Se me hizo un nudo en el estómago cuando vi a un centinela, con un
rifle cruzado a la espalda, que apareció de repente por la izquierda.
Caminaba con paso ligero junto a la barandilla
de la cubierta. Estuve a punto de chillar, pero me di cuenta de que no podía
hacerlo. Homer vio al centinela una fracción de segundo más tarde, pero para
entonces el soldado ya lo había visto. El hombre se movía con una rapidez
asombrosa. Giró para quedar de espalda a la barandilla y empezó a liberar el
rifle. Aunque tenía los ojos fijos en Homer, en realidad yo lo tenía más cerca.
Corrí hacia él como una bala. Empuñó el arma tan deprisa que pensé que sería
capaz de dispararme en el estómago a quemarropa. Cubrí los tres últimos metros
en una carrera frenética, sin tener ni idea de qué iba a hacer después. Solo
estaba desesperada por evitar que apretara el gatillo. Lo que hice fue darle un
cabezazo en algún punto entre el pecho y el estómago. Sentí un impacto fuerte,
me hice daño en la cabeza y me torcí el cuello, pero sobre todo sentí alivio
cuando cayó hacia atrás. No le había dado tiempo a disparar. Me abalancé sobre
él en cuanto vi que caía, pero, para mi desesperación, no dejamos de caer.
Entonces supe que nos habíamos precipitado por la borda los dos. Empecé a
bracear como una histérica para intentar desembarazarme del soldado. Caíamos y
caíamos sin parar. Me parecía increíble que el descenso fuese tan interminable.
¿Qué altura tenía ese barco? Se me ocurrió que a lo mejor estábamos amarrados
en un dique seco y aterrizábamos sobre metal y cemento.
Oí un grito ahogado y me di cuenta de que era el soldado, luego hubo
una ráfaga de disparos erráticos que pasaron rozando mi cabeza. Se le había
disparado el rifle, supongo que sin querer. El ruido me dejó completamente
sorda. Luego chocamos contra el agua. La noté como si fuera hormigón: me golpeé
con el hombro y pensé que me había roto la clavícula por culpa del impacto.
Estaba a un metro del centinela y, de forma instintiva, me retorcí y braceé por
debajo del agua para alejarme unos cuantos metros más. Cuando subí a la
superficie, vi que Homer entraba en el agua tirándose de cabeza con la
elegancia de un nadador de competición, a unos quince metros de distancia.
«Capullo», pensé, celosa de ver lo fácil que lo había tenido él. Nadé como pude
hasta él sin dejar de volver la cabeza en ningún momento para buscar al centinela
con la mirada, pero no vi ni rastro de él. A lo mejor se había
hundido directamente. A lo mejor se había
disparado a sí mismo de manera accidental. O a lo mejor había buceado más
rápido y estaba a punto de asomar la cabeza justo delante de mis narices.
La punzada del hombro empezaba a remitir, aunque seguía doliéndome
el cuello.
Cuando ya estaba a unos dos metros de Homer se produjo una gran
salpicadura acompañada de espuma que formó una línea recta a mi izquierda.
Pensé en tiburones.
—¿Qué es eso? —chillé mirando a Homer.
Él parecía igual de sobresaltado y confundido. Entonces dio
brazada muy rara con el brazo hacía atrás, como si le hubiera dado un bofetón
en la cara.
—¡Balas! —gritó.
Su voz sonó grave pero amortiguada en mis oídos ensordecidos. Miré
a mi alrededor aterrada. ¿Habría salido a la superficie el soldado? ¿Era él
quien nos disparaba ahora? No, imposible.
—¡Mete la cabeza! —me chilló Homer, y desapareció.
Cogí aire y me zambullí en el agua. Me puse a bucear en picado,
cada vez a más profundidad, hasta que empezaron a dolerme los oídos. Mientras
buceaba me di cuenta de lo evidente: las balas debían de provenir del barco o
del muelle. Buceé entonces en línea recta moviendo brazos y piernas con todas
mis fuerzas para cubrir la mayor distancia posible, intentando olvidarme del
dolor cervical, pero, aun con todo, no lograba avanzar muy rápido. Tenía los
pulmones vacíos, se me contraía el pecho y notaba calambres en el estómago.
Debía subir a la superficie. Lo hice, y surgí del agua al aire frío de la noche
para echar un rápido vistazo a mí alrededor, a la vez que aprovechaba para
tomar aliento. No vi a nadie: ni al soldado ni a Homer. Tampoco oí nada.
Entonces una luz potente capto mi atención. Se elevaba en el cielo. Era un
helicóptero que despegaba del puerto y se dirigía hacia mí. Saltaba a la vista
que no se andaban con chiquitas. Al mismo tiempo, otra ráfaga de salpicaduras
en el agua diez metros a mi derecha me demostraron que las balas seguían
volando, aunque yo no pudiera oírlas. Lo que sí oía eran las hélices del
helicóptero, y también
vi el reflector blanco que salía de la panza
del aparato y se dirigía a mí. Solté un juramento y volví a zambullirme. No era
el momento de buscar a Homer; tenía que ponerme en marcha. El barco iba a
saltar por los aires en un cuarto de hora, y hallarse en cualquier punto
cercano al navío era increíblemente peligroso. Volví a bucear tan rápido como
pude, sacando la cabeza solo cuando a mi cuerpo no le quedaba ni una sola
molécula de agua. Sabía que acabaría respirando agua si me quedaba sumergida un
segundo más.
