargura que era perfecta para él. Además, seguro que no era ni tan rígida, ni tan controladora, ni tan aburrida como ella y eso era lo que Ronan necesitaba en ese momento, y siempre.
         —Patty —Marcó el número de su cuñada, con la que más confianza tenía, y cerró los ojos mientras respiraba hondo. Se sentía en la obligación de hablar con ella al ver las cientos de llamadas que había recibido por parte de los Molhoney y que no había contestado, aunque se arrepintió enseguida al oír que Patricia la saludaba echándose a llorar—. No llores, por favor. Siento no haberos llamado ayer, pero fue un día... bueno...
         —Lo sé, lo sé, Issi, ¿pero como estás?
         —Bien, estamos bien, ¿tu madre?
         —Estamos todos muy sorprendidos, Issi, sabes que te queremos, que sabemos lo que has pasado con mi hermano, lo que has luchado por él y...
         —No importa. Bueno, solo quería saludarte, porque en realidad no tengo mucho qué decir, saluda a Rose de mi parte y a tus hermanos.
         —Issi...
         —¿Sí?
         —¿Has hablado con él?
         —Esta mañana y parece muy contento.
         —¿Cómo que muy contento?
         —Eso dice y estaba en una fiesta, así que... en fin, Patty...
         —¿Qué piensas hacer?
         —Mi abogada presentará la demanda de divorcio lo antes posible, no hay nada más que hacer.
         —Madre de Dios. —Volvió a echarse a llorar y Eloisse sintió un pinchazo en el vientre y unas náuseas espantosas— mi hermano es un imbécil, Issi, lo siento tanto.
         —Debo dejarte. Discúlpame con tu familia y agradece su atención conmigo.
         —Somos tu familia también, nosotros no tenemos la culpa de que Ronan se comporte de esta forma.
         —Adiós —colgó y corrió al cuarto de baño para vomitar otra vez lo poco que tenía en el estómago.
          
          
         —¿Max? —Marcó el número sin ver con claridad las letras del nombre y afortunadamente fue su antiguo manager el que respondió enseguida.
         —¡¿Dónde coño te metes?! Llevamos horas intentando localizarte. ¿Sabes cuántas putas llamadas perdidas tendrás en el móvil?
         —Cincuenta y dos... —Se levantó y tuvo que sujetarse en la pared para mantener el equilibrio—. Acabo de verlas y ocho eran de mi hijo... —Ahogó un sollozo y se echó a llorar—Necesito ayuda, Max.
         —Bien, ¿dónde estás?
         —No lo sé.
         —¿Cómo que no lo sabes?
         —En Suecia, pero no se nada más. Llevo tres días bebiendo, o una semana, no lo sé, antes del concierto ya estaba borracho y desde entonces no he parado, me he tirado a una tía, ¿sabes? He probado de todo y ahora no puedo más, no puedo mantenerme... ¡Joder! —perdió pie y cayó otra vez encima de la cama—. Llama a Issi, dile que venga, necesito hablar con ella.
         —No creo que vuelva a dirigirte la palabra, gilipollas. Ahora céntrate y busca a alguien que parezca sobrio, ¿dónde está tu puto road manager?
         —¿Y yo qué coño sé? —Se arrastró pegado a la pared hasta un salón grande y comprobó que era la suite de un hotel. Perfecto. Kevin y Britt dormían a pierna suelta en el suelo y otras dos chicas en topless, abrazadas, en un sofá enorme—. Sheraton Stockholm Hotel —leyó en una libreta del escritorio—. El hotel donde me estaba alojando desde el principio, creo.
         —Vale, perfecto, no te muevas de allí, voy a recogerte, no te metas en la ducha, ni intentes salir, ¿de acuerdo? No quiero que te pase algo más grave.
         —¿Qué hora es?
         —Las ocho de la mañana.
         —¿De qué día?
         —Sábado doce de febrero. Hace tres que días que saliste en las portadas de todo el mundo con tu novia sueca.
         —¿Qué novia sueca? ¡Joder! —Se acordó del desastre y todo el panorama empeoró y se volvió negro—. Me la follé, pero no he matado a nadie y no la he vuelto a ver.
         —A mí me da igual. Tú ahora vuelve a la cama y duerme, estaré allí lo antes posible.
         —Gracias, Max.
         Colgó y volvió casi a gatas a la cama, afortunadamente estaba vacía y se tiró boca abajo, agotado. La resaca era malísima, la peor de su vida y no podía ni abrir los ojos, así que los cerró y pensó en Issi, en su preciosa cara de ángel, sus ojos oscuros y esa sonrisa dulce que le regalaba cuando lo veía llegar o despertaban juntos. Era la chica más guapa del mundo, con ese cuerpo perfecto y suave que era solo suyo y de nadie más, la madre de sus preciosos retoños. Sintió los lagrimones calientes sobre la cara, cuánto la echaba de menos a ella y a Jamie y a Alex, necesitaba abrazarlos y besarlos y volver a la normalidad. Los niños lo necesitaban y estarían preguntando por él. Decidió llamarlos, pero un poco más tarde, en cuanto dejara de sentir que su lengua era un trapo áspero y pesado dentro de su boca.



