Tal
vez soy yo quién está haciendo esto peor.
—No puedo creer que Warner en
verdad accediese a quitarte las cámaras —me dijo Adam una noche.
—Él está loco. No es racional.
Está enfermo en una forma que nunca entenderé.
Adam suspiró.
—Está obsesionado contigo.
—¿Qué? —Casi me parto el cuello
de sorpresa.
—Eres de lo que él siempre
habla. —Adam estuvo en silencio un momento, su mandíbula demasiado apretada—.
Escuché historias sobre ti incluso antes de que llegaras. Es por eso que me involucré,
es por eso me que ofrecí de voluntario para ir por ti. Warner pasó meses
recolectando información sobre ti: direcciones, registros médicos, historias
personales, relaciones familiares, certificados de nacimiento, exámenes de
sangre. Todo el ejército estaba hablando sobre su nuevo proyecto: todos sabían
que estaba buscando a la chica que mató al pequeñito en el supermercado. Una
chica llamada Juliette.
Contuve mi aliento.
Adam negó con su cabeza.
—Sabía que eras tú. Tenías que
serlo. Le pregunté a Warner si podía ayudar con el proyecto, le dije que había
ido a la escuela contigo, que había escuchado sobre el niñito, que te había
visto en persona. —Se rió con una risa fuerte—. Warner estaba emocionado. Pensó
que haría el experimento más interesante —añadió, asqueado—. Y supe que si
quería reclamarte como una especie de proyecto enfermizo… —Vaciló. Apartó la
Mirada. Pasó una mano por su cabello—. Sólo sabía que tenía que hacer algo.
Pensé que podía intentar ayudar. Pero ahora se está volviendo peor. Warner no
deja de hablar sobre lo que eres capaz o cuán valiosa eres en sus intentos y
cuán emocionado está por tenerte aquí. Todos están empezando a notarlo. Warner
es despiadado, no tiene piedad de nadie. Ama el poder, la emoción de destruir a
las personas. Pero él está empezando a romperse, Juliette. Está tan desesperado
por tenerte… porque te le unas. Y por todas sus amenazas, no quiere forzarte.
Quiere que lo quieras. Que lo escojas a él, de todos modos. —Miró hacia abajo,
tomando una tensa respiración—. Está perdiendo el control. Y cuando veo su
rostro siempre estoy a dos centímetros de hacer algo estúpido, me encantaría
romper su mandíbula.
Sí. Warner está perdiendo el
control. Está paranoico, aunque con buena razón. Pero es paciente e impaciente
conmigo. Emocionado y nervioso al mismo tiempo.
Él
es un oxímoron andante. Desactiva mis cámaras, pero algunas noches le ordena a
Adam que duerma fuera de mi puerta para asegurarse de que yo no escape. Dice
que puedo almorzar sola, pero siempre termina convocándome a su lado. Las pocas
horas que Adam y yo tendríamos juntos nos son robadas, pero pocas noches a Adam
se le permite dormir en mi habitación, así que me las arreglo para pasarlas
acurrucada en sus brazos.
Ambos dormimos en el suelo
ahora, envueltos en el otro por calor incluso con la sábana cubriendo nuestros
cuerpos. Cada vez que me toca es como una oleada de fuego y electricidad que
enciende mis huesos en la manera más asombrosa. Es la clase de sensación que
desearía que pudiera sostener en mis manos.
Adam me cuenta sobre nuevos
sucesos, susurra lo que ha escuchado de otros soldados. Me dice como hay
múltiples sedes por lo que queda del país. Cómo el padre de Warner está en la
capital, cómo deja a su hijo a cargo de todo este sector. Dice que Warner odia
a su padre, pero ama el poder. La destrucción. La devastación. Él acaricia mi
cabello y me cuenta historias y me arropa cerca como si tuviera miedo de que
fuera a desaparecer. Pinta dibujos de personas y lugares hasta que me quedo
dormida, hasta que me estoy ahogando en una droga de sueños por escapar a un
mundo sin refugios, sin alivio, sin liberación excepto sus consuelos en mi
oído. Dormir es la única cosa que ansío en estos días. Apenas puedo recordar
por qué solía gritar.
Las cosas se están volviendo tan
cómodas y yo estoy comenzando a entrar en pánico.
—Ponte esas —me dice Warner.
El desayuno en la habitación
azul se ha vuelto rutina. Como y no pregunto de dónde viene la comida, ya sea o
no que los trabajadores estén pagados para que la hagan, cómo este edificio se
las arregla para mantener tantas vidas, bombear tanta agua, o usar tanta
electricidad. Ahora espero mi momento. Coopero.
Warner no me pide que lo toque
de nuevo, y yo no me ofrezco.
—¿Para qué son? —Miro los
pequeños trozos de tela en sus manos y siento una punzada nerviosa en mi
estómago.
Él sonríe con una lenta y
furtiva sonrisa.
—Un examen de aptitud. —Agarra
mi muñeca y deposita el bulto en mi mano—. Me daré la vuelta, sólo por esta
vez.
Estoy demasiado nerviosa como para
estar disgustada con él
Mis
manos se sacuden mientras me cambio al conjunto que resulta ser un diminuto top
y shorts más diminutos. Estoy prácticamente desnuda. Estoy prácticamente
convulsionándome de miedo por lo que esto pueda significar. Me aclaro la
garganta con el más ligero indicio y Warner se da vuelta.
Se toma demasiado tiempo para
hablar; sus ojos están ocupados viajando por la hoja de ruta de mi cuerpo.
Quiero hacer pedazos la alfombra y coserla en mi piel. Él sonríe y me ofrece su
mano.
Soy granito y piedra caliza y
vidrio de mármol. No me muevo.
Él deja caer su mano. Ladea la
cabeza.
—Sígueme.
Warner abre la puerta. Adam está
de pie afuera. Se ha vuelto tan bueno en enmascarar sus emociones que apenas
registro la mirada de shock que entra y sale de sus facciones. Nada excepto la
tensión en su frente, la tensión en sus sienes, lo delata. Él sabe que algo no
está bien. Él en verdad voltea su cuello para mantener mi apariencia. Se pone
en blanco.
—¿Señor?
—Continúe dónde está, soldado.
Me la llevaré de aquí.
Adam no contesta no contesta no
contesta...
—Sí, señor —dice, su voz de
repente ronca.
Siento sus ojos sobre mí
mientras me dispongo por el pasillo.
Warner me lleva a algún lugar
nuevo. Estamos caminando por corredores que nunca he visto, más oscuros y
sombríos y estrechos mientras paso. Me doy cuenta de que nos estamos dirigiendo
hacia abajo.
Hacia un sótano.
Atravesamos 1, 2, 4 puertas de
metal. Soldados por todas partes, sus ojos en todas partes, evaluándome con
miedo y con algo más que preferiría no considerar. Me he dado cuenta de que hay
muchas mujeres en este edificio.
Si alguna vez hubiera un lugar
para estar agradecida de ser intocable, sería este. Es la única razón de que
tenga asilo de los ojos predadores de cientos de hombres. Es la única razón por
la que Adam se está quedando conmigo, porque Warner cree que Adam es un cartón
recortable de regurgitaciones de vainilla. Piensa que Adam es una máquina
aceitada de pedidos y demandas. Piensa que Adam es un recuerdo
de
mi pasado, y lo usa para incomodarme. Nunca imaginaría que Adam podría
descansar un dedo en mí.
Nadie lo imaginaría. Todos con
los que me encuentro están absolutamente petrificados. La oscuridad es como un
lienzo negro perforado por un cuchillo sin filo, con rayos de luz mirando a
través. Me recuerda demasiado a mi antigua celda. Mi piel se tensa con miedo
incontrolable.
Estoy rodeada de armas.
—Ahora entras tú —dice Warner.
Soy empujada hacia una habitación vacía que huele ligeramente a moho. Alguien
golpea un interruptor y luces fluorescentes parpadean para revelar paredes
color amarillo pastoso y la alfombra del color de la hierba muerta. La puerta
se cierra de golpe detrás de mí.
No hay nada excepto telarañas y
un gran espejo en esta habitación. El espejo es de la mitad del tamaño de la
pared. Instintivamente sé que Warner y sus cómplices deben de estar
observándome. Sólo que no sé por qué.
Hay secretos por todas partes.
No hay respuestas por ninguna
parte
Tintineos/crujidos/chirridos
mecánicos y desplazamientos sacuden el espacio en el que estoy. El suelo retumba
a la vida. La celda tiembla con la promesa del caos. Clavos de metal están de
repente por todas partes, esparcidos por la habitación, perforando cada
superficie en todas las diferentes alturas. Cada varios segundos desaparecen
sólo para reaparecer con una sacudida repentina de horror, cortando el aire
como agujas.
Me doy cuenta de que estoy de
pie en una cámara de tortura.
La estática y la
retroalimentación de los altavoces son más viejas que mi corazón muerto
chirriando a la vida. Soy un caballo de carreras galopando hacia una línea
final falsa, respirando con dificultad por el triunfo de alguien más.
—¿Estás lista? —Hace eco por la
habitación la voz amplificada de Warner.
—¿Para qué se supone que esté
lista? —grito en el espacio vacío, segura de que alguien puede escucharme.
Estoy calmada. Estoy calmada. Estoy calmada. Estoy petrificada.
—Teníamos un trato, ¿recuerdas?
—responde la habitación.
—¿Qué…?
—Desactivé
tus cámaras. Ahora es tu turno de mantener tu parte del trato.
—¡No te tocaré! —grito, girando
en el lugar, aterrorizada, horrorizada, preocupada por que tal vez me desmaye
en cualquier momento.
—Eso es correcto —dice él—. Voy
a enviar a mi remplazo. —La puerta se abre chirriando y entra un niño como un
pato, usando nada excepto un pañal. Está con los ojos vendados y con sollozos,
estremeciéndose de miedo.
Un alfiler pone mi existencia en
la nada.
—Si no lo salvas —Las palabras
de Warner crepitan a través de la habitación—, nosotros no lo haremos, tampoco.
Este chico.
Él debe de tener una madre, un
padre, alguien que lo ama este chico este chico este chico tropezando hacia
delante con terror. Él podría ser lanzado a través de una estalagmita de metal
en cualquier segundo.
Salvarlo es simple: necesito
agarrarlo, encontrar un espacio seguro de suelo, y mantenerlo en mis brazos
hasta que el experimento termine.
Hay un único problema.
Si lo toco, podría morir.
Capítulo 25
Warner
sabe que no tengo opción. Quiere forzarme a otra situación donde pueda ver el
impacto de mis capacidades, y no tiene problema en torturar a un niño inocente
para obtener exactamente lo que quiere.
En
estos momentos no tengo opciones.
Tengo
que tener una oportunidad antes de que este niño dé un paso en la dirección
equivocada.
Rápidamente
memorizo todo lo que puedo de trampas y maniobras/saltos/flechas para evitar
los picos hasta que estoy tan cerca como me sea posible.
Tomo
una profunda y temblorosa respiración y me centro en las extremidades
temblantes del niño en frente de mí y pido a Dios que esté tomando la decisión
correcta. Estoy a punto de jalarme la camisa para usarla como una barrera entre
nosotros cuando me doy cuenta de la ligera vibración en el suelo. El temblor
que precede al terror. Sé que tengo un medio segundo antes de que los picos
corten a través del aire y aún menos tiempo para reaccionar.
Lo
tiro hacia arriba y en mis brazos.
Sus
gritos perforan a través de mí como si yo estuviera disparando una bala por
segundo hasta la muerte. Él está arañando mis brazos, mi pecho, pateando mi
cuerpo tan duro como puede, gritando de dolor hasta que el dolor lo paralizo.
Él se debilita en mis manos y me estoy rompiendo a pedazos, mis ojos, mis
huesos, mis venas todas borbotando fuera de su lugar, todo girando en mí para
torturarme por siempre con el recuerdo del horror del que soy responsable.
El
dolor y el poder están sangrando a través de su cuerpo hasta el mío, sacudiendo
a través de sus miembros y chocando contra los míos hasta que estuvieron a
punto de caer. Es como volver a vivir una pesadilla que he pasado 3 años
tratando de olvidar.
―Absolutamente
increíble ―suspira Warner a través de los altavoces, y me doy cuenta que tenía
razón. Él debe estar mirando a través de un espejo de dos vías―. Brillante,
amor. Estoy muy impresionado.
Estoy muy desesperada como para
ser capaz de concentrarme en Warner en estos momentos. No tengo idea de cuánto
tiempo va a durar este juego enfermizo, y lo que necesito es disminuir la
cantidad de piel que estoy exponiendo al cuerpo de este niño.
Mi escaso atuendo tiene tanto
sentido ahora.
Lo reorganizo en mis brazos y me
las arreglo para agarrar el pañal. Lo estoy sosteniendo con la palma de mi
mano. Estoy desesperada en creer que no pude haberle tocado lo suficiente como
para causar graves daños.
Suelta un hipo, y su cuerpo se
estremece de nuevo a la vida.
Podría llorar de felicidad.
Pero entonces los gritos
empiezan de nuevo otra vez, ya no llora por la tortura, sino de miedo. Está
desesperado por escapar de mí y yo estoy perdiendo mi agarre, mi muñeca está a
punto de romperse por el esfuerzo. No me atrevo a quitarle la venda. Prefiero
morir que permitirle ver este espacio, ver mi cara.
Cierro la mandíbula tan rápido
que temo haberme roto los dientes. Si lo pongo abajo, empezará a correr. Y si
comienza a correr, estará acabado. Tengo que seguir sosteniéndolo.
El rugido de un viejo silbido
mecánico revive mi corazón. Los picos caen al suelo, uno por uno hasta que
todos ellos han desaparecido. La habitación es inofensiva una vez más con tanta
rapidez que me temo que pude haberme imaginado el peligro. Dejo caer al chico
en el suelo y me muerdo los labios para tragar el dolor que brota de mi muñeca.
El niño empieza a correr y accidentalmente se tropieza con mis piernas
desnudas.
Él grita y se estremece y cae al
suelo, acurrucado sobre sí mismo, sollozando hasta que considero destruirme a
mí misma, librarme de este mundo. Las lágrimas están fluyendo rápidamente por
mi cara y no quiero nada más que llegar a él y ayudarlo, abrazarlo de cerca,
besar sus hermosas mejillas y decirle que yo me encargaré de él para siempre,
que vamos a huir juntos, que voy a jugar con él y leerle cuentos de noche y sé
que no puedo. Que nunca podré. Yo sé que eso nunca será posible.
Y de repente el mundo se
desplaza fuera de foco.
Me
invade una rabia, una intensidad, una ira tan potente que casi me eleva del
suelo. Estoy hirviendo de odio ciego y disgusto. Ni siquiera sé cómo mis pies
se mueven en el instante siguiente. No entiendo a mis manos y lo que están
haciendo o cómo se decidieron volar hacia delante, con los dedos extendidos,
cargando hacia la ventana. Sólo sé que quiero sentir el cuello de Warner
completamente entre mis manos. Quiero que él experimente el mismo terror
infligido por él a un niño. Quiero verlo morir. Quiero verlo pedir
misericordia.
Me catapulto a través de los
muros de hormigón.
Aplasto el vidrio con 10 dedos.
Estoy agarrando un puñado de
grava y un puñado de tela del cuello de Warner y hay 50 armas diferentes
apuntando a mi cabeza. El aire está cargado de cemento y azufre, los cristales
rotos en una sinfonía agónica de corazones destrozados.
Golpeo a Warner contra la
corroída piedra.
―No te atrevas a dispararle
—susurra Warner a los guardias. No he tocado su piel aún, pero tengo la extraña
sospecha que podía aplastar su caja torácica hacia su corazón si presiono un
poco más fuerte.
―Debería matarte. ―Mi voz es una
respiración profunda, una exhalación sin control.
―Tú. ―Trata de tragar―. Tú
acabas… Tú acabas de romper el cemento sólo con tus manos.
Parpadeo. No me atrevo a mirar
detrás de mí. Pero sé sin mirar hacia atrás que no está mintiendo. Debo haberlo
hecho. Mi mente es un laberinto de imposibles.
Pierdo la concentración por un
instante.
Las armas.
Click
Click
Click. Cada momento esta contado.
―Si alguno de ustedes le hace
daño les dispararé yo mismo ―ladra Warner.
―Pero, señor…
―BAJE EL ARMA, SOLDADO…
La
rabia se ha ido. La repentina ira incontrolable se ha ido. Mi mente se ha
entregado a la incredulidad. Confusión. No sé lo que he hecho. Yo, obviamente,
no sé de lo que soy capaz, de por qué no tenía ni idea de que podía destruir
cualquier cosa y de repente estoy tan aterrada, tan atemorizada de mis propias
manos. Tropiezo hacia atrás, aturdida, y Warner me agarra y me mira con avidez,
con entusiasmo, sus ojos de esmeralda brillantes, con fascinación juvenil. Está
casi temblando de emoción.
Hay una serpiente en mi garganta
y no puedo tragarla. Me encuentro con la mirada de Warner.
―Si alguna vez me pones en una
posición como esta otra vez, te mataré. Y lo disfrutaré.
Ni siquiera sé si estoy
mintiendo
Capítulo 26
Adam
me encuentra hecha un ovillo en el suelo de la ducha.
He
estado llorando por tanto tiempo que estoy segura de que el agua caliente está
hecha de nada más que de mis lágrimas. Mis ropas están pegadas a mi piel,
húmedas e inútiles. Quiero tirarlas. Quiero ahogarme en la ignorancia. Quiero
ser estúpida, tonta, muda, completamente desprovista de cerebro. Quiero cortar
mis propios miembros. Quiero deshacerme de esta piel que puede matar y de esas
manos que destruyen y de este cuerpo que ni siquiera sé cómo entender.
Todo
se desbarata.
—Juliette...
—Presiona su mano contra el vidrio. Apenas puedo escucharlo.
Cuando
no respondo, él abre la puerta de la ducha. Es rociado con gotas de lluvia
rebeldes y se saca sus botas antes de caer de rodillas en el suelo de azulejos.
Se acerca para tocar mis brazos y el sentimiento hace que esté más desesperada
por morir. Él suspira y me atrae hacia arriba, justo lo suficiente para
levantar mi cabeza. Sus manos atrapan mi rostro y sus ojos me buscan, me
registran hasta que aparto la mirada.
—Sé
lo que ocurrió —dice suavemente.
Mi
garganta es un reptil, cubierto de escamas.
—Alguien
debería matarme —grazno, rompiéndome con cada palabra.
Los
brazos de Adam me envuelven hasta que me tira hacia arriba y yo me tambaleo
sobre mis piernas y ambos estamos en posición vertical. Entra en la ducha y
desliza la puerta tras él.
Jadeo.
Me
sostiene contra la pared y no veo nada excepto su camiseta blanca empapada,
nada excepto agua bailar por su rostro, nada excepto sus ojos llenos de un
mundo del que muero por ser parte.
—No
fue tu culpa —susurra.
—Es lo que soy —me ahogo.
—No. Warner está equivocado
sobre ti —dice Adam—. Él quiere que seas alguien que no eres, y no puedes dejar
que te destroce. No dejes que entre en tu cabeza. Él quiere que pienses que
eres un monstruo. Él quiere que pienses que no tienes elección más que unirte a
él. Quiere que pienses que nunca serás capaz de vivir una vida normal...
—Pero nunca viviré una vida
normal. —Me trago un hipo—. Nunca... Yo n-nunca...
Adam sacude la cabeza.
—Tú la vivirás. Vamos a salir de
aquí. No dejaré que esto te ocurra.
—¿C-cómo es posible que te
preocupes por alguien... como yo? —Apenas estoy respirando, nerviosa y
petrificada pero de alguna manera mirando sus labios, estudiando la forma,
contando las gotas de agua cayendo sobre las cuestas y los valles de su boca.
—Porque estoy enamorado de ti.
Trago mi estómago. Mis ojos no
dejan escapar la oportunidad de leer su rostro pero soy un desorden de
electricidad, zumbando de vida y relámpago, calor y frío y mi corazón está
errático. Estoy temblando en sus brazos y mis labios se han separado sin razón
en absoluto.
Su boca se suaviza en una
sonrisa. Mis huesos han desaparecido.
Estoy girando de delirio.
Su nariz está tocando la mía,
sus labios a un respiro de distancia, sus ojos ya devorándome y soy un charco
sin brazos ni piernas. Puedo olerlo por todas partes; siento cada punto de su
figura presionada contra la mía. Sus manos en mi cintura, agarrando mis
caderas, sus piernas pegadas a las mías, su pecho dominándome con fuerza, su
cuerpo construido de ladrillos de deseo. El sabor de sus palabras perdura en
mis labios.
—¿En serio...? —Tengo un susurro
de incredulidad, un esfuerzo consciente por creer lo que nunca se ha hecho.
Estoy mojada por mis pies, llena de todo lo tácito.
Él me ve con tanta emoción que
casi me quiebro por la mitad.
—Dios, Juliette...
Y él me está besando.
Una
vez, dos veces, hasta que he tenido una prueba de su sabor y me doy cuenta de
que nunca tendré suficiente. Él está por todas partes, en mi espalda y sobre
mis brazos, y de repente me está besando con más fuerza, profundamente, con una
necesidad ferviente y urgente que nunca antes he conocido. Él se interrumpe en
busca de aire sólo para enterrar sus labios en mi cuello, a lo largo de mi
clavícula, por mi barbilla y mejillas y yo estoy jadeando en busca de oxígeno y
él me está destruyendo con sus manos y estamos empapados de agua y de la
belleza y de la alegría de un momento que nunca creí que fuera posible.
Él me empuja hacia atrás con un
bajo gruñido y yo quiero sacarle su camiseta.
Necesito ver el pájaro. Necesito
decirle sobre el pájaro.
Mis dedos están tirando del
dobladillo de sus ropas húmedas y sus ojos se amplían por sólo un segundo antes
de deshacerse del material por sí mismo. Agarra mis manos y levanta mis brazos
por encima de mi cabeza y me inmoviliza contra la pared, besándome hasta que
estoy segura de que estoy soñando, absorbiendo mis labios con los suyos y él
sabe a lluvia y almizcle dulce y yo estoy a punto de explotar.
Mis rodillas se chocan y mi
corazón está latiendo tan rápido que no entiendo por qué aún estoy funcionando.
Está haciendo desaparecer con besos el dolor, la herida, los años de odio a mí
misma, las inseguridades, las esperanzas frustradas por un futuro que siempre
imaginé como obsoleto. Me está prendiendo fuego, quemando la tortura de los
juegos de Warner, la angustia que me envenena todos los días. La intensidad de
nuestros cuerpos podría romper estas paredes de vidrio.
Casi lo hace.
Por un momento sólo nos estamos
mirando el uno al otro, respirando con dificultad hasta que me sonrojo, hasta
que él cierra los ojos y toma un irregular y firme respiro y coloco mi mano en
su pecho. Me atrevo a trazar el contorno del pájaro alzándose sobre su piel, me
atrevo a arrastrar mis dedos a lo largo de su abdomen.
—Tú eres mi pájaro —le digo—. Tú
me vas a ayudar a echar a volar.
Adam no está para cuando salgo
de la ducha.
Él se sacó sus ropas y se secó y
me concedió privacidad para cambiarme. Privacidad que no estoy segura de que me
importe más. Toco con 2 dedos mis labios y saben a él por todas partes.
Pero cuando entro en la
habitación no está por ningún lado. Tenía que reportarse abajo.
Miro
las ropas en mi armario.
Siempre elijo un vestido con
bolsillos porque no sé dónde más guardar mi cuaderno. No lleva ninguna
información incriminatoria, y el único trozo de papel que lleva la letra de
Adam ha sido destruido y arrojado al inodoro, pero me gusta mantenerlo cerca de
mí. Representa mucho más que unas palabras garabateadas en papel. Es una
pequeña prueba de mi resistencia.
Meto el cuaderno en un bolsillo
y decido que finalmente estoy lista para enfrentarme a mí misma. Tomo una
profunda respiración, alejo los mechones mojados de cabello de mis ojos, y
camino hacia el baño. El vapor de la ducha ha empañado el espejo. Estiro una
mano tentativa para limpiar un pequeño círculo. Sólo lo suficientemente grande.
Un rostro asustado me mira.
Toco mis mejillas y estudio el
reflejo, estudio la imagen de una chica que es simultáneamente extraña y
familiar para mí. Mi rostro está más delgado, más pálido, mis pómulos más altos
de lo que recordaba, mis cejas encima de dos ojos grandes no verdes ni azules
sino en un punto intermedio. Mi piel está enrojecida por el calor y algo
llamado Adam. Mis labios son demasiado rosa. Mis dientes están inusualmente
derechos. Mi dedo está recorriendo mi nariz, trazando la forma de mi barbilla
cuando veo un movimiento en la esquina de mi ojo.
—Eres tan hermosa —me dice él.
Estoy rosa, roja y marrón todo
al mismo tiempo. Me agacho y me alejo del espejo solamente para que él me
atrape en sus brazos.
—Había olvidado mi propio rostro
—susurro.
—Sólo no olvides quien eres
—dice él.
—Ni siquiera lo sé.
—Sí, sí lo sabes. —Él levanta mi
cabeza—. Yo lo sé.
Miro la fuerza en su mandíbula,
en sus ojos, en su cuerpo. Trato de entender la confianza que él tiene en quién
cree que soy y me doy cuenta que su consuelo es lo único me detiene de lanzarme
a la piscina de mi propia locura. Él siempre ha creído en mí. Incluso
silenciosamente, él peleó por mí. Siempre.
Él es mi único amigo.
Tomo su mano y la llevo a mis
labios.
—Te
he amado siempre —le digo.
El sol sale, descansa, brilla en
su rostro y él casi sonríe, casi no puede encontrar mis ojos. Sus músculos se
relajan, sus hombros encuentran alivio en el peso de una nueva especie de
maravilla y él exhala. Él toca mi mejilla, toca mis labios, toca la punta de mi
barbilla y pestañeo y él está besándome, él me está atrayendo a sus brazos y
hacia el aire y de alguna manera estamos en la cama y enredados el uno en el
otro, estoy drogada con emoción, drogada por cada tierno momento. Sus dedos
acarician mi hombro, bajando por mi silueta, descansando en mis caderas. Él me
acerca más, susurrando mi nombre, depositando besos en mi garganta y luchando
contra la tela de mi vestido. Sus manos están temblando ligeramente, sus ojos
rebosantes con sentimiento, su corazón latiendo con dolor y amor y quiero vivir
aquí, en sus brazos, en sus ojos por el resto de mi vida.
Deslizo mis manos por debajo de
su camisa y él ahoga un gemido que se convierte en un beso que me necesita y me
quiere y tiene que tenerme tan desesperadamente que es como la forma más aguda
de tortura. Su peso está presionado contra mí, encima de mí, infinitos puntos
de sensación por cada terminación nerviosa de mi cuerpo y su mano derecha está
detrás de mi cuello y su mano izquierda está recorriéndome y sus labios están cayendo
por mi camisa y no entiendo por qué no necesito usar más ropa y en mi
existencia cumulonimbo de trueno, relámpago y la posibilidad de explotar en
lágrimas en un momento inoportuno.
Dicha Dicha Dicha está latiendo
en mi pecho.
No recuerdo qué significa
respirar.
Yo nunca
jamás
jamás
supe
qué significaba sentir.
Una alarma está sonando por las
paredes.
La habitación emite pitidos y
brama a la vida y Adam se tensa, se retira; su rostro colapsa.
—Esto es un CÓDIGO SIETE. Todos
los soldados deben reportarse al Cuadrante inmediatamente. Esto es un CÓDIGO
SIETE. Todos los soldados deben reportarse al Cuadrante inmediatamente. Todos
los soldados deben reportarse al Cuadran…
Adam
está de pie y empujándome hacia arriba y la voz sigue gritando órdenes por el
sistema de altavoces instalado en el edificio.
—Ha habido una infracción —dice
él, su voz rota y agitada, sus ojos revoloteando entre la puerta y yo—. Jesús.
No puedo simplemente dejarte aquí…
—Ve —le digo—. Tienes que ir, yo
estaré bien.
Pasos están retumbando por los
pasillos y los soldados se están gritando tan fuertemente que puedo escucharlo
por las paredes. Adam sigue de servicio. Él tiene que actuar. Tiene que
mantener una apariencia hasta que podamos irnos. Sé esto.
Él me sostiene cerca.
—Esto no es una broma, Juliette,
no sé qué está pasando, podría ser cualquier cosa…
Un click metálico. Un movimiento
mecánico. La puerta se desliza abierta y Adam y yo saltamos 10 metros lejos de
cada uno.
Adam se apresura hacia la
entrada justo cuando Warner entra. Ambos se congelan.
—Estoy bastante seguro de que la
alarma ha estado sonando durante al menos un minuto, soldado.
—Sí señor. No estaba seguro de
qué hacer con ella. —De repente, él esta recompuesto, una perfecta estatua.
Él asiente hacia mí como si yo
fuera una idea de último momento, pero sé que él sólo está demasiado tenso en
los hombros. Respirando demasiado rápido.
—Por suerte para ti, estoy aquí
para encargarme de esto. Debes reportarte a tu oficial al mando.
—Señor. —Adam asiente, gira en
sus talones y sale por la puerta. Espero que Warner no notase su vacilación.
Warner se voltea para
enfrentarme con una sonrisa tan calmada y casual que comienzo a cuestionar si
el edificio en verdad está en caos. Él estudia mi rostro. Mi cabello. Miras las
sábanas arrugadas y siento como si hubiera tragado una araña.
—¿Tomaste una siesta?
—No pude dormir anoche.
—Te rasgaste el vestido.
—¿Qué
estás haciendo aquí? —Necesito que él deje de mirarme, necesito que deje de
beber los detalles de mi existencia.
—Si no te gusta siempre puedes
elegir uno diferente, tú sabes. Los he elegido yo mismo para ti.
—Eso está bien. El vestido está
bien. —Miro al reloj por ninguna razón real. Ya son las 4:30 de la tarde—. ¿Por
qué no me dices qué está pasando?
Él está demasiado cerca. Está de
pie demasiado cerca y me está mirando y mis pulmones están fallando al
expandirse.
—En verdad deberías cambiarte.
—No quiero cambiarme.
No sé por qué estoy tan
nerviosa. Por qué él me está volviendo tan nerviosa. Por qué el espacio se está
cerrando tan rápidamente entre nosotros.
Él mete un dedo en la abertura
cerca a la cintura baja de mi vestido y yo reprimo un grito.
—Esto simplemente no funcionará.
—Está bien…
Él tira tan fuertemente de su
dedo que la abertura abre la tela y crea una hendidura por el lado de mi
pierna.
—Eso está un poco mejor.
—¿Qué estás haciendo…?
Sus manos suben por mi cadera y
sujeta mis manos en lugar, y sé que tengo que defenderme, pero estoy congelada
y quiero gritar, pero mi voz está rota rota rota. Soy un aliento irregular de
desesperación.
—Tengo una pregunta —dice él,
trato de patearlo en este vestido despreciable y él sólo me aprieta contra la
pared, el peso de su cuerpo presionándome en lugar, cada centímetro de él
cubierto en ropa, una capa protectora entre nosotros—. Dije que tenía una
pregunta, Juliette.
Sus manos se deslizan en mi bolsillo
y tan rápidamente me toma un momento darme cuenta de lo que ha hecho. Estoy
jadeando contra la pared, temblando y tratando de componerme.
—Tengo curiosidad —dice él—.
¿Qué es esto?
Está
sosteniendo mi cuaderno entre dos dedos.
Oh Dios.
Este vestido es demasiado
apretado para ocultar el contorno de un cuaderno y yo estaba muy ocupada
mirando mi rostro para revisar mi vestido en el espejo.
Todo es mi culpa todo es mi
culpa todo es mi culpa todo es mi culpa no puedo creerlo. Todo esto es mi culpa.
Debería haber sabido mejor.
No digo nada.
Él inclina su cabeza.
—No recuerdo haberte dado un
cuaderno. Ciertamente, no recuerdo concederte el permiso de cualquier posesión
tampoco.
—Lo traje conmigo. —Mi voz se
quiebra.
—Ahora estás mintiendo.
—¿Qué quieres de mí? —Me entra
pánico.
—Esa es una pregunta estúpida,
Juliette.
El suave sonido de metal ligero
saliendo de su lugar.
Alguien ha abierto mi puerta.
Click.
—Quita tus manos de ella antes
de que entierre una bala en tu cabeza.
Capítulo 27
Warner
cierra los ojos muy lentamente. Da un paso lejos muy lentamente. Sus labios
tiemblan en una sonrisa peligrosa.
—Kent.
Las
manos de Adam son estables, el cañón de su pistola presiona en la parte
posterior del cráneo de Warner.
—Vas
a guiar nuestra salida de aquí.
Warner
realmente se ríe. Abre sus ojos y saca una pistola del interior de su bolsillo,
sólo para apuntar directamente a mi frente.
—La
voy a matar en este mismo momento.
—No
eres tan estúpido —dice Adam.
—Si
ella se mueve siquiera un milímetro, le pegaré un tiro. Y entonces te rasgaré
en pedazos.
Adam
se desplaza rápidamente, golpeando la culata de su pistola contra la cabeza de
Warner. Los tiros del arma de Warner fallan y Adam agarra su brazo y tuerce su
muñeca hasta que su control sobre el arma vacila. Agarro la pistola de la mano
inerte de Warner y la golpeo en su cara. Estoy anonadada por mis propios reflejos.
Nunca sostuve un arma antes, pero supongo que hay una primera vez para todo.
Apunto
a los ojos de Warner.
—No
me subestimes.
—Mierda.
—Adam no se molesta en ocultar su sorpresa.
Warner
tose a través de una risa, se estabiliza, y trata de reír mientras se limpia la
sangre de su nariz.
—Yo
nunca te subestimé —me dice—. Nunca lo he hecho.
Adam
sacude la cabeza por menos de un segundo antes de que su rostro se divida en
una enorme sonrisa. Me mira radiante mientras aprieta el arma más fuerte en el
cráneo de Warner.
—Vamos a salir de aquí.
Agarro las dos bolsas de lona
guardadas en el armario y le tiro una a Adam. Hemos estado empacando durante
una semana ya. Si quiere hacer una pausa antes de lo esperado, no tengo ninguna
queja.
Warner tiene suerte de que le
estemos mostrando misericordia.
Pero tenemos suerte de que todo
el edificio haya sido evacuado. Él no tiene nadie en quién confiar.
Warner se aclara la garganta.
Está mirándome directamente a los ojos cuando habla.
—Le puedo asegurar, soldado, que
su triunfo será de corta duración. Puedes matarme ahora, pero cuando te
encuentre, disfrutaré profundamente la destrucción de cada uno de tus huesos.
Eres un tonto si piensas que puedes salirte con la tuya.
—No soy tu soldado. —La cara de
Adam es de piedra—. Nunca lo he sido. Has estado tan atrapado en los detalles
de tus fantasías que fallaste en notar los peligros que estaban justo en frente
de tu cara.
—No podemos matarte, sin embargo
—agrego—. Tienes que sacarnos de aquí.
—Estás cometiendo un gran error,
Juliette —me dice. De hecho, su voz se suaviza—. Estás tirando un futuro entero
—suspira—. ¿Cómo sabes que puedes confiar en él?
Echo un vistazo a Adam. Adam, el
chico que siempre me ha defendido, incluso cuando él no tenía nada que ganar.
Sacudo la cabeza para despejarme. Me recuerdo que Warner es un mentiroso. Un
lunático. Un asesino psicótico. Nunca trataría de ayudarme.
Eso creo.
—Vámonos antes que sea demasiado
tarde —le digo a Adam—. Sólo está tratando de frenarnos hasta que los soldados
regresen.
—¡Ni siquiera se preocupa por
ti! —explota Warner. Me estremezco antes la intensidad repentina, incontrolada
de su voz—. ¡Él sólo quiere salir de aquí y te está usando! —Da un paso
adelante—. Yo podría amarte, Juliette… Te trataría como una reina.
Adam
lo pone en una llave de cabeza rápidamente y apunta la pistola en su sien.
—Obviamente no entiendes lo que
está pasando aquí —dice con mucho cuidado.
—Entonces edúcame, soldado
—resuella Warner. En sus ojos bailan las llamas; peligroso—. Dime qué no
entiendo.
—Adam. —Estoy sacudiendo la
cabeza.
Él se encuentra con mis ojos.
Asiente. Se gira hacia Warner.
—Haz la llamada —dice,
exprimiendo su cuello un poco más apretado—. Sácanos de aquí ahora.
—Sólo mi cuerpo muerto le
permitirá a ella salir por esa puerta. —Warner maniobra su mandíbula y escupe
sangre en el suelo—. Me matas por placer —le dice a Adam—. Pero Juliette es la
única que quiero para siempre.
—No soy lo que tú quieres.
—Estoy respirando demasiado fuerte. Estoy ansiosa por salir de aquí. Estoy
enojada porque no para de hablar, pero tanto como me gustaría romper su cara,
no es bueno para nosotros que esté inconsciente.
—Podrías amarme, ya lo sabes.
—Él se ríe con un extraño tipo de sonrisa—. Seríamos inseparables. Podríamos
cambiar el mundo. Yo podría hacerte feliz —me dice.
Adam luce como si quisiera
romperle el cuello. Su rostro está tan tirante, tan tenso, tan enojado. Nunca
lo había visto así antes.
—Tú no tienes nada que
ofrecerle, bastardo enfermo.
Warner presiona sus ojos
cerrados por un segundo.
—Juliette. No te apresures. No
hagas una decisión precipitada. Quédate conmigo. Seré paciente contigo. Te voy
a dar tu tiempo para adaptarte. Me preocuparé por ti…
—Estás enfermo. —Mis manos
tiemblan, pero sostengo la pistola hacia su cara otra vez. Necesito sacarlo de
mi cabeza. Necesito recordar lo que él me ha hecho—. Tú quieres que yo sea un
monstruo por ti…
—¡Quiero que estés a la altura
de tu potencial!
—Déjame ir —digo en voz baja—.
No quiero ser tu criatura. No quiero lastimar a la gente.
—El
mundo ya te ha herido —contesta—. El mundo te puso aquí. ¡Estás aquí gracias a
ellos! ¿Crees que si te vas te van a aceptar? ¿Crees que puedes huir y vivir
una vida normal? Nadie se va a preocupar por ti. Nadie se acercará a ti…¡Serás
una paria como siempre lo has sido! ¡Nada ha cambiado! ¡Me perteneces!
—Ella me pertenece a mí. —La voz
de Adam podría cortar el acero.
Warner se estremece. Por primera
vez, parece comprender lo que creí que era obvio. Sus ojos están muy abiertos,
horrorizados e incrédulos, mirándome con un nuevo tipo de angustia.
—No. —Una risa corta,
enloquecida—. Juliette. Por favor. Por favor. No me digas que te ha llenado la
cabeza con ideas románticas. Por favor, no me digas que caíste en sus falsas
proclamaciones…
Adam golpea su rodilla contra la
columna vertebral de Warner. Warner cae al suelo con un golpe sordo y una aguda
ingesta de respiración. Adam lo tiene totalmente controlado. Siento que debería
estar aplaudiendo.
Pero estoy demasiado ansiosa.
Estoy demasiado suspendida en la incredulidad. Soy demasiado insegura para
tener confianza en mis decisiones. Tengo que reponerme.
—Adam…
—Te amo —me dice, sus ojos tan
serios como los recuerdo, sus palabras tan urgentes como deberían ser—. No
dejes que te confunda…
—¿Tú la amas? —Warner
prácticamente escupe—. Tú alguna vez…
—Adam. —La sala se desplaza
dentro y fuera de foco. Miro fijamente la ventana. Miro hacia él.
Sus ojos tocan sus cejas.
—¿Quieres saltar?
Asiento.
—Pero estamos a quince metros de
altura…
—¿Qué opción tenemos si él no
coopera? —Miro a Warner. Ladeo mi cabeza—. No hay ningún Código Siete, ¿no es
así?
Los labios de Warner se
contraen. No dice nada.
—¿Por qué hiciste eso? —le
pregunto—. ¿Por qué tirar una falsa alarma?
No hay comentarios:
Publicar un comentario