En esta ocasión, ni se molestó en
probar suerte, sino que se dirigió hacia una puertecita de apenas un metro de
altura que daba al sótano, más o menos a mitad
del
edificio. Para alcanzarla tuvo que atravesar a tientas los arbustos de lavanda.
Desde nuestra posición teníamos una buena perspectiva; lo vi tirando de la
puerta, que, tal y como habíamos imaginado, estaba cerrada. Entonces, utilizó
un cincel para intentar abrirla haciendo palanca. De nada sirvió. Y eso que la
puerta parecía bastante endeble: no consistía más que en cuatro tablillas
blancas verticales elevadas a dos travesaños.
Sin embargo, Homer no se dio por
vencido. Iba bien preparado. Hurgó en su bolsa de herramientas otra vez, sacó
un destornillador y empezó a desarmar las bisagras. Al cabo de unos cinco o
seis minutos, agarró con fuerza la puerta y la desencajó suavemente. Sin volver
la vista atrás, coló su cuerpo (que es bastante voluminoso, por cierto) a
través de la abertura.
Ya no podíamos verlo, aunque yo sabía
exactamente lo que estaba haciendo. Tanto Lee como yo nos pusimos tensos: se
acercaba nuestro momento de entrar en acción. Podía imaginar a Homer, ondulando
como un enorme gusano a través de la fría oscuridad de aquel mundo subterráneo.
En cuanto le comenté mi idea, Homer tramó todo un plan, convencido de que
funcionaria. Al fin y al cabo, solo estaría repitiendo una de sus trastadas más
sonadas en el instituto. Ya había tenido un ensayo general.
Tenía que encontrar un punto en el
que pudiera perforar el suelo. El edificio en el que se encontraba,
destartalado y vetado, era bastante idóneo para hacerlo y, por si acaso,
llevaba conmigo un serrucho de punta, un berbiquí y una barrena. Planificamos
la operación con todas las precauciones. No queríamos dejar rastro de nuestra visita,
de ahí el agujero en el suelo. Habría resultado más fácil romper una ventana y
arrojar dentro la bomba confeccionada por Homer. De modo que aguardamos y
observamos, temblando; echamos un vistazo a los relojes, nos miramos los unos a
los otros y volvimos la vista, inquietos, hacia el ambulatorio.
Cuando empezó la acción, lo hizo por
todo lo alto. No habíamos desperdiciado la noche al colarnos en todas las casas
de Barrabool Avenue en busca de pelotas de ping pong. Mientras las envolvía en
papel de aluminio, Homer nos había prometido que el resultado valdría la pena.
Y nosotros, observándolo fascinados, no albergamos duda alguna, sobre todo
después de lo sucedido seis meses atrás, cuando tuvieron que evacuar a todo el
instituto AC Heron. El resultado fue espectacular entonces. Y esta vez no iba a
ser menos. De repente, unos escandalosos pitidos empezaron a llegar desde el
extremo del edificio
donde
Homer se encontraba. Casi de inmediato, trasportados por la brisa de aquella
clara noche, resonaron una serie de avisos, en inglés y a tal volumen que hasta
nosotros podíamos oírlos. Parecían venir de todos los rincones del hospital:
creo que se trataba de mensajes grabados y reproducidos de forma automática. El
primero decía «Código dos, código dos, código dos», y se repetía cada quince o
vente segundos. Al cabo de un minuto más o menos se oyó el siguiente mensaje.:
«Zona cuatro, zona cuatro, zona cuatro». Y después: «Nivel tres. Nivel tres».
Para entonces, el hospital ya estaba cobrando vida. Las luces empezaron a
iluminar todos los rincones y oímos gritos. Sonó una segunda serie de anuncios;
creo que era idéntica a la anterior, pero para entonces yo ya había dejado de
prestar atención. Había empezado a avanzar sigilosamente con Lee, preparados
para cuando llegara nuestro momento. No había rastro del humo que tenia que
estar saliendo del extremo del ambulatorio, pero las personas que emergían de
las habitaciones se encaminaban todas en aquella dirección. Vimos a dos
soldados corriendo, unos cuantos hombres y mujeres de paisano, una mujer con
uniforme de enfermera y tres o cuatro personas en pijama. No llegaba a verles
la cara, con lo cual me era imposible saber si eran de nuestro bando o no. Pero
fue todo un fiestón tratándose de un hospital…
No queríamos lastimar a ninguno de
los pacientes. La bomba fumígena de Homer no podía provocar ningún incendio, y
confiábamos en que el personal no llegara a evacuar a los pacientes. Contábamos
con que el centro estaría equipado con un sistema de detección de incendios aún
operativo, y con que el humo lo activaría. En realidad era casi una apuesta
segura. Y el personal reaccionó tal y como esperábamos, corriendo hacia el
lugar del siniestro. Y fueron dejando las puertas abiertas a su paso.
No disponíamos de mucho tiempo. Por
el rabillo del ojo distinguí a Fi y a Chris, que avanzaban rápido hacia la
puerta que daba a las habitaciones comunes. Lee y yo, por nuestra parte,
debíamos dirigirnos hacia el ala reservada a la gente mayor, que quedaba en la
línea más larga del edificio en forma de «T». Una sola persona había salido de
allí, un o una soldado, que cerró la puerta con tanta fuerza que esta rebotó y
volvió a abrirse sola.
Me puse en marcha, con Lee un paso
detrás de mí. Esperaba que pudiésemos colarnos en el aparcamiento sin que nadie
nos viera, pero una vez entramos en aquel desierto desnudo y oscuro, me di
cuenta de que nuestra única oportunidad dependía de la rapidez. Agaché la cabeza
y aceleré, rezando para que los pasos que oía detrás de mí fueran los de Lee.
Sentía la brisa de la noche fresca contra la cara; mucho más helado era el
escalofrío que desde la nuca me recorría la espalda: el miedo a que me cosieran
a balazos. Llegué a la puerta, resoplando y jadeando, y agradecida por seguir
viva.
El tiempo apremiaba. Lo único que
pude hacer fue asomar la cabeza por la cabeza por la puerta y mirar a izquierda
y derecha. El deslustrado pasillo de madera estaba desierto, de modo que entré,
confiando en que Lee me seguiría. No solo lo hizo, sino que estaba tan cerca
que podía sentir su aliento en las orejas.
Aunque el pasillo estuviese vacío,
uno podía intuir que el edificio estaba atestado de gente. Sigo sin saber bien
por qué. Quizá por los ruiditos, crujidos y rumores que nos rodeaban. O tal vez
por el rastro de olores corporales, de alientos. O por ese calor húmedo y
denso, que ningún calefactor ni chimenea podría generar nunca. En definitiva,
supe en el acto que había gente por todos lados, detrás de todas aquellas
puertas cerradas que recorrían el pasillo. Tomé la decisión repentina de girar
a la derecha, sin motivo aparente. Lo hice sin más. Avanzaba a paso rápido a lo
largo de aquella sección, intentando decantarme por una puerta u otra. Cómo
deseé poder tener una visión de rayos X. Pasamos junto a una puerta abierta que
daba a una pequeña cocina; estaba vacía y sumida en las tinieblas. La
habitación contigua lucía la señal «B7». No se advertía luz por debajo de la
puerta. Me detuve, me volví hacia Lee y, enarcando ambas cejas, apunté a la
puerta con la cabeza. Él se encogió de hombros y asintió. Yo aspiré una
profunda bocanada de aire, hice acopio de valor, me aferré al pomo, lo giré y
abrí la puerta.
El interior estaba a oscuras. Las
cortinas estaban echadas, lo que contribuía a la falta de luz. Aun así, otra
vez intuí que la habitación estaba llena de gente. Se me antojó muy pequeña,
pero abarrotada. Podía distinguir no pocas respiraciones pesadas, unas lentas y
profundas, otras temblorosas y prolongadas. Me quedé inmóvil, intentado
acostumbrarme a la oscuridad, sin atreverme a hablar. Pero Lee me dio un
golpecito en el hombro y lo seguí de vuelta hacia el pasillo.
—Nos la estamos jugando —dijo.
Estaba empapado en sudor. Oímos un
ruido detrás en el pasillo y nos dimos la vuelta. La puerta que daba al
aparcamiento se estaba abriendo de nuevo. Ya no quedaba otra opción. Salimos
disparados hacia la puerta más cercana, la B8. Procuré abrirla sin hacer ruido,
pero no había
tiempo para andarse con sutilezas. Ambos irrumpimos a la vez en la habitación,
armando bastante alboroto. Lee cerró deprisa de puerta y, acto seguido, una voz
preguntó con tono agresivo:
—¿Quiénes sois?
Sentí un alivio tremendo al oír mi
idioma. Era una voz de mujer, bastante joven, de unos veinticinco o treinta
años tal vez.
—Estamos buscando a un amigo —me
apresuré a decir.
Aquella era la primera conversación
que mantenía con un adulto desde la invasión.
—¿Quiénes sois? —repitió.
Yo dudé un momento y opté por ser
sincera.
—Creo que no nos conviene decirlo.
Cayó el silencio. Entonces, con un
tono de voz tembloroso por la emoción, ella prosiguió:
—¿Me estás diciendo que no sois
prisioneros?
—Eso es.
—¡Esta sí que es buena! Pensaba que
no quedaba nadie ahí fuera.
—¿Estamos a salvo aquí dentro?
—preguntó Lee.
—¿Cuántos sois?
—Solo dos —contesté yo.
—Bueno, lo estaréis hasta mañana.
Siento haberos recibido así al entrar, pero por aquí nunca se sabe. A veces el
ataque es la mejor defensa. Aquí al lado está la vieja señora Simpson, en una
cama como Dios manda; por desgracia, es la única que la tiene… Meteos debajo y
si alguien enciende la luz, no os descubrirá. Dios mío, no me lo puedo creer.
Avanzamos a tientas hasta la cama y
nos arrastramos debajo. La señora Simpson olía bastante mal, pero intentamos no
hacer demasiado caso.
—¿Qué está pasando? —pregunté a la
mujer—. ¿Quién eres? ¿Quién más hay aquí?
—Me llamo Nell Ford. Trabajaba en la
peluquería. Mi marido, Stewart, trabajaba
para Jack Culvenor. Nos estábamos haciendo esa casa de ladrillo en Sherlock
Road, pasado el aparcamiento de camiones.
—¿Estás ingresada?
—Pues sí. Dios mío, tienes que estar
muy mal para que te ingresen. Pero saldré mañana o pasado. De vuelta al
reciento ferial.
—Entonces, ¿todos los pacientes son
prisioneros?
—En este edificio, sí. Nos han metido
a todos aquí, como sardinas. Reservan las mejores habitaciones para los suyos,
las del pabellón principal.
—¿Tenéis enfermeras o médicos que os
atiendan?
Ella soltó una risa amarga.
—Tenemos una enfermera. Phyllis de
Steiger. ¿La conoces? A los médicos se les permite pasarse de vez en cuando, si
no tienen saldados a los que atender. Si te llegan a vez media hora cada dos días,
puedes darte por satisfecha. Total, que tenemos que apañárnoslas solos. Es muy
duro.
—¿Cuánta gente hay en esta
habitación?
—Siete. Es un verdadero foco de
infecciones. En fin… Y vosotros, ¿qué hacéis aquí? ¿Dices que estáis buscando a
alguien?
Bajo la polvorienta cama, junto a
Lee, y hablando entre susurros, me había puesto tensa, con los puños tan
cerrados que las uñas se me clavaban en la palma.
—¿Conoces a Corrie Mackenzie?
—pregunté—. ¿Y a Kevin Holmes?
—Anda. Estabais con ellos, ¿verdad?
—dijo—. Claro, ya me cuadra todo. Ya sé quiénes sois. Vosotros sois los que
volasteis el puente.
Yo estaba sudando a mares. No me
imaginaba que fuéramos tan famosos. No contesté nada, y Nell se rió.
—No te preocupes —dijo—. No soy una
chivata. Bueno, supongo que querréis saber cómo están vuestros amigos.
—Por favor —susurré.
—Kevin ya está mejor. Ha vuelto al
recinto ferial. En cuanto a Corrie, la pobre.
Se
quedó callada. Yo sentí en el pecho un peso infernal, insoportable. Mi propio
corazón.
—Verás, bonita…
—¿Qué? ¿Qué?
—Pues está bastante tocada, tesoro.
Seguía viva. No podía pensar en otra
cosa.
—¿Dónde está?
—Ah, está aquí. En la segunda
habitación de este pasillo. Pero como ya te he dicho, está muy tocada.
—¿Cómo de tocada?
—Ay, bonita, sigue inconsciente,
¿sabes? Está en coma. Está así desde que llegó. La cosa no pinta muy bien.
—¿Podemos ir a verla?
—Claro que sí. Pero tendréis que
esperar un poco. En principio, los centinelas no tardarán en hacer su ronda. De
noche, solo pasa una patrulla, pero como se ha disparado la alarma de
incendios, puede que se retrasen.
—Hemos sido nosotros —confesó Lee—.
Era el único modo de distraer su atención y colarnos dentro.
—Humm. Dicen que sois unos chicos muy
avispados.
—¿Sabes algo más de Corrie?
Cuéntamelo todo —le rogué.
Nell dejó escapar un suspiro.
—Ay, ojalá pudiera darte buenas
noticias. La verdad es que se portaron fatal con ella. Kevin la llevó
directamente a urgencias y, en un primer momento, permitieron que el médico le
echara un vistazo. En cuanto se dieron cuenta que era una herida de bala, las
cosas se complicaron. La encerraron en una habitación y no dejaron que nadie la
viera hasta que los médicos la examinasen. Y aun cuando eso sucedió, pasó una
eternidad hasta que recibió un tratamiento adecuado, y mucho más hasta que la
trasladaron aquí y pudimos hacernos cargo de ella. Los soldados solo se
refieren a ella diciendo «chica mala, chica mala». Puede que estar inconsciente
jugara a su favor, que en el fondo haya sido mejor para ella. Pero la dejaron
allí tirada, pobre niña. Al menos
acabaron
poniéndole un gotero, aunque no parece que esté recuperándose. Hemos hecho todo
lo que ha estado en nuestras manos. Es la única que tiene una habitación para
ella sola, aunque siempre hay alguien junto a su cama. Esta noche le toca a la
señora Slater. Ya la conoces.
Hubo un prolongado silencio. Por
primera vez sentí verdadero odio hacia los soldados. Me revolvía una fuerza tan
malvada y oscura que me asusté. Era como si un vómito negruzco me llenara por
dentro, como si un demonio interior arrojase sus esputos negros en mis
entrañas. Estaba muerta de miedo, todo me asustaba: el odio que sentía, el
estado en el que Corrie se encontraba, los riesgos que Lee y yo estábamos
corriendo.
—¿Sabes algo de nuestras familias?
—preguntó Lee.
Nell soltó una risilla honda.
—Antes tengo que saber quiénes sois
—dijo—. ¿He acertado antes?
Y se lo dijimos. No sabíamos si
fiarnos de ella o no, pero el ansia de saber pudo más que nuestras reservas.
Como toda peluquera que se precie,
Nell lo sabía todo de todos. Mi familia estaba bien, aunque mi padre recibió un
buen culatazo en el estómago el primer día de la invasión. Al parecer, se había
puesto demasiado nervioso; desde entonces, lo habían dejado fuera de combate un
par de veces más por la misma razón. Yo siempre temí que algo así sucediese.
Los granjeros están muy acostumbrados a ser sus propios jefes. No soportan que
nadie les diga lo que tienen que hacer, y esto incluye a sus propias hijas. Apostaba
a que mi padre se puso a echar humo por las orejas en cuanto se dio cuenta de
que unos tipos de otro país pretendían encerrarlo y darle órdenes durante los
próximos años, o tal vez durante el resto de su vida.
La familia de Lee también estaba bien
pero, como la mía, tuvo problemas en un principio. Cuando los soldados
irrumpieron en su restaurante e intentaron sacarlos a la fuerza, se
resistieron. Puede que los trataran incluso peor que ser asiáticos. El caso es
que el padre de Lee acabó con un brazo roto, y de su madre, con los ojos
morados. Al menos sus hermanos pequeños salieron ilesos, aunque muy asustados.
Los allegados de los demás parecían
haber salido también ilesos, excepto el hermano de Homer, George, que se había
abierto la mano mientras cortaba verduras para la comida. Y la hermanita de Fi
estaba sufriendo
graves ataques de asma. La vida en el recinto ferial pintaba horrible. Nell
describió las condiciones de hacinamiento, que el sistema de alcantarillado
estaba colapsado y que la comida solía escasear. El pabellón hípico estaba
provisto de un par de duchas para el uso de los mozos de cuadra, pero el acceso
quedaba terminantemente prohibido, por lo que todos apestaban y se quejaban de
picores. Cualquier corte o arañazo se prestaba a infecciones. Siempre había
alguna epidemia; de hecho, la varicela acababa de tomar el relevo a las
paperas. El abatimiento, el nerviosismo y el agotamiento hacían mella entre los
reclusos. Surgían riñas a cada momento; algunas personas ni se dirigían la
palabra; se habían producido unos cuantos intentos de suicidio; una decena de
personas habían muerto. La mayoría de los fallecidos eran personas mayores que
habían echado a patadas del pabellón de geriatría, pero también había muerto un
bebé y una chica de veinte años, llamada Angela Bates. Fue asesinada, aunque
nadie sabía mucho al respecto; hallaron el cadáver una mañana junto a las
letrinas. Todos estaban convencidos de que los soldados eran los culpables,
pero pedirles explicaciones era una pérdida de tiempo. El asesinato quedó sin
resolver.
También se perpetraron varias
violaciones cuando la gente fue concentrada y conducida al recinto ferial, pero
ninguna desde entonces. Nell explicó que estos soldados eran muy disciplinados,
pero que no dudaban en emprenderla a golpes con cualquiera que desobedeciera
las órdenes. Un tal Spike Faraday, un joven campesino que vivía cerca de
Champion Hill, recibió un disparo en la rodilla por atacar a un soldado. Y
también zurraron a seis personas por intentar escapar; después fueron
trasladados al perímetro de aislamiento del campo. Otro Spike, pero apellidado
Florance, moro de granja, recibió repetidas palizas por no amilanarse y seguir
provocando a los centinelas.
La situación era mucho peor de lo que
pensábamos. Los pocos datos que nos habían dado las cuadrillas formadas por
prisioneros, y las informaciones radiofónicas que hablaban de una invasión
«limpia», nos habían infundido una falsa sensación de optimismo. La situación
parecía deteriorarse. No había nada limpio en todo aquello. Me entraron ganas
de ir a lavarme las manos.
Tendida en un colchón sobre el suelo,
Nell dijo dos cosas que me impactaron mucho. Una, que mucha gente colaboraba
con los soldados. No supe qué pensar cuando oí aquello. De las pocas novelas y
películas bélicas que había leído o visto, había sacado la idea de que los
buenos eran todos unos héroes. O estabas en un bando o estabas en otro —con los
buenos o con los malos— y era así de principio a fin. Nell dijo que algunos les
hacían la pelota a los soldados, unos auténticos lameculos, vamos. Y lo que es
más, algunos hasta ofrecían activamente su ayuda, prestándose a realizar
trabajos o saltando a la palestra para defenderlos. Hasta había quienes pasaban
la noche con ellos…
Lee y yo no podíamos dar crédito.
—¿Por qué? —pregunto Lee—. ¿Por qué
hacen eso?
Nell emitió esa risita amarga a la
que empezaba a acostumbrarme.
—Escucha, tesoro —susurró—. Yo soy
peluquera, y todas las peluqueras somos psicólogas aficionadas. Creemos que
sabemos todo lo que hay que saber sobre la gente, pero en ese recinto ferial he
visto cosas que no habría imaginado ni en un millón de años. ¿Quién sabe lo que
pasa por la mente de esos desgraciados? Algunos actuarán así empujados por el
miedo. Otros, para conseguir comida, cigarrillos o alcohol, o incluso una ducha
y un bote de champú. Y están los que lo hacen por afán de poder, supongo. Otros
son tan borregos que les gusta que los demás les digan que tienen que hacer. No
les importa quién está al mando, siempre que haya alguien. Yo personalmente
creo que son unos pirados. Y las cosas se pondrán peor antes de que veamos
alguna mejora.
Se produjo otro instante de silencio
mientras digeríamos todo aquello. Por mi parte, yo era incapaz de centrarme en
otra cosa que no fuese la palabra «borrego». La gente suele hablar fatal de
ellos, cosa que nuca haría un ganadero. De modo que maticé:
—Te equivocas con los borregos, Nell.
No les gusta recibir órdenes. Y no son tan estúpidos como la gente cree. Tienen
un gran instinto de supervivencia…
—Cállate, Ellie —dijo Lee con voz
cansada.
Qué le voy a hacer si me gustan los
borregos.
Nell pasó al segundo de los temas que
tanto nos impactaron. Nos aseguró que mucha gente —nuestra gente— mostraba
cierto entusiasmo respecto a aquello que los soldados llamaban «colonización».
Es decir, una vez el país estuviera bajo control, nuestros enemigos pretendían
traer a millones de los suyos. Cada familia recibiría su parcela de terrenos
para cultivar y nos utilizarían a nosotros como esclavos para realizar las
tareas más ingratas: esquilar ovejas,
recoger patatas o limpiar casas.
—¿Y por qué querrían que algo así
sucediese? —susurré.
Empezaba a sentirme asustada hasta lo
más profundo de mi ser. De repente, todo parecía tomar un cariz demasiado malo,
demasiado espantoso, sin el mayor rayo de esperanza para nosotros.
—Pues, veras... —dijo Nell. Empezaba
a divagar, y también estaba cansada—. Es que… Si estuvieseis en el recinto
ferial, lo entenderíais. Las condiciones son malísimas, y está atestado de
gente. Lo único que queremos es salir fuera. Respirar aire fresco, poder dar un
paseo. Por esa razón la gente ya se ofrece voluntaria para participar en las
cuadrillas. Cualquier cambio les parece que es para mejor.
Mientras nos decía aquello, los
soldados efectuaron su ronda. Los oímos bastante claramente: no se molestaron
lo más mínimo en ser discretos. Abrieron la puerta de la habitación,
encendieron las luces y las apagaron, apenas un segundo más tarde. Hacía tanto
tiempo que no había estado en una habitación con luz eléctrica que el efecto
fue el mismo que el de un golpe en la cabeza. ¡Qué intensa! Lee y yo nos
pegamos contra el suelo, respirando polvo y oliendo madera rancia.
—No suelen encender las luces
—susurró Nell, una vez se hubieron marchado—. La alarma de incendios que
disparasteis ha debido de ponerlos nerviosos.
Aun así, yo estaba convencida de que
no habían podido identificar la fuente del humo porque, de haberlo hecho,
estarían llevando a cabo una búsqueda mucho más frenética. Homer había llevado
consigo un saco que pensaba echar sobre la bomba fumígena en cuanto
interrumpieran en la habitación que quedaba encima de él. No encontrarían nada
más que una sala llena de humo y ninguna causa aparente. Homer había elegido la
sección de radiología como objetivo porque, con un equipo electrónico tan
aparatoso, no sabrían identificar el origen del incidente.
Oímos las pisadas de los soldados que
se alejaban por el pasillo para reincorporarse a sus puestos. Por fin, llegaba
el momento que tanto había anhelado. Lo anhelaba más que nada. Entonces, ¿por
qué estaba tan aterrada? Supongo que se debía al hecho de ignorar lo que
encontraría en la habitación B10: a mi mejor amiga, mi colega de toda la vida,
Corrie… o a algún tipo de monstruo irreconocible, un vegetal.
—El campo debería estar despejado
ahora —susurró Nell—. Pero llevad mucho
cuidado.
En realidad, ese consejo sobraba: no
iba a salir de allí gritando ni tampoco montar una carrera de camillas por los
pasillos del hospital.
Nos deslizamos desde debajo de la
cama, como culebras emergiendo de las zarzas.
—Buena suerte —dijo Nell.
—Vendremos a verte antes de irnos.
—Muy bien, bonita.
Abrí la puerta con suma cautela y
eché un vistazo fuera. El pasillo estaba desierto y bastante oscuro. Hacía frío
y aquello contrastaba con el denso y cálido olor humano que impregnaba la B8.
Avancé tan sigilosamente como pude por el pasillo, sabiendo que Lee me seguía
de cerca. Sin embargo, en cuanto estuve frente a la puerta de Corrie, no tuve
el valor de abrirla. Desde la invasión, no han sido pocas las veces que me he
visto obligada a hurgar dentro de mí en busca de valor. Y sorprendentemente,
siempre he acabado dando con él, aunque a veces tuviese que rebuscar hasta el
fondo, aunque a veces quedara poquito del que echar mano.
Y ahora, me encontraba con la cabeza
apoyada contra la puerta, sin fuerzas. Actuar de ese modo no fue nada sensato.
No era como ir por ahí gritando o hacer carreras en sillas de ruedas, pero
casi. Lee me rodeó con el brazo, y yo me volví hacia él y hundí la cabeza en su
pecho. No derramé ni una lágrima, pero agradecí su fuerte abrazo y su
silenciosa comprensión. Lee parecía encerrar en su interior un lugar que no
creía que yo poseyera. Tal vez de allí manara su música. Fuese lo que fuese,
conecté con aquel lugar durante unos pocos segundos y recobré algo de fuerzas.
Fue como una transfusión de sangre.
—¿Quieres entrar tú primero?
—pregunté, apartando la cabeza de su cálido pecho.
Eso hizo: me soltó, giró el pomo de
la puerta y la abrió. Entró y sujetó la puerta para que yo pudiese entrar,
adentrarme en las tinieblas. Una asustada voz exclamó:
—¿Quién anda ahí?
Por un momento, pensé que era Corrie
y se me cortó la respiración. Imaginé que se trataba de su fantasma o de un
milagro, que Corrie había
salido de repente de su letargo para hablarnos. Entonces me acordé de la señora
Slater.
—Señora Slater, soy yo, Ellie. Y Lee
también está aquí.
—¡Oh! ¡Ellie! ¡Lee! —Se levantó de un
brinco, tirando algo al suelo sin querer.
Conocíamos muy bien a la señora
Slater. Era una de esas personas capaz de convertir días de veinticuatro horas
en días de treinta y dos. Su marido había muerto en un accidente de tractor
años atrás, y desde entonces ella se había encargado de la granja, de educar a
sus hijos, de escribir dos libros de jardinería, de aprender caligrafía y
bordado, y de cursar la mitad de una carrera de Humanidades en la universidad a
distancia. Incluso había encontrado tiempo para echar una mano en el comedor
del colegio, donde su hijo menor, Jason, estaba en décimo curso.
Una vez me dijo: «Hay dos tipos de
personas en el mundo, Ellie. Los que se sientan a ver la tele y los que se
remangan y hacen las cosas».
Me obsequió con el más largo de los
abrazos que había recibido nunca, y por fin me eché a llorar. Había pasado
muchísimo tiempo desde la última lágrima. Pero era el primer adulto conocido
que veía, el primero en abrazarme, en vincularme con mi añorado y feliz mundo.
Y también con mis padres, dado que la señora Slater era muy amiga de mi madre.
—Ay, Ellie —dijo—. Pobre niña. Y qué
mal hueles.
—¡Señora Slater! —Me había hecho
reír, y le di un golpecito en el pecho en señal de protesta. Acto seguido,
abrazó a Lee.
Supongo que llevábamos tanto tiempo
juntos que no nos dábamos cuenta de lo mal que olíamos. En general nos
lavábamos en el arroyo, pero la temperatura del agua había bajado con el paso
de los días y últimamente nos bañábamos poco en él.
—No te preocupes —dijo—. Todos huelen
peor en el recinto ferial. Mucho peor. Pero los pacientes tenemos derecho a una
ducha cada dos días, y nos acostumbramos rápido a la limpieza.
Ya no la estaba escuchando. Me había
vuelto hacia la cama, donde Corrie yacía en silencio. La única luz de la
habitación procedía del aparcamiento y se filtraba por las ventanas. Podían
distinguirse las zonas de cristal que la condensación había empañado. La habitación
en sí era lúgubre, como en una iglesia a última hora de la tarde, antes de que
enciendan las luces. Los objetos que resaltan eran o bien muy oscuros o bien
muy claros: una puerta de armario asomaba como una cicatriz negra en la pared,
la mesita de noche, más reluciente, parecía una blanca y benévola figura
inclinada hacia la cama de Corrie; la sábana que cubría a mi amiga resplandecía
con una plácida luminosidad. Su cabeza sobre la almohada era como un pequeño
parche negro, una piedra redonda, inmóvil. No podía distinguir sus rasgos.
Intenté localizar los ojos, la nariz, la boca. Y al no discernirlos, ese parche
negro empezó de repente a asustarme, como si no fuera humano, como si nada
tuviera que ver con Corrie. La examiné una y otra vez, intentando reprimir el
miedo en el estómago para que no se abriera camino por mi garganta y emergiera
de mis labios. ¿Era eso su boca o solo una sombra? ¿Eran esos sus ojos o puntos
negros, ilusiones ópticas? Ya no tenía constancia de la presencia de Lee ni de
la señora Slater. No solo ya no se encontraban en la habitación, sino que
habían dejado de existir. Allí no había nadie más que yo y aquella silueta de
la cama. Di tres pasitos hacia ella, muy despacio. Y, de repente, desde aquel
nuevo ángulo, con aquel nuevo contraste de la luz que caía sobre la cama, volví
a encontrar a Corrie. Allí estaba: su piel suave, su cara rechoncha, sus ojos
cerrados. Mi boca se entreabrió, de sorpresa. Lo que veía ni se parecía a mi
amiga de toda la vida, ni a la Corrie nacida de mis peores fantasías. No se la
veía demacrada, deteriorada ni amoratada, pero tampoco parecía feliz, animada
ni locuaz. Era más bien una muñeca de cera, un completo duplicado de Corrie.
Sus labios se movían ligeramente al compás de cada inspiración y espiración,
pero no podía apreciarse otro movimiento. Estaba viva aunque, de algún modo, ya
no estaba entre nosotros.
No tenía miedo de ella, sino de
tocarla. A punto estuve de pedir permiso a la señora Slater, de preguntar si no
pasaba nada, pero aquella idea no tardó en desvanecerse. Al cabo de un rato,
tendí hacia ella un tembloroso dedo, cuya yema recorrió la parte inferior de su
mejilla derecha. Aquella no era la Corrie que yo abrazaba, usaba de confesora y
criticaba. Tampoco la que tantas veces se había sentado en rodillas cuando el
autobús del instituto iba lleno. Esa Corrie se había alejado en silencio,
dejando tras de sí esa apacible respiración, esa tez pálida. Me incliné un poco
hacia ella, la besé en la frente y reposé la cabeza en la almohada, a su lado.
No dije nada. En realidad, tampoco podía pensar en nada. Ella tenía la piel
fría, aunque no lo pensé en ese instante, sino más tarde. A través de su
mejilla pegada a la mía, pude notar su respiración. Permanecí en esa postura un
rato, un buen rato. Finalmente me puse en pie y le susurré al oído:
—Lleva
mucho cuidado por aquí, Corrie. Cuídate mucho.
Después, salí al pasillo y esperé a
Lee. Ni siquiera me despedí de la señora Slater, un gesto muy feo por mi parte.
Lee estaba tardando bastante, así que
me escondí detrás de una cesta de ropa blanca hasta que por fin apareció. Me
puse en pie de un salto y eché a andar delante de él para volver a la B8 y
decir adiós a Nell.
—¿Estás bien bonita? —me preguntó
esta—. ¿Te has puesto triste?
Pero en lugar de contestarle, le hice
una pregunta que había estado atormentándome.
—Antes has dicho que Kevin estaba
bien «ahora». ¿Por qué? —pregunté.
—Ah, ¿he dicho eso?
—Pues sí. ¿A qué te referías con eso
de «ahora»?
Ella intentó dar con algún tipo de
manera piadosa, pero no pudo. Tras un instante de silencio, se dio por vencida
y acabó confesando.
—Le dieron una paliza brutal, Ellie.
Salimos y avanzamos con sigilo por el
pasillo, en dirección a la puerta principal. Gracias a Nell, sabíamos dónde se
encontrarían los soldados: en la sala de enfermería, cerca de la salida.
Mientras nos escondíamos en la pequeña cocina, a una distancia de unos veinte
metros, agarré a Lee por la cabeza y lo atraje hacia mí para poder susurrarle
al oído:
—Quiero coger un cuchillo.
—¿Para qué?
—Para matar a los soldados.
Sentí que su cuerpo daba una
sacudida, como si acabara de recibir una pequeña descarga eléctrica. Durante un
instante no articuló palabra, y se limitó a ponerse en pie mientras yo
permanecía agachada junto a él, como el animal en el que me había convertido.
Entonces, volvió a agacharse y acercó su boca a mi oreja.
—No puedes hacer eso, Ellie.
—¿Por qué no?
—Podrían tomar represalias contra los
pacientes.
Ya
no volvimos a hablar. Nos quedamos allí esperando un momento en el que los
soldados bajaran la guardia, una oportunidad de burlar su vigilancia. De vez en
cuando, los oíamos hablando en su gutural lengua. Había una especie de lamento
musical en sus voces que casi resultaba agradable. A veces, también podíamos
oír la voz de una chica, baja y ronca. A veces se reía y a veces hacía algún
comentario en algo que parecía inglés, pero en voz tan baja que no llegábamos a
entenderlo. Después de lo que Nell había dicho, tuve la peor de las sospechas
acerca de lo que podía estar haciendo aquella chica. Y allí en la oscuridad, la
odié en silencio.
De camino al baño, un soldado pasó
junto a nuestro pequeño escondite. Como no sabíamos donde se encontraba el
otro, no nos atrevimos a mover un dedo. Eran las 3.45. Regresó pocos minutos
después, y no hubo más movimiento hasta las 4.20, cuando el otro soldado
recorrió el mismo camino hacia el baño. Segundos más tarde, una chica alta, de
unos diecinueve años tal vez, apareció por la puerta de la cocina y susurró
hacia la oscuridad, de cara a nosotros.
—Daos prisa, el otro está durmiendo.
Pero no hagáis ningún ruido.
Nos quedamos boquiabiertos. Durante
un momento nos preguntamos si realmente estaba dirigiéndose a nosotros.
Entonces, comprendí que así era. Nos pusimos en pie y nos movimos sigilosamente
por los carritos de comida hasta la puerta. La chica ya había desaparecido.
¿Quién era? ¿Cómo sabía que estábamos allí? Sigo sin saber la respuesta a esas
preguntas. Pero tanto da quién fuese o lo que estuviese haciendo en ese
instante. Lo importante es que le debíamos una muy grande.
Capítulo
4
A Homer le impresionó bastante oír lo
conocidos y populares que nos habíamos vuelto.
—Demostrémosles que todavía no hemos
abandonado la partida —dijo, mostrando su sonrisa más pausada y peligrosa.
Me estremecí ligeramente. Pese al
impulso asesino que me había invadido en el hospital, seguía poco proclive a
exponerme al peligro, a plantarle cara a la muerte, al contrario que Homer. ¿O
lo suyo era solo una fachada? Recordé lo que había dicho sobre el valor, que
era un estado mental, que la clave estaba en pensar con valentía. Así que lo
intenté. Y sí, de algo me sirvió. Acabé participando en la conversación, como
si estuviera comentando un partido de netball o un examen de química.
Hablamos de objetivos, tácticas, riesgos e ideas. Nos llevó un día y medio. Lo
más raro fue que en todo ese tiempo no tuvimos ni un solo roce. Nadie gritó, ni
elevó el tono de voz siquiera. Por otro lado, tampoco hubo cabida para los
chistes. Ese ambiente se debía en parte a la descripción que Lee y yo habíamos
hecho del estado de Corrie, y a lo que habíamos oído acerca de Kevin. También
se debía a las malas noticias sobre los prisioneros del recinto ferial, que
estaban empezando a venirse abajo. Pero sobre todo se debía a una creencia que
había nacido en momentos que, siendo de los pocos que aún seguíamos libres,
deberíamos haber hecho más. Ahora sentíamos una mayor responsabilidad.
Para nosotros, se trataba de algo muy
serio. Una cuestión de vida o muerte.
Llegamos a la conclusión de que
Wirrawee no debía ser nuestro objetivo prioritario. Por más que estuviera en
nuestro corazón, por más que fuese el centro de nuestras vidas, debíamos
reconocer que el destino de nuestro país no iba a jugarse en nuestro
pueblecito. Para asestar un golpe mortal al enemigo, teníamos que concentrarnos
un aspecto vital de sus operaciones. Eso implicaba regresar a la autopista que
llevaba a la bahía de Cobbler. La última vez que pasamos por allí, estaba
atestada de convoyes. La bahía era claramente un punto estratégico de
desembarque, el punto de partida de una flota de camiones que desde ahí
afluían a los frentes abiertos. Les habíamos complicado las cosas al volar el
puente, ya que ahora estaban obligados a efectuar un desvío considerable. Pero
eso no iba a decidir esta guerra.
Así pues, nos dispusimos a hacer otra
larga incursión por los alrededores. Nos marchamos de Wirrawee a las dos y
media de la madrugada, en el momento en que más cansados estábamos, más frío
teníamos y más nos costaba caminar. Observamos en cada ocasión el método
desarrollado como medida de seguridad: avanzar en parejas, detenernos para
comprobar cada intersección, guardar silencio al atravesar las calles del
pueblo. Nuestro trayecto pasara por el puente, que no habíamos vuelto a ver
desde la gran noche de los fuegos artificiales.
Esta vez caminaba junto a Fi, ya que
me apetecía descansar un poco de Lee. Seguía bastante hundida después de haber
visto el estado en que se encontraba Corrie, aunque me animé un poco al llegar
al puente y comprobar el daño que habíamos causado. La vieja estructura de
madera estaba reducida a cenizas. Debió de haber ardido con tal vigor tras la
explosión que nadie habría podido acercarse siquiera. El único indicio de que
antes había habido un puente allí eran unos cuantos pilares ennegrecidos que
sobresalían del agua y del lodo. Sin embargo, en la orilla que daba al pueblo,
habían instalado una larga hilera de bloques de hormigón. Al parecer, Wirrawee
tendría por fin el nuevo puente con el que la gente había soñado tanto tiempo,
y al parecer sería más sólido que el anterior.
Fi y yo no quedamos allí un rato,
sonriendo de oreja a oreja, en parte de incredulidad, pero también de orgullo.
Creo que nos abrumó un poquito ver lo que habíamos hecho, al menos ese fue mi
caso. No puedo hablar por Fi. Con la de veces que habíamos cruzado en coche ese
mismo puente. Jamás habría pensado que, un día, yo misma acabaría volándolo. Me
resultaba extraño pensar que en Wirrawee pasaríamos a la posteridad como los
autores de su demolición. Quería ser recordada por construir cosas, no por
destruirlas. Pero en este caso lo habíamos hecho por una buena causa. Que los
adolescentes pudiesen vagar a sus anchas por los alrededores, volar cualquier
cosa que se les antojase y ser aplaudidos por ello era uno de los cambios más
significativos de todos los que había traído esta guerra. No recordaba haber
puesto «terrorista» ni «guerrilleros» en el formulario de perspectivas
profesionales que nos hizo rellenar la señora Gob, la orientadora del
instituto.
Cruzamos el río en un punto situado
aproximadamente un kilómetro corriente
abajo, donde una estrecha estructura de madera permitía que una gran cañería
llegase hasta el otro lado. Puede que fuese algo del sistema de alcantarillas u
otra cosa por el estilo; no lo sé. Pero pasar por ahí me hizo sentir nerviosa y
expuesta al peligro. Íbamos pasando de uno en uno, pero seríamos blancos
fáciles en el caso de que los soldados apareciesen y abriesen fuego.
Al llegar a la carretera, nos
percatamos de algún que otro cambio. Había tráfico incluso a aquellas horas
intempestivas. En noventa minutos avistamos dos pequeños convoyes que se
distinguían hacía la hahía de Cobbler y otro que venía de allí. Pero tomaban la
salida de Jigamory y descendían por Buttercup Lane, pasando por la propiedad de
los Jacob. Un cambio, sí, pero previsible. Habíamos supuesto que aquella sería
la opción más probable para un desvío, aunque ello implicara adentrarse en un
terreno difícil. A unos ocho kilómetros carretera abajo, se alzaba un puente
que podía soportar vehículos pesados.
—Apuesto a que lo tienen bien
vigilado —dijo Robyn con una pequeña sonrisa. Otro cambio importante que
notamos: las patrullas eran mucho más reducidas. Vimos dos, ambas a pie; una
compuesta por tres soldados, la otra por cuatro. No tenía el menos sentido. Tal
vez dieran por sentado que tenían la zona bajo control, pese a que no hacía
mucho habíamos volado el puente del Heron. O quizás estuviesen faltos de
efectivos en otras zonas y se hubiesen visto obligados a recortar las tropas
movilizándolas en la zona de Wirrawee. Y aunque pudiese parecer que a menor
número de soldados más oportunidades tendríamos nosotros, resulto ser todo lo
contrario. Las patrullas nutridas eran más fáciles de detectar por el ruido que
hacían. Y faltó poco para que esas dos nos pillaran por sorpresa, precisamente
porque avanzaban con una gran discreción. Es posible que aquella fuera la razón
del recorte de efectivos.
Antes de que nos diéramos cuenta, el
alba empezó a despuntar en el horizonte. Casi se nos echó el tiempo encima:
todavía teníamos que regresar a nuestro escondite en Wirrawee. Tendríamos que
movernos a toda leche si queríamos llegar antes de la hora punta, ni siquiera
antes de la invasión. Pero los chicos y las chicas decentes estaban en sus
camas antes del amanecer, y nosotros lo éramos. A punto estuve de perder los
nervios durante la última media hora, cuando atravesamos las calles a la
brumosa luz de los primeros rayos del sol. Oímos un camión en Maldon Street y
vimos dos coches pasar a toda velocidad por un cruce. Finalmente, logramos
llegar a casa con toda la información que
necesitábamos.
Nada más despertar, retomamos el
diseño del plan de acción; esta vez, entrando en detalles: posiciones, tiempo y
material necesario.
El plan requería una buena noche de
descanso antes de ponerlo en práctica. Nos sentimos bastante orgullosos por
haber previsto hasta el mínimo detalle, aunque no caímos en que nuestro éxito
también dependía del azar. Durante mi turno de guardia, por la tarde, mientras
vigilaba la calle desde una habitación de arriba y veía cómo trasladaban a las
cuadrillas de prisioneros en destartalados autobuses y camiones, me pregunté si
más padres estarían entre ellos. Y, por extraño que parezca, me sentí serena y
segura. Tenía la sensación de que hacíamos lo correcto al pasar de nuevo a la
acción en lugar de permanecer en el Infierno sumidos en la amargura. La acción
implica todo un modo de pensar. Ahora tocaba luchar: estos invasores eran como
un cáncer alojado en el estómago que iba extendiéndose a todo nuestro
organismo. Debíamos actuar como cirujanos, con rapidez y precisión, y como
filósofos o disertadores.
Sin embargo, el día siguiente se me
hizo eterno. Fue como observar un reloj de arena lleno de arcilla. A media
mañana me prohibí mirar la hora, al menos durante treinta minutos. Y al cabo de
solo diez, mis ojos se vieron de nuevo arrastrados por las agujas del reloj.
Cuando mi turno de vigilancia hubo
acabado, me fui en busca de compañía, de distracción. Encontré a Chris en el
salón de arriba, de nuevo absorto en la superficie opaca de la pantalla de
televisión.
—¿Qué tal el programa? —pregunté,
desplomándome a su lado en un sillón.
—Bueno, no está mal, aunque no hay
mucho donde elegir.
—¿Y qué estás viendo ahora?
—Hum, la MTV.
—¿Algún grupo nuevo?
—Sí, todo un nuevo estilo de musical.
Rock invencible, se llama. Muy sutil.
—Tiene toda la pinta, la verdad. Es
curioso, pero apenas pienso en la televisión ahora. Supongo que porque antes
tampoco solía verla demasiado.
—Pues
yo la veía un montón. Era adicto. Pero tampoco la echo demasiado de menos.
De repente, se volvió hacia mí,
riendo y apunto de añadir algo. Pero durante un instante antes de hablar, su
aliento me alcanzó. Pude reconocer el dulzón y empalagoso olor a alcohol. Me
asombró tanto que no me enteré de lo que estaba diciendo, algo sobre montar un
enlace de radio para poder oír la televisión en su cuarto. ¡No eran más que las
once y media de la mañana y ya estaña bebiendo! Me costó mantener la compostura.
Después de distinguir su aliento, comencé a notar otras pequeñas señales: le
costaba pronuncias palaras largas, tenía la misma mirada perdida, sonreía hacia
un lado, como si la boca no le respondiese del todo. Me disculpé fingiendo
tener que ir al cuarto de baño, y me aleje de allí, echando humo. Aquello
escapaba completo a mi entendimiento. Dentro de catorce horas debíamos atentar
contra un convoy entero, y solo nos faltaba tener a un borracho participando en
la operación.
A falta de un lugar mejor,
efectivamente me fui al cuarto d baño, cerré la puerta me senté en la tapa del
váter. Me incliné hacia delante y me rodeé con los brazos. Empezaba a temer lo
peor para todos nosotros. Corrie en el hospital; Kevin, prisionero; y ahora
Chris empinando el codo a escondidas. Nos hallábamos en un buen brete. Ya
habíamos empezado a caer. Uno, dos o seis de nosotros podían llevarse un balazo
esa misma noche. ¿Quién quedaría al día siguiente? ¿Cinco cadáveres y un Chris
resacoso? Se dice que Dios cuidaba de los bebés y de los borrachos. Ojalá
volviese a ser un bebé. Me apretaba con fuerza la barriga porque ahí parecía
concentrarse todo el dolor ¿Y qué pasaría si tuviese apendicitis? ¿Me rajaría
Homer con una navaja suiza? Empecé a morderme la mano izquierda, mientras me
sujetaba el vientre con la derecha. Me quede allí sentada un buen rato. Acababa
de pasar de estar pendiente del reloj a no tener la menor percepción del
tiempo. Al final me entró tanto frío que pensé que me quedaría congelada allí
mismo, que jamás podría volver a moverme, que si me enderezaba o me ponía en
pie, mis huesos se quebrarían y se harían añicos. Al cabo de un rato, alguien
llamó a la puerta. Era Robyn.
—Ellie, ¿estás ahí adentro? ¿Te
encuentras bien?
No contesté, pero ella abrió la puerta
y entró.
—¡Ellie! ¿Qué ocurre?
—Creo que tengo apendicitis
—farfullé.
Ella
se echó a reír, pero solo un poco y sin hacer mucho ruido, lo cual agradecí de
veras.
—Ellie, te has dejado llevar por el
pánico. Conozco esa sensación, créeme. Empiezas a imaginarte los peores
desastres posibles y, antes de darte cuenta, quedas convencida de que son
absolutamente inevitables. De hecho, crees que ya están ocurriendo.
Se sentó al borde de la bañera. Yo
quería contarle lo de Chris, pero no encontraba la manera. Así que preferí
preguntar:
—Robyn, ¿crees que nos estamos
viniendo abajo?
Ella no contestó lo primero que le
vino a la mente, como habría hecho cualquier otra persona. Siempre reflexionaba
antes de decir nada. Ese era su estilo.
—No, no creo. Lo estamos haciendo muy
bien. Tampoco es una situación normal que dígamos, ¿verdad? No tenemos ningún
modelo en que basarnos. Pero creo que lo estamos haciendo bien.
—Todo resulta demasiado difícil. No
sé cómo nos las apañaremos para sobrevivir. Quizá perdamos la cabeza. Puede que
ya la hayamos perdido y no lo sepamos.
—¿Sabes a qué me recuerda eso?
—¿A qué?
—A Sadrac, Mesac y Abednego.
—¿Qué es eso?
—Son los protagonistas de mi historia
favorita. Mis héroes supongo.
—Pues a mí me suena a nombre de banda
de rock rusa.
—No, no. Nada que ver —se rio.
—Pues cuéntame la historia.
Supuse que la habría sacado de la
Biblia, Robyn tenía las cosas claras cuando se trataba de religión. No es que
me importara demasiado. De todas formas, siempre me habían gustado los cuentos.
Los tres nombres me sonaban, pero no lograba ubicarlos.
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