miércoles, 19 de marzo de 2014

Mañana: Muerte blanca, parte 6

Entonces empezó el tiroteo. La fuerza del estremecimiento que
sentí estuvo a punto de levantarme del suelo. Me sorprende que no me salieran un millón de canas; notaba el pelo electrizado, tan aterrorizado como yo. Disparaban ráfagas con una frecuencia regular, una tras otra, a ambos lados de la carretera. Al principio los teníamos lejos, a la izquierda, pero por el ruido noté que se acercaban a nosotros progresivamente. Empecé a atar cabos y me di cuenta de lo que ocurría: los soldados, desconfiados, iban disparando de manera metódica contra los arbustos para quitarles las ganas de atacar a quienes pudieran estar agazapados, esperando a saltar sobre ellos. Me apreté todavía más contra el suelo y noté la tierra fría en los labios y la frente. Una bala sobrevoló mi cabeza a una velocidad de espanto y con una fuerza increíble antes de perderse en la oscuridad. Confiaba en que no hubiera demasiados koalas por ahí. Me moría de preocupación por Homer, Lee y Robyn, pero no podíamos hacer nada por ellos, y de momento no había oído los gritos de alarma que serían de esperar si los hubieran descubierto. No me atrevía a moverme.
El tiroteo se prolongó varios minutos. Debían de llevar toneladas de munición. Saltaba a la vista que no querían correr riesgos. De repente, oí que el motor de uno de los camiones volvía a la vida con una tos ronca. Lo siguieron otro y otro más. Se fundieron en una especie de rumor fuerte y oí bruscos golpes metálicos cuando metieron las marchas. El convoy empezó a moverse.
Yo no lo hice. Me quedé allí tumbada, esperando a que la noche recuperara su habitual silencio. Pero antes de que eso ocurriera, llegaron Homer y Lee, dos grandotas siluetas torpes y oscuras que avanzaban entre los arbustos hacia mí. Fi y yo nos incorporamos y nos sacudimos las ramitas, las hojas y el polvo que se nos habían pegado.
—¿Qué ha pasado? —les pregunté suplicante.
Kevin se me acercó por detrás.
—¿Qué coño ha pasado? —repitió como un eco.
—Les ha entrado la paranoia —contestó Homer. Tanto él como Lee estaban tan impresionados que parecía que los ojos fueran a salírseles de las órbitas—. No podíamos hacer nada. En cuanto empezaron a soltar balas nos escondimos detrás de los árboles y
rezamos para que no se les ocurriera ir a buscarnos.
—¿Os vieron? —preguntó Kevin.
—No, no, disparaban por precaución.
—¿Dónde está Robyn?
—No lo sé. Confío en que siga en la carretera. No nos atrevíamos a asomar la cabeza por detrás de los árboles. No creo que la hayan pillado, nos habríamos enterado. Pero no sé si habrá conseguido poner el temporizador. No habrá sido nada fácil.
Nos abrimos paso hasta la carretera. No había ni rastro de Robyn, ni de las ovejas. Me entró pánico. Entonces vi un par de ojos blancos y el brillo de unos dientes también blancos que se acercaban a nosotros. Resultó que no era un lobo, sino Robyn.
La abrumamos con preguntas y emociones.
—¡Vale, vale! ¡Esperad! —exclamó—. Hablemos mientras caminamos. No tenemos tiempo que perder.
Nos apresuramos a seguirla como una bandada de ocas. Lo primero que vimos fue el prado en el que habían encerrado a las ovejas. Homer y yo nos detuvimos muy irritados.
—¡No podemos dejarlas aquí! —explotó Homer.
—No tenemos tiempo —dijo Lee.
—Pues habrá que encontrarlo —contesté—. Estas ovejas nos han ayudado mucho esta noche. Se lo debemos.
Homer y yo corrimos a la portezuela y la abrimos. Entonces caí en la cuenta de que teníamos que simular que se había roto, para que pareciera que el rebaño se había escapado por sus propios medios.
Le grité a Lee:
—A ver si puedes romper la valla por algún punto. Que parezca que lo han hecho las ovejas.
A regañadientes, se dispuso a hacerlo. Homer y yo nos metimos en el cercado a toda prisa y nos quedamos sin aliento intentando azuzar a esos animales tan tontos. El redil era pequeñísimo, sin apenas hierba que pastar, y ya contenía treinta ovejas tukidales muertas de hambre, así que no podíamos dejar allí el rebaño de corderos merinos cruzados que habíamos empleado. Sacamos a los animales tan deprisa
que es un milagro que no acabaran pisoteándose unos a otros. Algunos se tropezaron, pero se levantaron enseguida y siguieron corriendo. Dejamos que se desperdigaran a ambos lados de la carretera para que pacieran a sus anchas. Los laterales de la carretera eran mucho más anchos en ese punto y como las ovejas no ocupaban la parte asfaltada, yo confiaba en que los convoyes las dejaran pastar allí. De todas formas, no podíamos hacer más por ellas. Por lo menos tendrían el estómago lleno antes de enfrentarse a su siguiente aventura.
Corrimos tras Robyn y Fi, que caminaban por la carretera sin dejar de charlar.
—Bueno, ¿qué ha pasado? —le pregunté a Robyn sin resuello.
Sonreía de oreja a oreja. Me dio la impresión de que se había divertido mucho a pesar del peligro.
—Ha sido una locura.
—Sí, sí, no lo dudo. Pero ¿qué ha pasado?
—Eh, pues frenaron y elegí uno sin pensarlo dos veces, un camión que llevaba un contenedor de mercancías enorme montado en el chasis. Era corto, de unos seis o siete metros, diría yo, pero los más grandes van con gasoil, creo. El caso es que, intentando ocultarme entre las sombras, fui directa hacia ese camión antes de que los soldados empezaran a salir de los vehículos y entré por debajo, como habíamos dicho. No me costó encontrar el cable pero justo después de que lo cortara pasaron los vigilantes. Entonces fue cuando la cosa se puso chunga. No podía hacer nada salvo quedarme allí acuclillada y rezar. Pero les preocupaba más la parte arbolada que lo que pudiera pasar en los camiones. El exterior, no el interior.
—Tiene sentido —dije—. Seguro que se imaginaban el ataque de una guerrilla. Era imposible que se les ocurriera que había una persona empalmando un temporizador al cable de distribución.
Para entonces ya se nos habían unido los demás, y todos caminábamos a grandes zancadas, con la esperanza de encontrar algún camión estropeado. Pero aunque el convoy viajaba despacio, sabíamos que todavía nos quedaba un buen trecho por recorrer.
—Entonces empezaron a disparar —continuó Robyn—. Fue
horroroso. Tíos, creía que os habían descubierto. Me quedé de piedra. Al principio pensaba que la que más peligro corría era yo y de pronto pensé que erais vosotros los más vulnerables. Era incapaz de pensar y de moverme. Pero me di cuenta de que no montaban alboroto: nadie gritaba ni corría de un lado a otro, como habría sido de esperar si hubieran tenido sospechas. En ese momento, uno de los soldados armados pasó por delante de mí disparando hacia la maleza y supe que no apuntaba a nadie en concreto: disparaban al azar solo para curarse en salud. Crucé los dedos para que no os hubiera pillado alguna bala extraviada, colegas. Por fin conseguí salir de aquella parálisis y me puse manos a la obra otra vez. Me costaba horrores, porque tenía las manos mojadas y sudorosas. No podía agarrarlo. Los cables no hacían lo que yo quería, se resbalaban de los alicates. Pero estoy casi segura de que al final lo hice bien. Entonces pegué el temporizador con cinta adhesiva e intenté ponerlo en funcionamiento. Ahí fue donde empezaron los problemas de verdad. Los soldados iban regresando a los camiones pero los vigilantes no dejaban de hacer guardia. El camión se puso en marcha y aceleró y yo no podía salir de ninguna manera. Pensé: «Mejor aplastarme contra el suelo», y eso hice. Esperé hasta que el camión acabó de pasarme por encima y entonces rodé a toda velocidad para salir de la carretera. Estaba aterrada. Los camiones iban muy pegados unos a otros. Tendríais que haberme visto rodando por el alquitrán. Pero por lo menos sobreviví. Con magulladuras, arañazos y cicatrices de por vida, pero nada más.
—¿Cómo puedes estar segura de que lo colocaste bien? —preguntó Homer.
—Porque si no lo hubiera hecho, el camión no se habría puesto en marcha —dijo Lee.
—Sí, claro. Si el temporizador funciona como es debido, tiene que acabar parando el camión —confirmó Kevin—. El problema será si encuentran el temporizador. A estas horas de la noche y después de haberse retrasado ya, dudo que tengan paciencia suficiente para hacer que todo el convoy espere mientras buscan la causa de la avería. Parecían muy cansados cuando perseguían a las ovejas.
—Creía que os habíais alejado mucho de la carretera. ¿No estabais metidos en el bosque? —pregunté.
—No, no, yo me quedé muy cerca —contestó Kevin, pero yo no estaba tan segura.
—Si encuentran el temporizador, nos meteremos de cabeza en una emboscada —dijo Lee sin perder la calma.
Todos aflojamos un poco el paso y nos miramos alarmados. Nos sentíamos tan exhaustos que se nos estaban pasando por alto las cosas más obvias.
—Pero no tenemos tiempo para espiar primero desde los arbustos —dijo Fi—. No tardará en amanecer.
—Tenemos que hacerlo —dijo Homer—. No olvidéis que este asalto es una oportunidad entre un millón. Si algo se tuerce, desmantelamos el plan y ya está, no pasa nada ni hay por qué sentirse culpable. De todas formas, esto nos queda grande. Creo que deberíamos anteponer nuestra seguridad a los deseos de seguir con el golpe.
Me quedé estupefacta. Estaba segura de que Homer no tenía miedo. Su voz sonaba firme y rotunda. Creo que sencillamente había sopesado los riesgos y había hecho una valoración científica. Para el Homer de sangre caliente, era una respuesta muy fría. Aunque había algo en sus palabras que me gustaba, y no solo porque sirvieran para aumentar las posibilidades de que yo siguiera con vida. Creo que era la esperanza de que tal vez Homer hubiera dejado de sentir esa necesidad tan propia de los gallitos de ponerse a prueba en todo momento pasando a la acción a la menor oportunidad.
Tenía muy vivido el recuerdo de otros soldados aficionados con los que habíamos trabajado, los adultos que se hacían llamar Héroes de Harvey (¡vaya ocurrencia!) a quienes habían tumbado como si fueran bolos mientras nosotros los observábamos impotentes desde la maleza. También ellos se habían dirigido a un vehículo destartalado del enemigo, dando por hecho que estaría abandonado.