 Capítulo 24

 

 

          
         El hospital Saint Thomas era público y la zona de Urgencias estaba llena de gente cuando llegaron, aunque afortunadamente les habían asignado una habitación privada en el ala de maternidad. Issi permanecía en observación tras pasar por un legrado de urgencia, pero se encontraba bien, al menos físicamente, así que Michael la dejó con sus padres y salió al pasillo a distraerse un poco. Desde la publicación de las primeras imágenes de Ronan con esa mujer no se había separado de ella, aunque esa mañana de domingo no se encontraba allí cuando había empezado a sangrar, justo después de recoger a su madre y a Stavros en el aeropuerto, y se sentía culpable.
         Era el primer día, el cuarto tras el desastre, que amanecía con ella, pero después del viaje al aeropuerto y de comprobar que se encontraba bien, la había dejado para ir a su casa con Ralph. Sin embargo, dos horas después Carmen lo había llamado para contarle lo de la amenaza de aborto y lo de su traslado al hospital. Lamentablemente, la amenaza se había convertido en una realidad, algo que no le extrañaba a nadie, teniendo en cuenta el infierno que había tenido que soportar durante los últimos cuatro días.
         La prensa, sin nada mejor que hacer, se recreaba a diario con imágenes de Molhoney y la sueca en Estocolmo, todo muy extraño, mucha juerga y muchas drogas, se comentaba, incluso había habido una pelea monumental en un pub, y al final el road manager del cantante, Paul Henderson, lo había dejado solo en Suecia y poco más se sabía de él, salvo que gastaba mucho y se hacía notar mucho allí por donde pasaba.
         Todos habían decidido evitar que Issi viera aquello, pero nada más pisar la calle la acosaban con preguntas al respecto, aunque fuera con los niños de la mano, y se estaba volviendo loca encerrada en casa, o en el teatro, cercada por cámaras de televisión y fotógrafos que no mostraban la menor compasión o respeto por ellos. Era desquiciante y más en su estado, y al final tanto llanto, tanto dolor, tanta presión había acabado por explotar y había perdido al bebé.
         —Michael... —Andrew Cavendish se acercó y le palmoteó la espalda—. ¿Quieres un café?
         —Gracias, pero ya me he tomado una docena.
         —He hablado con Stathman, dice que se tome una semana o lo que necesite para recuperarse.
         —Sí, a mí me ha dado el día libre también.
         —Vete a casa y descansa, hijo, no te has separado de ella y estás agotado.
         —Sí, cuando despierte. Le doy un beso y ya la dejo en vuestras manos. —Miró al padre de su amiga y sintió lástima. Andrew Cavendish parecía frío, pero adoraba a su única hija, la había criado con mucho esmero y dedicación, y no podía soportar lo que estaba pasando, pero menos aún podía comprender lo de ese embarazo y el aborto. Parecía derrotado.
         —¿Tú sabías que había vuelto con él?
         —No, lo supe hace muy poco.
         —Andrew, Michael, ¿qué tal está? —Pamela Cavendish llegó por su espalda y los saludó con un par de besos—. He venido en cuanto me he enterado, ¿cómo está?
