—¿Eloisse? —La voz de Aurora le llegó lejana,
pero de repente despertó y se sentó cubriéndose con las sábanas. La mano de
Ronan se deslizó por sus pechos hasta su cintura y recordó por qué estaba
agotada y dolorida—. Lo siento, es el teléfono de Ronan, lo dejó en la cocina y
no para de sonar, creí que sería importante.
—Gracias, Aurora. ¿Qué hora es?
—Las ocho.
—Vale, ahora voy, gracias. —Agarró el
móvil y comprobó que tenía doce llamadas perdidas. Se bajó de la cama y se
inclinó para besarlo en la oreja—. Ron, Paul no para de llamar.
—Mmm, ahora lo llamo.
—¿Estás seguro?
—Sí, vuelve aquí.
—No, cariño, me voy a la ducha.
Se duchó pensando en la noche loca que
habían acabado organizando en la cama. No solo haciendo el amor varias veces
como desesperados, sino también comiendo chocolate, fruta y bebiendo té helado
entre risas, besos y miradas silenciosas. No recordaba haber estado tan bien y
tan relajados en años, sonrió recogiéndose el pelo delante del espejo, oyendo a
lo lejos el tono severo y seco de Ron hablando por teléfono. Se puso un
pantalón corto de deportes y una camiseta y salió al dormitorio donde él
discutía pegado al móvil, le dio un beso en el brazo y se fue en busca de los
niños que estaban despertando con la puntualidad de un reloj en su dormitorio.
—Buenos días, Aurora —dijo con Alex en
brazos, aún en pijama y con Jamie ya vestido para ir al colegio. Era lunes, su
día libre, y la niñera solía llevarlo a la guardería para que ella se quedara
tranquila en casa—. ¿Qué vamos a desayunar? Mmm, cereales, qué ricos.
—¿Un café?
—Yo lo preparo, tú tranquila, Aurora.
—Como quieras. —Miró a la niñera de
reojo y la vio fingiendo normalidad, aunque obviamente encontrar a Ronan en su
cama no tenía nada de normal. Abrió el grifo del agua para llenar la cafetera,
pensando en hablar con ella enseguida del tema, pero la voz de Ron entrando en
la cocina la interrumpió.
—¡Hola, chicos!
—¡Papá!
—Buenos días. Seguid desayunando, ¿vale?
Buenos días, Aurora. Hola, princesita... —Llegó hasta ella que estaba poniendo
el café y la abrazó con todo el cuerpo. Issi era tan menuda que desapareció en
el abrazo. Ron subió la mano por debajo de la camiseta y le acarició los pechos
al tiempo que le besaba el cuello—. ¿Estoy soñando o estoy borracho?
—Ni una cosa, ni la otra y no estamos
solos —susurró besándolo en la mejilla—. Por favor.
—De acuerdo, y yo llevo a Jamie al
colegio, tengo que volar a Cambridge.
Se tomó un café de pie, sin poder dejar
de sonreír y contestando a su insistente teléfono, hasta que Jamie estuvo
preparado para irse. Se despidió de Alex, que se puso a llorar desconsolado en
brazos de Issi al verlos partir, le dio un beso a su preciosa mujer, sintiéndose
el hombre más afortunado del planeta y salió al rellano, aunque ella lo sujetó
de la camiseta antes de que despareciera en el ascensor.
—Recuerda lo que prometiste.
—¿Qué?
—Que no diríamos nada, no aún.
—Princesa...
—Nada de princesa, Ron, me lo juraste.
—Vale, pero me lo notarán en la cara.
—No es cierto.
—Adiós y no te preocupes, seré una
tumba. Aunque una tumba muy satisfecha.
—¡Ronan! —Issi no pudo evitar sonreír y
él le guiñó un ojo antes de que las puertas metálicas del ascensor se cerraran.
Abrazó al pobre Alex que lloraba con los bracitos extendidos hacia su padre y
regresó con él a la cocina para hablar con Aurora.
Su adorable niñera, que era una mujer de
treinta y nueve años, fuerte, madura y muy leal, que la había apoyado y
acompañado desde los primeros dolorosos segundos de su separación, en los
primeros y complicados días en que ella era una especie de zombie sin voluntad
y Ronan hacía todo lo posible por ponérselo difícil. Aurora, que era española,
aunque llevaba años viviendo en Irlanda, había sido su baluarte, con una
fidelidad a prueba de bombas y la había sostenido sin hacer ni una sola
pregunta en los tiempos más duros, una verdadera amiga. Eloisse la adoraba y le
debía una explicación, a ella más que a nadie en el mundo y la invitó a
sentarse a la mesa de la cocina, un poco nerviosa.
—Aurora...
—No tienes que decirme nada, Issi.
—Yo creo que sí, por favor, ¿quieres
otro café? Alex, mi amor, papá y Jamie ya se han ido, no volverán porque
llores, ¿vale, cielito? —Abrazó al bebé, sirvió más café y finalmente se sentó
frente a Aurora. Suspiró y la miró a los ojos—. No sé que ha sido esto, no sé
si es una reconciliación definitiva, Aurora, solo sé que ha ocurrido y que
estoy muy tranquila.
—Sois jóvenes y os amáis, Issi, acabaría
por pasar y seguro que es lo mejor para los niños y para vosotros.
—No tengo ni idea y si pienso mucho, me
entrará el pánico, así que mejor no dar muchas vueltas...
—Prácticamente estabais juntos, Ronan
hace vida con vosotros desde hace meses, el paso siguiente era este y, ¿sabes
qué? —Le sonrió e Issi relajó los hombros—. Creo que os merecéis otra
oportunidad.
—Bueno, iremos con calma. No quiero
correr.
—Haz lo que te salga del corazón,
relájate, ¿ok? Mírate, estás radiante.
—Oh, Dios bendito. —Soltó una carcajada
dejando a Alexander, ya tranquilo, en el suelo—. Mi padre me va a matar.
—No te matará, te quiere y quiere verte
feliz, como todos nosotros.
—Gracias. —Se levantó para mirar el
interior de la nevera—. Iré a la compra después de comer con Fiona.
—Bueno, yo debo irme.
—Claro, disfruta de tu día libre, te veo
esta noche. —Se acercó y la besó en la mejilla. Aurora se detuvo y la abrazó
con fuerza, haciendo que a Issi se le saltaran las lágrimas, y le acarició el
pelo con ternura.
—No pienses más, Issi, es vuestra vida,
a nadie le importa.
Capítulo 10
Sumando su noviazgo, sus años de
compromiso y su matrimonio, Liam Galway había pasado casi quince años al lado
de su ex mujer, Amanda Heines. Una mujer guapa y talentosa con la que soñó ser
feliz y formar una familia, aunque ella había enfocado toda su vida hacia un
único objetivo: su carrera como actriz.
Se habían conocido en un casting, y
habían acabado su matrimonio casi de la misma forma, cuando ambos estaban a
punto de aceptar un papel en una importante película que, finalmente, Liam no
quiso rodar, harto ya de Hollywood, Amanda y sus ambiciones, y, sobre todo,
harto de su vida inestable y solitaria por medio mundo.
De joven solo quería ser actor de cine,
pero superada la treintena, buscaba otras cosas, como el teatro o la dirección,
y decidió buscarlas lejos de su flamante esposa, con la que firmó un acuerdo de
divorcio rápido y amistoso, como todo lo suyo, en armonía y sin dramas, porque
tanto él como Amanda siempre se habían amado con una templanza y una madurez
que daba miedo. O eso le parecía a él viendo a su alrededor otras historias de
amor bastante más humanas y apasionadas, que lo hacían preguntarse si en
realidad él había amado a Amanda alguna vez o lo suyo había sido un amor
sucedáneo y cómodo, carente de todo aquello que convertía un romance en algo
grandioso.
Tras cuatro años divorciados seguían
manteniendo la amistad y el contacto, se llamaban todas las semanas, quedaban a
cenar o a comer si coincidían en la misma ciudad y ella le pedía consejo sobre
casi todos los proyectos que emprendía. Liam la apreciaba, y por esa razón la
invitó a quedarse en su casa de Chelsea cuando ella le confirmó que pasaría
todo el mes de diciembre en Londres rodando una serie de televisión. Una idea
divertida que lo entusiasmó, mientras su ayudante, Emma, fruncía el ceño ante
la presencia repentina de aquella mujer en el remanso de paz que era su hogar.
—¿No te gusta Amy, Emma? ¿Has tenido
algún problema con ella?
—Oh, no, Liam, en absoluto, ¿por qué?
—No sé, te veo incómoda desde que llegó
y solo ha pasado una semana.
—No, claro que no... —mintió
descaradamente ella porque en realidad no soportaba a aquella norteamericana
chillona y teñida que había aterrizado en la casa de su jefe llenándola con su
ropa, sus risas y su asistente, Taylor, que era el tipo más snob que Emma
hubiese conocido en toda su vida—. ¿Crees que tardará mucho?
—Espero que no... —Liam miró la hora y
movió la cabeza, resignado—. Es muy impuntual, lo siento.
—Ahí viene.
Amanda Heines se bajó del taxi seguida
por Taylor, cargada de bolsas, aunque había quedado con ellos para salir de
compras. Quería que la guiaran por la zona más chic de la ciudad, pero parecía
haber estado ya en unos conocidos grandes almacenes, lo que acabó por fastidiar
un poquito más a Emma, que odiaba las compras y más aún en un día frío y
ventoso. Esperó a que los saludara y decidieron entrar en una de las primeras
tiendas de la calle Bond, donde la norteamericana se pasó una hora arrasando
con la mitad del muestrario sin probarse nada.
—¡Issi! — Emma divisó a la joven, que
paseaba por la calle llevando un carrito doble de bebés mientras charlaba
animadamente con una señora muy guapa, y la llamó con la mano. Eloisse la vio y
se acercó a ella sonriendo.
—Hola, ¿de compras?
—Sí, más o menos —Emma levantó los ojos
con cara de aburrimiento y le indicó a Liam que salía en ese momento de una
boutique con Amanda y Taylor del brazo—. Para mí, trabajo.
—Esta es mi madre, Carmen. Mamá, ella es
Emma, la ayudante de Liam Galway.
—¡Pero qué sorpresa más agradable!
—exclamó el actor al verlas, se agachó para saludar a los niños que iban muy
abrigados en sus sillitas y llamó a Amanda para hacer las presentaciones.
—¡Pero que niños más guapos! ¿Son
gemelos?
—No, pero se llevan muy poco y es más
cómodo llevarlos en un solo carrito de paseo —contestó Issi sintiendo los ojos
de ese joven, Taylor, pegados a ella.
—O sea que tú eres la famosa Eloisse.
Liam habla mucho de ti, aunque creo que nos conocimos hace siglos, ¿no?
—Sí, eso creo... —Issi miró a su madre e
hizo amago de seguir con su paseo—, en el teatro. Bueno, nosotros nos vamos, ya
casi es la hora de comer.
—Muy bien, iremos a veros una de estas
noches. Amanda quiere ver ballet.
—Muy bien, estupendo, ya nos veremos.
Adiós. Decid adiós, chicos —dijo a sus niños y desapareció camino del centro.
—¿Es esa la Eloisse que yo pienso?
—preguntó Taylor White con los ojos abiertos como platos—. ¿La bailarina del
Royal Opera House? ¿La que estaba casada con ese bombón irlandés de ojos
celestes? ¿La estrella de rock?
—La misma —contestó Emma.
—Jamás entenderé a los ingleses...
—¿Por? —Emma se puso delante de aquel
tipo tan extraño y él se encogió de hombros.
—¿Qué hace sin niñera y paseando con
este frío con los niños por la calle? ¿Dónde está la limusina, el chófer y la
encargada de las compras? Por Dios, es un rollo de lo más deprimente...
—¡¿Qué?! —Emma no se lo podía creer,
pero Taylor siguió hablando, ignorándola completamente.
—¿Te acuerdas de esa actriz inglesa,
Amy? ¿La de Nueva York? Amamantaba al niño y lo llevaba al parque
personalmente, con chándal y todo, y luego quería imponerse como primera actriz
de la Shakespeare Company.
—¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?
—preguntó Liam.
—Si eres una estrella, acéptalo, eso es
todo...
—Los niños son preciosos —intervino
Amanda—, pero ella es tan joven... Qué desperdicio.
—¿Desperdicio? —Liam frunció el ceño—.
¿Por qué?
—¿Qué edad tiene? ¿Veinte? Es una niña y
ya criando hijos, es de locos.
—Tiene veintisiete y hay algunas
personas para las que tener hijos no es un desperdicio, querida. Vamos, hace
frío.
Emma vio una sombra de fastidio en la
cara de su jefe que la hizo feliz, pero solo durante una milésima de segundo,
porque después Liam se recompuso y se subieron los cuatro juntos al taxi que
los llevó directamente a un restaurante para comer. Una comida a la que Emma no
quiso asistir, excusándose educadamente, porque no los soportaba ni un segundo
más, aunque esa misma noche tuvo la mala suerte de encontrarse otra vez con
Amanda Heines en su despacho, mientras cerraba algunos temas de la agenda de
Liam para la semana.
—¿Liam y esa chiquilla han tenido algo?
—¿Perdona?
—Ya sabes, con Eloisse, sé que tuvo
problemas graves con su marido y no sé... la mira con unos ojillos...
—Que yo sepa son amigos.
—¿Y tiene novia?
—No lo sé.
—No eres su escudero, mujer, eres su
asistente, puedes contarme algunos chismes de mi ex.
—No sé nada —repitió muy incómoda—. Yo
llevo pocos meses trabajando con él.
—¿Y en estos meses no ha traído nadie a
casa? No puedo creerlo.
—No sé nada —repitió Emma, levantándose,
cerró el ordenador portátil y salió del despacho con ganas de estampárselo en
la cabeza. Esa mujer era idiota y además una mal educada.
—¡Emma!
—Dime. —Emma se giró y la miró a los
ojos—. ¿Necesitas algo?
—Hablar, Liam está en el teatro y me
aburro, no conozco a nadie aquí y no sé qué invitación aceptar de todas las que
me hacen.
—¿Y Taylor?
—En su hotel, tenía spa toda la tarde.
—Si quieres, enséñame las invitaciones y
te ayudo a elegir.
—No, hablemos un poco. Quiero saber
cosas sobre Liam, hablamos mucho, pero no me cuenta prácticamente nada de su
vida en Inglaterra.
—A mí tampoco, yo solo trabajo para él.
—¿Pero sale mucho?
—Poco, está muy concentrado en el
teatro.
—¿Y de verdad no hay nadie? —De repente
la agarró del brazo y la miró fijamente—. No estarás saliendo tú con él, ¿no?
Liam me lo hubiese contado.
—Por supuesto que no.
—Me alegro, porque vengo dispuesta a
recuperarlo.
—¿Ah, sí?
—Bueno, llevamos mucho tiempo cada uno
por su lado y es absurdo seguir así, además quiero tener un hijo, mi reloj
biológico... —Se echó a reír y Emma asintió muy educada sin querer decir en voz
alta que sabía perfectamente que tenía cuarenta y dos años—. Ha llegado la
hora, no quiero aceptar ningún proyecto a largo plazo porque quiero quedarme
embarazada.
—¿De liam?
—Por supuesto, ¿de quién si no? No habrá
padre mejor.
—¿Y él lo sabe?
—Aún no, pero no puedo imaginar otro
padre para mi hijo, por eso estoy aquí, ¿sabes?
—Bueno, me alegro, pero debo irme.
—Vale, adiós.
Emma salió a toda velocidad de la casa
con los ojos llenos de lágrimas. Era estúpido, pero se sentía morir y tenía
deseos de matar a Amanda Heines, porque saber que Liam quería a Eloisse,
tranquilizaba, puesto que ella jamás le daría esperanzas, ¿pero Amanda?
—¡Maldita sea! —exclamó poniendo en
marcha el coche. Tenía que deshacerse de aquella bruja antes de que fuera
demasiado tarde.
Capítulo 11
—No me gusta la ex de Liam —confesó Emma
Capshaw a Mike Fisher en cuanto lo vio. El bailarín dejó su vaso de agua sobre
la mesa y la miró fijamente a los ojos—. Es una superficial, odio hasta el
perfume que lleva.
—¿Celosa?
—¡¿Qué?! ¿Yo? Por supuesto que no... —Se
quitó el fulard del cuello y enderezó los hombros. Michael miró sus ojos color
miel con una sonrisa y Emma se sonrojó—. No sé si son celos, es que no la
aguanto y él me la endosa como si fuera parte de mi trabajo, como si fuera su
mascota o la ropa que debo llevar a la lavandería.
—Bueno, ella es una extranjera y tú te
ocupas de las cosas de Liam, es normal que te la encomiende, ¿no?
—Trae ayudante, otro imbécil, snob e inaguantable
neoyorkino. Se llama Taylor y se pasa todo el día criticando Londres, el clima,
la gente, la ropa, en fin, es odioso, y, ¿sabes qué? Me dijo que quiere
quedarse embarazada de Liam, que por eso ha venido y que hasta ha anulado
proyectos para poder embarazarse, ¿te lo puedes creer? No me conoce de nada y
me suelta ese rollo. Todos los días me pregunta si Liam tiene novia. Quería
saber si tenía algo con Eloisse Molhoney. ¡Será idiota!
—¿Un hijo? —Mike miró hacia la entrada
del restaurante y vio aparecer a Galway junto a su ex y un impresionante
afroamericano de metro noventa de estatura, entrando en el restaurante, y tocó
la mano de Emma al tiempo que le hacía un gesto para que se callara.
—Michael, al fin puedo presentarte a Amy
y a su asistente, Taylor.
—Encantado. —Michael se puso de pie y
los saludó con enorme cortesía.
—Siempre he sabido que los bailarines de
ballet eran unos tiarrones muy en forma, pero me dejas perplejo —soltó Taylor
White mirándolo de arriba abajo. Mike se quedó mudo unos segundos y se sentó
casi sonrojado—. Vaya, qué amigos tienes en Londres, Liam Galway.
—Me sumo al piropo. —Amanda se sentó a
su lado y le acarició los bíceps perfectos—. Qué chico más guapo, ¿tienes
novia?
—Novio, desde hace cuatro años y es
norteamericano también.
—¿Ah, sí? ¿De dónde?
—Nueva York, aunque su familia es de
Vermont.
—Me rompes el corazón, aunque la
esperanza es lo último que se pierde —comentó Taylor, llamando al maitre—. ¿Nos
trae agua mineral sin gas, por favor?
—¿Y Eloisse? —preguntó Liam como
distraído—. ¿Ya se fue de viaje con los niños?
—Se ha ido a Dublín, pero sola, tenía
unas gestiones que hacer allí y ha preferido dejarlos aquí con su madre, solo
será un día.
—¿No se los queda Ronan?
—No, Ron está de viaje en Italia, creo,
en esta época no para con las galas navideñas. Oh, qué suerte, ya viene Ralph.
—Llamó a su novio con la mano y Taylor White bufó sonoramente haciendo evidente
su enfado, aunque todo el mundo lo ignoró—. Cariño, mira, estos son Amanda
Heines y su ayudante, Taylor.
—Mucho gusto —susurró Ralph y se sentó
frente a su novio con una gran sonrisa.
Capítulo 12
En cuanto llegó al hotel se metió en esa
bañera espectacular y se pasó una hora relajada y con una sonrisa en la boca.
Estaba en el hotel Príncipe de Gales de París, en pleno centro de la ciudad, y
se dispuso a disfrutar de todas las mieles del lujo empezando por un baño en el
jacuzzi, un buen zumo natural de naranja y el silencio. Total y absoluto, que
agradecía como la mejor de las medicinas.
A las doce del mediodía salió de la
bañera, se secó con una de esas enormes toallas blancas inmaculadas y se
embadurnó de aceite natural de frambuesa, un delicioso hidratante que compraba
en una tienda ecológica de Chelsea y que dejaba la piel maravillosamente suave
y perfumada, se secó el pelo boca abajo en el cuarto de baño y volvió a
sonreír. Estaba en París, aunque todo el mundo pensaba que se había ido a
Dublín. Había mentido descaradamente, incluso a Michael y a Aurora, y no le
importaba, porque jamás había hecho algo semejante y la ocasión lo merecía.
Hacía diez días que se había
reconciliado con Ronan, aunque seguía siendo información confidencial, salvo
para Aurora que les guardaba el secreto. Así que estaban como en una nube,
ambos muy felices pero sin sexo porque sus circunstancias lo habían convertido
en tarea imposible. Él estaba en plena temporada de galas y conciertos
navideños, y cuando se veían ella fingía que todo seguía igual que siempre, así
que salvo unos besos furtivos y apasionados en el ascensor, no habían vuelto a
hacer nada, ni siquiera dormir juntos, y el asunto se estaba convirtiendo en
una tortura absurda que ella había decidido curar de golpe con esa escapada
secreta a París, los dos solos, ella procedente de Inglaterra y él de Italia,
mientras su familia y sus amigos pensaban que se había ido a Irlanda y que él
se encontraba en Roma trabajando. Parecía ridículo, pero era mejor así, al
menos de momento, y además el tema del secretismo y la cita romántica en un hotel
la tenían muy emocionada y nerviosa, era una sensación maravillosa y solo
esperaba que Ron pudiera separarse del teléfono móvil durante unas horas y
tenerlo solo para ella.
Se puso el albornoz enorme del hotel y
salió a la suite para buscar ropa, pero la puerta hizo el clic típico de la
tarjeta de seguridad y oyó la voz de Ron despidiéndose de alguien, tenía medio
cuerpo fuera de la habitación y hablaba con ese acento dublinés tan cerrado.
Ella miró su maleta en el suelo, pensando en si le daría tiempo a vestirse con
algo bonito para recibirlo, pero no fue así.
—Hola, princesa —dijo entrando con una
sonrisa de oreja a oreja y cerró la puerta de una patada. A ella se le iluminó
la cara y saltó a sus brazos agarrándose a su cintura con las piernas para besarlo
con impaciencia—. Issi...
—Empezaba a echarte de menos. —Seguía
besándolo mientras él avanzaba con ella en brazos hasta la cama. Tiró la
mochila al suelo y la acomodó encima del edredón mientras intentaba quitarse la
chaqueta sin dejar de besarla.
—Estás desnuda, ¿me esperabas desnuda?
—susurró abriéndole el albornoz para hundirse en su cuerpo—. Dios bendito, ¿he
ganado la lotería?
—Ven aquí y calla de una vez.
Hicieron el amor con la luz del día
entrando a raudales por los grandes ventanales de la suite. Ronan vestido y
ella completamente desnuda, suave y tibia, disolviéndose bajo su cuerpo. Era
delicioso sentir el roce de su camiseta sobre los pezones erectos y el cinturón
de sus vaqueros incrustándosele en los muslos a cada embestida enérgica y
precisa, resultaba una novedad muy sensual, pensó entre risas. Llegaron al
clímax juntos, casi enseguida, gimiendo y mordiéndole el cuello ella mientras
él se desplomaba encima, exhausto y hasta sorprendido.
—Ya veo que me echabas de menos —bromeó
quitándose la ropa antes de acostarse en la cama, suspirando. Se giró y le tocó
la boca con el pulgar—. Eres preciosa Issi, ¿te lo he dicho últimamente?
—¿Con quién hablabas en el pasillo?
—Con un botones, un chico de Swords que
está aquí aprendiendo francés.
—¿Y te ha reconocido?
—Sí, ¿por qué? ¿Qué pasa?
—Porque no quiero que se entere nadie, y
basta con que alguien te vea. ¡Maldita sea! —Agarró el edredón y se tapó hasta
el cuello.
—No puedes controlarlo todo, ¿y qué más
da? Antes o después se enterará todo el mundo, ¿o pretendes mantenerme
escondido en el desván?
—No es eso, es que quiero ir despacio...
—Pues yo no, ojalá se entere todo el
mundo ya, joder, ni que fuera un puto delincuente. —Saltó de la cama directo al
cuarto de baño. Eloisse se levantó, se abrigó con el albornoz y lo siguió
viendo como ponía en marcha el agua caliente de la bañera.
—Ron, ¿quieres escucharme?
—No estropeemos esto, princesa,
¿quieres? Ha sido una buena idea y solo quiero hacer el amor, comer y dormir
contigo, ¿ok? Llevo año y medio esperando, no lo estropeemos hablando.
—Cuando nos separamos mucha gente se
involucró en lo que me pasaba, yo no quería, pero mucha gente me ayudó y sé que
les costará comprender que hayamos vuelto, eso es todo, déjame al menos
preparar a mi padre, ¿vale, mi amor?
—No es asunto de nadie, salvo nuestro,
Issi, pero haz lo que quieras. —Se inclinó y la besó en los labios—. ¿Comemos
fuera o llamamos al servicio de habitaciones?
—Mejor comemos aquí, así no tendremos
que vestirnos, ¿te parece?
—Mmm, hoy soy todo tuyo.
—¿Solo hoy? —preguntó coqueta.
—Hasta que la muerte nos separe, ¿ya no
te acuerdas? Ven, quítate eso y acompáñame, esta bañera parece una gozada.
—¿Estás dormida? —La voz de Mike le
llegó desde Londres alta y clara, se incorporó un poco sin apartar a Ronan, que
dormía prácticamente encima de ella, bajó el volumen de la televisión y
contestó en un susurro.
—No, estoy viendo una película. ¿Cómo
estás?
—¿Has hablado con Aurora? La llamé esta
tarde y no sabían nada de ti.
—Hace diez minutos y todo está en órden,
¿y tú?
—No sabes lo que me ha pasado, no puedo
esperar a mañana para contártelo.
—Venga, cuenta.
—¿Qué has hecho todo el día?
—Nada interesante. —Cerró los ojos
sintiéndose miserable, pero no podía contarle que le dolía el cuerpo de todo lo
que habían hecho esa tarde en la cama, en el jacuzzi, encima de la alfombra...
había sido una locura fantástica y muy divertida, pero tendría que quedarse en
la más estricta intimidad—. Cuéntame que te pasa.
—He conocido a alguien.
—¿Cómo que has conocido a alguien? ¿Qué
quieres decir?
—Vamos a ver, no te comportes como mi
madre, joder, que tienes veintisiete años, Eloisse Cavendish, calla, escucha y
no me juzgues.
—Tú no me asustes.
—La mujer de Liam Galway ya está aquí,
¿lo sabes, no?
—Sí, claro, la vi hace unos días en el
centro.
—¿Y a su ayudante?
—Sí.
—Pues hoy lo conocí, comimos juntos y me
tiró los tejos. Antes de que llegara Ralph, claro, pero resulta que hace media
hora me ha llamado, dice que Liam le dio mi número y quiere verme.
—Y tú les has dicho que no, muchas
gracias.
—¿Has visto como está ese tipo? Es
guapísimo.
—Michael, tú tienes pareja estable, ¿qué
pasa con Ralph?
—Sólo hemos hablado, veinte minutos, le
acabo de colgar, es encantador y Ralph ni se ha enterado porque está como loco
con el asunto de una fusión y ni ha levantado la vista del puñetero ordenador.
—Me da igual, sigue siendo tu pareja.
—No seas la voz de mi conciencia, lo
odio, déjame soñar.
—No, porque eres capaz de hacer una
estupidez. ¿Tú quieres a Ralph o no? ¡Mike! —Ronan abrio un ojo, se apartó de
ella y se desplomó en la almohada. Issi le acarició el pecho y lo arropó con el
edredón bajando el tono de voz—. Michael, no seas idiota.
—No pierdo nada si quedo para hablar.
—¿Solo quiere hablar? ¿Somos imbéciles o
qué?
—Vale, vale, no te enfades, no haré
nada.
—Promételo.
—Lo prometo.
—Júralo por tu madre o por lo qué más
quieras.
—Princesa... —Ron volvió a abrazarla,
subió la mano y le acarició la cara—. Nada de teléfonos.
—¿Estás sola?
—Pues claro. ¿Me vas ha hacer caso?
Mañana hablamos, llegaré a la hora de comer, vete a casa y espérame allí.
—Vale, mañana hablamos.
Michael colgó y ella se quedó pensando
en Ralph Smithson, que había dejado su vida entera en Nueva York para estar con
Mike en Londres y se sintió muy inquieta. Adoraba a Michael, pero sabía que era
un coqueto y un veleta de mucho cuidado, solo bastaban un tipo guapo y unas
palabras adecuadas para hacerlo olvidar todo lo demás, y eso no lo podía
permitir. Ralph era lo mejor que le había pasado, estaban enamorados y eran
felices, y no podía permitir que echara por la borda su estupenda vida juntos
por una aventura sin importancia.
—Tengo hambre —Ron se incorporó y agarró
el teléfono de la mesilla—. Voy a pedir comida, ¿qué te apetece comer,
princesita? Espera, me llaman. Hola, campeón, mi vida. ¿Qué haces despierto?
Era Jamie, Issi se tapó la cara
sintiéndose la más nefasta de las madres y la más mentirosa, pero no podía
hacer nada, así que se sentó junto a su marido para oír la vocecita de su hijo
que balbuceaba muy rápido sobre el piano que acababan de instalar en casa y que
le encantaba. Ronan estuvo charlando con él un buen rato y en cuanto colgó, el
niño la llamó a ella para contarle las mismas cosas. Sujetó el móvil con cara
de culpa y vio como Ron se bajaba de la cama moviendo la cabeza.
—Esto no es normal —le dijo apartándose
lo suficiente para pedir la cena en voz baja—. No lo es.
Capítulo 13
—Me voy, adiós —Ronan se asomó a la
cocina y les hizo un gesto con la mano. Habían regresado a Londres por separado
y él pasó por casa para saludar a los niños, aunque se marchaba al no ver
ninguna intención por parte de su mujer de hacerle el más mínimo caso,
pendiente como estaba de Michael Fisher, de su madre y de todos los demás...
—Adiós, ¿vienes a cenar con los niños?
—Tengo un compromiso, ¿recuerdas?
—¡Ron! —salió detrás de él, lo pilló en
el rellano y lo detuvo por el brazo—. Mi amor...
—¿Mi amor?
—No seas así, creí...
—¿Qué creías? ¿Ya no te acuerdas lo que
estabas haciendo conmigo ayer en la cama? —Ella abrió la boca sin emitir sonido
alguno—. Y ahora ni me miras, ¿qué quieres de mi, Issi?
—Ya lo hemos hablado, dame un poquito más
de tiempo.
—Y eso hago, me largo. Adiós.
—Ronan.
La puerta del ascensor se cerró y ella
se quedó quieta unos minutos hasta que fue capaz de reaccionar y volver a la
cocina donde Michael la esperaba tomándose un té. Se sirvió el suyo y lo miró a
los ojos.
—¿Qué le pasa?
—Hoy tiene una entrega de premios, una
cena y está nervioso.
—¿Solo es eso?
—Sí, dime ¿qué piensas hacer con ese
Taylor? Deberías cortar el tema de una vez.
—Pensaba decírselo a Ralph, a lo mejor
le interesa hacer un trío.
—Dios bendito, a veces quisiera matarte.
—Es broma, no te preocupes, zanjaré el
tema y me olvidaré de él, estoy bien con Ralphy, queremos casarnos esta
primavera, no pienso cagarla. Lo juro.
—Me alegro.
—Mami —Alex llegó gateando y se le
agarró a la piernas.
—No gatees, mi amor, camina, no seas
vago—. Lo cogió en brazos y le mordió los mofletes—. ¿Qué quieres?
—¿Piano?
—¿Qué pasa con el piano?
—Jamie no deja ni que se acerque
—comentó su madre entrando en la cocina—. Ven, mi vida, juega con la abuela,
mamá se tiene que ir al trabajo. ¿No se os hace tarde, chicos?
—Sí —dijeron los dos y se apresuraron a
recoger sus cosas para salir corriendo a la calle.
Eloisse intentó llamar varias veces a
Ronan antes de entrar en escena, pero no consiguió contactar con él, lo hizo
finalmente con su manager, Paul Henderson, que le dijo que seguramente se
llevaría dos premios esa noche y que estaba haciendo entrevistas y saludando a
la prensa, muy ocupado, pero que cuando estuviera libre, le daría sus mensajes.
Sin embargo no la llamó, ni cogió el
teléfono y Eloisse se rindió a la evidencia de que estaba muy enfadado, así que
desistió y llegó a su casa esa noche con una tristeza enorme en corazón, no
quería hacerle daño, pero tampoco a sus padres y a sus amigos, no sabía qué
hacer, y entró en casa cada vez más hundida ante la perspectiva de que Ronan
estaba en una fiesta celebrando su éxito solo, necesitándola a su lado, y más
enfadado de lo que ella era capaz de soportar.
—Hola, hija, ¿qué tal la noche?
—Lleno —contestó ella sonriendo a Carmen
y a su padrastro, Stavros, que tomaban una copa de vino antes de irse a la
cama—. ¿Y por aquí?
—Cansados, tus hijos son un remolino de
energía, no sé cómo podéis con ellos.
—Sí, lo son, me voy a la cama.
—Te están esperando.
—¿Ah, sí? —Se apresuró en llegar a su
cuarto y entornó la puerta emocionada como una niña, se asomó y se encontró a
Ron con los ojos cerrados, vestido con el pantalón y la camisa de smoking.
Descansando en su cama, a su lado, Alexander dormía con el chupete en la boca—.
Hola.
—Hola —contestó él abriendo un ojo y
devolviéndole el beso que ella le dio sonriendo en la boca—. Alex no quería
dormir.
—Vale, lo llevo a su cama y me ocupo de
ti. ¿Te han dado los premios?
—Mejor canción y mejor álbum en
solitario.
—Vaya, eso es maravilloso, mi amor,
espera un segundo —cogió al bebé y lo llevó a su camita, luego regresó
corriendo y se tiró literalmente encima de él—. ¿Por qué no me has avisado?
Enhorabuena, estoy muy orgullosa de ti. ¿No había una fiesta?
—Sí, pero no me apetecía ir.
—Bueno, pero tenemos que celebrarlo...
—Se le subió encima muerta de la risa—. Ya se me ocurrirá algo.
—Issi... —le sujetó las muñecas buscando
sus ojos.
—No te vayas todavía, quédate media
hora.
—No pensaba irme.
—Bueno... —Parpadeó y él frunció el
ceño— si quieres nos vamos a tu casa...
—No, ¿por qué?
—Por nada, dame un beso, si nos damos
prisa, no se darán cuenta.
—¿Quiénes no se darán cuenta?
—Mi madre y Stavros —intentó
desabrocharle los botones de la camisa, aunque él no colaboraba en absoluto.
—¿Quieres que te folle y después me
largue?
—No, no hables así —Se quedó quieta un
segundo, luego se apartó de él y se sentó en la cama—. No, por favor.
—¿Tampoco se lo vas a decir a tu madre?
¿No podré dormir aquí hasta que ellos se vuelvan a Ibiza? ¿Qué te crees? ¿Que
tengo quince años? —Se bajó de la cama buscando los zapatos—. Yo me largo,
Issi, ya nos veremos otro día.
—Ronan... por favor...
—Si no quieres decírselo a nadie, perfecto,
si tengo que seguir viviendo solo, perfecto, pero no esperes que me comporte
como tu novio secreto, Issi, no somos unos críos y para mí esto no es un juego.
Y se marchó. El portazo fue como un
golpe en el centro del pecho, se estremeció y tragó saliva sujetando las
lágrimas. No podía ceder de forma precipitada, no después de lo que habían
pasado, pero tampoco había marcha atrás. Ya habían vuelto, había decidido
seguir con él, entonces ¿a qué demonios estaba esperando? Tarde o temprano
debería hablar con su familia y dejar de tener miedo. Se levantó, se calzó,
agarró el abrigo y salió decidida a hablar con él antes de volver y soltarle el
bombazo a su madre.
—Ahora vuelvo —susurró al pasar por el
salón, llamó al ascensor y bajó respirando hondo para no llorar, llegó al hall
y subió los ojos a tiempo de ver a Ronan regresando al portal con las manos en
los bolsillos.
—Si necesitas tiempo, te lo daré, no
estoy en disposición de exigir nada.
—No se trata de eso... —Se acercó y le
sujetó la cara con las dos manos—. Sinceramente creo que nos conviene a los
dos, ¿no es mejor asentar lo nuestro lejos de las opiniones de todo el mundo?,
¿de las malas caras y los malos augurios? Hemos esperado y luchado muchísimo
por nuestra relación, mi amor, a quién le importa en qué momento estamos o si
hemos vuelto...
—Necesito vivir contigo, esta también es
mi casa, Issi, no soporto tener que marcharme cada noche después de dejar a los
niños en la cama, cada día lo soporto menos.
—Lo sé, lo sé... pero podemos esperar un
poquito más. Estamos juntos, ¿no? —buscó sus enormes ojos celestes sonriendo—.
Te amo, estoy segura de querer empezar de nuevo y tú también, no lo hagamos
público para que no nos lo estropeen.
—¿Tanto miedo tienes de las opiniones de
los demás?
—Sé lo que desencadenará nuestra
reconciliación, al menos en mi familia, así que prefiero mantenerla protegida
el mayor tiempo posible.
—¡Dios! —bajó la cabeza impotente,
estiró la mano y la abrazó—. Está bien, pero no me tortures demasiado.
—Hasta el momento está siendo divertido.
—Sí, salvo que yo no quiero solo
acostarme contigo, Issi, necesito mucho más.
Capítulo 14
Lunes veinte de diciembre, cuatro días
para Navidad y Michael organizaba la primera fiesta navideña de su vida, en su
casa y con Ralph. Estaba exhultante de felicidad y llevaba semanas hablando del
tema, saliendo de compras y preocupándose de los detalles más insignificantes,
y aunque Issi no andaba muy atenta, lo ayudó en todo lo que pudo y apareció esa
tarde temprano para cocinar una paella y preparar los últimos entremeses en su
diminuta cocina.
La pareja estaba feliz, la casa preciosa
y Eloisse se encomendó a la difícil tarea de cocinar una paella a las cinco de
la tarde en el centro de Londres, porque no fue capaz de convencerlos de que
era un plato más bien para la hora de la comida, y mejor en verano. Michael se
había empeñado y ella no había podido negarse, y al final ahí estaba, con el
mandil puesto, vigilando la preparación del arroz que normalmente era una de
sus especialidades.
Suspiró mirando a Ralph y a Mike,
mimándose y besándose en el salón, antes de que llegaran sus invitados, con una
copa de vino en la mano y la música suave, era una imagen muy hermosa y sonrió
agradeciendo al universo la felicidad que al fin había conseguido Michael. Era
precioso y por enésima vez pensó en Ronan. Se pasaba el día pensando en él,
como al principio de su noviazgo, sonriendo como una boba al recordar su último
encuentro, o sus ojos o sus besos apasionados en cualquier parte. Eran amantes,
como decía él, desde hacía un mes, y aunque ninguno de los dos conseguía
mitigar la nostalgia brutal que sentía por el otro con esos encuentros fugaces,
al menos lo estaban pasando muy bien y era divertido, algo que les hacía
muchísima falta. El teléfono vibró junto a la encimera y leyó el mensaje con
cara de idiota: Una hora y eres toda mía.
—¿Te vas? —Liam Galway no pudo evitar
espiar su preciosa imagen con ese vestido negro de punto. Issi dejó su copa de
vino en una bandeja y asintió—. ¿Tan pronto?
—Mi madre se ha quedado con los niños,
no está muy acostumbrada a los dos y bueno... prometí regresar enseguida, llevo
horas aquí cocinando.
—Y está todo muy bueno, ¿también te
gusta cocinar? —preguntó Amanda Heins agarrándose al brazo de Liam—. Eres una
caja de sorpresas. ¿De donde sacas tiempo?
—Me relaja cocinar, me encanta. Bueno,
debo irme.
Se despidió de todo el mundo y voló por
las escaleras hacia la calle, estaba lloviendo y hacía un frío de muerte,
levantó los ojos y vio al otro lado de la calle el todoterreno enorme que
encendió los focos y se puso en marcha. Salió corriendo sin paraguas y se subió
de un salto. Ronan la miró sonriendo, se acercó a ella y le dio un beso muy
reconfortante. Se miraron un segundo a los ojos y él aceleró camino de su casa
a la que se podía llegar andando desde el Soho, metió el vehículo en el garaje
y subieron al ático besándose como locos en el ascensor.
Hicieron el amor en el suelo del loft,
junto a la chimenea falsa que era la única luz que había en toda la casa. La
alfombra era de piel natural, muy suave y Eloisse acabó desnuda en un abrir y
cerrar de ojos, amándolo con calma y mucha ternura. Después, Ron sirvió
chocolate caliente con bizcochos y se los comieron abrazados y satisfechos en
completo silencio. Ella se adormiló sobre su pecho, pegada a él, oliendo su
aroma irresistible, hasta que el teléfono móvil sonó en su bolso, haciéndola
saltar para contestarlo, miró la hora, la una de la madrugada, hacía tres que
estaba en casa de Ronan y se asustó.
—Hola.
—Siento despertarte. —Era Michael y
sollozaba.
—¿Qué pasa? ¡Mike! —Miró a Ron que se
sentaba a su lado con cara de sueño y encendía un cigarrillo.
—Ralph se ha enfadado, nos hemos
peleado, le ha pegado, en casa. ¡Le ha pegado! Se acabó la fiesta y se largó, y
ahora no puedo localizarlo.
—¿Qué? Vamos a ver. ¿A quién ha pegado?
—A Taylor.
—¿Pero por qué?
—Nos pilló besándonos en el cuarto de
baño. Pero no habíamos hecho nada, Issi, te lo juro, solo unos miserables besos
y se volvió loco.
—No me lo puedo creer, ¿estás loco? ¿No
lo habías prometido?
—No te enfades tú también. No lo
encuentro... —Lloraba tanto que decidió buscar su ropa.
—Vale, Micky, ahora hablamos, voy a tu
casa, no hagas nada, ¿me oyes? Tómate una tila y me esperas sin hacer nada.
Ahora voy.
—No, prefiero ir a la tuya, la verdad,
me da miedo que llegue y nos enzarcemos en una pelea.
—Muy bien, te espero...—Colgó y miró a
su marido moviendo la cabeza—. Lo siento, mi amor, Ralph pilló a Mike con
alguien, se han peleado y se ha marchado. Mike está destrozado, no puedo
dejarlo solo, es capaz de hacer una locura, lo sabes.
—¿Con otro?
—Sí, ya sé que es una estupidez.
—¿Adónde vas a estas horas?
—A mi casa.
—No, Issi, prometiste que dormirías
aquí, mañana me voy de viaje...
—Lo sé, mi vida, pero es una emergencia.
—No, no me hagas esto.
—Escucha, duerme y mañana ven a
desayunar con nosotros temprano antes de ir al aeropuerto, por favor. ¿Quieres?
—Se inclinó para besarlo en los labios y él la sujetó por la muñeca.
—Lo prometiste.
—Mike está destrozado y me necesita,
Ron, por favor... —Ron la soltó y se desplomó sobre los cojines muy enfadado,
aunque más dolido que otra cosa. Issi se arrodilló a su lado y lo abrazó—. Te
quiero, mi amor, y lo he pasado muy bien.
—Vale, mira, allá tú si te marchas en
mitad de la noche, pero no me hables como si fuera tu puto amante ocasional,
¿está claro? —Se apartó y se levantó para ir al cuarto de baño—. «Lo he pasado
muy bien», ¿cómo demonios crees que puedo soportar todo esto?
Eloisse lo observó durante unos
segundos, él encendió las luces y entró en el cuarto de baño mascullando toda
clase de maldiciones. Tenía razón, pensó observando la alfombra mullida, las
tazas de chocolate vacías, las mantas y los cojines, era su noche especial, le
había costado mucho organizarla, pero Michael la necesitaba y eso era fuerza
mayor. Se puso de pie, agarró el abrigo y se marchó sin más.
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