Capítulo 41
—Ay, Dios bendito. —Aurora llegó a la cocina
donde Carmen ya ponía la mesa del desayuno con Michael Fisher, y los miró roja
como un tomate.
—¿Qué te pasa, Aurora?
—Issi, he entrado en su dormitorio para
decirle que el desayuno estaba listo y... no está sola.
—¿Cómo que no está sola? —Michael bufó
desplomándose frente a las tostadas recién hechas—. ¿Con quien puede estar?
—No lo sé, no lo he visto, solo he visto
el bulto a su lado, pero hay alguien con ella.
—Uno de los niños.
—No, los dos niños siguen dormidos en su
dormitorio.
—¿En serio? —Mike se echó a reír y miró
a la madre de su amiga—. A lo mejor ligó anoche, ya era hora de que tuviera
nuevas experiencias.
—No, ¿mi hija? Imposible, y además,
¿cuándo?
—No lo sé, pero no está sola —insistió
Aurora—. ¿Anoche salió?
—Si no lo sabes tú, Aurora, que estabas
aquí...
—A lo mejor salió cuando todos estábamos
dormidos.
—O invitó a alguien... —susurró Mike
incrédulo, porque era imposible que Eloisse hiciera algo así, aunque de repente
pensó en su último pretendiente, Cillian Sheehan—. A lo mejor alguien vino a
verla y...
—¿Papá? —Se oyó la vocecita de Jamie y
todos corrieron hacia las escaleras. El niño se había levantado solo y estaba
en el dormitorio de su madre. Issi se moriría si la descubría con otro hombre
en la cama, pensaron los tres y corrieron decididos a detener al pequeño,
aunque él seguía llamando a su padre ya dentro de la habitación.
—¡No, Jamie, cielo, ven! —llamó la
abuela—. ¡James!
—Hola, campeón, ¿cómo estás, mi vida?
—La voz grave de Ronan Molhoney sonó pastosa por culpa del sueño. Carmen,
Michael y Aurora se miraron completamente desconcertados—. Shhh, mamá está
dormida...
Los tres bajaron los escalones en
completo silencio y llegaron a la cocina con la boca abierta. No tenían ni idea
de que Ronan estaba allí, ni siquiera lo habían oído llegar y, además, ¿qué
hacía en la cama con Issi? Todo era muy irregular y cuando el aludido apareció
en el comedor vestido solo con los vaqueros mal abrochados, cara de sueño y
Jamie en brazos, apenas atinaron a saludarlo.
—Buenos días —dijo dejando al pequeño en
su sillita—. Aurora ¿puedes ir ver si Alex se ha despertado, por favor?
—Sí, sí, claro.
—¿Cuándo has llegado?
—De madrugada. ¿Hay café? —Se sirvió una
taza grande y miró a su suegra con esos enormes ojos celestes—. Nos hemos
pasado toda la noche despiertos, así que será mejor que dejemos dormir a Issi.
Además, está tan cansada que...
—Claro, ¿tienes hambre?
—Sí, gracias. Jamie, ¿quieres tostadas o
bizcocho? Yo voy a tomar unas tostadas, ¿qué tal Fisher?, ¿cómo estás?, Issi ya
me lo ha contado, lo siento, tío.
—Gracias de todas maneras por lo que has
hecho por nosotros.
—No es nada.
—¿Nada? Es una fortuna.
—Es un regalo de toda la familia, Jamie
es tu ahijado y... —Bebió un sorbo de café y lo miró a los ojos—. He pagado las
bodas de todos mis hermanos, tú eres un hermano para Issi, así que no se hable
más, ¿vale?
—Joder, menuda mierda —dijo Mike
enjugándose una lágrima y Carmen corrió a abrazarlo.
—No existe nada en este mundo que no se
pueda arreglar, tío, no te rindas tan fácilmente.
—Papi... —dijo la vocecita de Alex, que
en cuanto vio a su padre estiró los bracitos hacia él.
Ronan Molhoney dejó el café y se levantó
para abrazarlo y comérselo a besos. Carmen, Mike y Aurora fingieron normalidad
y se sentaron a desayunar como si tal cosa, con el cantante pendiente de sus
niños y sin que apareciera Eloisse para darles una explicación. Eran las nueve
de la mañana, muy tarde para ella, pero nadie se atrevió a ir a despertarla.
—Lo siento, lo siento... —Entró
corriendo en la cocina, con el pelo revuelto y ese pijama diminuto que le
sentaba tan bien. Carmen, Aurora y Mike la miraron con sorpresa, pero nadie se
atrevió a abrir la boca—. Buenos días, es tardísimo, lo siento mucho, me quedé
frita. No sé, debe ser la puñetera anemia, ¿y los niños?
—Con su padre en la piscina.
—¿La piscina?, ¿no estaba cerrada?
—Sí, precisamente Ronan está protestando
por el cierre de la piscina —susurró Carmen viendo sus ojos resplandecientes—.
¿Quieres café?
—Sí, gracias, pero primero un zumo.
¿Micky como estás? —preguntó mientras abría la nevera y sacaba unas naranjas.
—Ahora, sorprendido.
—Lo sé, lo siento. —Se volvió hacia
ellos y respiró hondo—: Ron y yo empezamos a hablar hace unos días y anoche
creo que acabamos de aclarar cualquier mal entendido que hubiera entre
nosotros. Lamento no habéroslo advertido, pero, como siempre, todo ha surgido
de forma espontánea.
—¿O sea que lo vais a intentar?
—preguntó Mike, viendo la cara de sorpresa de Carmen y Aurora.
—No, no lo vamos a intentar, esta vez
no, esta vez nos hemos reconciliado sin más, sin pruebas, ni intentos, volvemos
a estar juntos y espero que todos nos apoyéis a pesar de lo que ha pasado y de
lo que os he hecho sufrir.
—Felicidades —dijo Aurora, abrazándola—.