Como veía el resplandor blanco del foco a través del agua,
intentaba esquivarlo, pero el helicóptero estaba ya casi encima de mi cabeza y
volaba muy bajo, de modo que agitaba el agua con violencia. Provocaba un oleaje
que hacía que me entrara todavía más frío. Saqué la cabeza para respirar,
temblando de pavor, cogí una gran bocanada de aire y volví a sumergirme. Había
recuperado las fuerzas y ahora avanzaba a mejor ritmo, pero no era como cuando
nadaba en la piscina de Wirrawee; parecía que empezaba a quedarme agarrotada y
ni por asomo avanzaba a la velocidad que hubiera deseado. Tenía que repartir la
energía en demasiadas cosas: me preocupaba la explosión, me preocupaba Homer, me
aterraban las balas y el helicóptero, e intentaba nadar, todo al mismo tiempo.
Qué desastre. Tal vez si hubiéramos comido y bebido más, habría tenido más
reservas de energía acumuladas.
Volví a sacar la cabeza, más lejos de la luz del helicóptero, y
miré hacia atrás, en dirección al barco. Había soldados apostados a lo largo de
las barandillas de la borda que apuntaban hacía el agua con las armas. Uno de
ellos me vio y gritó y señaló con el dedo: me quedé petrificada, como si hasta
entonces pensara que iba a ser invisible en la oscuridad. Pero había un montón
de luz provocada por el foco reflector del helicóptero. Cuando el soldado me
apuntó, metí la cabeza a toda prisa y gane profundidad. Pensé que supondrían
que iba a alejarme de ellos, así que cambié de dirección y retrocedí hacia el
barco, con la esperanza de que todavía faltase mucho para la explosión. La luz
del helicóptero barrió el agua y pasó por encima de mí; el haz era casi
vertical, lo cual me indicó que el aparato estaba muy cerca del
mar. Volví a girar y me dirigí a la popa del
barco; luego saqué la cabeza un segundo para coger aire y salí disparada hacia
el centro de la bahía, confiando en haberles dado esquinazo. «A por todas,
Ellie —me supliqué a mí misma—, sigue buceando, por mucho que te duela el
cuerpo». Sabía que ya no era el momento de pensar en estrategias: la maniobra
de retroceder para despistarlos había sido mi última apuesta, la última vez que
había tirado los dados. Si ahora me veían, que me vieran. Tenía que alejarme de
ese barco como fuera antes de que volara en pedazos.
Seguí dando brazadas por inercia. Debía de haber avanzado unos
ochenta metros cuando estuve a punto de perder los nervios. Salí a tomar una
bocanada de aire con los pulmones ardiendo, pues no me quedaba ni una brizna de
aliento en el cuerpo, cuando una gigantesca forma gris en movimiento gritó
dentro del agua unos metros por delante de mí. Fui tan tonta que volví a pensar
que podía ser un tiburón, aunque si lo hubiera sido, habría batido récords
mundiales. Me di cuenta de que era la quilla de un barco, de una especie de
barca cañonera, posiblemente. De haberlo visto un poco más cerca sin duda me
habría vuelto loca. La onda expansiva me alcanzó y me empujó hacia atrás.
Aproveché el impulso para tomar aire, pero la mitad de lo que tragué era agua.
Entreví otros focos reflectantes a la vez que me retorcía y volvía a hundirme
en el mar. No era capaz de distinguir el camino más recto hacia la bahía de
Cobbler, pero sabía que tenía que continuar nadando en esa dirección, pasara lo
que pasase. Si Kevin tenía razón acerca de la potencia explosiva del ANFO, me
convenía estar fuera del agua y bien metida en el bosque cuando estallara.
Dudaba que tuviera muchas posibilidades de llegar tan lejos (ya había perdido
mucho tiempo), pero por lo menos tenía que alejarme cuanto pudiera. Tenía
grabada en la retina la imagen de ese contenedor cada vez más lleno de oxígeno;
la mecha resplandeciente serpentearía sin prisa pero sin pausa hacia el montón
de combustible; tal vez faltaran pocos minutos para la inmensa detonación.
Entonces, me vi propulsada y a la vez frenada por algo con lo que
no había contado. Una fuerza extraña, como una ola subacuática
invisible y silenciosa, me azotó y me impulsó
hacia delante. No podía nadar ni con ella ni contra ella; tenía demasiada
fuerza. Lo primero que pensé fue que el barco había volado en pedazos y se
trataba de la onda expansiva. Yo vagaba por el agua como una bolsa de plástico
en un vendaval. Manoteaba y movía los pies con la intención de recuperar el
control pero sin conseguirlo. Se me olvidó respirar, aunque por lo menos tuve
el instinto de intentar subir a la superficie. Sin saber cómo, de pronto me di
cuenta de que había roto la membrana de agua y me hallaba en la superficie,
jadeando y sollozando mientras intentaba coger aire a toda costa. Me notaba
rara la cabeza, embotada y aturdida. Mientras las violentas olas me
arrastraban, logré entrever el barco, tan robusto y seguro como siempre. No
daba la impresión de acabar de sufrir una explosión.
Un agua blanca empezó a salpicar a mi alrededor. Otra vez las
balas, a pocos metros de distancia. Las afiladas ráfagas de viento frío que
provocaban los tiros me hicieron recuperar la conciencia. Me di la vuelta y me
sumergí, sin energía para descender demasiado, pero procurando por lo menos
continuar avanzando en la dirección adecuada, hacia la costa rodeada de
árboles. Noté un latigazo en la espalda, como si me hubieran golpeado con una
vara, o una piedra, pero seguí buceando.
La quilla gris volvió a pasar por delante a toda velocidad, un
poco más alejada que la vez anterior. Pensé que quizás estuvieran lanzando
bombas o granadas de mano o algo así al mar. Tal vez cargas de profundidad.
Cuando saqué la cabeza para tomar aire esta vez me lo jugué todo y eché un
vistazo rápido. Parecía que solo había un barco patrulla buscándonos, que
además estaba de espaldas a mí. El helicóptero chillaba como un poseso rozando
casi una porción de agua que quedaba a unos cien metros a mi derecha; el
reflector hacía destacar cada salpicadura de espuma blanca, cada ola verde
grisácea. Confiaba en que no hubieran encontrado a Homer por allí. Volví la
cabeza para mirar de nuevo el barco de mercancías y, en apariencia, seguía sin
presentar indicios de una explosión. Parecía de lo más tranquilo. Pero por
primera vez tuve la impresión de que había hecho
progresos. Aunque no parecía que la costa
estuviera más próxima, el barco sí quedaba bastante más lejos de mí. Únicamente
lamenté que estuviera solo; el petrolero debía de haberse hecho a la mar. Por
lo menos, ese breve vistazo me dio ánimos para continuar esforzándome. Nadé
como pude unos veinte metros antes de volver a sumergirme, y esta vez empecé a
bucear a más profundidad. Notaba un tenue dolor en la espalda, pero no lo suficiente
para frenarme; el cuello, la parte con la que había golpeado en el pecho al
centinela en el barco, era la que más me dolía.
Mi principal miedo en esos momentos eran los tiburones. Si me
salía sangre de alguna parte del cuerpo, lo cual era muy probable, atraería a
los tiburones igual que la mierda atrae a las moscas. Lo más irónico era que el
helicóptero y la lancha cañonera que me perseguían eran mis mejores aliados
para mantener a raya a los tiburones. Montaban tanto estruendo y eran tan
grandes y extraños para los animales marinos que sin duda asustarían a los
tiburones tanto como me asustaban a mí. Mantuve esa macabra esperanza mientras
seguía dando brazadas en el agua picada.
A ratos nadaba y a ratos buceaba. Estaba agotada y no podía
avanzar buceando por debajo del agua todo el tiempo. Cuando notaba el rugido
del barco justo detrás de mí, me zambullía y descendía cuanto me permitían las
fuerzas. Por suerte, ya no había un oleaje tan violento: el barco debía de
haberse alejado un poco.
Salí a la superficie, temblando de frío y agotamiento y miedo. Me
di la vuelta y busqué el barco de carga, con la esperanza de verlo tan lejos
que me sirviera de consuelo y me diera fuerzas para seguir luchando por acceder
a la costa. Al principio no lo vi, porque las olas me lo impedían. Entonces una
de las olas fuertes me elevó y obtuve una vista privilegiada. Ahí estaba el
barco y por allá el helicóptero, aleteando a la izquierda de la popa del
carguero. Seguro que se estaba preparando para atacar de nuevo y peinar otra
zona del mar.
En ese momento el barco se levantó por encima del océano sin más.
Un milisegundo estaba ahí flotando, y el segundo siguiente estaba por los
aires. De verdad, parecía que se hubiera quedado suspendido
en el cielo durante un momento, pero entonces
vi que se empezaba a quebrar por detrás. Luego se produjo un fogonazo: un
gigantesco punto de luz brillante, como una flor fosforescente, tan blanca y
tan cegadora que me hacía daño a la vista. En pocas palabras, la noche se
convirtió en el día más radiante y despejado. Me sentí atacada por un ruido
tremendo, un crujido, como el látigo de ganado más grande del universo. Parecía
que fuera a partir el cielo por la mitad. Noté que vibraba dentro de mí. Era
como en aquel concierto al que había ido en el recinto ferial de Wirrawee,
cuando me puse muy cerca de los altavoces, y noté que el cuerpo resonaba con la
música.
Un millón de estrellas fugaces, algunas enormes, volaban en todas
direcciones. No podía creer lo lejos que llegaban sus estelas. Unas cuantas me
pasaron silbando con fuerza por encima de la cabeza, para después caer con un
siseo en el océano que quedaba a mi espalda. Otras salían disparadas hacia
arriba.
Se oyó un retumbar tremendo, como si el mar estuviera a punto de
vomitar sus secretos más profundos. A eso siguió un crujido que no acababa
nunca. Los árboles, la costa, el agua... Todo parecía retemblar, como si
alguien estuviera reorganizando los elementos. Abrí la boca aterrada. Algo me
llamó la atención, algo a mucha altura, casi fuera de mi campo de visión.
Levanté la mirada. Era el helicóptero, que caía en picado sin dejar de mover
las hélices. Parecía una avispa gigante a la que hubieran rociado con
insecticida. Emitió un chillido propio de un alma torturada mientras caía sin
cesar. El sonido era tan agudo que lo percibí incluso por encima del boom de la
explosión. Hasta entonces había tenido la impresión de que el helicóptero no
volaba muy alto, pero debía de estar a una altura considerable, porque tardó
siglos en descender. Remontó el vuelo una y otra vez, hasta tres veces, creo,
pero al final se rindió al ver que no iba a poder volver a alzarse. Entonces
chocó contra el mar, formando un volcán instantáneo de agua blanca. Me
resultaba imposible ver qué ocurría en el centro del volcán. El agua subió
tremendamente y después volvió a descender a cámara lenta. Cuando por fin pude
ver a través del agua vaporizada, ya no había nada, solo un violento borbotón
gigante de agua blanca. El
estallido del barco al romperse en pedazos fue
lo más estruendoso de todo, y se propagó por todos los rincones de la bahía de
Cobbler. Miré a mi derecha, presa del terror, pues esperaba ver las colinas
derrumbándose sobre la bahía, todo el mundo saltando por los aires. Pero las
colinas oscuras no parecían haberse inmutado. Eran los únicos elementos que no
se habían movido.
Entonces vi la estampa más espeluznante. Cuando volví a fijar la
mirada en el punto en que antes estaba el barco, de nuevo no había nada que
ver. Era como si una gigantesca brocha gris lo hubiera borrado todo de una sola
pincelada. Tardé un solo segundo en darme cuenta de lo que ocurría. Ojalá no
hubiera tardado ese segundo, porque lo necesitaba para prepararme, para
emprender la huida, para defenderme. Una ola inmensa se aproximaba a mí, una
ola tan grande que me dejó paralizada de miedo, esperando a que chocara contra
mí. Succionó el agua que había debajo de mi cuerpo y en un abrir y cerrar de
ojos se convirtió en un muro colosal. Cuando se irguió ante mí como una torre,
me tapó la visibilidad e hizo desaparecer el cielo entero. Sé que grite: noté
que mi boca se abría y la garganta se tensaba por el esfuerzo de emitir un
ruido fuerte, pero no oí ni un murmullo. Me tenía atrapada como un resto de
alga muerta, como una astilla de un naufragio, y avanzaba tan rápido que
parecía que fuese un coche. Estaba segura de que terminaría hecha pedazos,
convertida en astillas de hueso y jirones de carne por culpa de la fuerza de la
ola. Era como estar metida en una lavadora indómita; una lavadora descontrolada
a punto de romperse en pedazos con su propia vibración. Era como estar metida
en el mortero más potente del mundo, como enfrentarse a la ola más salvaje que
hubiera visto en mi vida multiplicada por mil. No sé qué hice para lograr
respirar; no creo que me quedara aire en los pulmones, pero el dolor de esa
parte de mi anatomía pasó a segundo plano cuando todo mi cuerpo se vio
retorcido y apaleado por ese tornado de agua. Por sorprendente que parezca, sí
que tuve tiempo para un pensamiento claro, y lo que es todavía más
sorprendente, lo que pensé fue una broma, más o menos. Pensé: «Bueno, por lo
menos, con este jaleo los tiburones no me encontrarán» Aunque no me eché a
reír, la verdad.
Entonces la ola rompió contra la orilla. El terreno se mantuvo
firme; la ola no. Se desmembró en pedazos que cayeron sobre las rocas, los
árboles, la arena. Noté que tocaba el suelo con la cadera, luego reboté, volví
a golpearme, di una vuelta y otra, volví a golpearme, esta vez en el cogote, me
arañé con tierra sucia o con grava o con qué sé yo, choqué contra otra cosa con
la rodilla herida y luego rodé y rodé, arramblando con todo lo que iba
encontrando. Estaba sorda, ciega y llena de contusiones; aún podía oír ese
ruido atronador que seguía crujiendo y vibrando a mi alrededor, pero ya no
sabía si retumbaba en mi cabeza o si todavía se oía de verdad. Me quedé allí
tumbada y pensé que lo más probable era que estuviera muerta.
15
ME sentía como si me hubieran aporreado en toda la superficie del
cuerpo. Tenía tantos dolores y magulladuras que no sabía de qué parte quejarme
primero. Cuando me di cuenta de que estaba viva, saqué fuerzas de la flaqueza
para ponerme a gatas y luego, con la ayuda de un tronco delgado, me puse de
pie. Me sujeté al árbol, intentando recuperar un poco el aliento. Detrás de mí,
las olas chocaban una tras otra contra la orilla. Tardaron un buen rato en
empezar a apaciguarse. Para entonces yo estaba de nuevo a cuatro patas, incapaz
de mantenerme de pie sin marearme. No me detuve ni un momento a pensar en lo
que habíamos hecho. Parecía irreal e irrelevante. Lo único que podía hacer
ahora era sobrevivir al instante siguiente, al minuto siguiente. Era imposible
decir dónde estaba: en algún punto perdido de la costa de la bahía de Cobbler,
y probablemente a varios kilómetros del arroyo de Baloney en el que Homer y yo
habíamos quedado en encontrarnos con los demás. Sin embargo, no quise pensar en
Homer; podía estar vivo o podía estar muerto, o podía estar en algún estado
intermedio, pero no había nada que yo pudiera hacer por él.
Lo que pasaba era que la mente no me funcionaba: no establecía
conexiones. Lo único que sabía era que me moría de ganas de beber agua fresca y
que tenía muchísimo frío y que el dolor me resultaba insoportable. Oí un
gorgoteo de agua cerca, que contrastaba con el tono del rugido de las olas que
quedaban a mi espalda, así que me arrastré hacia el riachuelo. Pero cuando
llegué al arroyo y hundí en él la cara, noté el sabor salado del agua. Supongo
que se había formado con el maremoto que habíamos provocado Homer y yo.
Volví a intentar incorporarme y esta vez tuve más suerte. Empecé a
plantearme las posibilidades de que los soldados me encontraran, pero pensé que
lo más seguro era que tuvieran suficiente con intentar recomponer el muelle...
si es que quedaba algo del muelle,
lo cual era poco probable. La sed me obligó a
seguir avanzando. Di un par de pasos temerosos mientras trataba de averiguar
cuál de las dos piernas se hallaba en mejor estado. Ninguna estaba en plena
forma, pero por lo menos la izquierda parecía contar con una rodilla en
condiciones. Así pues, fui apoyando el peso en esa pierna y subí cojeando por
la colina en dirección al bosque.
No sé por dónde deambulé aquella noche. Al final encontré agua
dulce y me tumbé con la cara metida en el arroyo durante un buen rato, a pesar
de que estaba helada. Bebí como un perro, lamiendo con ruido y ansia. Tosía
cuando tragaba demasiada agua pero volvía a bajar la cabeza para beber más
incluso mientras me recuperaba del ataque de tos. Después continué andando a
trompicones otro rato. Me sujetaba la cabeza con ambas manos y deseaba con
todas mis fuerzas que dejara de dolerme. Todavía me quedaba el suficiente
sentido común para saber que no debía tumbarme a descansar cuando todavía
estaba tan mojada, de modo que continué caminando hasta que la ropa pasó a
estar solo húmeda, y entonces me acurruqué con cuidado entre dos troncos caídos
y me quedé allí temblando. Como no podía dormir, pasé la mayor parte de la
noche intentando cambiar de posición, a pesar de que me dolía todo el cuerpo al
moverme, para ponerme un poco más cómoda. Cuando tocaban el terreno duro, las
caderas me hacían un daño horroroso. Creo que sí llegué a dar un par de
cabezadas, pero no estoy segura.
