Capítulo
11
Muy a menudo, las cosas más
insignificantes suelen ser también las más difíciles. Acabábamos de pasar una
noche marcada por la muerte y el terror, el miedo y el pánico. Habíamos visto a
muchas personas morir, una de ellas frente a nuestras narices; habíamos perdido
gran parte de nuestras pertenencias: nunca recuperaríamos nada de lo que
guardábamos en las tiendas del campamento de los Héroes de Harvey. Y, sin
embargo, trepar el árbol que nos llevaría de vuelta al Infierno resultó ser lo
más difícil de todo.
Poco antes, averigüé que, al fin y al
cabo, no lo había perdido todo. Estábamos junto al árbol, esperando a que Robyn
regresara. Ella había recogido todo lo que encontramos en los bolsillos del
soldado y había vuelto a su tumba, escondida entre los matorrales para
arrojarlo ahí. Había recogido también el cuchillo, pegajoso y manchado de
sangre. Me recordó a mí misma cuando cogí la escopeta ensangrentada de Homer
durante la emboscada de Buttercup Lane. Al verla hacerse con el cuchillo,
aquella imagen grabada en mi memoria afloró con un escalofrío.
Solo conservamos la linterna.
Total, que allí estábamos, Lee, Fi y
yo, esperando a Robyn y observando a Homer, que utilizaba una ramita para
remover la tierra y borrar nuestras huellas. Debíamos evitar que encontraran
nuestra vía de acceso. Mientras lo observábamos, Lee buscó mi mano y colocó un
pequeño objeto en ella. Era caliente y peludo y, durante un segundo, temí que
se tratara de algo asqueroso. Cuando bajé la vista con una mueca en los labios,
vi que era Alvin, mi osito de peluche de color chocolate, no más grande
que un paquete de cigarrillos. Le faltaba un ojo, tenía ambas orejas
desgarradas y un parche roído en el culete, pero era Alvin. Mi osito.
—Ay, Lee —dije, con los ojos llenos
de lágrimas—. Lo daba por perdido.
Y
con aquella quise decir: «Y a ti también».
Se limitó a encogerse de hombros,
pero yo sabía que se sentía complacido.
—¿Cómo lo encontraste? Ay, Lee, me
tenias muy asustada. Parecías otra persona.
Pasó por alto mis últimas palabras,
pero sí respondió a la pregunta.
—Lo recuperé en tu tienda.
—¿Qué? ¿Cómo lo conseguiste?
—Me colé por la parte trasera. Quería
esperarte. Eras la única persona con la que me apetecía hablar tras lo ocurrido
en la carretera. Fue entonces cuando empezó al tiroteo. Alvin estaba en
el suelo, justo a mis pies, así que lo cogí y salí de allí.
—¿Adónde fuiste?
—Me arrastré por el suelo hasta
ponerme a cubierto.
—¿Cómo? ¿Dónde?
—Tras unos cadáveres.
—¿Tras unos cadáveres?
—Había cuatro personas sentadas en la
zona del comedor. Cuando les dispararon, cayeron en fila, cada uno apoyado en
el de al lado. Me escondí detrás de ellos.
—Dios mío.
—Me quedé allí hasta que los soldados
empezaron a aparecer por el campamento. Habían hecho prisioneros a unos
cuantos; todos los demás estaban muertos. Vi lo que hacían con los cadáveres y
también lo que hacían con los prisioneros. De modo que corrí.
—¿Te vieron?
Robyn había regresado, y aunque había
llegado el momento de escalar, Lee nos tenia demasiado absortos con su
historia.
—–Sí, pero no pudieron abrir fuego,
porque habrían herido a los de su propio bando. No estaban muy organizados que
digamos. En cuanto salí del recinto del campamento, acribillaron la maleza a
balazos. Yo ya me lo esperaba y me escabullí, pegado al suelo, resguardándome
detrás de
los árboles. Finalmente, vi que estaban prendiendo fuego a las tiendas. No me
siguieron.
—Pues a mí, sí —dijo Fi en un hilo de
voz.
—Ya, pero tú eres una chica —contestó
Lee con tono agrio—. Ya he visto lo que hacen con las mujeres que capturan.
Homer empezó a trepar por el árbol.
—¿Y que pasó luego? —pregunté en tono
acuciante.
—Eché a correr y no me detuve. Para
cuando logré calmarme un poco, no tenía ni idea de donde me encontraba. Al
final supuse que si habíais sobrevivido, acudiríais aquí, pero todavía tenía
que pensar en el modo de llegar.
Robyn empezó a trepar detrás de Homer
por el árbol. Fi se colocó en posición para hacer lo propio.
—¿Qué pasó contigo cuando estábamos
en el cortafuegos? —pregunté.
—Bueno, cuando empezaron a
dispararnos, eché a correr como loco. Y al darme cuenta de que os había perdido
de vista, se me ocurrió que lo mejor sería regresar al campamento.