Me alegro mucho, Issi.
—¿Mamá? —Miró a Carmen, que se apoyó en
la encimera.
—¿Así, de repente?
—No hemos sabido hacerlo de otra forma.
—¿Qué quieres que te diga?
—Nada, no te preocupes, entiendo que no
lo veas del todo normal.
—Solo sé que te veo feliz cuando estás
bien con él, ¿qué puedo hacer salvo pedir a Dios que esta vez sea la
definitiva?
—Gracias.
—Si es lo que quieres, estupendo.
—Michael la agarró y le pegó un abrazo muy fuerte—. Te lo mereces todo.
—Gracias y ahora voy a ver a los niños.
Luego me visto y nos vamos a hablar con Ralph, ¿de acuerdo?
—No, Issi, no quiero hablar con él.
—Pero, cariño...
—No, no puedo casarme con alguien que
desconfía de mí a la primera de cambio. Lo he pensado mucho esta noche y creo
que mejor prevenir que curar, no voy a casarme con él, porque no cree en mí,
ayer no me dio ni el beneficio de la duda, ¿sabes?
—Pero es que Ron dice...
—No, gracias. —Les dio la espalda y
agarró sus gafas de sol—. Me voy a la playa, no me caso, pero sigo de
vacaciones.
—Mike... —Lo vio salir y miró a su madre
y a Aurora moviendo la cabeza.
—Tiene razón —susurró Carmen.
—Bueno... ¿y qué pasa con el cierre de
la piscina?
—Le parece poco seguro.
—Vale, ahora vuelvo. —Salió al jardín y
caminó por el césped recién cortado sintiendo su frescura en los pies desnudos.
Esa tarde iban a empezar a decorar la casa para la boda y todo estaba limpio y
recogido, aunque Ronan, alicate en mano, parecía estar destrozando la valla
metálica que rodeaba la enorme piscina. Iba vestido solo con los vaqueros y se
quedó un rato observando su cuerpo fuerte, el abdomen liso, los músculos tan
bien marcados gracias al boxeo y al gimnasio—. ¿Qué hacéis?
—Hola, mami —saludaron los niños sin
separarse de él.
—Esto es muy inseguro, cualquiera de los
dos puede manipularla, entrar y caerse al agua, ¿quién demonios la cerró?
—El albañil que nos hace todos los
arreglos. —Se acercó y observó el trabajo—. ¿Qué le has hecho?
—Nada, he reforzado el cierre, era una
mierda. No se pueden correr riesgos con estas cosas.
—Lo sé y por eso los dos saben que no
pueden acercarse a la piscina sin un adulto, ¿verdad chicos?
—Sí —asintieron y Ron se enderezó dando
por acabado el trabajo.
—Sí, claro, tú fíate de su palabra.
—Sonrió tocándoles el pelo—. Es así como ocurren los accidentes.
—Tienes razón, ¿y se abre bien o queda
muy justa? —Intentó abrir el cierre y sonrió—. Qué suerte tenerte aquí.
—¿Para hacer las chapuzas?
—Claro. —Se acercó y lo abrazó aspirando
el aroma delicioso de su pecho, mientras él seguía pendiente de la valla—.
Michael dice que no quiere hablar con Ralph, que si desconfía de él a la primera
de cambio, no quiere casarse.
—Está cabreado. ¿Ha llegado Kirk? Fue a
comprarme algo de ropa.
—¿En serio? —Se apartó y miró sus ojos
celestes.
—No he traído equipaje.
—Sí, pero...
—Llamé a Sharon y ellos se ocupan...
Así funcionaban las cosas cuando eras un
cliente VIP, recordó Issi, las grandes firmas tenían todos tus datos de tallaje
y preferencias, y podían prepararte unas mudas completas sin tener que
acercarte por la tienda. Un lujo muy caro, pero muy cómodo.
—Claro, ¿qué hacemos con Ralph?
—Me ducho y nos vamos ha hablar con él.
—Perfecto, me voy a tomar un café... —Se
apartó mirando el mar brillante que los rodeaba—. Qué día más bonito.
—¿Ya? ¿Y mi abrazo? ¿Me dejas a medias?
—La agarró y la apretó contra su pecho para algarabía de los niños—. Mamá es
mía hoy, ¿de acuerdo, chicos?
—¡No! —gritaron los dos—. ¡Mía!
—¿Vuestra? Si yo la vi primero, así que
es para mí y vosotros dos os vais a la playa con la abuela Carmen.
Apenas habían dormido, Ron había
aparecido con lo puesto en el aeropuerto y antes de cruzar una sola palabra,
había corrido para abrazarlo y plantarle un beso que ya no dejaba espacio a las
dudas. No quería seguir sufriendo, no podían seguir de ese modo y si él estaba
dispuesto a espezar de nuevo, ella estaba allí para intentar mejorar y comenzar
de cero lo que habían dejado mal aparcado hacía tanto tiempo.
Después del encuentro en el aeropuerto,
él volvió a contarle lo que había pasado en Suecia, y le habló de las
frustraciones que había sobrellevado durante su año y medio de separación, lo
soltó todo, e incluso le confesó el incidente con Jamie en Killiney, sin que
ella replicara, ni se escandalizara, limitándose solo a escuchar, con calma y
sin reproches, hasta que llegó su turno y reconoció su nula capacidad para
comunicarse en los momentos de crisis, su exagerado sentido de la perfección,
la rigidez que a veces les hacía tanto daño, y prometió no volver a repetir
estos esquemas por muy arraigados que los tuviera. Ella quería mejorar, madurar
y él estaba dispuesto a ayudarla, así que no había mucho más que discutir.
—¿Cómo pudiste creer que te había
abandonado por otra mujer? —preguntó al amanecer, tras un largo silencio.
—Vi la fotos, era tan guapa y la estabas
besando, ibas con ella de la mano, ¿qué querías que pensara?
