Yo esperaba que, si me abrazaba con
la suficiente fuerza y me acariciaba con la suficiente pasión, pudiera
sentir
que aún estábamos vivos. Quizá de este modo también ahuyentaría la sombra.
Hacía un día frío y gris; y yo me sentía igual de fría y gris por dentro.
No llegamos a hablar del ataque al
convoy; y me refiero a todos, no solo a Lee y a mí. Aquello no era lo habitual,
porque solíamos hablar con mucho fervor sobre cualquier cosa que pasara. Puede
que lo de esta vez hubiese sido demasiado. No tanto lo de volar los camiones;
eso fue bastante fuerte, pero no muy distinto de lo del puente: intenso,
espectacular, emocionante. No, eran nuestras decisiones personales las que nos
lo ponían difícil: que Homer nos ocultara lo del arma y disparara al
enemigo; que yo rematara al soldado herido. Esas acciones eran tan íntimas para
mí que no me veía capaz de hablar de ellas. Habría sido como hablar de mi
propia sangre.
Al menos, Lee y yo hablamos de cosas
reales aquel día, cosas que nos importaban.
—¿Cómo te encuentras desde el gran
tiroteo? —preguntó.
—No lo sé. Ya no sé cómo me siento.
—Pero, aún sientes cosas, ¿verdad?
—Tenía la mano bajo mi camiseta y me acariciaba el vientre.
Yo sonreí.
—Claro. Alguna siento. Pero diría que
últimamente son todas negativas.
Hubo una pausa que se prolongó casi
un minuto, hasta que Lee preguntó:
—¿Por ejemplo?
—Miedo. Rabia. Depresión. ¿Te sirven?
—¿Ni una positiva?
—No muchas.
—¿Ninguna?
—Ya sé lo que quieres que te diga. El
amor por ti y todo eso, supongo.
—No, no quiero que digas nada
—espetó, algo herido—. Ni siquiera estaba pensando en eso. Estoy preocupado por
ti, nada más.
—Lo siento. Lo siento. Parece que ya
no soy capaz de pensar como una persona
normal y corriente. Todo está distorsionado. ¿Puedes creer que ningún país
mueva un dedo por nosotros?
—Bueno, creo que más de un país ha
sufrido invasiones en el mundo mientras nosotros nos quedábamos de brazos cruzados.
—Pensaba que éramos diferentes.
Pensaba que todo el mundo nos quería.
—Pues supongo que solo les
gustábamos. Hay una gran diferencia entre «querer» y «gustar».
—Ya te digo. ¿Qué hay de ti? ¿Te
gusto o me quieres? —pregunté con aire despreocupado, aunque me inquietaba su
respuesta.
—Es una gran pregunta. —Con el dedo
corazón dibujó círculos alrededor de mi ombligo, y subió algo más arriba. Mi
piel cobraba vida al contacto de sus caricias, aunque el resto de mi ser seguía
helado. Entonces, dijo, muy despacio—: Me gustas con todos tus defectos, filie.
Y supongo que eso es amor.
No me lo tomé muy bien al principio,
teniendo en cuenta todos los defectos de Lee: sus melancólicos silencios, sus
arrebatos de mal genio, su sed de venganza. Pero era consciente de que yo
también los tenía: mi carácter mandón y en ocasiones excesivamente crítico, mi
falta de tacto. Entonces, empecé a tomar conciencia del cumplido que acababa de
hacerme, de la declaración que acababa de pronunciar. Tenía razón: no tiene el
mismo valor lo que sientes por una persona cuando la conoces poco que cuando la
conoces bien. Yo ya había experimentado los golpes de calor que se tienen
cuando crees estar enamorada, cuando ves a alguien tan atractivo que lo
seguirías el resto de tu vida solo para poder seguir mirándolo sin cesar. Ese
tipo de amor no significaba gran cosa. Era como cuando mis compañeros de clase
decían que «estaban colados» por una estrella de cine o de la música. Eso no
era amor. Lee hablaba de sentimientos tan grandes como las montañas que tenía
delante. Durante un momento, un nuevo mundo eclosionó en mi mente, un mundo
donde ya era adulta, trabajaba duro, mantenía unido a un grupo de personas, era
líder. Con gran conmoción, me di cuenta de que estaba pensando en ser madre. ¡Ni
de coña! Eso no formaba parte de mis planes. Me enderecé y aparté la mano de
Lee de mi pecho.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—No quiero que esto vaya demasiado
lejos.
—Sí
que quieres.
—¡Lee! Ni se te ocurra decirme cuáles
son mis sentimientos.
Él se echó a reír.
—Viendo que no sabes lo que sientes,
quizá no te venga mal que te lo diga yo.
—¿Qué? ¡Eso lo dirás tú!
—Entonces, ¿lo sabes tú?
—¡Claro! Por supuesto que lo sé.
—Vale, dispara.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, si tan segura estás de lo que
sientes, dímelo. Me muero de curiosidad.
—¡Qué coñazo de tío! Vale, ¿qué
siento? Déjame ver. Vale. Hum, hum, hum. Vale, ya lo tengo. Me siento confusa.
—¿Ves? ¡Tenía razón! No sabes lo que
sientes.
—¡Sí que lo sé! ¡Me siento confusa!
Acabo de decírtelo.
—¡Pero la confusión no es un
sentimiento!
—¡Sí que lo es!
Forcejeamos y acabó tumbándome en el
suelo.
—Ellie, ya estás otra vez con tus
viejos trucos. Menos darle al coco, y más sentir.
Me plantó un fuerte y prolongado beso
al que no tardé en corresponder con la misma fuerza. Entonces, los besos fueron
haciéndose más lentos y suaves, algo descontrolados, pero agradables. Aunque yo
seguía mosqueada por ciertas cosas. Así que, cuando nos detuvimos para tomar
aliento y Lee me acarició el hombro con la nariz, volví a la carga.