—Gracias por el osito —dije. Me quedé
mirando el precipicio durante un momento, pensando en todo tipo de cosas. Me
pregunté cuánto tiempo debía de llevar allí aquella pared rocosa y de que otros
acontecimientos habría sido testigo. Deseé poder escribir su historia, crear
algo imperecedero, algo bueno. Me volví hacia Fi—. Vamos, Fi de Wirrawee. Sube
como un koala. Como Alvin.
Me colgué del hombro el fusil del
soldado muerto y observé a los tres. Homer ya había llegado arriba, que en
realidad era la sólida parte baja del viejo tronco blanco porque, como era
lógico, se había desplomado desde arriba, Robyn lo seguía de cerca. Fi empezaba
a subir despacito hacia ellos.
—¡Os dije que teníamos que haber
cogido cuerda! —gritó Homer.
—¿Recuerdas lo que te enseñaron en el
campamento de Outward Bound? –preguntó Robyn–. Tienes que clavar la punta de
los pies y ayudarte con las yemas.
Y a aquello se reducían todos
nuestros conocimientos en materia de escalada
en roca.
Homer dejó atrás la seguridad que
ofrecía el tronco y trepó por el último trecho del precipicio. Incluso desde
abajo pude distinguir cómo se le tensaban los músculos de los brazos y las
piernas mientras buscaba puntos de apoyo. Tenía la cabeza a un lado y parecía
un insecto gigante reptando por la pared rocosa. Observábamos nerviosos,
conscientes de que pronto nos tocaría seguirlo. Solo lo separaban de la cima
unos escasos metros, pero fallar en aquel momento podía costarle muy caro.
Entonces, echó un brazo por encima del borde del precipicio y, con un último y
tremendo esfuerzo, se aupó. Salió de nuestro campo visual durante un momento
antes de reaparecer, de pie en la cima, mirando hacia abajo, sonriente.
—Pan comido —dijo.
Después le tocó a Robyn, que se movía
muy rápido. Subió de un tirón, en un esfuerzo continuo, hasta rodar también
sobre la cima. Para entonces, Fi ya había llegado a lo alto del tronco. Miraba
hacia arriba, visiblemente inquieta.
—Vamos, Fi —grité desde abajo.
Lee emprendió el ascenso mientras Fi
tanteaba con el brazo en busca de un punto de apoyo. Las voces de Homer y
Robyn, como altavoces estereofónicos, la animaban a subir. Ella avanzaba muy
despacio, utilizando el interior de los pies en lugar de las puntas. De
repente, se quedó paralizada. Pude ver cómo le temblaban las piernas.
—Vamos, Fi —vociferábamos todos.
—No puedo —gimoteaba ella.
—Vamos, Fi —la apremió Robyn—. Los
soldados se acercan.
No era cierto, pero funcionó. En un
movimiento algo precipitado, Fi consiguió ganar un metro más, tendió el brazo y
logró agarrar la mano de Robyn. Menos mal que ella la atrapó al vuelo. No
quiero ni pensar en lo que habría sucedido si no lo hubiese hecho. Aun así,
Robyn tuvo que tirar y seguir tirando de Fi, que colgaba como un peso muerto, y
arrastrarla hasta la cima.
Fi había demostrado fuerza y valor en
más de una ocasión pero, por lo visto, las doce últimas horas se lo habían
arrebatado todo.
Lee alcanzó la cima sin problema
alguno. Definitivamente, ser alto ayudaba
mucho. Para cuando lo consiguió, yo lo miraba desde la última rama. Calculé mi
ruta: pasaría algo más a la derecha de Lee. Y, tragando saliva de puro miedo,
abandoné la seguridad del árbol e inicié el ascenso. Lo más importante era no dejarme
llevar por el pánico. Cada vez que me invadía la horrible sensación de que
podía caer, de que caería sin remedio, me instaba a mí misma a pensar con
valentía, a retomar el control de mi mente, a ser fuerte. Pero el cansancio
físico estaba haciendo mella en mí. Estaba hambrienta, me dolía la rodilla, y
estaba tardando demasiado en subir, agotando mi energía. Aceleré un poco, miré
hacia arriba y vi la mano de Homer tendida hacia mí, a mi alcance.
—No necesito ayuda —le espeté.
Y en ese preciso instante, caí.
Sucedió muy rápido, sin que apenas me diese cuenta. Me fallaron los dedos,
todos a la vez, y perdí el agarre. Estaba demasiado lejos del árbol como para
alcanzarlo, y era consciente de que tenía dos opciones: o utilizar las manos
para frenarme y destrozármelas en el intento, u optar por la caída libre y
partirme las piernas. Usé las manos. Estaba tan pegada a la pared rocosa que no
dudé en adherirme a su superficie y agarrar, arañar, utilizar cualquier punto
de contacto posible, rodillas, dedos de los pies, el pecho de vez en cuando y,
las manos, durante todo el descenso. Aterricé sin haber alcanzado en ningún
momento una velocidad descontrolada. Aun así el impacto fue brutal. Volví a
golpearme la rodilla. Rodé por el suelo hasta acabar mi carrera contra una
roca. Me quede allí hecha polvo, maldiciendo el mundo entero. No me atreví a
mirarme los dedos. Me levanté y me sacudí el polvo de la ropa antes de regresar
junto al árbol. Enfadada, emprendí de nuevo el ascenso, ignorando el escozor de
las manos, la punzada de la rodilla, el dolor de la espalda. Desde lo alto me
llegaban gritos de desesperación: los cuatro asomaban la cabeza y graznaban
como cacatúas solitarias.
—Estoy bien —mascullé, consciente de
que no podían oírme.
Alcancé el extremo del tronco muerto
y blanquecino y me quede allí un minuto, abrazada a él, temblando un poco.
—Tíranos el fusil —gritó Homer.
Reparé entonces en que todavía
llevaba colgada el arma automática. De ahí el dolor de la espalda. Tuve suerte
de que no se hubiese disparado. Me la quité con torpeza y la sujeté en las
manos durante un momento antes de lanzarla con fuerza hacia la cresta. Apenas
llegó hasta ahí, pero
Robyn la agarró por la culata cuando estaba a punto de caer otra vez y se la
llevó. Un minuto más tarde, reapareció a mi izquierda.
—Por aquí, Ellie —gritó.
Había una suave cornisa por ese lado,
pero como no conducía a ningún sitio, nadie la había utilizado. Ahora
comprendía lo que pretendían: habían formado una cadena humana. Lee sujetaba a
Robyn, que colgaba al borde del precipicio y tendía el fusil hacia mí. No podía
ver quién tenía cogido a Lee. Me desplacé hasta allí y estiré el brazo. Solo
pude alcanzar el cañón del arma.
—¡Ellie, cómo tienes las manos!
—exclamó Robyn.
—Espero que hayáis descargado esta
cosa —dije.
—Ya está hecho. ¿Puedes sujetarme?
—Sí, adelante.
—Tú hazlo.
Empezó a retroceder, arrastrando los
pies. Las dos sujetábamos firmemente el arma. Durante un momento, Robyn cargó
con todo mi peso, pero pronto pude apoyarme en el pie para ayudarla y escalar
el último tramo de pared. Acto seguido, Homer y Fi me agarraron de las axilas y
me arrastraron hasta la cumbre. Aterricé sobre Robyn y me aparté gateando antes
de desplomarme en el suelo, hecha pedazos.
Fi tomó mi mano derecha y se quedó
horrorizada. Levanté la cabeza y miré con curiosidad: tenía la piel levantada y
cubierta de sangre, las yemas de los dedos en carne viva. Solo se salvaba el
pulgar. La mano izquierda presentaba prácticamente el mismo aspecto. Cuando más
las miraba, más me escocían.
No podíamos hacer otra cosa que
llorar, y eso hicimos. «No hay nada como una buena llorera para desahogarse»,
decía mi abuela. Teníamos frío, estábamos muertos de hambre, y todos con
dolores, moretones y arañazos. Y, lo peor de todo, estábamos conmocionados y
profundamente tristes. No serían más de las siete y media de la mañana, y el
sol aún no pegaba con suficiente fuerza como para caldear y alumbrar las
terribles tinieblas que se habían adueñado de nosotros durante la noche. De
modo que nos quedamos allí sentados, bajo los árboles —la precaución seguía
siendo una prioridad para nosotros—, berreando como críos. Me goteaban los ojos
y la nariz, y cuando pretendí enjugarlos, las manos me dolían tanto que me eran
inservibles.
Fi
yacía con su cabeza en mi regazo y lloró hasta empaparme los pantalones.
En cuanto me quedé sin lágrimas, alcé
la cabeza y eché un vistazo a mi alrededor. Dábamos pena. Robyn tenía toda la
cara cubierta de sangre seca; Lee lucía un ojo morado que empezaba a adoptar un
tono negruzco. Olíamos como si no nos hubiésemos lavado en meses. Habíamos
perdido peso desde la invasión, por lo que además de raída y sucia, la ropa nos
quedaba holgada. Miré a Lee. Estaba allí de pie, con el monte a sus espaldas,
devolviéndome la mirada con semblante tranquilo. Como a menudo pasaba con las
personas de estatura alta, solía tener la cabeza algo gacha y se le veía la
curva formada por la nuca. Llevaba una camiseta gris atravesada por un rayo y
con las palabras «Born to Rule Tour» estampadas. Sabía que en el dorso estaba
el nombre de su grupo favorito, Impunity. Sus vaqueros estaban desgarrados en
la rodilla, y de una de las botas asomaban un cordón que se había roto y
anudado tantas veces que era imposible destituir dónde estaba el lazo. Como de
costumbre, llevaba la camiseta por fuera de los pantalones. Tenía el hombro
derecho raído, un desgarrón a la altura del corazón y una quemadura había
dejado un agujero bajo la palabra «Rule». La parte de abajo estaba hecha
jirones.
Y, sin embargo, se lo veía tan
grácil, tan digno, que me enamoré perdidamente de él en aquel preciso instante,
como nunca antes me había enamorado. Le lancé una débil sonrisa y levanté a Fi
de mi regazo.
—Vamos, chicos —dije—. Larguémonos de
aquí.
—¿Sabías que esa es la frase más
recurrente en las películas? —apuntó Lee, mirándome con la cabeza hacia un
lado. Yo tuve la extraña sensación de que me estaba leyendo la mente.
Pero todo lo que pude confesar fue
un:
—¿Qué?
Se encogió de hombros.
—Digo que es la frase más recurrente
en el cine. Sale en un setenta por ciento de las películas, o algo así.
Se acercó a mí y me ayudó a
levantarme mientras los otros se ponían en marcha. Cruzamos despacio el arroyo
para emprender el viaje que tanto temía: una interminable y ardua lucha
remontando, encorvados, el curso
del río, y avanzando a contra corriente por un agua fría. La única parte buena
—y mala al mismo tiempo— era que ya no cargábamos con el peso de las mochilas.
Pasé gran parte del tiempo que duró la caminata haciendo inventario de las
cosas que había perdido. Fue deprimente. Ya nos habían arrebatado muchísimo, y
me parecía injusto que no dejásemos de perder más y más cosas. Puede que con el
tiempo acabásemos perdiendo todo: la felicidad, el futuro, la vida. Y quizá ya
hubiésemos perdido dos de esas tres cosas. Se me escapó alguna que otra lágrima
más mientras bregábamos por remontar el arroyo hasta el Infierno.
Lo más gracioso de todo aquello fue
que, cuando por fin llegamos al campamento, no era más que media mañana. Como
mínimo, me pareció la hora de comer. Antes de la invasión, nuestras jornadas
rara vez empezaban antes de las nueve de la mañana: la hora de sentarse en
clase, despeinados, frotándonos los ojos y bostezando. Y ahora, antes del
desayuno, habíamos vivido, habíamos sufrido más de lo que razonablemente cabe
esperar de toda una vida.
Otra lección que debía aprender: las
expectativas ya no significaban nada. No teníamos derecho a albergarlas. Y eso
incluía todo aquello que dábamos por sentado: al fin y al cabo, dar algo por
sentado implica tener expectativas. Para empezar, di por sentadísimo que Chris
estaría allí. En ningún momento me había planteado lo contrario. Pero el caso
es que no estaba.
Al principio, no nos inquietamos
demasiado. Lo llamamos a gritos mientras devorábamos la comida a manos llenas.
Bueno, al menos, eso es lo que hicieron los demás; a mí me dolían demasiado las
manos y estaba mareada. Había pensado que tenía hambre, pero de repente era
incapaz de comer. Me senté sobre un tronco y observé a Robyn engullendo alubias
de bote y queso; a Lee abalanzándose sobre las galletas y la mermelada; a Fi
comiendo una manzana y frutos secos; y a Homer dándose un atracón de muesli.
Aún con la boca llena, Robyn fue a por el maletín de primeros auxilios y lo
dejó junto a mí.
—¿Cómo tienes las manos? —preguntó.
—Bien. Creo que la rodilla me duele
más.
En el camino de vuelta, mientras nos
arrastrábamos río arriba, había sumergido varias veces las manos en el agua
para limpiarlas de gravilla y tierra. Ahora, la piel de los dedos se veía
tierna y blanda. Sin embargo, las yemas en sí eran como fresas oscurecidas por
la sangre de las que colgaban
pequeños jirones de piel. Básicamente, las puntas de los dedos habían quedado
lijadas. La gravilla me había desgarrado ambas palmas, que también me escocían
pero no pintaban tan mal como las yemas. Robyn me untó pomada en todas las
zonas ensangrentadas y, acto seguido, me cubrió cuidadosamente cada yema con
gasa y vendas. Al mismo tiempo, me dio de comer, como un pájaro hace con su
polluelo. Imagino que debía de tener una pinta ridícula con mis ocho dedos
apuntando al cielo, todos ellos bien envueltos en su capucha blanca. Pero lo
cierto era que me sentía mucho mejor, sobre todo con unos cuantos dátiles y galletas
en el estómago.
—¿Dónde crees que puede estar Chris?
—le pregunté cuando terminó de vendarme el último dedo.
—No tengo ni idea. Llevamos fuera
mucho tiempo. Espero que esté bien.
—Tiene que haberse sentido muy solo,
aquí sin nadie más.
—Seguramente, aunque dudo que eso sea
un problema para Chris.
—Sí, es un tío particular.
Después de comer, emprendimos una
búsqueda en toda regla. Claro que en el Infierno no había muchos sitios en los
que buscar. Sabíamos que no estaba en la cabaña del Ermitaño, porque ya
habíamos pasado por allí a la vuelta. Homer y Fi miraron por todo el camino que
conducía hasta Wombegonoo, mientras el resto rastreaba el monte. Tal vez
hubiese tenido un accidente. Yo daba vueltas con las manos en el aire,
sintiéndome inútil. Pero no había rastro de él por ningún sitio. Y cuando Homer
y Fi regresaron de Wombegonoo con las mismas noticias, el miedo y los nervios
empezaron a aflorar de nuevo.
Después de todo lo que habíamos
sufrido, me pareció una crueldad. Claro que la palabra «crueldad» ya carecía de
sentido para mí desde hacía mucho tiempo.