—Me hubiese gustado que me llamaras y me
pidieras explicaciones, podría habértelas dado, podría haber salido de ese
sopor etílico en el que me encontraba, pero no lo hiciste y pensé que no te
importaba.
—Aunque seas mi marido nunca he creído
tener derecho de exigirte nada, ni explicaciones, ni...
—Y entonces yo siento que estoy solo en
esta relación, cuando te retiras sin pelear, sin luchar por mí, ¿lo entiendes?
—¿En serio?, ¿cómo puedes sentir eso?
Yo...
—Jamás me rendiré contigo, Issi.
—Ni yo contigo, mi amor... —Alargó la
mano y le acarició la mejilla rasposa de barba—. Ojalá algún día fueras capaz
de entender lo mucho que te quiero.
—¿Saliste con Cillian Sheehan? Dímelo,
por favor.
—No.
—No pienso matarlo.
—No salí con él, aunque lo intentó.
Muchas veces.
—¿Galway?
—Por supuesto que no, no salí con nadie,
estos últimos meses no he tenido cabeza para nada, Ronan, ¿cómo puedes solo
imaginar que yo...?
La agarró por la nuca y le plantó un
beso largo y apasionado. Luego la llevó a la cama e hicieron el amor con la luz
del día entrando poco a poco en la habitación con vistas al mar, despacito y
dulcemente, amándose entre susurros y sollozos, entre lágrimas y sonrisas,
hasta que llegaron juntos al clímax y entonces ella confesó lo último que se
guardaba en el rincón más apartado de su corazón, aquello que no podía contar a
nadie sin provocar un escándalo, a nadie salvo a él.
—Quiero otro bebé. —Ronan buscó sus ojos
y le sonrió de oreja a oreja, la abrazó y ella se acurrucó sobre su pecho
suspirando, feliz, preparada al fin para descansar.
Capítulo 42
Eloisse pasó delante de él, con ese
vestidito de seda estampada, corto y con la espalda al aire, y tuvo que tragar
saliva para no lanzarse sobre ella. Debajo llevaba un bikini rosa, y en los
pies unas sandalias de esparto, con cuña no muy alta, que le daban un aspecto
arrebatador. Además estaba esa piel de terciopelo, levemente dorada por el sol,
el cuerpo perfecto que se vislumbraba a través de la tela, el pelo recogido en
una coleta alta, que dejaba a la vista su cuello esbelto, la cara lavada, esos
labios suaves y deliciosos...
—Ronan. —Le acarició el pecho y él
saltó, la miró a los ojos, se inclinó y la besó con la boca abierta, un pequeño
mordisco en medio de la tensión insoportable que los rodeaba. Ella se apartó
ceñuda y él asintió para calmarla, sabía por qué estaba allí, no se había
olvidado, aunque solo le apetecía llevarla a la cama y hacerle el amor hasta la
semana siguiente sin parar.
—Sí, la cuestión es clara... —Carraspeó
observando como ella se alejaba y se apoyaba en la pared. Con algo de suerte la
dejaría embarazada enseguida, un regalo extra que ni en sus mejores sueños se
habría atrevido a contemplar porque, aunque estaba como loco por tener otro
hijo, llevaba meses asimilando la idea de que no volvería a repetir paternidad,
nunca más, porque sin Issi esa posibilidad era imposible, inviable, porque no
se imaginaba a nadie, a ninguna otra como madre de sus hijos, a nadie con la
serenidad, la inteligencia, la estabilidad y la dulzura de Issi. No existía
otra persona como ella y se había resignado a la idea de quedarse solo con
Jamie y Alex. Sin embargo, ahí estaban, juntos, empezando de nuevo y ella
deseando tener otro hijo. Gracias Dios mío, pensó mirándola con los ojos
nublados de amor. El médico le había dicho que cuatro meses después del aborto
era tiempo más que suficiente para intentarlo y estaba seguro de que con sus
antedecentes lo consegurían de inmediato si es que no estaba embarazada ya,
después de la primera noche y...
—¡Ron!
—Lo siento, princesa, debe ser la falta
de sueño. En fin, no había vuelto a pensar en la llamada de parte de la
supuesta ayudante del capullo ese, Sheehan, pero al oír que tú habías recibido
otra, me vino a la mente. No es nada normal, y creo que las ha hecho la misma
persona con el único afán de hacer daño. Si no ¿qué coño hace Issi dándole a la
ayudante de un imbécil como ese mi teléfono?, y cómo demonios los del hotel te
localizan a ti y no llaman directamente a Mike, ¿eh?, ¿dónde se ha visto algo
semejante?
—Siendo, además, absolutamente falso que
yo haya estado en la casa de Sheehan.
—¿Y quién, con una mente tan siniestra,
tiene nuestros teléfonos, sobre todo el tuyo, Ronan, que no lo tiene ni Dios?
—interrumpió Ralph que seguía indignado y dolido con Michael, que no se había
dignado siquiera a aparecer en ese encuentro en casa de Carmen—. ¿Y para qué?
—Para hacer daño.
—¿Y quién?
—No lo sabemos, pero hay algunos
candidatos... —Sonaron los móviles de Ronan y Ralph a la par, en el mismo
instante en que Michael, acompañado por Stavros, que lo traía del brazo,
aparecía en la casa con cara de pocos amigos—. Hola, Micky.
—Hola —respondió mirando a su amiga y a
Carmen, que le sonreían mientras Ron y Ralph se apartaban para contestar a las
llamadas—. No tengo tiempo para esto.
—Solo será un minuto. —Issi se acercó y
lo abrazó.
—Han detenido a Liam Galway en Heathrow
—anunció Ralph blanco como un papel—, cuando iba a coger un vuelo hacia aquí.
Emma Capshaw lo ha acusado de intento de violación y abusos y lo han
detenido... bendito sea Dios.
—¡¿Qué?! —Todos preguntaron a la vez sin
poder dar crédito. Ralph miró su teléfono y se encogió de hombros—. Me ha
llamado Amanda, tengo que hacer algunas llamadas, algún colega debe sacarlo de
allí y hay que llamar a la embajada... Es increíble.
—Esa mujer está completamente loca
—susurró Michael—. Total y absolutamente loca.
—Mañana sacan el último número del News of the World, han detenido a la
plana mayor acusados de usar escuchas ilegales y demás irregularidades en la
gestión de exclusivas... —Ronan volvió a la cocina moviendo la cabeza—. Sean me
ha llamado para decirme que estamos en la lista de personas conocidas a las que
les pincharon el teléfono...
—No me lo puedo creer. —Issi se desplomó
en una silla y se tapó la cara con las manos.
—Eso explica muchas cosas, deberemos
declarar, me imagino y la policía necesita revisar nuestros teléfonos. Menudos
hijos de la gran puta.
—¿Pero qué está pasando? —Carmen exclamó
abriendo la nevera—. ¿Queréis tomar algo? Esto es de locos. Pobre Liam.
—¿Qué le pasa? —Ronan se sentó junto a
Issi y la abrazó y le besó la cabeza.
—Lo han detenido, su exayudante, la loca
de Emma Capshaw, lo ha acusado de intento de violación... ¡Ya está! —Issi se
puso de pie y los miró a todos—. Emma, ella ha hecho las malditas llamadas, no
hace otra cosa que intentar perjudicar a Liam y a sus amigos y...
—¿Qué llamadas?
—La de Ralph ayer y una que le hicieron
a Ronan hace una temporada, diciéndole que yo había olvidado algo en casa de
Sheehan.
—Tú nunca has estado en casa de Sheehan.
—Lo sé, Mike, por eso creemos que la
misma persona las hizo y puede ser Emma. Está enferma, mira hasta donde ha
llegado con Liam.
—Sea como sea, el daño ya está hecho.
—Pero...
—No, Issi, y gracias por tu
hospitalidad, pero me voy al piso que los chicos alquilaron en San Antonio.
Necesito despejarme de verdad y si me quedo en vuestra casa...
—Ya está. —Ralph regresó a la cocina y
miró a Michael respirando hondo—. Supongo que a todos nos han tendido una
trampa. Deberíamos hablar.
—No, y te lo digo delante de todo el
mundo para que quede claro. Me he pasado la mañana al teléfono avisando a la
gente de que se anula la boda, algunos tuvieron tiempo de no coger sus aviones,
otros, vendrán igualmente para pasar unos días en la playa. Todo el mundo
avisado, se acabó la puta boda... no pienso casarme con alguien que a la
primera oportunidad desconfía de mí. Lo siento, pero mi amor no llega tan lejos
y el tuyo, por lo visto tampoco. —Se hizo un silencio tenso y Ralph bajó la
cabeza sonriendo—. No estoy bromeando y no es un ataque histriónico de los
míos, Ralph. Me quedaré dos semanas por aquí, espero que cuando regrese a
Londres hayas sacado tus cosas de mi casa, porque te recuerdo que el contrato
de alquiler está a mi nombre. Adiós.
Salió despacio hacia la playa y todos se
quedaron sin respiración. Issi sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y
la mano de Ronan en su cintura, pero se apartó, le acarició la cara y le dio un
beso. Hizo un gesto a su madre para que atendiera a Ralph, que no se movía
mirando al infinito con cara de absoluta incredulidad, y salió corriendo
destrás de Michael.
Capítulo 43
Tenía cuarenta y cinco años y jamás lo
habían detenido, menos aún en un país que no era el suyo y verse escoltado por
cuatro policías hacia la comisaría de Heathrow había sido una de las peores
experiencias de su vida. Hacía pocas semanas habían leído con estupor sobre la
detención de un importante cargo francés en Nueva York, acusado de violación y
abusos a una camarera de hotel, y se habían escandalizado del escarnio público
al que lo habían sometido. Lo habían bajado de un avión, lo habían esposado,
quitado el pasaporte y fichado, con la prensa siguiendo cada uno de sus pasos,
y aquello los había dejado perplejos, sobre todo por la falta de discreción con
que se había llevado el caso, un caso que estaba a punto de quedar en nada por
falta de pruebas y por las contradicciones en las declaraciones de la víctima,
que además, estaba siendo atacada por un pasado algo turbio que invalidaba,
decían, sus acusaciones.
Sin embargo, el escándalo ya estaba
servido, el personaje condenado públicamente y la supuesta víctima
completamente arrasada en su intimidad, una locura, que él creyó vivir en
primera persona al oír de boca de un agente vestido de uniforme las denuncias
de abusos e intento de violación que había interpuesto contra él Emma Capshaw,
una mujer a la que había tenido trabajando en su propia casa durante meses. De
la sorpresa había pasado al estupor, luego al enfado y finalmente a la
desesperación, aunque afortunadamente para él, en Inglaterra no lo pasearon
esposado delante de los medios de comunicación, ni airearon su caso, sino que le
permitieron llamar a su abogado y abandonar el aeropuerto camino de su casa sin
pasaporte, sin poder abandonar el país, pero respetando su presunción de
inocencia.
A Amanda un ataque de ansiedad casi le
cuesta un ingreso en el hospital, pero se recuperaba bien y lo estaba
acompañando en Londres mientras luchaban por aclarar el asunto con la propia
Emma Capshaw, que se mantenía oculta a la espera de airear su caso en la
prensa, y con sus abogados, que amenazaban con reclamarle muchos millones de
libras por su delito. A él también le habían hecho falta algunos
tranquilizantes para evitar que le diera un infarto y para detener los deseos
que tenía de buscar personalmente a la asistente para estrangularla, pero ya
respiraba mejor e intentaba concentrarse en el trabajo, dejando que el carísimo
bufete de abogados que pagaba consiguiera solucionar la acusación falsa y
limpiar su nombre. Una vez que eso sucediera pensaba demandar a Emma Capshaw
por falso testimonio, por difamación, por atentar contra su honor y su
intimidad, como Ronan Molhoney había hecho con la modelo sueca, luego se
marcharía a los Estados Unidos e intentaría olvidarse definitivamente del
episodio, aunque de momento les quedaba lo peor, y era esperar el día en que
aquella mujer insensata decidiera salir en televisión y en los periódicos
sensacionalistas, contando su mentira a bombo y platillo, una farsa tan
ridículamente urdida que daba risa, aunque la opinión pública seguramente la
recibiría con enorme expectación, porque en esos momentos no importaba ya su
carrera impecable de más de veinticinco años, su impoluta hoja de servicio como
buen ciudadano, todo carecía de importancia ante la mentira arbitraria de una
persona enferma, que lo había puesto en la picota de la manera más vil y
lamentable.
Y todo era culpa suya, porque jamás
debió acudir a una última cita con esa mujer, jamás debió llegar sin un
abogado, jamás debió oírla, ahí, llorando como una magdalena, trágicamente
disfrazada de Eloisse Molhoney, con el pelo teñido de oscuro, las lentillas
negras, y esa ropa que copiaba a la de cualquier bailarina de la Royal Opera
House saliendo de un ensayo. La visión le produjo un rechazo instantáneo, pero
aun así se sentó y oyó sus lamentos, sus falsas disculpas y cuando al fin
rechazó, otra vez, elegantemente, su declaración desesperada de amor, ella no
dijo nada, pero se sacó del bolsillo aquel broche de Harry Winston, el que él
había comprado para Eloisse, el de la bailarina, y lo levantó, se lo puso
delante de los ojos y lo rompió entre los dedos, lo dobló y lo quebró despacio,
tras lo cual se largó dejándolo completamente desorientado.
Cuarenta y ocho horas después era
detenido en el aeropuerto de Heathrow acusado de intento de violación.
Respiró hondo y miró la revista que
Amanda había dejado olvidada en la cama y donde los Molhoney eran los
protagonistas, una espectacular portada donde la pareja aparecía besándose en
la cubierta de un barco, en el Mediterráneo, ella preciosa en bikini, él muy
atractivo enseñando torso y brazos fuertes, mientras el titular rezaba: La reconciliación definitiva de Ronan y
Eloisse Molhoney en Ibiza, se fue a las páginas interiores y pudo ver a
Eloisse fotografiada en diversas situaciones y posturas, siempre perfecta, tan
guapa y tan feliz, y otras imágenes en la playa con los niños, o los cuatro
paseando por la ciudad. La familia perfecta, pensó con algo de congoja, porque
aunque ya sabía que estaban juntos gracias a Ralph Smithson, le costaba
asimilarlo y le escocía, y se preguntaba, una vez más, qué se sentiría al
compartir un amor tan incondicional con alguien.
—¿No puedes dormir? —Amy saltó a la cama
y le quitó la revista—. Me voy a poner celosa si miras a esta chica con esos
ojitos. Ya sé que es muy guapa, pero...
—Solo es curiosidad, Amanda.
—La verdad es que hacen una gran pareja.
—Ella hojeó las páginas a todo color y suspiró mirando el cuerpo perfecto de la
bailarina pegado al de su impresionante marido—. Los niños son preciosos, y
como auguró Michael, y a pesar de los pesares y de las suecas de dos metros,
ahí están, dispuestos a intentarlo de nuevo.
—Bueno, lo de la sueca fue otro montaje
más.
—Pero se acostó con ella y lo vimos
llegando al hotel y...
—No seré yo quién defienda a Ronan
Molhoney, pero después de lo que me ha pasado, ya no me fío de nada de lo que
publican y no pienso juzgar a nadie, nunca más.
—En eso tienes razón —dejó la revista y
lo abrazó—. ¿Debería ir al programa de Oprah y adelantarme a lo que esa bruja
se atreva a decir aquí sobre ti?
—¿Qué bruja?, ¿Oprah o Emma? —Se echó a
reír y Amanda con él—. No lo sé, sinceramente ya no estoy seguro de nada.
—La llamé ayer y le conté lo que
sucedía, me dijo que su programa estaba abierto para oír nuestra versión de los
hechos.
—Cómo no, es una exclusiva.
—No seas sarcástico, Liam, deberíamos,
por una vez, usar nuestros contactos y nuestra fama a nuestro favor. Estoy
segura de que Emma Capshaw y sus amigos del News
of the World están preparando su estrategia muy bien. Al fin y al cabo
están sin trabajo y querrán ganar pasta a cualquier precio.
—¿Tú quieres ir?
—Sí.
—Pues hazlo, te agradezco que quieras
sacar la cara por mí.
—Eres mi marido, Liam, te quiero y soy
capaz de matar por ti. —Se incorporó para mirarlo a los ojos y Liam le sonrió.
Hasta entonces le había parecido distante y superficial, pero en las últimas
semanas se estaba comportando como una verdadera amiga y sintió mucha ternura—.
A propósito, ¿cuándo nos volvemos a casar? Esta vez podría ser una ceremonia en
Bali o algo así, ¿eh? O mejor aún, en una iglesia antigua de Irlanda, podemos
pedir consejo a tu amiga Eloisse y a su marido.
—Ya veremos, ahora a dormir, ¿de
acuerdo?
Capítulo 44
Colgó el teléfono y se apoyó en la
encimera de la cocina tragándose las lágrimas. Era la quinta vez que intentaba
hablar con su padre y al fin Fiona había tenido que reconocer que no pensaba
contestar a sus llamadas, que no quería hablar con ella y que era mejor que le
diera un tiempo para tranquilizarse.
—Cariño, no vengas, por favor, no quiero
que te lleves un disgusto.
—¿No me va a dejar entrar?, ¿no quiere
ver a sus nietos?
