Recorrió el papel suave y brillante con el
dedo, por encima de la fotografía, una enorme y profesional fotografía donde
sus hijos aparecían jugando en el parque con su padre. Suspiró impotente, como
siempre ocurría en estos casos, y hojeó la revista aún asombrada de la portada,
donde su familia era la absoluta protagonista.
Diez páginas interiores daban buena
cuenta de los días que Ronan y los niños habían pasado en Killiney, en casa,
sin molestar a nadie, en la más estricta intimidad, aunque aquellos propósitos
sirvieran de poco para aplacar el interés desmesurado que los reporteros
sentían por ellos. Una docena al menos los seguían a todas partes, desde hacía
años, pero desde su separación mucho más. Los acechaban como cuervos
despiadados en Londres, en Dublín, en el parque, en casa, en cada restaurante o
tienda que decidían visitar, convirtiendo su vida, a veces, en una verdadera
tortura.
Cerró la publicación y miró nuevamente
la portada donde Ron, vestido con vaqueros, una camiseta blanca y las gafas de
sol puestas, llevaba a un niño en cada brazo, seguido por Aurora y Kirk, la
niñera y el escolta, que caminaban siempre dos pasos por detrás de él: Ronan Molhoney ejerce de padrazo en Irlanda,
rezaba el titular. Cerró los ojos y decidió no mirar más.
Llevaban más de un año separados,
exactamente diecisiete meses, después de que Ronan hubiese traspasado todos los
límites de la cordura y hubiese mandado su idílico matrimonio al traste, cuando
su hijo mayor, James, tenía un año y el pequeño, Alexander, apenas un mes de
vida. El drama había adquirido dimensiones apocalípticas en Irlanda, con todo
el país pendiente de su estrella de rock más rutilante, envuelto en una serie
de problemas personales que lo habían llevado a perder a su joven y hermosa
familia.
Eloisse había tenido que, literalmente,
huir de vuelta a Londres, y él se había quedado en su Irlanda natal,
mascullando su dolor y planteándole toda clase de impedimentos para
divorciarse. Se habían pasado meses luchando, una por divorciarse y el otro por
reconquistarla, y mientras ella conseguía recomponer su vida y volver al
ballet, reapareciendo como primera bailarina del Royal Ballet la primavera
anterior, Ronan se había sometido a toda clase de terapias e ingresos clínicos
para intentar superar sus adicciones, sus problemas de agresividad y sus celos
patológicos.
Ronan estaba luchando por mejorar, era
otra persona, parecía completamente curado y por esa razón su acercamiento era
cada día más concreto, se llevaban bien, con distancia por parte de ella, pero
con mucha disposición por el bien de ambos, y sobre todo, por el bien de sus
pequeños.
—Issi... —le rozó la cintura y ella se
giró para mirarlo a los ojos—, siento el retraso, hay un tráfico espantoso,
¿has venido en taxi?
—No, en metro.
—¿Estás bien? ¿Entramos?
—Sí, sí, vamos.
Sonrió a la recepcionista y cruzó la
elegante sala de espera camino del despacho de la doctora Appelwhite, la
prestigiosa y exclusiva terapeuta londinense que ese día los había invitado a
una de sus terapias colectivas de pareja. Eloisse odiaba ir a esos encuentros
con otros matrimonios, todos muy ricos y muy famosos, y comentar en voz alta
sus problemas más personales, pero lo hacía por Ronan, porque había prometido
cooperar, aunque a veces le apeteciera salir corriendo de allí.
Entró y se sentaron en el semicírculo
saludando a las cuatro personas que ya esperaban, todos preparados para
empezar. Eloisse los miró de reojo y sonrió interiormente pensando en el dinero
que pagaría la prensa por conocer los secretos de esa gente o, simplemente, por
confirmar que estaban en crisis y que acudían a terapia. Era increíble que ella
pensara en eso, pero una charla con un paparazzi amigo de la jefa de prensa del
Royal Opera House la semana anterior le había abierto los ojos respecto a las
cifras millonarias que se barajaban en algunos medios de comunicación cuando se
trataba de chismes o de información sobre las celebrities. Saberlo le produjo un trauma y desde entonces, cada
vez que salía a la calle, no podía evitar pensar en el dinero que se estaba
ganando alguna gente a costa de su intimidad.
—Por supuesto que me preocupa el sexo,
somos jóvenes y llevamos diecisiete meses de abstinencia... —La voz ronca y
cálida de Ron confesando aquello la sacó de golpe de sus pensamientos y se
sentó mejor en la silla, lo miró de reojo y no pudo evitar sonrojarse hasta las
orejas—. Amo a mi mujer, la deseo, pero no puedo presionarla.
—¿Eloisse? —La psicóloga la miró y ella
se quedó muda—. ¿No echas de menos el sexo?
—Cuando nosotros hemos estado separados
—intervino una de las otras mujeres— nos veíamos para mantener relaciones
sexuales. Ese siempre fue nuestro punto fuerte y ninguno de los dos quiso
renunciar a ello, supongo que fue el hilo que siempre nos mantuvo unidos, ¿no,
cariño?
—No me puedo creer que lleves diecisiete
meses sin sexo —opinó un hombre, un conocidísimo deportista de élite—. ¿Tú? Eso
es imposible.
—No tengo interés de convencerte de
nada, Ian.
—Bien —la doctora interrumpió a Ronan y
miró nuevamente a Eloisse, que era la más joven de los presentes y sin embargo
la más serena y reservada. Buscó sus extraordinarios ojos color avellana y la
animó a hablar—. ¿No quieres hablar del tema, Eloisse? ¿Ni siquiera en privado
con tu marido?
