miércoles, 19 de marzo de 2014

Mañana: Muerte blanca, parte 4

Lo cierto es que nos sentimos orgullosos y exaltados al oír la respuesta de Kevin. Sentaba bien poder fanfarronear un poco de vez en
cuando. Esa era una de las peores cosas de nuestro ostracismo. Teníamos la impresión de que nadie valoraba ni se percataba siquiera de las batallas que habíamos librado ni de los riesgos que habíamos corrido: riesgos que me aturdían cada vez que pensaba en ellos. Las palabras de Kevin hicieron que nos sintiéramos, por lo menos durante unos minutos, como la Legión Extranjera, los Boinas Verdes y las orgullosas Ratas de Tobruk, todo en uno.
—Y ¿cómo demonios lo hicisteis?
Dedicamos diez minutos a contárselo con pelos y señales. Nos pisábamos las palabras unos a otros con correcciones y contradicciones. Disfrutábamos haciéndonos los héroes. Pero la sensación no duró mucho, porque de ahí tuvimos que pasar a contarle la muerte de Chris. Eso hizo que volviéramos a poner los pies en el suelo, en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, Kevin no parecía demasiado impactado por la noticia. Supongo que empezaba a inmunizarse contra la muerte.
—Bueno, en fin —dije para zanjar el tema—, cuéntanos qué te pasó después del hospital y luego nosotros te contaremos el resto de nuestras historias.
—Vale. ¿Por dónde iba? Ah sí, os decía que estaban a punto de arrancarme la cabeza, ¿no? Bueno, pues al final fueron tan amables de dejar que Corrie se quedase en el hospital, pero tuvieron que recolocarla en el Ala de los Prisioneros, donde no te dispensan precisamente el trato de un hotel de cinco estrellas. Y allí fue donde la visteis vosotros. La señora Slate me dijo que habíais estado allí y que habíais charlado con ella un buen rato.
—Sí, es verdad.
—Pues yo no he vuelto a verla desde el día que la llevé al hospital. No me dejaron quedarme: me metieron en el maletero de una furgoneta y me trasladaron al recinto ferial. Estaba hecho un guiñapo. Y no exagero. Tuvimos un gran reencuentro familiar, pero casi no me acuerdo. Sé que me cuidaron allí y al final me recuperé. Tardé unas tres semanas. Aunque no fue fácil... Supongo que había perdido el valor, por lo menos en parte, así que tardé una buena temporada en
volver a servir para algo.
»El ambiente del recinto ferial estaba cada vez más enrarecido. La gente empezaba a estresare. Creo que al principio las condiciones no eran malas, pero no tardaron en degradarse. Dudo que lo hubieran concebido como centro residencial a largo plazo para mil personas. Casi todos los edificios son de acero galvanizado, así que se calentaban mucho. Por lo menos la comida era buena, casi siempre. Dios, creo que en el distinto de Wirrawee hay comida suficiente para alimentar a un millón de bocas. Pero los cabrones de los soldados eran unos vagos: no se molestaban en preparar comidas de dos platos y postre para nosotros. Supongo que es lógico. De todas formas, el verdadero problema no era la comida.
—Entonces, ¿qué era?
Kevin rebuscó en la memoria, intentando averiguar qué era lo que había alimentado esa tensión creciente.
—En realidad era una mezcla de muchas cosas —dijo despacio—. El hacinamiento, eso era horroroso. No poder ducharse. Sobre todo, aquellos días de tantísimo calor. Y todos los capullos que no paraban de decirles a los demás lo que tenían que hacer. Ya sabéis, el señor Rodd y el señor Nelson y Troy South. ¿Os acordáis de la señora Olsen? Joder, me volvían loco. Supongo que todo el mundo estaba histérico y eso provocaba muchas discusiones. Pero había gente que no hacía el menor esfuerzo. El puñetero señor Rodd... parecía que me siguiera a todas partes, intentaba buscarme las cosquillas. Creo que le daba morbo. No me extraña que lo abandonaran dos mujeres.
Kevin hizo otra pausa y se quedó pensativo. Todos esperamos en silencio, porque no queríamos interrumpirlo.
—No, no fue por eso —dijo por fin—. Fue el aburrimiento, eso fue lo peor de todo. Día tras día, sin nada que hacer. Absolutamente nada de nada. La gente intentó organizar alguna que otra actividad, pero no había nada que me atrajera, supongo. Por ejemplo, montaron una escuela, que estaba bien para los niños pequeños, pero para la gente de nuestra edad... Bueno, la escuela no parecía la mejor opción. Luego otros empezaron a dar clases para adultos de cosas diversas.
Había quien enseñaba a valorar el ganado, y otros enseñaban chino o indonesio. El viejo doctor Robbo se puso a dar clases de primeros auxilios... No estaban mal.
»No —añadió, mientras se apoyaba contra la pared con las manos detrás de la cabeza—. Solo aprendí a hacer una cosa interesante en todo el tiempo que pasé allí.
—¿El qué?
—Explosivos.
8
—¿EXPLOSIVOS? —preguntó Homer con precaución—. ¿Has dicho explosivos?
—Psí. Creía que os parecería interesante.
—Explosivos. —Homer masticó la palabra y se la pasó por la lengua, como si intentara extraerle todo el sabor, analizarla—. ¿Y hasta dónde llegaste?
—Bueno, bastante lejos. Nos enseñó Jock Hubbard. Tiene la licencia, me refiero a la licencia de armas. Y se le ocurrió que a lo mejor llegaba el momento en el que le eran útiles sus conocimientos. Fabricó unos muñecos y practicamos con ellos. Habría sido mejor con cosas reales, claro, pero a los soldados no les hacía demasiada gracia.
—Vale —dijo Homer—. Sé que se puede hacer una bomba con fertilizantes y gasoil, porque recuerdo que mi padre volaba los tocones de los árboles. El problema es que nunca me preocupé de preguntarle cómo se hacía. Me he arrepentido más de una vez.
—Bueno, sí, es fácil. Con nitrato de amonio. En nuestra situación, supongo que es la mejor forma de actuar, y la más sencilla. —De pronto Kevin se había transformado. Era la primera vez que lo veía así. Era interesante ver cómo cambiaba alguien cuando era experto en un tema—. Si tenemos suerte, podríamos encontrar muchas cosas en las granjas, como pólvora y dinamita. Aunque lo más probable es que los soldados se hayan llevado la mayor parte. Sí, el ANFO es de lo mejor.
—¿ANFO?
—Sí, ANFO. Son las siglas en inglés de la mezcla de carburante con nitrato de amonio. Es lo que comentaba Homer hace un momento. Es perfecto para nosotros, porque casi todas las granjas tienen reservas de nitrato de amonio, que se usa como fertilizante. Produce oxígeno, así que es incluso mejor que la gasolina, porque cuanto más oxígeno, mejor, si quieres un buen petardazo.
—Y ¿eso es todo lo que necesitamos? ¿Nitrato de amonio y
gasoil? —preguntó Homer.
—No tienen por qué ser gasoil. Cualquier combustible puede servir. Incluso el carbón.
—Pero ¿eso es todo? ¿No hace falta nada más?
—Bueno, sí, claro, un detonador. Pero insisto, si miramos en las granjas cercanas seguro que en algunas encontramos una pila de detonadores. Jock trabajó en la tienda de bricolaje ICI y dice que vendían más de mil detonadores normales al mes solo en Wirrawee. Lo que puedo hacer es fabricar una bomba pequeña de ANFO, con un detonador, y si la enterramos en un montón enorme de ANFO esparcido y luego lo tapamos, provocaremos una explosión más grande que la del puerto de Texas.
—¿Qué explosión fue esa? —preguntó Fi.
—La explosión del puerto de Texas hizo volar un puerto entero y mató a cuatrocientas personas. Había un barco cargado de nitrato de amonio y rociaron la bodega con aerosol de cera, que es inflamable. En cuanto alguien tiró una colilla, la bodega prendió fuego. Cerraron las compuertas pensando que así disminuiría el oxígeno, pero no cayeron en la cuenta de que el fertilizante produce su propio oxígeno. Al estar en un lugar cerrado, se acumuló tanta presión que, cuando explotó, prácticamente hizo volar la ciudad por los aires. Y el caso de la explosión de Oklahoma City también fue con ANFO. Media tonelada, y partieron un edificio de nueve plantas por la mitad.
Lo escuchamos con atención.
—¿Sabes una cosa? —intervino Homer al final—. Como ya te hemos dicho, nos dirigíamos a la bahía de Cobbler. No sabemos qué vamos a hacer en el puerto; tal vez no tengamos oportunidad de hacer nada. Pero lo más probable es que sea el objetivo más importante que tengamos a nuestro alcance. Lo único que está claro es que dudo que tengan petroleros esperando a que lleguemos. Si fabricásemos nosotros la bomba, por lo menos reduciríamos los obstáculos. O sea, bastaría con que transportáramos esa cosa hasta la bahía para hacerla explotar.
—Ay, Dios —dijo Fi—. No me da buena espina. ¿Os habéis olvidado de que no somos soldados profesionales? No creo que
debamos meternos en la piscina por donde no hacemos pie... Esta es la conversación más aterradora que hemos tenido.
—A lo mejor no ocurre nada —dijo Homer.
Fi parecía preocupada.
—Hasta ahora nos han salido bien las cosas, porque nos hemos limitado a nuestro distrito y hemos hecho lo que hemos podido allí. No podemos encargarnos de todo. Creo que esto se nos va a ir de las manos.
—Yo no acabo de entender para qué serviría —dije uniéndome al debate—. Esta guerra parece perdida de antemano. No creo que logremos cambiar las cosas, hagamos lo que hagamos.
—Sí, estamos en las últimas —dijo Lee.
Era extraño que Lee mostrara tan poco entusiasmo, aunque creo que sufría una de sus depresiones. Tarde o temprano el asesinato del soldado tenía que pasarle factura, y creo que acababa de hacerlo. Además, ya estaba harto de hacer de enfermero.
—Tíos, ¿no os acordáis de cómo hablabais el otro día? —preguntó Kevin—. Yo sí. Y no creo que estemos tan mal.
Su comentario llamó la atención.
—¿Qué sabes que nosotros no sepamos? —pregunté.
—Bueno, como siempre, hay noticias buenas y malas. Pero las buenas noticias pesan más. La guerra no ha terminado, y aún queda mucho para que acabe.
—Continúa —dijo Homer impaciente.
Todos nos íbamos animando. Necesitábamos oír algo así.
—¿Es que ya no escucháis la radio? —nos preguntó Kevin—. ¿Qué ha pasado con el transistor de Corrie?
—Se acabaron las pilas. Lo abandonamos en el Infierno. Y de todas formas, tampoco daban tantas noticias sobre la guerra, y casi todas parecían ser malas. Además, no hacemos más que ver colonizadores. Apenas hemos visto resistencia. Salvo la nuestra.
—Bueno, en realidad sí ha habido bastante movimiento. En el recinto ferial teníamos un radio; pero era secreta, ni siquiera todos los prisioneros sabían de ella. Pero mi padre la escuchaba y me contaba las
noticias luego. ¿Sabéis una cosa? No solo están las emisoras de radio internacionales, hay unas cuantas emisoras de guerrilleros, y también están las de las Zonas Libres.
—Pero ¿hay Zonas Libres?
Kevin no daba crédito a lo que oía.
—Ostras, no estáis muy al día, ¿no? Hay varias Zonas Libres.
—¿Por el interior?
—Eh, no, esa parte de no. También controlan las zonas despobladas del interior, porque está tan vacía que es muy fácil pillar a quienes se desplazan por ahí. Utilizan radares y aviones para controlarlo. No, las principales Zonas Libres son cabo Martindale, donde aterrizaron las tropas de Nueva Guinea, y la zona que va desde Newburn hasta las montañas, donde el ejército ha montado un campamento fijo con un puñado de tropas. Y Newington y la cuenca del río Burdekin, donde se asentaron los neozelandeses. Ahora controlan toda esa zona.
Se produjo una pausa mientras asimilábamos tantísima información.
—Y ¿qué otras buenas noticias puedes darnos? —le pregunté.
—Pues, por ejemplo, el ataque de la bahía de Cobbler. ¿Os enterasteis?
—Sí, cuéntanoslo —dije muy exaltada—. Vimos alguna cosa. Bueno, por lo menos, Robyn y Lee los oyeron, y yo vi el humo.
—Uf, pues lo bombardearon a base de bien. Según la radio, hundieron siete barcos; pero hubo algunos heridos que llevaron al hospital de Wirrawee, prisioneros que trabajaban allí y por lo que dijeron, en realidad hundieron tres barcos. Bueno, de todas formas, fue un gran éxito.
—Eso puede ponerles las cosas más difíciles —dijo Robyn.
—Es posible. En el recinto ferial corren rumores de que iban a instalar más misiles tierra-aire, pero eso también podría sernos favorable. No creo que esperen un ataque terrestre.
—Pero ¿siguen utilizando el puerto de Cobbler? —preguntó Fi.
—Sí, eso parece. Es un punto clave para sus operaciones.
—No tenemos que obsesionarnos con eso —dijo Homer—. Nada nos obliga a seguir con este plan. Si llegamos a la bahía de Cobbler y vemos que es demasiado para nosotros, nos marchamos sin hacer ruido y ya está.
—Suena bien en teoría —dije—. Pero conociéndote, Homer... A ver, siempre que celebrábamos una fiesta de cumpleaños tú eras el que iba pinchando los globos con alfileres. No sé por qué, me cuesta imaginarte marchándote sin hacer ruido y sin intentar pasar a la acción.
—Háblanos de nuestras familias, anda —dijo Robyn a toda prisa, para impedir que yo siguiera provocando a Homer.
Kevin suspiró.
—Eh, uf, bueno, ya os lo he dicho, no están muy mal. A ver, Ellie, para ser sinceros, tu padre, ahora que nombras de lo pinchar globos y tal, digamos que es incapaz de pasar por delante de un toro sin pincharle el culo con un alfiler. Cada vez que ve que se le acerca un centinela, le busca las cosquillas. ¿En qué piensa ese hombre? Al final se va a meter en un lío.
—Pues no sé en qué piensa —contesté—. Si alguna vez lo averiguas, dímelo, por favor. Para mí es un misterio.
—Y tu hermano también los provoca —dijo entonces Kevin dirigiéndose a Homer.
—Psí, este George no tiene mucho sentido del humor.
—¿Cómo está Vicky? —preguntó Fi.
Victoria, la hermana pequeña de Fi, tenía un asma muy acusado.
Kevin hizo una mueca.
—Bueno, ya no queda Ventolin, así que ha tenido algunos ataques fuertes. Les dieron permiso para trasladarla a ella junto a un par de enfermos más al despacho del director de la feria, porque se dieron cuenta de que eran alérgicos a algo que había en las cuadras del ganado y las caballerizas.
—Uf, ese montón de pelos de crin, y tanta paja y tantos cereales... —dijo Fi—. Vicky es alérgica a todo.
—Desde que cambió de sitio está mejor —dijo Kevin—. Pero por
el recinto ferial todo el mundo se pone enfermo. Es horroroso. No os lo podéis imaginar. La gastroenteritis se pasea como Pedro por su casa. También hemos tenido paperas, hemos tenido sarampión, hemos tenido de todo. Por eso me presenté voluntario para las partidas de trabajo.
—Ah sí, ¿qué nos cuentas de las partidas de trabajo? —le pregunté.
—¿Que qué os cuento? Pues nada, que son un modo de salir del recinto ferial. Al principio funcionaban un poco manga por hombro, pero ahora están bastantes organizadas. Tienes que formar parte de alguna de las familias cautivas, para que puedan tomarlos como rehenes por si te escapas. Y es necesario que muestres alguna habilidad y estés bastante en forma. Y nada más.
—Y ¿cómo es que no vimos a nadie que conociéramos por los alrededores de Wirrawee? Tú fuiste la primera persona que reconocimos, y estabas a un buen trecho de Wirrawee.
—Sí, lo hacen a propósito. Como os he dicho, ahora están bastante organizados. Nos mantienen apartados de nuestros distritos. Es por seguridad. Y creo que también porque a la gente le afecta mucho cuando ve colonizadores paseándose por sus casas.
Le contamos a Kevin las demás cosas que nos habían ocurrido y relatamos con más detalle la muerte de Chris. Fue un mal trago para mí tener que recordar asuntos que había empezado a olvidar y que intentaba borrar por todos los medios. Pero supongo que hablar de Chris era bueno para el grupo: nunca habíamos hablado abiertamente del tema entre nosotros. Su muerte era demasiado absurda e inútil. Tener un accidente por conducir borracho... es una de esas cosas que ocurren en época de paz, y ya entonces son bastante absurdas, pero implicaba una pérdida mucho mayor en estas circunstancias, cuando ya habíamos sobrevivido a tantas pruebas. Además, tal vez todos nos sintiéramos un poco culpables por haberlo dejado solo en el Infierno, a pesar de que eso era lo que él quería.
Así pues, hablamos de todo eso, por lo menos durante un rato. Y de ahí pasamos a hablarle a Kevin de los Héroes de Harvey: esa panda
de adultos de cuarenta y tantos que andaban por el bosque como patos mareados, intentando hacerse los duros cuando no sabían nada y que casi consiguen que los liquiden a todos. Y para colmo, después nos enteramos de que su líder, el comandante Harvey, se había aliado con el enemigo.
Entonces Kevin se puso muy nervioso.
—Oye, ¿qué aspecto tiene ese comandante Harvey?
—Pues es como un barril de cien litros —soltó Homer.
—Con una cabeza encima —añadió Lee.
—Igual que un gnomo de jardín —dijo Robyn.
—O como una asquerosa pila de boñigas de oveja —dijo Fi.
Estaba impresionada. Por lo menos le habíamos enseñado algo a Fi acerca de la vida rural: cómo se acumulaban las boñigas de oveja.
—Tiene el pelo moreno —le dije a Kevin.
Me estremecí al recordar mi primera conversación con el comandante. Habíamos topado con su grupo por casualidad y, aunque nos sentimos aliviados al vernos de nuevo rodeados de adultos, desde el principio noté que había algo raro en todo aquel tinglado.
—Tiene la cara rolliza. Y la nariz grande. Y la cabeza, no sé, la inclina de una forma rara, como si tuviera el cuello agarrotado o algo así.
—Sí, es el mismo tío —dijo Kevin.
Se inclinó hacia atrás y asintió con la cabeza.
—¿A qué te refieres? ¿Lo has visto?
—Bueno, no es que sea un amigo de la familia, ni es mi mejor colega, no. Lo vi un día, antes de la guerra. Pero he oído hablar mucho de él últimamente, y lo he visto de lejos unas cuantas veces.
—¿Qué? Es imposible —dijo Fi.
—¿Cuándo lo viste por última vez? —preguntó Homer al instante.
—Buf, no sé, hace unas tres semanas.
—¡No! —exclamé.
—¿Estás seguro? —preguntó Homer.
—Psí, tal vez un poco menos de tres semanas. Se presentó un día
con un grupo de soldados de alto rango para echar un vistazo al trabajo que hacíamos. Tuvimos que quedarnos ahí plantados con cara seria y fingir que estábamos intimidados.
—Creíamos que lo habíamos liquidado hace siglos —le expliqué—. Cuando volamos las casas de Turner Street pensamos que lo habíamos borrado del mapa. En parte, hicimos el ataque con esa intención.
—Eh, pero ¿no te acuerdas? Aquella noche dijiste que no habías visto su coche en la calle —le dijo Fi a Homer.
—Sí, es cierto, fue lo que dije.
—Así que está vivo —dije. Me quedé apabullada. No quería creerlo, pero tenía que hacerlo—. Cuéntanos lo que sepas de él —le pedí por fin a Kevin.
—Vale, es un cabrón. ¿Qué más queréis saber?
—Todo.
—Buf, ¿por dónde empiezo? Apareció en abril, creo. Es de Risdon. Es profesor, de eso estoy seguro; es más, era subdirector del instituto de Risdon. Me acuerdo del día en que jugamos el fútbol contra el equipo de su centro. Se acercó a mí en la media parte y me chilló por haber hecho un placaje a uno de sus jugadores. Supongo que me había pasado un poco. Pero joder, pensé que iba a pegarme. Entonces ya intuí que era un capullo integral, ahora lo sé a ciencia cierta. Esa fue la única vez que lo vi antes de la guerra. Cuando llegó al recinto ferial nos reunieron a todos y nos dio una charla sobre la invasión; nos dijo que no era tan mala como podíamos pensar, pues este país necesitaba un buen meneo, y que si colaborábamos con esos pavos en lugar de ir contra ellos, a largo plazo nos iría mejor.
»A los soldados les encantó; estaban que se salían. Pero ostras; Ellie, ¡si hubieras visto la cara que puso tu padre! Menos mal que Harvey no lo vio, porque de lo contrario, habría ido directo a por él. Porque, claro, se me olvidaba que no sabéis a qué se dedica el tío: después de la charla esa, empezaron a elegir gente para que él los interrogara. Al principio la cosa se puso muy tensa. Parece que Harvey sabe un montón de cosas sobre Wirrawee. Primero eligió a todos lo que
tenían formación militar, además de todos los polis. A algunos les permitían regresar, supongo que si respondían como era debido, pero algunos desaparecían sin más. Al cabo de unas semanas nos enteramos de que los habían metido a la cárcel de máxima seguridad no sé dónde. Pero corren rumores de que a algunos les dispararon y punto; es decir, los ejecutaron.
»La gente cree que Harvey se está preparando el terreno para ser gobernador o algo así; como si quisiera convertirse en un pequeño dictador. Supongo que es cierto. Si lo hubieras visto con esos mamones... Como si fueran súper colegas, como amigos del alma. Daba asco verlo.
—Cuando terminemos con la bahía de Cobbler vamos a cargárnoslo —me dijo Lee.
Me había dado por vencida y ya no me enfadaba con Lee cuando me hablaba de esa forma. Ahora lo hacía muy a menudo, cada vez que se disgustaba porque había pasado algo malo.
De pronto se ponía a hablar como si fuese un robot, programado para matar, cuando yo sabía que no era así, en absoluto.
Tengo que reconocer que a mí me había pasado lo mismo cuando había visto a Corrie en el hospital.
A Kevin no le quedaba mucho que añadir a lo que nos había contado. Nos quedamos allí sentados por lo menos una hora más, comentando los problemas sin parar, intentando pensar en posibles soluciones. Nos deprimimos al enterarnos de que Harvey seguía suelto, y el comentario directo de Lee obtuvo el apoyo de más de uno. Al final, me cansé, salí del despacho y empecé a preparar la comida.
9
LA bahía de Cobbler parecía salida de una película bélica. Vale, se nota que soy una pueblerina que no ha visto más ciudades que la provinciana Stratton. Para mí, ver semáforos ya era emocionante. Cada vez que íbamos a Stratton empleaba cualquier excusa para subir y bajar mil veces las escaleras mecánicas, como una cría de seis años. Así pues, pasear la mirada por la bahía de Cobbler y ver un portaaviones, un buque cisterna de petróleo, dos lanchas patrulleras y tres barcos contenedores era increíble. Habían construido dos espigones grandes y todos los navíos, excepto el portaaviones y las lanchas patrulleras estaban amarradas en ellos. Estos tres últimos barcos estaban anclados junto a unas boyas, en el agua cristalina. Habían montado unos refugios prefabricados a lo largo de la costa y habían dispuesto unas enormes zonas de carga de alquitrán. Había coches y camiones por todas partes, y la gente deambulaba en todas direcciones. Alrededor del perímetro había una verja de espino, de aspecto improvisado, y tres tanques allí apostados. También había otras cosas, como unos cañones de escopeta grandes que sobresalían entre los montones de porquería: Kevin pensaba que eran los misiles tierra-aire de los que había oído hablar.
Por lo menos una cosa estaba clara: el ataque aéreo había provocado una escabechina. Atisbamos un cascote larguísimo cerca de las rocas, a nuestra izquierda, tal vez un destructor, volcado y convertido en chatarra. Lee señaló una silueta cuyo resplandor vimos debajo del agua, cerca del cabo, que parecía otro barco grande, totalmente sumergido. A la izquierda de las naves prefabricadas vimos las ruinas de un grupo de edificios; solo quedaban las vigas del techo ennegrecidas y unas cuantas planchas de metal retorcido ondeando al viento. En el monte, más lejos aún y también hacia la izquierda, había dos cráteres gigantescos de tierra desprendida y árboles arrasados en puntos donde debían de haber fallado el tiro. Parecía que fuera a
instalarse una nueva empresa maderera.
La única entrada para el puerto nuevo de la bahía de Cobbler era una compuerta con una caseta de vigilancia y una barrera que levantaban y bajaban manualmente. Estoy segura de que los Marines de Estados Unidos lo habrían hecho mejor, con verjas electrificadas y rayos láser y controles de seguridad electrónicos, pero no había ni rastro de todo eso. Daba la impresión de que habían improvisado las medidas intentando gastarse lo menos posible. Desde luego, no se trataba de alta tecnología del siglo XXI.
Aun así, era más que formidable. Me cagué de miedo. Cuando éramos pequeños y mi padre no nos veía, a veces nos divertíamos disparando a los avisperos. Te alejabas lo que confiabas que fuese una distancia prudencial y luego vaciabas un cargador del calibre 22 o un par de cartuchos apuntando al nido de avispas. Algunas veces la cosa se descontrolaba. Este lugar era mucho más grande y más mezquino que todos los avisperos del mundo, así que no tenía ninguna prisa por hacerlo volar por los aires.
Es más, la situación me daba rabia. La bahía de Cobbler era uno de los lugares más preciosos de la tierra. Bueno, teniendo en cuenta que nunca había pasado de Stratton, tal vez no soy la más indicada para decir algo así. «Sí, damas y caballeros, con mi amplia experiencia en viajes internacionales, tras explorar todos los rincones del globo, puedo decirles con sinceridad que la bahía de Cobbler es una de las siete maravillas del mundo».
En cualquier caso, era preciosa. Era uno de esos parajes en los que las colinas llegan hasta el mar, de modo que uno tiene lo mejor de las dos cosas. La playa quedaba bastante resguardada, porque la espesura de los árboles se prolongaba hasta el límite de la carretera, y esta trazaba una curva alrededor de la bahía. Después de cruzar la carretera, solo hay que bajar media docena de escalones y ya estás en la arena: una arena fina y blanca que se te escurre entre los dedos y te hace cosquillas en los pies. Luego puedes continuar caminando y entrar directamente en el agua, o puedes girar a derecha o izquierda y reseguir la orilla, en paralelo a las rocas. Hagas lo que hagas, te
encuentras en una especie de paraíso, gracias a los recónditos parajes verdes del fondo, al brillante cielo azul que te envuelve y al danzarín mar azul intenso que se extiende ante ti.
El clima siempre parecía perfecto en la bahía de Cobbler.
Sé que soy egoísta por quererlo todo para mí, pero incluso en tiempos de paz, cuando nos desplazábamos hasta la bahía de Cobbler para darnos un baño o para merendar en la playa, me molestaba encontrar a otras personas. Estoy segura de que a ellas también les molestaba que llegásemos nosotros. Por tanto, llegar en tiempos de guerra y encontrar estructuras feas por todas partes y barcos monstruosos flotando en su agua inocente, como grandes sanguijuelas de metal, me enfadaba y me entristecía a partes iguales. Quería hacer algo para impedirlo, pero ni siquiera se me ocurría cómo podíamos intentarlo. Por primera vez, las defensas del enemigo parecían muy por encima de nuestras posibilidades. Esos barcos y esos espigones e incluso los edificios prefabricados parecían sólidos y estables y, al fin y al cabo, ¿quiénes éramos nosotros? Solo una pandilla de críos, un grupito de aficionados.
—De momento solo se me ha ocurrido una idea —dijo Homer cuando menos lo esperaba.
Me quedé impresionada. Mientras yo estaba ahí sentada, pensando en negativo, deprimida y furiosa, Homer ya estaba planteándose posibilidades.
—¿Qué?
—Como los árboles están tan cerca de los edificios, podríamos provocar un incendio en el bosque como maniobra de distracción. Tendrían que volcar todos sus esfuerzos en intentar apagarlo, porque si el viento sopla en la dirección adecuada, bajará furioso por la colina y las llamas se los comerán.
—No es mala idea —dijo Robyn pensativa—. Es probable que termine siendo algo más que una distracción. El incendio podría hacernos una buena parte del trabajo. No le costaría mucho achicharrar esos edificios de ahí. Una vez que llegue a la carretera, no habrá quien lo detenga.
—Eso si no nos achicharramos nosotros —comentó Fi muy nerviosa.
—Vamos a ver. ¿Qué es lo que queremos destruir? —pregunté—. Me refiero a que no vamos a ser capaces de hundir los barcos, ¿verdad?
—No los que están anclados en el mar —contestó Lee—. Pero tal vez sí los que han amarrado en los espigones.
—Ese de ahí es un buque cisterna de petróleo, Ellie —dijo Homer—. Tú eres la experta en combustibles, ¿no?
—Eh, me encantan. Llévame hasta él y dame una caja de cerillas.
Sin embargo, noté un vuelco en el estómago mientras lo decía. Nunca me siento cómoda cuando bromean acerca de las cosas que hemos hecho.
Nos quedamos todos sentados, mirando el panorama. La idea del incendio en el bosque era atractiva, pero yo no acababa de verle el potencial. Un incendio así no dañaría los barcos, a menos que tuviéramos la suerte de que algunas llamas despistadas acabaran aterrizando sobre el petrolero. Como maniobra de distracción, podía servirnos para permitirnos acceder al lugar, pero también había bastantes probabilidades de que no fuera así. Y además, luego teníamos que huir de ahí. Eso era lo más importante, y quizá fuera lo más complicado.
—¿Os enseñó Jock a fabricar bombas submarinas? —le preguntó Homer a Kevin—. Me refiero a cargas de profundidad.
—Oye, que no hicimos un master, fueron un par de clases rápidas.
Oí un ruido que retumbó y alcé la vista. Un convoy bajaba por la colina. Había dos camiones verdes del ejército a la cabeza, pero iban seguidos de una colección ecléctica de camionetas de mudanza, furgonetas, camiones con remolque y camiones cisterna de combustible. Muchos de ellos tenían nombres de empresas locales o de empresas nacionales más importantes. Otro camión del ejército cerraba el desfile.
Los observamos con ansiedad, para descubrir qué pasos seguían en el momento de pasar por la barrera. Frenaron al llegar a la entrada y
un grupo de soldados, ocho en total, salieron corriendo de la caseta más cercana y trotaron hasta colocarse a ambos lados del convoy. Registraron todos y cada uno de los camiones para asegurarse de que no había nadie escondido, saltándose solo las furgonetas abiertas y los camiones cisterna. No fue un control increíblemente exhaustivo, pero tampoco nos servía de consuelo, porque no teníamos ni idea de cómo íbamos a lograr meternos en uno de los camiones, eso para empezar. No les era necesario registrar demasiado si sabían que el convoy no había parado en ningún punto.
Cuando el atardecer entró, nosotros salimos. Volvimos a escondernos en las colinas para buscar un lugar en el que dormir. Y el procedimiento que seguimos esa noche se convirtió en una rutina que repetimos al pie de la letra los seis días siguientes. Por seguridad, cada noche acampábamos en un lugar distinto y montábamos guardia, pero durante el día espiábamos la bahía de Cobbler y debatíamos las posibles tácticas. De todas formas, debo admitir que el motivo principal por el que nos quedamos allí, la razón secreta, no tenía nada que ver con atacar al enemigo. Fue porque Lee, sin decirle una palabra a nadie, entró en una de las casetas de pescadores y volvió con los brazos llenos de material de pesca.
Total, que eso nos puso las pilas. La pequeña colección de cañas, anzuelos y pesas de plomo nos proporcionaron la mayor diversión que habíamos tenido desde la invasión enemiga. Era como si nos hubiéramos regalado unas vacaciones en la playa. Esperábamos impacientes a que llegara el atardecer para poder empezar nuestras excursiones de pesca. Pescábamos en la desembocadura del río, y no tardamos en aposentarnos en un lugar que era a la vez bello, productivo... y seguro. Y los peces prácticamente nos quitaban las cañas de las manos. Durante el día escogíamos gusanos, larvas asquerosas y escarabajos para usarlos de cebo, y gracias a ellos pescamos feos peces gota, doradas, salmonetes y otras variedades que no supimos reconocer. Supongo que nadie había pescado en esa zona desde hacía meses, de modo que picaban con facilidad.
Pescar en sí era muy divertido, pero lo más importante era que
de repente contábamos con montones de comida, lo cual suponía un cambio respecto a la monotonía que habíamos tenido que soportar desde hacía una buena temporada. Nuestras reservas de comida estaban bajo mínimos. Últimamente, todos comíamos mucho menos y estábamos delgados como sílfides, bueno, excepto Robyn, que estaba tan flaca que parecía enferma, aunque gracias al pescado empezó a ganar un poco de peso. Alrededor de las dos o las tres de la madrugada, encendíamos una pequeña hoguera y, o bien freíamos nuestros trofeos inmediatamente, o esperábamos con la boca hecha agua hasta que las llamas se convirtieran en brasas, para poder cocinar en ellas el pescado. Después de varios meses en los que nos moríamos por comer carne fresca, todo nos sabía a poco. No nos cansábamos de comer pescado. Nunca olvidaré la carnosidad de ese pescado blanco tan jugoso, cómo se desprendía de las espinas, cómo su sabor tierno y caliente me daba fuerza y energía.
Si las personas somos lo que comemos, me atrevería a decir que después de unos cuantos días con esa dieta, yo podría haber cruzado a nado el océano Pacífico.
Siempre cocinábamos de más, para poder tomar algo de pescado frío durante el día.
Llevábamos cuatro días viviendo así cuando descubrimos el punto débil del sistema de seguridad de la bahía de Cobbler. Homer siempre decía que tenía que haber un punto débil, solo era cuestión de paciencia. Tenía razón, aunque fue cuestión de suerte que averiguásemos cuál era. Una noche, buscábamos otro lugar en el que pescar cuando, alrededor de las diez, cruzamos la carretera en dirección a la bahía. Robyn iba la primera para comprobar que la carretera estaba despejada. En lugar de indicarnos que podíamos continuar, tal como esperábamos, regresó hasta nosotros sigilosamente y con cara alarmada.
—Hay una camioneta en la curva —susurró.
—¿Qué hace?
—Nada. Tiene las luces apagadas. Está ahí aparcada, nada más.
Todos nos asomamos con cautela para echar un vistazo. El
vehículo destacaba, con la silueta recortada contra la luna. Después de haber presenciado una masacre espeluznante cuando a los Héroes de Harvey se les había ocurrido atacar un tanque abandonado, no es que nos muriésemos de ganar precisamente en correr a investigar esa cosa. Por lo tanto, la dejamos donde estaba y fuimos a buscar otro río en el que pescar.
Sin embargo, al amanecer Homer o yo regresamos al lugar con mucha precaución para observar mejor la camioneta. Seguía ahí, con aspecto frío y abandonado. Decidimos quedarnos un rato más para ver qué ocurría y no tardamos en verlo: a las nueve y media oímos el chirrido de unos engranajes cuando otro vehículo empezó a ascender la colina hacia nosotros. Volvimos a escabullirnos entre los arbustos y dejamos que pasara el vehículo. Era un camión con remolque, en cuya parte trasera iban un par de soldados armados. Nos colocamos en una posición mejor, desde la que observamos cómo el camión llegaba hasta la furgoneta y emprendía un giro de tres maniobras que acabaron siendo seis porque la carretera era muy estrecha.
Cuando por fin quedó delante de la camioneta abandonada, se bajaron todos: los dos soldados y los dos hombres de la cabina, que iban vestidos con monos manchados de grasa y llevaban unas cajas de herramientas. Parecían típicos mecánicos: creo que la forma de arrastrar los pies que tienen los mecánicos es lo que los hace inconfundibles. Los soldados se pusieron a vigilar la carretera, caminando en un sentido y luego en el sentido contrario, mientras los mecánicos empezaban a toquetear el motor de la camioneta.
Pero lo más interesante fue que nadie pensó en comprobar si había algo en el maletero.
Al cabo de media hora, después de que los mecánicos intentaran encender el motor varias veces sin conseguirlo, anclaron el vehículo estropeado al camión en el que iban. Un soldado se colocó en el asiento del conductor para tomar el volante y, ale, se marcharon.
Seguían sin haber mirado en el maletero.
Estábamos impacientes por reunimos con Fi y Kevin, que estaban espiando el puerto, para que nos contaran qué había pasado cuando el

camión que remolcaba la furgoneta había llegado a la bahía de Cobbler. 

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