—Claro que quiere, pero... ay, Issi,
está muy enfadado, enterarse por una revista de que estabais juntos otra vez...
—Te lo dije a ti desde Ibiza.
—Pero no es lo mismo, ya sabes como es,
no le avisaste y...
—Todo fue muy precipitado y no sabía que
nos estaban haciendo fotos, no es mi culpa.
—Bueno, no pasa nada, dale tiempo.
—¿Y tú tampoco quieres verme, Fiona?
—Claro que sí, cariño, pensaba ir hoy a
veros, he echado tanto de menos a Jamie y a Alex, ¿cómo están?
—Llevamos tres días en Londres, ¿sabes?
—Lo sé, lo siento, ¿puedo pasar hoy por
allí?
—Claro, ven cuando quieras.
Su padre no quería verla, no podía ni
mirarla a la cara y la culpable había sido la portada de esa horrible revista
que los había sacado a todo color disfrutando de sus vacaciones en Ibiza. En
bikini, en bañador, besándose, queriéndose como cualquier pareja normal que
acaba de reconciliarse, aunque a ellos los habían diseccionado en muchas
páginas, haciéndoles un seguimiento que era digno del MI6. Era muy injusto,
pero más injusto aún era que su padre la juzgara de ese modo, sabía que no
soportaba a Ronan, que después de su último gran escándalo no lo quería ni ver,
pero también le había dicho que quería verla feliz y eso estaba intentando
hacer, ser feliz, ser sincera, coherente, e intentar por todos los medios
recomponer su vida junto al hombre que amaba, algo que pretendía conseguir sin
sentir que estaba traicionando a su propio padre.
Miró los restos del desayuno y suspiró,
estaban de vuelta en casa tras un verano maravilloso y muy intenso. Ronan había
variado toda su agenda para instalarse con ellos en Ibiza, incluso habían
conseguido pasar cinco días los cuatro solos, como cualquier familia normal,
sin niñera, ni escoltas, ni ayudantes, ni asistentes, intentando recuperar el
tiempo perdido. Lo habían pasado estupendamente y se sentía llena de energía y
mucho más descansada, aunque el reencuentro con la cruda realidad estaba siendo
mucho más duro de lo que se habría podido imaginar.
—Princesa, finalmente no vendré a comer,
quiero ir a ver a Phillip y... ¿Issi?
—Sí, claro, no te preocupes. —Se agachó
simulando que estaba comprobando el lavavajillas, pero él se acercó y se le
puso al lado.
—Hola.
—Hola. —Ella siguió esquivando la
mirada, así que le sujetó una mano.
—¿Qué ocurre?
—Nada, ¿crees que vendrás a cenar
pronto? Pensaba cocinar algo especial.
—¿Qué ocurre?
—Nada, ¿qué puede pasar?
—Issi por favor.
—Nada.
—¿Eh?
—Mi padre no quiere hablar conmigo y
Fiona me ha dicho que mejor no vaya a casa. Oh, Dios mío. —Se pasó la mano por
la cara y forzó una sonrisa—. Se está haciendo mayor y muy cascarrabias, mejor
hago caso a Fiona y lo dejo correr.
—¿Por nosotros? Por mí, supongo.
—No hagamos caso, ¿vale? Ya sabemos como
es y como soy yo, que lloro por todo.
—Hablaré con él.
—No, eso ni lo sueñes, no empeoremos las
cosas, ¿vale? Ya se le pasará, es que ver la revista, en fin... Un problema
absurdo.
—Hablaré con él, tenemos una charla
pendiente desde hace muchísimo tiempo.
—No, no quiero que hables con él, mi
padre es cosa mía y de nadie más, por favor. —Se le puso delante y lo agarró de
la camiseta—. Prométeme que no harás nada, Ronan, por favor, prométemelo.
—¿De qué tienes tanto miedo?
—De nada, es que no quiero empeorar las
cosas, promételo.
—¿Alguien puede negarte algo a ti? —Bajó
las manos y la sujetó por las caderas, deslizó los dedos y la asió por el
trasero, ronroneando—. ¿Cómo puedes ser tan guapa, Eloisse Cavendish?
—Prométeme que no llamarás a mi padre
—bufó muy seria y él suspiró.
—Te voy a prometer una cosa: no voy a ir
a buscarlo, ni a provocar una charla con él, no lo haré, pero si en algún
momento, en el futuro, una conversación entre tu padre y yo surge de forma
natural, no la evitaré, por el contrario, él y yo necesitamos hablar y espero
que sea pronto.
—Vale —contestó ella después de pensarlo
unos segundos.
—Vale, ¿por dónde iba? —La apretó contra
su cuerpo y miró sus pechos firmes y suaves con ojos golosos—. Ah, ya me
acuerdo.
—¿Vas a ver a Phillip Green, el
tatuador? —Él asintió hundiéndo la cara en su cuello—. ¿Otro tatuaje? Si estás
perfecto así.
—Tengo que acabar de ampliar este. —Se
acarició el brazo izquierdo—. Aún falta un segmento pequeño, ¿no te gusta?
—Sí, pero no sigas por el pecho o la
espalda, por favor, me gusta tal cual está.
—¿En serio?, ¿te gusta? —Le lamió la
boca y le separó los labios intentando devorarla, como siempre, pero la manita
suave de alguien le agarró la pierna interrumpiéndolo cruelmente. Bajó la vista
y se encontró con los ojos celestes de Jamie, que los observaba en silencio—.
Hola, campeón, ¿qué quieres?
—El piano, ya lo sé.
—¿Ya sabes tocar la canción? —Issi se
agachó y cogió al niño en brazos—. ¿En serio?
—Sí.
—Pero qué rapidez, mi vida.
—¿Nos la tocas a mamá y a mí?
—Sí.
—Muy bien, vamos a oírte.