Así pues, nos escondimos en el monte, dejamos de hablar y anduvimos como fugitivos camuflándonos detrás de los árboles,
pisando raíces y piedras, arrastrándonos hasta que las ramas caídas nos arañaban la cara. Uf, qué duro.
«¿Volveremos a tener una vida fácil algún día?», me preguntaba apenada.
Alrededor de las 4:45 de la madrugada vimos el tenue resplandor del camión con el contenedor inmóvil; aparcado en un lateral de la carretera, reflejaba la tímida luz de la luna.
13
MIENTRAS lo observaba, me pregunté si estaría contemplando mi propio ataúd. Era una sensación horrible pensar que tendría que encerrarme dentro de ese enorme contenedor metálico. Nos encaramamos a él con total sigilo, aunque todo parecía tranquilo. Si yo hubiera sido un conductor cuyo camión se hubiera estropeado a esas horas de la madrugada, no habría tenido ganas de quedarme por ahí pululando para intentar arreglarlo. Lo habría dejado en manos de los mecánicos.
Kevin extrajo el temporizador, volvió a empalmar el circuito y después tiró de uno de los cables para que se soltara. Nos aseguró que así creerían que eso había provocado la avería. Pero de paso hizo algo con la línea de combustible: le echó un poco de agua, creo. Dijo que de ese modo les haría falta una grúa que los remolcara. Le tomé la palabra. Tengo algunas nociones sobre mecánica, pero no conozco todos los misterios del motor.
Conseguimos abrir el contenedor girando un perno hacia la derecha y otro hacia la izquierda. Yo pensaba (o más bien confiaba) que podía estar cerrado con llave, pero lo cierto es que abrir el cajón fue la parte más sencilla de toda la operación. También podía abrirse desde dentro, que era otra de las cosas que me preocupaban. No quería terminar ahí encerrada como un gato en una trampa.
Por dentro el contenedor era una cueva de metal. Parecía mucho más grande que desde fuera. Nuestros pasos resonaron con eco cuando recorrimos de puntillas toda su extensión. Aunque, por supuesto, no había nada que ver. Era exactamente igual en un extremo que en otro.
—Vamos —les dije a los demás, porque sabía que Homer se disponía a abrir la boca para decir lo mismo y me había empecinado en adelantarme a sus movimientos. No me gustaba que Homer creyese que era nuestro amo y señor—. Ya es hora de ponernos a currar.
Y ya lo creo que tuvimos que currar. El montón de fertilizante y
gasoil que habíamos acumulado estaba a unos dos kilómetros de allí. Habíamos calculado bastante bien el tiempo y la velocidad del convoy, pero aun así encontré motivos de los que quejarme. Solo habría estado contenta si el camión se hubiese detenido justo a la altura de nuestra pila, o mejor aún, si se hubiera cargado solo. Homer le dijo a Kevin que no tendría que haber estropeado el depósito de carburante, porque si no lo hubiera hecho, yo habría podido devolver el camión al punto en el que se había estropeado después de acercarlo a las carretillas para cargarlo con el material. Aunque de todas formas, habría sido imposible. Siempre es dificilísimo girar con esos cacharros, y en una carretera tan estrecha como aquella, sin espacios ni isletas para hacer maniobras, tal vez hubiera tenido que llegar hasta la bahía de Cobbler para haber encontrado un sitio en el que dar la vuelta. Y eso no les habría gustado demasiado a los soldados.
Así pues, no nos quedó más remedio que volver a tomar las carretillas, reemprender nuestra marcha forzosa, refrescados por el frío aire nocturno, y sujetar con brazos cansados los pesados mangos de la carreta mientras nuestras piernas avanzaban temblorosas intentando mantener el equilibrio. Esta vez nos mantuvimos en la carretera y aguzamos el oído por si oíamos convoyes o patrullas, aunque sabíamos que el amanecer sería otro de los enemigos con los que tendríamos que enfrentarnos. Sin embargo, no pasó ningún convoy, ni parecía haber patrulla alguna en toda esa región.
La parte más complicada fue meter todos los sacos y los bidones en el depósito del camión. Tengo que admitir que en ese caso Homer también fue de gran ayuda. Puede que no sea más que un montón de huesos y músculos, pero nos fue de perlas a la hora de transportar los sacos. En especial para Fi, habría sido imposible levantar los sacos lo suficiente llenos como para meterlos por la compuerta, así que Homer se encargó de todos los de mi amiga. Yo ya sabía que Homer era fuerte, pero no sé de dónde sacó tanta energía.
En un abrir y cerrar de ojos, demasiado rápido para mi gusto, resultó que lo teníamos todo listo. Me quedé de pie en la carretera, detrás del camión, y miré a los demás intentando dominar la tormenta
de sentimientos. Me sentía igual que cuando ves que la manguera está a punto de salirse de la junta. ¿Qué haces primero? ¿Intentas volver a encajarla en la boca de riego? ¿Corres a cerrar la válvula? ¿Corres a sujetar la manguera? Algo parecido ocurría en mi cabeza. Me había medio imaginado que protagonizaríamos una sensiblona escena de despedida, en la que todos nos besaríamos y nos abrazaríamos mientras decíamos unas palabras. Tendría que haber sabido que no iba a ser así. En realidad, lo que ocurrió fue que Kevin me pasó la mecha y el detonador, y les entregamos a los demás nuestras botas, los calcetines y la ropa de abrigo, además de todo lo que llevábamos en los bolsillos, para poder nadar con más facilidad. Entonces nos quedamos plantados un momento y nos miramos a los ojos unos a otros. Nos daba un poco de vergüenza. Hasta que Homer dijo: —Bueno, tíos, nos vemos en el arroyo.
Era el punto de encuentro que habíamos acordado. Kevin le contestó: —Sí, hasta pronto.
Yo parpadeé mirando a Fi y me despedí con la mano de Robyn. Homer y yo nos metimos en el contenedor y después cerramos los portones.
En cuanto nos encontramos en esa oscuridad, me entraron ganas de salir corriendo y tirarme al cuello de los demás como una boa constrictora que se deja llevar por la emoción, pero, pasara lo que pasase, iba a mantener la cabeza tan fría como Homer.
Aquello estaba oscuro como la boca del lobo. Coloqué la mano a unos cinco centímetros de la cara y apenas vi un levísimo resplandor de piel pálida. En el exterior me había convencido de que todavía quedaba luz en el mundo, con esa pincelada de gris en el horizonte, pero una vez dentro del depósito, me costaba creerlo. Me daba tanto miedo que no se parecía a nada que hubiera vivido hasta entonces. Era una clase de aventura totalmente nueva. Las otras operaciones habían sido cosas locales, habíamos hecho lo que estaba en nuestra mano dentro del barrio, con gasolina y gas, materiales que empleábamos a diario en nuestra vida normal. Ahora estábamos en guerra y éramos soldados. ANFO, detonadores, mechas, intentar infiltramos en un
puerto y volar por los aires un barco: no era una chiquillada. Lo que pretendíamos hacer era un acto de sabotaje en toda regla. Era la batalla de la bahía de Cobbler, una guerra en condiciones, la guerra de verdad, un tipo de acción que solo deberían aventurarse a emprender cientos de soldados con uniformes y armas, personas con varios años de entrenamiento.
—Homer —dije. Sentí un miedo repentino a que hubiera desaparecido y yo me hubiera quedado sola en el mundo—. Homer, ¿dónde estás?
—Estoy aquí, tranquila.
Lo oí moverse hacia mí y empecé a palpar por delante de mi cabeza. Mis dedos se toparon con su cara: le toqué la piel áspera de la barbilla. Me rodeó con los brazos y acepté agradecida su amplio abrazo. Me resultaba extraño notar que Homer me abrazaba; no lo hacía muy a menudo y se veía a la legua que también él se sentía incómodo al hacerlo. Era como un cúmulo de ángulos afilados, nada relajado ni natural, pero aun así me gustó volver a notar cierta proximidad con él. Últimamente lo admiraba mucho, aunque procuraba que no se diera cuenta.
Se sentó apoyado en los sacos de nitrato de amonio y empezó a hablar en susurros. A pesar de la asombrosa cantidad de material que habíamos reunido, todavía quedaba una barbaridad de espacio libre en el receptáculo. Estaba convencida de que no se percatarían del peso. Estos camiones estaban acostumbrados a transportar veinticinco toneladas o más.
Hablamos de todo un poco: de las fiestas de debutantes, de los trasplantes de embriones de oveja, de un CD de heavy metal grabado por un grupo que se llamaba Bigger than Boeing, de por qué Robyn irritaba tanto a Homer algunas veces, de si las estalactitas colgaban del techo o del suelo. Hablamos de nuestros sueños para el futuro. Buf, cuánto habían cambiado. Ya no pensábamos en hacer viajes transoceánicos gracias a los intercambios de estudiantes, ni en coches trucados para ir al baile del pueblo, ni en estudiar cursos de gestión hotelera o biología marina. Ahora todo eso carecía de importancia.
Conseguir que nuestras familias se reunieran de nuevo. Poder pasear de día. Comer fruta fresca. Retomar los estudios. Ver a niños jugar en los columpios o en los balancines. Eso era todo lo que deseábamos. Cosas pequeñas.
Conforme la luz del exterior ganó intensidad, nos dimos cuenta de que había grietas y agujeritos, como poros, en los laterales del contenedor. Vimos que la luz era cada vez más brillante y potente. De todos modos, aunque no hubiéramos visto nada, habríamos sabido que se hacía de día por la temperatura del contenedor, que subía con rapidez. Parecía que ese día de invierno iba a ser cálido. Me esforcé por ver la hora que marcaba el reloj mientras me preguntaba cuánto tardarían en llegar, pero creo que debían de ser por lo menos las diez cuando por fin los oímos. El chirrido bajo de un vehículo que frenaba fue la voz de alarma. Dejamos de hablar y esperamos, tensando todos los músculos para oír mejor, como si los brazos, las piernas y el estómago participaran tanto como los oídos en esa actividad. Oímos cómo se detenía el vehículo. Oímos abrir y cerrar dos puertas de camión. Aunque no servía de nada, nos acurrucamos todavía más debajo de los sacos. Homer decía que lo más peligroso para nosotros sería lograr colarnos por la verja vigilada que daba al puerto. Yo no pensaba lo mismo. En mi opinión, los centinelas darían por supuesto que los mecánicos habían revisado el contenedor. Yo creía que el momento más peligroso llegaría cuando nos elevaran con la grúa para metemos en el barco carguero, porque el conductor de la grúa podía darse cuenta de que el contenedor pesaba más. Homer no estaba de acuerdo. Decía que el conductor no estaría acostumbrado a pensar mucho. Nadie se molestaba en informarle. Se limitaba a pasarse el día ahí sentado apretando botones. Si un contenedor de mercancías pesaba más que otro es probable que pensase que era por algún motivo del que no le habían informado.