—Lee, sé que me besas para que me
esté calladita, pero hablo en serio, me preocupo por nosotros. Por ti y por mí.
No sé qué va a ocurrir, ni cómo acabaremos. Y no me vengas con chorradas como
«nadie puede predecir el futuro». Dime algo que no sepa ya.
—Bueno,
¿y qué otra cosa puedo decir? El futuro es... No lo sé, ¿qué es el futuro? Es
una hoja de papel en blanco que llenamos nosotros. Pero a veces alguien nos
sujeta la mano y las líneas que trazamos no son las que habríamos querido.
Lee dijo aquello con tono soñador,
con la mirada perdida en el dosel de árboles que se extendía encima de nuestras
cabezas. Me quedé muy impresionada.
—¡Qué fuerte! ¿Se te acaba de
ocurrir?
—Más o menos. Ya había pensado en
este tema antes, pero esta vez me ha salido así. De todos modos, es cierto, y
eso es lo único que importa.
—Hum, supongo que sí. Aunque se
supone que aquí, en el Infierno, podemos trazar las líneas que queramos en
general, o al menos con mucha más libertad que antes. No hay adultos que nos
sujeten la mano.
—No, pero tenemos nuestros propios
pensamientos, que han ocupado su lugar. Y la prueba es que estemos actuando de
forma tan planificada. Apuesto a que un montón de gente habría esperado que
acabásemos montando una orgía de sexo, drogas y chocolate, pero hemos mantenido
la cabeza muy fría. Hasta ahora.
—¿En serio? ¿Y qué significa eso?
—Ya sabes qué significa.
—¿Te refieres al sexo, a las drogas o
al chocolate?
—Bueno, yo sé cuál de los tres me
importa más, y te aseguro que no es el chocolate.
—Crees que deberíamos hacerlo,
¿verdad?
—¿Hacerlo? —bromeó—. ¿Hacer qué?
—Ya sabes qué.
—Vale, sí, creo que deberíamos
hacerlo.
—Lo sabía —dije, sin saber bien si me
estaba tomando el pelo o hablaba en serio.
—Y tú también quieres.
—A veces sí —reconocí, poniéndome
algo colorada.
—Así
que, en el fondo, estábamos hablando de eso desde el principio, ¿no?
—Es posible —suspiré, y me aparté el
pelo de la cara—. Joder, Lee —dije, volviéndome repentinamente hacia él y
agarrándole por el cuello de la camisa—. A veces te deseo con tanta fuerza que
creo que voy a explotar.
—¿Crees que Homer y Fi lo han hecho
ya?
—Lo dudo. Fi me lo habría dicho.
—Qué gracia. Las chicas siempre os lo
contáis todo.
—¿Acaso no lo hacéis los chicos?
Venga, no me vengas con esas.
—De todos modos, no me extrañaría que
Fi no te contase nada, después de saber lo que escribiste sobre ellos.
—Apenas se han tocado desde entonces.
—Sí, están muy raros. Oye, espera un
momento. ¿No irás a anotar esta conversación luego?
—No se lo enseñaré a nadie si lo
hago.
—Más te vale. —Se volvió hacia mí, me
cogió la mano y se puso a acariciar el dorso—. Dime, Ellie, ¿qué nos está
pasando? ¿Por qué estamos hablando de todo esto?
—No lo sé. Estoy perdiendo la cabeza,
me preocupan demasiadas cosas. Sin ir más lejos, a veces tengo la impresión de
que estamos juntos solo porque no hay nadie más. Si todavía estuviésemos en el
instituto, si la invasión nunca hubiese ocurrido, apenas seríamos amigos.
Entonces, ¿es esto cosa del destino o no? Quizá lo nuestro no sea más que uno
de esos romances de verano que salen en las pelis de Hollywood. Y, si solo se
trata de eso, lo nuestro no sería algo auténtico.
Lee se disponía a decir algo, pero lo
interrumpí.
—Vale, sé lo que vas a decir, que me
como demasiado el coco. Lo reconozco. Pero supongo que solo estoy eludiendo la
cuestión de fondo. Y la cuestión de fondo es más o menos lo que tú has dicho.
Llevamos juntos una temporada, y estamos muy bien. Pero hay algo en mí que me
empuja a dar un paso hacia adelante, y no me refiero solo al plano físico,
aunque esa parte es innegable. —Conforme hablaba, empecé a hacerme una idea
acerca de ese algo—. Creo que tiene que ver con todo lo
que nos ha pasado. La invasión, estar aquí, hacer saltar todo tipo de cosas por
los aires, matar a gente. Y yo me pregunto: ¿es este el tipo de vida que nos
espera? ¿Vamos a quedamos siempre aquí, viendo pasar el tiempo, saliendo cada
pocas semanas a matar a unos cuantos soldados? Si a esto se va a reducir nuestra
existencia durante los próximos cincuenta años, olvídalo. Quiero avanzar en la
vida, independientemente de lo que ocurra a nuestro alrededor. Y el caso es que
no hemos avanzado nada desde que estamos aquí. No hemos construido nada,
excepto unos gallineros cutres; no hemos aprendido nada, ni hecho nada
positivo.
—Pues yo creo que hemos aprendido un
montón de cosas.
—Sí, claro, sobre nosotros mismos y
todo ese rollo. Pero no me refiero a ese tipo de aprendizaje, sino a cosas que
carecen de utilidad y son hermosas a la vez, no sé si me explico. Saber nombrar
y reconocer las constelaciones en el firmamento; o saber que Miguel Ángel pintó
la Capilla Sixtina tendido boca arriba y con la pintura cayéndole en los ojos.
O cosas como la sucesión de Fibonacci, la ceremonia del té japonesa o cómo se
dice «tren» en francés. Me refiero a ese tipo de cosas. ¿Entiendes lo que te
quiero decir?
—Supongo. Intentas decir que si
perdemos todas esas cosas estamos acabados, sin importar lo que ocurra, sin
importar las victorias militares que sumemos.
—Exacto. ¡Me entiendes! Necesitamos
perseguir lo que queremos, no solo rechazar lo que no queremos. Plantar todas
esas semillas, por ejemplo, fue una buena idea, pero también habríamos debido
plantar flores. El Ermitaño lo sabía bien. Por eso mismo plantó esas rosas. Y
cuando hizo aquel puente, no se limitó a colocar unos cuantos troncos sobre el
arroyo deprisa y corriendo; lo hizo hermoso y recio, para que durase siglos.
Debemos crear cosas, y pensar a largo plazo. Dejarles cosas a los que vengan
después. Decir ¡viva la vida!
Dicho esto, me levanté de un salto y
me puse a bailar junto a la pequeña y oscura casa del Ermitaño. Regresé con
decenas de pétalos de rosa que esparcí generosamente por la cara de Lee. Pero
no me bastó con eso. De pronto, sentí tal subidón de energía que me vi capaz de
plantar mil árboles, de besar a mil chicos, de construir mil casas. Pero lo que
hice fue emprender el camino de vuelta a la carrera: me precipité arroyo abajo,
atravesé el claro en zigzag y subí por el camino que llevaba hasta los
Escalones de Satán para ver desde ahí la puesta de sol.
Cuando cayó la noche y las moscas se
fueron a dormir, Homer y yo matamos a uno de los corderos. Yo lo sujetaba con
la rodilla mientras Homer lo degollaba. Hecho esto, tiré de la cabeza hacia
atrás para romper el hueso y dejar que corriera la sangre, que se escurriera la
vida. Entre los dos lo despellejamos. Con su enorme puño, Homer se ocupó de la
parte del abdomen y de la falda. No es que me apeteciese demasiado hacer
aquello. De hecho, pensé que tal vez no sería capaz, que hacerlo evocaría los
malos recuerdos de la emboscada. Pero no fue así. No sé si la conversación con
Lee había ahuyentado del cielo la amenazante sombra, pero en cuanto agarré al
cordero, me lancé a re-petir los pasos que tantas veces había seguido en el
pasado. En casa siempre habíamos sacrificado a los animales con nuestras
propias manos. Nunca te acostumbras del todo a dar la muerte a un animal; por
ejemplo, sacar el corazón aún caliente, que parece contener aún la vida,
siempre es una experiencia intensa, aunque lo hayas hecho miles de veces. Ese,
al menos, era mi caso. No lo haces como un robot ni tampoco como si estuvieses
pelando patatas. Para mi alivio, me di cuenta de que nada de eso había cambiado
para mí. Y no utilizo la palabra «alivio» a la ligera.
Le cortamos la cabeza y la lanzamos
al foso que Fi había cavado para almacenar los restos. No me van los sesos, y
esa noche en particular no me apetecía despellejarle la cara ni cortarle la
lengua. Después colgamos el cordero de una rama para destriparlo. Y los demás
estaban metiéndonos tanta presión para que les preparásemos una buena barbacoa,
que lo despedazamos de inmediato, pese a que es mejor esperar a que la carne se
enfríe. Cortamos los primeros trozos, con algo de brusquedad, y los lanzamos al
fuego. No fue hasta medianoche cuando nuestras hambrientas bocas hincaron el
diente a una carne rosada y caliente, pero la espera mereció la pena. Nos dimos
un buen festín, sonriéndonos los unos a los otros mientras nuestros dedos
gra-sientos y ennegrecidos desgarraban tiras de carne. La muerte de algo puede
significar el nacimiento de otra cosa. Sentí una renovada determinación,
seguridad y confianza en mí misma.
Capítulo
7
Lo que vino después fue idea mía, lo
reconozco. Ellie asume toda la responsabilidad. Me reconcomía la sensación de
no estar haciendo lo suficiente. Siempre pensé que debía de existir salida por
el otro lado del Infierno, siguiendo el arroyo. Al fin y al cabo, tenía que
desembocar en algún lugar, y no iba a ser colina arriba. En el valle contiguo,
en la zona Risdon, discurría el río Holloway. No tenía ni idea si el camino
sería transitable, pero sabía que merecía la pena intentarlo. Ansiaba conocer
nuevos horizontes, nuevos escenarios, nueva gente tal vez. Como si necesitara
unas vacaciones. Pese a lo que nos dictaban tanto los boletines radiofónicos
como nuestro propio sentido común, tenía la vaga sensación de que las cosas
serían diferentes allí, de que tras esas montañas daríamos con una nueva
tierra, verde y apacible, donde no tendrían cabida la desesperación y la
hostilidad de Wirrawee. No confesé a nadie mis esperanzas. Solo hablé de la
necesidad de abrir una vía de retirada, de que tal vez nos fuera de utilidad
saber cómo pintaban las cosas a orillas de Holloway. Después de todo, el
conocimiento es poder.
Reaccionaron con bastante entusiasmo,
la verdad. No tuve que convencerlos mucho. Homer había sugerido en varias
ocasiones que debíamos encontrar a más gente, reunirnos con otros grupos, y
quizá Risdon nos brindara esa oportunidad. Además, creo que todos teníamos
ganas de intentar cosas nuevas. Nos ayudaría a sentir que estábamos haciendo
algo constructivo. Solo Chris prefería quedarse donde estaba. Y, aunque podría
venirnos bien que alguien se quedara en el campamento para cuidar de las
gallinas y el cordero, no me parecía buena idea de que él se quedase solo. Cada
vez se lo veía más retraído, sentado sin más compañía que él mismo y
escribiendo en su libreta, con la mirada perdida en los precipicios. Creo que
él solito se bebió toda la cerveza que cogimos en casa de los King, porque
cuando fui a buscarla no encontré nada, y Lee me dijo que no sabía dónde
estaba. Con lo cual ya no quedaba ni una gota de alcohol, que yo supiera, y
supuse que quizá por eso estaba de tan mal humor. Tenía arranques de actividad
repentinos, por ejemplo cuando nos construyó una sólida y espaciosa leñera para
mantener seca la madera. Tardó tres días en acabarla, y no dejó que nadie le
echase una mano, pero una vez hubo terminado,
ya no hizo mucho más.
Sabíamos que estaríamos unas cuantas
noches fuera si queríamos llegar hasta Risdon, así que cargamos mochilas con lo
necesario: sacos de dormir, jerséis y chubasqueros. En lugar de tiendas,
cogimos lonas y esterillas, que eran más ligeras y nos servían igualmente.
Tuvimos todo un debate de cómo
debíamos preparar la caminata por el arroyo. Homer, que poco a poco estaba
recobrando su autoridad, insistió en que deberíamos llevar botas, porque así
correríamos menos riesgo de resbalar en las rocas. Yo, por el contrario, afirmé
que debíamos ir descalzos para que, una vez saliésemos del arroyo, tuviésemos
las botas secas y calientes. Tener los pies en aguas tan frías durante tanto
tiempo, y con el otoño acercándose a pasos agigantados, no le hacía ilusión a
nadie.
Y aquella discusión acabó derivando
en otra que deberíamos haber mantenido mucho antes: que Homer hubiera llevado
un arma de fuego a la emboscada de Buttercup Lane.
Sucedió así, Homer soltó uno de sus
típicos comentarios individualistas, en plan:
—Pues me da igual lo que hagáis los
demás, yo pienso ir con las botas puestas.
A lo que yo contesté:
—Genial. Y supongo que, cuando te
salgan ampollas, tendremos que cargar contigo. Homer, si no cuidamos los pies,
no llegaremos muy lejos.
—Sí, mamá —espetó él, fulminándome
con los ojos marrones.
Con Homer siempre tenía la sensación
de que en ningún caso debía echarme atrás, o estaría perdida. Es un hueso duro
de roer y suele intimidar a la gente, pero creo que luego menosprecia a los que
son demasiado débiles para hacerle frente. Por esa razón yo no le paso ni una,
y aquella vez no iba a ser menos.
—¿Cómo es posible que cuando yo les
digo a los demás lo que creo que tienen que hacer sueltas comentarios como «sí,
mamá», y que cuando tú le mandas algo a alguien esperes que obedezcan en el
acto? ¿No podrías ser un poco menos machista?
Aquello fue como preguntarle a un pez
si no podría estar un poco menos
mojado.
—Ellie, sé que no soportas que las
cosas no se hagan a tu manera…
—¿Eso crees? ¿Y cuándo fue la última
vez que hicimos las cosas a mi manera, si se puede saber?
—Estarás de coña. ¿Qué me dices de
esta mañana, cuando le dijiste a Chris que no encendiese el fuego para el
desayuno? ¿O hace un par de horas, cuando no dejaste a Lee abrir una lata de
melocotón?
—Vamos a ver, ¿acaso no ves lo que
tienen en común estos dos casos? ¡Estoy intentando hacer lo que es mejor para
nosotros, para el grupo! ¡Intento mantenernos a salvo! Si alguien detecta el
humo, estamos perdidos. Si nos zampamos toda la comida, nos moriremos de
hambre. No digo las cosas porque me apetezca, ni porque me guste el sonido de
mi voz, ¿sabes?
—Deberías escuchar más a los demás,
Ellie. Te empeñas más en ser el hombre orquesta.
Aquel comentario me hizo perder los
estribos.
—Muchísimas gracias, pero nunca me ha
apetecido ser un «hombre» orquesta; una mujer, en todo caso. Estas dándome la
razón, eres un machista. Y apropósito, me hace gracia que seas tú quien diga
eso. Fuiste el idiota que, sin decírselo a nadie, recortó los cañones de la
escopeta y se la llevó pese a que acordamos renunciar a las armas de fuego.
Fuiste tú quien puso nuestras vidas en peligro por querer ser el hombre
orquesta, y lo hiciste de forma deliberada. Yo jamás he hecho nada parecido.
Estás tan convencido de tener razón siempre que no importa lo que opinen los
demás.
—Pues tenía razón, ¿no te parece?
Chris y yo estaríamos muertos si no hubiese llevado la escopeta. Puede que
todos nosotros estuviésemos muertos. Te he salvado la vida, Ellie. Anda, ¡si
soy un héroe!
—Típico de ti que te cuelgues
medallas después de un golpe de suerte. Tuviste tantísima suerte, Homer, que ni
siquiera te das cuenta. Si esos tipos hubieran llevado los fusiles cuando
fueron a los matorrales, ni habrías tenido tiempo de sacar tu puñetera
escopeta.
—Ya la tenía en la mano, Ellie. No
soy tan lento. Estaba preparado.
—¿Y si llega a sorprendernos una
patrulla? Imagina que nos pillan con un arma. Nos habrían puesto contra un
árbol y nos hubieran pegado un
tiro allí mismo. Ahora tendrías las manos manchadas con la sangre de cinco
personas.
—Pero no sucedió nada de eso, ¿no?
Eso demuestra que tengo razón.
—¡Eso no demuestra nada! ¡Nos
salvamos de casualidad!
—Mira, no ocurrió nada y eso
demuestra que teníamos bien cubiertas las espaldas. Las casualidades no
existen. Es como lo que dijo ese golfista: los buenos jugadores siempre tienen
la suerte de su lado. Mientras actuemos con astucia y precaución, seguiremos
teniendo suerte. No creo en las casualidades. Y todo esto lo tenía bien claro
antes de decidir llevarme la escopeta.
—¡Homer! ¡Has perdido la cabeza!
¡Podría haber sucedido cualquier cosa! ¿Dices que no crees en las casualidades?
Pues no entiendes nada de la vida: todo es casualidad. Actúas como si pudieses
controlarlo todo. ¿Quién te crees que eres? ¿Dios? Joder, si incluso en el golf
la pelota puede rebotar en un árbol y caer en el hoyo. ¿Cómo explicas eso,
entonces? De todos modos, esa no es la cuestión —me apresuré a añadir por si le
daba por ofrecer una explicación—. La cuestión es que tienes que acatar las
decisiones que tomemos juntos. No puedes pasar de nosotros y hacer lo que te
venga en gana. Estamos todos en el mismo barco. Y no vale llamarme hombre
orquesta cuando tú llevas tu propia orquesta y encima tus propias partituras.
—Dejadlo ya, chicos —intervino Chris.
Cada uno reaccionó a su manera. Robyn
se apoyaba sobre un azadón, observando y escuchando con gran interés. Fi, que
odiaba los conflictos, se había marchado al váter, situado entonces a cincuenta
metros en el monte. Lee estaba leyendo un libro, Red Shift,5 y no alzó la vista ni una vez. Chris
se dedicaba a tallar un trozo de madera en forma de dragón. Últimamente hacía
muchas cosas por el estilo, y se le empezaba a dar bastante bien. Pero se lo
veía agobiado por nuestra discusión, y pocos minutos después de interrumpirnos
se marchó al arroyo, mientras el resto nos quedamos a organizar la expedición.
5 Novela fantástica del escritor Alan Garner
(1954). (N. de los T.)
Yo estaba preparando el equipaje con
furia, lanzando cosas, repartiendo gritos a diestro y siniestro. No me calmé
hasta que volvió Fi. O mejor dicho, fue ella quien me calmó. Cogió un palo que
yo acababa de tirar y que solíamos utilizar para secar la ropa e intentó
colocarlo de nuevo en su sitio. Uno de los extremos quedaba encajado en la
horcadura de un árbol que ella no alcanzaba, así que me acerqué a auparla. Me escandalizó
comprobar que hizo una mueca en cuanto la toqué. Fue una expresión apenas
perceptible, pero durante un segundo pareció creer que iba a golpearla.
—¡Fi! —Me sentó como una patada en la
boca.
—Lo siento, Ellie —dijo—. Me has
cogido por sorpresa, eso es todo.
Me senté en el suelo, junto a la
tienda, y crucé las piernas.
—Fi, no me habré convertido en un
monstruo, ¿verdad?
—No, Ellie, por supuesto que no.
Están pasando tantas cosas que cuesta mucho asimilarlo todo.
—¿Tanto he cambiado?
—Que va, Ellie, eres una persona muy
fuerte y cuando hay personas igual de fuertes a tu alrededor, saltan chispas.
Lo que quiero decir es que Homer es fuerte, Robyn también, y Lee también, mucho
más de lo que la gente cree. Así que es normal que haya roces.
—Todos somos fuertes a nuestra
manera. No pensé que Kevin fuese fuerte hasta que llevó a Corrie al hospital. Y
tú también fuiste muy valiente cuando volamos el puente.
—Pero con la gente no soy así.
—¿Todavía me odias por lo que escribí
de Homer y de ti?
—¡No! ¡Claro que no! Bueno, me
sorprendí un poco cuando lo leí, pero nada más. Tu problema es que eres
demasiado sincera, y de ahí mi asombro. Escribiste lo que la mayoría piensa
pero no se atreve a decir. O dicho de otro modo, lo que la gente solo escribe
en sus diarios y no enseña nunca a nadie.
—Pero no parece que Homer y tú lo
hayáis superado todavía.
—No, pero dudo mucho que tenga que
ver con lo que escribiste. Homer es muy complicado. A veces es dulce y
encantador, pero otras veces me trata como si no existiera. Es muy frustrante.
Por lo visto, aquel día abundaban las
conversaciones profundas. Tal vez el hecho de estar a punto de ponernos en
marcha hizo que a todos nos entrasen unas ganas repentinas de hablar. La última
charla la tuve con Chris y fue mucho más difícil que mi discusión con Homer.
Bajé a buscarlo al arroyo, porque había dejado de prestarle atención y me sentía
culpable por ello. Cuanto más taciturno se ponía, más lo evitaba yo. Y los
demás también. Y supongo que eso solo empeoraba su humor. De modo que santa
Ellie decidió arreglar las cosas y allá fue, decidida a hacer una buena acción,
por una vez.
Lo encontré sentado en una roca.
Tenía la mirada fija sobre su pie izquierdo, que llevaba descalzo. En un
principio no me di cuenta de lo que estaba observando, pero entonces reparé en
el alargado bulto negro y desagradable que sobresalía de su piel, como una
gigantesca ampolla de sangre. Lo miré de cerca, me estremecí; lo volví a mirar:
era una sanguijuela. Chris estaba allí sentado como si tal cosa, observando
cómo se cebaba con su sangre.
—Qué asco —dije—. ¿Para qué estás
haciendo eso?
Él se encogió de hombros.
—Para pasar el rato. —Ni siquiera
alzó la mirada.
—Venga, en serio, ¿por qué?
Esta vez ni se molestó en responder.
Durante toda la conversación, la sanguijuela no se movió de ahí y fue
haciéndose cada vez más grande y negra. Me desconcentraba. No podía apartar la
mirada del bicho, aunque lo intenté.
—¿Mirarás si hay huevos detrás de esa
roca llana? Blossom se mete allí de vez en cuando.
Blossom era una gallina de aspecto bastante triste que no era muy
aceptada por las demás.
—Claro.
—¿Y qué vas a hacer mientras estamos
fuera?
—Ni idea. Ya se me ocurrirá algo.
—Chris, ¿te encuentras bien? No sé,
se te ve muy callado últimamente. ¿Ya no nos soportas o algo parecido? ¿Hay
algo que te esté agobiando?
—No, no. Estoy bien.
—Pero antes hablábamos, lo pasábamos
bien charlando. ¿Cómo es que ya no lo hacemos?
—Ni idea. No hay de qué hablar.
—Están
pasando muchas cosas. Estamos en medio de lo más importante que hemos visto en
toda la vida. Sí que hay de qué hablar.
Él volvió a encogerse de hombros, sin
levantar la vista del repugnante gusano pegado a su piel.
—Me encantaría que me enseñases algo
más de lo que escribes, algo de poesía.
Él se quedó mirando la sanguijuela
durante un buen rato, sin pronunciar palabra. Al final, rompió su silencio:
—Sí, me gustó lo que dijiste sobre
los últimos poemas. —Y como si estuviese hablando consigo mismo, añadió—: Tal
vez debería. Tal vez si, tal vez no.
Se volvió y tendió su mano delante de
mí para coger algo de su chaqueta, que descansaba sobre una roca. En un acto
reflejo, la cogí y se la pasé. Al hacerlo, distinguí otra vez el olor dulzón y
rancio a alcohol de su aliento. Así que aún escondía una reserva de alcohol en
algún lugar. Sacó una caja de cerillas. Parecía ajeno a mi presencia. Me quedé
alicaída y desanimada. Me había sentido de mejor humor después de haber hablado
con Fi, y volvía a hundirme otra vez. Pude oír a Robyn llamándome a gritos; nuestra
expedición estaba lista para partir.
—Bueno, nos vemos —dije a Chris—. En
un par de horas o en un par de días.
Ni se molestó en despedirse. Subí
corriendo la pendiente, agarré mi mochila y me dirigí hasta el punto donde el
arroyo se deslizaba bajo la densa maleza; allí comenzaba el camino que llevaba
hasta la cabaña del Ermitaño y más allá. Fi, Homer y Lee ya se habían puesto en
marcha; solo Robyn me esperaba. Me quité las botas y los calcetines. Habíamos
llegado a un acuerdo —no quitarnos las botas, pero sí mantener secos los
calcetines—, de modo que me puse las botas sin calcetines y me adentré como los
demás en las frías aguas. ¿Era aquella expedición una buena idea? Aunque no lo
podía afirmar con seguridad, tampoco me importaba demasiado. Había que hacerlo,
y si llevábamos cuidado no teníamos porque temer nada; excepto una buena
hipotermia, pensé, al notar el cosquilleo del agua entre los dedos de los pies.
Y las sanguijuelas. Empecé a echar miradas nerviosas hacia abajo para
asegurarme que no estaban llevando a cabo ningún ataque furtivo.
Pasamos frente a la vieja cabaña y
seguimos adelante. Explorábamos territorio desconocido. La excursión no tardó
en hacerse bastante engorrosa.
Yo iba todo el rato encorvada, no dejaba de resbalar con las rocas y el dolor
me ascendía desde los pies congelados por las piernas. Avancé entre resoplidos
y quejas. No dejaba de buscar mejores formas de llevar la mochila a la espalda,
sintiéndome más y más como una tortuga a cada segundo que pasaba.
—Qué manera más dura de ganarse la
vida —espeté al trasero de Robyn.
Ella se echó a reír. O eso me
pareció, al menos. Volvió ligeramente la cabeza hacia atrás para preguntar:
—Por cierto, Ellie, ¿los cangrejos de
río muerden?
—Sí, más vale que te cuentes los
dedos de los pies cada vez que nos paremos. Esos bichos son voraces.
—¿Y las libélulas pican?
—Un montón.
—¿Y los bunyíps?
—Son los más temibles de todos.
Tuvimos que avanzar más encorvadas
aún, porque la maleza empezaba a enredársenos en el pelo. La conversación quedó
interrumpida de momento.
Continuamos así durante un buen rato.
Aunque una vez que me acostumbre, no fue tan mal.
Los primeros minutos trascurrieron
entre sudor y sufrimientos, hasta que coges el ritmo y te dejas llevar.
Adaptarse cuesta tanto física como mentalmente pero, por suerte, esas molestias
iniciales no tardaron en remitir. Así pues, anduve a paso lento, siguiendo a
Robyn, que a su vez seguía a Lee, que seguía a Fi, que seguía a Homer. De vez
en cuando, el arroyo se ensanchaba y ondulaba sobre la gravilla, lo que hacía
el recorrido más fácil y agradable. En ocasiones, resbalaba con las piedras
lisas o me arañaba con las puntiagudas; otras veces, nos veíamos obligados a
encaramarnos a algún sitio para rodear pozas más profundas. Alcanzamos un tramo
en el que el arroyo fluía recto y oscuro sobre un fondo arenoso, a lo largo de
unos ochenta metros. Pudimos caminar con la cabeza tan erguida como si
estuviésemos en una autopista.
Yo siempre me había imaginado el
Infierno como una cuenca, una hondonada,
aunque jamás lo había comprobado. Desde la Costura del Sastre, el extremo más
alejado del infierno parecía una cresta de rocas y árboles, mucho más baja que
la propia Costura. Efectivamente, daba la impresión de construir la pared de
una cuenca, con el monte Turner como única cumbre que despuntaba. Pero más allá
se extendía el valle del Holloway, y el arroyo debía de abrirse camino de algún
modo hasta allí.
Fueron dos horas de caminata muy
duras en las que fuimos perdiendo altitud la mayoría del tiempo. Me preguntaba
si sería capaz de volver a enderezarme o me quedaría en aquella posición para
toda la vida, como un monstruo jorobado del monte. De repente, me di cuenta de
que el trasero de Robyn había cambiado de dirección y se alejaba de mí; en realidad,
estaba subiendo, abandonando el lecho del arroyo. Alcé la mirada. Robyn estaba
saliendo del agua para reencontrarse con los demás, que se habían desparramado
a un lado de la orilla y se quitaban las botas mientras gimoteaban y se
frotaban las piernas para devolverles algo de calor. Por primera vez desde que
salimos del campamento, estábamos en un claro. Era un llano de solo unos pocos
metros, pero bastaban. Incluso había algo de sol al que tumbarse; el denso
dosel de árboles se abría y nos dejaba ver un cielo escampado y azul.
—Mmm, que agradable —dijo Robyn.
—Menos mal que estaba justo aquí
—dije—. No había podido ir mucho más lejos. Menudo remojón. ¿De quién fue la
brillante idea?
—Tuya —contestaron los cuatro al
unísono.
Me quité las botas caladas y eché un
vistazo a mí alrededor mientras me frotaba los pies y las piernas. El arroyo
fluía sin nosotros, canturreando, pero cambiaba de melodía un poco más abajo.
Podía distinguir un sonido más tosco, sonoro y aislado. Y a través de los
árboles se filtraban más rayos de sol; el telón de fondo de tonos verdes y
marrones se transformaba en uno de color azul claro. Caminando como el paciente
de un hospital en su primer día fuera de la cama, me tambaleé hasta el otro
extremo del claro, seguida por Homer. Nos adentramos unos cuantos metros en el
cinturón de árboles, donde nos quedamos observando. Ahí estaba el valle del
Holloway.
Imagino que pocos lo describirían
como hermoso. El verano había sido muy seco y, aunque los alrededores del río
se veían de un suave color verde, los prados que se extendían alrededor de
Risdon habían adoptado
un tono ocre, el mismo que parecía teñir parte de mi vida, parte de mí misma.
El exuberante verde de nuestras primaveras y principios de verano no solía
durar mucho. Estaba más acostumbrada a ese amarillo seco y monótono; tan
acostumbrada que, en cierto modo, me había empapado de él y ya no estaba segura
de dónde quedaba la línea que me separaba del paisaje. Me acordé del señor
Kassar. Una vez contó en clase que había estado viviendo un año en Inglaterra y
que al regresar a casa y reconocer las llanuras secas en el paisaje se sintió
tan feliz que incluso le dolía el corazón. Sé perfectamente lo que quiso decir
con aquello.
El amarillo ni siquiera era del todo
amarillo. Había algunos puntos verde oscuro que aportaban los árboles y las
líneas de cortavientos; los destellos de los tejados de hierro galvanizado
parecían pequeñas charcas de agua cuadradas; los depósitos y cobertizos, los
corrales y las presas, el aburrido sinfín de vallas… Así era mi país, más que
maleza y montañas, más que ciudades y pueblos. Me sentía como en casa entre
aquellos cálidos prados mecidos por el viento.
Pero del valle nos separaba una línea
de precipicios y una gran extensión de maleza. Habíamos bordeado el monte
Turner sin darnos cuenta siquiera, y ahora quedaba a una buena distancia a mi
izquierda. Homer y yo estábamos al borde de uno de los precipicios más bajos,
por el que el arroyo caía en un largo y fino hilo de agua sobre rocas situadas cincuenta
metros más abajo, antes de desaparecer borboteando entre la vegetación. Allí la
maleza parecía tan densa como el trecho que acabábamos de atravesar por el
Infierno.
—Suerte que Kevin no está aquí —dijo
Homer, mirando hacia abajo.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso?
—¿Acaso no lo sabes? Tiene pánico a
las alturas.
—¡Madre mía! ¿Hay algo que no le dé
miedo? Y eso que se las daba de tipo duro.
—Hum. Bueno, al final demostró serlo.
—Pues sí.
Regresamos con los demás y les
contamos lo que acabábamos de ver. Dejamos las mochilas y fuimos a dar un paseo
sobre los precipicios, buscando un camino por el que bajar.
—Es casi para descender haciendo puenting…
—dijo Lee al cabo de diez minutos.
—¿Y cómo volveríamos a subir?
—observó Robyn, siempre tan pragmática.
Los precipicios no tardaron en
hacerse infranqueables por aquel lado. La zona estaba llena de árboles, y solo
se abrían pasajes aquí y allá, algunos con piedras resbaladizas y peligrosas en
el suelo. Nos dimos por vencidos y nos aventuramos al otro lado. Atravesamos de
nuevo el arroyo y allí también nos topamos con superficies lisas de pizarra.
Teníamos una única opción: un árbol que había caído de cabeza al precipicio y
había muerto allí. Su esqueleto desnudo y blanquecino quedaba recostado como la
pared rocosa; sus ramas parecidas a huesos sobresalían por todos lados y
formaban una especie de escalera natural.
—¡Cielos! —exclamó Fi con su voz de
abuelita mientras observábamos desde lo alto.
—Ni de coña —sentenció Lee.
—No veo por qué no —Rebatió Robyn.
—No tengo seguro médico —contestó
Lee.
—Deberíamos haber traído cuerda
—añadió Homer—. O más bien una escalera mecánica.
—Yo creo que es posible —dije—. Si
alguien lo intenta primero sin mochila y funciona, ya daremos con el modo de
bajar los paquetes.
Todos me miraron mientras decía
aquello, y siguieron haciéndolo una vez hube acabado. Empecé a sentirme algo
incómoda.
—¿De quién fue la idea de hacer este
viaje? —preguntó de nuevo Homer.
Seguían mirándome. Yo dejé escapar un
suspiro y empecé a deshacerme de la mochila. ¿Eran imaginaciones mías o estaban
acorralándome y escoltándome hacia el borde del precipicio? Por lo visto, tenía
dos posibilidades de salir de allí: ninguna y ninguna. Me puse a cuatro patas y
empecé a deslizarme hacía atrás por el borde.
—Agárrate a mis manos —dijo Homer.
—No tiene sentido. Si el único modo
de bajar ahí es sujetándonos el uno al
otro, ¿qué hará el último?
La copa del árbol quedaba unos tres
metros más abajo, pero me pareció que podría alcanzarlo. El borde del
precipicio no era vertical, sino curvado, y mi mayor problema consistía en no
patinar con la gravilla suelta y en alcanzar con el pie la copa. Siguiendo unas
cuantas instrucciones de Robyn, me enderecé y estiré todo lo posible durante
unos pocos segundos. Tenía que dar un paso a ciegas y no caer en el intento.
Aspiré una profunda bocanada de aire, tragué saliva y me solté. Me deslicé solo
durante un segundo, aunque se me hizo eterna la horrible idea de que no
alcanzaría el árbol y me precipitaría al vacío. Me pegué a la roca aún más,
buscando a tientas un apoyo para los dedos en la superficie llena de gravilla.
Entonces, mis pies se toparon con el tronco muerto y, casi de inmediato, mis
piernas lo rodearon. Me dejé deslizar un poco más y abracé la vieja madera
blanca; tenía los ojos cerrados y apoyaba la cara en el tronco.
—¿Estás bien? —gritó Robyn.
—Genial. —Abrí los ojos—. Solo que
ahora ya no pienso volver a subir.
Miré hacia abajo, buscando un lugar
en el que apoyar los píes. Debajo de mí, quedaban bien dispuestas las ramas del
árbol, que llegaban hasta su base. Parecían bastante alineadas. Coloqué el pie
izquierdo sobre la primera rama, apoyé todo el peso del cuerpo y me enderecé un
poco, aliviada. La rama se partió en el acto. Volvía a agarrarme al árbol,
mientras desde arriba empezaba a lloverme un sinfín de consejos: «No separes
demasiado los pies del tronco», «No descanses todo tu peso en una sola rama»,
«Tantea primero las ramas». Eran sugerencias bastante sensatas, pero en
definitiva nada que no hubiese pensado ya. Notaba cómo el sudor empezaba a
calentarme la frente y a empaparme la camiseta; apreté los dientes y busqué la
siguiente rama.
Mantuve los pies tan cerca del tronco
que las suelas de los zapatos se deformaron contra su superficie. De ese modo,
logré avanzar. No es que llevara el calzado ideal para semejante descenso, pero
era lo que había. Tarde cinco minutos —que me parecieron quince—, pero al fin
me encontré al otro lado del tronco, abrumada por el alivio, y de espaldas a la
maleza.
—Vamos —grité.
—¿Y las mochilas?
—Meteos
las cosas más frágiles en los bolsillos y lanzadlas.
Y así lo hicieron. No llevábamos
demasiadas cosas frágiles a parte de las linternas, la radio y un par de
prismáticos. Luego tuve que esquivar la lluvia de mochilas. Estoy segura de que
no apuntaba hacia mí a propósito. Estoy bastante segura, vamos. Y resistí la
tentación de prenderle fuego al tronco conforme ellos descendían, uno tras
otro, con cuidado.
—Tendremos que conseguir una cuerda
en algún sitio —dijo Homer cuando nos reunimos, casi sin aliento, a los pies
del árbol—. Tal vez la encontremos en Risdon. Nos ayudará a subir luego.
Ningún camino se abría entre la
maleza, y los árboles crecían muy juntos. Se anunciaba toda una odisea.
Franqueamos una cresta, encontramos un embudo que se abría en una pared rocosa
y lo seguimos hasta el final. Después proseguimos el penoso avance. Tardamos
una hora en recorrer un kilómetro.
—Lo que daría por estar de nuevo en
el arroyo —dije a Fi.
Y fue en ese preciso instante cuando
oímos las voces.
Capítulo
8
La primera vez que vimos a los Héroes
de Harvey fue desde una cresta rocosa que se elevaba sobre su campamento. Nos
acercamos a ellos con tanto sigilo que llegamos a oír sus voces claramente. Fue
un alivio comprobar que hablaban nuestro idioma. Nos tumbamos allí,
observándolos atónitos y dirigiéndonos miradas de sorpresa entre nosotros. De
haber ocurrido un mes atrás, nos habríamos puesto a gritar y a agitar los
brazos, pero nos habíamos vuelto tan cautos que, si nos hubieran regalado un
caballo, no solo le habríamos mirado los dientes, sino también la nariz, los
ojos y hasta la garganta antes de aceptarlo. Y luego habríamos perdido
referencias.
Aun así, no había duda de que
aquellos eran unos tipos bastante auténticos. Algunos llevaban uniforme
militar, había fusiles apoyados en un gran eucalipto en el centro del claro, y
las tiendas estaban camufladas con ramas recién cortadas. Había al menos veinte
tiendas, y en los últimos minutos que estuvimos mirando vimos aproximadamente
una veintena de personas, todas ellas adultas, en su mayoría hombres. Se movían
silenciosamente por el campamento. Tenían un aire relajado que me resultó
atractivo. Solo me preocupó que su sistema de vigilancia fuera tan precario que
pudiésemos espiados sin que se dieran cuenta.
—Bueno —dijo Homer—, ¿nos acercamos?
Lee empezó a levantarse, pero yo lo
detuve.
—Espera —dije—. ¿Qué vamos a
decirles?
—¿Sobre qué?
—Bueno... —dudé. No estaba segura de
a qué me refería, de qué me había impulsado a preguntar aquello. Al final dije
lo único que se me ocurrió—. ¿Les vamos a contar lo del Infierno?
—No sé. ¿Por qué no?
—No lo sé... Pero, por alguna razón, prefiero que no
lo hagamos. Quiero que siga siendo nuestro lugar secreto.
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