martes, 18 de marzo de 2014

Me mirare siempre en tus ojos, parte 10

Capítulo 41


—Ay, Dios bendito. —Aurora llegó a la cocina donde Carmen ya ponía la mesa del desayuno con Michael Fisher, y los miró roja como un tomate.
         —¿Qué te pasa, Aurora?
         —Issi, he entrado en su dormitorio para decirle que el desayuno estaba listo y... no está sola.
         —¿Cómo que no está sola? —Michael bufó desplomándose frente a las tostadas recién hechas—. ¿Con quien puede estar?
         —No lo sé, no lo he visto, solo he visto el bulto a su lado, pero hay alguien con ella.
         —Uno de los niños.
         —No, los dos niños siguen dormidos en su dormitorio.
         —¿En serio? —Mike se echó a reír y miró a la madre de su amiga—. A lo mejor ligó anoche, ya era hora de que tuviera nuevas experiencias.
         —No, ¿mi hija? Imposible, y además, ¿cuándo?
         —No lo sé, pero no está sola —insistió Aurora—. ¿Anoche salió?
         —Si no lo sabes tú, Aurora, que estabas aquí...
         —A lo mejor salió cuando todos estábamos dormidos.
         —O invitó a alguien... —susurró Mike incrédulo, porque era imposible que Eloisse hiciera algo así, aunque de repente pensó en su último pretendiente, Cillian Sheehan—. A lo mejor alguien vino a verla y...
         —¿Papá? —Se oyó la vocecita de Jamie y todos corrieron hacia las escaleras. El niño se había levantado solo y estaba en el dormitorio de su madre. Issi se moriría si la descubría con otro hombre en la cama, pensaron los tres y corrieron decididos a detener al pequeño, aunque él seguía llamando a su padre ya dentro de la habitación.
         —¡No, Jamie, cielo, ven! —llamó la abuela—. ¡James!
         —Hola, campeón, ¿cómo estás, mi vida? —La voz grave de Ronan Molhoney sonó pastosa por culpa del sueño. Carmen, Michael y Aurora se miraron completamente desconcertados—. Shhh, mamá está dormida...
         Los tres bajaron los escalones en completo silencio y llegaron a la cocina con la boca abierta. No tenían ni idea de que Ronan estaba allí, ni siquiera lo habían oído llegar y, además, ¿qué hacía en la cama con Issi? Todo era muy irregular y cuando el aludido apareció en el comedor vestido solo con los vaqueros mal abrochados, cara de sueño y Jamie en brazos, apenas atinaron a saludarlo.
         —Buenos días —dijo dejando al pequeño en su sillita—. Aurora ¿puedes ir ver si Alex se ha despertado, por favor?
         —Sí, sí, claro.
         —¿Cuándo has llegado?
         —De madrugada. ¿Hay café? —Se sirvió una taza grande y miró a su suegra con esos enormes ojos celestes—. Nos hemos pasado toda la noche despiertos, así que será mejor que dejemos dormir a Issi. Además, está tan cansada que...
         —Claro, ¿tienes hambre?
         —Sí, gracias. Jamie, ¿quieres tostadas o bizcocho? Yo voy a tomar unas tostadas, ¿qué tal Fisher?, ¿cómo estás?, Issi ya me lo ha contado, lo siento, tío.
         —Gracias de todas maneras por lo que has hecho por nosotros.
         —No es nada.
         —¿Nada? Es una fortuna.
         —Es un regalo de toda la familia, Jamie es tu ahijado y... —Bebió un sorbo de café y lo miró a los ojos—. He pagado las bodas de todos mis hermanos, tú eres un hermano para Issi, así que no se hable más, ¿vale?
         —Joder, menuda mierda —dijo Mike enjugándose una lágrima y Carmen corrió a abrazarlo.
         —No existe nada en este mundo que no se pueda arreglar, tío, no te rindas tan fácilmente.
         —Papi... —dijo la vocecita de Alex, que en cuanto vio a su padre estiró los bracitos hacia él.
         Ronan Molhoney dejó el café y se levantó para abrazarlo y comérselo a besos. Carmen, Mike y Aurora fingieron normalidad y se sentaron a desayunar como si tal cosa, con el cantante pendiente de sus niños y sin que apareciera Eloisse para darles una explicación. Eran las nueve de la mañana, muy tarde para ella, pero nadie se atrevió a ir a despertarla.
          
          
         —Lo siento, lo siento... —Entró corriendo en la cocina, con el pelo revuelto y ese pijama diminuto que le sentaba tan bien. Carmen, Aurora y Mike la miraron con sorpresa, pero nadie se atrevió a abrir la boca—. Buenos días, es tardísimo, lo siento mucho, me quedé frita. No sé, debe ser la puñetera anemia, ¿y los niños?
         —Con su padre en la piscina.
         —¿La piscina?, ¿no estaba cerrada?
         —Sí, precisamente Ronan está protestando por el cierre de la piscina —susurró Carmen viendo sus ojos resplandecientes—. ¿Quieres café?
         —Sí, gracias, pero primero un zumo. ¿Micky como estás? —preguntó mientras abría la nevera y sacaba unas naranjas.
         —Ahora, sorprendido.
         —Lo sé, lo siento. —Se volvió hacia ellos y respiró hondo—: Ron y yo empezamos a hablar hace unos días y anoche creo que acabamos de aclarar cualquier mal entendido que hubiera entre nosotros. Lamento no habéroslo advertido, pero, como siempre, todo ha surgido de forma espontánea.
         —¿O sea que lo vais a intentar? —preguntó Mike, viendo la cara de sorpresa de Carmen y Aurora.
         —No, no lo vamos a intentar, esta vez no, esta vez nos hemos reconciliado sin más, sin pruebas, ni intentos, volvemos a estar juntos y espero que todos nos apoyéis a pesar de lo que ha pasado y de lo que os he hecho sufrir.
         —Felicidades —dijo Aurora, abrazándola—. Me alegro mucho, Issi.
         —¿Mamá? —Miró a Carmen, que se apoyó en la encimera.
         —¿Así, de repente?
         —No hemos sabido hacerlo de otra forma.
         —¿Qué quieres que te diga?
         —Nada, no te preocupes, entiendo que no lo veas del todo normal.
         —Solo sé que te veo feliz cuando estás bien con él, ¿qué puedo hacer salvo pedir a Dios que esta vez sea la definitiva?
         —Gracias.
         —Si es lo que quieres, estupendo. —Michael la agarró y le pegó un abrazo muy fuerte—. Te lo mereces todo.
         —Gracias y ahora voy a ver a los niños. Luego me visto y nos vamos a hablar con Ralph, ¿de acuerdo?
         —No, Issi, no quiero hablar con él.
         —Pero, cariño...
         —No, no puedo casarme con alguien que desconfía de mí a la primera de cambio. Lo he pensado mucho esta noche y creo que mejor prevenir que curar, no voy a casarme con él, porque no cree en mí, ayer no me dio ni el beneficio de la duda, ¿sabes?
         —Pero es que Ron dice...
         —No, gracias. —Les dio la espalda y agarró sus gafas de sol—. Me voy a la playa, no me caso, pero sigo de vacaciones.
         —Mike... —Lo vio salir y miró a su madre y a Aurora moviendo la cabeza.
         —Tiene razón —susurró Carmen.
         —Bueno... ¿y qué pasa con el cierre de la piscina?
         —Le parece poco seguro.
         —Vale, ahora vuelvo. —Salió al jardín y caminó por el césped recién cortado sintiendo su frescura en los pies desnudos. Esa tarde iban a empezar a decorar la casa para la boda y todo estaba limpio y recogido, aunque Ronan, alicate en mano, parecía estar destrozando la valla metálica que rodeaba la enorme piscina. Iba vestido solo con los vaqueros y se quedó un rato observando su cuerpo fuerte, el abdomen liso, los músculos tan bien marcados gracias al boxeo y al gimnasio—. ¿Qué hacéis?
         —Hola, mami —saludaron los niños sin separarse de él.
         —Esto es muy inseguro, cualquiera de los dos puede manipularla, entrar y caerse al agua, ¿quién demonios la cerró?
         —El albañil que nos hace todos los arreglos. —Se acercó y observó el trabajo—. ¿Qué le has hecho?
         —Nada, he reforzado el cierre, era una mierda. No se pueden correr riesgos con estas cosas.
         —Lo sé y por eso los dos saben que no pueden acercarse a la piscina sin un adulto, ¿verdad chicos?
         —Sí —asintieron y Ron se enderezó dando por acabado el trabajo.
         —Sí, claro, tú fíate de su palabra. —Sonrió tocándoles el pelo—. Es así como ocurren los accidentes.
         —Tienes razón, ¿y se abre bien o queda muy justa? —Intentó abrir el cierre y sonrió—. Qué suerte tenerte aquí.
         —¿Para hacer las chapuzas?
         —Claro. —Se acercó y lo abrazó aspirando el aroma delicioso de su pecho, mientras él seguía pendiente de la valla—. Michael dice que no quiere hablar con Ralph, que si desconfía de él a la primera de cambio, no quiere casarse.
         —Está cabreado. ¿Ha llegado Kirk? Fue a comprarme algo de ropa.
         —¿En serio? —Se apartó y miró sus ojos celestes.
         —No he traído equipaje.
         —Sí, pero...
         —Llamé a Sharon y ellos se ocupan...
         Así funcionaban las cosas cuando eras un cliente VIP, recordó Issi, las grandes firmas tenían todos tus datos de tallaje y preferencias, y podían prepararte unas mudas completas sin tener que acercarte por la tienda. Un lujo muy caro, pero muy cómodo.
         —Claro, ¿qué hacemos con Ralph?
         —Me ducho y nos vamos ha hablar con él.
         —Perfecto, me voy a tomar un café... —Se apartó mirando el mar brillante que los rodeaba—. Qué día más bonito.
         —¿Ya? ¿Y mi abrazo? ¿Me dejas a medias? —La agarró y la apretó contra su pecho para algarabía de los niños—. Mamá es mía hoy, ¿de acuerdo, chicos?
         —¡No! —gritaron los dos—. ¡Mía!
         —¿Vuestra? Si yo la vi primero, así que es para mí y vosotros dos os vais a la playa con la abuela Carmen.
         Apenas habían dormido, Ron había aparecido con lo puesto en el aeropuerto y antes de cruzar una sola palabra, había corrido para abrazarlo y plantarle un beso que ya no dejaba espacio a las dudas. No quería seguir sufriendo, no podían seguir de ese modo y si él estaba dispuesto a espezar de nuevo, ella estaba allí para intentar mejorar y comenzar de cero lo que habían dejado mal aparcado hacía tanto tiempo.
         Después del encuentro en el aeropuerto, él volvió a contarle lo que había pasado en Suecia, y le habló de las frustraciones que había sobrellevado durante su año y medio de separación, lo soltó todo, e incluso le confesó el incidente con Jamie en Killiney, sin que ella replicara, ni se escandalizara, limitándose solo a escuchar, con calma y sin reproches, hasta que llegó su turno y reconoció su nula capacidad para comunicarse en los momentos de crisis, su exagerado sentido de la perfección, la rigidez que a veces les hacía tanto daño, y prometió no volver a repetir estos esquemas por muy arraigados que los tuviera. Ella quería mejorar, madurar y él estaba dispuesto a ayudarla, así que no había mucho más que discutir.
         —¿Cómo pudiste creer que te había abandonado por otra mujer? —preguntó al amanecer, tras un largo silencio.
         —Vi la fotos, era tan guapa y la estabas besando, ibas con ella de la mano, ¿qué querías que pensara?
         —Me hubiese gustado que me llamaras y me pidieras explicaciones, podría habértelas dado, podría haber salido de ese sopor etílico en el que me encontraba, pero no lo hiciste y pensé que no te importaba.
         —Aunque seas mi marido nunca he creído tener derecho de exigirte nada, ni explicaciones, ni...
         —Y entonces yo siento que estoy solo en esta relación, cuando te retiras sin pelear, sin luchar por mí, ¿lo entiendes?
         —¿En serio?, ¿cómo puedes sentir eso? Yo...
         —Jamás me rendiré contigo, Issi.
         —Ni yo contigo, mi amor... —Alargó la mano y le acarició la mejilla rasposa de barba—. Ojalá algún día fueras capaz de entender lo mucho que te quiero.
         —¿Saliste con Cillian Sheehan? Dímelo, por favor.
         —No.
         —No pienso matarlo.
         —No salí con él, aunque lo intentó. Muchas veces.
         —¿Galway?
         —Por supuesto que no, no salí con nadie, estos últimos meses no he tenido cabeza para nada, Ronan, ¿cómo puedes solo imaginar que yo...?
         La agarró por la nuca y le plantó un beso largo y apasionado. Luego la llevó a la cama e hicieron el amor con la luz del día entrando poco a poco en la habitación con vistas al mar, despacito y dulcemente, amándose entre susurros y sollozos, entre lágrimas y sonrisas, hasta que llegaron juntos al clímax y entonces ella confesó lo último que se guardaba en el rincón más apartado de su corazón, aquello que no podía contar a nadie sin provocar un escándalo, a nadie salvo a él.
         —Quiero otro bebé. —Ronan buscó sus ojos y le sonrió de oreja a oreja, la abrazó y ella se acurrucó sobre su pecho suspirando, feliz, preparada al fin para descansar.