         —Físicamente bien, pero no sabes como lloraba, la pobre... —Michael miró al techo con los ojos llenos de lágrimas—. Estaba destrozada, no es su mejor momento para encajar también este golpe.
         —Lo siento mucho.
         —Yo no, adoro a mis nietos y otro hubiese sido bienvenido, pero no creo que este fuera el mejor momento para tener otro hijo, y menos de ese hombre, era una locura. Pam —Andrew Cavendish miró a la abogada y ella se acercó un poco más a él—. Issi me dijo que estabais con la demanda de divorcio.
         —Sí, está casi preparada, habíamos incluido al bebé... ahora habrá que rectificar ese detalle, pero está casi listo, me gustaría mandarlo esta semana a Irlanda.
         —Es imprescindible que la parte económica quede perfectamente solventada, ya sé que ella no quiere nada, pero eso no me importa, hay que pedirle a ese individuo todo lo que ella y los niños se merecen, la casa de Londres, la de Ibiza...
         —La casa de Londres es alquilada, pero pediremos que la compre y que mientras tanto se haga cargo de todos los gastos.
         —Es lo mínimo después de destrozarle la vida de esta manera... —Guardó silencio, miró por encima del hombro de Pamela y lo que vio no le gustó lo más mínimo, se apartó de ella y saltó para cruzarse en el camino de las dos personas que acababan de aparecer por allí—. ¡¿Adónde demonios te crees que vas?!
         —¿Cómo dices? —Ronan Molhoney, recién aterrizado de Suecia, vestido de negro y con el pelo rubio y revuelto, miró a su suegro desde su altura y con el ceño fruncido—. Vengo a ver a Issi, acabo de estar en casa y Fiona me lo ha contado...
         —¡Fuera de aquí! —Lo empujó por el pecho y Ronan dio un paso atrás sintiendo que Max se le ponía al lado.
         —No me toques, Andrew. —Levantó las manos en son de paz y miró a Michael Fisher que lo observaba como una estatua—. No me toques.
         —¿Que no te toque? Hijo de la gran puta, apártate de mi hija, ¿me oyes? —El apacible señor Cavendish le lanzó un puñetazo que el otro esquivó con pericia, y siguió empujándolo sin conseguir que se moviera un centímetro—. Vete de aquí. Mike, llama a seguridad.
         —Ella me necesita —susurró con los ojos rojos.
         —No, no te necesita, tío, necesita que la dejes en paz... —Mike al fin reaccionó y se interpuso entre ambos mirando a Pamela—. Llévate a Andrew de aquí, por favor, yo me ocupo.
         —No quiero ver tu cara cerca de mi hija, ¿entendido? o llamaré a la policía. Llevas diez años destruyéndola y mira lo que has conseguido. Como vuelva a verte cerca de ella, te denuncio a la policía... —Siguió gritando fuera de sí mientras Pam lo empujaba hacia la cafetería, sin importarle las personas que se habían detenido para observarlos, algo que Michael también ignoró pendiente como estaba de Molhoney, que parecía abatido y demacrado.
         —Qué demonios estáis haciendo, ¿eh? —Ronan relajó los hombros y buscó sus ojos—. ¿No me vais a dejar ver a mi mujer? Ella me necesita, hemos perdido un bebé... un niño... que... —Se echó a llorar y Max lo abrazó. Michael bufó y le puso una mano encima del hombro—. Ha sido culpa mía, no sabía nada, ¿sabías que estaba embarazada? No me había dicho nada, ¿de cuánto estaba? Yo no sabía nada, nada.
         —Seis semanas, ha sido un aborto de seis semanas y yo tampoco sabía nada, ¿pero hubiese servido de algo que lo supieras, tío?
         —¿Qué?
         —¿No te hubieses ido a Suecia, ni te hubieses ligado a una chica tan guapa?, ¿hubieses hablado con ella y vuelto a casa para perdonarla por vuestra última pelea?, ¿sabes acaso el daño tremendo que le has hecho?, ¿lo sabes, capullo?
         —Yo no... —Movió la cabeza y la bajó sin palabras.
         —No tienes que decir nada, ella dice que estáis separados y que no quiere oír explicaciones, ni críticas contra ti, aun en su estado te sigue siendo leal y solo por eso, deberías dar media vuelta y volver con tu chica o con quien demonios te dé la gana. No nos interesa lo que tengas que decir, ni a ella, ni a nosotros.
         —¿Por eso me llamó antes del concierto?, ¿ya lo sabía? Me llamó y no pude hablarle, estaba...
         —Ya da igual. Vete de aquí, nosotros cuidaremos de ella, no está sola y aunque está fatal, sé que conseguirá salir adelante, solo necesita tiempo y tranquilidad.
         —Necesito verla —Hizo amago de avanzar hacia la habitación y Michael lo agarró con fuerza por el brazo. Eran de la misma estatura y ambos estaban en forma, en el pasado ya habían tenido una pelea monumental en la calle por culpa de sus celos enfermizos, y estaba dispuesto a repetirla en el puto hospital si insistía en entrar.
         —¿Crees, sinceramente, que lo que necesita ahora es verte precisamente a ti?
         —Me necesita.
         —¡No! Vete de aquí, te lo pido por favor.
         —Las cosas no son como parecen, Fisher.
         —Perfecto, pero ya es tarde. Vete a casa, pasa la noche con los niños, avisaré a Fiona y a Stavros.
         —¡Dios bendito! —Se deshizo de su mano y se paseó por la sala de espera atusándose el pelo y dando vueltas sin saber qué demonios decir. Miró a Fisher que no le quitaba los ojos de encima y trató de decir algo coherente, pero no pudo, solo llevaba unas horas sobrio, acababa de pisar Londres y aún estaba aturdido con las noticias, el escándalo que se había montado, la prensa persiguiéndolo en el aeropuerto y en la casa de Issi, las llamadas de su familia...
         —Se acabó, Ronan, ya no hay más, Issi ha tocado fondo y no se lo merece. Si la quieres o en nombre de todo lo que habéis compartido, déjala de una maldita vez en paz, este es el momento, ya sobran las explicaciones, hazlo por ella o por vuestros hijos.
         —¡Mike! —la puerta de la habitación se abrió y Carmen se asomó buscándolo, lo llamó con la mano y al ver a su yerno, le dedicó una mirada gélida—. Ha despertado.
         —Ya voy. Adiós tío, adiós Max. —Dio una palmada en la espalda al manager y caminó con calma hacia la habitación de Eloisse. Ronan se movió lo suficiente para mirar por el pequeño ángulo que la puerta abierta dejaba visible y la vio, de lado en la cama, pequeñita y frágil llorando abrazada a una almohada.
         —Salgamos de aquí —susurró Max al verlo romper a llorar como un niño—. Ya no tienes nada que hacer aquí.



