Entonces empezó el tiroteo. La fuerza del estremecimiento que
sentí estuvo a punto de levantarme del suelo.
Me sorprende que no me salieran un millón de canas; notaba el pelo electrizado,
tan aterrorizado como yo. Disparaban ráfagas con una frecuencia regular, una
tras otra, a ambos lados de la carretera. Al principio los teníamos lejos, a la
izquierda, pero por el ruido noté que se acercaban a nosotros progresivamente.
Empecé a atar cabos y me di cuenta de lo que ocurría: los soldados,
desconfiados, iban disparando de manera metódica contra los arbustos para
quitarles las ganas de atacar a quienes pudieran estar agazapados, esperando a
saltar sobre ellos. Me apreté todavía más contra el suelo y noté la tierra fría
en los labios y la frente. Una bala sobrevoló mi cabeza a una velocidad de
espanto y con una fuerza increíble antes de perderse en la oscuridad. Confiaba
en que no hubiera demasiados koalas por ahí. Me moría de preocupación por
Homer, Lee y Robyn, pero no podíamos hacer nada por ellos, y de momento no
había oído los gritos de alarma que serían de esperar si los hubieran
descubierto. No me atrevía a moverme.
El tiroteo se prolongó varios minutos. Debían de llevar toneladas
de munición. Saltaba a la vista que no querían correr riesgos. De repente, oí que
el motor de uno de los camiones volvía a la vida con una tos ronca. Lo
siguieron otro y otro más. Se fundieron en una especie de rumor fuerte y oí
bruscos golpes metálicos cuando metieron las marchas. El convoy empezó a
moverse.
Yo no lo hice. Me quedé allí tumbada, esperando a que la noche
recuperara su habitual silencio. Pero antes de que eso ocurriera, llegaron
Homer y Lee, dos grandotas siluetas torpes y oscuras que avanzaban entre los
arbustos hacia mí. Fi y yo nos incorporamos y nos sacudimos las ramitas, las
hojas y el polvo que se nos habían pegado.
—¿Qué ha pasado? —les pregunté suplicante.
Kevin se me acercó por detrás.
—¿Qué coño ha pasado? —repitió como un eco.
—Les ha entrado la paranoia —contestó Homer. Tanto él como Lee
estaban tan impresionados que parecía que los ojos fueran a salírseles de las
órbitas—. No podíamos hacer nada. En cuanto empezaron a soltar balas nos
escondimos detrás de los árboles y
rezamos para que no se les ocurriera ir a
buscarnos.
—¿Os vieron? —preguntó Kevin.
—No, no, disparaban por precaución.
—¿Dónde está Robyn?
—No lo sé. Confío en que siga en la carretera. No nos atrevíamos a
asomar la cabeza por detrás de los árboles. No creo que la hayan pillado, nos
habríamos enterado. Pero no sé si habrá conseguido poner el temporizador. No
habrá sido nada fácil.
Nos abrimos paso hasta la carretera. No había ni rastro de Robyn,
ni de las ovejas. Me entró pánico. Entonces vi un par de ojos blancos y el
brillo de unos dientes también blancos que se acercaban a nosotros. Resultó que
no era un lobo, sino Robyn.
La abrumamos con preguntas y emociones.
—¡Vale, vale! ¡Esperad! —exclamó—. Hablemos mientras caminamos. No
tenemos tiempo que perder.
Nos apresuramos a seguirla como una bandada de ocas. Lo primero
que vimos fue el prado en el que habían encerrado a las ovejas. Homer y yo nos
detuvimos muy irritados.
—¡No podemos dejarlas aquí! —explotó Homer.
—No tenemos tiempo —dijo Lee.
—Pues habrá que encontrarlo —contesté—. Estas ovejas nos han
ayudado mucho esta noche. Se lo debemos.
Homer y yo corrimos a la portezuela y la abrimos. Entonces caí en
la cuenta de que teníamos que simular que se había roto, para que pareciera que
el rebaño se había escapado por sus propios medios.
Le grité a Lee:
—A ver si puedes romper la valla por algún punto. Que parezca que
lo han hecho las ovejas.
A regañadientes, se dispuso a hacerlo. Homer y yo nos metimos en
el cercado a toda prisa y nos quedamos sin aliento intentando azuzar a esos
animales tan tontos. El redil era pequeñísimo, sin apenas hierba que pastar, y
ya contenía treinta ovejas tukidales muertas de hambre, así que no podíamos
dejar allí el rebaño de corderos merinos cruzados que habíamos empleado.
Sacamos a los animales tan deprisa
que es un milagro que no acabaran pisoteándose
unos a otros. Algunos se tropezaron, pero se levantaron enseguida y siguieron
corriendo. Dejamos que se desperdigaran a ambos lados de la carretera para que
pacieran a sus anchas. Los laterales de la carretera eran mucho más anchos en
ese punto y como las ovejas no ocupaban la parte asfaltada, yo confiaba en que
los convoyes las dejaran pastar allí. De todas formas, no podíamos hacer más
por ellas. Por lo menos tendrían el estómago lleno antes de enfrentarse a su
siguiente aventura.
Corrimos tras Robyn y Fi, que caminaban por la carretera sin dejar
de charlar.
—Bueno, ¿qué ha pasado? —le pregunté a Robyn sin resuello.
Sonreía de oreja a oreja. Me dio la impresión de que se había
divertido mucho a pesar del peligro.
—Ha sido una locura.
—Sí, sí, no lo dudo. Pero ¿qué ha pasado?
—Eh, pues frenaron y elegí uno sin pensarlo dos veces, un camión
que llevaba un contenedor de mercancías enorme montado en el chasis. Era corto,
de unos seis o siete metros, diría yo, pero los más grandes van con gasoil,
creo. El caso es que, intentando ocultarme entre las sombras, fui directa hacia
ese camión antes de que los soldados empezaran a salir de los vehículos y entré
por debajo, como habíamos dicho. No me costó encontrar el cable pero justo
después de que lo cortara pasaron los vigilantes. Entonces fue cuando la cosa
se puso chunga. No podía hacer nada salvo quedarme allí acuclillada y rezar.
Pero les preocupaba más la parte arbolada que lo que pudiera pasar en los
camiones. El exterior, no el interior.
—Tiene sentido —dije—. Seguro que se imaginaban el ataque de una
guerrilla. Era imposible que se les ocurriera que había una persona empalmando
un temporizador al cable de distribución.
Para entonces ya se nos habían unido los demás, y todos
caminábamos a grandes zancadas, con la esperanza de encontrar algún camión
estropeado. Pero aunque el convoy viajaba despacio, sabíamos que todavía nos
quedaba un buen trecho por recorrer.
—Entonces empezaron a disparar —continuó Robyn—. Fue
horroroso. Tíos, creía que os habían
descubierto. Me quedé de piedra. Al principio pensaba que la que más peligro
corría era yo y de pronto pensé que erais vosotros los más vulnerables. Era
incapaz de pensar y de moverme. Pero me di cuenta de que no montaban alboroto:
nadie gritaba ni corría de un lado a otro, como habría sido de esperar si
hubieran tenido sospechas. En ese momento, uno de los soldados armados pasó por
delante de mí disparando hacia la maleza y supe que no apuntaba a nadie en
concreto: disparaban al azar solo para curarse en salud. Crucé los dedos para
que no os hubiera pillado alguna bala extraviada, colegas. Por fin conseguí
salir de aquella parálisis y me puse manos a la obra otra vez. Me costaba
horrores, porque tenía las manos mojadas y sudorosas. No podía agarrarlo. Los
cables no hacían lo que yo quería, se resbalaban de los alicates. Pero estoy
casi segura de que al final lo hice bien. Entonces pegué el temporizador con
cinta adhesiva e intenté ponerlo en funcionamiento. Ahí fue donde empezaron los
problemas de verdad. Los soldados iban regresando a los camiones pero los
vigilantes no dejaban de hacer guardia. El camión se puso en marcha y aceleró y
yo no podía salir de ninguna manera. Pensé: «Mejor aplastarme contra el suelo»,
y eso hice. Esperé hasta que el camión acabó de pasarme por encima y entonces
rodé a toda velocidad para salir de la carretera. Estaba aterrada. Los camiones
iban muy pegados unos a otros. Tendríais que haberme visto rodando por el
alquitrán. Pero por lo menos sobreviví. Con magulladuras, arañazos y cicatrices
de por vida, pero nada más.
—¿Cómo puedes estar segura de que lo colocaste bien? —preguntó
Homer.
—Porque si no lo hubiera hecho, el camión no se habría puesto en
marcha —dijo Lee.
—Sí, claro. Si el temporizador funciona como es debido, tiene que
acabar parando el camión —confirmó Kevin—. El problema será si encuentran el
temporizador. A estas horas de la noche y después de haberse retrasado ya, dudo
que tengan paciencia suficiente para hacer que todo el convoy espere mientras
buscan la causa de la avería. Parecían muy cansados cuando perseguían a las
ovejas.
—Creía que os habíais alejado mucho de la
carretera. ¿No estabais metidos en el bosque? —pregunté.
—No, no, yo me quedé muy cerca —contestó Kevin, pero yo no estaba
tan segura.
—Si encuentran el temporizador, nos meteremos de cabeza en una
emboscada —dijo Lee sin perder la calma.
Todos aflojamos un poco el paso y nos miramos alarmados. Nos
sentíamos tan exhaustos que se nos estaban pasando por alto las cosas más
obvias.
—Pero no tenemos tiempo para espiar primero desde los arbustos
—dijo Fi—. No tardará en amanecer.
—Tenemos que hacerlo —dijo Homer—. No olvidéis que este asalto es
una oportunidad entre un millón. Si algo se tuerce, desmantelamos el plan y ya
está, no pasa nada ni hay por qué sentirse culpable. De todas formas, esto nos
queda grande. Creo que deberíamos anteponer nuestra seguridad a los deseos de
seguir con el golpe.
Me quedé estupefacta. Estaba segura de que Homer no tenía miedo.
Su voz sonaba firme y rotunda. Creo que sencillamente había sopesado los
riesgos y había hecho una valoración científica. Para el Homer de sangre
caliente, era una respuesta muy fría. Aunque había algo en sus palabras que me
gustaba, y no solo porque sirvieran para aumentar las posibilidades de que yo
siguiera con vida. Creo que era la esperanza de que tal vez Homer hubiera
dejado de sentir esa necesidad tan propia de los gallitos de ponerse a prueba
en todo momento pasando a la acción a la menor oportunidad.
Tenía muy vivido el recuerdo de otros soldados aficionados con los
que habíamos trabajado, los adultos que se hacían llamar Héroes de Harvey
(¡vaya ocurrencia!) a quienes habían tumbado como si fueran bolos mientras
nosotros los observábamos impotentes desde la maleza. También ellos se habían
dirigido a un vehículo destartalado del enemigo, dando por hecho que estaría
abandonado.
Así pues, nos escondimos en el monte, dejamos de hablar y
anduvimos como fugitivos camuflándonos detrás de los árboles,
pisando raíces y piedras, arrastrándonos hasta
que las ramas caídas nos arañaban la cara. Uf, qué duro.
«¿Volveremos a tener una vida fácil algún día?», me preguntaba
apenada.
Alrededor de las 4:45 de la madrugada vimos el tenue resplandor
del camión con el contenedor inmóvil; aparcado en un lateral de la carretera,
reflejaba la tímida luz de la luna.
13
MIENTRAS lo observaba, me pregunté si estaría contemplando mi
propio ataúd. Era una sensación horrible pensar que tendría que encerrarme
dentro de ese enorme contenedor metálico. Nos encaramamos a él con total
sigilo, aunque todo parecía tranquilo. Si yo hubiera sido un conductor cuyo
camión se hubiera estropeado a esas horas de la madrugada, no habría tenido
ganas de quedarme por ahí pululando para intentar arreglarlo. Lo habría dejado
en manos de los mecánicos.
Kevin extrajo el temporizador, volvió a empalmar el circuito y
después tiró de uno de los cables para que se soltara. Nos aseguró que así
creerían que eso había provocado la avería. Pero de paso hizo algo con la línea
de combustible: le echó un poco de agua, creo. Dijo que de ese modo les haría
falta una grúa que los remolcara. Le tomé la palabra. Tengo algunas nociones
sobre mecánica, pero no conozco todos los misterios del motor.
Conseguimos abrir el contenedor girando un perno hacia la derecha
y otro hacia la izquierda. Yo pensaba (o más bien confiaba) que podía estar
cerrado con llave, pero lo cierto es que abrir el cajón fue la parte más
sencilla de toda la operación. También podía abrirse desde dentro, que era otra
de las cosas que me preocupaban. No quería terminar ahí encerrada como un gato
en una trampa.
Por dentro el contenedor era una cueva de metal. Parecía mucho más
grande que desde fuera. Nuestros pasos resonaron con eco cuando recorrimos de
puntillas toda su extensión. Aunque, por supuesto, no había nada que ver. Era
exactamente igual en un extremo que en otro.
—Vamos —les dije a los demás, porque sabía que Homer se disponía a
abrir la boca para decir lo mismo y me había empecinado en adelantarme a sus
movimientos. No me gustaba que Homer creyese que era nuestro amo y señor—. Ya
es hora de ponernos a currar.
Y ya lo creo que tuvimos que currar. El montón de fertilizante y
gasoil que habíamos acumulado estaba a unos
dos kilómetros de allí. Habíamos calculado bastante bien el tiempo y la
velocidad del convoy, pero aun así encontré motivos de los que quejarme. Solo
habría estado contenta si el camión se hubiese detenido justo a la altura de
nuestra pila, o mejor aún, si se hubiera cargado solo. Homer le dijo a Kevin
que no tendría que haber estropeado el depósito de carburante, porque si no lo
hubiera hecho, yo habría podido devolver el camión al punto en el que se había
estropeado después de acercarlo a las carretillas para cargarlo con el
material. Aunque de todas formas, habría sido imposible. Siempre es
dificilísimo girar con esos cacharros, y en una carretera tan estrecha como
aquella, sin espacios ni isletas para hacer maniobras, tal vez hubiera tenido
que llegar hasta la bahía de Cobbler para haber encontrado un sitio en el que
dar la vuelta. Y eso no les habría gustado demasiado a los soldados.
Así pues, no nos quedó más remedio que volver a tomar las
carretillas, reemprender nuestra marcha forzosa, refrescados por el frío aire
nocturno, y sujetar con brazos cansados los pesados mangos de la carreta
mientras nuestras piernas avanzaban temblorosas intentando mantener el
equilibrio. Esta vez nos mantuvimos en la carretera y aguzamos el oído por si
oíamos convoyes o patrullas, aunque sabíamos que el amanecer sería otro de los
enemigos con los que tendríamos que enfrentarnos. Sin embargo, no pasó ningún
convoy, ni parecía haber patrulla alguna en toda esa región.
La parte más complicada fue meter todos los sacos y los bidones en
el depósito del camión. Tengo que admitir que en ese caso Homer también fue de
gran ayuda. Puede que no sea más que un montón de huesos y músculos, pero nos
fue de perlas a la hora de transportar los sacos. En especial para Fi, habría
sido imposible levantar los sacos lo suficiente llenos como para meterlos por
la compuerta, así que Homer se encargó de todos los de mi amiga. Yo ya sabía
que Homer era fuerte, pero no sé de dónde sacó tanta energía.
En un abrir y cerrar de ojos, demasiado rápido para mi gusto,
resultó que lo teníamos todo listo. Me quedé de pie en la carretera, detrás del
camión, y miré a los demás intentando dominar la tormenta
de sentimientos. Me sentía igual que cuando
ves que la manguera está a punto de salirse de la junta. ¿Qué haces primero?
¿Intentas volver a encajarla en la boca de riego? ¿Corres a cerrar la válvula?
¿Corres a sujetar la manguera? Algo parecido ocurría en mi cabeza. Me había
medio imaginado que protagonizaríamos una sensiblona escena de despedida, en la
que todos nos besaríamos y nos abrazaríamos mientras decíamos unas palabras.
Tendría que haber sabido que no iba a ser así. En realidad, lo que ocurrió fue
que Kevin me pasó la mecha y el detonador, y les entregamos a los demás
nuestras botas, los calcetines y la ropa de abrigo, además de todo lo que
llevábamos en los bolsillos, para poder nadar con más facilidad. Entonces nos
quedamos plantados un momento y nos miramos a los ojos unos a otros. Nos daba
un poco de vergüenza. Hasta que Homer dijo: —Bueno, tíos, nos vemos en el
arroyo.
Era el punto de encuentro que habíamos acordado. Kevin le
contestó: —Sí, hasta pronto.
Yo parpadeé mirando a Fi y me despedí con la mano de Robyn. Homer
y yo nos metimos en el contenedor y después cerramos los portones.
En cuanto nos encontramos en esa oscuridad, me entraron ganas de
salir corriendo y tirarme al cuello de los demás como una boa constrictora que
se deja llevar por la emoción, pero, pasara lo que pasase, iba a mantener la
cabeza tan fría como Homer.
Aquello estaba oscuro como la boca del lobo. Coloqué la mano a
unos cinco centímetros de la cara y apenas vi un levísimo resplandor de piel
pálida. En el exterior me había convencido de que todavía quedaba luz en el
mundo, con esa pincelada de gris en el horizonte, pero una vez dentro del
depósito, me costaba creerlo. Me daba tanto miedo que no se parecía a nada que
hubiera vivido hasta entonces. Era una clase de aventura totalmente nueva. Las
otras operaciones habían sido cosas locales, habíamos hecho lo que estaba en
nuestra mano dentro del barrio, con gasolina y gas, materiales que empleábamos
a diario en nuestra vida normal. Ahora estábamos en guerra y éramos soldados.
ANFO, detonadores, mechas, intentar infiltramos en un
puerto y volar por los aires un barco: no era
una chiquillada. Lo que pretendíamos hacer era un acto de sabotaje en toda
regla. Era la batalla de la bahía de Cobbler, una guerra en condiciones, la
guerra de verdad, un tipo de acción que solo deberían aventurarse a emprender
cientos de soldados con uniformes y armas, personas con varios años de
entrenamiento.
—Homer —dije. Sentí un miedo repentino a que hubiera desaparecido
y yo me hubiera quedado sola en el mundo—. Homer, ¿dónde estás?
—Estoy aquí, tranquila.
Lo oí moverse hacia mí y empecé a palpar por delante de mi cabeza.
Mis dedos se toparon con su cara: le toqué la piel áspera de la barbilla. Me
rodeó con los brazos y acepté agradecida su amplio abrazo. Me resultaba extraño
notar que Homer me abrazaba; no lo hacía muy a menudo y se veía a la legua que también
él se sentía incómodo al hacerlo. Era como un cúmulo de ángulos afilados, nada
relajado ni natural, pero aun así me gustó volver a notar cierta proximidad con
él. Últimamente lo admiraba mucho, aunque procuraba que no se diera cuenta.
Se sentó apoyado en los sacos de nitrato de amonio y empezó a
hablar en susurros. A pesar de la asombrosa cantidad de material que habíamos
reunido, todavía quedaba una barbaridad de espacio libre en el receptáculo.
Estaba convencida de que no se percatarían del peso. Estos camiones estaban
acostumbrados a transportar veinticinco toneladas o más.
Hablamos de todo un poco: de las fiestas de debutantes, de los
trasplantes de embriones de oveja, de un CD de heavy metal grabado por un grupo
que se llamaba Bigger than Boeing, de por qué Robyn irritaba tanto a Homer
algunas veces, de si las estalactitas colgaban del techo o del suelo. Hablamos
de nuestros sueños para el futuro. Buf, cuánto habían cambiado. Ya no
pensábamos en hacer viajes transoceánicos gracias a los intercambios de
estudiantes, ni en coches trucados para ir al baile del pueblo, ni en estudiar
cursos de gestión hotelera o biología marina. Ahora todo eso carecía de
importancia.
Conseguir que nuestras familias se reunieran
de nuevo. Poder pasear de día. Comer fruta fresca. Retomar los estudios. Ver a
niños jugar en los columpios o en los balancines. Eso era todo lo que
deseábamos. Cosas pequeñas.
Conforme la luz del exterior ganó intensidad, nos dimos cuenta de
que había grietas y agujeritos, como poros, en los laterales del contenedor.
Vimos que la luz era cada vez más brillante y potente. De todos modos, aunque
no hubiéramos visto nada, habríamos sabido que se hacía de día por la
temperatura del contenedor, que subía con rapidez. Parecía que ese día de
invierno iba a ser cálido. Me esforcé por ver la hora que marcaba el reloj
mientras me preguntaba cuánto tardarían en llegar, pero creo que debían de ser
por lo menos las diez cuando por fin los oímos. El chirrido bajo de un vehículo
que frenaba fue la voz de alarma. Dejamos de hablar y esperamos, tensando todos
los músculos para oír mejor, como si los brazos, las piernas y el estómago
participaran tanto como los oídos en esa actividad. Oímos cómo se detenía el
vehículo. Oímos abrir y cerrar dos puertas de camión. Aunque no servía de nada,
nos acurrucamos todavía más debajo de los sacos. Homer decía que lo más
peligroso para nosotros sería lograr colarnos por la verja vigilada que daba al
puerto. Yo no pensaba lo mismo. En mi opinión, los centinelas darían por supuesto
que los mecánicos habían revisado el contenedor. Yo creía que el momento más
peligroso llegaría cuando nos elevaran con la grúa para metemos en el barco
carguero, porque el conductor de la grúa podía darse cuenta de que el
contenedor pesaba más. Homer no estaba de acuerdo. Decía que el conductor no
estaría acostumbrado a pensar mucho. Nadie se molestaba en informarle. Se
limitaba a pasarse el día ahí sentado apretando botones. Si un contenedor de
mercancías pesaba más que otro es probable que pensase que era por algún motivo
del que no le habían informado.
Los peligros que nos acecharían después de ese momento serían
distintos: peligros físicos asociados a la acción al límite. Pero estar aquí,
sentados y esperando en la oscuridad, era horrible, porque era todo mental.
Cuando oí todos esos ruidos fuera, los
portazos y los golpes metálicos, cuando noté que el contenedor se sacudía unas
cuantas veces, dejé de preocuparme de los peligros futuros. Este peligro ya era
suficiente para mí. Recé para sobrevivir a esta prueba. Oí voces, murmullos
intermitentes. Oí el tintineo del metal. Oí cómo rebuscaban en la caja de
herramientas. Oí un juramento: no lo dijeron en inglés, pero los tacos son
inconfundibles en cualquier lengua. Entonces alguien consiguió encender el
motor. Se puso en marcha pero no marchaba bien: petardeaba muchísimo y sonaba
muy áspero. Oí un grito, el motor se apagó y luego nada: únicamente un largo
silencio. No tardé en empezar a sentir escalofríos. Imaginé que rodeaban con
sigilo el contenedor, que levantaban las armas poco a poco, hasta que me
convencí de que, de un momento a otro, las puertas se abrirían de par en par y
nos pillarían, nos sacarían de ahí a la fuerza y nos torturarían y matarían en
algún rincón. Ni uno solo de los músculos de mi cuerpo estaba relajado. Notaba
temblores que me recorrían igual que si me hubieran enchufado a un generador de
doce voltios y hubieran encendido la corriente. Notar la mano de Homer en el
brazo fue lo único que impidió que me incorporara de un salto y me pusiera a
gritar. Por fin volvimos a oír el rumor del motor del otro vehículo. Le susurré
a Homer al oído: «¿Qué opinas?» y noté que se encogía de hombros con
impaciencia. No le gustaba hacer cábalas ni especular.
Oí que el vehículo maniobraba y giraba sobre los ejes. El ruido
era tan envolvente que parecía llegar desde todos los puntos. Intercambiaron
algunos gritos y el motor se estabilizó con una vibración constante. Y, de
repente, el contenedor se movió. Aunque ya me lo esperaba en cierto modo, me agarré
tan fuerte del brazo de Homer que noté el hueso. La caja dio una rápida
sacudida y luego empezó a moverse sin prisa pero sin pausa hacia delante y
hacia arriba, hasta que formó un ángulo que me pareció de unos 45 grados,
aunque lo más probable es que no quedara tan inclinado. Un depósito de gasoil
que no quedaba constreñido entre los sacos de fertilizante empezó a resbalar
lentamente por el suelo en pendiente. Lo agarré como si me estuviera ahogando y
el barril fuera un salvavidas, me aferré a él con
uñas y dientes con la esperanza de que los
hombres que había fuera no oyeran el ruido. Homer me agarró a mí y me di cuenta
de que en una escala de miedo, los dos estábamos casi en el mismo valor.
Entonces empezamos a movemos de verdad. Se oyó un claqueteo y poco a poco
notamos que avanzábamos a trompicones. Tenía ganas de sonreír, pero no podía.
Sabía que en algún lugar, Robyn, Lee, Kevin y Fi estarían observándonos, y me
pregunté si sonreirían o si estarían demasiado asustados para hacerlo. No
habíamos acordado que nos cubrieran las espaldas si nos descubrían, pero yo
había dado por supuesto que tendrían las armas preparadas por si acaso. Habría
perdido mucha credibilidad ante el grupo si lo hubiera mencionado delante de
ellos, pero ahora recé con todas mis fuerzas para que estuvieran apuntando con
las armas hacia el camión.
El trayecto hasta la bahía de Cobbler fue incómodo y desagradable.
No podíamos ver las curvas, claro, así que todas nos pillaban por sorpresa. Nos
servíamos de los sacos de fertilizante como amortiguadores para evitar salir
disparados. No eran lo mismo que un airbag, pero hacían su función. Era
imposible adivinar cuánto habíamos recorrido y cuánto camino nos quedaba por
delante: pensé que habíamos llegado ya a la bahía diez minutos antes de que
llegásemos de verdad En realidad, me había convencido de que nos habíamos
equivocado y el contenedor no iba a la bahía de Cobbler sino a otra;
terminaríamos en alguna ciudad remota, sin saber ni dónde estábamos.
El camión frenó y oí que cambiaban de marcha cuando, por primera
vez en todo el periplo, tomamos una carretera llana. Entonces, con un leve
balanceo, acabamos por detenemos. Para entonces tenía la boca tan seca que era
incapaz de cerrarla. Seguro que parecía un pez: en ese ataúd seco daba
bocanadas para coger aire pero el pánico me impedía respirar con normalidad.
Tenía la mente casi en blanco. Era como si ya no fuera capaz de pensar. Oía
voces y el ronroneo del motor, pero no lograba darles sentido alguno. Me quedé
allí sentada, esperando a que ocurriera algo. Al cabo de un minuto ocurrió:
empezamos a movernos otra vez, todavía en la carretera recta y lisa. Giramos a
la derecha, luego a la izquierda y después pasamos por
encima de unos cuantos baches regulares, como
si cruzáramos por encima de las vías del tren.
—Estamos en el muelle —me susurró Homer al oído.
Su voz me pilló tan desprevenida que activó mi cerebro y logró que
empezara a pensar de nuevo. Me percaté de que tenía razón: de pronto estábamos
sobrecogedoramente cerca de nuestro objetivo. Habíamos cruzado el temido puesto
de control de la entrada tan tranquilos, sin que me diera cuenta.
Después de la impresión de este cambio repentino en nuestra
situación no ocurrió nada más durante las siguientes tres horas. El tiempo
pasaba muy lento. Nos quedamos sentados en silencio; el sudor me resbalaba por
la cara y notaba aguijones en los ojos. El cuello, las axilas y las ingles
empezaron a picarme de un modo muy desagradable por los nervios y la humedad. Aunque
por supuesto, no podíamos hacer nada. Estábamos a su merced. Si decidían
dejamos allí olvidados en el muelle durante una semana, ¿qué sería de nosotros?
Mi mente seguía cavilando demasiado lenta para pensar en las opciones. Supongo
que me limitaba a aceptar vagamente que, si eso ocurría, tendríamos que forzar
la puerta, saltar fuera del contenedor y huir a nado. Sé que cada vez que
pienso en agua me muero por dar un trago, así que, para no consumirme por la
desesperación, tuve que obligarme a visualizar otra imagen mentalmente. La sed
era sin duda lo peor, hasta tal punto que incluso el miedo a que nos dispararan
pasó a un segundo plano.
Un golpetazo en el techo fue la primera pista de que algo había
cambiado. Dio con tanta fuerza que me levanté de un brinco alarmada y ahogué un
grito. Pensaba que algo iba a entrar directamente por el techo. Busqué a Homer
y vi su silueta oscura enfrente de mí. Él también estaba de pie e igual de
ansioso. Miraba hacia la fina lámina de metal que teníamos encima: todavía
retemblaba por el impacto.
La caja se elevó y entonces sí solté un chillido asustado. Era
rarísimo notar que flotábamos en el aire, oscilando levemente conforme
ganábamos altura. El contenedor se inclinó y se balanceó. Miré fijamente a
Homer. Vi el brillo de sus dientes cuando me sonrió,
pero aun a pesar de la falta de luz, me di
cuenta de que era una sonrisa forzada, probablemente dibujada para evitar que
le castañetearan los dientes. Le devolví la sonrisa, igual de falsa. Con el
bamboleo del contenedor, después de tanto rato de baches y curvas por las
colinas, y de la larga espera en ese espacio recalentado una vez en el muelle,
temí que fuera a marearme. Podíamos habernos levantado del suelo un metro o
cien metros; no había forma de saberlo. Ni siquiera era capaz de adivinar si
estábamos subiendo o bajando.
Y, de repente, tuve la impresión de que nos desgajaban de la luz
brillante y despiadada y nos introducían en una oscuridad absoluta. Hacía frío
y no se veía nada; por un instante absurdo pensé que nos habían soltado en el
Infierno.
14
ESTA vez sí que agarré fuerte a Homer. Afuera reinaba el silencio y
eso, unido al frío repentino, me hizo pensar que no estábamos en el Infierno
sino en una tienda de congeladores. Unos minutos más tarde el contenedor dejó
de moverse y aterrizó por fin sobre una base firme. Algo ruidoso y pesado arañó
la superficie del techo y desapareció. Yo seguía aferrada a Homer, pero él se
zafó de mí y anduvo unos pasos para otear por la diminuta rendija del lateral
de la caja. Ya habíamos intentado espiar por esos orificios varias veces, pero
lo único que habíamos conseguido averiguar había sido la intensidad con la que
brillaba el sol. Los agujeros eran demasiado pequeños. El caso es que Homer se
quedó embobado mirando por esa rendija durante un buen rato, pero dudo que
viera algo. No había nada que nos diera pistas sobre lo que ocurría; nada salvo
el silencio de nuestra tumba.
Nos quedamos allí otra hora y media más o menos. No tardamos en
coger frío y empezar a temblar de forma descontrolada. Yo tenía espasmos e
intensas convulsiones seguidos de temblores normales, pero no dejaba de temblar
de un modo u otro ni un momento. Por supuesto, la culpa era de lo mismo de
siempre: frío y miedo. A esas alturas ya debería haber estado acostumbrada a
las dos cosas.
A lo largo de esa hora y media no habíamos percibido ni un solo
sonido a nuestro alrededor, y llegó un punto en el que pensé que, o hacíamos
algo ya, o al final seríamos incapaces de movernos. El frío no había reducido
mi sed, pero se me ocurrió que hacer un poco de ejercicio me serviría por lo
menos para pensar en otra cosa, aunque sabía que no habría una lata de Pepsi
bien fría esperándome después del esfuerzo. Me acerqué a Homer y le toqué el
codo. Luego susurré: —Voy a echar un vistazo.
No me respondió, cosa que tomé por una señal de aceptación, de
modo que empecé a encaramarme por los sacos de fertilizante. Llegué
a las puertas del contenedor y, con dedos
entumecidos, forcejeé con la manija de cierre. Chirrió cuando la hice girar,
así que esperé con el corazón en un puño. Al ver que no pasaba nada, terminé de
girarla hasta que noté que cedía ante la presión de mis manos. Entonces empecé
a empujarla hacia abajo. Centímetro a centímetro se desplazó con un chirrido
constante. Sin necesidad de mirar a mi alrededor, noté la tensión de Homer a mi
espalda. Por fin, con un traqueteo áspero, el pestillo quedó liberado. Me
incliné contra él con la cabeza apoyada en la barra de metal y agarrando la
manija con las dos manos para que las puertas no se abrieran de golpe como un
resorte. Estábamos a punto de salir a lo desconocido. Podía tratarse de
nuestros últimos momentos de vida.
—Aún no —murmuró Homer a mi oído.
Esperé otros tres o cuatro minutos antes de empujar el portón con
un crujido.
Me colé abriendo la puerta lo mínimo y me encontré en un
gigantesco espacio oscuro lleno de contenedores de mercancías idénticos al
nuestro. El leve balanceo bajo mis pies, imperceptible dentro del receptáculo,
me confirmó que íbamos a bordo de un barco. Oí los crujidos y gemidos metálicos
del casco de la embarcación. Miré a mi alrededor admirada. Nos disponíamos a
destruir todo esto. Si conseguíamos hacer lo que queríamos, convertiríamos
nuestra inocente caja en una bomba potentísima y, en cuestión de horas, todo
aquello acabaría en el fondo del mar.
Respiré hondo y di un paso adelante. El lugar olía como si nunca
hubiera estado en contacto con el aire puro. Los gases desprendidos por el
diésel se mezclaban con el salitre y la cuerda y la pintura y el desinfectante.
No era agradable, pero tampoco sorprendente, pues así era como imaginaba que
olería un barco. Suponía un cambio respecto del olor a nitrato de amonio del
contenedor.
Allí no había nadie; saltaba a la vista. La escotilla del techo
estaba cerrada y no se oían voces, ni se percibía presencia humana. Me volví
hacia Homer: por fin pude distinguir su silueta con claridad.
—¿Qué opinas? —le pregunté.
—Tendríamos que prepararnos. Lo ideal sería
dejarlo todo listo para que solo haga falta encender la mecha. Luego, en cuanto
se haga de noche, la prendemos y salimos por el lateral.
—Vale. Ostras, me muero de sed.
—Ya. Me parece increíble que no trajéramos agua.
Regresamos al contenedor y cerramos las puertas después de entrar,
pero sin ajustarlas del todo. Nos pusimos manos a la obra y preparamos como si
tal cosa el arma más potente que hubiera podido imaginar cualquiera de
nosotros. Pero era curioso: lo hice sin pensar en bombas. Puse el piloto
automático, como si hubiera estado preparando el alimento para las ovejas
laneras que criaba mi familia. No había mucho que hacer. Cortamos los sacos y
desperdigamos el contenido un poco para que el combustible lo empapara bien;
luego movimos los barriles de gasoil y vertimos el líquido inflamable. Kevin había
calculado las proporciones: seis por ciento del peso. Rociamos bien el
fertilizante con el combustible. Era como aliñar una ensalada generosa. Metí la
mano en la montaña granulosa y saqué un puñado de nitrato. Los granitos
amarillos estaban aceitosos, pero no mojados. En el punto exacto.
El olor a gasoil era cada vez más insoportable. Intenté no pensar
en él y, bajo la atenta mirada de Homer, empecé a preparar la mecha y el
detonador. Lo que tenía que hacer era fabricar una bomba pequeña que hiciera estallar
la bomba grande. Cogí el pedazo de tubería que habíamos encontrado en la granja
y lo llené de ANFO antes de adherir el detonador. Tenía que cerrar el extremo
de manera hermética retorciéndolo, cosa que era bastante peligrosa. No habíamos
encontrado alicates especiales para pinzar, así que tuvimos que emplear unos
alicates normales de metal. El problema era que con una sola chispa podía
encenderse la mecha. Tenía que ser increíblemente cuidadosa. Movía los alicates
con muchísimo tacto y me secaba las manos cada diez segundos para quitarle el
sudor, que hacía que se me resbalara la herramienta. La cuestión era no dejar
que los alicates golpearan contra la tubería metálica. Habría sido más fácil si
el tubo hubiera estado vacío.
Por fin lo logré. Ya no se nos ocurría qué más
hacer. Así pues, cerramos las puertas del contenedor, buscamos un rincón de la
bodega y nos tumbamos a esperar. Me apoyé contra Homer, quien me rodeó con el
brazo. Ninguno de los dos abrió la boca. Me encantaba notar el abrazo de su cuerpo
fuerte, e incluso conseguí dormir un rato. En un momento dado sacó nuestras
provisiones: un paquete de galletas Morning Coffee que estaban rotas, rancias y
blandas, y dos cajitas de gominolas, unas de lima y las otras de piña.
Me dio a elegir y me decanté por las de piña.
Lo malo de comer eso fue que aumentó mi sed hasta un punto
insoportable. Era incapaz de pensar en otra cosa y, cuanto más pensaba en
beber, más sed tenía. Se me pasó por la cabeza pegar un trago de gasoil y
lamenté que lo hubiéramos vertido todo para preparar la bomba. Tenía la boca
caliente y seca y notaba la lengua hinchada y pastosa. Me costaba incluso
hablar, aunque tampoco es que quedara mucho por decir. Volví a recostarme
apoyándome en las costillas de Homer, notaba cómo subían y bajaban con cada
respiración ansiosa. Intenté obligarme a dormir, pero no conseguí dejar de
pensar en cuándo se haría de noche.
De forma gradual y con una lentitud enfermiza, el tiempo fue
avanzando. A las cinco y media aproximadamente, según marcaba el reloj de
cuerda de Homer, muy poco preciso, empezamos a ponernos nerviosos. Al notar que
el ambiente se enfriaba aún más, supusimos que el anochecer estaría próximo.
Calculamos que la mecha tardaría entre veinte y veinticinco minutos en arder,
así que no podíamos permitirnos mucho margen de error. Encontrarnos la salida
de la bodega: una escalera de acero que subía en vertical hacia la oscuridad
desde una trampilla metálica. Por supuesto, no era la escotilla principal de la
bodega, sino una entrada pequeña para personas. Supongo que los marineros la
empleaban cuando estaban en alta mar y querían comprobar que no se había movido
la mercancía. Homer subió la escalera con cautela y empujó suavemente la
trampilla. Se levantó. Al parecer, salir de allí no sería muy complicado. Lo
que encontráramos una vez que hubiésemos salido sí podía ser peliagudo.
El reloj de Homer marcaba las siete. «La hora
de las noticias de la ABC», pensé. Ese era uno de los rituales de mi familia.
Mi padre siempre tenía que ver las noticias de la ABC. Ahora, en lugar de ser
la hora del noticiario, era el momento de que hiciéramos volar por los aires un
barco en la bahía de Cobbler. La vida había cambiado bastante.
—¿Qué opinas? —le pregunté a Homer con la lengua hinchada y los
labios secos y cortados. Su aspecto era igual de horrendo.
—No aguanto más —me dijo—. Vamos a hacerlo de una vez.
Era mucho más temprano de lo que habíamos planeado, pero yo estaba
totalmente de acuerdo con Homer, de modo que la respuesta fue unánime.
Regresamos al contenedor metálico Me sentía rara, ingrávida, como
si caminase por el aire.
—¿Lista? —me preguntó Homer.
Asentí con la cabeza.
—Sería gracioso si nos hubiéramos dejado las cerillas —susurré.
Homer no se rio. Se quedó allí plantado junto a los portones del
contenedor mientras yo extendía el cordón de la mecha al máximo.
—No sirve de nada que los dos nos quedemos aquí esperando —dije—.
Sube por la escalera y ten la trampilla abierta.
Me obedeció sin rechistar mientras yo sacaba la caja y elegía una
cerilla. Tuve que intentarlo unas cuantas veces hasta que prendió, pero luego
salió una llama incandescente que me hizo daño a la vista.
—Bueno, allá vamos —dije en voz alta, aunque esperé a que ardiera
un poco más para acercarla a la mecha.
La llama subió hacia mis dedos y me los chamuscó un poco antes de
que la mecha prendiera. Sacudí la cerilla con movimientos rápidos y me quedé
mirando unos segundos para asegurarme de que la mecha ardía bien. Sí. Corrí
hacia la escalera.
En la bodega hacía frío, pero en cuanto Homer levantó la trampilla
una rendija, el aire nocturno me pareció realmente helador. Con la ropa tan
ligera que llevábamos (pantalones cortos y camiseta, nada más) no teníamos
forma de protegernos de la helada.
—¿Lista? —me preguntó Homer, y volvió a bajar
la portezuela por encima de nuestras cabezas.
Estábamos los dos apiñados en la parte superior de la escalera,
con los pies en el mismo peldaño. Asentí. Era imposible que hubiera visto el
movimiento de mi cabeza, pero supongo que lo dio por hecho.
—Directos a la barandilla de la izquierda y saltamos —me susurró.
—A babor —dije, pero dudo de que Homer me oyera.
Levantó otra vez la trampilla y temblé una vez más al notar el
inhóspito aire frío que se colaba en la bodega como una bocanada de hielo. El
cielo estaba oscuro: ni una sola estrella a la vista. Homer había sacado la
cabeza casi entera y miraba en todas direcciones con cautela. Lo único que
podía hacer yo era acurrucarme detrás de él y esperar. Me daba mucha rabia
sentirme tan indefensa, depender tanto de otra persona. Me ponía nerviosa ver
cuánto tardábamos, notar que perdíamos el tiempo sabiendo que la bomba de
relojería ya estaba en marcha. Pero, de repente, Homer salió disparado. Subió
con tanto ímpetu que al principio pensé que alguien lo había agarrado del
pescuezo y lo había sacado a la fuerza del agujero. Pero no, se había impulsado
él solo. Cuando lo seguí me di cuenta. Corrió por la cubierta y se cobijó
detrás de un mástil metálico. Cerré la trampilla, poniendo el máximo cuidado, y
lo maldije por haberme emplumado esa tarea a mí, luego me reuní con él e
intenté orientarme. ¿Qué parte del barco era la delantera y cuál la trasera? ¿O
cual era proa y cuál popa, o como fuera que se llamasen? Miré hacia la derecha
—estribor— y vi que la amplia y larga cubierta se estrechaba mientras iba
desapareciendo en la oscuridad. Así por lo menos supe dónde estaba. Pero
todavía quedaba un buen trecho para llegar a la borda. Homer fue primero en
echar correr y yo lo seguí de inmediato, pero lo hice en diagonal, para
dirigirme a una parte distinta de la barandilla.
Cuando ya llevábamos medio camino recorrido fue cuando las cosas
empezaron a torcerse.
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