 Capítulo 42

 

 

          
         Eloisse pasó delante de él, con ese vestidito de seda estampada, corto y con la espalda al aire, y tuvo que tragar saliva para no lanzarse sobre ella. Debajo llevaba un bikini rosa, y en los pies unas sandalias de esparto, con cuña no muy alta, que le daban un aspecto arrebatador. Además estaba esa piel de terciopelo, levemente dorada por el sol, el cuerpo perfecto que se vislumbraba a través de la tela, el pelo recogido en una coleta alta, que dejaba a la vista su cuello esbelto, la cara lavada, esos labios suaves y deliciosos...
         —Ronan. —Le acarició el pecho y él saltó, la miró a los ojos, se inclinó y la besó con la boca abierta, un pequeño mordisco en medio de la tensión insoportable que los rodeaba. Ella se apartó ceñuda y él asintió para calmarla, sabía por qué estaba allí, no se había olvidado, aunque solo le apetecía llevarla a la cama y hacerle el amor hasta la semana siguiente sin parar.
         —Sí, la cuestión es clara... —Carraspeó observando como ella se alejaba y se apoyaba en la pared. Con algo de suerte la dejaría embarazada enseguida, un regalo extra que ni en sus mejores sueños se habría atrevido a contemplar porque, aunque estaba como loco por tener otro hijo, llevaba meses asimilando la idea de que no volvería a repetir paternidad, nunca más, porque sin Issi esa posibilidad era imposible, inviable, porque no se imaginaba a nadie, a ninguna otra como madre de sus hijos, a nadie con la serenidad, la inteligencia, la estabilidad y la dulzura de Issi. No existía otra persona como ella y se había resignado a la idea de quedarse solo con Jamie y Alex. Sin embargo, ahí estaban, juntos, empezando de nuevo y ella deseando tener otro hijo. Gracias Dios mío, pensó mirándola con los ojos nublados de amor. El médico le había dicho que cuatro meses después del aborto era tiempo más que suficiente para intentarlo y estaba seguro de que con sus antedecentes lo consegurían de inmediato si es que no estaba embarazada ya, después de la primera noche y...
         —¡Ron!
         —Lo siento, princesa, debe ser la falta de sueño. En fin, no había vuelto a pensar en la llamada de parte de la supuesta ayudante del capullo ese, Sheehan, pero al oír que tú habías recibido otra, me vino a la mente. No es nada normal, y creo que las ha hecho la misma persona con el único afán de hacer daño. Si no ¿qué coño hace Issi dándole a la ayudante de un imbécil como ese mi teléfono?, y cómo demonios los del hotel te localizan a ti y no llaman directamente a Mike, ¿eh?, ¿dónde se ha visto algo semejante?
         —Siendo, además, absolutamente falso que yo haya estado en la casa de Sheehan.
         —¿Y quién, con una mente tan siniestra, tiene nuestros teléfonos, sobre todo el tuyo, Ronan, que no lo tiene ni Dios? —interrumpió Ralph que seguía indignado y dolido con Michael, que no se había dignado siquiera a aparecer en ese encuentro en casa de Carmen—. ¿Y para qué?
         —Para hacer daño.
         —¿Y quién?
         —No lo sabemos, pero hay algunos candidatos... —Sonaron los móviles de Ronan y Ralph a la par, en el mismo instante en que Michael, acompañado por Stavros, que lo traía del brazo, aparecía en la casa con cara de pocos amigos—. Hola, Micky.
         —Hola —respondió mirando a su amiga y a Carmen, que le sonreían mientras Ron y Ralph se apartaban para contestar a las llamadas—. No tengo tiempo para esto.
         —Solo será un minuto. —Issi se acercó y lo abrazó.
         —Han detenido a Liam Galway en Heathrow —anunció Ralph blanco como un papel—, cuando iba a coger un vuelo hacia aquí. Emma Capshaw lo ha acusado de intento de violación y abusos y lo han detenido... bendito sea Dios.
         —¡¿Qué?! —Todos preguntaron a la vez sin poder dar crédito. Ralph miró su teléfono y se encogió de hombros—. Me ha llamado Amanda, tengo que hacer algunas llamadas, algún colega debe sacarlo de allí y hay que llamar a la embajada... Es increíble.
         —Esa mujer está completamente loca —susurró Michael—. Total y absolutamente loca.
         —Mañana sacan el último número del News of the World, han detenido a la plana mayor acusados de usar escuchas ilegales y demás irregularidades en la gestión de exclusivas... —Ronan volvió a la cocina moviendo la cabeza—. Sean me ha llamado para decirme que estamos en la lista de personas conocidas a las que les pincharon el teléfono...
         —No me lo puedo creer. —Issi se desplomó en una silla y se tapó la cara con las manos.
         —Eso explica muchas cosas, deberemos declarar, me imagino y la policía necesita revisar nuestros teléfonos. Menudos hijos de la gran puta.
         —¿Pero qué está pasando? —Carmen exclamó abriendo la nevera—. ¿Queréis tomar algo? Esto es de locos. Pobre Liam.
         —¿Qué le pasa? —Ronan se sentó junto a Issi y la abrazó y le besó la cabeza.
         —Lo han detenido, su exayudante, la loca de Emma Capshaw, lo ha acusado de intento de violación... ¡Ya está! —Issi se puso de pie y los miró a todos—. Emma, ella ha hecho las malditas llamadas, no hace otra cosa que intentar perjudicar a Liam y a sus amigos y...
         —¿Qué llamadas?
         —La de Ralph ayer y una que le hicieron a Ronan hace una temporada, diciéndole que yo había olvidado algo en casa de Sheehan.
         —Tú nunca has estado en casa de Sheehan.
         —Lo sé, Mike, por eso creemos que la misma persona las hizo y puede ser Emma. Está enferma, mira hasta donde ha llegado con Liam.
         —Sea como sea, el daño ya está hecho.
         —Pero...
         —No, Issi, y gracias por tu hospitalidad, pero me voy al piso que los chicos alquilaron en San Antonio. Necesito despejarme de verdad y si me quedo en vuestra casa...
         —Ya está. —Ralph regresó a la cocina y miró a Michael respirando hondo—. Supongo que a todos nos han tendido una trampa. Deberíamos hablar.
         —No, y te lo digo delante de todo el mundo para que quede claro. Me he pasado la mañana al teléfono avisando a la gente de que se anula la boda, algunos tuvieron tiempo de no coger sus aviones, otros, vendrán igualmente para pasar unos días en la playa. Todo el mundo avisado, se acabó la puta boda... no pienso casarme con alguien que a la primera oportunidad desconfía de mí. Lo siento, pero mi amor no llega tan lejos y el tuyo, por lo visto tampoco. —Se hizo un silencio tenso y Ralph bajó la cabeza sonriendo—. No estoy bromeando y no es un ataque histriónico de los míos, Ralph. Me quedaré dos semanas por aquí, espero que cuando regrese a Londres hayas sacado tus cosas de mi casa, porque te recuerdo que el contrato de alquiler está a mi nombre. Adiós.
         Salió despacio hacia la playa y todos se quedaron sin respiración. Issi sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y la mano de Ronan en su cintura, pero se apartó, le acarició la cara y le dio un beso. Hizo un gesto a su madre para que atendiera a Ralph, que no se movía mirando al infinito con cara de absoluta incredulidad, y salió corriendo destrás de Michael.



 Capítulo 43

 

 

          
         Tenía cuarenta y cinco años y jamás lo habían detenido, menos aún en un país que no era el suyo y verse escoltado por cuatro policías hacia la comisaría de Heathrow había sido una de las peores experiencias de su vida. Hacía pocas semanas habían leído con estupor sobre la detención de un importante cargo francés en Nueva York, acusado de violación y abusos a una camarera de hotel, y se habían escandalizado del escarnio público al que lo habían sometido. Lo habían bajado de un avión, lo habían esposado, quitado el pasaporte y fichado, con la prensa siguiendo cada uno de sus pasos, y aquello los había dejado perplejos, sobre todo por la falta de discreción con que se había llevado el caso, un caso que estaba a punto de quedar en nada por falta de pruebas y por las contradicciones en las declaraciones de la víctima, que además, estaba siendo atacada por un pasado algo turbio que invalidaba, decían, sus acusaciones.
         Sin embargo, el escándalo ya estaba servido, el personaje condenado públicamente y la supuesta víctima completamente arrasada en su intimidad, una locura, que él creyó vivir en primera persona al oír de boca de un agente vestido de uniforme las denuncias de abusos e intento de violación que había interpuesto contra él Emma Capshaw, una mujer a la que había tenido trabajando en su propia casa durante meses. De la sorpresa había pasado al estupor, luego al enfado y finalmente a la desesperación, aunque afortunadamente para él, en Inglaterra no lo pasearon esposado delante de los medios de comunicación, ni airearon su caso, sino que le permitieron llamar a su abogado y abandonar el aeropuerto camino de su casa sin pasaporte, sin poder abandonar el país, pero respetando su presunción de inocencia.
         A Amanda un ataque de ansiedad casi le cuesta un ingreso en el hospital, pero se recuperaba bien y lo estaba acompañando en Londres mientras luchaban por aclarar el asunto con la propia Emma Capshaw, que se mantenía oculta a la espera de airear su caso en la prensa, y con sus abogados, que amenazaban con reclamarle muchos millones de libras por su delito. A él también le habían hecho falta algunos tranquilizantes para evitar que le diera un infarto y para detener los deseos que tenía de buscar personalmente a la asistente para estrangularla, pero ya respiraba mejor e intentaba concentrarse en el trabajo, dejando que el carísimo bufete de abogados que pagaba consiguiera solucionar la acusación falsa y limpiar su nombre. Una vez que eso sucediera pensaba demandar a Emma Capshaw por falso testimonio, por difamación, por atentar contra su honor y su intimidad, como Ronan Molhoney había hecho con la modelo sueca, luego se marcharía a los Estados Unidos e intentaría olvidarse definitivamente del episodio, aunque de momento les quedaba lo peor, y era esperar el día en que aquella mujer insensata decidiera salir en televisión y en los periódicos sensacionalistas, contando su mentira a bombo y platillo, una farsa tan ridículamente urdida que daba risa, aunque la opinión pública seguramente la recibiría con enorme expectación, porque en esos momentos no importaba ya su carrera impecable de más de veinticinco años, su impoluta hoja de servicio como buen ciudadano, todo carecía de importancia ante la mentira arbitraria de una persona enferma, que lo había puesto en la picota de la manera más vil y lamentable.
         Y todo era culpa suya, porque jamás debió acudir a una última cita con esa mujer, jamás debió llegar sin un abogado, jamás debió oírla, ahí, llorando como una magdalena, trágicamente disfrazada de Eloisse Molhoney, con el pelo teñido de oscuro, las lentillas negras, y esa ropa que copiaba a la de cualquier bailarina de la Royal Opera House saliendo de un ensayo. La visión le produjo un rechazo instantáneo, pero aun así se sentó y oyó sus lamentos, sus falsas disculpas y cuando al fin rechazó, otra vez, elegantemente, su declaración desesperada de amor, ella no dijo nada, pero se sacó del bolsillo aquel broche de Harry Winston, el que él había comprado para Eloisse, el de la bailarina, y lo levantó, se lo puso delante de los ojos y lo rompió entre los dedos, lo dobló y lo quebró despacio, tras lo cual se largó dejándolo completamente desorientado.
         Cuarenta y ocho horas después era detenido en el aeropuerto de Heathrow acusado de intento de violación.
         Respiró hondo y miró la revista que Amanda había dejado olvidada en la cama y donde los Molhoney eran los protagonistas, una espectacular portada donde la pareja aparecía besándose en la cubierta de un barco, en el Mediterráneo, ella preciosa en bikini, él muy atractivo enseñando torso y brazos fuertes, mientras el titular rezaba: La reconciliación definitiva de Ronan y Eloisse Molhoney en Ibiza, se fue a las páginas interiores y pudo ver a Eloisse fotografiada en diversas situaciones y posturas, siempre perfecta, tan guapa y tan feliz, y otras imágenes en la playa con los niños, o los cuatro paseando por la ciudad. La familia perfecta, pensó con algo de congoja, porque aunque ya sabía que estaban juntos gracias a Ralph Smithson, le costaba asimilarlo y le escocía, y se preguntaba, una vez más, qué se sentiría al compartir un amor tan incondicional con alguien.
         —¿No puedes dormir? —Amy saltó a la cama y le quitó la revista—. Me voy a poner celosa si miras a esta chica con esos ojitos. Ya sé que es muy guapa, pero...
         —Solo es curiosidad, Amanda.
         —La verdad es que hacen una gran pareja. —Ella hojeó las páginas a todo color y suspiró mirando el cuerpo perfecto de la bailarina pegado al de su impresionante marido—. Los niños son preciosos, y como auguró Michael, y a pesar de los pesares y de las suecas de dos metros, ahí están, dispuestos a intentarlo de nuevo.
         —Bueno, lo de la sueca fue otro montaje más.
         —Pero se acostó con ella y lo vimos llegando al hotel y...
         —No seré yo quién defienda a Ronan Molhoney, pero después de lo que me ha pasado, ya no me fío de nada de lo que publican y no pienso juzgar a nadie, nunca más.
         —En eso tienes razón —dejó la revista y lo abrazó—. ¿Debería ir al programa de Oprah y adelantarme a lo que esa bruja se atreva a decir aquí sobre ti?
         —¿Qué bruja?, ¿Oprah o Emma? —Se echó a reír y Amanda con él—. No lo sé, sinceramente ya no estoy seguro de nada.
         —La llamé ayer y le conté lo que sucedía, me dijo que su programa estaba abierto para oír nuestra versión de los hechos.
         —Cómo no, es una exclusiva.
         —No seas sarcástico, Liam, deberíamos, por una vez, usar nuestros contactos y nuestra fama a nuestro favor. Estoy segura de que Emma Capshaw y sus amigos del News of the World están preparando su estrategia muy bien. Al fin y al cabo están sin trabajo y querrán ganar pasta a cualquier precio.
         —¿Tú quieres ir?
         —Sí.
         —Pues hazlo, te agradezco que quieras sacar la cara por mí.
         —Eres mi marido, Liam, te quiero y soy capaz de matar por ti. —Se incorporó para mirarlo a los ojos y Liam le sonrió. Hasta entonces le había parecido distante y superficial, pero en las últimas semanas se estaba comportando como una verdadera amiga y sintió mucha ternura—. A propósito, ¿cuándo nos volvemos a casar? Esta vez podría ser una ceremonia en Bali o algo así, ¿eh? O mejor aún, en una iglesia antigua de Irlanda, podemos pedir consejo a tu amiga Eloisse y a su marido.
         —Ya veremos, ahora a dormir, ¿de acuerdo?



 Capítulo 44

 

 

          
         Colgó el teléfono y se apoyó en la encimera de la cocina tragándose las lágrimas. Era la quinta vez que intentaba hablar con su padre y al fin Fiona había tenido que reconocer que no pensaba contestar a sus llamadas, que no quería hablar con ella y que era mejor que le diera un tiempo para tranquilizarse.
         —Cariño, no vengas, por favor, no quiero que te lleves un disgusto.
         —¿No me va a dejar entrar?, ¿no quiere ver a sus nietos?
         —Claro que quiere, pero... ay, Issi, está muy enfadado, enterarse por una revista de que estabais juntos otra vez...
         —Te lo dije a ti desde Ibiza.
         —Pero no es lo mismo, ya sabes como es, no le avisaste y...
         —Todo fue muy precipitado y no sabía que nos estaban haciendo fotos, no es mi culpa.
         —Bueno, no pasa nada, dale tiempo.
         —¿Y tú tampoco quieres verme, Fiona?
         —Claro que sí, cariño, pensaba ir hoy a veros, he echado tanto de menos a Jamie y a Alex, ¿cómo están?
         —Llevamos tres días en Londres, ¿sabes?
         —Lo sé, lo siento, ¿puedo pasar hoy por allí?
         —Claro, ven cuando quieras.
         Su padre no quería verla, no podía ni mirarla a la cara y la culpable había sido la portada de esa horrible revista que los había sacado a todo color disfrutando de sus vacaciones en Ibiza. En bikini, en bañador, besándose, queriéndose como cualquier pareja normal que acaba de reconciliarse, aunque a ellos los habían diseccionado en muchas páginas, haciéndoles un seguimiento que era digno del MI6. Era muy injusto, pero más injusto aún era que su padre la juzgara de ese modo, sabía que no soportaba a Ronan, que después de su último gran escándalo no lo quería ni ver, pero también le había dicho que quería verla feliz y eso estaba intentando hacer, ser feliz, ser sincera, coherente, e intentar por todos los medios recomponer su vida junto al hombre que amaba, algo que pretendía conseguir sin sentir que estaba traicionando a su propio padre.
         Miró los restos del desayuno y suspiró, estaban de vuelta en casa tras un verano maravilloso y muy intenso. Ronan había variado toda su agenda para instalarse con ellos en Ibiza, incluso habían conseguido pasar cinco días los cuatro solos, como cualquier familia normal, sin niñera, ni escoltas, ni ayudantes, ni asistentes, intentando recuperar el tiempo perdido. Lo habían pasado estupendamente y se sentía llena de energía y mucho más descansada, aunque el reencuentro con la cruda realidad estaba siendo mucho más duro de lo que se habría podido imaginar.
         —Princesa, finalmente no vendré a comer, quiero ir a ver a Phillip y... ¿Issi?
         —Sí, claro, no te preocupes. —Se agachó simulando que estaba comprobando el lavavajillas, pero él se acercó y se le puso al lado.
         —Hola.
         —Hola. —Ella siguió esquivando la mirada, así que le sujetó una mano.
         —¿Qué ocurre?
         —Nada, ¿crees que vendrás a cenar pronto? Pensaba cocinar algo especial.
         —¿Qué ocurre?
         —Nada, ¿qué puede pasar?
         —Issi por favor.
         —Nada.
         —¿Eh?
         —Mi padre no quiere hablar conmigo y Fiona me ha dicho que mejor no vaya a casa. Oh, Dios mío. —Se pasó la mano por la cara y forzó una sonrisa—. Se está haciendo mayor y muy cascarrabias, mejor hago caso a Fiona y lo dejo correr.
         —¿Por nosotros? Por mí, supongo.
         —No hagamos caso, ¿vale? Ya sabemos como es y como soy yo, que lloro por todo.
         —Hablaré con él.
         —No, eso ni lo sueñes, no empeoremos las cosas, ¿vale? Ya se le pasará, es que ver la revista, en fin... Un problema absurdo.
         —Hablaré con él, tenemos una charla pendiente desde hace muchísimo tiempo.
         —No, no quiero que hables con él, mi padre es cosa mía y de nadie más, por favor. —Se le puso delante y lo agarró de la camiseta—. Prométeme que no harás nada, Ronan, por favor, prométemelo.
         —¿De qué tienes tanto miedo?
         —De nada, es que no quiero empeorar las cosas, promételo.
         —¿Alguien puede negarte algo a ti? —Bajó las manos y la sujetó por las caderas, deslizó los dedos y la asió por el trasero, ronroneando—. ¿Cómo puedes ser tan guapa, Eloisse Cavendish?
         —Prométeme que no llamarás a mi padre —bufó muy seria y él suspiró.
         —Te voy a prometer una cosa: no voy a ir a buscarlo, ni a provocar una charla con él, no lo haré, pero si en algún momento, en el futuro, una conversación entre tu padre y yo surge de forma natural, no la evitaré, por el contrario, él y yo necesitamos hablar y espero que sea pronto.
         —Vale —contestó ella después de pensarlo unos segundos.
         —Vale, ¿por dónde iba? —La apretó contra su cuerpo y miró sus pechos firmes y suaves con ojos golosos—. Ah, ya me acuerdo.
         —¿Vas a ver a Phillip Green, el tatuador? —Él asintió hundiéndo la cara en su cuello—. ¿Otro tatuaje? Si estás perfecto así.
         —Tengo que acabar de ampliar este. —Se acarició el brazo izquierdo—. Aún falta un segmento pequeño, ¿no te gusta?
         —Sí, pero no sigas por el pecho o la espalda, por favor, me gusta tal cual está.
         —¿En serio?, ¿te gusta? —Le lamió la boca y le separó los labios intentando devorarla, como siempre, pero la manita suave de alguien le agarró la pierna interrumpiéndolo cruelmente. Bajó la vista y se encontró con los ojos celestes de Jamie, que los observaba en silencio—. Hola, campeón, ¿qué quieres?
         —El piano, ya lo sé.
         —¿Ya sabes tocar la canción? —Issi se agachó y cogió al niño en brazos—. ¿En serio?
         —Sí.
         —Pero qué rapidez, mi vida.
         —¿Nos la tocas a mamá y a mí?
         —Sí.
         —Muy bien, vamos a oírte.



 Capítulo 45

 

 

          
         Visitar al fisioterapeuta era siempre doloroso. Estiraba, doblaba, hundía los dedos y exploraba a conciencia su cuerpo, dejándolo bastante maltrecho, especialmente después de las vacaciones, así que tras pasar por las manos de Gwen, la querida fisio de la compañía, decidieron pedir hora en el spa del hotel Sofitel London Saint James, y someterse a un masaje de chocolate y otras delicias muy relajantes, con los móviles apagados y sin ninguna prisa.
         Era simplemente delicioso y Eloisse suspiró mirando de reojo a Michael, que permanecía igual que ella, boca abajo en su cómoda y amplia camilla, embadurnado de chocolate hasta el cuello, leyendo una revista que había colocado estratégicamente en el suelo.
         —¿Qué lees?
         —Te miro en tu barco, qué cuerpazo, Issi, los dos, menuda pareja más guapa.
         —Veinte años de ballet en algo deben ayudar.
         —No es solo eso, tienes un cuerpo precioso y Molhoney también, vaya oblicuos más perfectos se ha marcado. ¿Y el barco de quién es?
         —Andrea Hamilton nos lo alquiló, fueron dos días de auténticas vacaciones, los dos solos. Adoro a mis hijos, pero a veces hasta nosotros necesitamos un respiro. Alexander está cada día más ingobernable, ¿sabes? No hace más que incordiar a Jamie, no lo deja en paz, mientras él lo ignora y así sucesivamente. Ronan tiene una paciencia infinita, pero incluso él acaba castigándolo cada dos por tres, es un remolino, no sé si necesita algo de actividad extra, desde luego en septiembre empezará la guardaría, pero estas semanas que nos quedan serán movidas. Jamie solo quiere tocar el piano y jugar tranquilo y Alex va y lo provoca, constantemente, no sé... —Se calló y miró a su amigo que sonreía de oreja a oreja—. Lo siento, parezco una gallina clueca.
         —Está bien, es divertido oírte.
         —Hay días en que Ron y yo solo hablamos de los niños, es increíble, lo protagonizan todo, pero es que están en una edad tan deliciosa —dijo, sonriendo al recordar sus caritas y sus ojos celestes—, aunque haya momentos en que quisiera largarme de casa y dejárselos a su padre para siempre.
         —¿Como ahora?
         —Ahora están con Aurora y Fiona en el parque, con ellas se comportan mejor. A Ronan y a mí nos ponen a prueba, te lo digo en serio, sobre todo Alex que después de meter el móvil en el inodoro o tirar los juguetes por la ventana, te mira con esos ojitos de ángel y sonríe como si no hubiese roto un plato en su vida.
         —Afortunadamente, Molhoney es un padre competente.
         —Lo es y lo quiero aún más por eso, pero no hablemos más de mí y mírame, ¿qué tal estás?
         —Estoy bien.
         —¿Vas a seguir muchos meses más sin hablar del tema?
         —Aprendí de ti.
         —Oh, Dios —bufó y se quedó muda.
         —¿Has hablado con él?
         —Sí.
         —¿Y?
         —Está viviendo en un piso de Nottinghill y espera volver a Nueva York en septiembre.
         —Muy bien.
         —¿No piensas darle la más mínima oportunidad?
         —Estoy saliendo con alguien.
         —¿Qué?
         —Sí, un australiano que conocí en Ibiza, un surfero gay, muy mono.
         —¿Estás de broma?
         —Necesito pasar página.
         —No, lo que necesitas es hablar con Ralph antes de pasar página, créeme, o te arrepentirás.
         —Si quisiera hablar conmigo, hubiese intentado algo.
         —Está tan dolido como tú y dice que como cambiaste el número de teléfono no se atreve a buscarte.
         —Pues que lo pida y me busque.
         —Me lo pidió y no se lo di por respeto a ti, ¿quieres que se lo dé?
         —¿Sabes qué, Issi? No todos somos como Ronan y tú, no todos estamos tan seguros de querer a alguien, y no todos estamos deseando reconciliarnos con el pasado, algunas personas no lo tenemos tan claro y necesitamos ampliar horizontes.
         —Vale, haz lo que quieras.
         —Exacto, y espero que esto no nos aleje a nosotros dos.
         —Por supuesto que no.
         Pero los estaba alejando y Eloisse le sonrió intentando no empeorar las cosas. Ella lo adoraba, él era su hermano, su otra mitad, pero le parecía que el asunto de Ralph lo estaba gestionando con muy poca cabeza y durante las vacaciones habían discutido varias veces sobre el particular. Para ella era complicado aceptar que se hubiese desatado en un juega continua, pasando de ligue en ligue para aplacar su dolor, no podía entender esa postura tan superficial y mientras lo observaba perpleja hundiéndose en resacas interminables, Ralph, que normalmente se había mostrado mucho más maduro y estable que Mike, tomaba decisiones y reorganizaba su vida con una velocidad vertiginosa, dejando poco márgen a una posible reconciliación, algo que por otra parte, a ella no le debía incumbir en absoluto.
         Habían terminado el tratamiento ya y salieron a la calle.
         —Vente a cenar a casa —dijo ella acariciándole la mejilla y Michael negó con la cabeza.
         —Tengo un compromiso, nos vemos mañana en el teatro, ¿vale?
         —Me encontré a Javier Aliaga esta mañana en Covent Garden y me preguntó si estabas pensando en compartir piso, él está sin casa y...
         —Ya tengo un nuevo compañero de piso.
         —¿Ah, sí? Qué bien, ¿quién es?
         —Jesse, el surfero australiano, te lo he dicho.
         —Me has dicho que estabas saliendo con él, no que vivieras con él.
         —Ha venido a Londres y en algún sitio se tiene que alojar.
         —Vale, debo irme, Micky.
         —Me gustaría presentártelo, es un muy fan de Ronan.
         —Muy bien, cuando quieras.
         Issi paró un taxi y se subió muy de prisa, dejándolo un poco desorientado en mitad de la acera. El hecho de que Ralph hubiese decidido regresar a Nueva York era normal, pero le dolía en el alma y sintió el impulso de llamarlo por teléfono para hablar, aunque solo fuera para acabar a gritos, pero al menos para oír su voz. Respiró hondo y ahogó un sollozo, lo echaba mucho de menos, lo añoraba muchísimo, pero no estaba dispuesto a dar el brazo a torcer, llevaban años y años con ese tira y afloja horroroso, que lo hacía sentir siempre como un crío estúpido a su lado, y ya que habían conseguido romper, mejor. Solo necesitaba tiempo para superarlo, nada más.
         Mike miró hacia el cielo, sintiendo sobre la cara la lluvia que empezó a caer de repente, se ajustó la mochila y se decidió a caminar un poco, había quedado en el cine con Jesse y sus amigos, pero aún tenía tiempo para pasear. Se detuvo delante de un escaparate para admirar la preciosa ropa de la nueva temporada y entonces lo notó, la presencia de alguien justo a su espalda, levantó los ojos y vislumbró a través del cristal la figura de esa mujer, Emma Capshaw, que lo seguía con una siniestra sonrisa en la cara. Se le erizó la piel, porque Liam le había contado todo lo que debía saber sobre ella, y optó por sacar el teléfono móvil y marcar el número de su amigo.
         —Tengo a Emma siguiéndome por Haymarket, voy andando hasta Picadilly Circus. ¿Qué quieres que haga?
         —Llamaré a los de seguridad, distraela, a ver si conseguimos cazarla... —Mike colgó, respiró hondo y siguió andando, decidiendo si sería una buena idea hablar con ella o no, aunque cuando al fin paró y se dio la vuelta para enfrentarla, ella había desaparecido.
         Emma se reía a carcajadas sentada en un Café Nero, observando a Michael Fisher jugando a los espías. Era patético y degustó su café con leche esperando tranquilamente a que los gorilas de Liam Galway aparecieran por alli, y lo hicieron, y por supuesto no la encontraron. Eran aficionados, aunque se consideraban expertos en seguridad, pero con ella no hacían más que fracasar, y al final abandonó el café tranquilamente, para volver a su nueva casa en metro.
         Llevaba semanas y semanas esquivando a los abogados y a los guardaespaldas de Galway, que querían localizarla para obligarla a rectificar, pero no lo haría, llegarían a juicio y entonces, lo acabaría de hundir. Ella le había dado varias oportunidades para tratarla bien, para portarse como un caballero, y las había desperdiciado todas y pagaría por ello, él y todos los que se burlaban de ella, porque sabía que hablaban de ella y la llamaban loca y se reían de su ropa o de su forma de hablar, lo sabía, se reunían en casa de Liam y la ponían a parir, todos ellos, y los machacaría, incluso tenía imágenes de los Molhoney en una situación bastante comprometida en Ibiza, a medianoche en su piscina, fornicando a la luz de la luna, y las colgaría en Internet en cuanto le apeteciera un poco de juerga.
         Desde que se había pasado al otro lado, al de los paparazzi, le iba muy bien. Ganaba dinero y se había comprado un buen equipo de fotografía, un ordenador de última generación y un portátil que le permitía enviar las imágenes a cualquier hora y desde cualquier parte a la agencia de prensa con la que colaboraba. Se le daba bien el trabajo y podía hacerlo sola, aunque su paso por Ibiza, una semana entera siguiendo a los Molhoney, lo había hecho junto a un fotógrafo español, uno que le recomendó Julia y que solo le cobró una comisión por alquilarle un barco y llevarla a todas partes detrás de la parejita. Eloisse se había criado en la isla y solía perderse por las calas más desconocidas, pero gracias a Pepe, su fichaje del verano, los pillaron siempre y los fotografió a gusto, incluso dentro de su casa, material que ningún medio se atrevería a publicar, porque era ilegal sacar imágenes captadas dentro de una propiedad privada, pero que ella planeaba colgar con cuentagotas en Internet, para acabar avergonzando a doña perfecta delante de sus padres, sus amigos y su público.
         Llegó a su piso en Whitechappel, donde vivía desde que se había peleado con Julia por culpa del impresentable de su novio, que también había intentado propasarse con ella, y se miró en el espejo. Se veía muy guapa de rubia, y se admiró un rato antes de sentarse frente al ordenador. La bandeja de entrada del correo echaba chispas, revisó los remitentes y un e-mail del Royal Opera House le llamó inmediatamente la atención, lo abrió y comprobó que era una convocatoria de prensa para la gala inaugural de la temporada de ballet, en el Victoria&Albert Museum, una fiesta. Estupendo, masculló, rellenando el impreso de acreditación con sus datos falsos, lo cumplimentó y lo mandó aplaudiendo, muy ilusionada ante la perspectiva de comprarse un vestido nuevo, uno azul oscuro, el color favorito de Liam. Tal vez, él quisiera llevarla del brazo, o no, porque seguro que la zorra de su ex se lo impediría, pero al menos podrían verse a escondidas allí, charlar y besarse en algún rincón apartado, emocionante. Saltó como una niña por el saloncito hasta que el móvil le sonó encima de la mesa.
         —¿Qué quieres?
         —¿No lees la prensa? Estamos todos jodidos con el juicio al periódico, no nos dan trabajo en ningún sitio, ¿tienes algo para mí?
         —¿Como qué Julia?
         —No sé, cualquier cosa.
         —Te dije que llamaras a Viviane Johanson. Si la llevamos al Royal Opera House y le hacemos fotos encontrándose con Eloisse, tenemos un temazo.

         —No quiere ni pisar Inglaterra, está cagada de miedo. Descartada.

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