 Capítulo 25

 

 

          
         El día después de que a Ronan Molhoney lo echaran del Hospital Saint Thomas, Emma Capshaw ganó sus primeras veinte mil libras como paparazzi. Una fortuna, y todo gracias a que el destino la había puesto delante del cantante, hecho un mar de lágrimas, cuando salía del centro hospitalario seguido por su manager. Ella estaba allí en representación de su jefe, que se había enterado del ingreso de Eloisse en Zurich, donde pasaba unos días visitando una exclusiva clínica de fertilidad con la zorra de su exmujer, y al bajar del coche, en el aparcamiento, divisó a Ronan destrozado, agarrado a su coche, sollozando, y no dudó en sacar el teléfono móvil y fotografiar todo lo que pudo, desde todos los ángulos, y antes de acabar la noche, Julia había salvado las mejores fotos, las habían levantado, decía ella, y habían elaborado un reportaje exclusivo de primerísima actualidad, aderezado por los datos que consiguió de la familia de Eloisse, que no dudó en comentar a su amiga: estado de salud de la paciente, semanas de embarazo, detalles del legrado y lo mejor, la noticia de que al cantante lo habían largado con viento fresco cuando intentó acercarse a ella, dejando clarísimo que nadie de su entorno quería que volviera a dirigirle la palabra, nunca más, noticia que salió a tres columnas en el News of the World.
         Ese reportaje le regaló un suculento dinero extra y provocó que Julia y su novio consiguieran un ascenso. Aquello lo habían celebrado con una soberana borrachera en Candem Town, se lo habían pasado en grande y desde entonces se dedicaba a seguir a Issi, a Liam, a Amanda Heines, a Rupert Simpson, a los amigos famosos de su jefe y por supuesto a Ronan Molhoney, que de pronto desapareció de la faz de la tierra, con lo cual cualquier imagen suya valía mucho dinero. Era un trabajo muy fácil para alguien en su posición, además, ganaba pasta y de paso fastidiaba un poco la perfecta vida de esa gente tan egoísta y estirada que no daba importancia a nada, salvo a su propia intimidad, así que amenazar un poco su tan cacareada privacidad la divertía horrores.
         Ella, que pasados los meses se había ganado la confianza de personas como Michael Fisher, tomaba nota y ponía atención a todo lo que oía por allí, hacía preguntas discretas, pero cargadas de intención y pronto fue forzando su presencia en reuniones o fiestas privadas para estar al tanto de todo, se convirtió en una espía muy bien pagada y muy eficaz, a la par que seguía aumentando su admiración y amor incondicional por su jefe, el hombre más adorable del planeta, del que sabía todo, al que amaba, aunque él siguiera adorando a esa muchacha insulsa e infeliz llamada Eloisse Molhoney, una chica preciosa, sí, pero tan triste y ausente, que daba miedo.
         —¿Emma?
         —Hola, Liam —cerró el ordenador donde estaba revisando las últimas imágenes de Eloisse captadas en el parque con sus niños y lo miró forzando una sonrisa.
         —¿Te pasa algo? Te veo extraña —Liam avanzó hacia ella y entornó los ojos—. ¿Llevas lentillas?
         —Oh sí, es un experimento, ¿te gustan? —Se miró de reojo en el espejo de la pared y se vió muy distinta, con el pelo y los ojos oscuros, le encantaba—. Una amiga las promociona y me ha regalado unas.
         —¿En serio?
         —¿No te gustan?
         —No es asunto mío. ¿Sabes a qué hora llega el vuelo de Amy?
         —A las seis... —Se puso de pie y se acercó a él con precausión y una tristeza enorme subiéndole por el pecho—. Si no te gustan, me las quito.
         —A la que le tienen que gustar es a ti, no a mi, querida.
         —Pero quiero saber tu opinión.
         —Sinceramente, no me gustan los artificios —contestó sin volver a mirarla a la cara, ella retrocedió y Liam agarró el periódico de forma distraída—. ¿Ha llamado Eloisse Molhoney?
         —No, sí Ralph, todo está preparado para la fiesta.
         —Perfecto, ¿adónde vas? —Liam levantó los ojos del escritorio y vio que se marchaba a la carrera—. Tenemos que revisar los ajustes del...
         —Al baño, a quitarme esta mierda... —Lo último lo dijo entre lágrimas y Liam bufó moviendo la cabeza, al final Amanda iba a tener razón y Emma no estaba teniendo un comportamiento muy razonable últimamente. Iba a tener que prestar más atención...—. No me hagas caso, Emma, yo no entiendo mucho de moda...
         —¡Déjame en paz...! —Oyó que la ayudante gritaba desde el pasillo, acto seguido, se encerró en el cuarto de baño con un sonoró portazo. Él guardó silencio un segundo, perplejo, y decidió sobre la marcha que ya era hora de ir tomando ciertas medidas con respecto a ella.



 Capítulo 26

 

 