Nos reunimos de nuevo en el claro.
—Creo que lleva bastante tiempo fuera
—apuntó Homer—. Diría que ese fuego no se ha encendido desde que nos marchamos
de aquí.
—Tal vez no se molestara en encenderlo
—dijo Fi.
—Las noches son bastante frías.
—Sus cosas aún están en la tienda
—observó Robyn—. Que yo sepa, al menos.
Su saco de dormir, y también su mochila.
Me acerqué al a tienda y eché un
vistazo dentro. Buscaba sus cuadernos. Si por alguna insólita razón se había
marchado del Infierno, estaba segura de que se los habría llevado. Y sin
embargo, estaban todos allí. Los cuatro. Eché una ojeada al que estaba encima
y, al ver que estaba a la mitad, supuse que se trataba del último. No podía
haberse ido sin él.
Regresé junto al grupo. Con semblante
asustado, Fi dijo:
—No creeréis que nadie ha estado
aquí, ¿verdad?
—Ni de coña —le aseguré—. Todo está
en su sitio.
Lee había ido a echar un vistazo a
las gallinas y al cordero.
—Tienen comida y agua —informó.
Yo fui a comprobarlo por mí misma, no
porque no confiara en Lee, sino porque sabía que al ser un urbanita podía haber
ciertos detalles que se le escaparan. Regresé con más datos:
—El agua está algo sucia. No la han
cambiado desde hace un par de días.
¿Qué podíamos hacer llegados a ese
punto? Probablemente ya habíamos agotado todas las posibilidades inmediatas.
Nos quedamos allí sentados, mirándonos los unos a los otros.
—Creo que, por hoy, no podemos hacer
mucho más —dijo Homer—. Si se ha marchado del Infierno, puede estar en
cualquier parte entre aquí y Stratton. O incluso más allá.
—Tal vez nos siguiera al valle de
Holloway —dije.
—¡No digas eso! —gritó Fi.
—Vamos, no perdamos la calma
—intervino Robyn—. No hay nada que podamos hacer ahora mismo. Necesitamos
descansar urgentemente. Como ha dicho Homer, puede estar en cualquier lado. Si
hubiese algún sitio al que pudiéramos ir con la esperanza de dar con él,
supongo que espabilaríamos y nos pondríamos en marcha. Pero no estamos en condiciones
de peinar todo el valle de Wirrawee. Vámonos a la cama.
—Eso se dice pronto —dijo Lee—. ¡Ni
siquiera tenemos camas!
Tenía razón. Nos habíamos quedado sin
sacos de dormir, seguramente reducidos
a cenizas tras el asalto de los soldados al campamento de los Héroes de Harvey.
Saqueamos los alrededores. Nos
hicimos con un par de mantas, media docena de toallas y bastante ropa caliente.
Todos íbamos muy abrigados, con pasamontañas y calcetines gruesos. Los demás
hasta pudieron ponerse guantes. Fi tuvo que vestirme como si fuera un maniquí.
Después, nos arrastramos hacia las tiendas, llevándonos todo lo que
encontrábamos por el camino.
—Prohibido hacer ruido durante las
próximas cuatro horas —advertí, dando traspiés por culpa de mi maltrecha rodilla.
—Sí, mamá —contestó Homer.
Fi y yo nos acurrucamos la una junto
a la otra. Me tumbé mientras ella me arropaba con toallas y una manta.
Entonces, hizo lo que pudo por taparse a sí misma. Cuando terminó nos quedamos
tumbadas, mirándonos. Nuestras caras apenas quedaban a un metro de distancia.
Ninguna de las dos pronunció palabra durante un buen rato, hasta que yo dije:
—¡Ay, Fi…!
—Sí —dijo ella—. Ya sé a qué te
refieres.
—Eso que ha hecho Lee… —proseguí—. Ha
sido horrible.
—¿Sabes qué? —confesó Fi—. Casi le
cogí cariño al soldado después de verlo allí tumbado tanto tiempo. Era casi
como si lo conociera. Casi. Llegué incluso a empezar a olvidar que había estado
siguiéndome.
—A mí me sucedió lo mismo.
—¿Cuántos años crees que tendría?
—No lo sé. No era mayor que nosotros.
Fi se estremeció.
—¿En qué nos estamos convirtiendo?
¿Qué va a ser de nosotros?
—No lo sé.
—Tengo miedo —reconoció Fi—. No sé
qué va a pasar ahora.
—Yo también tengo miedo.
—Pues
parece que no te da miedo nada.
—¿No? ¿En serio? Vaya, pues te
aseguro que es la verdad.
—Cuando te caíste por el precipicio…
—Estaba muerta de miedo. Pero cuando
ese tipo de cosas pasan, no tienes tiempo para asustarte.
—Ya.
—De todos modos, fue culpa mía. Y una
estupidez. Homer me ofreció ayuda y no quise aceptarla.
—Cuando llegaste arriba, tus dedos
tenían un aspecto horrible.
—Pues si a ti te pareció eso,
imagínate lo que pensé yo.
—¿Te duelen mucho?
—Un poquito.
—Ojalá pudiese ser yo tan valiente
—dijo Fi.
—Lo eres, Fi. No te das cuenta. Has
hecho tanto… No nos has dejado tirados ni una sola vez.
—Esa gente, en la carretera… El
capitán Killen y los demás. Vimos nada menos que una docena de personas morir,
¿te das cuenta? Muertas, asesinadas… Cadáveres. Y apuesto a que también asesinaron
a Sharyn, Davina y Olive. Nunca había visto un cadáver antes de que todo esto
empezara, exceptuando animales aplastados en la carretera. Ah, y la cobaya de
la clase, cuando íbamos a segundo. Se llamaba GP, y cuando murió me pasé
toda la tarde llorando. Ahora tengo la sensación de estar rodeada por la
muerte.
—Me pregunto dónde se habrá metido
Chris.
—Es extraño.
—¿Sabías que bebía mucho?
—¿Cómo que bebía mucho?
—Pues que si tenía la menor
oportunidad de traer alcohol aquí, no lo dudaba. Y se lo bebía él solito, creo.
—Bueno, tampoco es para tanto.
—No
sé yo. Me parece que la noche que salimos a atacar el convoy iba bastante pedo.
Y también el día que nos fuimos. Y eran las diez de la mañana.
—¿Qué insinúas?
—No lo sé. Que no me dio buena espina
eso de que bebiera a nuestras espaldas.
—¿Estás diciendo que es alcohólico?
—No, no es eso. Pero está claro que
tiene un problema con el alcohol. Es un tío muy raro, y tengo la sensación de
que cada vez lo es más. Con él no tenemos la misma buena relación que tenemos
entre nosotros. ¿No te parece que cada vez es más difícil comunicarse con él?
—Sí, pero para mí nunca ha sido fácil
hacerlo. En el instituto siempre había sido muy retraído.
—Aun así, es una persona interesante.
Escribe muy bien. Tiene algo de genio.
—Ya lo creo. Pero jamás lo entenderé.
—¿Si pudieses elegir a una persona
para que estuviese aquí, a quién elegirías? —dije, cambiando de tema.
—A mi madre.
—Sin contar a la familia.
—Pues a Corrie y a Kevin, claro.
—Ya, ¿y a parte de ellos?
—Creo que a Alex Law.
—¿A Alex? ¡Pero si es una falsa!
—No lo es. Lo que pasa es que nunca
te has tomado la molestia de llegar a conocerla.
—Si no me soporta.
—Eso no es verdad. Crees que todo el
mundo te odia.
—Todo el mundo, no. Solo todas las
chicas del instituto. Y todos los chicos. Y también los profesores. Nadie más.
—Entonces,
¿el señor Whitelaw está fuera de la lista?
El señor Whitelaw era el conserje del
instituto, y él sí que me odiaba. Una vez me chivé de que lo había visto espiando
en el vestuario de chicas. Tuvo suerte de que no lo echasen a la calle.
—Es verdad, me había olvidado de él.
—¿Y a quién elegirías tú? —quiso
saber Fi.
—A Merriam.
—Hum. Es simpática.
Me resultaba agradable aquella
conversación. Me parecía la primera charla normal que mantenía en años. Fue
como regresar durante un momento a los viejos tiempos, antes de la invasión.
—¿Qué piensas de los Héroes de
Harvey? —pregunté.
Fi reflexionó un instante.
—Que todo era muy raro, ¿no te
parece? ¿Y dices que el comandante Harvey era un subdirector de instituto?
—Eso parece.
—¿Y de dónde sacó el uniforme
entonces?
—Quién sabe. Seguramente de su
armario de disfraces. Según Olive, era un reservista del Ejército, pero no un
comandante.
—Olive me caía bien.
—Sí, parecía una buena chica.
—¿Qué me dices de Sharyn?
Me tomé un momento. Volví a pensar en
la posibilidad de que Sharyn estuviese muerta, lo que me impidió decir lo que
realmente pensaba de ella.
—No estaba tan mal. Quiero decir, no
la elegiría entre todas las chicas del mundo como mejor amiga, pero empezaba a
caerme bien. Me acostumbré a depender de ella, de algún modo.
—Hum —reflexionó Fi—. Fue extraño
volver a estar rodeada de adultos. Estuvo bien, pero fue extraño.
—Tampoco
estuvo tan bien. Nos tomaron por unos inmaduros. No nos dieron ni una
oportunidad. Fueron unos incordios. Al fin y al cabo, hemos logrado el doble
que ellos, y nos trataron prácticamente como si no pudiésemos encargarnos más
que de secar los platos. ¿Sabes qué? ¡La señora Hauff no me dejó calentar agua
en una sartén para limpiarla, porque dijo que podía quemarme! ¡Y el comandante
Harvey se pasó todo el tiempo sin hacer nada, quejándose de la falta de hombres
y de armas! Nosotros somos seis y casi no tenemos armas, y hemos hecho grandes
cosas. Nosotros sí que hemos influido en esta guerra.
—Ya. Los adultos… Es típico de ellos.
—¿Tienes ganas de crecer? —quise
saber.