Los peligros que nos acecharían después de ese momento serían distintos: peligros físicos asociados a la acción al límite. Pero estar aquí, sentados y esperando en la oscuridad, era horrible, porque era todo mental.
Cuando oí todos esos ruidos fuera, los portazos y los golpes metálicos, cuando noté que el contenedor se sacudía unas cuantas veces, dejé de preocuparme de los peligros futuros. Este peligro ya era suficiente para mí. Recé para sobrevivir a esta prueba. Oí voces, murmullos intermitentes. Oí el tintineo del metal. Oí cómo rebuscaban en la caja de herramientas. Oí un juramento: no lo dijeron en inglés, pero los tacos son inconfundibles en cualquier lengua. Entonces alguien consiguió encender el motor. Se puso en marcha pero no marchaba bien: petardeaba muchísimo y sonaba muy áspero. Oí un grito, el motor se apagó y luego nada: únicamente un largo silencio. No tardé en empezar a sentir escalofríos. Imaginé que rodeaban con sigilo el contenedor, que levantaban las armas poco a poco, hasta que me convencí de que, de un momento a otro, las puertas se abrirían de par en par y nos pillarían, nos sacarían de ahí a la fuerza y nos torturarían y matarían en algún rincón. Ni uno solo de los músculos de mi cuerpo estaba relajado. Notaba temblores que me recorrían igual que si me hubieran enchufado a un generador de doce voltios y hubieran encendido la corriente. Notar la mano de Homer en el brazo fue lo único que impidió que me incorporara de un salto y me pusiera a gritar. Por fin volvimos a oír el rumor del motor del otro vehículo. Le susurré a Homer al oído: «¿Qué opinas?» y noté que se encogía de hombros con impaciencia. No le gustaba hacer cábalas ni especular.
Oí que el vehículo maniobraba y giraba sobre los ejes. El ruido era tan envolvente que parecía llegar desde todos los puntos. Intercambiaron algunos gritos y el motor se estabilizó con una vibración constante. Y, de repente, el contenedor se movió. Aunque ya me lo esperaba en cierto modo, me agarré tan fuerte del brazo de Homer que noté el hueso. La caja dio una rápida sacudida y luego empezó a moverse sin prisa pero sin pausa hacia delante y hacia arriba, hasta que formó un ángulo que me pareció de unos 45 grados, aunque lo más probable es que no quedara tan inclinado. Un depósito de gasoil que no quedaba constreñido entre los sacos de fertilizante empezó a resbalar lentamente por el suelo en pendiente. Lo agarré como si me estuviera ahogando y el barril fuera un salvavidas, me aferré a él con
uñas y dientes con la esperanza de que los hombres que había fuera no oyeran el ruido. Homer me agarró a mí y me di cuenta de que en una escala de miedo, los dos estábamos casi en el mismo valor. Entonces empezamos a movemos de verdad. Se oyó un claqueteo y poco a poco notamos que avanzábamos a trompicones. Tenía ganas de sonreír, pero no podía. Sabía que en algún lugar, Robyn, Lee, Kevin y Fi estarían observándonos, y me pregunté si sonreirían o si estarían demasiado asustados para hacerlo. No habíamos acordado que nos cubrieran las espaldas si nos descubrían, pero yo había dado por supuesto que tendrían las armas preparadas por si acaso. Habría perdido mucha credibilidad ante el grupo si lo hubiera mencionado delante de ellos, pero ahora recé con todas mis fuerzas para que estuvieran apuntando con las armas hacia el camión.
El trayecto hasta la bahía de Cobbler fue incómodo y desagradable. No podíamos ver las curvas, claro, así que todas nos pillaban por sorpresa. Nos servíamos de los sacos de fertilizante como amortiguadores para evitar salir disparados. No eran lo mismo que un airbag, pero hacían su función. Era imposible adivinar cuánto habíamos recorrido y cuánto camino nos quedaba por delante: pensé que habíamos llegado ya a la bahía diez minutos antes de que llegásemos de verdad En realidad, me había convencido de que nos habíamos equivocado y el contenedor no iba a la bahía de Cobbler sino a otra; terminaríamos en alguna ciudad remota, sin saber ni dónde estábamos.
El camión frenó y oí que cambiaban de marcha cuando, por primera vez en todo el periplo, tomamos una carretera llana. Entonces, con un leve balanceo, acabamos por detenemos. Para entonces tenía la boca tan seca que era incapaz de cerrarla. Seguro que parecía un pez: en ese ataúd seco daba bocanadas para coger aire pero el pánico me impedía respirar con normalidad. Tenía la mente casi en blanco. Era como si ya no fuera capaz de pensar. Oía voces y el ronroneo del motor, pero no lograba darles sentido alguno. Me quedé allí sentada, esperando a que ocurriera algo. Al cabo de un minuto ocurrió: empezamos a movernos otra vez, todavía en la carretera recta y lisa. Giramos a la derecha, luego a la izquierda y después pasamos por
encima de unos cuantos baches regulares, como si cruzáramos por encima de las vías del tren.
—Estamos en el muelle —me susurró Homer al oído.
Su voz me pilló tan desprevenida que activó mi cerebro y logró que empezara a pensar de nuevo. Me percaté de que tenía razón: de pronto estábamos sobrecogedoramente cerca de nuestro objetivo. Habíamos cruzado el temido puesto de control de la entrada tan tranquilos, sin que me diera cuenta.
Después de la impresión de este cambio repentino en nuestra situación no ocurrió nada más durante las siguientes tres horas. El tiempo pasaba muy lento. Nos quedamos sentados en silencio; el sudor me resbalaba por la cara y notaba aguijones en los ojos. El cuello, las axilas y las ingles empezaron a picarme de un modo muy desagradable por los nervios y la humedad. Aunque por supuesto, no podíamos hacer nada. Estábamos a su merced. Si decidían dejamos allí olvidados en el muelle durante una semana, ¿qué sería de nosotros? Mi mente seguía cavilando demasiado lenta para pensar en las opciones. Supongo que me limitaba a aceptar vagamente que, si eso ocurría, tendríamos que forzar la puerta, saltar fuera del contenedor y huir a nado. Sé que cada vez que pienso en agua me muero por dar un trago, así que, para no consumirme por la desesperación, tuve que obligarme a visualizar otra imagen mentalmente. La sed era sin duda lo peor, hasta tal punto que incluso el miedo a que nos dispararan pasó a un segundo plano.
Un golpetazo en el techo fue la primera pista de que algo había cambiado. Dio con tanta fuerza que me levanté de un brinco alarmada y ahogué un grito. Pensaba que algo iba a entrar directamente por el techo. Busqué a Homer y vi su silueta oscura enfrente de mí. Él también estaba de pie e igual de ansioso. Miraba hacia la fina lámina de metal que teníamos encima: todavía retemblaba por el impacto.
La caja se elevó y entonces sí solté un chillido asustado. Era rarísimo notar que flotábamos en el aire, oscilando levemente conforme ganábamos altura. El contenedor se inclinó y se balanceó. Miré fijamente a Homer. Vi el brillo de sus dientes cuando me sonrió,
pero aun a pesar de la falta de luz, me di cuenta de que era una sonrisa forzada, probablemente dibujada para evitar que le castañetearan los dientes. Le devolví la sonrisa, igual de falsa. Con el bamboleo del contenedor, después de tanto rato de baches y curvas por las colinas, y de la larga espera en ese espacio recalentado una vez en el muelle, temí que fuera a marearme. Podíamos habernos levantado del suelo un metro o cien metros; no había forma de saberlo. Ni siquiera era capaz de adivinar si estábamos subiendo o bajando.
Y, de repente, tuve la impresión de que nos desgajaban de la luz brillante y despiadada y nos introducían en una oscuridad absoluta. Hacía frío y no se veía nada; por un instante absurdo pensé que nos habían soltado en el Infierno.
14
ESTA vez sí que agarré fuerte a Homer. Afuera reinaba el silencio y eso, unido al frío repentino, me hizo pensar que no estábamos en el Infierno sino en una tienda de congeladores. Unos minutos más tarde el contenedor dejó de moverse y aterrizó por fin sobre una base firme. Algo ruidoso y pesado arañó la superficie del techo y desapareció. Yo seguía aferrada a Homer, pero él se zafó de mí y anduvo unos pasos para otear por la diminuta rendija del lateral de la caja. Ya habíamos intentado espiar por esos orificios varias veces, pero lo único que habíamos conseguido averiguar había sido la intensidad con la que brillaba el sol. Los agujeros eran demasiado pequeños. El caso es que Homer se quedó embobado mirando por esa rendija durante un buen rato, pero dudo que viera algo. No había nada que nos diera pistas sobre lo que ocurría; nada salvo el silencio de nuestra tumba.
Nos quedamos allí otra hora y media más o menos. No tardamos en coger frío y empezar a temblar de forma descontrolada. Yo tenía espasmos e intensas convulsiones seguidos de temblores normales, pero no dejaba de temblar de un modo u otro ni un momento. Por supuesto, la culpa era de lo mismo de siempre: frío y miedo. A esas alturas ya debería haber estado acostumbrada a las dos cosas.
A lo largo de esa hora y media no habíamos percibido ni un solo sonido a nuestro alrededor, y llegó un punto en el que pensé que, o hacíamos algo ya, o al final seríamos incapaces de movernos. El frío no había reducido mi sed, pero se me ocurrió que hacer un poco de ejercicio me serviría por lo menos para pensar en otra cosa, aunque sabía que no habría una lata de Pepsi bien fría esperándome después del esfuerzo. Me acerqué a Homer y le toqué el codo. Luego susurré: —Voy a echar un vistazo.
No me respondió, cosa que tomé por una señal de aceptación, de modo que empecé a encaramarme por los sacos de fertilizante. Llegué
a las puertas del contenedor y, con dedos entumecidos, forcejeé con la manija de cierre. Chirrió cuando la hice girar, así que esperé con el corazón en un puño. Al ver que no pasaba nada, terminé de girarla hasta que noté que cedía ante la presión de mis manos. Entonces empecé a empujarla hacia abajo. Centímetro a centímetro se desplazó con un chirrido constante. Sin necesidad de mirar a mi alrededor, noté la tensión de Homer a mi espalda. Por fin, con un traqueteo áspero, el pestillo quedó liberado. Me incliné contra él con la cabeza apoyada en la barra de metal y agarrando la manija con las dos manos para que las puertas no se abrieran de golpe como un resorte. Estábamos a punto de salir a lo desconocido. Podía tratarse de nuestros últimos momentos de vida.
—Aún no —murmuró Homer a mi oído.
Esperé otros tres o cuatro minutos antes de empujar el portón con un crujido.
Me colé abriendo la puerta lo mínimo y me encontré en un gigantesco espacio oscuro lleno de contenedores de mercancías idénticos al nuestro. El leve balanceo bajo mis pies, imperceptible dentro del receptáculo, me confirmó que íbamos a bordo de un barco. Oí los crujidos y gemidos metálicos del casco de la embarcación. Miré a mi alrededor admirada. Nos disponíamos a destruir todo esto. Si conseguíamos hacer lo que queríamos, convertiríamos nuestra inocente caja en una bomba potentísima y, en cuestión de horas, todo aquello acabaría en el fondo del mar.
Respiré hondo y di un paso adelante. El lugar olía como si nunca hubiera estado en contacto con el aire puro. Los gases desprendidos por el diésel se mezclaban con el salitre y la cuerda y la pintura y el desinfectante. No era agradable, pero tampoco sorprendente, pues así era como imaginaba que olería un barco. Suponía un cambio respecto del olor a nitrato de amonio del contenedor.
Allí no había nadie; saltaba a la vista. La escotilla del techo estaba cerrada y no se oían voces, ni se percibía presencia humana. Me volví hacia Homer: por fin pude distinguir su silueta con claridad.
—¿Qué opinas? —le pregunté.
—Tendríamos que prepararnos. Lo ideal sería dejarlo todo listo para que solo haga falta encender la mecha. Luego, en cuanto se haga de noche, la prendemos y salimos por el lateral.
—Vale. Ostras, me muero de sed.
—Ya. Me parece increíble que no trajéramos agua.
Regresamos al contenedor y cerramos las puertas después de entrar, pero sin ajustarlas del todo. Nos pusimos manos a la obra y preparamos como si tal cosa el arma más potente que hubiera podido imaginar cualquiera de nosotros. Pero era curioso: lo hice sin pensar en bombas. Puse el piloto automático, como si hubiera estado preparando el alimento para las ovejas laneras que criaba mi familia. No había mucho que hacer. Cortamos los sacos y desperdigamos el contenido un poco para que el combustible lo empapara bien; luego movimos los barriles de gasoil y vertimos el líquido inflamable. Kevin había calculado las proporciones: seis por ciento del peso. Rociamos bien el fertilizante con el combustible. Era como aliñar una ensalada generosa. Metí la mano en la montaña granulosa y saqué un puñado de nitrato. Los granitos amarillos estaban aceitosos, pero no mojados. En el punto exacto.
El olor a gasoil era cada vez más insoportable. Intenté no pensar en él y, bajo la atenta mirada de Homer, empecé a preparar la mecha y el detonador. Lo que tenía que hacer era fabricar una bomba pequeña que hiciera estallar la bomba grande. Cogí el pedazo de tubería que habíamos encontrado en la granja y lo llené de ANFO antes de adherir el detonador. Tenía que cerrar el extremo de manera hermética retorciéndolo, cosa que era bastante peligrosa. No habíamos encontrado alicates especiales para pinzar, así que tuvimos que emplear unos alicates normales de metal. El problema era que con una sola chispa podía encenderse la mecha. Tenía que ser increíblemente cuidadosa. Movía los alicates con muchísimo tacto y me secaba las manos cada diez segundos para quitarle el sudor, que hacía que se me resbalara la herramienta. La cuestión era no dejar que los alicates golpearan contra la tubería metálica. Habría sido más fácil si el tubo hubiera estado vacío.
Por fin lo logré. Ya no se nos ocurría qué más hacer. Así pues, cerramos las puertas del contenedor, buscamos un rincón de la bodega y nos tumbamos a esperar. Me apoyé contra Homer, quien me rodeó con el brazo. Ninguno de los dos abrió la boca. Me encantaba notar el abrazo de su cuerpo fuerte, e incluso conseguí dormir un rato. En un momento dado sacó nuestras provisiones: un paquete de galletas Morning Coffee que estaban rotas, rancias y blandas, y dos cajitas de gominolas, unas de lima y las otras de piña.
Me dio a elegir y me decanté por las de piña.
Lo malo de comer eso fue que aumentó mi sed hasta un punto insoportable. Era incapaz de pensar en otra cosa y, cuanto más pensaba en beber, más sed tenía. Se me pasó por la cabeza pegar un trago de gasoil y lamenté que lo hubiéramos vertido todo para preparar la bomba. Tenía la boca caliente y seca y notaba la lengua hinchada y pastosa. Me costaba incluso hablar, aunque tampoco es que quedara mucho por decir. Volví a recostarme apoyándome en las costillas de Homer, notaba cómo subían y bajaban con cada respiración ansiosa. Intenté obligarme a dormir, pero no conseguí dejar de pensar en cuándo se haría de noche.
De forma gradual y con una lentitud enfermiza, el tiempo fue avanzando. A las cinco y media aproximadamente, según marcaba el reloj de cuerda de Homer, muy poco preciso, empezamos a ponernos nerviosos. Al notar que el ambiente se enfriaba aún más, supusimos que el anochecer estaría próximo. Calculamos que la mecha tardaría entre veinte y veinticinco minutos en arder, así que no podíamos permitirnos mucho margen de error. Encontrarnos la salida de la bodega: una escalera de acero que subía en vertical hacia la oscuridad desde una trampilla metálica. Por supuesto, no era la escotilla principal de la bodega, sino una entrada pequeña para personas. Supongo que los marineros la empleaban cuando estaban en alta mar y querían comprobar que no se había movido la mercancía. Homer subió la escalera con cautela y empujó suavemente la trampilla. Se levantó. Al parecer, salir de allí no sería muy complicado. Lo que encontráramos una vez que hubiésemos salido sí podía ser peliagudo.
El reloj de Homer marcaba las siete. «La hora de las noticias de la ABC», pensé. Ese era uno de los rituales de mi familia. Mi padre siempre tenía que ver las noticias de la ABC. Ahora, en lugar de ser la hora del noticiario, era el momento de que hiciéramos volar por los aires un barco en la bahía de Cobbler. La vida había cambiado bastante.
—¿Qué opinas? —le pregunté a Homer con la lengua hinchada y los labios secos y cortados. Su aspecto era igual de horrendo.
—No aguanto más —me dijo—. Vamos a hacerlo de una vez.
Era mucho más temprano de lo que habíamos planeado, pero yo estaba totalmente de acuerdo con Homer, de modo que la respuesta fue unánime.
Regresamos al contenedor metálico Me sentía rara, ingrávida, como si caminase por el aire.
—¿Lista? —me preguntó Homer.
Asentí con la cabeza.
—Sería gracioso si nos hubiéramos dejado las cerillas —susurré.
Homer no se rio. Se quedó allí plantado junto a los portones del contenedor mientras yo extendía el cordón de la mecha al máximo.
—No sirve de nada que los dos nos quedemos aquí esperando —dije—. Sube por la escalera y ten la trampilla abierta.
Me obedeció sin rechistar mientras yo sacaba la caja y elegía una cerilla. Tuve que intentarlo unas cuantas veces hasta que prendió, pero luego salió una llama incandescente que me hizo daño a la vista.
—Bueno, allá vamos —dije en voz alta, aunque esperé a que ardiera un poco más para acercarla a la mecha.
La llama subió hacia mis dedos y me los chamuscó un poco antes de que la mecha prendiera. Sacudí la cerilla con movimientos rápidos y me quedé mirando unos segundos para asegurarme de que la mecha ardía bien. Sí. Corrí hacia la escalera.
En la bodega hacía frío, pero en cuanto Homer levantó la trampilla una rendija, el aire nocturno me pareció realmente helador. Con la ropa tan ligera que llevábamos (pantalones cortos y camiseta, nada más) no teníamos forma de protegernos de la helada.
—¿Lista? —me preguntó Homer, y volvió a bajar la portezuela por encima de nuestras cabezas.
Estábamos los dos apiñados en la parte superior de la escalera, con los pies en el mismo peldaño. Asentí. Era imposible que hubiera visto el movimiento de mi cabeza, pero supongo que lo dio por hecho.
—Directos a la barandilla de la izquierda y saltamos —me susurró.
—A babor —dije, pero dudo de que Homer me oyera.
Levantó otra vez la trampilla y temblé una vez más al notar el inhóspito aire frío que se colaba en la bodega como una bocanada de hielo. El cielo estaba oscuro: ni una sola estrella a la vista. Homer había sacado la cabeza casi entera y miraba en todas direcciones con cautela. Lo único que podía hacer yo era acurrucarme detrás de él y esperar. Me daba mucha rabia sentirme tan indefensa, depender tanto de otra persona. Me ponía nerviosa ver cuánto tardábamos, notar que perdíamos el tiempo sabiendo que la bomba de relojería ya estaba en marcha. Pero, de repente, Homer salió disparado. Subió con tanto ímpetu que al principio pensé que alguien lo había agarrado del pescuezo y lo había sacado a la fuerza del agujero. Pero no, se había impulsado él solo. Cuando lo seguí me di cuenta. Corrió por la cubierta y se cobijó detrás de un mástil metálico. Cerré la trampilla, poniendo el máximo cuidado, y lo maldije por haberme emplumado esa tarea a mí, luego me reuní con él e intenté orientarme. ¿Qué parte del barco era la delantera y cuál la trasera? ¿O cual era proa y cuál popa, o como fuera que se llamasen? Miré hacia la derecha —estribor— y vi que la amplia y larga cubierta se estrechaba mientras iba desapareciendo en la oscuridad. Así por lo menos supe dónde estaba. Pero todavía quedaba un buen trecho para llegar a la borda. Homer fue primero en echar correr y yo lo seguí de inmediato, pero lo hice en diagonal, para dirigirme a una parte distinta de la barandilla.

Cuando ya llevábamos medio camino recorrido fue cuando las cosas empezaron a torcerse. 

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