Capítulo 45
Visitar al fisioterapeuta era siempre
doloroso. Estiraba, doblaba, hundía los dedos y exploraba a conciencia su cuerpo,
dejándolo bastante maltrecho, especialmente después de las vacaciones, así que
tras pasar por las manos de Gwen, la querida fisio de la compañía, decidieron
pedir hora en el spa del hotel Sofitel London Saint James, y someterse a un
masaje de chocolate y otras delicias muy relajantes, con los móviles apagados y
sin ninguna prisa.
Era simplemente delicioso y Eloisse
suspiró mirando de reojo a Michael, que permanecía igual que ella, boca abajo
en su cómoda y amplia camilla, embadurnado de chocolate hasta el cuello,
leyendo una revista que había colocado estratégicamente en el suelo.
—¿Qué lees?
—Te miro en tu barco, qué cuerpazo,
Issi, los dos, menuda pareja más guapa.
—Veinte años de ballet en algo deben
ayudar.
—No es solo eso, tienes un cuerpo precioso
y Molhoney también, vaya oblicuos más perfectos se ha marcado. ¿Y el barco de
quién es?
—Andrea Hamilton nos lo alquiló, fueron
dos días de auténticas vacaciones, los dos solos. Adoro a mis hijos, pero a
veces hasta nosotros necesitamos un respiro. Alexander está cada día más
ingobernable, ¿sabes? No hace más que incordiar a Jamie, no lo deja en paz,
mientras él lo ignora y así sucesivamente. Ronan tiene una paciencia infinita,
pero incluso él acaba castigándolo cada dos por tres, es un remolino, no sé si
necesita algo de actividad extra, desde luego en septiembre empezará la
guardaría, pero estas semanas que nos quedan serán movidas. Jamie solo quiere
tocar el piano y jugar tranquilo y Alex va y lo provoca, constantemente, no
sé... —Se calló y miró a su amigo que sonreía de oreja a oreja—. Lo siento,
parezco una gallina clueca.
—Está bien, es divertido oírte.
—Hay días en que Ron y yo solo hablamos
de los niños, es increíble, lo protagonizan todo, pero es que están en una edad
tan deliciosa —dijo, sonriendo al recordar sus caritas y sus ojos celestes—,
aunque haya momentos en que quisiera largarme de casa y dejárselos a su padre
para siempre.
—¿Como ahora?
—Ahora están con Aurora y Fiona en el
parque, con ellas se comportan mejor. A Ronan y a mí nos ponen a prueba, te lo
digo en serio, sobre todo Alex que después de meter el móvil en el inodoro o
tirar los juguetes por la ventana, te mira con esos ojitos de ángel y sonríe
como si no hubiese roto un plato en su vida.
—Afortunadamente, Molhoney es un padre
competente.
—Lo es y lo quiero aún más por eso, pero
no hablemos más de mí y mírame, ¿qué tal estás?
—Estoy bien.
—¿Vas a seguir muchos meses más sin
hablar del tema?
—Aprendí de ti.
—Oh, Dios —bufó y se quedó muda.
—¿Has hablado con él?
—Sí.
—¿Y?
—Está viviendo en un piso de Nottinghill
y espera volver a Nueva York en septiembre.
—Muy bien.
—¿No piensas darle la más mínima
oportunidad?
—Estoy saliendo con alguien.
—¿Qué?
—Sí, un australiano que conocí en Ibiza,
un surfero gay, muy mono.
—¿Estás de broma?
—Necesito pasar página.
—No, lo que necesitas es hablar con
Ralph antes de pasar página, créeme, o te arrepentirás.
—Si quisiera hablar conmigo, hubiese
intentado algo.
—Está tan dolido como tú y dice que como
cambiaste el número de teléfono no se atreve a buscarte.
—Pues que lo pida y me busque.
—Me lo pidió y no se lo di por respeto a
ti, ¿quieres que se lo dé?
—¿Sabes qué, Issi? No todos somos como
Ronan y tú, no todos estamos tan seguros de querer a alguien, y no todos
estamos deseando reconciliarnos con el pasado, algunas personas no lo tenemos
tan claro y necesitamos ampliar horizontes.
—Vale, haz lo que quieras.
—Exacto, y espero que esto no nos aleje
a nosotros dos.
—Por supuesto que no.
Pero los estaba alejando y Eloisse le
sonrió intentando no empeorar las cosas. Ella lo adoraba, él era su hermano, su
otra mitad, pero le parecía que el asunto de Ralph lo estaba gestionando con
muy poca cabeza y durante las vacaciones habían discutido varias veces sobre el
particular. Para ella era complicado aceptar que se hubiese desatado en un
juega continua, pasando de ligue en ligue para aplacar su dolor, no podía
entender esa postura tan superficial y mientras lo observaba perpleja
hundiéndose en resacas interminables, Ralph, que normalmente se había mostrado
mucho más maduro y estable que Mike, tomaba decisiones y reorganizaba su vida
con una velocidad vertiginosa, dejando poco márgen a una posible
reconciliación, algo que por otra parte, a ella no le debía incumbir en
absoluto.
Habían terminado el tratamiento ya y
salieron a la calle.
—Vente a cenar a casa —dijo ella
acariciándole la mejilla y Michael negó con la cabeza.
—Tengo un compromiso, nos vemos mañana
en el teatro, ¿vale?
—Me encontré a Javier Aliaga esta mañana
en Covent Garden y me preguntó si estabas pensando en compartir piso, él está
sin casa y...
—Ya tengo un nuevo compañero de piso.
—¿Ah, sí? Qué bien, ¿quién es?
—Jesse, el surfero australiano, te lo he
dicho.
—Me has dicho que estabas saliendo con
él, no que vivieras con él.
—Ha venido a Londres y en algún sitio se
tiene que alojar.
—Vale, debo irme, Micky.
—Me gustaría presentártelo, es un muy
fan de Ronan.
—Muy bien, cuando quieras.
Issi paró un taxi y se subió muy de
prisa, dejándolo un poco desorientado en mitad de la acera. El hecho de que
Ralph hubiese decidido regresar a Nueva York era normal, pero le dolía en el
alma y sintió el impulso de llamarlo por teléfono para hablar, aunque solo
fuera para acabar a gritos, pero al menos para oír su voz. Respiró hondo y
ahogó un sollozo, lo echaba mucho de menos, lo añoraba muchísimo, pero no
estaba dispuesto a dar el brazo a torcer, llevaban años y años con ese tira y
afloja horroroso, que lo hacía sentir siempre como un crío estúpido a su lado,
y ya que habían conseguido romper, mejor. Solo necesitaba tiempo para
superarlo, nada más.
Mike miró hacia el cielo, sintiendo
sobre la cara la lluvia que empezó a caer de repente, se ajustó la mochila y se
decidió a caminar un poco, había quedado en el cine con Jesse y sus amigos,
pero aún tenía tiempo para pasear. Se detuvo delante de un escaparate para
admirar la preciosa ropa de la nueva temporada y entonces lo notó, la presencia
de alguien justo a su espalda, levantó los ojos y vislumbró a través del
cristal la figura de esa mujer, Emma Capshaw, que lo seguía con una siniestra
sonrisa en la cara. Se le erizó la piel, porque Liam le había contado todo lo
que debía saber sobre ella, y optó por sacar el teléfono móvil y marcar el
número de su amigo.
—Tengo a Emma siguiéndome por Haymarket,
voy andando hasta Picadilly Circus. ¿Qué quieres que haga?
—Llamaré a los de seguridad, distraela,
a ver si conseguimos cazarla... —Mike colgó, respiró hondo y siguió andando, decidiendo
si sería una buena idea hablar con ella o no, aunque cuando al fin paró y se
dio la vuelta para enfrentarla, ella había desaparecido.
Emma se reía a carcajadas sentada en un
Café Nero, observando a Michael Fisher jugando a los espías. Era patético y
degustó su café con leche esperando tranquilamente a que los gorilas de Liam
Galway aparecieran por alli, y lo hicieron, y por supuesto no la encontraron.
Eran aficionados, aunque se consideraban expertos en seguridad, pero con ella
no hacían más que fracasar, y al final abandonó el café tranquilamente, para
volver a su nueva casa en metro.
Llevaba semanas y semanas esquivando a
los abogados y a los guardaespaldas de Galway, que querían localizarla para
obligarla a rectificar, pero no lo haría, llegarían a juicio y entonces, lo
acabaría de hundir. Ella le había dado varias oportunidades para tratarla bien,
para portarse como un caballero, y las había desperdiciado todas y pagaría por
ello, él y todos los que se burlaban de ella, porque sabía que hablaban de ella
y la llamaban loca y se reían de su ropa o de su forma de hablar, lo sabía, se
reunían en casa de Liam y la ponían a parir, todos ellos, y los machacaría,
incluso tenía imágenes de los Molhoney en una situación bastante comprometida
en Ibiza, a medianoche en su piscina, fornicando a la luz de la luna, y las
colgaría en Internet en cuanto le apeteciera un poco de juerga.
Desde que se había pasado al otro lado,
al de los paparazzi, le iba muy bien. Ganaba dinero y se había comprado un buen
equipo de fotografía, un ordenador de última generación y un portátil que le
permitía enviar las imágenes a cualquier hora y desde cualquier parte a la
agencia de prensa con la que colaboraba. Se le daba bien el trabajo y podía
hacerlo sola, aunque su paso por Ibiza, una semana entera siguiendo a los
Molhoney, lo había hecho junto a un fotógrafo español, uno que le recomendó
Julia y que solo le cobró una comisión por alquilarle un barco y llevarla a
todas partes detrás de la parejita. Eloisse se había criado en la isla y solía
perderse por las calas más desconocidas, pero gracias a Pepe, su fichaje del
verano, los pillaron siempre y los fotografió a gusto, incluso dentro de su
casa, material que ningún medio se atrevería a publicar, porque era ilegal
sacar imágenes captadas dentro de una propiedad privada, pero que ella planeaba
colgar con cuentagotas en Internet, para acabar avergonzando a doña perfecta
delante de sus padres, sus amigos y su público.
Llegó a su piso en Whitechappel, donde
vivía desde que se había peleado con Julia por culpa del impresentable de su
novio, que también había intentado propasarse con ella, y se miró en el espejo.
Se veía muy guapa de rubia, y se admiró un rato antes de sentarse frente al
ordenador. La bandeja de entrada del correo echaba chispas, revisó los
remitentes y un e-mail del Royal Opera House le llamó inmediatamente la
atención, lo abrió y comprobó que era una convocatoria de prensa para la gala
inaugural de la temporada de ballet, en el Victoria&Albert Museum, una fiesta.
Estupendo, masculló, rellenando el impreso de acreditación con sus datos
falsos, lo cumplimentó y lo mandó aplaudiendo, muy ilusionada ante la
perspectiva de comprarse un vestido nuevo, uno azul oscuro, el color favorito
de Liam. Tal vez, él quisiera llevarla del brazo, o no, porque seguro que la
zorra de su ex se lo impediría, pero al menos podrían verse a escondidas allí,
charlar y besarse en algún rincón apartado, emocionante. Saltó como una niña
por el saloncito hasta que el móvil le sonó encima de la mesa.
—¿Qué quieres?
—¿No lees la prensa? Estamos todos
jodidos con el juicio al periódico, no nos dan trabajo en ningún sitio, ¿tienes
algo para mí?
—¿Como qué Julia?
—No sé, cualquier cosa.
—Te dije que llamaras a Viviane
Johanson. Si la llevamos al Royal Opera House y le hacemos fotos encontrándose
con Eloisse, tenemos un temazo.
—No quiere ni pisar Inglaterra, está
cagada de miedo. Descartada.
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