Me palpé la espalda con mucho cuidado. La tenía dolorida e
hinchada, pero la piel no estaba levantada. No parecía que me hubiera alcanzado
una bala, así que una preocupación menos.
Un rato antes del amanecer me puse en marcha de nuevo. No me había
planteado hacia dónde debía dirigirme; mi única ambición era poner tanta
distancia como fuera posible entre la bahía de Cobbler y yo. Una decisión
sensata, teniendo en cuenta el alboroto que se produciría en el puerto. En un
momento dado crucé una carretera, pero no se me ocurrió que pudiera emplearla
para servirme de guía hacia nuestro punto de encuentro. Tenía tanto miedo a que
me descubrieran en la carretera que la crucé a toda velocidad y me escondí
en el arbusto más espeso que encontré en la
otra orilla.
La breve siesta había servido para calmar un poco el dolor de
cabeza, pero ahora tenía otra necesidad imperiosa. Me moría de hambre. Tenía
tanta hambre que me mareaba solo de pensarlo. Iba a quedarme sin energía si no
encontraba alimentos con los que recargarme. Cuando acabó de hacerse de día
empecé a buscar algo que comer, lo que fuera. Encontré unas cuantas moras
pasadas, tristes frutos pequeños y arrugados, pero me los comí. Intentaba
recordar los programas de la televisión que había visto por casualidad sobre la
supervivencia en el bosque, pero los recuerdos se habían desvanecido y no veía
nada que pareciera comestible.
Entonces se presentó una gran distracción, un sonido al que había
llegado a acostumbrarme a lo largo de los meses. Era un rugido vibrante, como
un cortacésped gigante o una picadora de alimentos. Era el traqueteo de otro
helicóptero, otra fea ave de presa que buscaba alimento. Yo era como una liebre
bajo su despiadado rotor y, si me pillaba, moriría igual que una liebre. Estaba
en una parte del monte bastante despejada cuando empecé a oírlo, así que corrí
como loca hacia un árbol, castigándome con cada zancada la rodilla magullada,
el tobillo dolorido y los pies hinchados. Me escondí debajo del árbol en el
preciso instante en que el imponente helicóptero aparecía sobre el claro del
bosque. La cabina de cristal parecía un ojo gigante; toda la máquina parecía un
ojo, que miraba en todas direcciones y lo veía todo. Me tumbé entre las hojas y
el barro y rogué que se marchara, rogué que no me viera. Me acordé de cómo
habían merodeado alrededor de la casa de Corrie y cómo la habían destruido
después con un solo misil. Tomé conciencia de lo rápido que podían matarme,
simplemente lanzando una bomba en el claro. Cerré los ojos y contraje todos los
músculos del cuerpo; agarré dos manojos de hierba con los puños; el corazón me
palpitaba tan rápido como las aspas de un molino de viento descompensado. Una
ráfaga de aire cargada de hojas y polvo de los matojos me azotó las piernas y
los brazos descubiertos y me envolvió. Me sentía más indefensa que nunca. Si me
movía, estaba muerta; si no me movía, era posible que me dispararan desde el
aire sin siquiera
darme la posibilidad de defenderme. Me daba
muchísima rabia pensar que podía morir de esa forma.
Confiaba en que las hojas que volaban en remolinos por todo el
claro me cubrieran, me escondieran de ese gran ojo desorbitado. Oí que esa cosa
se movía un poco y después se elevaba bruscamente en diagonal, hacia la línea
de árboles que tenía a mi izquierda. Los árboles modificaban el ruido del motor
y lo volvían menos estruendoso, menos amenazador. Sin embargo, la nota emitida
por el motor continuó cambiando. Me quedé ahí tumbada, procurando adivinar qué
ocurría, intentado pensar en otras posibilidades para el monstruo volador. El
sonido áspero y sucio se iba apaciguando, pero no supe lo que eso significaba
hasta que otro remolino de hojas a toda velocidad surgió con una polvareda
entre los árboles. ¡El helicóptero estaba aterrizando! Eso era lo que pasaba...
Una delgada hilera de árboles era lo único que me separaba de él, una hilera de
árboles y tal vez unos cincuenta metros.
No me quedó más remedio que mentalizarme de que me habían visto y
por eso aterrizaban. A lo mejor pensaban que era un cadáver, tumbado bocabajo.
Se había acabado el tiempo de planear cada movimiento; ahora tocaba correr.
Eché a correr agachada pero como alma que lleva el diablo. Pretendía llegar a
un cúmulo de arbustos que había cerca de allí, a apenas treinta metros, pero me
pareció que era un kilómetro. Incluso cuando ya solo me faltaba un paso para
alcanzarlo, seguía creyendo que no lo lograría. Me derrumbé, tropecé sobre un
tronco caído, rodé hacia un lado por una pendiente y aterricé como pude en otro
cúmulo de arbustos. Entonces me animé pensando que tenía oportunidad de
salvarme. Sabía que desde ahí no podían verme; también sabía que me sentía más
cómoda en ese entorno de lo que ellos se sentirían en toda su vida.
Detrás de mí oí un grito y unos pies que corrían, pero ningún
disparo. Volví a cambiar de dirección bruscamente y salté un arroyuelo.
Empezaba a notar de nuevo el dolor y las magulladuras por todo el cuerpo. Ante
mí había una especie de cuesta; comencé el ascenso sintiéndome vulnerable otra
vez; me moría de ganas de poder
tomar una buena bocanada de aire limpio.
