martes, 25 de marzo de 2014

SHATTER ME, parte 7

Tal vez soy yo quién está haciendo esto peor.
—No puedo creer que Warner en verdad accediese a quitarte las cámaras —me dijo Adam una noche.
—Él está loco. No es racional. Está enfermo en una forma que nunca entenderé.
Adam suspiró.
—Está obsesionado contigo.
—¿Qué? —Casi me parto el cuello de sorpresa.
—Eres de lo que él siempre habla. —Adam estuvo en silencio un momento, su mandíbula demasiado apretada—. Escuché historias sobre ti incluso antes de que llegaras. Es por eso que me involucré, es por eso me que ofrecí de voluntario para ir por ti. Warner pasó meses recolectando información sobre ti: direcciones, registros médicos, historias personales, relaciones familiares, certificados de nacimiento, exámenes de sangre. Todo el ejército estaba hablando sobre su nuevo proyecto: todos sabían que estaba buscando a la chica que mató al pequeñito en el supermercado. Una chica llamada Juliette.
Contuve mi aliento.
Adam negó con su cabeza.
—Sabía que eras tú. Tenías que serlo. Le pregunté a Warner si podía ayudar con el proyecto, le dije que había ido a la escuela contigo, que había escuchado sobre el niñito, que te había visto en persona. —Se rió con una risa fuerte—. Warner estaba emocionado. Pensó que haría el experimento más interesante —añadió, asqueado—. Y supe que si quería reclamarte como una especie de proyecto enfermizo… —Vaciló. Apartó la Mirada. Pasó una mano por su cabello—. Sólo sabía que tenía que hacer algo. Pensé que podía intentar ayudar. Pero ahora se está volviendo peor. Warner no deja de hablar sobre lo que eres capaz o cuán valiosa eres en sus intentos y cuán emocionado está por tenerte aquí. Todos están empezando a notarlo. Warner es despiadado, no tiene piedad de nadie. Ama el poder, la emoción de destruir a las personas. Pero él está empezando a romperse, Juliette. Está tan desesperado por tenerte… porque te le unas. Y por todas sus amenazas, no quiere forzarte. Quiere que lo quieras. Que lo escojas a él, de todos modos. —Miró hacia abajo, tomando una tensa respiración—. Está perdiendo el control. Y cuando veo su rostro siempre estoy a dos centímetros de hacer algo estúpido, me encantaría romper su mandíbula.
Sí. Warner está perdiendo el control. Está paranoico, aunque con buena razón. Pero es paciente e impaciente conmigo. Emocionado y nervioso al mismo tiempo. 
 Él es un oxímoron andante. Desactiva mis cámaras, pero algunas noches le ordena a Adam que duerma fuera de mi puerta para asegurarse de que yo no escape. Dice que puedo almorzar sola, pero siempre termina convocándome a su lado. Las pocas horas que Adam y yo tendríamos juntos nos son robadas, pero pocas noches a Adam se le permite dormir en mi habitación, así que me las arreglo para pasarlas acurrucada en sus brazos.
Ambos dormimos en el suelo ahora, envueltos en el otro por calor incluso con la sábana cubriendo nuestros cuerpos. Cada vez que me toca es como una oleada de fuego y electricidad que enciende mis huesos en la manera más asombrosa. Es la clase de sensación que desearía que pudiera sostener en mis manos.
Adam me cuenta sobre nuevos sucesos, susurra lo que ha escuchado de otros soldados. Me dice como hay múltiples sedes por lo que queda del país. Cómo el padre de Warner está en la capital, cómo deja a su hijo a cargo de todo este sector. Dice que Warner odia a su padre, pero ama el poder. La destrucción. La devastación. Él acaricia mi cabello y me cuenta historias y me arropa cerca como si tuviera miedo de que fuera a desaparecer. Pinta dibujos de personas y lugares hasta que me quedo dormida, hasta que me estoy ahogando en una droga de sueños por escapar a un mundo sin refugios, sin alivio, sin liberación excepto sus consuelos en mi oído. Dormir es la única cosa que ansío en estos días. Apenas puedo recordar por qué solía gritar.
Las cosas se están volviendo tan cómodas y yo estoy comenzando a entrar en pánico.
—Ponte esas —me dice Warner.
El desayuno en la habitación azul se ha vuelto rutina. Como y no pregunto de dónde viene la comida, ya sea o no que los trabajadores estén pagados para que la hagan, cómo este edificio se las arregla para mantener tantas vidas, bombear tanta agua, o usar tanta electricidad. Ahora espero mi momento. Coopero.
Warner no me pide que lo toque de nuevo, y yo no me ofrezco.
—¿Para qué son? —Miro los pequeños trozos de tela en sus manos y siento una punzada nerviosa en mi estómago.
Él sonríe con una lenta y furtiva sonrisa.
—Un examen de aptitud. —Agarra mi muñeca y deposita el bulto en mi mano—. Me daré la vuelta, sólo por esta vez.
Estoy demasiado nerviosa como para estar disgustada con él 
 Mis manos se sacuden mientras me cambio al conjunto que resulta ser un diminuto top y shorts más diminutos. Estoy prácticamente desnuda. Estoy prácticamente convulsionándome de miedo por lo que esto pueda significar. Me aclaro la garganta con el más ligero indicio y Warner se da vuelta.
Se toma demasiado tiempo para hablar; sus ojos están ocupados viajando por la hoja de ruta de mi cuerpo. Quiero hacer pedazos la alfombra y coserla en mi piel. Él sonríe y me ofrece su mano.
Soy granito y piedra caliza y vidrio de mármol. No me muevo.
Él deja caer su mano. Ladea la cabeza.
—Sígueme.
Warner abre la puerta. Adam está de pie afuera. Se ha vuelto tan bueno en enmascarar sus emociones que apenas registro la mirada de shock que entra y sale de sus facciones. Nada excepto la tensión en su frente, la tensión en sus sienes, lo delata. Él sabe que algo no está bien. Él en verdad voltea su cuello para mantener mi apariencia. Se pone en blanco.
—¿Señor?
—Continúe dónde está, soldado. Me la llevaré de aquí.
Adam no contesta no contesta no contesta...
—Sí, señor —dice, su voz de repente ronca.
Siento sus ojos sobre mí mientras me dispongo por el pasillo.
Warner me lleva a algún lugar nuevo. Estamos caminando por corredores que nunca he visto, más oscuros y sombríos y estrechos mientras paso. Me doy cuenta de que nos estamos dirigiendo hacia abajo.
Hacia un sótano.
Atravesamos 1, 2, 4 puertas de metal. Soldados por todas partes, sus ojos en todas partes, evaluándome con miedo y con algo más que preferiría no considerar. Me he dado cuenta de que hay muchas mujeres en este edificio.
Si alguna vez hubiera un lugar para estar agradecida de ser intocable, sería este. Es la única razón de que tenga asilo de los ojos predadores de cientos de hombres. Es la única razón por la que Adam se está quedando conmigo, porque Warner cree que Adam es un cartón recortable de regurgitaciones de vainilla. Piensa que Adam es una máquina aceitada de pedidos y demandas. Piensa que Adam es un recuerdo 
 de mi pasado, y lo usa para incomodarme. Nunca imaginaría que Adam podría descansar un dedo en mí.
Nadie lo imaginaría. Todos con los que me encuentro están absolutamente petrificados. La oscuridad es como un lienzo negro perforado por un cuchillo sin filo, con rayos de luz mirando a través. Me recuerda demasiado a mi antigua celda. Mi piel se tensa con miedo incontrolable.
Estoy rodeada de armas.
—Ahora entras tú —dice Warner. Soy empujada hacia una habitación vacía que huele ligeramente a moho. Alguien golpea un interruptor y luces fluorescentes parpadean para revelar paredes color amarillo pastoso y la alfombra del color de la hierba muerta. La puerta se cierra de golpe detrás de mí.
No hay nada excepto telarañas y un gran espejo en esta habitación. El espejo es de la mitad del tamaño de la pared. Instintivamente sé que Warner y sus cómplices deben de estar observándome. Sólo que no sé por qué.
Hay secretos por todas partes.
No hay respuestas por ninguna parte
Tintineos/crujidos/chirridos mecánicos y desplazamientos sacuden el espacio en el que estoy. El suelo retumba a la vida. La celda tiembla con la promesa del caos. Clavos de metal están de repente por todas partes, esparcidos por la habitación, perforando cada superficie en todas las diferentes alturas. Cada varios segundos desaparecen sólo para reaparecer con una sacudida repentina de horror, cortando el aire como agujas.
Me doy cuenta de que estoy de pie en una cámara de tortura.
La estática y la retroalimentación de los altavoces son más viejas que mi corazón muerto chirriando a la vida. Soy un caballo de carreras galopando hacia una línea final falsa, respirando con dificultad por el triunfo de alguien más.
—¿Estás lista? —Hace eco por la habitación la voz amplificada de Warner.
—¿Para qué se supone que esté lista? —grito en el espacio vacío, segura de que alguien puede escucharme. Estoy calmada. Estoy calmada. Estoy calmada. Estoy petrificada.
—Teníamos un trato, ¿recuerdas? —responde la habitación.
—¿Qué…? 
 —Desactivé tus cámaras. Ahora es tu turno de mantener tu parte del trato.
—¡No te tocaré! —grito, girando en el lugar, aterrorizada, horrorizada, preocupada por que tal vez me desmaye en cualquier momento.
—Eso es correcto —dice él—. Voy a enviar a mi remplazo. —La puerta se abre chirriando y entra un niño como un pato, usando nada excepto un pañal. Está con los ojos vendados y con sollozos, estremeciéndose de miedo.
Un alfiler pone mi existencia en la nada.
—Si no lo salvas —Las palabras de Warner crepitan a través de la habitación—, nosotros no lo haremos, tampoco.
Este chico.
Él debe de tener una madre, un padre, alguien que lo ama este chico este chico este chico tropezando hacia delante con terror. Él podría ser lanzado a través de una estalagmita de metal en cualquier segundo.
Salvarlo es simple: necesito agarrarlo, encontrar un espacio seguro de suelo, y mantenerlo en mis brazos hasta que el experimento termine.
Hay un único problema.
Si lo toco, podría morir. 

Capítulo 25
Warner sabe que no tengo opción. Quiere forzarme a otra situación donde pueda ver el impacto de mis capacidades, y no tiene problema en torturar a un niño inocente para obtener exactamente lo que quiere.
En estos momentos no tengo opciones.
Tengo que tener una oportunidad antes de que este niño dé un paso en la dirección equivocada.
Rápidamente memorizo todo lo que puedo de trampas y maniobras/saltos/flechas para evitar los picos hasta que estoy tan cerca como me sea posible.
Tomo una profunda y temblorosa respiración y me centro en las extremidades temblantes del niño en frente de mí y pido a Dios que esté tomando la decisión correcta. Estoy a punto de jalarme la camisa para usarla como una barrera entre nosotros cuando me doy cuenta de la ligera vibración en el suelo. El temblor que precede al terror. Sé que tengo un medio segundo antes de que los picos corten a través del aire y aún menos tiempo para reaccionar.
Lo tiro hacia arriba y en mis brazos.
Sus gritos perforan a través de mí como si yo estuviera disparando una bala por segundo hasta la muerte. Él está arañando mis brazos, mi pecho, pateando mi cuerpo tan duro como puede, gritando de dolor hasta que el dolor lo paralizo. Él se debilita en mis manos y me estoy rompiendo a pedazos, mis ojos, mis huesos, mis venas todas borbotando fuera de su lugar, todo girando en mí para torturarme por siempre con el recuerdo del horror del que soy responsable.
El dolor y el poder están sangrando a través de su cuerpo hasta el mío, sacudiendo a través de sus miembros y chocando contra los míos hasta que estuvieron a punto de caer. Es como volver a vivir una pesadilla que he pasado 3 años tratando de olvidar. 
 ―Absolutamente increíble ―suspira Warner a través de los altavoces, y me doy cuenta que tenía razón. Él debe estar mirando a través de un espejo de dos vías―. Brillante, amor. Estoy muy impresionado.
Estoy muy desesperada como para ser capaz de concentrarme en Warner en estos momentos. No tengo idea de cuánto tiempo va a durar este juego enfermizo, y lo que necesito es disminuir la cantidad de piel que estoy exponiendo al cuerpo de este niño.
Mi escaso atuendo tiene tanto sentido ahora.
Lo reorganizo en mis brazos y me las arreglo para agarrar el pañal. Lo estoy sosteniendo con la palma de mi mano. Estoy desesperada en creer que no pude haberle tocado lo suficiente como para causar graves daños.
Suelta un hipo, y su cuerpo se estremece de nuevo a la vida.
Podría llorar de felicidad.
Pero entonces los gritos empiezan de nuevo otra vez, ya no llora por la tortura, sino de miedo. Está desesperado por escapar de mí y yo estoy perdiendo mi agarre, mi muñeca está a punto de romperse por el esfuerzo. No me atrevo a quitarle la venda. Prefiero morir que permitirle ver este espacio, ver mi cara.
Cierro la mandíbula tan rápido que temo haberme roto los dientes. Si lo pongo abajo, empezará a correr. Y si comienza a correr, estará acabado. Tengo que seguir sosteniéndolo.
El rugido de un viejo silbido mecánico revive mi corazón. Los picos caen al suelo, uno por uno hasta que todos ellos han desaparecido. La habitación es inofensiva una vez más con tanta rapidez que me temo que pude haberme imaginado el peligro. Dejo caer al chico en el suelo y me muerdo los labios para tragar el dolor que brota de mi muñeca. El niño empieza a correr y accidentalmente se tropieza con mis piernas desnudas.
Él grita y se estremece y cae al suelo, acurrucado sobre sí mismo, sollozando hasta que considero destruirme a mí misma, librarme de este mundo. Las lágrimas están fluyendo rápidamente por mi cara y no quiero nada más que llegar a él y ayudarlo, abrazarlo de cerca, besar sus hermosas mejillas y decirle que yo me encargaré de él para siempre, que vamos a huir juntos, que voy a jugar con él y leerle cuentos de noche y sé que no puedo. Que nunca podré. Yo sé que eso nunca será posible.
Y de repente el mundo se desplaza fuera de foco. 
 Me invade una rabia, una intensidad, una ira tan potente que casi me eleva del suelo. Estoy hirviendo de odio ciego y disgusto. Ni siquiera sé cómo mis pies se mueven en el instante siguiente. No entiendo a mis manos y lo que están haciendo o cómo se decidieron volar hacia delante, con los dedos extendidos, cargando hacia la ventana. Sólo sé que quiero sentir el cuello de Warner completamente entre mis manos. Quiero que él experimente el mismo terror infligido por él a un niño. Quiero verlo morir. Quiero verlo pedir misericordia.
Me catapulto a través de los muros de hormigón.
Aplasto el vidrio con 10 dedos.
Estoy agarrando un puñado de grava y un puñado de tela del cuello de Warner y hay 50 armas diferentes apuntando a mi cabeza. El aire está cargado de cemento y azufre, los cristales rotos en una sinfonía agónica de corazones destrozados.
Golpeo a Warner contra la corroída piedra.
―No te atrevas a dispararle —susurra Warner a los guardias. No he tocado su piel aún, pero tengo la extraña sospecha que podía aplastar su caja torácica hacia su corazón si presiono un poco más fuerte.
―Debería matarte. ―Mi voz es una respiración profunda, una exhalación sin control.
―Tú. ―Trata de tragar―. Tú acabas… Tú acabas de romper el cemento sólo con tus manos.
Parpadeo. No me atrevo a mirar detrás de mí. Pero sé sin mirar hacia atrás que no está mintiendo. Debo haberlo hecho. Mi mente es un laberinto de imposibles.
Pierdo la concentración por un instante.
Las armas.
Click
Click
Click. Cada momento esta contado.
―Si alguno de ustedes le hace daño les dispararé yo mismo ―ladra Warner.
―Pero, señor…
―BAJE EL ARMA, SOLDADO… 
 La rabia se ha ido. La repentina ira incontrolable se ha ido. Mi mente se ha entregado a la incredulidad. Confusión. No sé lo que he hecho. Yo, obviamente, no sé de lo que soy capaz, de por qué no tenía ni idea de que podía destruir cualquier cosa y de repente estoy tan aterrada, tan atemorizada de mis propias manos. Tropiezo hacia atrás, aturdida, y Warner me agarra y me mira con avidez, con entusiasmo, sus ojos de esmeralda brillantes, con fascinación juvenil. Está casi temblando de emoción.
Hay una serpiente en mi garganta y no puedo tragarla. Me encuentro con la mirada de Warner.
―Si alguna vez me pones en una posición como esta otra vez, te mataré. Y lo disfrutaré.
Ni siquiera sé si estoy mintiendo 

Capítulo 26
Adam me encuentra hecha un ovillo en el suelo de la ducha.
He estado llorando por tanto tiempo que estoy segura de que el agua caliente está hecha de nada más que de mis lágrimas. Mis ropas están pegadas a mi piel, húmedas e inútiles. Quiero tirarlas. Quiero ahogarme en la ignorancia. Quiero ser estúpida, tonta, muda, completamente desprovista de cerebro. Quiero cortar mis propios miembros. Quiero deshacerme de esta piel que puede matar y de esas manos que destruyen y de este cuerpo que ni siquiera sé cómo entender.
Todo se desbarata.
—Juliette... —Presiona su mano contra el vidrio. Apenas puedo escucharlo.
Cuando no respondo, él abre la puerta de la ducha. Es rociado con gotas de lluvia rebeldes y se saca sus botas antes de caer de rodillas en el suelo de azulejos. Se acerca para tocar mis brazos y el sentimiento hace que esté más desesperada por morir. Él suspira y me atrae hacia arriba, justo lo suficiente para levantar mi cabeza. Sus manos atrapan mi rostro y sus ojos me buscan, me registran hasta que aparto la mirada.
—Sé lo que ocurrió —dice suavemente.
Mi garganta es un reptil, cubierto de escamas.
—Alguien debería matarme —grazno, rompiéndome con cada palabra.
Los brazos de Adam me envuelven hasta que me tira hacia arriba y yo me tambaleo sobre mis piernas y ambos estamos en posición vertical. Entra en la ducha y desliza la puerta tras él.
Jadeo.
Me sostiene contra la pared y no veo nada excepto su camiseta blanca empapada, nada excepto agua bailar por su rostro, nada excepto sus ojos llenos de un mundo del que muero por ser parte. 
 —No fue tu culpa —susurra.
—Es lo que soy —me ahogo.
—No. Warner está equivocado sobre ti —dice Adam—. Él quiere que seas alguien que no eres, y no puedes dejar que te destroce. No dejes que entre en tu cabeza. Él quiere que pienses que eres un monstruo. Él quiere que pienses que no tienes elección más que unirte a él. Quiere que pienses que nunca serás capaz de vivir una vida normal...
—Pero nunca viviré una vida normal. —Me trago un hipo—. Nunca... Yo n-nunca...
Adam sacude la cabeza.
—Tú la vivirás. Vamos a salir de aquí. No dejaré que esto te ocurra.
—¿C-cómo es posible que te preocupes por alguien... como yo? —Apenas estoy respirando, nerviosa y petrificada pero de alguna manera mirando sus labios, estudiando la forma, contando las gotas de agua cayendo sobre las cuestas y los valles de su boca.
—Porque estoy enamorado de ti.
Trago mi estómago. Mis ojos no dejan escapar la oportunidad de leer su rostro pero soy un desorden de electricidad, zumbando de vida y relámpago, calor y frío y mi corazón está errático. Estoy temblando en sus brazos y mis labios se han separado sin razón en absoluto.
Su boca se suaviza en una sonrisa. Mis huesos han desaparecido.
Estoy girando de delirio.
Su nariz está tocando la mía, sus labios a un respiro de distancia, sus ojos ya devorándome y soy un charco sin brazos ni piernas. Puedo olerlo por todas partes; siento cada punto de su figura presionada contra la mía. Sus manos en mi cintura, agarrando mis caderas, sus piernas pegadas a las mías, su pecho dominándome con fuerza, su cuerpo construido de ladrillos de deseo. El sabor de sus palabras perdura en mis labios.
—¿En serio...? —Tengo un susurro de incredulidad, un esfuerzo consciente por creer lo que nunca se ha hecho. Estoy mojada por mis pies, llena de todo lo tácito.
Él me ve con tanta emoción que casi me quiebro por la mitad.
—Dios, Juliette...
Y él me está besando. 
 Una vez, dos veces, hasta que he tenido una prueba de su sabor y me doy cuenta de que nunca tendré suficiente. Él está por todas partes, en mi espalda y sobre mis brazos, y de repente me está besando con más fuerza, profundamente, con una necesidad ferviente y urgente que nunca antes he conocido. Él se interrumpe en busca de aire sólo para enterrar sus labios en mi cuello, a lo largo de mi clavícula, por mi barbilla y mejillas y yo estoy jadeando en busca de oxígeno y él me está destruyendo con sus manos y estamos empapados de agua y de la belleza y de la alegría de un momento que nunca creí que fuera posible.
Él me empuja hacia atrás con un bajo gruñido y yo quiero sacarle su camiseta.
Necesito ver el pájaro. Necesito decirle sobre el pájaro.
Mis dedos están tirando del dobladillo de sus ropas húmedas y sus ojos se amplían por sólo un segundo antes de deshacerse del material por sí mismo. Agarra mis manos y levanta mis brazos por encima de mi cabeza y me inmoviliza contra la pared, besándome hasta que estoy segura de que estoy soñando, absorbiendo mis labios con los suyos y él sabe a lluvia y almizcle dulce y yo estoy a punto de explotar.
Mis rodillas se chocan y mi corazón está latiendo tan rápido que no entiendo por qué aún estoy funcionando. Está haciendo desaparecer con besos el dolor, la herida, los años de odio a mí misma, las inseguridades, las esperanzas frustradas por un futuro que siempre imaginé como obsoleto. Me está prendiendo fuego, quemando la tortura de los juegos de Warner, la angustia que me envenena todos los días. La intensidad de nuestros cuerpos podría romper estas paredes de vidrio.
Casi lo hace.
Por un momento sólo nos estamos mirando el uno al otro, respirando con dificultad hasta que me sonrojo, hasta que él cierra los ojos y toma un irregular y firme respiro y coloco mi mano en su pecho. Me atrevo a trazar el contorno del pájaro alzándose sobre su piel, me atrevo a arrastrar mis dedos a lo largo de su abdomen.
—Tú eres mi pájaro —le digo—. Tú me vas a ayudar a echar a volar.
Adam no está para cuando salgo de la ducha.
Él se sacó sus ropas y se secó y me concedió privacidad para cambiarme. Privacidad que no estoy segura de que me importe más. Toco con 2 dedos mis labios y saben a él por todas partes.
Pero cuando entro en la habitación no está por ningún lado. Tenía que reportarse abajo. 
 Miro las ropas en mi armario.
Siempre elijo un vestido con bolsillos porque no sé dónde más guardar mi cuaderno. No lleva ninguna información incriminatoria, y el único trozo de papel que lleva la letra de Adam ha sido destruido y arrojado al inodoro, pero me gusta mantenerlo cerca de mí. Representa mucho más que unas palabras garabateadas en papel. Es una pequeña prueba de mi resistencia.
Meto el cuaderno en un bolsillo y decido que finalmente estoy lista para enfrentarme a mí misma. Tomo una profunda respiración, alejo los mechones mojados de cabello de mis ojos, y camino hacia el baño. El vapor de la ducha ha empañado el espejo. Estiro una mano tentativa para limpiar un pequeño círculo. Sólo lo suficientemente grande.
Un rostro asustado me mira.
Toco mis mejillas y estudio el reflejo, estudio la imagen de una chica que es simultáneamente extraña y familiar para mí. Mi rostro está más delgado, más pálido, mis pómulos más altos de lo que recordaba, mis cejas encima de dos ojos grandes no verdes ni azules sino en un punto intermedio. Mi piel está enrojecida por el calor y algo llamado Adam. Mis labios son demasiado rosa. Mis dientes están inusualmente derechos. Mi dedo está recorriendo mi nariz, trazando la forma de mi barbilla cuando veo un movimiento en la esquina de mi ojo.
—Eres tan hermosa —me dice él.
Estoy rosa, roja y marrón todo al mismo tiempo. Me agacho y me alejo del espejo solamente para que él me atrape en sus brazos.
—Había olvidado mi propio rostro —susurro.
—Sólo no olvides quien eres —dice él.
—Ni siquiera lo sé.
—Sí, sí lo sabes. —Él levanta mi cabeza—. Yo lo sé.
Miro la fuerza en su mandíbula, en sus ojos, en su cuerpo. Trato de entender la confianza que él tiene en quién cree que soy y me doy cuenta que su consuelo es lo único me detiene de lanzarme a la piscina de mi propia locura. Él siempre ha creído en mí. Incluso silenciosamente, él peleó por mí. Siempre.
Él es mi único amigo.
Tomo su mano y la llevo a mis labios. 
 —Te he amado siempre —le digo.
El sol sale, descansa, brilla en su rostro y él casi sonríe, casi no puede encontrar mis ojos. Sus músculos se relajan, sus hombros encuentran alivio en el peso de una nueva especie de maravilla y él exhala. Él toca mi mejilla, toca mis labios, toca la punta de mi barbilla y pestañeo y él está besándome, él me está atrayendo a sus brazos y hacia el aire y de alguna manera estamos en la cama y enredados el uno en el otro, estoy drogada con emoción, drogada por cada tierno momento. Sus dedos acarician mi hombro, bajando por mi silueta, descansando en mis caderas. Él me acerca más, susurrando mi nombre, depositando besos en mi garganta y luchando contra la tela de mi vestido. Sus manos están temblando ligeramente, sus ojos rebosantes con sentimiento, su corazón latiendo con dolor y amor y quiero vivir aquí, en sus brazos, en sus ojos por el resto de mi vida.
Deslizo mis manos por debajo de su camisa y él ahoga un gemido que se convierte en un beso que me necesita y me quiere y tiene que tenerme tan desesperadamente que es como la forma más aguda de tortura. Su peso está presionado contra mí, encima de mí, infinitos puntos de sensación por cada terminación nerviosa de mi cuerpo y su mano derecha está detrás de mi cuello y su mano izquierda está recorriéndome y sus labios están cayendo por mi camisa y no entiendo por qué no necesito usar más ropa y en mi existencia cumulonimbo de trueno, relámpago y la posibilidad de explotar en lágrimas en un momento inoportuno.
Dicha Dicha Dicha está latiendo en mi pecho.
No recuerdo qué significa respirar.
Yo nunca
jamás
jamás
supe
qué significaba sentir.
Una alarma está sonando por las paredes.
La habitación emite pitidos y brama a la vida y Adam se tensa, se retira; su rostro colapsa.
—Esto es un CÓDIGO SIETE. Todos los soldados deben reportarse al Cuadrante inmediatamente. Esto es un CÓDIGO SIETE. Todos los soldados deben reportarse al Cuadrante inmediatamente. Todos los soldados deben reportarse al Cuadran… 
 Adam está de pie y empujándome hacia arriba y la voz sigue gritando órdenes por el sistema de altavoces instalado en el edificio.
—Ha habido una infracción —dice él, su voz rota y agitada, sus ojos revoloteando entre la puerta y yo—. Jesús. No puedo simplemente dejarte aquí…
—Ve —le digo—. Tienes que ir, yo estaré bien.
Pasos están retumbando por los pasillos y los soldados se están gritando tan fuertemente que puedo escucharlo por las paredes. Adam sigue de servicio. Él tiene que actuar. Tiene que mantener una apariencia hasta que podamos irnos. Sé esto.
Él me sostiene cerca.
—Esto no es una broma, Juliette, no sé qué está pasando, podría ser cualquier cosa…
Un click metálico. Un movimiento mecánico. La puerta se desliza abierta y Adam y yo saltamos 10 metros lejos de cada uno.
Adam se apresura hacia la entrada justo cuando Warner entra. Ambos se congelan.
—Estoy bastante seguro de que la alarma ha estado sonando durante al menos un minuto, soldado.
—Sí señor. No estaba seguro de qué hacer con ella. —De repente, él esta recompuesto, una perfecta estatua.
Él asiente hacia mí como si yo fuera una idea de último momento, pero sé que él sólo está demasiado tenso en los hombros. Respirando demasiado rápido.
—Por suerte para ti, estoy aquí para encargarme de esto. Debes reportarte a tu oficial al mando.
—Señor. —Adam asiente, gira en sus talones y sale por la puerta. Espero que Warner no notase su vacilación.
Warner se voltea para enfrentarme con una sonrisa tan calmada y casual que comienzo a cuestionar si el edificio en verdad está en caos. Él estudia mi rostro. Mi cabello. Miras las sábanas arrugadas y siento como si hubiera tragado una araña.
—¿Tomaste una siesta?
—No pude dormir anoche.
—Te rasgaste el vestido. 
 —¿Qué estás haciendo aquí? —Necesito que él deje de mirarme, necesito que deje de beber los detalles de mi existencia.
—Si no te gusta siempre puedes elegir uno diferente, tú sabes. Los he elegido yo mismo para ti.
—Eso está bien. El vestido está bien. —Miro al reloj por ninguna razón real. Ya son las 4:30 de la tarde—. ¿Por qué no me dices qué está pasando?
Él está demasiado cerca. Está de pie demasiado cerca y me está mirando y mis pulmones están fallando al expandirse.
—En verdad deberías cambiarte.
—No quiero cambiarme.
No sé por qué estoy tan nerviosa. Por qué él me está volviendo tan nerviosa. Por qué el espacio se está cerrando tan rápidamente entre nosotros.
Él mete un dedo en la abertura cerca a la cintura baja de mi vestido y yo reprimo un grito.
—Esto simplemente no funcionará.
—Está bien…
Él tira tan fuertemente de su dedo que la abertura abre la tela y crea una hendidura por el lado de mi pierna.
—Eso está un poco mejor.
—¿Qué estás haciendo…?
Sus manos suben por mi cadera y sujeta mis manos en lugar, y sé que tengo que defenderme, pero estoy congelada y quiero gritar, pero mi voz está rota rota rota. Soy un aliento irregular de desesperación.
—Tengo una pregunta —dice él, trato de patearlo en este vestido despreciable y él sólo me aprieta contra la pared, el peso de su cuerpo presionándome en lugar, cada centímetro de él cubierto en ropa, una capa protectora entre nosotros—. Dije que tenía una pregunta, Juliette.
Sus manos se deslizan en mi bolsillo y tan rápidamente me toma un momento darme cuenta de lo que ha hecho. Estoy jadeando contra la pared, temblando y tratando de componerme.
—Tengo curiosidad —dice él—. ¿Qué es esto? 
 Está sosteniendo mi cuaderno entre dos dedos.
Oh Dios.
Este vestido es demasiado apretado para ocultar el contorno de un cuaderno y yo estaba muy ocupada mirando mi rostro para revisar mi vestido en el espejo.
Todo es mi culpa todo es mi culpa todo es mi culpa todo es mi culpa no puedo creerlo. Todo esto es mi culpa. Debería haber sabido mejor.
No digo nada.
Él inclina su cabeza.
—No recuerdo haberte dado un cuaderno. Ciertamente, no recuerdo concederte el permiso de cualquier posesión tampoco.
—Lo traje conmigo. —Mi voz se quiebra.
—Ahora estás mintiendo.
—¿Qué quieres de mí? —Me entra pánico.
—Esa es una pregunta estúpida, Juliette.
El suave sonido de metal ligero saliendo de su lugar.
Alguien ha abierto mi puerta.
Click.
—Quita tus manos de ella antes de que entierre una bala en tu cabeza. 

Capítulo 27
Warner cierra los ojos muy lentamente. Da un paso lejos muy lentamente. Sus labios tiemblan en una sonrisa peligrosa.
—Kent.
Las manos de Adam son estables, el cañón de su pistola presiona en la parte posterior del cráneo de Warner.
—Vas a guiar nuestra salida de aquí.
Warner realmente se ríe. Abre sus ojos y saca una pistola del interior de su bolsillo, sólo para apuntar directamente a mi frente.
—La voy a matar en este mismo momento.
—No eres tan estúpido —dice Adam.
—Si ella se mueve siquiera un milímetro, le pegaré un tiro. Y entonces te rasgaré en pedazos.
Adam se desplaza rápidamente, golpeando la culata de su pistola contra la cabeza de Warner. Los tiros del arma de Warner fallan y Adam agarra su brazo y tuerce su muñeca hasta que su control sobre el arma vacila. Agarro la pistola de la mano inerte de Warner y la golpeo en su cara. Estoy anonadada por mis propios reflejos. Nunca sostuve un arma antes, pero supongo que hay una primera vez para todo.
Apunto a los ojos de Warner.
—No me subestimes.
—Mierda. —Adam no se molesta en ocultar su sorpresa.
Warner tose a través de una risa, se estabiliza, y trata de reír mientras se limpia la sangre de su nariz.
—Yo nunca te subestimé —me dice—. Nunca lo he hecho. 
 Adam sacude la cabeza por menos de un segundo antes de que su rostro se divida en una enorme sonrisa. Me mira radiante mientras aprieta el arma más fuerte en el cráneo de Warner.
—Vamos a salir de aquí.
Agarro las dos bolsas de lona guardadas en el armario y le tiro una a Adam. Hemos estado empacando durante una semana ya. Si quiere hacer una pausa antes de lo esperado, no tengo ninguna queja.
Warner tiene suerte de que le estemos mostrando misericordia.
Pero tenemos suerte de que todo el edificio haya sido evacuado. Él no tiene nadie en quién confiar.
Warner se aclara la garganta. Está mirándome directamente a los ojos cuando habla.
—Le puedo asegurar, soldado, que su triunfo será de corta duración. Puedes matarme ahora, pero cuando te encuentre, disfrutaré profundamente la destrucción de cada uno de tus huesos. Eres un tonto si piensas que puedes salirte con la tuya.
—No soy tu soldado. —La cara de Adam es de piedra—. Nunca lo he sido. Has estado tan atrapado en los detalles de tus fantasías que fallaste en notar los peligros que estaban justo en frente de tu cara.
—No podemos matarte, sin embargo —agrego—. Tienes que sacarnos de aquí.
—Estás cometiendo un gran error, Juliette —me dice. De hecho, su voz se suaviza—. Estás tirando un futuro entero —suspira—. ¿Cómo sabes que puedes confiar en él?
Echo un vistazo a Adam. Adam, el chico que siempre me ha defendido, incluso cuando él no tenía nada que ganar. Sacudo la cabeza para despejarme. Me recuerdo que Warner es un mentiroso. Un lunático. Un asesino psicótico. Nunca trataría de ayudarme.
Eso creo.
—Vámonos antes que sea demasiado tarde —le digo a Adam—. Sólo está tratando de frenarnos hasta que los soldados regresen.
—¡Ni siquiera se preocupa por ti! —explota Warner. Me estremezco antes la intensidad repentina, incontrolada de su voz—. ¡Él sólo quiere salir de aquí y te está usando! —Da un paso adelante—. Yo podría amarte, Juliette… Te trataría como una reina. 
 Adam lo pone en una llave de cabeza rápidamente y apunta la pistola en su sien.
—Obviamente no entiendes lo que está pasando aquí —dice con mucho cuidado.
—Entonces edúcame, soldado —resuella Warner. En sus ojos bailan las llamas; peligroso—. Dime qué no entiendo.
—Adam. —Estoy sacudiendo la cabeza.
Él se encuentra con mis ojos. Asiente. Se gira hacia Warner.
—Haz la llamada —dice, exprimiendo su cuello un poco más apretado—. Sácanos de aquí ahora.
—Sólo mi cuerpo muerto le permitirá a ella salir por esa puerta. —Warner maniobra su mandíbula y escupe sangre en el suelo—. Me matas por placer —le dice a Adam—. Pero Juliette es la única que quiero para siempre.
—No soy lo que tú quieres. —Estoy respirando demasiado fuerte. Estoy ansiosa por salir de aquí. Estoy enojada porque no para de hablar, pero tanto como me gustaría romper su cara, no es bueno para nosotros que esté inconsciente.
—Podrías amarme, ya lo sabes. —Él se ríe con un extraño tipo de sonrisa—. Seríamos inseparables. Podríamos cambiar el mundo. Yo podría hacerte feliz —me dice.
Adam luce como si quisiera romperle el cuello. Su rostro está tan tirante, tan tenso, tan enojado. Nunca lo había visto así antes.
—Tú no tienes nada que ofrecerle, bastardo enfermo.
Warner presiona sus ojos cerrados por un segundo.
—Juliette. No te apresures. No hagas una decisión precipitada. Quédate conmigo. Seré paciente contigo. Te voy a dar tu tiempo para adaptarte. Me preocuparé por ti…
—Estás enfermo. —Mis manos tiemblan, pero sostengo la pistola hacia su cara otra vez. Necesito sacarlo de mi cabeza. Necesito recordar lo que él me ha hecho—. Tú quieres que yo sea un monstruo por ti…
—¡Quiero que estés a la altura de tu potencial!
—Déjame ir —digo en voz baja—. No quiero ser tu criatura. No quiero lastimar a la gente. 
 —El mundo ya te ha herido —contesta—. El mundo te puso aquí. ¡Estás aquí gracias a ellos! ¿Crees que si te vas te van a aceptar? ¿Crees que puedes huir y vivir una vida normal? Nadie se va a preocupar por ti. Nadie se acercará a ti…¡Serás una paria como siempre lo has sido! ¡Nada ha cambiado! ¡Me perteneces!
—Ella me pertenece a mí. —La voz de Adam podría cortar el acero.
Warner se estremece. Por primera vez, parece comprender lo que creí que era obvio. Sus ojos están muy abiertos, horrorizados e incrédulos, mirándome con un nuevo tipo de angustia.
—No. —Una risa corta, enloquecida—. Juliette. Por favor. Por favor. No me digas que te ha llenado la cabeza con ideas románticas. Por favor, no me digas que caíste en sus falsas proclamaciones…
Adam golpea su rodilla contra la columna vertebral de Warner. Warner cae al suelo con un golpe sordo y una aguda ingesta de respiración. Adam lo tiene totalmente controlado. Siento que debería estar aplaudiendo.
Pero estoy demasiado ansiosa. Estoy demasiado suspendida en la incredulidad. Soy demasiado insegura para tener confianza en mis decisiones. Tengo que reponerme.
—Adam…
—Te amo —me dice, sus ojos tan serios como los recuerdo, sus palabras tan urgentes como deberían ser—. No dejes que te confunda…
—¿Tú la amas? —Warner prácticamente escupe—. Tú alguna vez…
—Adam. —La sala se desplaza dentro y fuera de foco. Miro fijamente la ventana. Miro hacia él.
Sus ojos tocan sus cejas.
—¿Quieres saltar?
Asiento.
—Pero estamos a quince metros de altura…
—¿Qué opción tenemos si él no coopera? —Miro a Warner. Ladeo mi cabeza—. No hay ningún Código Siete, ¿no es así?
Los labios de Warner se contraen. No dice nada.

—¿Por qué hiciste eso? —le pregunto—. ¿Por qué tirar una falsa alarma? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario