martes, 18 de marzo de 2014

Me mirare siempre en tus ojos, parte 12

El incidente los había convertido en portada absoluta de la prensa y la televisión durante semanas. Emma Capshaw seguía detenida a la espera de juicio, aunque todo parecía apuntar que no acabaría en una cárcel, sino en un psiquiátrico porque estaba completamente desequilibrada. Un diagnóstico que su familia había ocultado a Jennifer, la asistente de Galway, cuando le había ofrecido trabajar para el actor. Según se sabía ahora, Emma había estado ingresada varias veces a lo largo de su vida por desórdenes alimenticios, depresiones y problemas emocionales diversos, y se medicaba regularmente.

         En su piso de Whitechappel la policía encontró muchísimo material audivisual y fotográfico de Liam Galway y especialmente de Ronan y Eloisse Molhoney. Había cintas de carácter íntimo, escuchas telefónicas, informes municiosos sobre sus actividades privadas y públicas, numerosa ropa y objetos personales del que había sido su jefe, un archivo casi profesional de todas las publicaciones y programas donde aparecían los tres y, por supuesto, algunas armas como sprays antivioladores, puños americanos, navajas y un par de pistolas de aire comprimido.
         Tras las declaraciones, quedaba esperar al juicio, aunque al menos todo el material íntimo que Emma manejaba en su casa y en sus blogs y webs, fue requisado y entregado a las partes interesadas para su custodia. Eloisse y Ronan visualizaron con absoluta perplejidad videos muy íntimos suyos, captados en la tranquilidad de su hogar ibicenco, e imágenes muy personales con los niños y su familia en casa, y acabaron por demandar a Emma Capshaw por intromisión y violación de su intimidad, a pesar de que ir contra ella, en esos momentos y con su diagnóstico psiquiátrico, era prácticamente absurdo, lo hicieron, y esperaba sentar jurisprudencia con ello.
         Ronan, como había decidido tras su reconciliación, se retiró de los escenarios al acabar diciembre y llevaba seis meses sin actuar, dedicado al cien por cien a su familia, jugando al golf, dando cobertura a Issi para que pudiera dedicarse con más libertad a su nuevo trabajo, aunque, para tranquilidad de sus seguidores, fans y productores, seguía componiendo en casa, tranquilamente en su estudio, con enorme relajación y a su ritmo, disfrutando por primera vez y desde que había empezado en la música, de tiempo libre y tranquilidad. Estaba feliz, sonreía por todo, seguía asistiendo a terapia como ex alcohólico, y lo más importante, decía él, seguía muriendo de amor por su mujer, con la que al fin estaba viviendo la vida que había soñado, como la había soñado y tal como ambos querían, en Killeney, en su casa, con sus niños, en familia, y rodeados de amor siempre, y a pesar de cualquier contratiempo o problema que pudiera surgir.
         Ella lo observaba con el corazón henchido de ternura cuando decía esas cosas, y daba gracias a diario a Dios por haberlos ayudado a llegar hasta ese punto de su vida, juntos, tras tanto dolor y desencuentros, era un privilegio, ella era consciente de ello y procuraba cuidar al máximo de él, de su relación, de ese hogar inmenso donde disfrutaba de la cocina y el jardín, de las visitas familiares, del bullicio, las cenas con los amigos y los fines de semana en la cama hasta tarde, y también donde era mucho más fácil sobrellevar los sinsabores o los pequeños contratiempos que los seguían afectando, como el juicio contra el News of the World, donde también se vieron salpicados y tuvieron que asistir a testificar como víctimas directas de las escuchas telefónicas, o por las tensiones con su padre, que seguía negándose a visitarlos en Irlanda, aunque Fiona sí subiera a Killeney una vez al mes para estar con los niños un par de días. Andrew Cavendish se negaba en redondo y la única vez que había accedido a viajar para ver a sus nietos, se alojó en un hotel, aunque Ronan ni siquiera estaba en casa. Era agotador, no se alegraba por ninguna de sus novedades, ni profesionales, ni personales, y no quería discutirlo con ella. Él había dejado sus ideas bien claras, repetía continuamente, y no pensaba transigir, así que Eloisse fingía que no pasaba nada y lo llamaba con naturalidad por teléfono, le mandaba fotos y videos de los niños, y le contaba sus cosas lo más edulcoradamente posible para evitar más enfados y con la esperanza, remota, de que algúna vez lo superara, aceptara a Ronan y pudieran tener una relación medianamente cercana, como cualquier familia normal.
         —Princesa...
         —Hola.
         —¿Estás bien?
         —Sí, solo estaba pensando, pero ahora me levanto. —Lo vio acercarse y sentarse a su lado con una sonrisa radiante en la cara, vestido completamente de blanco y la tez dorada por el sol. Estaba guapísimo y no pudo disimular el efecto que esa imagen suya le provocaba, suspiró y sonrió—. Estás espectacular, señor Molhoney.
         —¿Y mi princesita?
         —Bien, estamos bien, solo estaba un poquito cansada.
         —¿Seguro? —Estiró la mano y le acarició el vientre ligeramente hinchado. Ese día Issi cumplía seis meses de embarazo y aunque estaba preciosa y radiante, lo estaba pasando bastante mal con náuseas y bajadas de tesión. Se inclinó y le besó la tripa—. Hola Caitlin, hola pequeñita.
         —Es este calor, pero estamos bien, ¿y tú? —Le revolvió el pelo rubio y él subió esos ojos celestes enormes sin dejar de besarle el ombligo—. ¿Cómo va todo por allí?
         —Todo en orden y siento decir esto, pero deberías levantarte, ya casi es la hora.
         —Vale, ¿de cuánto tiempo disponemos?
         —Media hora, ¿por?
         —¿Sexo postsiesta?
         —¿Sexo postsiesta? —Se echó a reír a carcajadas—. ¿Quién eres tú y que has hecho con mi mujer?
         —Qué tonto... —Se incorporó para plantarle un beso en la boca y él la sujetó por la nuca.
         —Eres la chica más sexy que he visto en mi vida, Issi, ¿lo sabes? —Sintió sus manos intentando quitarle la camisa y se excitó inmediatamente—. ¿Lo sabes?
         —No hables, solo tenemos media hora.
         Hacer el amor con prisas y tanta intensidad podía resultar agotador en Ibiza, con treinta y cinco grados y un cien por cien de humedad, así que bastante sofocados después de amarse en su enorme cama con dosel, se metieron bajo la ducha fría, y casi sin secarse, se vistieron de blanco, como habían acordado, para bajar a la carrera al jardín. Un look muy ibicenco, fresco y luminoso, el mejor para celebrar una boda, al fin, la esperada boda de Michael y Ralph en Ibiza y tal como ellos habían soñado.
         Issi llegó al enorme salón y lo vio repleto de flores y vacío de gente, porque la mayoría ya estaba en la terraza ocupando sus asientos, eran sesenta invitados, y obedientes, estaban siguiendo las instrucciones de Andrea Hamilton y su gente, los organizadores del evento, que querían seguir unas reglas muy estrictas hasta acabar la ceremonia, después de lo cual, los dejarían completamente libres para seguir la fiesta como quisieran. Era un buen plan y habían dejado todo en sus manos, así que ahora solo quedaba disfrutar.
         —Me voy con los niños. —Ronan le mordió el hombro desnudo y la abrazó por la tripa—. Estás preciosa, ¿seguro que estáis bien?, ¿las dos?
         —Sí, perfectamente, las dos.
         —Vale, te espero fuera.
         —¡Issi! ¿Dónde estabas?
         —Aquí estoy.
         —Creí que te habías escapado, llevo horas esperándote.
         —No seas exagerado y ya estoy aquí, cariño, deja que te vea. —Miró a Michael de arriba abajo y sonrió viendo lo guapo que estaba, espectacular con su traje inmaculado y el pelo peinado hacia atrás—. No sé ni qué decir, me voy a poner a llorar.
         —Ahora no, que nos toca entrar. —Asintió mirando a Andrea, que en ese preciso instante se asomó desde la terraza, y agarró a Eloisse del brazo—. Vamos allá, Ralph me espera en el altar.
         Oyeron sonar la música del piano, «Your Song» de Elton John y salieron al jardín temblando como una hoja. Issi miró a sus invitados, llegados de todas partes, y tiró un beso a Jamie y Alex que la saludaron desde las rodillas de su padre; a George Stathman, a Liz, y sonrió a Liam Galway, que había aparecido a última hora con Sylvia, su nueva novia, hasta que finalmente se atrevió a mirar a Ralph, elegantísimo de blanco, que lloraba desconsolado junto al altar. Ahogó un sollozo y se acercó a él para entregarle simbólicamente a Mike, los agarró a los dos y los abrazó entre lagrimones, les dio un beso y volvió sobre sus pasos para sentarse junto a Ronan.