Cuando llegué a la cima hubo un instante en el que habrían podido verme con
gran facilidad. Sabía que sería así, pero no podía evitarlo de ningún modo. La
velocidad era lo que me parecía más imprescindible. Tenía una fe ciega en que mis
piernas doloridas y mi cuerpo maltrecho me sacarían de allí. Me acuclillé y
avancé así por la parte alta de la modesta colina sin dejar de oír gritos. Al
mismo tiempo, intentaba buscar una ruta adecuada. El camino marcado estaba
entre unos árboles a mi derecha, así que giré a la izquierda, pues supuse que,
una vez más, tenía que hacer lo inesperado. Había piedras y agujeros de
madrigueras; no sé cómo conseguí esquivarlos. Subí otra pequeña colina y llegué
a una verja vieja, desvencijada y oxidada, pero cubierta de alambre de espino.
Entre jadeos y sollozos intenté salvarla, pero los postes eran tan viejos que
no tenían estabilidad. Me hice un corte en la mano derecha con la alambrada; al
final decidí que tenía que saltarla costase lo que costase, así que di una
especie de voltereta apoyándome en la parte superior. Aterricé de una manera
muy rara al otro lado. La camisa se me enganchó al alambre de espino. Muy
nerviosa, tiré con todas mis fuerzas para soltarla y acabó desprendiéndose con
el mismo ruido que un cierre de velcro.
Cuando me levanté vi por primera vez a los soldados que me
perseguían. Una mujer apareció en el horizonte. Iba de uniforme, empuñaba una
especie de rifle automático y miraba a su alrededor muy nerviosa. Incluso desde
lejos distinguía el sudor de esa mujer. Otro uniforme apareció detrás de ella
(no logré identificar si era hombre o mujer) y en ese momento los dos me
vieron. Gritaron mirando hacia atrás mientras yo aprovechaba para echar a
correr de nuevo. Confiaba en que la verja los retuviera un poco. Corrí como un
rayo hacia un barranco erosionado y recé para no pisar ningún socavón. Si lo
hacía, sería mi fin. Había una pequeña presa que protegía el barranco. La
bordeé y me metí en una zona espesa de eucaliptos, con la esperanza de que eso
me sirviera de refugio. A continuación había una parcela de hierba alta. Apenas
había avanzado unos metros entre la hierba cuando casi me muero del susto.
Mirara
hacia donde mirara, veía siluetas que se
incorporaban entre los hierbajos y se ponían de pie de un salto. Altas siluetas
grises que se preparaban para defenderse, aterradas. Pensé: «Aquí se acaba la
historia». Entonces me di cuenta de que eran canguros que se habían acostado
para echar una siesta matutina. Entonces los animales, tan asustados por mi
culpa como yo por la suya, empezaron a saltar en todas direcciones, botando
hasta cobijarse bajo los árboles. Tras de sí dejaron aplastada la hierba sobre
la que habían estado tumbados. Estuve a punto de echarme a reír; qué alivio...
En cierto modo, el episodio me dio energía. Me puse a correr más
rápido. Una suave brisa soplaba a mi favor y eso también me ayudaba a avanzar.
Pensé en las carreras campo través del colegio, en las que nunca quedaba en los
primeros puestos. Si hubieran hecho una carrera ahora mismo la habría ganado
yo. Llegué a otra verja y esta vez no intenté hacer proezas: me colé por
debajo. Oí unos cuantos gritos más a mi espalda, supongo que porque los
soldados habían descubierto a los canguros, y luego crucé otra hilera de árboles.
Para mi sorpresa, entonces vi una cabaña, una especie de refugio a medio
construir, abierto a la intemperie por un lado, con el tejado de acero
galvanizado. Al lado tenía una caravana, vieja y llena de parches, que pedía a
gritos una mano de pintura. Pasé de largo y seguí corriendo; buscaba una
salida, un camino seguro que me permitiera alejarme de esa jauría humana. No
veía posibilidad alguna de escapar. Había un sendero que conducía desde la
cabaña hasta una puerta de madera. Empecé a recorrerlo, pero sabía que no podía
permanecer mucho rato en el camino; era una trampa mortal. Por lo menos la
puerta era nueva y robusta, así que pude trepar por ella con facilidad. Después
de salvarla dudé un momento al oír de nuevo a los soldados, y decidí girar a la
derecha. Parecía que estuvieran cerca, tal vez hubieran llegado ya a la cabaña.
Oí otro aeroplano, volaba bajo, y empecé a sudar todavía más. Me sentía como si
alguien estuviera cerrando una red con la que me habían atrapado. Daba la
impresión de que no escatimaban recursos para perseguirme. A medida que corría,
oía el ruido del avión cada vez más fuerte: sonaba como si fuese directo hacia
mí. Como era de
esperar, de pronto apareció delante de mí, un
avión gris plateado que volaba raso. Solté un juramento y casi eché a correr en
dirección contraria para huir, pero en ese mismo instante me di cuenta de que
era una estupidez, porque no tendrían tiempo de dispararme mientras se
desplazasen a tanta velocidad. El avión no dio muestras de haberme visto y pasó
de largo por encima de mi cabeza con un berrido. Cuando lo tenía encima, alcé
la mirada y vi la silueta inconfundible de un pájaro kiwi de color rojo sobre
un fondo blanco con un círculo azul alrededor. ¡Las Fuerzas Aéreas de Nueva
Zelanda! Estuve a punto de gritar de alegría. ¡Aún quedaba esperanza! ¡Teníamos
amigos! ¡No habíamos perdido! ¡Todavía no habíamos perdido la guerra!
Al cabo de un momento oí un rugido tremendamente fuerte y después
un apagado ruido sordo. Tardé unos segundos en atreverme a mirar muy nerviosa
por encima del hombro, porque no tenía ni idea de qué estampa podía ver. En
algún punto perdido del bosque había algo ardiendo. Una nube inmensa de humo
negro, ligeramente inclinada hacia mí a causa de la brisa, se elevaba a toda
prisa hacia el cielo. El avión estaba detrás de la nube, hizo una maniobra
rápida y ascendió. Parecía totalmente intacto. Con un salto de alegría caí en
cuenta de lo que había pasado. El avión había alcanzado el helicóptero que
estaba en tierra, igual que un pato dormido. Seguro que el helicóptero no había
tenido oportunidad de defenderse. Un fabuloso blanco inesperado.
16
EL hambre es muy curiosa. Tiene fases. Al principio tienes tanta
hambre que crees que vas a desmayarte. Notas el estómago como una enorme nevera
vacía: la luz está encendida, la puerta abierta, pero no hay nada dentro. Luego
esa fase remite y la cosa mejora. Ya no piensas tanto en la comida y, de hecho,
la idea de comer empieza a provocarte arcadas. Puedes aguantar un buen rato
cuando estás en esa segunda fase.
Seguí caminando un buen trecho evitando los espacios abiertos, las
carreteras y los caminos cortafuegos. Me limitaba a ir por la parte más espesa
del bosque para intentar ser invisible, no solo ante las personas que hubiera
en tierra, sino también para las que pudiera haber en el cielo. Era
especialmente agotador tener que concentrarse tanto en todo momento.
Cuando te pierdes en el bosque lo que se supone que tienes que
hacer es retroceder al último punto que reconoces y volver a empezar desde ahí.
Me lo habían machacado tantas veces que al final me lo había aprendido. El
problema era que no podía hacerlo porque no tenía ningún último punto
reconocible. O sí lo tenía, pero era el muelle de la bahía de Cobbler. Habría
podido volver ahí, pero ¿me habrían dejado un mapa y una brújula? Lo dudo.
Así pues, continué caminando, aunque mis pasos no tardaron en
convertirse en un cojeo... y, al final, incluso cojeaba a cámara lenta. Buscaba
cualquier punto que supiera reconocer. Habíamos acordado que nos encontraríamos
todos en el cruce del río con el arroyo de Baloney, en un camino maderero que
se bifurcaba desde la carretera principal de la bahía de Cobbler. Era un buen
sitio de pesca que conocían muchos habitantes de Wirrawee, pero ahora mismo yo
no tenía la menor idea de dónde podía estar el arroyo o la carretera. Crucé
infinidad de riachuelos a lo largo del día, algunos de ellos bastante
caudalosos, pero no tenían carteles en los que pudiera leer su nombre.
Cuando el sol llegó al cenit, me colé en un recodo
que quedaba debajo de un terraplén, a la sombra de una enredadera, para echarme
una siesta. El sol calentaba bastante para ser invierno; desde hacía unos años,
los inviernos habían sido relativamente cálidos. La caminata me había hecho
sudar y me notaba pegajosa, pero prefería eso a la lluvia o los vientos
racheados.
Apenas dormí media hora, pero me quedé tumbada un buen rato más,
demasiado exhausta para moverme. Cuando por fin me moví fue únicamente para
deslizarme hasta la zona donde daba el sol, porque a la sombra la temperatura
bajaba enseguida. Me apoyé en un árbol y me quedé sentada. Observé con
frustración la rodilla hinchada. Aparte de mojar el pañuelo con agua helada y
colocármelo sobre la rodilla, no había mucho que pudiera hacer para aliviarla.
Ojalá hubiera tenido algún amigo aborigen: seguro que habría sabido encontrar
un remedio natural extraído del árbol más cercano y me habría curado en un
abrir y cerrar de ojos. O a lo mejor hubiera llevado una caja de calmantes
Panadol en el bolsillo. Yo habría aceptado encantada cualquiera de las dos
cosas.
Intenté ponerme en camino una vez más, pero dejar que se me
enfriara la rodilla había sido como darle el beso de la muerte: se negaba a
funcionar. Empecé a mentalizarme de que tal vez lo mejor fuera pasar la noche
allí. No era un lugar muy interesante, ni siquiera atractivo, pero tendría que
conformarme. Invertí la poca energía que me quedaba en ponerme cómoda. Con
ayuda de una piedra afilada cavé un pequeño hoyo para tumbarme mejor y recogí
un montón de hojas de enredadera con las que me cubrí confiando en que me
ayudaran a entrar en calor. No sé qué tipo de enredadera era, pero estaba por
todas partes, así que me resultó fácil arrancarla de los troncos de los
árboles. Seguro que los árboles me lo agradecían: muchos parecían a punto de
ahogarse con tanta hiedra. Crucé los dedos para que la planta no me diera
alergia.
Había un riachuelo con mucha corriente a unos cien metros de ahí,
así que anduve a trompicones hasta él y bebí agua. En el río crecía una cosa
verde que en mi casa siempre habíamos llamado «lechuga
acuática». Parecía inofensiva, así que comí
unas cuantas hojas y decidí que, sino moría esa noche, probaría un poco más por
la mañana. No tenía mucho sabor: sabía a lechuga remojada en agua durante tanto
tiempo que se había quedado insípida, cosa que probablemente era lo que le
había ocurrido.
Ya empezaba a anochecer; aquí había que acostumbrarse al ritmo de
la luz solar. Volví a mi lecho del bosque y me senté en la pila de hojas de
enredadera. Empecé a reflexionar sobre la vida pero intenté no deprimirme.
«Tienes muchas cosas de las que estar orgullosa —intenté convencerme—. Has
destruido un gigantesco barco de mercancías y seguramente también el
embarcadero, teniendo en cuenta la envergadura de la explosión. Has dejado
fuera de combate un helicóptero e, indirectamente, has ayudado a que tumbaran
otro. Me apuesto lo que sea a que el avión ha salido para comprobar qué había
pasado en la explosión de la bahía de Cobbler, y si el helicóptero ha aterrizado
en el claro del bosque ha sido por ti. Así que eso da puntos extra. Has luchado
más de lo que nadie habría imaginado, deseado o esperado. No deberías sentirte
mal».
Sin embargo, nada de eso sirvió para impedir que me fuera
hundiendo poco a poco en la depresión. Echaba muchísimo de menos a todos. A
Homer, con su fuerza y su capacidad de liderazgo y planificación; a Fi, con su
valentía y su gracia; a Kevin, con esa energía renovada que había aportado a la
pandilla; a Robyn, con su sabiduría y su bondad; a Lee, con ese cuerpo tan
sexy... «Ups, ¿de dónde había salido ese pensamiento?», me pregunté. Creía que
ya me había liberado de Lee para siempre. Aun así, era un chico muy guapo...
De todas formas, a quienes más echaba de menos eran a mis padres.
En el fondo, Ellie, la dura guerrera del bosque, era una cría, una niña de
cinco años que quería que la metieran en la cama, le leyeran un cuento y le
dieran un beso de buenas noches. Los momentos más tiernos que había vivido con
mi padre habían sido cuando me leía cuentos a la hora de dormir. Se tumbaba en
la cama conmigo y empezaba un libro, luego, más de la mitad de las veces, se
quedaba dormido él. Por supuesto, en la granja todos trabajábamos
mucho, pero en aquella época mi padre siempre
parecía estresado. Si un ternero se separaba del resto del ganado o si un perro
pastor dejaba que se desperdigara el rebaño de ovejas, o si llovía durante la
cosecha, se volvía loco. Se le llenaba la boca de insultos; se ponía rojo como
un tomate, y se cagaba en el ganado, el perro y el gobierno, y en toda la
industria de la ganadería y en todos los cielos, y en mí también si era tan
tonta de pasar por delante de él en ese momento. Luego mamá me ponía triste
algunas veces cuando me decía lo mucho que le preocupaba la hipertensión de mi
padre y me contaba que su padre se había caído muerto mientras cambiaba un
neumático del tractor, a los cuarenta y cinco años, y decía que tenía miedo de
que mi padre fuera por el mismo camino. Yo no quería que me hablara de esas
cosas... aunque en cierto modo sí me gustaba. Me sentía adulta, como si
habláramos de igual a igual.
Ser hija única tiene sus ventajas, supongo. Tus padres te tratan
enseguida como si estuvierais al mismo nivel. Por lo menos, algunas veces.
Otras veces mi padre me trataba como si de verdad tuviera cinco años. Una vez
me dejé abierta la puerta de la verja del campo del Tonelero (nuestro terreno
más grande) y las ovejas emparejadas que había dentro se escaparon y acabaron
metiéndose en Un Árbol (otro de nuestros campos) y se mezclaron con las ovejas
no emparejadas. Ese día mi padre salió de sus casillas. Creía que iba a
pegarme. Para evitarlo, mi madre tuvo que separarnos. No le culpo, lo que hice
fue una auténtica estupidez, pero es que mi padre siempre actuaba como si él no
se hubiera equivocado nunca. Al fin y al cabo, no fui yo quien roció con
producto para matar las malas hierbas las frambuesas de mamá cuando ella le
pidió que les echara un poco de fertilizante.
En algún punto durante sus años de matrimonio, mi madre decidió
que sería mejor para su salud mental si no se dejaba influir por los cambios de
humor de mi padre. Hacía todas las cosas que hacen las esposas de los granjeros
en nuestra parte del planeta (de hecho, las hacía mejor que muchas otras
mujeres) pero nunca daba la impresión de que no hubiera ninguna otra cosa en su
vida, como les pasaba a la señora Mackenzie o la señora Brogan. Mi madre
parecía ser capaz de
mantener cierta distancia. Con frecuencia le
hacía gracia ver las cosas en las que se veía inmersa. Cuando la señora
Mackenzie ganó el concurso de mermeladas de la feria, por ejemplo, se emocionó
muchísimo y se pasó semanas hablando del tema. Cuando mi madre ganó el premio
al mejor bizcocho apenas esbozó una sonrisa traviesa y no dijo nada en público.
Pero cuando llegó a casa, se echó a reír y lo celebramos. Un año incluso bailó
conmigo por la cocina.
Todo aquello le provocaba sentimientos encontrados; supongo que
ahí estaba el misterio. A lo mejor tenía que ver con que en el fondo era una
chica de cuidad. Su padre era contable y nunca había salido de la ciudad en su
vida, hasta que una amiga la había llevado al baile popular de Motteram. Su
amiga tenía una ranchera abierta y la cogieron porque pensaron que parecería
más rural. En algún momento de la fiesta, mi padre, que debía de ir como una
cuba, salió tambaleándose del pabellón para buscar algún sitio donde dormir.
Por supuesto, nunca admitió que fuera borracho; dijo que estaba rendido porque
había estado todo el día marcando corderos. Bueno, el caso es que se acurrucó
en la parte de atrás de la ranchera de la amiga de mi madre, debajo de la lona,
y se echó una buena siesta. Cuando se despertó eran las diez de la mañana y ahí
seguía, tumbado en la bandeja para mercancía, a trescientos kilómetros de
Motteram, y a una velocidad de cien por hora. Tuvo que aporrear el cristal
trasero de la cabina para llamar la atención de las chicas: hasta entonces no
se habían dado cuenta de que llevaban un pasajero. Puedo imaginarme el susto al
oír los porrazos en la luna del coche y darse la vuelta para encontrarse con un
par de ojos enrojecidos que las miraban abiertos como platos al otro lado del
cristal.
Cuatro meses más tarde mis padres se casaron. Mi padre tenía
veintitrés años; a mi madre le faltaban tres semanas para cumplir diecinueve.
Yo no llegué hasta ocho años más tarde. Creo que les costó mucho
tenerme, pero nunca les preguntaba por el tema. Hay algunas cosas sobre los
padres que uno prefiere no saber.
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