—Preferiría que fuera en privado.
—Claro. Vamos a ver...
—A lo mejor no crees en el sexo sin
amor, ¿es eso, no? —preguntó otra de las mujeres.
—No creo en el sexo sin amor, pero este
no es el caso.
—Muchas mujeres castigan a sus maridos
sin proporcionarles sexo, al menos eso hacían nuestras madres...
—Joel, por favor. —La doctota Applewhite
se puso de pie—. No veo a Eloisse en semejante tesitura y, además, aquí no
estamos juzgando a nadie y ella está en su derecho a reservarse su opinión.
—Creo que el sexo es parte fundamental
en la vida de pareja —opinó Issi de repente, bastante harta ya de aquella
gente—, pero no concibo el sexo por el sexo, cuando no va de la mano de la
armonía en otros aspectos de la relación.
Se hizo un silencio tenso y ella los
miró a todos a la cara, nadie alzaba los ojos del suelo, giró la cabeza y
observó a Ronan que se inclinó hacia delante y le clavó los ojos celestes muy
serio. Quiso sonreírle, pero no pudo, respiró hondo y esperó pacientemente a
que la doctora siguiera con sus preguntas y que los demás participaran
activamente contando sus miserias y sus penas más tremendas. No volvió a
intervenir y Ronan tampoco, y cuando una hora después abandonaron en silencio
la consulta y pisaron la calle, él la detuvo sujetándola de la mano.
—Si no quieres volver, lo entiendo, esto
es...
—Si tú quieres volver, lo haré, no me
importa.
—No quiero presionarte, yo...
—Es por los dos Ron, en realidad por los
cuatro. —Le sonrió—. Volveré siempre que quieras. Y ahora, me voy, tengo media
hora para llegar al teatro.
—¿Te llevo en coche?
—No, voy más rápido en metro. Adiós. —Se
acercó y lo besó en la mejilla, él cerró los ojos y tragó saliva, viendo como
bajaba corriendo las escaleras del suburbano.
—Adiós, princesa.
Capítulo 1
¿Existe el amor verdadero? A sus casi
treinta y cinco años, Ronan Molhoney ya había subido al cielo y bajado al
infierno varias veces por amor, y sí, él sí creía en el amor verdadero.
Observó la figura menuda de su mujer
perderse dentro de la estación de metro y encendió un cigarrillo para
relajarse. Como ella, lo pasaba cada vez peor en las dichosas terapias a las
que debía asistir. Llevaba meses ocupando su tiempo libre en todo tipo de
reuniones y citas terapéuticas destinadas al control de la ira, los celos o el
alcoholismo, de relajación, meditación y, por supuesto, las terapias
matrimoniales a las que Issi lo acompañaba en un acto de extrema generosidad,
decía todo el mundo, aunque nadie se parase a valorar el esfuerzo enorme que él
estaba invirtiendo también en ello.
Pero valía la pena. Se había portado
como un animal con ella, y no solo en la última etapa de su convivencia, no, lo
había hecho durante años, era consciente, mortificándola con sus celos
enfermizos, la opresión, su falta de autocontrol, la dominación absoluta que
siempre había querido desplegar sobre ella, aunque ella se resistiera y al
final hubiesen convertido el matrimonio en una guerra sin tregua que había
terminado con Issi abandonándolo.
El amaba a Eloisse, lo había hecho desde
el primer segundo en que la vio, nada podía cambiar aquello, y estaba dispuesto
a todo por ella, a todo lo que hiciera falta para ser mejor persona, mejor
marido, y el hombre que ella se merecía. Aunque, a veces, en tardes como
aquella, en la consulta de la doctora Appelwhite, solo le apetecía renunciar,
rendirse y mandarlos a todos a paseo, no lo haría, porque la recompensa era
mejor que todo lo demás. Se trataba de recuperar a Issi y a los niños, de
volver a vivir juntos y de que ella volviera a confiar en él.
Miró a su alrededor, se puso las gafas
de sol y se encaminó hacia parking donde tenía el coche. Era temprano y tal vez
le diera tiempo a llevar a los niños al parque antes del baño y la cena.
Afortunadamente, todas las tardes eran suyas, porque mientras Issi bailaba en
Covent Garden, él se ocupaba de Jamie y Alex hasta la hora de irse a la cama,
cuando los acostaba y esperaba a que se durmieran antes de volver a su casa. Su
pequeño, pero acogedor loft ubicado a pocos metros de la casa de Eloisse. Todo
un privilegio.
—¿Te vienes a tomar un café? —Hillary,
una de las asistentes a la terapia lo abordó justo al lado de su todoterreno
con una sonrisa seductora—, o a casa. Tal vez deberíamos poner remedio a tu
falta de... ya sabes.
—Muy amable, pero no gracias. —Abrió el
vehículo y la miró moviendo la cabeza—. Mis hijos me esperan.
—A veces a las esposas hay que darles un
escarmiento. Tal vez esa mujercita tuya necesite recordar el pedazo de hombre
que se está perdiendo...
—Adiós, Hillary.
—Adiós. Y cuando quieras, me llamas.
Paul y yo tenemos un matrimonio muy abierto, ya lo sabes.
Puso en marcha el motor, aceleró y giró
hacia la salida sin mirar a la esposa de Paul Hertz, un periodista muy famoso
que solía aparecer en las revistas posando con su familia feliz. Era de locos,
pensó poniendo el CD de The Dubliners que siempre llevaba en el coche. Subió el
volumen y pensó una vez más en Issi.