         —Estamos reunidos hoy aquí, en este marco incomparable... —comenzó a decir el concejal amigo de su madre que había accedido a oficiar la ceremonia en inglés y en su casa, y Ronan se acercó para abrazarla por los hombros y hablarle al oído. Ella tenía a Alex en brazos y le hizo un gesto para que guardara silencio, pero no le hizo caso y le besó la oreja.
         —Deberíamos renovar los votos.
         —Eso se hace en la iglesia.
         —Podemos hacerlo otra vez.
         —¿Para qué?
         —¿Por qué no? ¿No te quieres casar conmigo de nuevo?
         —Claro que sí.
         —Te amo.
         —Yo también te amo, mi amor —lo miró a los ojos y le sonrió, Ron sintió que se le disolvían los huesos de todo el cuerpo, como siempre, de golpe, como la primera vez que ella lo mirase en el Royal Albert Hall, hacía diez años, y se inclinó para besarla en los labios.
         —Lo sé.
         —¿En serio?, ¿al fin lo sabes? —bromeó acariciándole la mejilla rasposa por la barba.
         —Sí, y creo que soy el tipo más afortunado del planeta.
         «Y no pienses que puedes dirigir el rumbo del amor, porque el amor, si te cree digno, dirige tu rumbo. El amor no tiene ningún deseo más que realizarse. Pero si amas y tienes que tener deseos, que estos sean tus deseos: derretirse y ser como un arroyo corriente que le canta su melodía a la noche. Saber el dolor de demasiada ternura. Ser herido por su propio entendimiento del amor; y sangrar de buena gana y alegremente...[2]». —comenzó a leer Ralph y a Issi se le llenaron los ojos de lágrimas, se acercó a Ronan y lo besó.
         —Me alegro.
         —Yo también —susurró él pegando su frente a la suya—. Yo también me alegro.



 Epílogo

 

 

          
         Perfecto. La casa llena de gente. Cerró los ojos y bufó indignado, respiró hondo, tragó saliva, besó la cabecita de Caitlin y la arropó en su mantita mientras todo el mundo se le echaba encima para verla, y no es que no agradeciera la bienvenida multitudinaria que habían organizado para Issi y la niña en Killeney, no, no se trataba de eso, se trataba simplemente de que había sugerido a la familia que Eloisse necesitaba descansar, un poco de paz y tranquilidad, tras su estancia de cuatro días en la clínica después de superar un parto muy complicado, el más largo y difícil de los tres, incluso más que el primero con James o el prematuro de Alexander, pero nadie parecía haberle escuchado y ahí estaban, todos juntos, hermanos, cuñados, sobrinos, vecinos y sus suegros, incluido Andrew Cavendish, que en ese momento llevaba a su hija abrazada por los hombros hasta el sofá grande del salón. Increíble.
         Volvió a mirar la preciosa cara de su niñita, pequeñita y sonrosada, la bebé más hermosa del universo y se le borró el disgusto de inmediato, aunque levantó la mano al percibir las malvadas intenciones de su madre.
         —No, mamá, me la llevo a nuestro cuarto.
         —¿No me vas a dejar tocar a mi nieta?
         —La has tenido en brazos esta mañana.
         —Mentira, pero si no dejas que nadie la coja en brazos salvo tú, tendré que decírselo a tu mujer. Venga, déjame verla.
         —Solo verla, la pobre debe estar harta de tanta atención.
         —Harta de su padre que no la deja ni respirar. ¿Verdad Caitlin?, ¿verdad, bonita mía? —Rose Molhoney le acarició la carita perfecta con un dedo y suspiró—. Es un angelito.
         —Una princesa, igual que su madre —opinó él con los ojos brillantes, levantó la vista y buscó a Issi sintiendo esa congoja enorme en el pecho, la angustia por verla bien, recuperada, pero tan frágil, sonriendo al lado de su padre y de Mike, que le estaba enseñando la ropa de ballet diminuta que le habían mandado como regalo las sastras de la compañía.
         —Se pondrá bien, Ronnie, deja de mirarla así.
         —Lo sé, es que...
         —Solo necesita descansar, vamos, déjame a Caitlin y ve a cuidar de tu mujer.
         —No quiere que la agobie.
         —Porque está bien, solo ha sido un parto complicado y una transfusión de sangre, no seas tan dramático —comentó Erin, su hermana pequeña, que llegó a su lado y le arrebató a la niña sin pedir permiso—. Quiere pasar página... y déjanos mimar un poco a tu hija, no te la vamos a robar.
         —No... —protestó a la par que el móvil le empezaba a sonar insistentemente en el bolsillo de los vaqueros—. Está bien, pero solo un segundo, necesito contestar a esta llamada. ¿Sean?
         —Hola, tío, ¿qué tal están tus chicas?
         —Bien, bien, acabamos de llegar a casa. —Comprobó que Issi seguía bien y con las mejillas arreboladas, cogiendo en ese preciso momento en brazos a Alex, que llevaba fatal lo de la nueva hermanita, buscó a Jamie con los ojos y lo vio jugando con Aurora y sus primos, y se encaminó por el pasillo hasta el estudio—. Una locura, todo el mundo aquí, aunque Issi debería meterse en la cama, pero no puedo hacer nada.
         —Familia grande.
         —Ya, es que... en fin... debería relajarme un poco.
         —¿Y la pequeñaja?
         —Preciosa, igual que su madre y con un poco de suerte creo que sacará sus ojos, nadie me hace caso, pero creo que los tiene tan oscuros como Issi.
         —Bueno, me alegro, lo importante es que ya las tienes en casa.
         —Sí, ya pasó todo. ¿Y qué has averiguado? Galway no me devuelve las llamadas.
         —Sus abogados me han dicho que está en el desierto del Gobi, rodando, y que apenas tienen cobertura, pero esperan hablar esta noche con él.
         —¿Y?—Encendió el ordenador y miró los titulares de la prensa.
         —Emma Capshaw salió ayer y está bajo la custodia de sus padres. No puede estar detenida mucho tiempo más con sus antecedentes psiquiátricos y al parecer la familia la ha ingresado en una clínica de alta seguridad de Kent. No sabemos nada más. Hemos vuelto a solicitar una orden de alejamiento y hemos pedido una revisión del caso y medidas cautelares, pero, sinceramente, Ron, no creo que sea un problema.
         —No hasta que se le ocurra amenazar con una pistola a otra persona.
         —El estudio psicológico de nuestro experto asegura que esa mujer no es peligrosa y que...
         —No es peligrosa, pero nos acosó durante meses, nos espió y después casi nos mata.
         —Bueno, ¿qué quieres que te diga? Es lo que hay, tiene pendientes varios juicios con Galway con atentar contra el honor, pero esas sentencias no la llevarán a la cárcel, y por las amenazas con la pistola en el Victoria&Albert Museum, solo le han caído dos años y otros seis de inhabilitación civil, bajo la tutela de sus padres. Los psicólogos del centro aseguran que está arrepentida y que con el tratamiento ha mejorado mucho.
         —¡Mierda! Tío, es realmente una mierda. Habrá que estar atentos y si puedes conseguir que alguien la vigile continuamente, mejor, no me importa pagar lo que sea por saber dónde y cómo se encuentra esa mujer, ¿de acuerdo?
         —Sí, no hay problema.
         —Vale, en fin, creo que debo volver a la fiesta de bienvenida.
         —¿Y la gira con Night Storm cuando empieza?
         —Dentro de un mes, tengo cuatro semanas aún para mimar a mi hija y estar con los niños...
         —¿Ron? —Issi, vestida con pantalones y un jersey negro de cuello alto, entornó la puerta y le sonrió—. ¿Va todo bien?
         —Sí, princesa, ¿tú estás bien?
         —Sí, claro... —Se acercó y se le abrazó al pecho. Ronan le acarició la espalda y le besó la cabeza.
         —Perfecto. Bueno, Sean, te dejo, mañana hablamos. Adiós.
         —¿Qué pasa?
         —Nada, ¿por qué?
         —Llevas toda la mañana muy serio.
