sábado, 15 de marzo de 2014

Me mirare siempre en tus ojos, parte 6

—He cambiado, tengo un compromiso contigo, con mis hijos, pero especialmente conmigo, Issi, no voy a volver a beber, las he pasado perras para superar este problema y ni la banda, ni mis compañeros, ni ese ambiente que tanto te preocupa, me afectarán.
         —Vale, lo sé.
         —¿Y eso es lo único que te preocupa de este retorno?, ¿no hay un criterio artístico?, ¿no crees que puede ser perjudicial para mi carrera en solitario?, ¿para mi futuro?, ¿o solo te importa mi puta adicción a las pintas, Issi?
         —Vale, en estos términos no voy a hablar contigo, me voy.
         —¡No! —La agarró de un brazo y se puso de pie—. No, podemos discutir, somos una pareja, y tenemos que pelearnos y hasta gritar si hace falta, no pasa nada por hacerlo, no nos pasaremos el resto de la vida evitando los conflictos porque los habrá, así que te quedas y lo hablamos.
         —Ya he dado mi opinión, por lo demás, no creo que te afecte volver con ellos, no si lo haces poniendo unos límites y manteniendo como prioridad tu carrera en solitario.
         —Bien, gracias.
         —Bien. —Miró su enorme mano agarrándola con fuerza y él la soltó—. Creo que me voy.
         —¿Aún me tienes miedo?
         —No.
         —¿Y por qué te vas así?
         —Porque estamos empezando a enfadarnos —agarró su abrigo— y no me gusta.
         —Tendremos que enfadarnos, pelearnos, pero eso no significa que vuelva a hacerte daño. Lo prometí, he cambiado, pero sigues sin confiar en mí.
         —No digas eso nunca más, ¿me oyes? —Se volvió y lo señaló con el dedo ya bastante enfadada— nunca más, no te atrevas a decir que no confío en ti, porque desde el minuto uno estuve a tu lado, aun estando separados, aun habiendo tenido que dejar mi casa y mi vida para vivir lejos de ti, a pesar de todo eso me mantuve a tu lado, lo he hecho todo este tiempo y aquí estoy, incluso pensando en volver a vivir juntos, así que no te atrevas a decir que no confío en ti, porque no hay nadie en el mundo que confíe más en ti que yo. Me largo.
         —¡Issi!
         —¡Déjame! Déjame, Ronan, por favor. —Se apartó de su contacto y llamó al ascensor—. Por favor.
         —No, así no puedes irte.
         —No, ya no quiero quedarme, ni hablar contigo. Ya no.
         —¡Issi!
         Entró en el ascensor y pulsó el botón de la planta baja sin mirarlo, muy enfadada. Ronan se quedó quieto, perplejo, sin saber qué hacer. Finalmente entró en el loft, agarró una lámpara de la entrada y la estampó contra la pared.


 Capítulo 19

 

 

          
         —¿Cuánto tiempo lleváis sin dirigiros la palabra? —La terapeuta los miró alternativamente. Habían llegado por separado y apenas se habían saludado. Eloisse permanecía sentada, quieta y muy derecha mirando la nieve caer por la ventana mientras Ronan la observaba de reojo con un pitillo en la mano—. ¿Chicos?
         —Dos días —dijo al fin encendiendo el cigarrillo. En un acto de generosidad, Susan Applewhite le permitía fumar en la consulta y solía fumarse dos o tres cigarrillos durante la sesión.
         —¿Y qué ha pasado? Creía que estábamos muy bien encaminados... ¿Eloisse?
         —Discutimos.
         —¿Pero por qué?
         —Porque me dijo que desconfiaba de él, siempre lo dice, empezamos charlando tranquilamente sobre su vuelta con la banda y acabamos discutiendo porque me acusa de no fiarme de él, constantemente me acusa de no confiar en él y es agotador.
         —No puede discutir conmigo, no podemos enfadarnos. Al más mínimo conflicto, se levanta y se va.
         —¿Y por eso crees que no se fía de ti?, ¿porque no quiere discutir contigo?
         —Exacto, creo que aún me tiene miedo y eso es falta de confianza, ¿o no?
         —¿Eloisse?
         —No me gusta pelearme con él, no me apetece estar gritando para defender una postura, pero eso no quiere decir que le tenga miedo, por supuesto que no.
         —¿Pero te vas?
         —Sí, porque no quiero acabar a gritos.
         —Gritar es sano, Eloisse, sois una pareja y no existe pareja que no discuta.
         —Eso es lo que yo digo. —Ron estiró las piernas y la doctora Appelwhite miró la barbilla tensa de Eloisse que parecía a punto de echarse a llorar—. Habrá discusiones y no podemos huir de ellas, no se pueden evitar los conflictos.
         —¿Y cuál es el conflicto?, ¿no quieres que vuelva a la banda, Eloisse?
         —Sí quiero, en realidad no es una decisión que me competa, quiero apoyarlo en lo que decida. Solo le dije que me preocupaba ese ambiente de... locos, que tire por tierra su año y medio de recuperación.
         —Pero no desconfía de mí —susurró Ronan, burlón.
         —Ronan me pidió opinión y yo se la di, no he dicho que desconfíe de su compromiso ni de su fortaleza.
         —Vale, Ronan, ¿comprendes lo que quiere decir tu mujer?
         —Sí, pero debería apostar por mí.
         —Y apuesto, Ronan, no digas eso.
         —Vale, zanjado. Ella dio su opinión, que es totalmente lícita, pero eso no significa que desconfíe de ti, ¿lo comprendes?
         —De acuerdo.
         —Podemos seguir adelante. ¿Qué tal lleváis todo lo demás? Estabais haciendo una progresión maravillosa.
         —Hasta antes de ayer, ahora ni siquiera me habla... y eso sí que es agotador.
         —¿Eloisse?
         —Dios bendito —Issi lo miró por primera vez a la cara, muy enfadada, y él le sostuvo la mirada sin dejar de fumar—. Si damos un paso atrás no puedo seguir adelante con los planes de volver a vivir juntos.
         —¿Paso atrás? ¿Qué paso atrás?
         —Si acabamos discutiendo de ese modo, no pretenderás que yo...
         —¿Que tú sigas decidiendo por los dos, Issi? ¿En que posición me deja a mi todo esto? Habíamos decidido mi mudanza, hecho planes, pero tú te enfadas y mandas todo al carajo, ¿cómo crees que me siento?
         —Lo siento, pero...
         —Vale, perfecto, pues se acabó el sexo clandestino. Si no quieres vivir conmigo, no pienso seguir acostándome contigo a escondidas, jugando a ser tu novio secreto, no más, no puedo más, incluso yo tengo un límite, ¿sabes? —Issi abrió mucho los ojos y se levantó muy avergonzada. La doctora intentó sujetarla por el brazo, pero ella la esquivó.
         —¿Cómo...?
         —A ti te encanta este rollo secreto, a mi me cansa, me cansa seguir jugando, Issi, no tengo doce años, ¿es que no lo entiendes?
         —Vale, no sé ni para que he venido... —Agarró el abrigo y salió muy ofendida—. Adiós, Susan.
         —¡Eloisse! —la llamó la terapeuta, pero ella no hizo el menor caso—. Eso deberías habérselo dicho en privado, Ronan, ya sabes cómo es Eloisse respecto a su intimidad.
         —¿Y cuándo iba a decirlo? —Se levantó buscando su chaqueta—. Si no me habla. Adiós, Susan, ya nos veremos.


 Capítulo 20

 

 

          
         Se desplomó en el banco del parque arrebujándose en el enorme anorak y miró a sus hijos con los ojos brillantes. Hacía frío. Sin embargo, no era la única que había tenido la idea de llevar a los niños al parque infantil y se deleitó mirando a las otras familias con sus hijos, mujeres solas, niñeras, abuelos, pero, sobre todo, parejas de todas las edades pasando el mediodía del lunes con sus retoños, y sintió muchas ganas de echarse a llorar y un deseo incontenible de esconderse debajo de las sábanas, pero no podía hacerlo, tenía que ser fuerte y aparentar que todo marchaba bien, aunque llevara días llorando nuevamente como una adolescente, lejos de todo el mundo, sintiéndose la más desgraciada de las criaturas.
         Hacía más de una semana que no hablaba con Ronan, él se había marchado a Dublín tras su última sesión con Susan Appelwhite, y solo llamaba a los niños a través del teléfono fijo o de Aurora, no le dirigía la palabra y ella tampoco daba su brazo a torcer. Se había limitado a oír a Jamie y Alex hablando con su padre sin intervenir y a presenciar la incomodidad de la pobre Aurora cada vez que su jefe la llamaba al móvil. Era una brecha en toda regla y Eloisse se sentía al borde del abismo.
         Su padre le había dicho en una ocasión que no debía seguir sufriendo, que no era una forma de vida, que podía elegir otro camino, que era posible cambiar, y ella estaba de acuerdo, porque la verdad era que cada vez estaba más cansada de llorar, de añorar, de echarlo de menos, se sufrir por un marido ausente y un matrimonio roto. Era una situación asentada en su forma de vida: ella sufriendo, Ron sufriendo, una dinámica absurda que creía haber superado un par de meses atrás, pero que, sin embargo, había vuelto a aparecer a raíz de una discusión rematado con su huida de la consulta de Susan, más avergonzada que otra cosa, deseando que él la siguiera para pedirle perdón, cosa que, obviamente, no hizo; no pudo decirle que necesitaba elegir otra forma de vida, que quería alejar el sufrimiento de su existencia y reorganizar su vida juntos, aunque con los días empezó a temer que él ya hubiera decidido rendirse y dejarla por imposible para iniciar una nueva vida lejos de ella, definitivamente, harto ya de luchar, de pelear y de apostar por una relación que no avanzaba, atascada en los recuerdos, en el dolor del pasado y en la desconfianza.
         Esa posibilidad la hacía sollozar contra la almohada, comprendiendo que tras más de un año y medio de separación era lo lógico. Él podía elegir cambiar radicalmente su vida, estaba en todo su derecho y ella no podía exigir nada en absoluto porque había sido terca e inmadura, injusta y hasta cruel con él, y ya no tenía mucho más que pedir, salvo fortaleza a Dios para superar ese golpe definitivo que estaba siendo mucho más doloroso de lo que podía soportar, porque en los últimos casi diez años se había acostumbrado a vivir con el amor, la pasión, los celos, el control, las súplicas y las exigencias de Ronan, pero jamás con su indiferencia.
         Ahogó un sollozo y se dio cuenta de que estaba llorando a mares, completamente ensimismada en sus pensamientos y sus preocupaciones. Buscó un pañuelo desechable, se limpió las lágrimas y se puso de pie para atender a Alexander que gateaba por la arena húmeda a toda velocidad. Era un mediodía gélido en Londres, pero los niños no parecían notarlo y decidió acuclillarse a su lado para jugar con las palas y los rastrillos, y dejar de autocompadecerse como una idiota.
         —¡¿Dónde demonios te has metido?! —chilló Mike al otro lado del móvil. Ella acababa de llegar al piso y había encendido el teléfono mientras ponía a calentar la comida y quitaba los zapatos y los abrigos a los niños, persiguiéndolos por el pasillo. Estaba sola porque era el día libre de Aurora, que había tenido que viajar a España por asuntos familiares, y no tenía tiempo para charlar por el móvil, así que ni le contestó.
         —¿Qué te ocurre Mike?
         —Te han dado un premio.
         —¿Qué? ¡Jamie no empujes a tu hermano! ¿Qué premio?
         —Mejor figura artística del año, lo votan los críticos, directores, etc. Es muy importante, ¿no lo conoces?
         —Claro que lo conozco.
         —Pues ahora es tuyo.
         —¿En serio? —Se paró en seco con los abrigos en la mano.
         —Sí, han avisado hoy a George y a los demás, llevamos toda la mañana intentando localizarte.
         —Estaba en el parque. —Se sintió emocionada, pero de repente muy triste, todo volvía a complicarse y tragó saliva para no llorar—. Bueno, pues deberé agradecerlo, mañana hablaré con los de la compañía para ver qué debo hacer, gracias por avisarme...
         —¡¿Qué?! No seas idiota, hay una ceremonia de entrega, dentro de dos semanas en Barbican y tendrás que ir preciosa a recogerlo, hacerte fotos y agradecerlo en público. ¿O qué te crees?, ¿que es el premio a la mejor vaca del condado? Ay, Eloisse, es para matarte.
         —Bueno, pues mañana me enteraré bien, ¿vale?
         —No te puedes escaquear, esto no es una gala cualquiera, ¿me oyes? Yo iré contigo, y deberías invitar a tus padres, Issi, es algo muy importante. ¿Issi?
         —Sí, sí. —Ahí estaba, llorando otra vez. Se pasó la mano por la cara y suspiró contrariada—. Vale, ya hablaremos, tengo que dar de comer a los enanos, estoy muy liada, ¿vale? Un beso Michael, mañana nos vemos.
         Apagó el móvil y se metió en la cocina para servir las comidas que ya tenía preparadas, cómo no, siempre todo tan organizado, tan perfecto. Se maldijo a sí misma, mientras intentaba dar de comer a los niños que estaban más revoltosos de lo normal, una tarea que la distrajo al menos cuarenta minutos, justo hasta el momento en que sacaba el postre de la nevera y llamaron a la puerta de la calle con unos golpes secos que la pegaron al techo del susto.
         —¿Michael?
         —¿Qué demonios te pasa? —Su amigo entró como un vendaval para alegría de Jamie y Alex que lo recibieron en medio de grandes muestras de júbilo—. ¡Hola, mis chicos favoritos! ¡¿Qué hacéis?!, ¿os habéis comido todo ya?
         —¿Qué haces aquí Mike?, ¿no te ibas a comer con Ralph a Reading?
         —¿Y tú crees que después de oírte al teléfono podía ir a comer tan tranquilo?
         —Estoy bien, me pillaste muy ocupada.
         —Tú no estás bien desde hace días. —Sacó una cajita de galletas del bolsillo y la puso encima de la mesa de la cocina—. A ver, decidme pequeñajos, ¿os habéis comido todo?
         —¡Sí! —gritaron los dos.
         —Vale, ahora os podéis comer estas galletitas tan monas, ¿verdad mamá súperpremiada y aburrida, que se pueden comer las galletitas ecológicas y saludables del tío Mike?
         —Claro. ¿Quieres un té? —Michael asintió y se fue al salón, enorme y luminoso, con los niños mientras ella preparaba el té y llegaba después con una bandeja. Esperó a que se sentara y la miró a los ojos.
         —¿Qué demonios pasa, Issi?
         —Nada.
         —¿Issi?
         —Ya te he dicho que nada.
         —No me mientas, no pierdas el tiempo.
         —No es nada, ¿quieres comer algo, Mike? —se levantó de un salto y él la siguió.
         —Eh, eh, espera... —La detuvo en el pasillo y la sujetó contra el dintel de la puerta—. No paras de llorar, estás fatal desde hace unos días, dime qué demonios te pasa o me largo ahora mismo de aquí.
         —Es que... —Tragó saliva y buscó un pañuelo desechable en el bolsillo de sus vaqueros—. Había vuelto con Ron, estábamos otra vez juntos, muy bien, pero una discusión mandó todo a paseo y creo que lo he perdido para siempre, Mike... Lo siento aquí dentro y no puedo soportarlo.
         —¿Y desde cuándo Issi?, ¿cuándo volvisteis?
         —¡Papá! —Jamie gritó indicándoles la televisión donde Ronan aparecía cantando a dúo con una chica mulata muy guapa. Era un programa de televisión para talentos en Alemania y él los había visitado como la estrella que era. Eloisse lo miró y volvió a echarse a llorar. Lo echaba tanto de menos que le dolía físicamente. Se apoyó en la pared y cruzó los brazos intentando tranquilizarse.
         —Llevábamos desde finales de noviembre. Después de su viaje a Australia y el asunto del pub volvimos a estar juntos y todo iba muy bien... Yo quiero a Ronan, Mike, estoy enamorada de él y estábamos intentando recomponerlo, hasta hace nada, incluso estábamos pensando en volver a vivir juntos...
         —¿Y...?
         —Parece que todo puede ir bien y entonces pasa algo que lo estropea y yo no sé manejarlo y como siempre se agrava más y... el cuento de nunca acabar. Desde que pasó todo aquello en Killiney es como si yo hubiese asumido una parcela de poder y lo juzgo y lo pongo a prueba constantemente, me comporto como una imbécil y no sé remediarlo, Mike, no sé qué me pasa... él me lo ha dicho muchas veces y, sin embargo, acepta seguir intentándolo, pero creo que ahora ya no, creo que se ha cansado de mí definitivamente y no puedo... No quiero perderlo...
         —Me parece imposible que Molhoney se canse de ti.
         —Nuestra relación está muy desgastada y yo lo estropeo más, aunque lo quiero, lo quiero mucho, pero parece que no sé demostrárselo.
         —Se lo has demostrado incansablemente desde hace años y él lo sabe.
         —Pero esta vez dijo que se acabó, que incluso él tenía un límite... y con razón.
         —¿Y que piensas hacer?
         —Nada ¿qué puedo hacer?
         —Hablarle.
         —No, no tengo derecho... me he portado fatal... y... —Se acarició imperceptiblemente la tripa y Michael sintió un vuelco en el corazón—. Bueno...
         —¿Qué? Oh, Dios... no lo digas, Issi... no me digas que estás preñada, porque te mato.
         —No lo sé, pero tengo un retraso de dos semanas.
         —¡Madre de Dios!, ¿no sabes que existen los anticonceptivos?
         —Claro que lo sé y los usamos, pero parece que con nosotros no funcionan, ¿qué te crees?, ¿que quiero otro bebé precisamente ahora?
         —Llámalo ahora mismo y habla con él, ahora, vamos, no tienes otra alternativa. —Agarró el teléfono y se lo pasó.
         —No puedo llamarlo.
         —Ese es tu problema, que no hablas, llámalo y dile lo que te pasa. ¡Háblale, maldita sea! ¿Qué esperas?, ¿que una vez más venga arrastrándose a tus pies? Porque si hay una cosa cierta Issi, es que ese tipo se ha arrastrado ante ti un millón de veces, desde siempre y aunque a veces se ha portado como un animal contigo, siempre ha tenido la nobleza de pedir perdón y suplicarte una oportunidad, ¿o no? ¡Dios mío, no sé ni cómo digo esto, pero si quieres a Ronan Molhoney, díselo!
         —¿Papá? —preguntó James muy atento a lo que hablaban.
         —Sí, Jamie, Ronan Molhoney es tu papá y mamá debería llamarlo por teléfono, ¿verdad, Eloisse?
         —No le digas eso. ¿Queréis ver dibujitos, niños? —Se acercó a la televisión y les puso un DVD. Mike la sujetó y le colocó el móvil en la mano.
         —Ve ahí dentro y llámalo, ahora, no seas tonta y deja de sufrir. Esto es ridículo, Issi, piensa un poco.
         Encendió el aparato y se fue al pasillo temblando como una colegiala, era estúpido, pero estaba muerta de miedo, así que esperó apoyada en la pared a dejar de temblar y marcó una vez, esperó seis tonos de llamada y al no contestar nadie, colgó con un peso aún mayor en el pecho, pensando que era como llamar a un completo desconocido, pero debía hacerlo, no tenían doce años y debía hacerlo. Michael tenía razón. Volvió a respirar hondo y se acordó del nacimiento de los niños, cuando respiraba de esa misma forma para intentar relajarse. Maldita sea, había dado a luz a sus dos hijos, tenían casi diez años de relación, mucha vida en común, no podía rendirse, no podía permitir que acabaran de ese modo, al menos se merecían hablar una vez más y esta vez, sería ella la que llamara y diera el brazo a torcer.
         Tragó saliva y dio a rellamada con los dedos temblorosos. Habían pasado por menos cinco minutos y él no había devuelto la llamada, así que lo intentaría una vez más y si no, lo haría más tarde. Cerró los ojos. Ronan contestó al tercer tono con su voz profunda y cálida de siempre, dejándola un par de segundos paralizada.
         —¿Hola?, ¿Jamie? —preguntó tranquilo.
         —Hola, Ron, soy yo, ¿estás ocupado? Solo quería saludarte.
         —Estoy en Estocolmo, trabajando, ¿estáis bien?
         —Sí, todo bien, gracias, ¿y tú?
         —Trabajando, Issi, ¿necesitas algo?
         —Nada, solo queríamos saber como estabas y yo hablar contigo, pero si estás ocupado, no pasa nada. Ya hablaremos en otro momento.
         —¿Puedo hablar con los niños?
         —Sí, claro, claro, espera un minuto... ¡Niños! —Llegó al salón con los ojos llenos de lágrimas y extendió el aparato sin despedirse, se lo dio a Jamie y se fue al cuarto de baño.
         —¿Qué ha pasado, Issi? —Michael se apoyó en la puerta.
         —Nada.
         —¿No quiso hablar contigo?
         —Se limitó a decir que estaba ocupado, trabajando y que si necesitaba algo... yo... bueno... no sé lidiar con eso.
         —Lo siento, pequeña, lo siento mucho. —La abrazó contra su pecho—. Yo tampoco me lo esperaba.
         —Mami —Jamie se le agarró a las piernas entregándole el teléfono—, es papá...
         —Gracias, mi amor. —Cogió el móvil sonándose y Mike le guiñó un ojo.
         —No la cagues —susurró llevándose al niño de vuelta al salón.
         —Dime, Ron.
         —Enhorabuena.
         —¿Por qué?
         —Paul acaba de verlo en las noticias, lo de tu premio.
         —Ah, sí, gracias.
         —Es estupendo, me alegro por ti.
         —Muchas gracias. —Miró al techo reuniendo valor y abrió la boca para hablar con la mayor serenidad posible—. Escucha... yo... me siento fatal por todo lo que ha pasado y...
         —¿Todo?
         —Sí, yo...
         —¿A qué te refieres?, ¿a que desconfíes de mí?, ¿a que decidieras romper otra vez conmigo?, ¿a que me trates como a un pelele? —bufó y ella se quedó perpleja.
         —Bien, cuando vuelvas a Londres si me dejas, me explicaré.
         —Disfruta de tu premio.
         —Ronan...
         —Debo dejarte, me están esperando y no tengo tiempo para esto. —El clic le rechinó en la oreja y tuvo que sujetarse en la encimera al sentir unas náuseas espantosas que le subían por la garganta.
         —¿Qué demonios ha pasado? —preguntó Mike al encontrársela vomitando de rodillas junto al lavabo—. ¿Issi?
         —No ha querido escucharme, ya no quiere escucharme.


 Capítulo 21

 

 

          
         El sol le acribilló las pupilas y agarró la almohada para taparse la cabeza. Era temprano aún, pero Paul lo llamaría enseguida para bajar a desayunar porque tenía una entrevista en la televisión a mediodía, así que no le iría mal despertarse ya. Lamentó sinceramente haber olvidado cerrar las cortinas de la habitación porque la luz entraba a raudales recordándole que tenía una resaca de campeonato, la primera en más de un año. Se giró hacia el lado de la cama que normalmente ocuparía Issi y casi le da un infarto al ver la figura de una mujer desnuda. Se sentó de golpe y de repente le vinieron todos los recuerdos de los cuatro últimos días en Estocolmo. ¡Maldita sea! Una puta locura que, sin embargo, había devuelto algo de imperfección a su ordenada vida.
         «Mierda, mierda, mierda», masculló pasándose la mano por la cara. Aquella mujer rubia y muy alta, dueña de un cuerpo espectacular, reposaba boca abajo completamente desnuda a su lado. Cerró los ojos intentando acordarse de su nombre y no pudo. Miró hacia el suelo y vio un vestido negro y un tanga sobre la alfombra, los zapatos de tacón y el bolso, y salió de la cama mareado y aterrado. Hacía siglos, antes de conocer a Eloisse, situaciones semejantes eran más que habituales en su vida, pero ya no. Entró en el cuarto de baño aturdido, se metió bajo la ducha caliente, apoyó la frente en la puerta acristalada y cerró los ojos sin conseguir organizar su cabeza y determinar en qué maldito minuto había acabado llevando a esa mujer a su hotel, a su habitación y a su cama.
         Los cuatro últimos días junto a su amigo Kevin O’Keefe, un amigo de la infancia que había sido productor suyo en los primeros años de la banda y que desde hacía una década vivía en Suecia junto a su mujer Britt, habían sido puro desenfreno, como una explosión de vicio y juerga que necesitaba como respirar tras los últimos conflictos con Issi, de eso sí se acordaba, aunque de poco más.
         Hacía al menos cuatro años que no pisaba Suecia, la última vez había sido con Issi embarazada de Jamie, con muy pocos meses de gestación, y había acabado fatal con los amigos de Kevin y de Britt. Alguno había osado piropear a su mujer y mirarla de forma indebida, y había terminado dándole una paliza por insolente. La trifulca le había costado una discusión monumental con Eloisse y un distanciamiento con Kevin, que se tomaba todo a la ligera y con sentido del humor, pero aquello no, porque le recordó que él se había pasado años flirteando con las mujeres suecas de sus amigos y que a la primera que alguno admiraba al bellezón con el que se había casado, no podía volverse loco, que eso no era normal. Seguramente no lo fuera, pero no podía remediarlo, en eso no había manga ancha, no lo soportaba y era incapaz de ser tolerante.
         Sin embargo seguían siendo amigos, coincidían de vez en cuando en Dublín, y en ese regreso suyo a Suecia por trabajo, Kevin y Britt se habían volcado con él, como siempre, y le habían organizado un par de fiestas en su espectacular piso del centro de Estocolmo, de esas que hacían historia. Obviamente no había querido probar el alcohol, en eso era inflexible, pero sí había fumado marihuana a mansalva y antes del concierto había tenido que probar algo más fuerte sobre la mesa de la cocina de su amigo, una raya de polvo blanco de primera calidad que lo había despejado lo suficiente como para regalar a su fiel público escandinavo un concierto espectacular.
         Hacía siglos que no probaba la cocaína, en realidad desde antes del nacimiento de James y la marihuana tampoco, salvo honrosas excepciones en Irlanda e incluso con sus compañeros de terapia en Windsor, pero esas noches en Estocolmo habían sido excepcionales y se había dejado llevar un poco por el ambiente general, la algarabía y la celebración del reencuentro con los viejos amigos; unas vacaciones en medio de las tensiones y las peleas interminables con su mujer. Unos días de relax que no quería ver como faltas graves a sus acuerdos con Issi, porque no se trataba de eso, como tampoco se trataba de ver a su mujer como una madre severa a la que ocultar ciertas cosas, simplemente se había desviado unos metros de sus costumbres habituales y lo necesitaba, ¡joder!
         Después del concierto habían celebrado otra fiesta con Kevin y su gente, e incluso con Paul Henderson, que se sumaba encantado a todas sus aficiones, y finalmente, cuando estaba completamente ido por culpa de la hierba, había tenido que tomar una Guinness, una grande y deliciosa para aplacar la sed, a la que inevitablemente siguieron otras, unos chupitos de wisky y tequila y finalmente había desembocado todo en una borrachera monumental.
         Una borrachera que acababa con más de cuatrocientos días de sobriedad, más de un año, en realidad un año y tres meses más o menos, no lo recordaba porque odiaba llevar esas cuentas: «Me llamo Ronan y llevo trescientos ventiún días sobrio...» como en las películas, no lo soportaba, aunque seguramente Issi sí lo sabía y cuando se enterara de aquel primer traspié serio en tanto tiempo, se enfadaría muchísimo y no sabía exactamente hasta dónde estaría dispuesta a llegar. Eloisse era así, una mezcla perfecta entre la educación clásica y estricta impartida por su convencional y conservador padre inglés, y el liberal y tolerante estilo de vida de su intensa y bohemia madre mediterránea. Ella podía ser tolerante hasta unos niveles difícilmente comprensibles, pero a la vez exigía el cumplimiento de los compromisos y las promesas con una rigidez que daba miedo, por lo tanto no estaba seguro de cómo reaccionaría realmente ante su primera recaída, la primera y muy probable recaída que su terapeuta les había advertido que ocurriría, aunque sí sabía como reaccionaría ella si se llegaba a enterar de lo ocurrido con esa mujer, esa rubia con la piel tostada que hacía unas mamadas espectaculares, eso recordó de pronto, y también el hecho de que ella era modelo y que la había conocido en una discoteca de Estocolmo la noche anterior.
         —Irlandés, ¿me dejas ducharme? Tengo que irme pitando. —La sueca entró en la ducha y se puso debajo del chorro de agua buscando el champú con los ojos—. ¿Quién es princesa?, ¿tu mujer?, ¿se llama así?
         —¿Qué? —balbuceó como un idiota apartándose de ella.
         —Repetías su nombre mientras follábamos, muy bien por cierto, bombón. —Se giró y le sonrió—. ¿Tienes diez minutos?
         —No, yo...
         —¿Cómo que no si estás preparadísimo? —Deslizó la mano y le agarró el pene con fuerza, él miró la enorme erección y fue incapaz de huir de allí; la agarró por la nuca y la besó, aunque olía a tabaco y a licor rancio, la besó. Eran de la misma estatura y pudieron hacerlo como locos, sin ninguna ternura, sin hablar, de pie, y sin mucho esfuerzo, aunque ella le pidió que eyaculara sobre su cara justo antes de acabar (es bueno para el cutis).
         —Madre de Dios —bufó y se apoyó en los azulejos casi sin aliento.
         —Es en serio, el semen es estupendo para el cutis, y ahora debo irme, guapo. ¿Nos vemos más tarde?, ¿cuándo te vas de Estocolmo?
         —No lo sé, esta noche o mañana.
         —Ya te encontraré.
         La joven salió de la ducha y desapareció sin más palabras, él permaneció quieto debajo del agua caliente sin moverse, hasta que sintió que la puerta de la suite se cerraba y se quedaba solo. Era un imbécil, un maldito bastardo y se echó a llorar de pura culpabilidad, porque una cosa era echar un polvo, o dos, de noche y borracho, y otra muy diferente era volver ha hacerlo a la luz del día y siendo completamente consciente.
         —¡Ronan! —La voz de su manager lo hizo abandonar el cuarto de baño quince minutos después—. ¿Qué te pasa, tío?, ¿estás enfermo?
         —Un poco. —Buscó su ropa y volvió al baño para vestirse.
         —Si quieres podemos anular lo de la tele.
         —No, está bien, quiero desayunar.
         —¿Y qué tal con Viviane? —le preguntó Paul Henderson guiñándole un ojo, muerto de la risa en el ascensor, pero al ver su cara de furia se calló.
         —¿Se llama Viviane? Perfecto. ¿Y tú donde estabas mientras traía a una mujer a mi hotel, Paul?
         —Con otra en mi habitación, ¿qué demonios estás insinuando? No soy tu niñera, Ronan, discúlpame.
         —No, pero te pago para cuidar de mi carrera y traer a una mujer desconocida a mi suite, estando borracho y medio muerto, no es lo mejor para mi carrera.
         —Está bien, si quieres pagarla conmigo, la pagas, pero tú estás separado, eres libre, lo dijiste anoche mil veces y si al final te follaste a esa modelo no es asunto mío.
         No volvieron a dirigirse la palabra durante el desayuno y Ronan se limitó a beber cantidades ingentes de café bien cargado sin que la mala conciencia lo dejara respirar, no sabía cómo había llegado hasta ese punto: marihuana, cocaína, alcohol y una modelo sueca, perfecto, toda su maldita vida al carajo en pocas horas. Con un poco de suerte podría enterrarlo en el baúl de las vergüenzas y no comentarlo jamás con nadie, aunque no era muy probable, porque alguien como él tenía de todo menos intimidad, y lo más seguro era que aquello o parte de aquello saliera a la luz y entonces sería su funeral definitivo, el suyo y el de su matrimonio con Eloisse.
         Con esa disciplina draconiana que sabía usar tan bien en el trabajo, aguantó la resaca y acudió a la televisión para dar una entrevista en un programa de máxima audiencia, luego llamó a Londres y habló con Aurora y los niños, porque seguía sin querer hablar con Issi y mucho menos después de lo ocurrido en las últimas horas, y cuando regresó al hotel con la intención de hacer el equipaje y regresar a casa, se encontró de bruces con su nueva amiga sueca, Viviane, que lo estaba esperando, de punta en blanco, acompañada por Kevin y otros amigos, una sorpresa tan enorme que lo dejó helado impidiéndole reaccionar cuando ella se le abrazó al cuello y le plantó un beso con la boca abierta, metiendole la lengua hasta la garganta mientras los demás los jaleaban como a críos.
         —¡¿Qué demonios...?! —dijo al fin agarrándola por las muñecas.
         —Venimos a secuestrarte.
         —¡¿Qué?! Oye mira, yo no...
         —¡Ron! —Kevin lo abrazó por los hombros y lo apartó del grupo—. La última esta noche, en las afueras, vente, tío y vive un poco.
         —Debo volver a casa.
         —¿A qué?, ¿a pelearte con la diosa Eloisse?, ¿a cambiar pañales?, ¿a fingir que eres un puto abstemio? No, tío, si ya has vuelto, no pares y celebremos la última noche.
         —No, mira yo... nada de esto debió pasar, estoy metido en un buen lío, Kev, debo irme. —La cabeza le daba vueltas, la resaca era impresionante y no era capaz de explicarse con claridad.
         —Vale, pues si ya te has metido en el lío, ¿qué más da unas horas más? La mitad de tu banda ya está allí, en la casa de los padres de Britt, ¿te acuerdas? Una mansión para nosotros solos, una juerga más y entierras esto, piensa que es el adiós a tu antigua vida de crápula y juerguista de pro... venga Ronan, no seas cobarde.
         —¡Vamos! —Todo el mundo lo animó y él miró al cielo antes de cerrar los ojos y asentir como entre sueños.
         Dos horas después estaba en la maravillosa casa de los padres de Britt a orillas del mar, con una botella de tequila en la mano y Viviane haciéndole una mamada de cine. Estaban rodeados de gente, pero nadie se fijaba en ellos, y observó con una sonrisa de idiota en la cara como le llevaban cocaína para compartir con él. Aspiró una raya y luego acarició el pelo rubio de la chica que estaba más borracha que él, aunque succionaba con fuerza, así que apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, extendió los brazos y comenzó a jadear, era una sensación espectacular estar allí, mirando el mar y en libertad, con el placer llegándole como una descarga eléctrica a todos los rincones del cuerpo, fantástico, demasiado bueno para ser cierto.
         —Issi, princesa, pequeña, mi amor, princesa —balbució mientras eyaculaba sobre los pechos desnudos de Viviane—, princesa, princesa...
         —¿Qué demonios le ocurre? —preguntó Viviane a Kevin O’Keefe al sentir que se acercaba a ellos. Ronan Molhoney, que era un cantante famoso, rico, y el tipo más guapo que se había tirado en toda su vida, yacía con el cuerpo laxo sobre el sofá, mascullando palabras ininteligibles—. ¿Está bien?
         —Claro que está bien, querida, es que tú dejas seco a cualquiera, muchas gracias, le hacía falta.
         —¿Tú crees?, ¿y quién es princesa?
         —Doña perfecta, su mujercita preciosa e intocable de Londres. ¿Ahora te vienes conmigo?
         —¿Qué? —Viviane se echó a reír coqueta y le extendió la mano. Kevin la agarró y se la llevó al dormitorio.
         —Ahora es mi turno, Viviane, y quiero que me dejes en coma, igual que a mi amigo.


 Capítulo 22

 

 

          
         Sumergió a Jamie con calma en la bañera y dejó que se relajara, aunque era complicado con Alex agarrado literalmente a sus piernas. Lo miró de reojo y él le sonrió con el chupete en la boca y con esos ojos celestes idénticos a los de su padre. Le tiró un beso y volvió a concentrarse en James que tenía los ojos brillantes por la fiebre, esperó un tiempo prudencial y lo sacó de la bañera para secarlo bien, ponerle un pijama limpio y envolverlo en el albornoz.
         Le había dado aspirina y la fiebre empezaba a remitir, pero podía volver y estaba preocupada. Afortunadamente había decidido no ir a trabajar y quedarse con ellos en casa, porque el niño había despertado a las nueve de la noche con 39º de fiebre y muy malito, tosiendo y llorando, y la necesitaba. Aurora llegaría muy tarde, era su día libre, y no había querido llamar a Fiona para que se quedara con ellos, había preferido llamar al teatro y pedir una sustituta, aunque le hubiera costado una pelea con George Stathman. Indudablemente sus prioridades eran otras y lo había mandado a paseo con dos frases cortas que sabía le acarrearían problemas, pero no le importaba, solo le importaba Jamie, y Alex, que se había despertado un minuto después que su hermano y aunque no parecía enfermo, no se separaba de ellos con el chupete en la boca y su mantita en la mano, dificultando un poco la atención que necesitaba prestarle al enfermito que solo quería estar en sus brazos. Llevaba desde la mañana constipado, la noche anterior ya había dado muestras de malestar y la cosa había ido en aumento muy rápidamente. Habían pasado un día agotador con la fiebre y la tos, y a esa hora seguía alerta y asustada, acababa de llamar al médico y no dejaba de vigilarlos, a los dos, con el termómetro electrónico en la mano, arrepentidísima de no haberlo llevado al pediatra esa misma tarde.
         Y Ronan sin aparecer. Llevaba cinco o seis días fuera, en Estocolmo, creía, porque no le dirigía la palabra. Había llamado el día anterior y no había vuelto a saber de él, y no había llegado a tiempo ese miércoles para quedarse con los niños, aunque sabía que Aurora tenía un compromiso fuera de Londres, pero eso ya carecía de importancia. Él no estaba, pero ella sí y se llevó a los niños a su cama para acostarse los tres juntos, preparada para pasar una noche movidita por culpa de la fiebre.
         Se estiró en la cama, apagó la luz y al ir a dejar el termómetro en la mesilla de noche se topó con la caja rosa y lila del test de embarazo. Esa misma mañana lo había comprado en la farmacia y no había tenido tiempo de usarlo, así que se durmió pensando en que a primera hora del día siguiente, en cuanto tuviera un minuto, lo usaría para salir de una maldita vez de dudas.
         —Issi...
         —¿Qué ocurre? —Abrió la puerta de entrada y al encontrarse con Michael y Ralph se asustó, frunció el ceño y sintió como se le aceleraba el pulso. Eran las ocho de la mañana, llevaba una hora despierta, pero aún no había podido vestirse—. ¿Qué hacéis aquí?
         —Issi, cielo... —Mike la agarró del brazo a la par que los teléfonos se ponían a sonar casi al unísono, el móvil y el fijo, e hizo amago de atenderlos, pero Ralph la agarró por los hombros, cerró la puerta y se la llevó al salón.
         —No contestes, ¿dónde están los niños?, ¿y Aurora?
         —Los niños durmiendo, han pasado una noche pésima y Aurora no está. ¿Qué ocurre? Me estáis asustando y no he dormido apenas así que...
         —Hemos venido para hablar contigo personalmente, me he enterado esta mañana y no queríamos que lo vieras en la tele o en el quiosco. Mike, dale el periódico.
         —Issi, lo siento, cariño... —Su amigo del alma se echó a llorar al pasarle el periódico sensacionalista donde su marido era portada a cuatro columnas. Ella lo agarró y leyó antes de ver las fotos: Ronan Molhoney nuevamente enamorado.
         —«El cantante irlandés de treinta y cinco años, Ronan Molhoney, líder de los Night Storm, parece haber superado la dramática separación de la madre de sus hijos y se deja ver así de feliz en Estocolmo junto a su nueva novia, la espectacular modelo sueca Viviane Johansson, de veintidós años, portada este año de las revistas de moda más importantes del mundo...» —Dejó de leer en voz alta y se desplomó en una butaca, desplegó el periódico y vio las fotografías de Ronan bailando y besándose con esa mujer en una discoteca, jugueteando en la calle, besándose apasionadamente pegados a la pared y entrando en el hotel de la mano, aunque poco más pudo ver porque las lágrimas le anegaron los ojos.
         —Issi, escucha, puede ser un puto montaje, ya sabes... —Mike se arrodilló a su lado y la abrazó.
         —No lo es, lleva casi una semana en Estocolmo.
         —No sabemos lo que es, pero no hagas caso hasta hablar con él, Issi, escucha... —Ralph intentó asentar los ánimos, pero no pudo porque ella se levantó, salió corriendo al cuarto de baño pequeño del pasillo y se puso a vomitar.
         —¿Dónde está Issi? —Aurora abrió la puerta, agitada, tiró el bolso al suelo y entró corriendo por el pasillo con el periódico en la mano—. ¿Ya lo ha visto?
         —Sí, ocúpate de los niños, por favor. —Ralph le dio un beso mirando como su novio lloraba abrazado a Eloisse, mientras ella sollozaba sin contención alguna—. Dios bendito, ¿qué hacemos ahora?
          
          
         —¿Adónde te crees que vas? —Ralph, Mike, Aurora y Fiona se levantaron de sus asientos al ver que aparecía en el salón vestida de negro, con la cara lavada y la mochila en el hombro. Eran las cinco de la tarde, se había pasado todo el día llorando en la cama, doblada de dolor y pensaban que se había quedado dormida, pero no, ahí estaba, a punto de salir a la calle—. ¿Eloisse?
         —A trabajar, ¿no te vienes Mike?
         —¿Cómo que a trabajar? George ha dicho que te tomes el día libre, hay prensa ahí abajo, ¿sabes?
         —¿Y qué puedo hacer? Yo no he hecho nada malo, él... —Pensó en Ronan y volvió a sentir el agujero enorme que tenía en el pecho desde esa mañana—. Él tampoco, estamos separados y no pienso esconderme de nada.
         —Pero... —Mike miró a los demás y todos asintieron, así que agarró su mochila y salió detrás de ella. Issi vivía en una calle pequeña, sin tráfico, a cinco minutos andando del teatro, no había forma humana de esquivar a los fotógrafos y cámaras de televisión que se habían apostado como buitres en la puerta de su casa nada más conocerse la noticia en todos lo medios, así que tragó saliva y la siguió por los adoquines sintiendo la explosión de los flashes sobre sus cabezas, las preguntas a gritos de una reportera que chillaba como una loca y la nube de personas que los rodeaban. La agarró de la mano para cruzar corriendo la calle y se metieron en el teatro donde los recibieron con miradas de lástima que los siguieron hasta sus camerinos. George Stathman apareció con cara de circunstancia para saludarla.
         —Ma petite, ¿estás bien? No tienes que bailar hoy, todos comprendemos...
         —No sabía que te daban vacaciones cuando tu ex se enamoraba de otra —susurró lavándose la cara.
         —No es lo mismo, a ninguno de nosotros nos han puteado públicamente.
         —Voy a bailar, gracias.
         —Muy bien, como quieras. —Se acercó, le besó la cabeza y desapareció.
         Conocía a Ronan Molhoney desde hacía diez años y desde entonces había tenido que subir al escenario conteniendo las lágrimas muchas veces, cientos de veces por culpa de sus peleas, sus celos, sus problemas y sus crisis. Sin embargo, aquella noche, cuando pisó el escenario del Royal Opera House, iba temblando, sintiéndose muy vulnerable y cumplió con su trabajo lo mejor que pudo, aunque cuando acabaron el espectáculo y la gente se puso de pie para aplaudirla y sus compañeros se acercaron para arroparla, se echó a llorar sin poder remediarlo. Era la primera vez en toda su vida que perdía los papeles encima de las tablas y se sintió aún peor, porque odiaba que le tuvieran lástima y la miraran con pena y con los ojos llenos de lágrimas. Odiaba la compasión de la gente y esa noche solo obtuvo compasión por parte de todo el mundo, palmaditas cargadas de tristeza y abrazos emotivos que acabaron por partirle el alma en dos.
         Era muy de agradecer el apoyo de todos sus compañeros, pero no quería dramatizar con esa situación personal suya, que solo se diferenciaba de otras similares en que ella había tenido que enterarse a través de la prensa. Desde esa mañana se repetía que no era más que un exmarido que rehace su vida con una chica más joven, más guapa y más divertida ante la incapacidad de recomponer su matrimonio, aunque él le hubiese dado muchas oportunidades. Así de simple y aunque creía que jamás en lo que le restaba de vida podría asimilar aquello con normalidad, debía aparentar que sí podía hacerlo, debía sobrevivir y recomponerse, lo haría, aunque no esa noche, esa noche no podía porque se trataba de Ronan, del amor de su vida, el padre de sus hijos, que ahora quería a otra, eso no podía olvidarlo, y jamás podría borrar de su memoria las imágenes de él besando a esa belleza rubia de más de metro ochenta de estatura, en como ella se le montaba a la espalda y le mordía el cuello, en como entraban de la mano al hotel, no podía soportarlo con dignidad, de modo que se encerró en su camerino hasta que ya no quedó nadie en el teatro que pudiera ver sus lágrimas y su completo y absoluto abatimiento.
         A las once de la noche al fin se animó a salir del camerino y se encontró a Mike y Ralph esperándola sentados en unas escaleras. Se pusieron de pie al verla y ella les sonrió pasándose la mano por la cara.
         —¿Qué hacéis aquí?, ¿no habéis tenido suficiente con una llorona por hoy?
         —Ven aquí —Mike estiró el brazo y la pegó a su pecho, ella se puso tensa, pero inmediatamente se aferró a él soltando otra vez ese llanto que no paraba jamás.
         —Han llamados tus cuñados, dicen que tienen que contarte...
         —No me interesa, no quiero oír más, por favor, he visto lo que he visto y si cuando me muera logro hacerlo sin recordar esas malditas fotos, me doy por satisfecha —bromeó con amargura y se sonó con un pañuelo desechable.
         —Vale, pero te han llamado a casa y...
         —En fin... —Suspiró—. ¿Podré ir sola a casa o me esperan muchos paparazzi?
         —Alguno queda, Kirk dice que se ocupará de acompañarte a partir de ahora y hasta que se calmen los ánimos. —Ralph la agarró y la abrazó también. Esa tarde había tenido la oportunidad de charlar dos veces con Molhoney, que parecía un poco drogado o borracho, y le había asegurado que la modelo era solo una aventura, aunque tampoco parecía demasiado preocupado por el daño que estaba infligiendo a la madre de sus hijos y eso lo tenía muy cabreado—. Vamos, ahora te acompañamos nosotros, te metemos en la cama, te damos una tila y mañana será otro día, ¿de acuerdo?
         —Vale —salieron a la calle y dos fotógrafos la acribillaron a fogonazos de flash mientras hacían preguntas sobre Ronan y su novia, como si ella pudiera opinar, o como si pudiera celebrarlo, pensó, pero no abrió la boca.
         —¿Cómo te sientes, Eloisse? —preguntaban a cada paso sin conseguir respuesta.
         —Cómo demonios crees que se puede sentir, ¿eh? Si no la dejáis en paz, ¡joder!, ¿cómo te sentirías tú, capullo? —Ralph Smithson dejó que Issi y Mike entraran en el portal de la casa y se encaró con los dos fotógrafos con muy malos modos—. Explícamelo.
         —¡Ralph! —Michael salió, lo enganchó por la chaqueta y lo obligó a meterse en la casa—. No vale la pena. Venga, vamos dentro.

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