La primera vez que vio a Eloisse
Cavendish fue en el Royal Albert Hall de Londres más de ocho años atrás. Su
banda, los Night Storm, daba dos conciertos multitudinarios en la ciudad y el
segundo día, cuando se subió al escenario y se encendieron las luces, vio por el
rabillo del ojo una figura que parecía brillar entre la gente en un palco
dedicado a los Vips y los invitados del grupo, una figura femenina, menuda y
preciosa que lo distrajo las dos horas que se pasó tocando para miles de
personas. A esa distancia apenas podía verla bien, pero sí vislumbró su pelo
oscuro, sus vaqueros ceñidos y su blusa blanca. Era guapísima y parecía
interesada en su música, aunque no chillaba ni hacía fotos como el resto de la
gente.
Al acabar el concierto había pedido a
uno de sus escoltas que la localizara. Pete había oído la descripción de la
chica y había partido a buscarla sin rechistar, él estaba acostumbrado a ese
tipo de «encargos» suyos ya que, a punto de cumplir los veintisiete años, Ronan
Molhoney era un conquistador sin medida, que no se aburría jamás de sumar
ligues, y no era la primera vez que le pedía un favor semejante, aunque en
aquella ocasión aquel encuentro sería diferente, lo intuyó desde un principio,
cuando se metió debajo la ducha sin poder olvidar a la chica y cuando salió y
aceptó los besos y los abrazos de las amigas que habían acudido a saludarlo,
sintiendo una impaciencia desconocida en el alma, tanta, que había evitado
elegantemente los halagos y los coqueteos y se había escabullido hacia la
fiesta privada organizada por su manager detrás del escenario, para intentar
encontrarla en medio de un mar de invitados.
—Se llama Eloisse Cavendish, es
bailarina del Royal Opera House y viene con un grupo invitado por Leonard, uno
de los productores, todos son bailarines de ballet. —Pete llegó a su lado y le
señaló hacia el otro extremo de la sala—. Al parecer no viene con pareja y me
han dicho que no es fan, aunque se lo ha pasado muy bien.
—Madre mía, ¿has visto eso, Pete?
—Eloisse parecía distraída, era muchísimo más guapa al verla a esa distancia,
menuda y pequeñita, no más de un metro sesenta de estatura calculó, y con un
cuerpo perfecto, espectacular, enfundado en esos vaqueros ceñidos que le
dejaban su precioso abdomen a la vista, tenía la piel blanca y los ojos y el
pelo eran casi del mismo color, muy oscuros, su cara era la de un ángel y todos
sus gestos denotaban una elegancia innata, no charlaba con nadie y oía la
conversación de su grupo con un refresco en la mano y la mirada perdida—. ¿Es
mayor de edad? ¿No parece muy joven?
—Lo mismo pregunté yo y su amiga me ha
dicho que cumplió dieciocho años hace un mes, vive en Nottinghill con dos
amigos.
—¿Te han dicho todo eso? —Se giró hacia
Pete, sonriendo—. Eres muy eficiente, amigo.
—Yo me quedaré con su amiga, que también
está buenísima —fue la respuesta del escolta.
—Bien, pues iré a conocerla.
—¿No quieres que te la traiga?
—No parece de esas, gracias. —Caminó
entre la gente con el corazón cada vez más acelerado. Eran solo unos metros,
pero lo detenían para hablarle y felicitarlo alterándolo cada vez más, hasta
que pudo llegar hasta ella y admirar su cuerpazo a tan corta distancia—. Hola.
—Hola. —Ella se giró y lo miró a los
ojos dejándolo fuera de juego en una milésima de segundo. Ronan tragó saliva y
se movió incómodo.
—Hola, soy Ronan, ¿qué tal?
—Ya sé quién eres, nos ha gustado
muchísimo el concierto.
—Me alegro. —Ronan volvió a tragar
saliva y fue entonces cuando un imán poderosísimo lo empujó hacia ella sin
poder controlarlo, estiró la mano y la apartó de su grupo sujetándola por la
cintura—. Eres preciosa, jamás había visto a nadie como tú.
—Bueno... —Ella se sonrojó y Ronan
Molhoney se fijó en las pecas de su nariz, en esos ojazos oscuros, maravillosos
y almendrados, y supo que jamás podría dejar de tocar a esa mujer, deslizó los
dedos por la piel de terciopelo de su cintura y ella se apartó.
—Lo siento. —Ronan levantó las manos
como un adolescente y preguntó como un idiota—. ¿cómo te llamas?
—Eloisse.
—¿Y vienes sola?
—No. —Ella miró hacia sus amigos que
cuchicheaban descaradamente a su espalda—. Con mis compañeros y amigos, pero ya
me iba, mañana madrugo, así que... bueno, en fin, encantada de conocerte.
—No, Eloisse, perdona. —Ronan observó
con angustia como ella dejaba el refresco encima de la mesa y pensó que se
moriría si la perdía, así que se olvidó del protocolo de seguridad, de los
escoltas y de todo ese dispositivo que siempre los rondaba y avanzó un paso
hacia ella—. Escucha, ¿puedo acompañarte a casa?
—¿A mí? —Sonrió y lo miró de arriba
abajo—. Gracias, vivo más o menos cerca, eres muy amable.
—No es amabilidad, me gustaría
acompañarte.
—Bueno, yo... vale, gracias.
Desde los diecisiete años las fans los
seguían por todas partes, su vida no era la de un chico normal y era la primera
vez, desde el colegio, que se ofrecía a acompañar a alguien a casa, pero ella
valía ese esfuerzo, así que observó pacientemente como se despedía de sus
amigos, que le sonrieron con picardía, y la acompañó a la salida mientras se
ponía el abrigo y se acomodaba el pelo suave y ondulado sin hablar, luego
salieron a la calle y caminaron como cualquier pareja normal por la orilla del
parque, sin que nadie lo reconociera en medio de la noche y sin escoltas por el
centro de Londres.
—¿Eres bailarina?
—Sí, ¿cómo lo sabes?
—Se nota. —Ella le dedicó una mirada
ceñuda y comprendió que no era una chica frívola a la que le gustaban los
piropos estúpidos, así que reculó, sonriendo—. No, es que me lo han contado.
—Sí, bailo en el Royal Ballet.
—¿Vives con tus padres?
—No, hace un mes me mudé a un piso con
unos amigos, antes vivía en Richmond, en el internado de la compañía.
—Qué interesante.
—¿Y tú? ¿Dónde vives?
—En Dublín habitualmente aunque viajamos
mucho.
—Me gustó muchísimo vuestro concierto.
—Me alegro, ahora tendré que ir a verte
bailar.
—Solo si te gusta el ballet.
—Desde hoy sí. —Ella volvió a quedarse
callada y él volvió a sentirse como un idiota—. Es broma. Me gusta la música,
el ballet, la ópera, la música clásica. Toco el piano desde los seis años.
—¿Sí? ¿Has pasado por el conservatorio?
—Diez años de conservatorio. ¿Dónde está
tu piso? Si quieres pido un coche o un taxi.
—No, gracias, está cerca, quería volver
andando, pero puedes dejarme aquí. Vuelve a la fiesta, yo puedo seguir sola.
—No, estoy bien, vamos.
—Bien, gracias, Ronan, eres muy amable,
es por ahí. —Ella le indicó con la mano y él permaneció en estado de shock
varios minutos repitiendo mentalmente el sonido de su voz al pronunciar su
nombre, era delicioso. Quiso pedirle matrimonio en ese mismo instante, mientras
ella hablaba de las calles y de los edificios que tanto le gustaban y del
agradable tiempo otoñal de Londres por esos días—
Quince minutos después de aquello la
había besado en el portal de su casa, primero un beso fugaz y luego le había
plantado un beso largo al que ella había respondido muy tímidamente, temblando.
Olía a caramelo y no sabía besar, era obvio, una novedad que le caló hasta el
alma mientras la miraba a los ojos y volvía a repetir el beso una y otra vez
hasta que no pudo más.
—Debo irme.
—Yo también, mañana me levanto temprano.
—¿Volveré a verte, Eloisse?
—Claro, ¿cuánto tiempo os quedáis en
Londres?
—Por ti mi vida entera. —Ella lo miró
algo confusa, y él intentó darle su número de teléfono—. Te doy mi número,
llámame, ¿vale?
—Vale.
—Eres preciosa —repitió sujetándola por
la cintura para seguir besándola mientras los pantalones le apretaban por culpa
de la excitación que tenía y que no podía disimular. Se apartó de ella y le
sonrió, antes de salir huyendo con prisas de allí—. Debo irme.
Jamás podría olvidar aquella noche
mágica en la que su princesa, la princesa de sus sueños, había aparecido
delante de él como por ensalmo para cambiarle la vida de forma radical. Desde
aquel primer segundo él había sabido que la amaba, que no podría respirar nunca
más sin ella y desde aquel día había hecho todo lo posible por estar a su lado.
Aquella misma noche hizo que su agente localizara a la chica: sus horarios, su
rutina, y a la mañana siguiente, casi sin dormir, se había plantado en Covent
Garden para abordarla. Ella llevaba horas ensayando, le dijeron por teléfono y
en la entrada del teatro, y cuando al fin la vio salir en medio de un grupo de
compañeros, vestida con una falda larga de bailarina y un abrigo enorme, la
bandolera cruzada sobre el pecho y un moño alto, se acercó nervioso como un
colegial, se le puso delante y ella tardó varios minutos en verlo y
reconocerlo, aunque cuando lo hizo le regaló la más dulce y cálida de las
sonrisas.
—Hola, Ronan.
—Hola, Eloisse, ayer no nos dimos los
números de teléfono.
—Sí, te marchaste con prisas, ¿y qué
haces aquí?
—Verte. —Cruzó la distancia que los
separaba y se inclinó para darle un beso en los labios—. No quisiera perderte.
—Pues ya sabes donde estoy. —Eloisse
carraspeó y se puso roja hasta las orejas antes de girarse y presentarle a un
tipo alto, atractivo y muy sonriente, que lo miraba con ojos chispeantes—. Te
presento a mi amigo y compañero Michael Fisher, él es mi partenaire en el
escenario y mi compañero de piso también.
—Encantado, señor Molhoney, nos gustó
muchísimo el concierto de ayer.
—Gracias. ¿Te puedo invitar a comer,
Eloisse?
—Bueno, íbamos todos.
—Os invito a todos.
—No, Issi, ve con tu amigo —susurró
Michael besándole la cabeza, gesto que Ron recibió con bastante incomodidad—.
Luego nos vemos, encantado, Ronan.
—¿Issi? —dijo él al fin cuando se
quedaron solos, de pie en las escaleras del teatro.
—Mi familia y mis amigos me llaman Issi.
Michael es como mi hermano.
—Me gusta Issi, aunque tú siempre serás
mi princesa.
—¿Princesa? Eso suena un poco
trasnochado —le contestó mirándolo con firmeza con aquello ojos oscuros,
comentario que él recibió con una risa.
—Mi abuela me dijo que un día
encontraría a mi princesa, a la princesa de mis sueños, y creo que eres tú, por
eso siempre serás mi princesa.
—Muchas conclusiones en muy poco tiempo
—fue su respuesta mirando la hora antes de volver a clavarle los ojos
almendrados—. Tengo cuarenta minutos para comer, si no te importa podemos
comernos un sándwich en la plaza.