         —No es cierto, solo estoy algo cansado. —Apagó el teléfono móvil y cerró los ojos pensando en la llamada del abogado de Liam Galway, esa misma mañana, advirtiéndole de la inminente puesta en libertad de Capshaw, que se adelantaba varios meses a la sentencia, lo último que esperaba oír por esos días—. Y tú deberías irte a la cama, voy a pedir a la gente que se marche, todos necesitamos descansar un poco.
         —Estoy bien, perfectamente, ¿de acuerdo? —Le acarició la cara mirándolo a los ojos—. Ya pasó y pronto estaré mucho mejor, lo ha dicho la doctora Moore.
         —Vale.
         —Vale, pero no te lo crees —bromeó intentando quitar hierro al asunto—, y necesito que te lo creas porque, aunque todo el mundo me diga lo bien que estoy, yo me miraré siempre en tus ojos.
         —Issi... —Se echó a reír y ella le guiñó un ojo.
         —Y no deberías acaparar tanto a Caitlin, deja que los abuelos la disfruten un poco, se marcharán enseguida y entonces será solo tuya.
         —No la dejan en paz.
         —Y tú no la sueltas.
         —Oh, por favor. —Sonrió y ella con él—. Tengo derecho a mimar a mi hija.
         —Y nadie dice lo contrario, pero te estás pasando de la raya.
         —¿En serio? —Se inclinó para besarla en la nariz y Eloisse lo agarró del cuello para plantarle un beso en los labios.
         —¿Chicos? Siento interrumpir... —Patricia se asomó y los llamó con la mano—. Caitlin ha hecho un par de pucheros, creo que pronto tendrá hambre, y Jamie y Alex están a la gresca en el salón, así que...
         —Yo me ocupo. —Ronan salió de dos zancadas al pasillo y gritó con ese vozarrón suyo—: James y Alexander Molhoney, ¿qué estáis haciendo?
         —¿Estás bien, cuñada?
         —Sí, Patty, muchas gracias. —Giró la pantalla del ordenador y pudo ver en las portadas de toda la prensa la fotografía de los niños con Caitlin, el mismo día que la habían conocido y que Ron había colgado en sus redes sociales. En unos minutos, la gracia había pasado de ser un momento íntimo a estar publicado en medio planeta, y aunque aquello no le gustaba, no había podido hacer nada por impedirlo, suspiró y leyó los titulares con una sonrisa—: «Nace Caitlin Marie Molhoney en Dublín. La tercera hija de Ronan Molhoney vino al mundo el dieciséis de octubre...». Es increíble, ni cinco días y ya es portada de revistas.
         —Esa es mi sobrina... —bromeó Patricia y la agarró por la cintura—. Vamos, tienes que sentarte. Te voy a preparar una buena taza de té, ¿quieres?
         —Sí, me apetece mucho, graci... —El teléfono fijo sonó sobre el escritorio, se detuvo y lo contestó de inmediato—. Diga... Diga... Qué raro...
         —Se habrán equivocado.
         —Sí, vamos, a ver si me da tiempo de tomar ese té antes de dar de comer a la niña.
         Emma Capshaw oyó la voz de Eloisse Molhoney y se quedó muda, quería disculparse con ella antes de felicitarla por su hija recién nacida, ese precioso bebé que había conocido todo el mundo gracias a la fotografía que su padre había colgado en Internet, pero no pudo, se le congelaron las palabras en la boca y ella colgó antes de poder reaccionar, así que se apartó del teléfono público y regresó a la sala de espera del aeropuerto muy desanimada. Sabía que si quería recuperar a Liam debía empezar por disculparse con los Molhoney, por lo del museo, lo sabía, pero aún no estaba preparada.
         —Vuelo 2868CI con destino a Ulán Bator, de Air China, embarque por la puerta 19 —se oyó por los altavoces y se puso de pie.
         —¿Adónde va? —le preguntó una anciana muy amable en la puerta de embarque y Emma sonrió enseñándole el anillo de su mano derecha.
         —Al desierto del Gobi, mi prometido está trabajando allí.
         —¿En serio? ¿Y cuándo se casan?
         —Inmediatamente.
         —Enhorabuena, querida.
         —Muchas, gracias.
         Entró en el avión, en primera clase y se desplomó en su butaca sonriendo emocionada, repasando una vez más las palabras que pensaba decirle a Liam en cuando se encontraran. Sería maravilloso y pidió una copa de champagne a la azafata para celebrarlo.


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