—¡Pues claro que sí! ¿A qué viene
eso?
—Bueno, he estado pensando. Al os
adultos siempre se los ve infelices, deprimidos, como si la vida fuese
demasiado complicada, llena de problemas. Y encima nos han dejado el planeta
hecho un desastre. Sé que tener nuestra edad no siempre es divertido, y que
también tenemos nuestros problemas, pero creo que no son tan chungos como los
de los adultos.
—Tenemos que aspirar a hacer las
cosas mejor, eso es todo.
—Ya, pero supongo que ellos decían lo
mismo a nuestra edad.
—Uno acaba viéndose atrapado por su
propia vida.
—Tendríamos que haber puesto más
interés en las cosas. ¿Recuerdas cuando Kevin preguntó qué tratados
internacionales teníamos firmados con las demás naciones? Ninguno de nosotros
tenía la menor idea. No deberíamos dejarlo todo en manos de los políticos.
—¡Políticos! —exclamó Fi. De repente,
estaba enfadada—. Son basura, son lo peor.
A mí me entró la risa.
—Vaya, Fi, eso es bastante radical
viniendo de ti.
—Son esas emisiones de la radio. Me
dan ganas de vomitar.
Sabía a qué se refería. Escuchar a
nuestros líderes políticos soltando todas sus mentiras, disculpas y promesas
desde Washington… Nos sacaban tanto de quicio que habíamos acordado apagar la
radio en cuanto
se pusiesen a hablar.
—Creí que querías cuatro horas de
silencio absoluto —gruñó Lee desde la tienda de al lado.
—Lo siento —dije avergonzada.
Fi estaba bostezando, y se había
puesto en una posición más cómoda.
—Voy a dormir —anunció.
—Vale. Buenas noches. O días.
Después de aquello, creo que no tardó
mucho en quedarse dormida. Yo no podía conciliar el sueño. Pasé toda la mañana
en duermevela, despertándome casi de inmediato cada vez que entraba en un sueño
ligero. El sueño había sido mi única vía de escape hasta ahora, pero también
empezaba a cerrarme sus puertas. Un problema que arrastraba desde la emboscada
de Buttercup Lane y que puede que siga arrastrando el resto de mi vida. A fin
de cuentas, puede que no me quede mucho de vida.
Capítulo
12
Las dos semanas siguientes pasaron muy
lentamente. De hecho, más que pasar, parecieron escurrirse por el arroyo. No
había el menor rastro de Chris, ni la menor pista de dónde podía encontrarse.
Los otros salieron hasta tres veces del Infierno en su busca: la primera vez
solo fueron a mi casa; la segunda, a las casas de Kevin y de Homer; y la tercera,
dieron una gran vuelta en moto, de noche, para llegar hasta la casa del propio
Chris. Decidieron tomar un riesgo calculado al escribir una nota para dejar
constancia de su paso por allí. Pensaban que, de estar en algún sitio, su casa
sería el paradero más probable.
«De estar en algún sitio…» Claro que
estaba en algún sitio. Todos estamos en algún sitio, ¿no es así?
Al final me decidí a sentarme a leer
sus cuadernos. Pasé las páginas torpemente, con mis maltrechos dedos. No me
sentía muy cómoda haciendo aquello, pero había consultado a los demás y todos
estaban de acuerdo: tal vez nos diera una idea de dónde podía haberse metido.
Para mí, el hecho de que no hubiese cogido sus cuadernos no presagiaba nada
bueno. Significaban demasiado para él. Aunque quizá se hubiese llevado alguno;
puede que tuviese alguno más que esos cuatro.
Los cuadernos de Chris eran
completamente diferentes a los míos. Los suyos reflejaban mucha más
creatividad. Hacían gala de todo tipo de apuntes e ideas, poemas, historias y
reflexiones sobre la vida, como por ejemplo esta: «Aplastamos hasta la última
oruga, y luego nos quejamos de que no haya mariposas».
Yo ya había leído algunas páginas,
pero no las más recientes. Aparecían un montón de referencias al Infierno. Sin
embargo, yo no siempre distinguía si se trataba de nuestro Infierno, el lugar
en el que vivíamos, o del otro, en el que también vivíamos a veces. Había cosas
bastante deprimentes, pero yo ya sabía que Chris era propenso a deprimirse con
facilidad.
Un
malvado caballo negro
en mi cabeza irrumpe
y galopa por los confines
de mi mente mientras duermo.
Allí campa a sus anchas,
y soy yo quien al despertar
ha de lidiar con el destrozo.
Bajo la apacible niebla
la veo marchar.
Empieza a escarchar.
Una sensación queda.
Regreso al hogar
con pausada tristeza.
Claro que no todo era tan
desalentador.
Un potro viene a la vida:
resbalan sus húmedas extremidades,
unos ojos asustados emergen de entre
la paja
y del nacimiento, una dulce y húmeda
fragancia.
En ese momento rompe el alba,
irradia la luz de la vida.
Recordaba que Chris me había enseñado
este último poema durante la primera semana que estuvo con nosotros y que me
gustó mucho. Él escribía a menudo sobre caballos. Supongo que porque sus padres
tenían bastantes en su propiedad.
Yeguas
y potros
avanzan a trompicones
bajo la bruma matutina.
Huyen de la oscuridad
para librarse de sus sombras.
Vivo en la luz,
mas llevo conmigo la oscuridad.
Suponía que la siguiente composición
era la más reciente de todas. Nunca antes la había visto.
Me llevarán al campo.
Atravesaré remolinos de neblina
con el rocío empapándome la cara.
Y el cordero se detendrá
a lanzar una mirada pensativa.
Vendrán los soldados.
Sobre el frío y oscuro suelo me
tumbarán
y con tierra mi rostro cubrirán.
Cuanto más acusada es la
sensibilidad, más dura es la vida. No podía pensar en otra cosa al dejar los
cuadernos en su sitio. Sentimientos, ¿quién los necesita? A veces, como ocurre
con el amor o la felicidad, son una verdadera bendición; otras veces, una
maldición.
Y, por lo visto, para Chris entraban
más bien en esta segunda categoría.
Volví a preguntarme cómo les iría a
Corrie y a Kevin. Pobre Kevin. Podía imaginarlo sentado en el recinto ferial,
mirando a través de la alambrada,
pensando en nosotros, aún libres en el Infierno. Probablemente nos envidiara y
deseara estar con nosotros. Pero tampoco éramos tan afortunados. Siempre había
oído decir que la liberad lo era todo, y no era así. Mejor llevar grilletes y
estar junto a tus seres queridos, que ser libre y sentirse solo.
Se me ocurrió que deberíamos tener un
cuadro de honor, una lista en la que figurasen los nombres de todos aquellos a
los que habíamos perdido: Corrie, Kevin y, ahora, quizá también Chris. Tal vez
no tardaría en ampliarse la lista. Supongo que pensar en aquello fue lo que
hizo que me enfadara tanto al ver que Homer estaba elaborando una lista bien
distinta. Estaba junto a un viejo y enorme eucalipto, tallando meticulosamente
unas marcas verticales.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
—Actualizar el marcador —contestó.
—¿El marcador de qué?
—De todos los que hemos quitado de en
medio.
No podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Te refieres a las personas que
hemos matado?
—Sí —reconoció, aunque la rabia que
se desprendía de mi voz lo puso en alerta y me lanzó una mirada nerviosa al
decirlo.
—¿Te estás riendo de mí o qué? Te
estás riendo de mí, ¿verdad? ¿Cómo se puede ser tan gilipollas? ¿Acaso crees
que esto es una especie de juego, una competición?
—Cálmate, Ellie, no es para tanto.
—Homer, ni siquiera te gusta el
deporte. No te ha gustado nunca, ¡y ahora te dedicas a transformar nuestra
experiencia más amarga en un puñetero juego!
—Vale, vale, tranquila. Si te pone
tan histérica no lo haré.
Se lo veía arrepentido, como si
empezara a tomar conciencia de que no había sido tan buena idea. Yo estaba tan
cabreada que procuré mantener la boca cerrada. De modo que, con mi maltrecha
rodilla, me fui echando humo en dirección al camino. Francamente, Homer podía
actuar con mucha inteligencia, como un gran líder, pero también era capaz de
salirte con una de sus estupideces. Esa era la historia de su
vida,
y aunque se había portado fenomenal desde la invasión, acababa de demostrar que
todavía se le podía ir la cabeza. Yo estaba tan trastornada por toda la muerte
y destrucción que habíamos presenciado y causado, que no podía concebir que
alguien reaccionase de otro modo.
No sé qué más decir.
Cuando alguien me paró al comienzo
del camino, estaba demasiado enfurecida como para darme cuenta de quién era. Me
cogió por el brazo y me dijo:
—Eh, Ellie, tranquila, tranquila.
—Era Lee—. ¿Qué pasa? —preguntó.
—El imbécil de Homer, eso pasa. Está
más imbécil e inmaduro de lo normal.
No me había soltado aún el brazo, de
modo que cuando me volví un poco más hacia él, me quedé pegada a su pecho. Ahí
ahogué un lloriqueo e hice la pregunta que Fi me había planteado antes:
—¿Qué va a ser de nosotros, Lee?
—No lo sé.
—No digas eso. Es lo que dicen todos.
Quiero que seas diferente a los demás.
—Lo soy. Soy un asesino.
Cuando pronunció aquellas palabras,
pude sentir que un escalofrío le recorría el cuerpo.
—No, Lee. No lo eres.
—Ojalá pudiese creerte. Pero las
palabras no cambian nada.
—¿Crees que lo que hiciste estuvo mal?
La respuesta tardó tanto en llegar
que pensé que no me había oído, que su pecho había amortiguado el sonido de mi
voz. En cuanto empecé a repetir la pregunta, me interrumpió.
—No. Pero me asusta lo que hay dentro
de mí, lo que me hizo actuar así.
—Esa noche ocurrieron demasiadas cosas. Tal vez no
vuelva a suceder algo así. Cualquiera que hubiese visto lo que tú viste habría
perdido un poco los estribos.
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