—Tengo reserva en uno de los
restaurantes del teatro.
—Pues no puedo acompañarte, yo solo
dispongo de unos minutos.
—¿No puedes tomarte la tarde libre y comer
conmigo?
—No, lo siento, tengo ensayo dentro de
cuarenta y cinco minutos.
—Vale, Issi, lo que tú quieras. —La
agarró por la nuca y la besó sin mediar palabra. Era una novedad incómoda que
no le dedicara tiempo, pero le importó muy poco, solo quería estar con ella y
si le regalaba solo unos malditos minutos de mierda serían más que suficientes
para tocarla y no dejarla respirar, besándola continuamente.
Ese mediodía sería el primero de muchos
en los que se transformó en una especie de perro vagabundo detrás de ella, eso
le decían sus compañeros y amigos que dejaron de verlo de repente y sin muchas
explicaciones. No regresó a Irlanda con la banda y no asistió a ninguno de los
compromisos y eventos que tenía previstos dos semanas después, ni siquiera a la
multitudinaria fiesta de cumpleaños en Temple Bar, el once de noviembre de ese
año, que le tenían organizada desde hacía meses, porque solo quería ver a
Eloisse Cavendish. Max, su manager, lo agarró un día por el cuello y le
preguntó que qué demonios hacía, pero él no podía explicarlo, solo se sentía
bien a su lado, viendo su sonrisa y oyendo su voz, dijo, respuesta que Max
Wellis recibió pasándose la mano por la cara con bastante angustia.
Todos los chicos de la banda tenían
pareja estable menos Ronan, que se escabullía de las mujeres tras dos o tres
días de relación. Odiaba que lo persiguieran, lo acosaran y le mandaran ropa
interior perfumada al camerino, estaba harto de despertar al lado de chicas que
no le interesaban y se había vuelto un cínico desconfiado. Sin embargo, la
entrada de esa cría de dieciocho años en su universo preocupó no solo a sus
allegados, sino también a su agente que creyó que una novia seria para Ronan
Molhoney acabaría con una buena cantidad de seguidoras y fans de la banda.
Evidentemente él se rio ante ese
comentario absurdo y se concentró en su princesa, en Issi, que lo mantenía todo
el tiempo a raya porque su vida era un dechado de disciplina, horarios y
compromisos con la dichosa compañía por la que ella respiraba. Era dulce y
cariñosa con él, pero ponía distancia y tenía demasiado claras su prioridades.
No le cogía el teléfono durante horas, solo lo podía ver a la salida del teatro
y se iba a la cama pronto, costumbres que chocaban de forma radical con la vida
disipada y caótica del músico. Ella salía corriendo del teatro y lo abrazada de
un salto, gesto que a él le borraba de un plumazo el fastidio por tener que
esperarla como cualquier viandante que pasara por ahí, porque no lo dejaban
entrar a la zona de artistas. Luego caminaban de la mano por el centro,
besándose en cualquier esquina. Ella lo escuchaba atentamente cuando le contaba
sus proyectos, sus pensamientos o sus ideas, por aburridas que parecieran. Era
sencilla, hija de padres divorciados, un inglés y una española residente en
Ibiza, muy inteligente e inquieta, leía de todo, hablaba correctamente tres
idiomas y adoraba hacer cosas «útiles» en su tiempo libre, como viajar, bailar
otras disciplinas o ir al cine, odiaba perder el tiempo y adoraba además a sus
amigos, sobre todo a Mike Fisher.
En dos semanas ya se habían contado la
vida entera, al menos ella, que tenía una vida muy simple, y Ronan conoció por
primera vez sus intenciones claras de conservar su virginidad. Ella se lo
explicó tras un acalorado encuentro en el sofá del modesto piso de Nottinghill,
cuando él a punto había estado de quitarle a ropa a tirones mientras la besaba
como loco sobre los cojines de colores que llenaban el salón de la casa.
Entonces Issi le puso una mano en el pecho y le dijo con claridad:
—No voy a acostarme contigo, ni en
sueños, y entenderé si quieres marcharte ahora mismo.
—¿Qué dices? —Ron se sentó frente a ella
atusándose el pelo largo y tomó un trago de té frío que quedaba en la mesita de
café—. Ya sé que eres virgen, no tienes que contármelo.
—¿Tan evidente es?
—Sí, la otra noche cuando te besé,
bueno, yo... —La miró de frente y ella se levantó arreglándose los vaqueros.
—Sí, era mi primera vez —habló
ajustándose la hebilla del cinturón, no quería mirar sus ojos celestes porque
la ponían muy nerviosa, así que tragó saliva, respiró hondo y miró al techo—.
No voy a acostarme con nadie que conozca de tan poco tiempo, incluso espero
llegar virgen al matrimonio y no es una cuestión de índole religiosa, es una
decisión personal, porque no quiero que me rompan el corazón una y otra vez
hasta encontrar el amor verdadero. Lo he visto muchas veces con mis amigos, y
yo no soy tan fuerte para soportarlo.
—Yo soy tu amor verdadero.
—Eso aún no lo sé.
—¿Estás segura? Mírame.
—No lo sé. —Lo miró con esos ojos
límpidos como los de una niña y él se puso de pie—. Ojalá lo fueras, pero es
pronto para mí, lo siento.
—Bueno, yo estoy dispuesto a esperar.
—No hace falta, es absurdo, tú tienes
otra vida y muchas chicas guapísimas y más normales que yo, no pasa nada, en
serio, han sido unos días muy especiales para mí, pero te juro que comprendo
que no quieras seguir conmigo, mis amigos dicen que el sexo es fundamental en
una pareja normal y adulta, y, lamentablemente, yo no soy ni tan normal, ni tan
adulta.
—Eres más adulta que la mayoría de la
gente que conozco.
—Apenas nos conocemos.
—¿Estás rompiendo conmigo?
—Para evitar que lo hagas tú, y tan
amigos, ¿vale?
—¿Cómo dices? —Él sonrió y se le
acercó—. ¿En serio quieres dejar de verme?
—Yo no he dicho eso.
—¿Entonces?
—Sabía que el asunto del sexo llegaría,
es lo habitual, ¿no?, y bueno, te digo mi postura y entenderé la tuya.
—¿Siempre eres tan racional y
controladora, princesa?
—¿Racional y controladora?
—Claro, no te acuestas conmigo, entonces
pasados los primeros besos, adiós muy buenas. ¿Por qué presupones que yo solo
busco sexo?
—No solo sexo, pero sí una relación
normal que yo no estoy preparada para tener.
—Yo te quiero a ti, Eloisse, y me da igual
si debemos esperar, al contrario, me encanta que tengas tus ideas tan claras.
Estoy dispuesto a esperar y a ser tu amor verdadero, si me dejas.
Tras esa charla establecieron una
relación completamente inusual para Ronan Molhoney y todo lo que él conocía
hasta ese momento. Ella lo volvía loco, la deseaba con locura desmedida, pero
se propuso esperar y la cuestión se convirtió para él en algo tanto o más
sagrado que para su propia novia, con la que, sin embargo, se besaba,
acariciaba y disfrutaba de una manera muy apasionada, porque Issi era intensa,
vehemente y con un carácter tremendo.
Las primeras discusiones llegaron muy
pronto. Ronan descubrió en su personalidad un rasgo que desconocía totalmente:
los celos. Issi le provocaba inseguridad, celos y una furia impetuosa en el
pecho que apenas lo dejaba respirar. El primer encontronazo llegó porque le
pegó a un primo suyo que le pareció muy cariñoso con ella. Desde ese momento y
tras muchos ruegos para que lo perdonara, el asunto de los celos se le disparó
en el alma, fue como tener dormido un monstruo enorme y horroroso al que se le
despierta de golpe. Empezó a observar como la miraban los demás hombres, a
querer tenerla para él solo, a absorber cada uno de sus pensamientos, cosa
imposible con una chica como ella que estaba expuesta al público, rodeada de
amigos y admiradores, y que era absolutamente independiente. Su experiencia le
decía que las novias «formales» de sus amigos y compañeros de banda,
abandonaban rápido sus profesiones para poder seguirlos por el mundo, en las
giras, los conciertos, los ensayos, las grabaciones, aquellas mujeres aparcaban
su vida en favor del artista, pero con Eloisse aquello era impensable porque no
se saltaba ni siquiera un ensayo por estar con él, y cuando le insinuó que le
gustaría vivir en seguida con ella en Irlanda, rodeados de niños, lo miró
ceñuda sin molestarse en contestar siquiera.
Así que al mes de conocerla se mudó a
Londres, se peleó con todo su entorno y se instaló en un piso cerca de Covent
Garden donde su vena creativa se disparó. Eloisse le daba mucha ternura, amor y
estabilidad, y aquello contribuyó enormemente a su creatividad, tanto que sacó
un disco en solitario y otro con la banda. Se pasaba las horas muertas
escribiendo y componiendo y luego corría al teatro para recogerla y disfrutar
con ella del resto de la velada.
Formaban una pareja estupenda, hablaban
hasta altas horas de la madrugada, se reían de las mismas cosas, tenían el
mismo sentido del humor y esa vena cínica que Ron compartía con muy poca gente.
Ella se desternillaba de la risa cuando él le contaba algo gracioso o lloraba
mirándolo a los ojos cuando le recitaba una nueva canción o se la cantaba con
la guitarra. Era dulce y muy sexy, demasiado, y cuando ya empezó a no soportar
que saludara a un desconocido, sus problemas empezaron a multiplicarse de tal
manera que llegaron a romper y a reconciliarse tanto durante su primer año de
novios que acabaron asistiendo a terapia de pareja para intentar solucionar sus
diferencias.
El acudió por amor, porque ella se lo
pidió, pero él sabía exactamente cuáles eran los problemas que los afectaban,
el primero: que Eloisse no podía asimilar, en absoluto, el efecto que provocaba
en las personas. Ella era preciosa, simpática, amable, y no ponía límites con
nadie. No soportaba verla abrazada a sus compañeros de compañía, o acurrucada
en el pecho de Mike Fisher viendo la televisión, no soportaba que saliera con
sus amigas a cenar y menos a bailar para que una panda de babosos la
persiguiera o simplemente la mirara y piropeara. Ella era su chica, y debía ser
consciente de los límites. Por esa razón apenas la relacionaba con sus amigos o
compañeros, porque sabía lo que decían en cuanto se daba la vuelta, porque la
miraban con las pupilas dilatadas y no quería acabar matando a alguien por
faltarle al respeto. Y el segundo: que ella no era consciente, y jamás lo
sería, de la necesidad real y brutal que él sentía por ella, de ese amor sin
fisuras que le profesaba y que motivaba un instinto demoledor de protegerla y
querer estar siempre a su lado.
Por aquel tiempo Eloisse empezó a
cambiar su comportamiento por él. Para que no lo pasara mal redujo sus
actividades sociales. Ron llegó a hacerle jurar que mientras estuviera de viaje
con la banda no saldría con nadie, y lo cumplía. Ella no mentía, tenía palabra
y él confiaba en ella, en los que no confiaba era en los demás, que la miraban
como el bombón que era y no como la novia de Ronan Molhoney. Un asunto que él
había procurado dejar claro en todas las entrevistas y reportajes que le habían
hecho desde que se supo que tenía novia. Eloisse Cavendish era su novia, su
futura mujer y madre de sus hijos, lo dijo al minuto uno de conocerla y lo
siguió manteniendo durante todo su largo y accidentado noviazgo hasta que al fin
pudo casarse con ella.
Tres años después de conocerse,
pelearse, reconciliarse y amarse como dos locos desesperados, al menos así se
sentía Ron cada vez que la miraba, Issi lo presionó para olvidar la promesa de
la virginidad y empezaron a mantener relaciones sexuales. Hasta ese momento
dormían juntos, jugaban, se besaban y se acariciaban sin pudor, pero su
terapeuta, y ella misma, empezaron a hablarle directamente del sexo, él le
pidió matrimonio por enésima vez, y ella finalmente aceptó el anillo y le dijo
que sí delante de todos sus amigos, pero una mañana soleada en Londres perdió
su virginidad en una habitación del hotel Ritz, en medio de una sesión de
entrevistas con la prensa, cuando lo secuestró de las manos de un periodista
para llevarlo a una suite e invitarlo, sin aceptar una negativa, a hacer el
amor por primera vez. Una maravillosa primera vez que ambos disfrutaron al
mismo nivel, entregándose al cien por cien y que convirtió ya sin remedio a
Eloisse en su mujer para siempre y sin vuelta atrás.
De ese modo la vida lo cambió una vez
más. Los celos recurrentes se convirtieron en patológicos, sus exigencias con
ella, el control y la falta de serenidad si no la tenía cerca, no lo dejaban
vivir con normalidad. Continuaron la terapia y cometió la mayor estupidez de su
noviazgo, que fue asignarle un escolta permanente sin su consentimiento para
tenerla protegida y a la vez controlada. Por aquel entonces Issi se empezó a
quejar de que no hacían prácticamente vida social, ella jamás se comportaba como
la novia de un famoso rodeado de fans, no era caprichosa, no iban a clubs o
fiestas privadas, ni pedía que la llevara a sitios caros, ni que la invitara a
viajes maravillosos, entre otras razones porque no disponía de tiempo, pero sí
pedía más relación con los amigos, con la familia e ir al cine o a cenar. Ronan
accedía a regañadientes y sin soltarla de la mano, y cuando a punto estaban de
cumplir los cuatro años de noviazgo, decidió organizar una espectacular boda
secreta en Irlanda, sin su conocimiento y tras una de sus múltiples peleas por
culpa de los celos.
La boda sería en un castillo en las
afueras de Dublín. Contrató a una agencia para organizarlo todo y aviones
privados para trasladar a todos sus amigos y familiares, pero los planes
acabaron con ellos peleándose a gritos en plena calle, a medianoche, con Issi
llorando completamente desconsolada y rompiendo con él para siempre. Lo dejó
lloroso y desolado en mitad de la calle Dame, y se fue a Londres sin querer
volver a saber nada de él, su maldito carácter y sus decisiones precipitadas.
No quiso volver a verlo y él se juró que jamás iría a buscarla, intención que
mantuvo durante diez larguísimos meses en los que intentó aplacar su deseo por
ella con otras mujeres, y su soledad con el alcohol y las juergas monumentales,
sin lograr dejar de pensar un solo segundo del día en ella, en sus ojos color
avellana y en esa piel de terciopelo que era su único hogar.
Eloisse abandonó el Royal Ballet para
alejarse de él, se mudó a los Estados Unidos y firmó un contrato de primera
bailarina con el Metropolitan Opera House de Nueva York por dos años, y él se
quedó en Dublín encerrado en su música, rumiando su pena y controlando la
poderosa necesidad que sentía por ella. Por aquel entonces compró su primera
casa de verdad, una espectacular mansión en Killiney, a orillas del mar, que
imaginó para Issi y todos los hijos que iban a tener, porque ambos querían
fundar una gran familia. Se desató completamente en una vida bohemia y
peligrosa que asustaba a su familia y amigos, hasta que el contrato de una gira
por los Estados Unidos lo llevó hasta la Gran Manzana y directo a las puertas
del Lincoln Center, donde la abordó sin mediar demasiadas palabras.
Aquella noche la besó, a traición, en un
restaurante chino donde habían ido a cenar con sus amigos, y la rondó los días
que estuvo en Nueva York hasta conseguir su perdón, el definitivo, el que le
conseguiría la promesa de matrimonio y una boda íntima y original en Ibiza, en
casa de Carmen, su flamante suegra, que los ayudó a preparar ese día tan
especial con la sencillez y el romanticismo que Issi soñaba.
Cinco años después de conocerla la
convirtió, al fin, en su esposa y muy pronto en la madre de su primer hijo.
Issi abandonó el ballet y su vida entera por el embarazo y se instaló en
Killiney donde montó sola y con muy poca ayuda un hogar para los dos y para
Jamie, y en seguida para Alexander, que llegó sin que lo esperaran. Sin
embargo, esa vida idílica que él tanto había añorado tampoco fue suficiente
para aplacarlo y relajarlo, y acabaron rompiendo y él haciéndole daño y
perdiéndola, dejándola huir con sus hijos, lejos de él, permitiendo que lo
odiara y lo temiera, mientras él moría de amor y de angustia por ella, sin
poder perdonarse jamás todo lo que le había hecho, a ella y a los niños, que
eran su vida entera.
El último año y medio había sido el peor
de su vida; se había comportado como un animal, un imbécil, Issi había pedido
el divorcio y tras mucho negarse al principio y muchos ruegos después, había
conseguido parar su intención de separarse legalmente de él. Su paso por una
clínica de rehabilitación también había ayudado y tras seis semanas encerrado,
seguía manteniendo las terapias y la esperanza cada vez mayor de que ella le
permitiera volver a su lado, para amarla, quererla y protegerla como ella se
merecía, para adorarla, hacerle el amor y dormir a su lado, y no volver a
separarse jamás. Ambos lo estaban intentando, aunque ella siguiera manteniendo
las distancias por pura precaución, pero él estaba dispuesto a soportar eso y
más porque se merecía cualquier tortura por lo que había hecho, y porque estaba
dispuesto a todo, absolutamente a todo, por recuperarla.
—¡Dios mío! ¿Pero que estáis haciendo?
—Entró en el piso que al que acaban de mudarse en Bow Street, al lado del
teatro, y los pilló a los tres jugando al fútbol en el salón aún vacío de
muebles. Eran las diez y media de la noche y Ronan se reía a carcajadas
mientras Jamie correteaba con la pelota, seguido por Alex que gateaba a toda
velocidad detrás de él—. ¿Sabéis la hora que es?
—Es viernes —respondió él viendo como
los niños se abrazaban a las piernas de su madre—. Un poco de deporte antes de
dormir.
—Pero estáis haciendo mucho ruido.
—Abajo no hay nadie. Bueno, chicos, se
acabó la juerga, a la cama todo el mundo.
—¿Y dónde está Aurora? —Issi tomó a Alex
en brazos y vio como Ron hacía lo propio con Jamie—
—Le he dado la noche libre para que
invitara a Kirk al cine.
—Buena idea —dijo ella, sonriendo al
entrar en el cuarto que aún necesitaba mucha decoración—. Me alegro.
—Nos vamos mañana y bueno... ¿No ibas a
cenar con Mike y Ralph?
—No me apetecía nada. —Era cierto,
estaba cansada, acababan de mudarse, la terapia de grupo, los ensayos de la
nueva obra y sobre todo, las pocas ganas que tenía de salir sola, sin Ronan, de
noche por Londres, aunque esto último no lo reconocía jamás en voz alta—.
¿Finalmente a qué hora te vas mañana?
—A las nueve de la mañana, así que ya me
despido hoy de los enanos.
—Vale.
—Bueno, chicos, me voy mañana a
Australia, ¿recordáis? —Los dos asintieron muertos de la risa, porque la
pregunta iba acompañada de cosquillas. Issi se quedó quieta en el dintel de la
puerta, embobada como siempre que veía a Ron ejerciendo de padre—. Y me tenéis
que prometer que os portaréis bien y cuidaréis de mamá.
—¿Cuándo vienes? —preguntó James en su
media lengua.
—En un par de semanas. Pasarán volando,
pero os echaré mucho de menos. ¿Me echaréis de menos vosotros?
—Sí.
—Vale, pues dadme un gran abrazo. —Se
aferraron a él y luego volvieron a sus camitas—. Os llamaré todos los días y
pondréis la cámara del ordenador, ¿vale? Se lo pedís a mamá o a Aurora.
Se pasó un rato más mimándolos y
finalmente apagó la luz y salió con ella al pasillo, estaba muy triste por
tener que viajar a Australia sin la familia, como había planeado inicialmente,
pero no había otra opción. Llegó a la puerta principal y se giró para mirar a
Issi, que lo seguía descalza y silenciosa.
—Dios bendito, se me parte el alma
—reconoció poniéndose la mano en el pecho.
—Lo siento, pero hablaréis todos los
días. Y dos semanas pasarán rápido.
—¿Tú crees?
—Claro.
—Dos semanas es mucho tiempo para unos
niños tan pequeños. En fin...
—Llámame cuando llegues, ¿de acuerdo?
—Bien.
Ella abrió la puerta y se quedó quieta.
Ronan no sabía ni donde poner las manos, era una situación absurda y estúpida
pensó, mirando el sencillo vestido de Issi, y sus piernas desnudas. Se acercó
un paso y se agachó para besarla en la frente, ella permaneció quieta y sin decir
nada, así que estiró la mano y la abrazó por la cintura. Nada más, solo para
sentirla a esa distancia.
—Debo irme, estarás cansada.
—Sí.
—Te echaré de menos, aunque esa es una
sensación permanente, ya sabes, en Irlanda, en Australia o aquí mismo...
—Ten cuidado.
—Claro que lo tendré, me portaré bien.
Permanecieron así un momento eterno,
Issi tensa y él incapaz de separarse de ella, hasta que al fin carraspeó y se
alejó. La soltó y la miró a los ojos, quería besarla, hacerle el amor, pero no
quería romper meses de trabajo y disciplina por un impulso, así que optó por
comportarse como un buen chico y sonreírle con inocencia. Ella relajó los
hombros y le devolvió la sonrisa.
—Buenas noches
—Buenas noches y buen viaje.
Ron se giró y llamó al ascensor, solo
vivía a dos edificios de distancia, en un ático de soltero que le permitía
estar cerca de los niños. Issi observó su aspecto inmejorable con vaqueros
desgastados, una camiseta azul clara y el pelo rubio y revuelto, la barba de
pocos días y sus enormes ojos celestes húmedos y brillantes, y suspiró. Amaba a
ese hombre, pero aún era muy pronto para ella. Esperó a que entrara en el
ascensor y le sonriera por última vez, a que las puertas de metal se cerraran y
entró en casa a oscuras, sin saber qué hacer mientras un frío intenso le
recorría la columna vertebral. Se sentía sola y desorientada, y por un minuto,
solo por un minuto, estuvo a punto de volver a abrir la puerta y correr a
buscarlo, pero no lo hizo.
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