          
         Encendió las velas de la tarta en la cocina y salieron al enorme salón decorado para la ocasión con cientos de globos, cantando el feliz cumpleaños para Mike. Él se abrazó a Ralph feliz como un niño y acabó soplando las treinta y una velas entre lagrimones. Estaba dichoso y Eloisse se emocionó con él. Habían tardado mucho en organizar esa fiesta sorpresa sin que sospechara nada y al final había resultado perfecta, con todos sus amigos, media compañía y una de sus hermanas allí, una noche entrañable después de la función y que aún prometía muchas novedades.
         —Un momento —Ralph, muy elegante, chocó dos copas para que le prestaran atención y todo el mundo guardó silencio—. Quiero agradecer a nuestra anfitriona que nos cediera su enorme y céntrica casa para esta fiesta. Gracias, Issi, ha salido perfecto —Mike la abrazó y ella le besó la mejilla—. Y también quiero aprovechar este día, el dos de mayo del 2011, día en que el amor de mi vida cumple treinta y un años para hacer una cosa... Ven aquí, Michael Fisher.
         —¿Qué pretendes, Ralph Smithson? —bromeó él acercándose al centro del salón muy emocionado. Vio con asombro como su novio sacaba un estuche del bolsillo, se ponía de rodillas delante de todo el mundo y lo miraba a los ojos—. No me lo puedo creer.
         —Créetelo, mi vida. ¿Quieres casarte conmigo?
         —¿Que si quiero casarme contigo?, ¡Sí! —gritó y se agachó para fundirse en un abrazo con él. Todo el mundo estalló en aplausos y Eloisse se echó a llorar, respiró hondo y se alejó de allí antes de acabar estropeando la noche mágica de Michael.
         Volvió a la cocina limpiándose las lágrimas y con la excusa de sacar más comida, y al entrar miró la foto que los niños le habían dejado esa mañana en la nevera, los dos disfrazados en el cumpleaños de un amiguito del colegio, Jamie de pirata y Alex de duende, o más bien de Leprenchaun, el duendecillo tradicional irlandés. El disfraz se lo había comprado su abuela Rose en el último día de San Patricio que habían pasado en Dublín, y se había empeñado en llevarlo al cumpleaños de Omar Griffin en Hyde Park, una fiesta muy divertida de la que habían vuelto con los disfraces destrozados. Afortunadamente, Aurora había conseguido hacerles esa fotografía antes del desastre.
         Acarició la foto con dulzura y volvió a la tarea de servir más comida. Hacía casi tres meses que su vida había estado al borde del abismo y, sin embargo, ahí estaba, muy entera en la fiesta de cumpleaños y compromiso de Mike y se sintió orgullosa. Tras el aborto se había pasado diez días en la cama sin comer y llorando sin parar. Un colapso, le había diagnosticado su psiquiatra después de atenderla en casa, un maldito colapso nervioso acompañado por una especie shock postraumático y una depresión que a punto estuvo de matarla en la cama. Aunque apenas recordaba aquello, solo lo hacía de refilón, como en sueños, como si le hubiese ocurrido a otra persona. Afortunadamente el amor por Jamie y Alex la hizo empezar a levantarse, a comer y a tratar de parecer una madre normal y no una bruja llorona y flaca que languidecía en su dormitorio. Los niños la necesitaban y ellos la habían sacado del agujero profundo en el que había caído tras el desastre, y del que no tenía esperanza de salir, pero el tiempo todo lo cura, le decía todo el mundo, y aunque aún le quedaban años de recuperación, según su punto de vista, al menos ya podía hacer vida medianamente normal, ir a trabajar y ser una madre responsable.
         A mediados de marzo, un mes después del cataclismo (como lo llamaba Mike), aunque con retraso por culpa de su enfermedad, estrenaron la obra contemporánea con enorme éxito y llevaban un mes llenando el teatro. Los paparazzi la acosaban a diario y la llamaban de todas partes para que diera entrevistas, le ofrecían verdaderas fortunas para que hablara de su ex, pero lógicamente se negaba en redondo. La rueda de prensa de presentación de la nueva obra se la saltó, con permiso de George, y tampoco fue a buscar el premio que le habían dado como Mejor Figura Artística del año. Mike fue en su lugar, lo que suponía que no estaba preparada para enfrentarse al mundo, algo que le decían constantemente, y que era verdad, porque no estaba preparada, como tampoco estaba preparada para hablar de Ronan, al que no había vuelto a nombrar en voz alta desde entonces, porque no podía pronunciar ese nombre que ella amaba tanto, y se refería a él como el padre de los niños o papá.
         Hacía mes y medio que Pamela había presentado la demanda de divorcio. Ronan y sus abogados habían firmado un convenio regulador provisional y estaban estudiando el acuerdo definitivo, aunque él se ocupaba de todos los gastos, la ayudaba a mantener la casa y no le había retirado ninguna tarjeta de crédito ni el acceso a sus cuentas bancarias, como había hecho la primera vez que se había intentando divorciar de él, todo era mucho más civilizado y cordial, y le permitía seguir viviendo en esa casa y con ese nivel de vida, lo cual era muy de agradecer, aunque en el fondo le fastidiaba bastante depender de él.
         No había vuelto a verlo, procuraba no estar cuando iba a recoger o a dejar a los niños y no hablaban por teléfono porque tras romper su móvil debajo del grifo de la cocina, se había comprado otro cuyo número no le facilitó, así que él llamaba a Aurora o a casa y gracias al reconocimiento de llamadas del aparato, no lo cogía si sabía que era él, porque no podía oír su voz, mucho menos entablar una charla con él, no podía, porque se le partía el alma en dos.
         Llevaba por tanto casi tres meses sin verlo, y era lo mejor, no quería que la viera destrozada y sufriendo, su dignidad no se lo permitía, porque aunque él no hablara públicamente de su novia sueca tan guapa, y no se los hubiera vuelto a ver juntos, la chica se había pasado más de un mes apareciendo en todos los programas de televisión importantes de Inglaterra e Irlanda. Daba entrevistas, posaba para los paparazzi, asistía a fiestas, estrenos, inauguraciones, siempre divertida, bromista, espectacular y abierta, la delicia de los medios de comunicación a los que contaba con detalle sus encuentros con Ronan Molhoney, definiéndolos como «sexo de primera» y frases similares que la habían convertido durante semanas en un éxito total, aplaudido por todo el mundo, porque ella, Viviane Johansson, tenía un desparpajo encantador, decían, y era capaz de sentarse en un programa nocturno, con un mini vestido transparente y contar con una gracia increíble que a Ronan le encantaba hacerlo en la ducha, unas declaraciones que Eloisse intentaba ignorar a toda costa, procurando no ver televisión, ni leer la prensa sensacionalista, aunque su imagen se le apareciera a bocajarro en la calle, a diario, en cualquier quiosco donde era primera plana indiscutida.
         Aquello resultaba duro para cualquier mujer y ella lo sufría con resignación y a veces con vergüenza, sintiéndose bastante humillada, y por esas razones no quería ver a Ronan, no podía mirarlo a los ojos, no podía soportar tenerlo cerca y aparentar que todo marchaba bien, no podía porque no era cierto, todo marchaba mal, estaba hecha añicos por dentro, aunque caminara, hablara y riera con naturalidad, estaba rota y pasarían muchos años hasta que consiguiera recomponerse de verdad y tal vez entonces, solo entonces, podría volver a mirarlo a los ojos y charlar, mientras tanto, era mejor mantener la distancias.
         —¿Y tus niños? —Emma Capshaw entró en la cocina e interrumpió sus pensamientos de golpe—. ¿Dónde están?
         —En Dublín con su padre.
         —A mí me encanta Dublín, ¿estás bien? —Se acercó al ver sus ojos húmedos pero Issi le dio la espalda.
         —Sí, gracias, un poco cansada, hemos trabajado mucho con Ralph.
         —¡¿Issi, ¿lo has visto?! —Mike entró en la cocina con la mano estirada para que vieran su alianza de pedida—. Claro que la has visto. ¿La elegiste tú?
         —Bueno, ayudé un poco, es preciosa, ¿eh? —Se puso de puntillas y lo besó con cariño—. Felicidades.
         —Me ha llamado tu madre y dice que me deja su casa de Ibiza para la boda.
         —Tú sabrás...
         —Es perfecta, ¿llevamos más comida?
         —Sí, saca esas pizzas y aquellos canapés... —El telefonillo de la entrada sonó y ella abrió a Liam Galway que llegaba tarde—. Emma, es tu jefe.
         —¿Vendrá solo? Como Amanda no se separa de él...
         —No lo sé, ¿quieres abrir la puerta por favor?
         —Sí, pero quita los cuchillos de mi alcance o acabaré matando a esa zorra.
         —¿Cómo dices?
         —Es que... —Se acercó en plan confidencial y Eloisse se apartó de manera involuntaria, pero le prestó atención—. Liam y yo, ya sabes... estamos... empezando... ya te lo imaginas y Amanda no consigue aceptarlo.
         —¿Empezando? —parpadeó confusa un segundo y luego le sonrió—. ¿Estáis saliendo juntos?
         —Sí, pero es un secreto, no queremos hacerlo público.
         —Pero eso es estupendo, me alegro por vosotros.
         —Es maravilloso, es tan atento y cariñoso, Issi, estamos locos el uno por el otro.
         —Fantástico. Enhorabuena.
         —Gracias y ahora voy a abrir, pero Eloisse... —La detuvo agarrándola del brazo— no se lo digas a nadie, por favor, no queremos contarlo hasta el día del compromiso.
         —Por supuesto, tú tranquila.
         —Gracias.



 Capítulo 27

 

 

          
         —¡Mamá! —Alex se echó a llorar y Ronan entró corriendo en la cocina con el teléfono en la mano—. ¡Mamiiii!
         —¿Qué ha pasado? Cariño, ¿qué te pasa? —Se arrodilló para cogerlo en brazos y miró a su madre, que los acompañaba en Killiney el fin de semana, con el ceño fruncido.
         —Se ha dado con la mesa por andar correteando ahí debajo.
         —Les gusta corretear por aquí.
         —Pero es peligroso, ¿estás bien, corazón? —Rose Molhoney acarició la frente de su nieto y suspiró—. Se parece tanto a ti que a veces me asusta.
         —Ya mejorará, ¿verdad, bebé?, ¿dónde está tu hermano?
         —¿Mamá?
         —En Londres, ¿quieres agua?
         —Quiero a mamá —Se echó a llorar con unos lagrimones enormes y él no atinó a nada, salvo a abrazarlo y besarle la cabecita rubia.
         —No está, pero mañana te llevo a verla, ¿quieres?, Alex, mírame. —Alex lo miró haciendo pucheros—. Te lo prometo, mañana... ¿Estás bien?
         —Lo que necesitan es a su madre, son tan pequeños... —Rose respiró hondo con un nudo en la garganta y se volvió hacia la cocina para seguir recogiendo los restos de la cena—. No deberíais hacerlos pasar por esto.
         —¿Y qué quieres?, ¿qué no los vea?
         —No, Ronnie, quiero que luches por tu familia.
         —Eso es fácil de decir.
         —¿Tú crees?
         —¿Estás en mi contra?
         —No, hijo, no estoy en tu contra, pero se me parte el corazón ver a mis nietos, que son casi unos bebés, separados fin de semana sí, fin de semana no, de su madre, eso no es sano, ni puede ser bueno.
         —Está bien... —Se apartó de su madre con Alexander acurrucado en el hombro y volvió al teléfono—. Lo siento, Paul, son los niños... Dime.
         —Solo digo que ya pasó lo peor, solo ha aprovechado su momento, pero ya es agua pasada.
         —¿Agua pasada? Llevo tres meses soportando que esa mujer hable de mí en los medios, se aproveche de mi nombre, ¿y me dices que es agua pasada?, ¿de parte de quién estás, tío?
         —Nada de lo que dice es mentira, te acostaste con ella, en repetidas ocasiones durante un fin de semana muy largo y los abogados no pueden demandarla por contar una historia que es verdad, tiene cientos de testigos, ya lo hemos hablado.
         —Fueron dos malditos días y parecen diez años de matrimonio —tragó saliva y pensó involuntariamente en Issi—. Vale, acepta la entrevista en el programa de Conan O’Brian.
         —Ron, no creo...
         —No te pago para que me contradigas, tío, ¿de acuerdo?, acepta la puta entrevista, ya me tenéis harto... todos vosotros... —Colgó y tiró el aparato con fuerza contra el sofá, acarició la espalda de Alex que se había quedado dormido y vislumbró la figura de Aurora a través de la cristalera de la terraza—. Aurora.
         —Hola, Jamie se ha dormido ya.
         —Gracias, ¿qué sabes del hermano de Kirk? Lo he llamado, pero...
         —Acaba de llamarme, ha salido bien de la operación, pero hay que esperar a la quimio y todo lo demás.
         —Seguro que se pone bien, es muy joven.
         —Eso esperamos todos, ¿es verdad que les vas a comprar un perro?, me lo ha dicho James y no supe que contestar.
         —Sí, bueno, he pensado que un cachorrito les hará ilusión y tal vez así no echen tanto de menos su casa y a su madre. —Bajó la cabeza y volvió a besar la de Alex—. Cada día llevan peor separarse de Issi, o al menos eso parece.
         —Son muy pequeños y los niños pequeños añoran a su madre, en casa también lloran cuando ella no está, es normal, además siendo Issi como es... —Se calló al ver sus ojos brillantes—. Es normal, no hay que darle mayor importancia.
         —¿Y cómo está?

         —¿Ella? Pues ocupada. Esta noche habían organizado una fiesta sorpresa para Michael, por su cumpleaños y Ralph le iba a pedir matrimonio, así que ha pasado unos días muy liada.

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