miércoles, 19 de marzo de 2014

Mañana: Muerte blanca, parte 7

Se me hizo un nudo en el estómago cuando vi a un centinela, con un rifle cruzado a la espalda, que apareció de repente por la izquierda.
Caminaba con paso ligero junto a la barandilla de la cubierta. Estuve a punto de chillar, pero me di cuenta de que no podía hacerlo. Homer vio al centinela una fracción de segundo más tarde, pero para entonces el soldado ya lo había visto. El hombre se movía con una rapidez asombrosa. Giró para quedar de espalda a la barandilla y empezó a liberar el rifle. Aunque tenía los ojos fijos en Homer, en realidad yo lo tenía más cerca. Corrí hacia él como una bala. Empuñó el arma tan deprisa que pensé que sería capaz de dispararme en el estómago a quemarropa. Cubrí los tres últimos metros en una carrera frenética, sin tener ni idea de qué iba a hacer después. Solo estaba desesperada por evitar que apretara el gatillo. Lo que hice fue darle un cabezazo en algún punto entre el pecho y el estómago. Sentí un impacto fuerte, me hice daño en la cabeza y me torcí el cuello, pero sobre todo sentí alivio cuando cayó hacia atrás. No le había dado tiempo a disparar. Me abalancé sobre él en cuanto vi que caía, pero, para mi desesperación, no dejamos de caer. Entonces supe que nos habíamos precipitado por la borda los dos. Empecé a bracear como una histérica para intentar desembarazarme del soldado. Caíamos y caíamos sin parar. Me parecía increíble que el descenso fuese tan interminable. ¿Qué altura tenía ese barco? Se me ocurrió que a lo mejor estábamos amarrados en un dique seco y aterrizábamos sobre metal y cemento.
Oí un grito ahogado y me di cuenta de que era el soldado, luego hubo una ráfaga de disparos erráticos que pasaron rozando mi cabeza. Se le había disparado el rifle, supongo que sin querer. El ruido me dejó completamente sorda. Luego chocamos contra el agua. La noté como si fuera hormigón: me golpeé con el hombro y pensé que me había roto la clavícula por culpa del impacto. Estaba a un metro del centinela y, de forma instintiva, me retorcí y braceé por debajo del agua para alejarme unos cuantos metros más. Cuando subí a la superficie, vi que Homer entraba en el agua tirándose de cabeza con la elegancia de un nadador de competición, a unos quince metros de distancia. «Capullo», pensé, celosa de ver lo fácil que lo había tenido él. Nadé como pude hasta él sin dejar de volver la cabeza en ningún momento para buscar al centinela con la mirada, pero no vi ni rastro de él. A lo mejor se había
hundido directamente. A lo mejor se había disparado a sí mismo de manera accidental. O a lo mejor había buceado más rápido y estaba a punto de asomar la cabeza justo delante de mis narices.
La punzada del hombro empezaba a remitir, aunque seguía doliéndome el cuello.
Cuando ya estaba a unos dos metros de Homer se produjo una gran salpicadura acompañada de espuma que formó una línea recta a mi izquierda. Pensé en tiburones.
—¿Qué es eso? —chillé mirando a Homer.
Él parecía igual de sobresaltado y confundido. Entonces dio brazada muy rara con el brazo hacía atrás, como si le hubiera dado un bofetón en la cara.
—¡Balas! —gritó.
Su voz sonó grave pero amortiguada en mis oídos ensordecidos. Miré a mi alrededor aterrada. ¿Habría salido a la superficie el soldado? ¿Era él quien nos disparaba ahora? No, imposible.
—¡Mete la cabeza! —me chilló Homer, y desapareció.
Cogí aire y me zambullí en el agua. Me puse a bucear en picado, cada vez a más profundidad, hasta que empezaron a dolerme los oídos. Mientras buceaba me di cuenta de lo evidente: las balas debían de provenir del barco o del muelle. Buceé entonces en línea recta moviendo brazos y piernas con todas mis fuerzas para cubrir la mayor distancia posible, intentando olvidarme del dolor cervical, pero, aun con todo, no lograba avanzar muy rápido. Tenía los pulmones vacíos, se me contraía el pecho y notaba calambres en el estómago. Debía subir a la superficie. Lo hice, y surgí del agua al aire frío de la noche para echar un rápido vistazo a mí alrededor, a la vez que aprovechaba para tomar aliento. No vi a nadie: ni al soldado ni a Homer. Tampoco oí nada. Entonces una luz potente capto mi atención. Se elevaba en el cielo. Era un helicóptero que despegaba del puerto y se dirigía hacia mí. Saltaba a la vista que no se andaban con chiquitas. Al mismo tiempo, otra ráfaga de salpicaduras en el agua diez metros a mi derecha me demostraron que las balas seguían volando, aunque yo no pudiera oírlas. Lo que sí oía eran las hélices del helicóptero, y también
vi el reflector blanco que salía de la panza del aparato y se dirigía a mí. Solté un juramento y volví a zambullirme. No era el momento de buscar a Homer; tenía que ponerme en marcha. El barco iba a saltar por los aires en un cuarto de hora, y hallarse en cualquier punto cercano al navío era increíblemente peligroso. Volví a bucear tan rápido como pude, sacando la cabeza solo cuando a mi cuerpo no le quedaba ni una sola molécula de agua. Sabía que acabaría respirando agua si me quedaba sumergida un segundo más.
Como veía el resplandor blanco del foco a través del agua, intentaba esquivarlo, pero el helicóptero estaba ya casi encima de mi cabeza y volaba muy bajo, de modo que agitaba el agua con violencia. Provocaba un oleaje que hacía que me entrara todavía más frío. Saqué la cabeza para respirar, temblando de pavor, cogí una gran bocanada de aire y volví a sumergirme. Había recuperado las fuerzas y ahora avanzaba a mejor ritmo, pero no era como cuando nadaba en la piscina de Wirrawee; parecía que empezaba a quedarme agarrotada y ni por asomo avanzaba a la velocidad que hubiera deseado. Tenía que repartir la energía en demasiadas cosas: me preocupaba la explosión, me preocupaba Homer, me aterraban las balas y el helicóptero, e intentaba nadar, todo al mismo tiempo. Qué desastre. Tal vez si hubiéramos comido y bebido más, habría tenido más reservas de energía acumuladas.
Volví a sacar la cabeza, más lejos de la luz del helicóptero, y miré hacia atrás, en dirección al barco. Había soldados apostados a lo largo de las barandillas de la borda que apuntaban hacía el agua con las armas. Uno de ellos me vio y gritó y señaló con el dedo: me quedé petrificada, como si hasta entonces pensara que iba a ser invisible en la oscuridad. Pero había un montón de luz provocada por el foco reflector del helicóptero. Cuando el soldado me apuntó, metí la cabeza a toda prisa y gane profundidad. Pensé que supondrían que iba a alejarme de ellos, así que cambié de dirección y retrocedí hacia el barco, con la esperanza de que todavía faltase mucho para la explosión. La luz del helicóptero barrió el agua y pasó por encima de mí; el haz era casi vertical, lo cual me indicó que el aparato estaba muy cerca del
mar. Volví a girar y me dirigí a la popa del barco; luego saqué la cabeza un segundo para coger aire y salí disparada hacia el centro de la bahía, confiando en haberles dado esquinazo. «A por todas, Ellie —me supliqué a mí misma—, sigue buceando, por mucho que te duela el cuerpo». Sabía que ya no era el momento de pensar en estrategias: la maniobra de retroceder para despistarlos había sido mi última apuesta, la última vez que había tirado los dados. Si ahora me veían, que me vieran. Tenía que alejarme de ese barco como fuera antes de que volara en pedazos.
Seguí dando brazadas por inercia. Debía de haber avanzado unos ochenta metros cuando estuve a punto de perder los nervios. Salí a tomar una bocanada de aire con los pulmones ardiendo, pues no me quedaba ni una brizna de aliento en el cuerpo, cuando una gigantesca forma gris en movimiento gritó dentro del agua unos metros por delante de mí. Fui tan tonta que volví a pensar que podía ser un tiburón, aunque si lo hubiera sido, habría batido récords mundiales. Me di cuenta de que era la quilla de un barco, de una especie de barca cañonera, posiblemente. De haberlo visto un poco más cerca sin duda me habría vuelto loca. La onda expansiva me alcanzó y me empujó hacia atrás. Aproveché el impulso para tomar aire, pero la mitad de lo que tragué era agua. Entreví otros focos reflectantes a la vez que me retorcía y volvía a hundirme en el mar. No era capaz de distinguir el camino más recto hacia la bahía de Cobbler, pero sabía que tenía que continuar nadando en esa dirección, pasara lo que pasase. Si Kevin tenía razón acerca de la potencia explosiva del ANFO, me convenía estar fuera del agua y bien metida en el bosque cuando estallara. Dudaba que tuviera muchas posibilidades de llegar tan lejos (ya había perdido mucho tiempo), pero por lo menos tenía que alejarme cuanto pudiera. Tenía grabada en la retina la imagen de ese contenedor cada vez más lleno de oxígeno; la mecha resplandeciente serpentearía sin prisa pero sin pausa hacia el montón de combustible; tal vez faltaran pocos minutos para la inmensa detonación.
Entonces, me vi propulsada y a la vez frenada por algo con lo que no había contado. Una fuerza extraña, como una ola subacuática
invisible y silenciosa, me azotó y me impulsó hacia delante. No podía nadar ni con ella ni contra ella; tenía demasiada fuerza. Lo primero que pensé fue que el barco había volado en pedazos y se trataba de la onda expansiva. Yo vagaba por el agua como una bolsa de plástico en un vendaval. Manoteaba y movía los pies con la intención de recuperar el control pero sin conseguirlo. Se me olvidó respirar, aunque por lo menos tuve el instinto de intentar subir a la superficie. Sin saber cómo, de pronto me di cuenta de que había roto la membrana de agua y me hallaba en la superficie, jadeando y sollozando mientras intentaba coger aire a toda costa. Me notaba rara la cabeza, embotada y aturdida. Mientras las violentas olas me arrastraban, logré entrever el barco, tan robusto y seguro como siempre. No daba la impresión de acabar de sufrir una explosión.
Un agua blanca empezó a salpicar a mi alrededor. Otra vez las balas, a pocos metros de distancia. Las afiladas ráfagas de viento frío que provocaban los tiros me hicieron recuperar la conciencia. Me di la vuelta y me sumergí, sin energía para descender demasiado, pero procurando por lo menos continuar avanzando en la dirección adecuada, hacia la costa rodeada de árboles. Noté un latigazo en la espalda, como si me hubieran golpeado con una vara, o una piedra, pero seguí buceando.
La quilla gris volvió a pasar por delante a toda velocidad, un poco más alejada que la vez anterior. Pensé que quizás estuvieran lanzando bombas o granadas de mano o algo así al mar. Tal vez cargas de profundidad. Cuando saqué la cabeza para tomar aire esta vez me lo jugué todo y eché un vistazo rápido. Parecía que solo había un barco patrulla buscándonos, que además estaba de espaldas a mí. El helicóptero chillaba como un poseso rozando casi una porción de agua que quedaba a unos cien metros a mi derecha; el reflector hacía destacar cada salpicadura de espuma blanca, cada ola verde grisácea. Confiaba en que no hubieran encontrado a Homer por allí. Volví la cabeza para mirar de nuevo el barco de mercancías y, en apariencia, seguía sin presentar indicios de una explosión. Parecía de lo más tranquilo. Pero por primera vez tuve la impresión de que había hecho
progresos. Aunque no parecía que la costa estuviera más próxima, el barco sí quedaba bastante más lejos de mí. Únicamente lamenté que estuviera solo; el petrolero debía de haberse hecho a la mar. Por lo menos, ese breve vistazo me dio ánimos para continuar esforzándome. Nadé como pude unos veinte metros antes de volver a sumergirme, y esta vez empecé a bucear a más profundidad. Notaba un tenue dolor en la espalda, pero no lo suficiente para frenarme; el cuello, la parte con la que había golpeado en el pecho al centinela en el barco, era la que más me dolía.
Mi principal miedo en esos momentos eran los tiburones. Si me salía sangre de alguna parte del cuerpo, lo cual era muy probable, atraería a los tiburones igual que la mierda atrae a las moscas. Lo más irónico era que el helicóptero y la lancha cañonera que me perseguían eran mis mejores aliados para mantener a raya a los tiburones. Montaban tanto estruendo y eran tan grandes y extraños para los animales marinos que sin duda asustarían a los tiburones tanto como me asustaban a mí. Mantuve esa macabra esperanza mientras seguía dando brazadas en el agua picada.
A ratos nadaba y a ratos buceaba. Estaba agotada y no podía avanzar buceando por debajo del agua todo el tiempo. Cuando notaba el rugido del barco justo detrás de mí, me zambullía y descendía cuanto me permitían las fuerzas. Por suerte, ya no había un oleaje tan violento: el barco debía de haberse alejado un poco.
Salí a la superficie, temblando de frío y agotamiento y miedo. Me di la vuelta y busqué el barco de carga, con la esperanza de verlo tan lejos que me sirviera de consuelo y me diera fuerzas para seguir luchando por acceder a la costa. Al principio no lo vi, porque las olas me lo impedían. Entonces una de las olas fuertes me elevó y obtuve una vista privilegiada. Ahí estaba el barco y por allá el helicóptero, aleteando a la izquierda de la popa del carguero. Seguro que se estaba preparando para atacar de nuevo y peinar otra zona del mar.
En ese momento el barco se levantó por encima del océano sin más. Un milisegundo estaba ahí flotando, y el segundo siguiente estaba por los aires. De verdad, parecía que se hubiera quedado suspendido
en el cielo durante un momento, pero entonces vi que se empezaba a quebrar por detrás. Luego se produjo un fogonazo: un gigantesco punto de luz brillante, como una flor fosforescente, tan blanca y tan cegadora que me hacía daño a la vista. En pocas palabras, la noche se convirtió en el día más radiante y despejado. Me sentí atacada por un ruido tremendo, un crujido, como el látigo de ganado más grande del universo. Parecía que fuera a partir el cielo por la mitad. Noté que vibraba dentro de mí. Era como en aquel concierto al que había ido en el recinto ferial de Wirrawee, cuando me puse muy cerca de los altavoces, y noté que el cuerpo resonaba con la música.
Un millón de estrellas fugaces, algunas enormes, volaban en todas direcciones. No podía creer lo lejos que llegaban sus estelas. Unas cuantas me pasaron silbando con fuerza por encima de la cabeza, para después caer con un siseo en el océano que quedaba a mi espalda. Otras salían disparadas hacia arriba.
Se oyó un retumbar tremendo, como si el mar estuviera a punto de vomitar sus secretos más profundos. A eso siguió un crujido que no acababa nunca. Los árboles, la costa, el agua... Todo parecía retemblar, como si alguien estuviera reorganizando los elementos. Abrí la boca aterrada. Algo me llamó la atención, algo a mucha altura, casi fuera de mi campo de visión. Levanté la mirada. Era el helicóptero, que caía en picado sin dejar de mover las hélices. Parecía una avispa gigante a la que hubieran rociado con insecticida. Emitió un chillido propio de un alma torturada mientras caía sin cesar. El sonido era tan agudo que lo percibí incluso por encima del boom de la explosión. Hasta entonces había tenido la impresión de que el helicóptero no volaba muy alto, pero debía de estar a una altura considerable, porque tardó siglos en descender. Remontó el vuelo una y otra vez, hasta tres veces, creo, pero al final se rindió al ver que no iba a poder volver a alzarse. Entonces chocó contra el mar, formando un volcán instantáneo de agua blanca. Me resultaba imposible ver qué ocurría en el centro del volcán. El agua subió tremendamente y después volvió a descender a cámara lenta. Cuando por fin pude ver a través del agua vaporizada, ya no había nada, solo un violento borbotón gigante de agua blanca. El
estallido del barco al romperse en pedazos fue lo más estruendoso de todo, y se propagó por todos los rincones de la bahía de Cobbler. Miré a mi derecha, presa del terror, pues esperaba ver las colinas derrumbándose sobre la bahía, todo el mundo saltando por los aires. Pero las colinas oscuras no parecían haberse inmutado. Eran los únicos elementos que no se habían movido.
Entonces vi la estampa más espeluznante. Cuando volví a fijar la mirada en el punto en que antes estaba el barco, de nuevo no había nada que ver. Era como si una gigantesca brocha gris lo hubiera borrado todo de una sola pincelada. Tardé un solo segundo en darme cuenta de lo que ocurría. Ojalá no hubiera tardado ese segundo, porque lo necesitaba para prepararme, para emprender la huida, para defenderme. Una ola inmensa se aproximaba a mí, una ola tan grande que me dejó paralizada de miedo, esperando a que chocara contra mí. Succionó el agua que había debajo de mi cuerpo y en un abrir y cerrar de ojos se convirtió en un muro colosal. Cuando se irguió ante mí como una torre, me tapó la visibilidad e hizo desaparecer el cielo entero. Sé que grite: noté que mi boca se abría y la garganta se tensaba por el esfuerzo de emitir un ruido fuerte, pero no oí ni un murmullo. Me tenía atrapada como un resto de alga muerta, como una astilla de un naufragio, y avanzaba tan rápido que parecía que fuese un coche. Estaba segura de que terminaría hecha pedazos, convertida en astillas de hueso y jirones de carne por culpa de la fuerza de la ola. Era como estar metida en una lavadora indómita; una lavadora descontrolada a punto de romperse en pedazos con su propia vibración. Era como estar metida en el mortero más potente del mundo, como enfrentarse a la ola más salvaje que hubiera visto en mi vida multiplicada por mil. No sé qué hice para lograr respirar; no creo que me quedara aire en los pulmones, pero el dolor de esa parte de mi anatomía pasó a segundo plano cuando todo mi cuerpo se vio retorcido y apaleado por ese tornado de agua. Por sorprendente que parezca, sí que tuve tiempo para un pensamiento claro, y lo que es todavía más sorprendente, lo que pensé fue una broma, más o menos. Pensé: «Bueno, por lo menos, con este jaleo los tiburones no me encontrarán» Aunque no me eché a
reír, la verdad.
Entonces la ola rompió contra la orilla. El terreno se mantuvo firme; la ola no. Se desmembró en pedazos que cayeron sobre las rocas, los árboles, la arena. Noté que tocaba el suelo con la cadera, luego reboté, volví a golpearme, di una vuelta y otra, volví a golpearme, esta vez en el cogote, me arañé con tierra sucia o con grava o con qué sé yo, choqué contra otra cosa con la rodilla herida y luego rodé y rodé, arramblando con todo lo que iba encontrando. Estaba sorda, ciega y llena de contusiones; aún podía oír ese ruido atronador que seguía crujiendo y vibrando a mi alrededor, pero ya no sabía si retumbaba en mi cabeza o si todavía se oía de verdad. Me quedé allí tumbada y pensé que lo más probable era que estuviera muerta.
15
ME sentía como si me hubieran aporreado en toda la superficie del cuerpo. Tenía tantos dolores y magulladuras que no sabía de qué parte quejarme primero. Cuando me di cuenta de que estaba viva, saqué fuerzas de la flaqueza para ponerme a gatas y luego, con la ayuda de un tronco delgado, me puse de pie. Me sujeté al árbol, intentando recuperar un poco el aliento. Detrás de mí, las olas chocaban una tras otra contra la orilla. Tardaron un buen rato en empezar a apaciguarse. Para entonces yo estaba de nuevo a cuatro patas, incapaz de mantenerme de pie sin marearme. No me detuve ni un momento a pensar en lo que habíamos hecho. Parecía irreal e irrelevante. Lo único que podía hacer ahora era sobrevivir al instante siguiente, al minuto siguiente. Era imposible decir dónde estaba: en algún punto perdido de la costa de la bahía de Cobbler, y probablemente a varios kilómetros del arroyo de Baloney en el que Homer y yo habíamos quedado en encontrarnos con los demás. Sin embargo, no quise pensar en Homer; podía estar vivo o podía estar muerto, o podía estar en algún estado intermedio, pero no había nada que yo pudiera hacer por él.
Lo que pasaba era que la mente no me funcionaba: no establecía conexiones. Lo único que sabía era que me moría de ganas de beber agua fresca y que tenía muchísimo frío y que el dolor me resultaba insoportable. Oí un gorgoteo de agua cerca, que contrastaba con el tono del rugido de las olas que quedaban a mi espalda, así que me arrastré hacia el riachuelo. Pero cuando llegué al arroyo y hundí en él la cara, noté el sabor salado del agua. Supongo que se había formado con el maremoto que habíamos provocado Homer y yo.
Volví a intentar incorporarme y esta vez tuve más suerte. Empecé a plantearme las posibilidades de que los soldados me encontraran, pero pensé que lo más seguro era que tuvieran suficiente con intentar recomponer el muelle... si es que quedaba algo del muelle,
lo cual era poco probable. La sed me obligó a seguir avanzando. Di un par de pasos temerosos mientras trataba de averiguar cuál de las dos piernas se hallaba en mejor estado. Ninguna estaba en plena forma, pero por lo menos la izquierda parecía contar con una rodilla en condiciones. Así pues, fui apoyando el peso en esa pierna y subí cojeando por la colina en dirección al bosque.
No sé por dónde deambulé aquella noche. Al final encontré agua dulce y me tumbé con la cara metida en el arroyo durante un buen rato, a pesar de que estaba helada. Bebí como un perro, lamiendo con ruido y ansia. Tosía cuando tragaba demasiada agua pero volvía a bajar la cabeza para beber más incluso mientras me recuperaba del ataque de tos. Después continué andando a trompicones otro rato. Me sujetaba la cabeza con ambas manos y deseaba con todas mis fuerzas que dejara de dolerme. Todavía me quedaba el suficiente sentido común para saber que no debía tumbarme a descansar cuando todavía estaba tan mojada, de modo que continué caminando hasta que la ropa pasó a estar solo húmeda, y entonces me acurruqué con cuidado entre dos troncos caídos y me quedé allí temblando. Como no podía dormir, pasé la mayor parte de la noche intentando cambiar de posición, a pesar de que me dolía todo el cuerpo al moverme, para ponerme un poco más cómoda. Cuando tocaban el terreno duro, las caderas me hacían un daño horroroso. Creo que sí llegué a dar un par de cabezadas, pero no estoy segura.
Me palpé la espalda con mucho cuidado. La tenía dolorida e hinchada, pero la piel no estaba levantada. No parecía que me hubiera alcanzado una bala, así que una preocupación menos.
Un rato antes del amanecer me puse en marcha de nuevo. No me había planteado hacia dónde debía dirigirme; mi única ambición era poner tanta distancia como fuera posible entre la bahía de Cobbler y yo. Una decisión sensata, teniendo en cuenta el alboroto que se produciría en el puerto. En un momento dado crucé una carretera, pero no se me ocurrió que pudiera emplearla para servirme de guía hacia nuestro punto de encuentro. Tenía tanto miedo a que me descubrieran en la carretera que la crucé a toda velocidad y me escondí
en el arbusto más espeso que encontré en la otra orilla.
La breve siesta había servido para calmar un poco el dolor de cabeza, pero ahora tenía otra necesidad imperiosa. Me moría de hambre. Tenía tanta hambre que me mareaba solo de pensarlo. Iba a quedarme sin energía si no encontraba alimentos con los que recargarme. Cuando acabó de hacerse de día empecé a buscar algo que comer, lo que fuera. Encontré unas cuantas moras pasadas, tristes frutos pequeños y arrugados, pero me los comí. Intentaba recordar los programas de la televisión que había visto por casualidad sobre la supervivencia en el bosque, pero los recuerdos se habían desvanecido y no veía nada que pareciera comestible.
Entonces se presentó una gran distracción, un sonido al que había llegado a acostumbrarme a lo largo de los meses. Era un rugido vibrante, como un cortacésped gigante o una picadora de alimentos. Era el traqueteo de otro helicóptero, otra fea ave de presa que buscaba alimento. Yo era como una liebre bajo su despiadado rotor y, si me pillaba, moriría igual que una liebre. Estaba en una parte del monte bastante despejada cuando empecé a oírlo, así que corrí como loca hacia un árbol, castigándome con cada zancada la rodilla magullada, el tobillo dolorido y los pies hinchados. Me escondí debajo del árbol en el preciso instante en que el imponente helicóptero aparecía sobre el claro del bosque. La cabina de cristal parecía un ojo gigante; toda la máquina parecía un ojo, que miraba en todas direcciones y lo veía todo. Me tumbé entre las hojas y el barro y rogué que se marchara, rogué que no me viera. Me acordé de cómo habían merodeado alrededor de la casa de Corrie y cómo la habían destruido después con un solo misil. Tomé conciencia de lo rápido que podían matarme, simplemente lanzando una bomba en el claro. Cerré los ojos y contraje todos los músculos del cuerpo; agarré dos manojos de hierba con los puños; el corazón me palpitaba tan rápido como las aspas de un molino de viento descompensado. Una ráfaga de aire cargada de hojas y polvo de los matojos me azotó las piernas y los brazos descubiertos y me envolvió. Me sentía más indefensa que nunca. Si me movía, estaba muerta; si no me movía, era posible que me dispararan desde el aire sin siquiera
darme la posibilidad de defenderme. Me daba muchísima rabia pensar que podía morir de esa forma.
Confiaba en que las hojas que volaban en remolinos por todo el claro me cubrieran, me escondieran de ese gran ojo desorbitado. Oí que esa cosa se movía un poco y después se elevaba bruscamente en diagonal, hacia la línea de árboles que tenía a mi izquierda. Los árboles modificaban el ruido del motor y lo volvían menos estruendoso, menos amenazador. Sin embargo, la nota emitida por el motor continuó cambiando. Me quedé ahí tumbada, procurando adivinar qué ocurría, intentado pensar en otras posibilidades para el monstruo volador. El sonido áspero y sucio se iba apaciguando, pero no supe lo que eso significaba hasta que otro remolino de hojas a toda velocidad surgió con una polvareda entre los árboles. ¡El helicóptero estaba aterrizando! Eso era lo que pasaba... Una delgada hilera de árboles era lo único que me separaba de él, una hilera de árboles y tal vez unos cincuenta metros.
No me quedó más remedio que mentalizarme de que me habían visto y por eso aterrizaban. A lo mejor pensaban que era un cadáver, tumbado bocabajo. Se había acabado el tiempo de planear cada movimiento; ahora tocaba correr. Eché a correr agachada pero como alma que lleva el diablo. Pretendía llegar a un cúmulo de arbustos que había cerca de allí, a apenas treinta metros, pero me pareció que era un kilómetro. Incluso cuando ya solo me faltaba un paso para alcanzarlo, seguía creyendo que no lo lograría. Me derrumbé, tropecé sobre un tronco caído, rodé hacia un lado por una pendiente y aterricé como pude en otro cúmulo de arbustos. Entonces me animé pensando que tenía oportunidad de salvarme. Sabía que desde ahí no podían verme; también sabía que me sentía más cómoda en ese entorno de lo que ellos se sentirían en toda su vida.
Detrás de mí oí un grito y unos pies que corrían, pero ningún disparo. Volví a cambiar de dirección bruscamente y salté un arroyuelo. Empezaba a notar de nuevo el dolor y las magulladuras por todo el cuerpo. Ante mí había una especie de cuesta; comencé el ascenso sintiéndome vulnerable otra vez; me moría de ganas de poder
tomar una buena bocanada de aire limpio. Cuando llegué a la cima hubo un instante en el que habrían podido verme con gran facilidad. Sabía que sería así, pero no podía evitarlo de ningún modo. La velocidad era lo que me parecía más imprescindible. Tenía una fe ciega en que mis piernas doloridas y mi cuerpo maltrecho me sacarían de allí. Me acuclillé y avancé así por la parte alta de la modesta colina sin dejar de oír gritos. Al mismo tiempo, intentaba buscar una ruta adecuada. El camino marcado estaba entre unos árboles a mi derecha, así que giré a la izquierda, pues supuse que, una vez más, tenía que hacer lo inesperado. Había piedras y agujeros de madrigueras; no sé cómo conseguí esquivarlos. Subí otra pequeña colina y llegué a una verja vieja, desvencijada y oxidada, pero cubierta de alambre de espino. Entre jadeos y sollozos intenté salvarla, pero los postes eran tan viejos que no tenían estabilidad. Me hice un corte en la mano derecha con la alambrada; al final decidí que tenía que saltarla costase lo que costase, así que di una especie de voltereta apoyándome en la parte superior. Aterricé de una manera muy rara al otro lado. La camisa se me enganchó al alambre de espino. Muy nerviosa, tiré con todas mis fuerzas para soltarla y acabó desprendiéndose con el mismo ruido que un cierre de velcro.
Cuando me levanté vi por primera vez a los soldados que me perseguían. Una mujer apareció en el horizonte. Iba de uniforme, empuñaba una especie de rifle automático y miraba a su alrededor muy nerviosa. Incluso desde lejos distinguía el sudor de esa mujer. Otro uniforme apareció detrás de ella (no logré identificar si era hombre o mujer) y en ese momento los dos me vieron. Gritaron mirando hacia atrás mientras yo aprovechaba para echar a correr de nuevo. Confiaba en que la verja los retuviera un poco. Corrí como un rayo hacia un barranco erosionado y recé para no pisar ningún socavón. Si lo hacía, sería mi fin. Había una pequeña presa que protegía el barranco. La bordeé y me metí en una zona espesa de eucaliptos, con la esperanza de que eso me sirviera de refugio. A continuación había una parcela de hierba alta. Apenas había avanzado unos metros entre la hierba cuando casi me muero del susto. Mirara
hacia donde mirara, veía siluetas que se incorporaban entre los hierbajos y se ponían de pie de un salto. Altas siluetas grises que se preparaban para defenderse, aterradas. Pensé: «Aquí se acaba la historia». Entonces me di cuenta de que eran canguros que se habían acostado para echar una siesta matutina. Entonces los animales, tan asustados por mi culpa como yo por la suya, empezaron a saltar en todas direcciones, botando hasta cobijarse bajo los árboles. Tras de sí dejaron aplastada la hierba sobre la que habían estado tumbados. Estuve a punto de echarme a reír; qué alivio...
En cierto modo, el episodio me dio energía. Me puse a correr más rápido. Una suave brisa soplaba a mi favor y eso también me ayudaba a avanzar. Pensé en las carreras campo través del colegio, en las que nunca quedaba en los primeros puestos. Si hubieran hecho una carrera ahora mismo la habría ganado yo. Llegué a otra verja y esta vez no intenté hacer proezas: me colé por debajo. Oí unos cuantos gritos más a mi espalda, supongo que porque los soldados habían descubierto a los canguros, y luego crucé otra hilera de árboles. Para mi sorpresa, entonces vi una cabaña, una especie de refugio a medio construir, abierto a la intemperie por un lado, con el tejado de acero galvanizado. Al lado tenía una caravana, vieja y llena de parches, que pedía a gritos una mano de pintura. Pasé de largo y seguí corriendo; buscaba una salida, un camino seguro que me permitiera alejarme de esa jauría humana. No veía posibilidad alguna de escapar. Había un sendero que conducía desde la cabaña hasta una puerta de madera. Empecé a recorrerlo, pero sabía que no podía permanecer mucho rato en el camino; era una trampa mortal. Por lo menos la puerta era nueva y robusta, así que pude trepar por ella con facilidad. Después de salvarla dudé un momento al oír de nuevo a los soldados, y decidí girar a la derecha. Parecía que estuvieran cerca, tal vez hubieran llegado ya a la cabaña. Oí otro aeroplano, volaba bajo, y empecé a sudar todavía más. Me sentía como si alguien estuviera cerrando una red con la que me habían atrapado. Daba la impresión de que no escatimaban recursos para perseguirme. A medida que corría, oía el ruido del avión cada vez más fuerte: sonaba como si fuese directo hacia mí. Como era de
esperar, de pronto apareció delante de mí, un avión gris plateado que volaba raso. Solté un juramento y casi eché a correr en dirección contraria para huir, pero en ese mismo instante me di cuenta de que era una estupidez, porque no tendrían tiempo de dispararme mientras se desplazasen a tanta velocidad. El avión no dio muestras de haberme visto y pasó de largo por encima de mi cabeza con un berrido. Cuando lo tenía encima, alcé la mirada y vi la silueta inconfundible de un pájaro kiwi de color rojo sobre un fondo blanco con un círculo azul alrededor. ¡Las Fuerzas Aéreas de Nueva Zelanda! Estuve a punto de gritar de alegría. ¡Aún quedaba esperanza! ¡Teníamos amigos! ¡No habíamos perdido! ¡Todavía no habíamos perdido la guerra!
Al cabo de un momento oí un rugido tremendamente fuerte y después un apagado ruido sordo. Tardé unos segundos en atreverme a mirar muy nerviosa por encima del hombro, porque no tenía ni idea de qué estampa podía ver. En algún punto perdido del bosque había algo ardiendo. Una nube inmensa de humo negro, ligeramente inclinada hacia mí a causa de la brisa, se elevaba a toda prisa hacia el cielo. El avión estaba detrás de la nube, hizo una maniobra rápida y ascendió. Parecía totalmente intacto. Con un salto de alegría caí en cuenta de lo que había pasado. El avión había alcanzado el helicóptero que estaba en tierra, igual que un pato dormido. Seguro que el helicóptero no había tenido oportunidad de defenderse. Un fabuloso blanco inesperado.
16
EL hambre es muy curiosa. Tiene fases. Al principio tienes tanta hambre que crees que vas a desmayarte. Notas el estómago como una enorme nevera vacía: la luz está encendida, la puerta abierta, pero no hay nada dentro. Luego esa fase remite y la cosa mejora. Ya no piensas tanto en la comida y, de hecho, la idea de comer empieza a provocarte arcadas. Puedes aguantar un buen rato cuando estás en esa segunda fase.
Seguí caminando un buen trecho evitando los espacios abiertos, las carreteras y los caminos cortafuegos. Me limitaba a ir por la parte más espesa del bosque para intentar ser invisible, no solo ante las personas que hubiera en tierra, sino también para las que pudiera haber en el cielo. Era especialmente agotador tener que concentrarse tanto en todo momento.
Cuando te pierdes en el bosque lo que se supone que tienes que hacer es retroceder al último punto que reconoces y volver a empezar desde ahí. Me lo habían machacado tantas veces que al final me lo había aprendido. El problema era que no podía hacerlo porque no tenía ningún último punto reconocible. O sí lo tenía, pero era el muelle de la bahía de Cobbler. Habría podido volver ahí, pero ¿me habrían dejado un mapa y una brújula? Lo dudo.
Así pues, continué caminando, aunque mis pasos no tardaron en convertirse en un cojeo... y, al final, incluso cojeaba a cámara lenta. Buscaba cualquier punto que supiera reconocer. Habíamos acordado que nos encontraríamos todos en el cruce del río con el arroyo de Baloney, en un camino maderero que se bifurcaba desde la carretera principal de la bahía de Cobbler. Era un buen sitio de pesca que conocían muchos habitantes de Wirrawee, pero ahora mismo yo no tenía la menor idea de dónde podía estar el arroyo o la carretera. Crucé infinidad de riachuelos a lo largo del día, algunos de ellos bastante caudalosos, pero no tenían carteles en los que pudiera leer su nombre.
Cuando el sol llegó al cenit, me colé en un recodo que quedaba debajo de un terraplén, a la sombra de una enredadera, para echarme una siesta. El sol calentaba bastante para ser invierno; desde hacía unos años, los inviernos habían sido relativamente cálidos. La caminata me había hecho sudar y me notaba pegajosa, pero prefería eso a la lluvia o los vientos racheados.
Apenas dormí media hora, pero me quedé tumbada un buen rato más, demasiado exhausta para moverme. Cuando por fin me moví fue únicamente para deslizarme hasta la zona donde daba el sol, porque a la sombra la temperatura bajaba enseguida. Me apoyé en un árbol y me quedé sentada. Observé con frustración la rodilla hinchada. Aparte de mojar el pañuelo con agua helada y colocármelo sobre la rodilla, no había mucho que pudiera hacer para aliviarla. Ojalá hubiera tenido algún amigo aborigen: seguro que habría sabido encontrar un remedio natural extraído del árbol más cercano y me habría curado en un abrir y cerrar de ojos. O a lo mejor hubiera llevado una caja de calmantes Panadol en el bolsillo. Yo habría aceptado encantada cualquiera de las dos cosas.
Intenté ponerme en camino una vez más, pero dejar que se me enfriara la rodilla había sido como darle el beso de la muerte: se negaba a funcionar. Empecé a mentalizarme de que tal vez lo mejor fuera pasar la noche allí. No era un lugar muy interesante, ni siquiera atractivo, pero tendría que conformarme. Invertí la poca energía que me quedaba en ponerme cómoda. Con ayuda de una piedra afilada cavé un pequeño hoyo para tumbarme mejor y recogí un montón de hojas de enredadera con las que me cubrí confiando en que me ayudaran a entrar en calor. No sé qué tipo de enredadera era, pero estaba por todas partes, así que me resultó fácil arrancarla de los troncos de los árboles. Seguro que los árboles me lo agradecían: muchos parecían a punto de ahogarse con tanta hiedra. Crucé los dedos para que la planta no me diera alergia.
Había un riachuelo con mucha corriente a unos cien metros de ahí, así que anduve a trompicones hasta él y bebí agua. En el río crecía una cosa verde que en mi casa siempre habíamos llamado «lechuga
acuática». Parecía inofensiva, así que comí unas cuantas hojas y decidí que, sino moría esa noche, probaría un poco más por la mañana. No tenía mucho sabor: sabía a lechuga remojada en agua durante tanto tiempo que se había quedado insípida, cosa que probablemente era lo que le había ocurrido.
Ya empezaba a anochecer; aquí había que acostumbrarse al ritmo de la luz solar. Volví a mi lecho del bosque y me senté en la pila de hojas de enredadera. Empecé a reflexionar sobre la vida pero intenté no deprimirme. «Tienes muchas cosas de las que estar orgullosa —intenté convencerme—. Has destruido un gigantesco barco de mercancías y seguramente también el embarcadero, teniendo en cuenta la envergadura de la explosión. Has dejado fuera de combate un helicóptero e, indirectamente, has ayudado a que tumbaran otro. Me apuesto lo que sea a que el avión ha salido para comprobar qué había pasado en la explosión de la bahía de Cobbler, y si el helicóptero ha aterrizado en el claro del bosque ha sido por ti. Así que eso da puntos extra. Has luchado más de lo que nadie habría imaginado, deseado o esperado. No deberías sentirte mal».
Sin embargo, nada de eso sirvió para impedir que me fuera hundiendo poco a poco en la depresión. Echaba muchísimo de menos a todos. A Homer, con su fuerza y su capacidad de liderazgo y planificación; a Fi, con su valentía y su gracia; a Kevin, con esa energía renovada que había aportado a la pandilla; a Robyn, con su sabiduría y su bondad; a Lee, con ese cuerpo tan sexy... «Ups, ¿de dónde había salido ese pensamiento?», me pregunté. Creía que ya me había liberado de Lee para siempre. Aun así, era un chico muy guapo...
De todas formas, a quienes más echaba de menos eran a mis padres. En el fondo, Ellie, la dura guerrera del bosque, era una cría, una niña de cinco años que quería que la metieran en la cama, le leyeran un cuento y le dieran un beso de buenas noches. Los momentos más tiernos que había vivido con mi padre habían sido cuando me leía cuentos a la hora de dormir. Se tumbaba en la cama conmigo y empezaba un libro, luego, más de la mitad de las veces, se quedaba dormido él. Por supuesto, en la granja todos trabajábamos
mucho, pero en aquella época mi padre siempre parecía estresado. Si un ternero se separaba del resto del ganado o si un perro pastor dejaba que se desperdigara el rebaño de ovejas, o si llovía durante la cosecha, se volvía loco. Se le llenaba la boca de insultos; se ponía rojo como un tomate, y se cagaba en el ganado, el perro y el gobierno, y en toda la industria de la ganadería y en todos los cielos, y en mí también si era tan tonta de pasar por delante de él en ese momento. Luego mamá me ponía triste algunas veces cuando me decía lo mucho que le preocupaba la hipertensión de mi padre y me contaba que su padre se había caído muerto mientras cambiaba un neumático del tractor, a los cuarenta y cinco años, y decía que tenía miedo de que mi padre fuera por el mismo camino. Yo no quería que me hablara de esas cosas... aunque en cierto modo sí me gustaba. Me sentía adulta, como si habláramos de igual a igual.
Ser hija única tiene sus ventajas, supongo. Tus padres te tratan enseguida como si estuvierais al mismo nivel. Por lo menos, algunas veces. Otras veces mi padre me trataba como si de verdad tuviera cinco años. Una vez me dejé abierta la puerta de la verja del campo del Tonelero (nuestro terreno más grande) y las ovejas emparejadas que había dentro se escaparon y acabaron metiéndose en Un Árbol (otro de nuestros campos) y se mezclaron con las ovejas no emparejadas. Ese día mi padre salió de sus casillas. Creía que iba a pegarme. Para evitarlo, mi madre tuvo que separarnos. No le culpo, lo que hice fue una auténtica estupidez, pero es que mi padre siempre actuaba como si él no se hubiera equivocado nunca. Al fin y al cabo, no fui yo quien roció con producto para matar las malas hierbas las frambuesas de mamá cuando ella le pidió que les echara un poco de fertilizante.
En algún punto durante sus años de matrimonio, mi madre decidió que sería mejor para su salud mental si no se dejaba influir por los cambios de humor de mi padre. Hacía todas las cosas que hacen las esposas de los granjeros en nuestra parte del planeta (de hecho, las hacía mejor que muchas otras mujeres) pero nunca daba la impresión de que no hubiera ninguna otra cosa en su vida, como les pasaba a la señora Mackenzie o la señora Brogan. Mi madre parecía ser capaz de
mantener cierta distancia. Con frecuencia le hacía gracia ver las cosas en las que se veía inmersa. Cuando la señora Mackenzie ganó el concurso de mermeladas de la feria, por ejemplo, se emocionó muchísimo y se pasó semanas hablando del tema. Cuando mi madre ganó el premio al mejor bizcocho apenas esbozó una sonrisa traviesa y no dijo nada en público. Pero cuando llegó a casa, se echó a reír y lo celebramos. Un año incluso bailó conmigo por la cocina.
Todo aquello le provocaba sentimientos encontrados; supongo que ahí estaba el misterio. A lo mejor tenía que ver con que en el fondo era una chica de cuidad. Su padre era contable y nunca había salido de la ciudad en su vida, hasta que una amiga la había llevado al baile popular de Motteram. Su amiga tenía una ranchera abierta y la cogieron porque pensaron que parecería más rural. En algún momento de la fiesta, mi padre, que debía de ir como una cuba, salió tambaleándose del pabellón para buscar algún sitio donde dormir. Por supuesto, nunca admitió que fuera borracho; dijo que estaba rendido porque había estado todo el día marcando corderos. Bueno, el caso es que se acurrucó en la parte de atrás de la ranchera de la amiga de mi madre, debajo de la lona, y se echó una buena siesta. Cuando se despertó eran las diez de la mañana y ahí seguía, tumbado en la bandeja para mercancía, a trescientos kilómetros de Motteram, y a una velocidad de cien por hora. Tuvo que aporrear el cristal trasero de la cabina para llamar la atención de las chicas: hasta entonces no se habían dado cuenta de que llevaban un pasajero. Puedo imaginarme el susto al oír los porrazos en la luna del coche y darse la vuelta para encontrarse con un par de ojos enrojecidos que las miraban abiertos como platos al otro lado del cristal.
Cuatro meses más tarde mis padres se casaron. Mi padre tenía veintitrés años; a mi madre le faltaban tres semanas para cumplir diecinueve.

Yo no llegué hasta ocho años más tarde. Creo que les costó mucho tenerme, pero nunca les preguntaba por el tema. Hay algunas cosas sobre los padres que uno prefiere no saber. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario