martes, 18 de marzo de 2014

Me mirare siempre en tus ojos, parte 11

—¿Y lo de Cillian? Si lo juntamos con Molhoney o con Eloisse...
         —Hoy por hoy nadie quiere entrar en un montaje, menos Cillian Sheehan, Emma, es una estrella de cine.
         —Bueno... —dijo Emma agarrando la cámara—, acabo de hacer fotos a Eloisse Molhoney saliendo de un spa con Michael Fisher, es un hotel, así que puedes decir que era una cita romántica secreta.
         —Todo el mundo sabe que él es gay.
         —Vale... ayer estuvo en el ginecólogo con Ronan.
         —¿Embarazada?
         —No lo sé, pero podría ser, se pasan el día follando.
         —¿Y por qué no me has avisado? Mándamelo por el FTP, por favor, ¿vale? Por favor.
         —Vale, pero porque me das lástima, me debes una más.
         —Gracias, Em, eres un sol.



 Capítulo 46

 

 

          
         Entró en el restaurante corriendo y se encontró con la sorpresa de que su padre aún no había llegado, algo completamente insólito en Andrew Cavendish, así que se sentó y lo llamó al móvil, sin éxito, hasta que recibió una llamada de Fiona disculpándose por el retraso. Pidió agua mineral y repasó mentalmente lo que quería explicar a su padre, lo que quería aclarar con él para terminar de una vez por todas con ese distanciamiento absurdo entre ambos. Pensó en las palabras adecuadas para abordarlo y las rechazó todas, porque sabía que él sería tarea imposible de todas maneras, así que lo mejor era improvisar y seguir el ritmo de la charla según se fuera desarrollando.
         —¿Issi? —Su padre y Fiona se acercaron con prisas—. Hola, sentimos el retraso.
         —Hola. No te preocupes.
         —¿Y mis nietos?, ¿cómo es que no has traído a los niños?
         —Porque quería charlar tranquilamente con vosotros y con ellos es imposible.
         —Oh, Dios... —susurró él en dirección a su mujer que sonrió a Issi—. ¿Pedimos?
         —¿Y vas a ir a la fiesta de mañana?, ¿ya tienes vestido? —Fiona llamó al camarero con la mano.
         —Claro, tengo que asistir, ¿vosotros no pensáis ir?
         —No, allí no pintamos nada.
         —Nada salvo apoyarme, como cada año.
         —Seguro que esta vez tienes quién te acompañe, ¿no?
         —Bueno, papá, me imagino que sabes perfectamente por qué te pedí que vinieras a comer aquí —dijo ella cortando por lo sano y él la miró de reojo pidiendo un vino blanco—. En realidad solo quería decirte oficialmente que Ron ha vuelto a casa y que hemos decidido empezar de nuevo, y bueno...
         —¿Y cuánto tiempo vas a tardar en dejar tu trabajo y volver a Irlanda?
         —¿Cómo dices?
         —Ya me has oído, Eloisse, y es una pregunta de lo más lógica.
         —¿Crees que podremos hablar de esto sin discutir, papá?
         —No discuto, solo te he hecho una pregunta.
         —No espero que perdones a Ronan, que seas su amigo o le tengas aprecio, solo te pido que me apoyes en esto y que lo aceptes como el padre de tus nietos, todo será más sencillo si aceptas que él vuelve a mi vida y por lo tanto, a la de todos nosotros.
         —A mi vida ese hombre no vuelve, y si lo hace a la tuya es asunto tuyo, no mío, yo solo quiero el bienestar de Jamie y Alex, y todo lo demás me sobra, porque ya me cansé de esperar algo mucho mejor para ti.
         —¡Andrew por favor! —Fiona intervino al ver que a Issi se le llenaban los ojos de lágrimas—. Ronan es un buen hombre, un padre maravilloso y adora a tu hija. Además, todo el mundo merece una segunda oportunidad en la vida, ¿o tú no te has equivocado nunca?
         —El no se equivocó, hace dos años cometió un delito contra mi propia hija, ¿cómo demonios esperas que me tome esta noticia?
         —Me dio una bofetada.
         —¿Y te parece poco? —Ella negó con la cabeza ya sin poder sujetar las lágrimas.
         —No me parece poco, de hecho cuando ocurrió me fui de casa con los niños.
         —Con una brecha en la boca y la vida hecha pedazos, ¿qué quieres que te diga ahora? Solo ruego a Dios que sepa tratarte, respetarte y que tú no vuelvas a perder la cabeza.
         —Ya hemos pasado bastante, hemos empezado de cero, hemos luchado mucho por nuestra relación y solo queremos darle lo mejor a los niños. —Ahogó un sollozo y buscó un pañuelo—. Y no espero que lo celebres, pero al menos espero que podamos mantener una relación normal, papá.
         —Mientras vivas bajo el mismo techo que ese tipejo, será complicado.
         —No hables así de él, por favor.
         —Y otra cosa, como vuelva a hacerte daño, haré que se pudra en la cárcel. Hace dos años no me dejaste hacer nada contra él porque es el padre de tus hijos, pero como vuelva a tocarte, no tendré compasión, te lo advierto.
         —Andrew, sinceramente, no entiendo qué consigues hablando así. —Fiona se inclinó hacia Eloisse para darle más pañuelos—. Mira a tu hija, por el amor de Dios.
         —¿Y que pasa con su amiga sueca? Ya se te ha olvidado eso también, ¿eh?, ¿o es que pensáis tener un matrimonio abierto?
         —Aquello ya está olvidado, entre otras razones, papá, porque ocurrió cuando estábamos separados.
         —Separados, pero tú estabas en el hospital sufriendo el aborto de un hijo suyo...
         —Ya está bien, disculpadme... —Se levantó y se fue al cuarto de baño, estaba sollozando y no pretendía dar un espectáculo en medio del restaurante. Se encerró un rato en una de las cabinas para serenarse y oyó sonar el teléfono móvil, dos y hasta tres veces, y a la cuarta lo contestó intentando parecer tranquila—. Hola, mi amor.
         —¿Dónde estás Issi?, ¿ya has acabado la comida?, ¿cómo ha ido?
         —Aún estamos aquí, se retrasaron, ¿y tú?, ¿qué tal en el Albert Hall?
         —Esto es una puta locura, princesa, hay cientos de personas, pero creo que quedará muy bien. Hemos traído media docena de bodhráns[1] y ocho violines, va a sonar muy irlandés... ¿Issi, estás bien?, ¿nena?
         —Sí, sí, muy bien ¿y ya están todos ahí?
         —¿Estás llorando?
         —No, estoy bien.
         —¿Crees que puedes engañarme? ¿a mí?, ¿por qué estás llorando? —Ron se levantó y sintió claramente como se le tensaban los músculos de todo el cuerpo. Sabía que su suegro sería un hueso duro de roer y que se lo pondría difícil, pero una cosa era eso y otra muy distinta que la hiciera llorar—. ¿Qué te ha dicho?
         —Lo de siempre, pero no pasa nada, mi amor, ¿y sabes qué? Debo seguir comiendo con ellos, acaban de pedir.
         —¡Mierda, Issi!
         —Estoy perfectamente, ¿terminarás muy tarde?
         —No lo sé.
         —Bueno, ya nos llamamos, luego hablamos, te quiero.
         —Princesa...
         —Estoy bien.
         Le colgó y Ronan se quedó mirando el teléfono sin moverse. El gran Andrew Cavendish, pensó, su suegro, el hombre que jamás le había dado la más mínima oportunidad, con el que no compartía nada en absoluto, nada salvo a Issi y a los niños, estaba otra vez frente a la cruda realidad de que su adorada hija única lo había dejado volver a casa, una realidad que había tratado de evitar a toda costa, desplegando una guerra sin tregua contra él, aunque con razón. Ron comprendía, como padre, que el señor Cavendish intentara proteger a su hija, y que lo odiara, pero no podía tolerar que se cebara contra Eloisse por pura indignación hacia él, no era justo y no pensaba permitirlo, porque Issi era su hija, sí, pero también era su mujer, y sobre todo, la madre de sus hijos, y no pensaba tolerar que nadie le hiciera daño.
         Llamó a Kirk con la mano y le pidió que buscara el coche. Habló con Max, y a pesar de que puso el grito en el cielo, se despidió de él, consiguió atravesar con enorme esfuerzo el mar de personas que lo rodeaban, salió del Royal Albert Hall y se fue directo a Kingsway, al restaurante favorito de los Cavendish, donde esperaba llegar a tiempo de aclarar un par de cosas con su aristocrático y distante padre político.
         —Buenas tardes —dijo entrando como un vendaval en el local y el camarero lo llevó solícito a la mesa de Issi—. ¿Estás bien, princesa?
         —¿Ronan? —Se levantó de un salto y Andrew Cavendish hizo lo mismo, pero con la clara intención de largarse de allí—. ¿Qué haces aquí?
         —Vengo a charlar con tu padre. Andrew, si no tienes inconveniente, dame cinco minutos, nada más.
         —Tú y yo no tenemos nada de qué hablar.
         —Oh, sí, claro que sí, siéntate por favor. —Issi miró a Fiona muy preocupada y al ver que su padre no se sentaba, quiso agarrar a Ronan del brazo, pero él la esquivó y apoyó los puños sobre la mesa—. Sé que no me soportas, que no te gusta ni mi trabajo, ni mi fama, ni mi dinero, ni siquiera mi acento, y lo acepto, porque yo me casé con tu hija, no contigo, pero no pienso tolerar que te cebes con ella por no ser capaz de enfrentarte a mí. Cuando pasó lo que pasó entre nosotros en Killeney, te pedí perdón, mil veces y te dije que si querías darme una paliza, o mandar a que me la dieran, la aceptaría sin rechistar, porque estabas en tu derecho, aún lo estás, pero eso es una cosa y otra muy diferente es que quieras castigar a Issi por perdonarme.
         —Lo que yo tenga que tratar con mi hija no es asunto tuyo.
         —Seguramente, pero solo hasta que la oigo llorar por teléfono. Ella te quiere y te respeta y por esa razón ha querido venir hasta aquí para hablar contigo, y estuve de acuerdo, aunque sabía lo que ocurriría, y por ahí no paso, no voy a permitir que hagas sufrir a mi mujer, ¿queda claro?, aunque seas su padre, no pienso permitirlo.
         —Claro, se me olvidaba que el derecho de hacerla sufrir lo tienes tú en exclusiva.
         —¡Papá!
         —Muy bien. —Ron se enderezó y barrio el restaurante con los ojos claros entornados, se fijó en que ya lo había reconocido mucha gente, pero ignoró a todo el mundo y se metió las manos en los bolsillos—. Me equivoqué, me porté como un cabrón con ella hace dos años en Killeney y hace unos meses en Suecia, pero a pesar de todo me ha perdonado, me está dando otra oportunidad, somos felices, nos amamos, tenemos dos hijos a los que cuidar, un hogar, y si no eres capaz de entenderlo, no es mi problema.
         —Nosotros nos vamos. Pide la cuenta, Fiona, por favor.
         —No te preocupes, ya pago yo. —Ronan se apartó para dejarlos pasar—, pero huyendo de mí o ignorándome no solucionas nada, sigo siendo el marido de tu hija, el padre de tus nietos y porque no me dirijas la palabra no me harás desaparecer.
         —Lamentablemente.
         —Madre de Dios. —Sonrió a Fiona que le tocó el brazo como despedida y luego se volvió para mirar a Issi—. Princesa...
         —Está bien, está bien —dijo ella limpiándose los lagrimones muy nerviosa.
         —No podía callarme más, siento si...
         —No, está bien, tienes derecho a decir lo que has dicho. No hay nada que reprochar.
         —Voy a pagar. —Se movió hacia la salida, pero ella lo sujetó de la manga y lo detuvo para abrazarlo muy fuerte.
         —Te quiero.
         —Yo también te quiero, princesa, y ahora, larguémonos de aquí antes de que a alguien se le ocurra pedirme un autógrafo.



 Capítulo 47

 

 

          
         Hiciera lo que hiciera, los hombres de su vida se empeñaban en no converger, al mismo tiempo, en su existencia. Así de claro, pensó, mirando de reojo a Ronan, que guapísimo vestido con ese elegante traje negro hecho a medida, la camisa blanca inmaculada y la corbata sin atar alrededor del cuello, no paraba de hablar por teléfono mientras un coche los llevaba por las atestadas calles de Londres camino del Victoria&Albert Museum. Si estaba bien con su marido, perdía a su padre, y si quería mantener la amistad de Michael, debía renunciar a la de Ralph, y así sucesivamente, solo esperaba que cuando Jamie y Alex crecieran, ese modelo no se aplicara con ellos ni de lejos, o entonces todo se convertiría en una verdadera tortura.
         Respiró hondo y se acarició la falda de seda, llevaba un vestido de alta costura, palabra de honor, negro, que le había costado una pelea monumental con Ron antes de salir de casa porque a él le parecía excesivamente ceñido, aunque su estilista, Shannon, había intercedido y al final había conseguido salir muy elegante, con una sencillez abrumadora, según la misma Shannon ante la mirada ceñuda de Ronan. Sacó el espejo y repasó el maquillaje, los labios rojos, y el pelo, que recto sobre los hombros, suelto y ligeramente ondulado, otorgaba bastante naturalidad al conjunto, no lo podía negar.
         Era raro arreglarse tanto, pero la ocasión lo requería y de repente recordó su primera alfombra roja al lado de Ronan Molhoney, una entrega de premios, cuando solo tenía dieciocho años y llevaban dos meses saliendo juntos. Bajar de aquella limusina de su mano, y caminar el estrecho tramo de alfombra que los llevaba a la puerta del Hyde Park Hotel, casi le cuesta un infarto, pero se había mantenido firme, incluso cuando él se detuvo y la besó delante de las cientos de cámaras que los cercaban. Al día siguiente ese beso llenó las portadas de muchas revistas y oficializó su noviazgo con una de las estrellas de la música más fulgurantes del Reino Unido e Irlanda y le dio, además, un regalito extra; las críticas que se habían cebado con la sencillez de su vestido y su ausencia casi total de maquillaje. Las expertas en moda alabaron su belleza natural, pero criticaron su aspecto casi adolescente y carente de sofisticación, y le aconsejaron ponerse en manos de una estilista profesional. Habían sido un poco crueles pero tenían razón, porque se había comprado un vestididto de cocktail en las rebajas de una de sus tiendas favoritas, negándose a aceptar que Ron le regalara ni un pendiente para ese día, y al final había errado. Después de aquello intentó evitar ese tipo de eventos, y cuando no le quedaba más remedio que asistir, se ponía en manos de Shannon O’Shea, la estilista de su marido desde hacía quince años, que conocía su estilo y respetaba sus deseos y siempre, o casi siempre, acertaba.
         —¿Vamos? —Ronan la miró y tiró de la corbata—. No quiero llevar esto, ¿te importa? —Ella negó con la cabeza cada vez más nerviosa y dio un respingo al notar que un portero les abría la puerta del coche casi en marcha. No era la primera vez que llegaba en loor de multitudes a un sitio así, pero jamás lograría acostumbrarse—. Dame la mano, yo te protegeré, princesa... —Sonrió y le guiñó un ojo—. Vamos.
         —Vamos allá.
         Puso pie en tierra y los gritos estallaron, miles de chicas coreaban el nombre de Ronan mientras los reporteros los cegaban con los flashes, un jefe de protocolo les indicó que se detuvieran en una marca de la alfombra roja y Ron la agarró con fuerza por las caderas, sonriendo hacia el resplandor de las cámaras que los cegó de forma instantánea, y entonces, se dispararon las preguntas a gritos, que ninguno de los dos atinaba a contestar. Todo se resumía en que era su primera aparición pública tras la reconciliación y las cuestiones iban de lo mismo de siempre: ¿estás embarazada?, ¿vais a tener más hijos?, ¿os vais a vivir a Irlanda?, ¿cómo están vuestros niños?, ¿es verdad que te retiras, Eloisse?, y un largo etcétera hasta que una voz chillona de mujer, la obligó a parpadear e intentar localizarla en medio de la marabunta.
         —¿Es verdad que mantuviste un romance secreto con Cillian Sheenan, Eloisse?, ¿Es verdad, Issi?
         Recorrió con los ojos al grupo de reporteros y la vio, o creyó verla, a Emma Capshaw en persona, haciendo una y otra vez la misma pregunta con una extraña sonrisa en la boca. Issi miró a Ronan y él le dio un beso en la frente antes de sacarla con prisas de alli. Entraron al hall del museo donde había muchísima gente conocida y se dedicaron a saludar y a recibir paravienes sin que él manifestara haber visto a esa mujer o haber oído la malintencionada pregunta, era un alivio, así que suspiró, decidiendo olvidarse al instante de Emma, observando con una enorme y orgullosa sonrisa, el aspecto siempre arrebatador de su apuesto y encantador marido.
         —Hola —saludó Michael acercándose a ellos. Admiró a Issi de arriba abajo antes de darle un beso en la mejilla— estás insuperable, preciosa, y Molhoney también.
         —Emma Capshaw está allí fuera —susurró ella llevándolo hacia un rincón.
         —¿Qué? No me jodas, que me da mucho miedo.
         —Es cierto, estaba entre la prensa, muy elegante de azul, con el pelo rubio, y haciéndome preguntas sobre Cillian Sheenan, ¿puedes creértelo? Y es muy curioso porque esta misma mañana Liam Galway nos llamó para advertirnos que ella me había amenazado delante de él, ¿no sabes nada?
         —¿Te acuerdas del broche en forma de bailarina que Liam te regaló en Navidad y que tú le devolviste? —Ella asintió—. Emma lo robó y la última vez que se vieron, se lo enseñó, y lo rompió delante de sus ojos, con cara de asesina.
         —Bueno, pero...
         —No, Issi, esa tía es siniestra y me preocupa que ande por aquí.
         —Yo no le haría ningún caso, y seguramente no la dejarán entrar, la prensa se queda fuera hasta que acabe la entrada de los invitados y luego se marchan.
         —Dios te oiga... —Michael miró a Ronan, que charlaba muy animado con una pareja de actores irlandeses que se había encontrado y abrazó a Issi por los hombros—. Molhoney está muy guapo y es la felicidad, se le nota en la cara, increíble el cambiazo que ha dado, igual que tú.
         —Sí, está muy contento. —Ella lo observó y sonrió—. Se va a tomar seis meses sabáticos a partir de diciembre.
         —¿Y tú?
         —Yo tengo que hablar con George, con Liz de vuelta se me facilitan las cosas.
         —Issi, Issi, Issi... —Se acercó y le besó la cabeza—. Te miro y me parece un milagro verte así de radiante, cómo demonios lo consigues, ¿eh? ¿Perdonar, olvidar, superar...?
         —Ronan es la persona más generosa del mundo, tiene ese corazón tan enorme... que es imposible no perdonarlo y... —Se apartó para mirarlo a los ojos—. Todo se puede superar.
         —Si sois vosotros dos sí.
         —No, cariño, si se quiere, todos podemos, pero algún esfuerzo habrá que hacer.
         —Yo no contaría con eso, no en mi caso.
         —Princesa... —Sintió las manos de Ronan en las caderas y luego deslizándose hacia su trasero para abrazarla muy fuerte—. Tengo hambre, ¿habrá algo de comer por ahí?
         —Te llevo si dejas de tocarme el culo.
         —Tú elegiste este vestido, ahora atente a las consecuencias.
         Michael se echó a reír y los siguió camino del interior del museo donde estaba instalado el enorme buffet y las mesas primorosamente decoradas. Había muchísima gente, todos los compañeros de la compañía, famosos, celebritys, políticos, los miembros del Patronato, amigos y familiares, tanta gente que Emma Capshaw no tuvo ningún problema para colarse dentro sin que nadie reparara en ella. Había esperado a que Liam Galway y Amanda Heines aparecieran entre aplausos y del brazo en la entrada principal, y se había escurrido hacia la zona vip con discreción, había traspasado un cordón de terciopelo rojo que separaba a la prensa de los invitados y en dos minutos estaba en el vestíbulo observando a Eloisse Molhoney y a Michael Fisher hablando en un rincón casi en susurros. A unos pasos a su derecha el espectacular Ronan Molhoney, guapísimo y muy sonriente, charlaba con Sean Lynch y su mujer sin perder de vista a Issi, con esos ojazos celestes maravillosos, que bailaban cada dos por tres hacia el ceñido vestido negro de su mujer.
         Esperó a que ellos también entraran en el salón principal, se arregló el pelo y se fue a buscar a Liam, necesitaba hablar con él, aunque debía tener cuidado y esperar a que estuviera solo, sin la zorra de su ex. Los encontró casi enseguida y se ocultó detrás de una escultura con una copa de champagne en la mano a esperar, con paciencia, hasta que Amanda decidiera ir al servicio, y lo hizo, claro. Entonces se movió y la siguió con paso firme hacia los lavabos.
         —Amanda...
         —¿Qué? —La actriz se giró y se encontró con esa mujer encima, dio un paso atrás, pero ya era tarde. Emma sacó el spray antivioladores y lo pulverizó sobre su nariz. Amanda trastabilló, afixiada, y se dio contra la puerta del lavabo, perdió el equilibrio intentando agarrarse a la pared pero no pudo. Emma Capshaw entonces, y con una parsimonia casi profesional, sacó una pistola de su bolso, la levantó y le incrustó la empuñadora en la sien. Amanda Heines cayó como un saco de patatas al suelo. Emma la agarró de un brazo y la empujó dentro de una de las cabinas del cuarto de baño, cerró la puerta y colgó un cartel de averiado que llevaba oportunamente preparado, se detuvo un segundo ante el espejo, se arregló un poco y, sonriendo, salió al pasillo y se fue en busca del amor de su vida.



 Capítulo 48

 

 

          
         A Ralph Smithson lo habían invitado a la maldita fiesta porque él era Amigo del Ballet, colaboraba económicamente en lo que podía con el Patronato de la compañía y, además, amistades como los Molhoney o Liam Galway estarían allí, así que tenía todo el derecho del mundo de acudir, aunque tal vez a Michael su presencia le sentara fatal, no le importaba, estaba en todo su derecho de presentarse en el Victoria&Albert Museum, y si habían roto, como personas civilizadas, no podían seguir evitándose como a la peste el resto de sus vidas.
         Se bajó del taxi de punta en blanco, especialmente elegante, y entró a la recepción cuando la alfombra roja y la prensa ya se habían dispersado, enseñó su invitación en la entrada, traspasó los controles de seguridad y se encontró de pronto en un vestíbulo rodeado de mucha gente a la que apenas conocía, se maldijo por no haber llevado acompañante, porque lo más probable era que Mike estuviera del brazo de algún musculoso y joven querubín de esmoquin, y a punto estuvo de recular, darse la vuelta y regresar a casa como un cobarde, pero al barrer el salón con la mirada, de pronto, por su izquierda, vio una figura conocida entrando desde un patio interior: Ronan Molhoney en persona apagando en ese momento el teléfono móvil.
         —Ronan, ¿qué hay?
         —¡Ralph! —Ron, que era la viva imagen de la felicidad últimamente, le palmoteó la espalda encantado de verlo—. ¿Qué haces, tío?, ¿dónde estabas?
         —Acabo de llegar, ¿y tú?
         —Fumando allí fuera y hablando con Aurora. Por cierto, ayer me llamó un chico de tu oficina.
         —Oh, sí, Larry Mills, le pedí que te informara sobre aquel paquete de acciones, espero que no te importara que le diera tu teléfono, pero estaba en Ginebra y...
         —No pasa nada, lo cerramos esta mañana, gracias.
         —Me alegro, ¿y dónde está tu preciosa media naranja?
         —Hace cinco minutos andaba buscando a George Stathman.
         —¿Ya ha tomado una decisión?
         —¿Te lo ha contado? —Ralph asintió—. Tiene una oferta en firme del Ballet de Dublín.
         —¿Pero para la dirección artística?
         —Sí, no quiere seguir bailando, pero en fin... No pienso opinar, si por mi fuera, nos encerraríamos en Killeney hasta el final de los tiempos, como una familia de ermitaños, lejos del mundo entero y solo saldría para jugar al golf.
         —Es un buen plan. —Llegaron juntos al enorme salón repleto de gente y Ralph buscó con los ojos a Issi. La localizó enseguida, porque ella siempre parecía brillar en medio de la gente, y esa noche más, con un vestido palabra de honor negro que le sentaba de maravilla, pensó en advertir a Ronan de donde estaba su mujer, pero la visión de Michael abrazándola por los hombros lo paralizó. Desde Ibiza no habían vuelto a verse y verlo allí casi le provoca un infarto—. ¿Sabes qué Ron? Ahora vuelvo.
         —¿Adónde vas?
         —Al cuarto de baño, ahora vuelvo.
         Dejó a Ronan avanzando hacia ellos y se topó en el pasillo con una mujer rubia que lo empujó para entrar en uno de los salones, se giró para recriminarle su falta de educación, y su aspecto le recordó a alguien, pero no hizo mucho caso, demasiado alterado por Mike como para pensar con claridad, pasó del tema y llegó al cuarto de baño de caballeros, entró respirando hondo, y se inclinó delante del grifo para lavarse la cara con agua fría.
          
          
         Liam Galway vio a Ralph llegar junto a Ronan Molhoney y cualquier intento de acercamiento se frenó en seco. No soportaba a ese tipo, y aunque en las últimas semanas habían hablado dos veces por el tema Emma Capshaw, sus amenazas y sus futuras declaraciones en la prensa, prefería mantener las distancias, ambos lo preferían, seguro, así que se limitó a seguir charlando con George Stathman y su pareja, atento a los movimientos del cantante que, muy sonriente, se había pegado otra vez a Eloisse para morderle los hombros desnudos y el cuello. Era inconcebible que un tipo de su edad se comportara como un adolescente en celo con su mujer, siempre tocándola, besándola, incapaz de mantener las manos quietas, era bastante inadecuado, pensó, con un claro pinchazo de celos en el centro del pecho, y trató de dejar espiarlos, pero era casi imposible.
         Tragó saliva mirando a George, que parloteaba sobre el coche nuevo que acababa de encargar a Italia, y por el rabillo del ojo vislumbó a Eloisse girándose para besar a su marido en los labios, susurrarle algo al oído y luego separarse de él para caminar directo hacia ellos. Se le tensaron los músculos del cuello y se acordó de Amanda, que hacía siglos había desaparecido de su lado.
         —Hola, ¿os puedo robar a mi jefe un ratito? —saludó Eloisse y Liam le sonrió admirando lo guapa que estaba con el pelo suelto y los labios pintados de rojo, era preciosa e involuntariamente le miró el vientre liso, preguntándose si sería verdad la noticia aparecida en la prensa esa mañana de que estaba embarazada, otra vez—. Por favor.
         —Ma petite, no quiero hablar contigo.
         —No puedes seguir huyendo de mí, llevo una semana detrás de ti, venga George, solo será un minuto.
         —¿Ahora?
         —Sí, por favor. —Lo agarró del brazo y le dio un beso en la mejilla, Randall, el novio de George, lo empujó para que se fuera y Eloisse consiguió llevárselo hacia una de las mesas laterales, lejos de todo el ruido, mientras su marido se reía a carcajadas en ese momento con Michael Fisher y un grupo de amigos a varios metros de distancia, era evidente que estaba feliz y Liam movió la cabeza preguntándose qué demonios tenía ese tipo para conseguir que ella siempre lo perdonara.
         —Nos invitarás al estreno de tu película, ¿no, Liam?
         —¿Cómo dices? Claro Randall, por supuesto, seréis los primeros en la lista.
         —Me encanta Cillian Sheehan, tiene mucho talento, creo que es de los mejores actores de su generación.
         —Estoy completamente de acuerdo.
         —¡Liam! —Michael lo agarró del brazo—. Tío, necesito hablar contigo, me han dado la excedencia, así que podré colaborar con lo tuyo.
         —Perfecto, estupendo... —se despidieron de Randall, que se acercó al bufé para servirse un par de trozos de tarta, y se fueron hacia una ventana para charlar. De repente se había puesto a llover muy fuerte, como siempre, y los dos observaron el agua caer a raudales sobre la terraza antes de seguir hablando.
         —¿Liam?
         —¿Qué? ¿Qué cojones haces tú aquí? —Liam Galway, que rara vez blasfemaba en público, miró a Emma Capshaw de arriba abajo y dio un paso atrás—. Llamaré a la policía.
         —Solo necesitamos hablar, ¿podemos salir un minuto a la terraza?
         —¡¿Qué?! —Miró a Michael primero, que estaba blanco como un papel y luego a esa mujer que iba vestida con un llamativo vestido azul, idéntico a uno que Amanda se había comprado en París, y se acordó de ella—. ¿Dónde está Amy, Mike?, ¿puedes localizarla por favor?
         —Estaba en el baño —dijo Emma sonriendo y acariciando su bolso—. ¿podemos hablar?, solo será un minuto.
         —No, y llamaré ahora mismo a la policía, tienes una orden de alejamiento, no puedes acercarte a mí a menos de quinientos metros.
         —Seamos civilizados, siempre hemos podido arreglar nuestras cosas...
         —¿Nuestras cosas? Jamás ha habido «nuestras cosas».
         —No sigas hablando con ella, Liam —Michael lo agarró del brazo intentando ignorar la cara siniestra de esa mujer y lo empujó hacia la salida—. Vamos.
         —No te metas, Mike, no va contigo. Esto es entre Liam y yo, vete de aquí y déjanos en paz. ¡Ahora, joder!
         —No, ya está bien —Liam buscó el teléfono móvil con la clara intención de llamar a la policía y entonces ella retrocedió unos pasos y metió la mano dentro de su bolso.
          
          
         —¿Estás preñada?
         —No, George, te lo he dicho esta mañana.
         —Vale, pues habla. —La miró entornando los ojos y Eloisse le sonrió.
         —Tengo una oferta en firme para ejercer de asesora artística en Dublín, ya sabes que es una compañía relativamente pequeña y podré colaborar en muchos ámbitos, incluso en la escuela...
         —¿Y bailar?
         —No quiero seguir bailando de forma regular, salvo con vosotros, si me dejas seguir vinculada a la compañía en proyectos puntuales.
         —¿Quieres volver a Irlanda?, ¿en serio?
         —Me gusta vivir en Killeney, y al fin hemos conseguido plaza para los niños en el colegio de nuestros sueños.
         —¿Quién os iba a negar una plaza?
         —¿Y qué opinas, George? Con Lizzy en Londres se te complican bastante los papeles protagonistas y estoy dispuesta a devolverle el puesto y seguir a otro ritmo.
         —Ese puesto siempre fue tuyo.
         —Bien, sea como sea, podemos organizarnos de otra manera, no quiero dejar del todo el trabajo, pero necesito reorganizarme, si me apoyas...
         —¡Mierda! ¿Qué coño es eso?
         George se levantó de un salto y Eloisse hizo lo mismo viendo como la gente se dispesaba y huía despavorida entre gritos. Buscó a Ronan con los ojos y vio que avanzaba hacia Liam y Michael, que en ese momento estaban con las manos en alto delante de una mujer. No podían verle la cara, pero sí su mano firme empuñando un arma.
         —Vale, perfecto, Emma, vayamos donde tú quieras, ¿quieres ir a tomar algo?, ¿a cenar a otro sitio?, salgamos de aquí —susurró Liam intentando parecer sereno.
         —Ahora ya no, te lo pedí con educación y no quisiste, ahora ya no.
         —Es que me has sorprendido, eso es todo. ¿Cómo estás? Estás muy guapa de azul, ¿verdad, Mike?
         —Preciosa —contestó levantando la vista hacia el salón. La gente había desaparecido, solo quedaban dos guardias de seguridad y Molhoney, que observaba la escena ceñudo y demasiado cerca, localizó a George y a Issi y rogó al cielo que ella saliera de allí o empeorarían las cosas.
         —Si fuera ella seguro que me querrías, ¿verdad? Pero ella no te quiere, quiere a su marido, ¿lo sabes? —Emma dio un paso hacia delante y sintió un poder extraordinario al verlo aterrado, solo le había pedido hablar, nada más, y la había tratado como a una apestada... —Eloisse Molhoney quiere a su marido.
         —Y a qué viene eso ahora, ¿eh?
         —Ella no te quiere.
         —Lo sé.
         —Y yo te lo daría todo.
         —También lo sé y me siento muy afortunado.
         —Mentiroso, mentiroso y cobarde. ¿Le has dicho a su marido que estás enamorado de su mujer?
         —No estoy enamorado de ella.
         —Ja, ja... —Caminó alrededor de los dos y observó de reojo el salón vacío, oyendo la sirena de la policía que llegaba al museo. Estaba metida en un buen lío, pero no era su culpa, sino de Liam, por no haber querido hablar con ella con normalidad, sin traumas, después de todo lo que habían compartido. Era penoso—. ¿Quieres que lo mate? Puedo dispararle a Molhoney y entonces la tendrías solo para ti, aunque creo que ni de esa forma la conseguirías.
         —Déja a la gente en paz, Emma, esto es entre tú y yo. De hecho, deja que Michael se marche ahora.
         —No sé yo, todos han sido unos cabrones conmigo, así que...
         —Emma —Ralph Smithson, que se encontró con la escena al salir del cuarto de baño, caminó con seguridad y se acercó a ella muy sereno, mirando a Michael de reojo. En caso de crisis alguien debía tomar las riendas, eso lo sabía bien, y él siempre se había llevado bien con esa mujer, así que sin una pizca de miedo se acercó dispuesto a zanjar el asunto—. Te estás metiendo en un gran lío, deja esa pistola, soy abogado, yo te representaré y todo se quedará en un incidente sin importancia.
         —¡Déjame en paz! —Le apuntó a la cara y Ralph levantó las manos.
         —No empeores las cosas, Emma.
         —Voy a matar a tu puto novio, que es un mierda, ¿qué te parece?
         —No, por favor. —Miró a Michael y se le encogió el alma al verlo llorando—. Por favor, no le hagas daño, mírame, mírame, Emma, por favor.
         —¡Deje el arma en el suelo y levante las manos! —La voz de un policía los sobresaltó a todos y Emma Capshaw se echó a reír a carcajadas—. ¡Deje el arma en el suelo!
         —Ya estamos todos. —Giró con la pistola y Liam observó como varios policías vestidos de asalto empezaban a llenar el salón, y como uno tiraba de Eloisse Molhoney y George Stathman hacia los jardines, ella se resistía y protestaba, lógicamente, porque su marido, con las manos en los bolsillos, permanecía quieto, mirando el panorama con los ojos entornados, como midiendo las opciones para intervenir o como si todo aquello no fuera con él—. Señor Molhoney, ¿qué tal? Estás tan bueno que me da pena hacerte daño, ¿sabes? ¿Cómo demonios se puede ser tan guapo? —Ronan ni se inmutó, aunque miró a su espalda para comprobar que Issi ya no estaba allí y luego volvió la vista hacia Emma rascándose la barbilla perezosamente—. Ni siquieras sabes quién soy, ¿no? No te acuerdas de mí, aunque nos han presentado varias veces... Menuda mierda esta panda de cabrones, os lo digo en serio.
         —¡Señorita, deje el arma en el suelo y levante las manos! —repitió el policía y Ron percibió que Ralph Smithson iba a la carga otra vez, con palabras completamente vacías para intentar dominar a aquella loca. Entonces respiró hondo y decidió intervenir. No iba a ser la primera vez que se metía en medio de una pelea, con botellas e incluso con navajas, su experiencia al respecto era larga e intensa, y con tipos bastante más grandes y más duros que aquella mujer.
         —Increíble —susurró y caminó con serenidad hacia Emma Capshaw que acababa de darle la espalda, levantó la mano y le sujetó la muñeca con firmeza. Ella saltó por la sorpresa e intentó debatirse pataleando y gritando, momento en que Liam y Ralph se avalanzaron hacia ellos para sujetarla.
         —¡Soltadla, soltadla! —gritaban los agentes que se les echaron encima para ocuparse de ella, aunque antes de poder sujetarla. Ella se revolvió y disparó sin apuntar, al aire, provocando un tremendo ruido con el disparo, un sonido ensordecedor que paralizó el mundo durante un segundo.
         —Todos bien —se dijeron mirandose los unos a los otros. Observaron a Emma y la vieron en el suelo, inmovilizada por un tipo enorme que le estaba poniendo las esposas, y solo entonces volvieron a respirar.
         —¡Ralph! —Michael Fisher al fin reaccionó y se lanzó a su cuello para abrazarlo y besarlo entre lágrimas. Ronan y Liam se miraron a los ojos y sonrieron.
         —Tenemos a una mujer blanca, de unos cuarenta años, vestida de rojo, herida e inconsciente en uno de los cuartos de baño —gritó un agente desde el pasillo y Liam lo miró con la boca abierta—. Está bien, solo inconsciente, ¿la conoce, señor?
         —Sí, sí, es mi mujer —corrió hacia los servicios y Ronan sintió la mano de alguien en su brazo, se giró y vio a Issi con la cara congestionada por el llanto, despeinada y descalza.
         —¿Estás bien, princesa?
         —¿Cómo se te ocurre? —lo empujó por el pecho—. ¿Estás loco?, ¿no piensas? Tenía una puta pistola, ¿no sabes usar la cabeza?
         —No iba a disparar...
         —¿Y tú cómo lo sabes?, ¿cómo demonios podías saberlo?
         —No sé, instinto, no lo sé... Issi... —estiró la mano para abrazarla pero ella le dio otro puñetazo en el pecho.
         —Una maldita pistola, ¿no pensaste en nada?, ¿en tus hijos? ¡Joder! ¿Y si te hubiese hecho algo?, ¿si te dispara yo que hubiese podido hacer, Ron?, ¿qué hubiese podido hacer...?
         —Princesa... mírame...
         —Si te pasa algo yo me muero.
         —Pero no me hizo nada, ya pasó, ya pasó, ven aquí. —La sujetó por el cuello y la abrazó contra su pecho, ella se echó a llorar aferrándose a su camisa con las dos manos y solo entonces reparó en lo que acababa de pasar. Habían tenido mucha suerte, sí, demasiada suerte—. Ya pasó, mi amor, lo siento, ¿vale? Lo siento mucho.



 Capítulo 49

 

 

          
         Calor. Abrió los ojos y le costó un poco situarse, pero el suave movimiento de las cortinas blancas le recordó enseguida que estaba en Ibiza, en su casa, durmiendo una agradable siesta en medio de un día especialmente ajetreado para la familia. Se estiró y la suavidad del edredón le pareció delicioso bajo sus piernas desnudas. Delicioso. Sonrió y decidió quedarse un ratito más en la cama. Los niños estaban al cuidado de Aurora y Ronan, la casa bajo control, todo en orden y un poco de pereza tampoco le venía mal, nunca se había dejado atrapar por ella y había llegado el momento de probarla, incorporar un poco de caos a su vida, al fin y al cabo estaban de vacaciones.
         Desde su mudanza a Killeney seis meses atrás y con los niños en su nuevo colegio, no tenía tiempo para la pereza o el aburrimiento, combinaba sus millones de actividades diarias con sus compromisos con el cole, participaba en un comité del colegio y colaboraba con las demás madres en todas las actividades que les pedían los profesores, le divertía hacerlo y de paso servía para normalizar su presencia en el centro. Aquello había sido fundamental para integrarse, porque como le había aconsejado su cuñada Patricia, la mejor forma de socializar a Jamie y Alex era incorporarse desde el principio al entorno del colegio, y así había sido. En pocas semanas eran unos más entre sus compañeros y ella charlaba, tomaba café y compartía actividades con muchos de aquellos padres que seguían haciendo verdaderos esfuerzos para no observar a Ronan Molhoney con curiosidad cuando aparecía en la puerta principal para dejar o recoger a los niños. Todos eran muy amables y discretos, realmente simpáticos, y poco a poco se iban olvidando de la llamativa circunstancia de que Ron fuera famoso para pasar a tratarlos como a una familia más.
         Exactamente lo mismo estaba intentando en su nuevo trabajo como asesora artística del Ballet de Dublín. Era consciente de que su formación en el Royal Ballet y sus doce años sobre el escenario del Royal Opera House impresionaba un poco a sus nuevos compañeros, y no quería avasallar a nadie, ni aprovecharse de su pivilegiado status o de su apellido, solo quería colaborar y había empezado por conocer su nuevo entorno poco a poco. No bailaba, pero tenía una taquilla en los camerinos, y de vez en cuando se sumaba a los ensayos de la compañía principal, aunque su mayor ocupación consistía en el asesoramiento artístico, lo que le permitía trabajar con el equipo de producción y colaborar en la escuela de ballet, algo que siempre le había apasionado. De momento no daba clases, pero había ayudado a supervisar las nuevas incorporaciones al cuerpo de baile y acababan de cerrar el programa de otoño. Estaba emocionada y muy feliz de combinar perfectamente el trabajo, por el que cobraba un sueldo simbólico, con su vida familiar, ya que no la obligaba a fichar a diario o a correr todo el día para poder cumplir con una agenda imposible, no, el cambio de registro le ocupaba las mañanas, la mayor parte lo podía hacer desde casa y, lo más valioso para ella, disponía de todas las tardes y las noches libres para dedicarlas exclusivamente a Ronan y a los niños, o a lo que le apeteciera, un verdadero lujo para alguien que llevaba desde los dieciséis años maquillándose y subiéndose a un escenario seis noches a la semana, once meses al año.
         Se había despedido del Royal Opera House en diciembre con La Bella Durmiente, un adiós casi definitivo, aunque en realidad esperaban seguir colaborando en el futuro, lo que le apetecía bastante, más aún cuando Michael Fisher había pasado a formar parte permanente de la producción artística del Royal Ballet hacía solo un par de meses. Al fin George Stathman estaba confiando en él y eso les dejaba las puertas abiertas a ambos para trabajar juntos y no desligarse definitivamente el uno del otro, al menos a nivel profesional, porque a nivel personal seguían estando tan unidos como siempre, hablando a diario por teléfono y viéndose cada vez que podían.
         Tras el terrible incidente en el Victoria&Albert Museum diez meses atrás, Michael y Ralph se habían reconciliado y estaban viviendo juntos de nuevo, pero esta vez en una casita muy coqueta en Chelsea. Ralph abandonó su intención de regresar a Nueva York y Mike, completamente conmocionado por el ataque de Emma Capshaw, decidió reorganizar su vida, acabó la temporada con Eloisse en Covent Garden y empezó con sus pinitos en el cine, de la mano de Liam Galway, que le abrió las puertas a pequeñas colaboraciones que esperaban fueran su camino lento pero seguro hacia el mundo de la actuación. Su vida dio un cambio radical aquella noche imborrable, y mientras Ralph la enterraba en el fondo de su memoria, Michael la asumió como una señal clarísima del amor que los unía, del destino que los hacía inseparables, y decidió concentrarse en él, en su nuevo hogar y en sus nuevas aventuras en el trabajo, que lo bajaron de los escenarios una temporada entera, aunque su talento como coreógrafo brillara esos días en Covent Garden, en la nueva producción protagonizada por Liz, y gracias a la cual estaba cosechando maravillosas críticas de la prensa especializada. Issi no podía estar más orgullosa de él, porque además su vida personal era justamente la que había soñado siempre, y eso era un regalo maravilloso para las personas que los querían, a él y a Ralph, porque se lo merecían todo.
         Por su parte, Liam Galway y Amanda Heines rompieron definitivamente al poco tiempo de dejar Londres. Ni sus deseos por compartir paternidad, ni la experiencia con Emma Capshaw habían conseguido borrar el hecho de que ya no estaban enamorados y que solo eran buenos amigos, lo que les llevó a separarse amigablemente por segunda vez. Liam se dedicó entonces a promocionar su primer largometraje como director, conoció a una guapa actriz italiana con la que estaba empezando a vivir en Nueva York y Amanda, muy feliz, estaba a punto de convertirse en madre de gemelas gracias a un vientre de alquiler, dos buenas noticias que los Molhoney habían conocido de primera mano porque sus relaciones personales habían mejorado considerablemente tras el incidente en el museo. Ronan y Liam habían charlado bastante después de lo ocurrido y este no podía mostrarse más agradecido con él por su valiente intervención con Emma. Una actuación que Ronan seguía sin poder explicar con racionalidad, porque solo había actuado por impulso y por instinto, decía con sinceridad a todo el mundo que lo veía como a un héroe, convencido de que si esa mujer no había disparado en un principio, no lo haría después; mientras a Eloisse el asunto seguía sin hacerle la más mínima gracia.

         Jamás, en toda su vida, recordaba haber pasado tanto miendo. Diez meses después, seguía teniendo pesadillas con la pistola y Ronan delante de ella, y quitándosela a esa mujer, sintiendo otra vez la impotencia de ser inmovilizada por la policía, que los había arrastrado fuera del salón a empujones, aunque había llorado, protestado e insultado a todo el mundo, y viviendo esos minutos eternos casi a ciegas, hasta que sintieron un disparo... la incertidumbre total... y los gritos, las carreras, las ambulancias, los policías, todo había sido como una película de terror y cada vez que lo recordaba se enfadaba otra vez con Ron, que la miraba y se reía a carcajadas sin darle la menor importancia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario