martes, 18 de marzo de 2014

Me mirare siempre en tus ojos, parte 9


        
         —¿Cuándo te vas a la boda? —Cillian Sheehan preguntó observando como Liam tachaba varias páginas del nuevo guión—. Mataría por irme a Ibiza ahora.
         —La semana que viene, el mismo día de la boda, quería ir antes, pero es imposible.
         —¿Y no puedes llevarme?
         —No. ¿Qué demonios le pasa a Richard con este guión? Es cada vez más lento.
         —Me gustaría ver a tu amiga, la señora Molhoney. ¡Madre mía que bomboncito! —Liam dejó lo que estaba haciendo y clavó en él sus ojos verdes—. Aunque sea una mojigata, apetece enseñarle y domarla un poco.
         —¿Cómo dices?
         —¿No te lo conté? —Sheehan se estiró en el sofá mirando el plató donde la gente trabajaba y hablaba a gritos—. Intenté besarla, hace unos días en un club de Mayfair y salió corriendo, aunque pude tocar el cielo acariciándole ese culito tan perfecto que tiene.
         —¡¿Qué?! —Liam sintió como si le dieran un puñetazo en el centro del pecho y quiso partirle las piernas, así de simple, matarlo allí mismo, y por un segundo comprendió a Ronan Molhoney y sus celos desmesurados—. ¿Te has atrevido a acosar a Eloisse?
         —¿Acosar? Traté de besarla, ¿cuántos tíos lo intentarán al día? Es preciosa y muy sexy, aunque sea una estrecha.
         —¿Cómo?
         —Eh, no te pongas así, ni que fuera tu mujer... —Cillian Sheehan entornó los ojos y lo miró con suspicacia—. ¿O acaso te gusta y me estoy perdiendo algo?, ¿tú lo estás intentando?, ¿te quieres ligar a la bailarina, colega?
         —No me quiero ligar a nadie, pero es mi amiga, la respeto, te la presenté yo y me jode que seas tú el que la incordie. No está pasando por un buen momento y no quiero que ningún colega mío la fastidie más, ¡joder! ¿Eres idiota?, ¿no lees la prensa?, ¿no sabes por todo lo que ha estado pasando estos últimos meses?
         —Solo sé que está buenísima y que le gustan los irlandeses, si se tiró a uno de Dublín podrá tirarse a otro, digo yo...—Se echó a reír a carcajadas y Liam Galway se levantó de un salto cada vez más enfadado.
         —No hables así de ella, ¿queda claro? No te atrevas a hablar así de ella.
         —Vale, no pasa nada. —Se puso serio y levantó las manos—. Lo siento, era una broma.
         —Más te vale. —Salió del pequeño despacho hecho una furia y se fue directo a los guionistas para pagar con ellos el tremendo enfado por tener que oír a ese imbécil hablando así de Eloisse. Se encerró una hora en una reunión y cuando salió contestó a una llamada de teléfono sin mirar su procedencia—: Hola.
         —Hola, Liam, soy Emma.
         —¡¿Cómo demonios consigues mis números de teléfono?! ¿No te han advertido tus abogados que me dejes en paz? No quiero hablar contigo, Emma, no sé qué hacer para que lo entiendas.
         —Vale, vale, no cortes, escucha, solo será un minuto. —Ella suspiró viéndolo a los lejos. Se había colado en los estudios y lo estaba vigilando, no tenía otra cosa que hacer y le encantaba mirarlo, aunque fuera de lejos—. Voy a terminar con todo esto, firmaré el despido y no haré nada al respecto, pero quiero tener una última charla contigo. Sé que estas últimas semanas no me he comportado como una persona en sus cabales y necesito disculparme y dejar las cosas claras entre nosotros.
         —No necesito tus disculpas, necesito que me dejes en paz, a Amanda y a mí.
         —Y lo haré, pero regálame una hora de tu tiempo, necesito explicarme, por favor. También se lo debo a Jennifer, que me recomendó para este trabajo, le prometí que solucionaría esto contigo.
         —No, Emma.
         —Por favor. En un sitio público, el café del teatro, mañana.
         —Me voy de viaje, pero podría ser el próximo jueves —aceptó sin pensarlo dos veces—. A mediodía, pero será la última vez.
         —Muy bien, muchísimas gracias, Liam.



 Capítulo 39

 

 

          
         Comprobó su aspecto en la puerta de cristal antes de entrar, y jamás hacía algo semejante, lo que venía a demostrar el error que suponía aquello, lo ilógico de ese arranque, lo estúpido que resultaba a veces ser espontánea. Bajó la cabeza y respiró hondo, una, dos, tres veces, abrió la puerta y subió las escaleras a la carrera, porque tal vez fuera una mala idea haber ido hasta allí, pero ya había llegado y acabaría de hacer lo que tenía en mente y no la dejaba dormir desde hacía días.
         Todo apuntaba a que debía enfrentarse a él de una maldita vez, no podía seguir huyendo sin una última charla para poder seguir con sus vidas con cierta normalidad. Después de todo lo que había pasado, y sin haber cruzado ni una sola palabra al respecto, era lo mínimo, una necesidad y una certeza, como él mismo lo definiría, una certeza que la perseguía desde esa noche en casa de Ralph y Mike, hacía casi una semana, cuando empezó a torturase con la idea de que se debían esa charla y que debía ser ella la que la iniciara, no había más alternativas y esa mañana, dos días antes de marcharse de vacaciones a Ibiza, y después de una llamada de Sean, el abogado de Ronan, la decisión se había convertido en ineludible: tenía que ir a su estudio de grabación. Le pediría un minuto de su tiempo, diría lo que tenía que decir, haría algunas preguntas, escucharía sus respuestas y adiós. Nada más, solo eso. Podía hacerlo. Después, se marcharía de vacaciones muchísimo más tranquila.
         Llegó a la segunda planta del edificio, totalmente diáfana, con su moqueta beige y una joven con varios piercings en la cara, levantó la vista del escritorio y le regaló una mirada lánguida.
         —Hola.
         —Buenos días, vengo a ver al señor Molhoney.
         —¿A quién? —La muchacha la miró de arriba abajo y la reconoció, pero se hizo la indiferente y siguió mascando chicle.
         —Al señor Ronan Molhoney, sé que están grabando hoy. Dígale por favor que Eloisse ha venido a verlo.
         —Lo siento, pero no podemos interrumpir las grabaciones.
         —Hágalo, yo me hago responsable.
         —¿Y usted quién es?
         —Eloisse, Eloisse Molhoney —moduló con seguridad sin atreverse a decir «su mujer», aunque legalmente aún lo era y dio un paso atrás cruzándose de brazos—. Por favor.
         —Un momento. —La chiquilla, que era muy bajita, se alejó por el pasillo con bastante desgana. Issi se acercó a la pared para ver los posters de bandas famosas que la cubrían, y allí estaba, cómo no, Ronan en solitario y también con su grupo. Fijó la vista en sus preciosos ojos celestes y entonces oyó que alguien se dirigía a ella a su espalda.
         —¿Señora Molhoney? —Un joven muy amable se acercó sonriéndole—. Creí que se trataba de una broma o de una fan muy audaz, ¿se acuerda de mí? Soy Seamus, Seamus Wellis, el hijo de Max, ahora le echo una mano en el trabajo.
         —Hola, Seamus, por Dios, si ya eres muy mayor. ¿Qué tal estás?, ¿ya has acabado la carrera?
         —Sí y este verano he empezado a hacer algunos pinitos con mi padre y con Ron.
         —Muy bien, me alegro. ¿Sabes si puedo hablar con él?
         —Lo siento, pero está grabando y...
         —Lo sé, dile que he venido, por favor, solo serán unos minutos.
         —Es que... —El chico la miró algo azorado y se metió las manos en los bolsillos—. Está grabando un dueto con Elton John, disponemos de poquísimo tiempo y no puedo interrumpir... Discúlpeme, no sé...
         —¿Y tardará mucho? —sintió un nudo en la garganta, pero se mantuvo firme.
         —No creo.
         —Vale, ¿puedo esperar?
         —El estudio está lleno de gente, pero pase y lo espera allí, si quiere.
         —No, está bien, espero aquí si puede ser.
         —Claro, claro, ¿quiere tomar algo?
         —No, gracias.
         —Vale, en cuanto acaben le aviso, ¿de acuerdo?
         —Muy bien, gracias.
         Lo observó perderse nuevamente por los pasillos y se sentó en una butaca vigilada de reojo por la peculiar recepcionista. Buscó en su bolso y sacó el teléfono para ver y contestar e-mails y mensajes, una tarea que le ocupó pocos minutos, luego sacó un libro y trató de leer en medio del trajín de músicos y personas que pasaban por su lado sin verla. Era realmente incómodo el papel de ser «una más», sin prioridad ninguna y recordó aquellos tiempos en que nada más aparecer en un sitio como aquel todo el mundo le facilitaba las cosas y Ronan dejaba todo por saludarla. Miró la hora diez mil veces, cada vez con más dudas, más miedo y menos seguridad, reprochándose el haber aparecido por allí sin llamar ni organizarlo, y pensó en la charla con Sean para distraerse:
         —La casa de Killiney, Eloisse, ¿sabes cuánto vale? Si no la quieres, véndela, yo te hago la primera oferta.
         —No quiero la casa de Killiney, es suya, sé lo que le costó encontrarla, sé que vale una fortuna y es su hogar, yo no quiero esa casa, si puede pagar la de Londres, de acuerdo, pero nada más.
         —El dice que compró esa casa para ti, para la familia que ibais a formar y que no puede vivir allí solo, no lo soporta y se va a instalar en Dublín. Si no la quieres como segunda vivienda, véndela.
         —Que la venda él.
         —No puede, no quiere pasar por ese trago tan amargo.
         —Oh, Dios bendito. Mira, Sean, no voy a aceptarlo, ¿de acuerdo?, que haga lo que quiera, pero no quiero nada más de lo que es justo para Jamie y Alex, y con la casa de Londres es suficiente.
         —Entonces no podemos firmar el acuerdo de divorcio ahora, tengo que volver a consultarlo con él.
         —Bien, puedo esperar, ya hemos esperado bastante, y dile que aunque no quiera vivir allí, cuando los niños vayan a verlo pueden quedarse en Killiney, les encanta la casa, está pensada para ellos y... —Se había echado a llorar por el teléfono y Sean Flaggerthy había acabado suspirando muy incómodo—. Lo siento, es que me parece tremendo que no quiera vivir en su casa, él es muy joven y tal vez, más adelante, pueda rehacer su vida, tener más familia...
         —Por sugerir eso casi me quedo sin trabajo, ¿estás loca? Vosotros sois su familia, esa casa era para la familia que él soñó contigo y por eso te la deja en el acuerdo de divorcio, Eloisse, cógela y en paz.
         —No puedo.
         —Vale, si fuera tu abogado te daría una colleja, estás perdiendo una gran oportunidad, se trata de millones de euros.
         —No me interesa el dinero, era nuestro hogar y... en fin... gracias, Sean, pero no puedo aceptarla.
         Aquella charla había sido la guinda del pastel. La había conmovido muchísimo su gesto, que no encerraba solo un acto de extrema generosidad, sino de mucho amor, y después de eso había decidido buscar a Ronan urgentemente, necesitaba hablar con él y por esa razón estaba allí y esperaría lo que fuera necesario hasta que la recibiera, no importaba lo incómoda y fuera de lugar que se sintiera, aunque cuando estaba a punto de cumplir cuarenta minutos sentada en la sala de espera, vio llegar a dos camareros de un conocido y exclusivo restaurante con sendas bandejas de comida y bebidas, se levantó y se acercó a la recepcionista.
         —¿Qué es todo eso?
         —Comida.
         —Lo sé, pero...
         —Lo han pedido para comer, es mediodía ¿sabe? Se han tomado un respiro hace diez minutos y van a comer.
         —¿Ah, sí?
         —Sí.
         —Bueno, pues creo que me marcho, no puedo esperar más y por lo visto deben estar muy ocupados.
         —Exactamente.
         —Gracias, adiós.
         Salió a la carrera, a punto de llorar. Había sido muy mala idea ir hasta allí, humillándose de esa forma, intentando acercarse a él cuando ya no quería ni saludarla, esperando como una idiota sentada en esa sala desangelada a que se dignara a regalarle un minuto de su valioso tiempo, para aclarar todo lo que a ella le parecía importante, una pésima idea. Abrió la puerta de la calle y se encontró de bruces con Max Wellis. El manager retrocedió y ella lo esquivó mientras se ponía las gafas de sol.
         —¿Issi? Preciosa, pero qué gran sorpresa.
         —Hola, Max, ¿cómo estás? —Se acercó y le dio un par de besos en la mejilla.
         —No tan bien como tú, ¿y Ronan?
         —Grabando.
         —¿Te lo llevas a comer?
         —No, no he podido verlo, está muy ocupado y, bueno, yo... es que... Lo siento, Max, me ha encantado verte, pero debo irme, es tarde.
         —Claro, pero...
         Max observó que Issi cruzaba la calle a la carrera en dirección a Hyde Park y movió la cabeza confundido, subió las escaleras, saludó a Gil, la recepcionista punk, y caminó por el pasillo oyendo las risas y la charla que llegaba del estudio de grabación. Saludó con la mano a los músicos, ingenieros y productores, se acercó a Ronan, que charlaba en ese momento con el gran Elton John, y le dio una palmada la espalda antes de hablar:
         —¿Qué pasa?, ¿ya no tienes tiempo para comer con una chica guapa?
         —¿Qué?
         —Una preciosidad de ojos oscuros que acabo de encontrarme en la puerta.
         —¿Con quién? —Ronan parpadeó confuso y Seamus se acercó de inmediato.
         —Lo siento, era Eloisse, he salido a buscarla, pero ya no estaba. ¿La has visto salir, papá?
         —Me la encontré un poco disgustada saliendo por la puerta.
         —¿Issi?, ¿ha estado Issi aquí? —Ronan Molhoney sintió que se le contraía el estómago, cuadró los hombros y miró a Seamus conteniéndose para no ahorcarlo—. ¿Por qué nadie me avisó?
         —Estabas grabando y... —El chico se puso a balbucear y miró a su padre suplicante.
         —¡¿Que estaba grabando?! ¿Has hecho esperar a mi mujer ahí fuera?, ¿en serio?
         —No sé... le dije que esperara, no quiso pasar y...
         —¡Maldita sea! —Buscó las gafas haciendo amago de irse—. Si ella aparece, me avisas, ¿lo entiendes? Esté haciendo lo que esté haciendo. ¿Cuánto tiempo ha estado esperando?
         —No sé... —Llegaron a la recepción, Gil levantó los ojos de sus cosas y miró al cantante.
         —Más de media hora, señor Molhoney, lo han estado esperando más de cuarenta minutos.
         —¡¿Cuarenta minutos?! —bramó indignado volviéndose para mirar a Seamus que a su vez estaba asesinando a la recepcionista con los ojos—. ¡¿Ha estado esperando más de media hora y no has tenido tiempo de decirme nada?!
         —Se ha ido hacia el parque —dijo Max Wellis al verlo salir corriendo hacia la calle—. Hacia Marble Arch.
         —¡Maldita sea! —Seamus se quedó quieto y miró a su padre rojo como un tomate—. Solo le dije que esperara un poco y...
         —Si Eloisse Molhoney aparece, tú paras el puto mundo y avisas a Ronan. Así de claro, es lo único que tienes que saber.
         —Estaba grabando con Elton...
         —Como si está cantando con la santa madre de Dios, tú entras y le avisas, ¿queda claro?
         —Clarísimo.
         —Eso espero.
          
          
         —¡Joder, joder, joder! —masculló mientras salía a la calle poniéndose la gafas de sol. ¿Para qué demonios pagaba tanto dinero a la gente?, ¿para complicarle la vida? Comprobó que no pasaban coches y corrió hacia el parque. Era mediodía y había mucha gente entrando en él para comerse algo rápido sentado en un banco, en el césped o paseando por sus senderos interminables, pero Issi no haría eso, no se adentraría en el parque entre otras razones porque seguramente no tenía tiempo, menos aún después de haber estado esperándolo cuarenta minutos en el hall del estudio sin que nadie le avisara.
         ¿Eran idiotas? Por el amor de Dios. Habían dejado a Issi esperándolo. No tenía ni el más mínimo puto sentido, ninguno, y tal vez semejante estupidez terminara con la carrera fugaz de Seamus Wellis como ayudante. Era imperdonable, estaban inmersos en el mayor drama de toda su relación de pareja, la ruptura definitiva, ella aparecía de repente allí, ¿y nadie le avisaba? Gilipollas, dijo en voz alta y se quedó en el camino de tierra que bordeaba Hyde Park decidiendo qué hacer. Lo mismo habría cogido un taxi y estaría ya en casa comiendo con los niños o había ido al centro de compras o había decidido caminar hacia Park Lane. Sacó el móvil y marcó el número de Aurora, sin dejar de caminar hacia el Albert Memorial.
         —No está aquí, Ronan, me dijo que necesitaba unas horas y se marchó hace rato.
         —Vale, Aurora, no pasa nada, es que el idiota de mi nuevo ayudante no me avisó de que se había pasado por el estudio y ha estado esperando y... ¡mierda! —Llegó al enorme monumento dorado dedicado a la memoria del marido de la reina Victoria y se paró en seco—. La gente es torpe, eso es todo, ¿cómo están los niños?
         —Ya han comido y están a punto de dormir la siesta.
         —Vale, no les digas que he llamado, me paso a verlos a la hora de la cena. Adiós.
         Colgó y vio que tenía llamadas perdidas y mensajes, pero ninguno de Issi. Levantó la vista y se encontró con la fachada del Royal Albert Hall justo frente a él, el enorme teatro donde había actuado tantas veces y donde la había conocido, donde la había visto por primera vez y donde la vida de ambos había cambiado de forma tan radical. Tragó saliva pensando en los últimos años, en el daño que le había hecho y en todo el tiempo perdido en sufrimientos, lágrimas y dolor. En el último disco había dos canciones dedicadas a ella, pidiéndole perdón y maldiciéndose por haberle arruinado la vida, suplicando su compasión, diciéndole adiós a pesar de todo, despidiéndose de ella para dejarla volar, para que fuera feliz. Había escrito eso sollozando y apenas podía cantarlas, no pensaba incluirlas en los directos porque no quería acabar llorando en medio de un escenario, rodeado de gente, solo se las había escrito a ella, para ella, porque era la única manera de explicar lo que en realidad sentía.
         Se le llenaron los ojos de lágrimas y buscó los cigarrillos. Caminó hacia un banco solitario medio oculto por los hierbajos y se sentó al tiempo que encendía un pitillo. Observó el Albert Memorial y pensó en lo que esa figura dorada representaba: el amor y el recuerdo de una reina viuda y enamorada, tragó saliva y se preguntó si alguna vez, pasados muchos años, Issi lo recordaría con algo de amor, al menos una milésima parte del amor que habían compartido, aunque solo fuera por sus hijos, que los unirían irremediablemente hasta el final de sus días. Aunque tal vez no lo hiciera, ni siquiera cuando él muriera solo y desquiciado, y aquello le estrujó el alma. Apoyó los antebrazos en las piernas y cerró los ojos, respirando hondo para no echarse a llorar, siguiendo las instrucciones de su terapeuta que intentaba que controlara la ansiedad con respiraciones y ritos similares, que por supuesto no le servían lo más mínimo. Sin embargo, intentó concentrarse en el olor a hierba, el ruido del parque y el viento, hasta que la energía de alguien cerca lo hizo abrir los ojos. Delante de él había una figura menuda, vestida con unos desteñidos vaqueros de talle muy bajo y una camiseta blanca. No le hizo falta levantar los ojos para saber que era ella y el corazón le dio un brinco.
         —¿Estás bien? —intentó parecer tranquila mirando su pelo rubio corto y sus preciosos ojos celestes, tan brillantes.
         —Estaba buscándote, nadie me avisó que habías ido al estudio y Max me dijo que venías hacia aquí, así que vine para ver si te alcanzaba, pero no te vi y...
         —Ha sido casualidad que pasara por aquí. —Era cierto, estaba caminando hacia el interior de Hyde Park cuando de repente le entraron las prisas por salir por un lateral y buscar un taxi.
         —Vaya coincidencia. —Se levantó y ella retrocedió mirando a su alrededor—. Y ya que nos hemos encontrado, ¿qué ocurre?, ¿necesitas algo?
         —Quería hablar contigo, fue un impulso... —Levantó la vista y lo miró a los ojos, era la primera vez en mucho tiempo que le sostenía la mirada y sintió esa energía suya atravesándole la columna vertebral—. Debí llamar antes.
         —Es la primera vez que me miras a la cara en cuatro meses.
         —No es cierto.
         —Lo es, pero no te culpo, ¿quieres ir a un café?, ¿caminar? Tengo un rato libre...
         —No —se sentó en el banco y clavó los ojos en el césped—. Aquí está bien, pero si te tienes que ir, no importa, otro día te llamo y podemos quedar.
         —Tengo tiempo. —Se acomodó a su lado y, como ella, se inclinó para apoyar los brazos en las rodillas, sin mirarla, aunque de reojo vio su pelo oscuro y ondulado que se movía suavemente y sus mejillas ligeramente arreboladas—. Puedo quedarme. Dime que ocurre, ¿se trata de los niños?, ¿hay algo que quieras modificar o...?
         —No, no se trata de los niños.
         —Bien, soy todo oídos.
         Se hizo un silencio interminable. Issi empezó a calibrar qué decir, cómo hacerlo. En cuatro meses se habían convertido prácticamente en desconocidos, eso sintió y seguramente esa era la verdad, la pura realidad, un par de personas desconocidas que habían compartido un pasado, que tenían hijos en común, pero que ya no tenían nada de qué hablar, nada qué decirse. Se fijó en que algunas personas se les quedaban mirando y se volvían para comprobar si se trataba realmente de Ronan Molhoney sentado en un banco del parque, y empezó a sentirse muy incómoda, se le cerró la garganta y ante la imposibilidad de articular palabra, se puso de pie de un salto, Ron levantó los ojos sin moverse y ella sacó un pañuelo para secarse unas lágrimas inoportunas. No era el momento de lloriquear, no había ya nada de que hablar, se maldijo por todo y habló mirando hacia el Albert Hall.
         —Lo siento Ronan, no sé para qué fui al estudio, ni por qué estoy aquí, no lo sé, perdona por hacerte perder el tiempo. Debo irme. Adiós.
         —No, quédate.
         —No...
         —Issi —La agarró de un brazo y ella lo esquivó—. Podemos hablar, hablemos.
         —No, no podemos hablar, al menos yo no puedo hacerlo, creí que podría, pero no puedo, discúlpame, lo siento mucho.
         —Issi, mírame, mírame y di lo que tengas que decir. ¡Maldita sea! Llevo cuatro meses esperando a que me digas algo, háblame, por favor.
         —Todo el mundo me dice lo que debo hacer, ¿sabes? —Se giró y clavó en él los ojos oscuros y sinceros—. Que debo superarlo, que debo empezar de nuevo, que debo concentrarme en mi trabajo o que debo casarme inmediatamente con otra persona... Mi madre quiere llevarme a Ibiza; George no quiere que pare de trabajar; la doctora de la compañía que ingrese en una clínica de reposo para recuperarme; mi padre que deje de sufrir; la terapeuta dice que debo pensar en mí y en nadie más; tu familia dice que debo educar a los niños en Irlanda y... —Se echó a llorar y volvió a sentarse en el banco—. Y...
         —¿Y tú qué quieres? —Se le puso delante sin atreverse a tocarla, pero con unas ganas enormes de abrazarla—. Dímelo.
         —Yo, yo quiero la vida que habíamos planeado juntos y que ya no existe Ron, que ya no existe y que nunca jamás podremos recuperar.
         —Issi... —Se acuclilló a su lado y le abrazó las piernas, pero ella se puso de pie de un salto, igual que si la hubiera quemado.
         —¡No me toques!
         —¿Pero qué te pasa?
         —No quiero que me toques... tú... tú... y esa chica... yo... no puedo ni pensar en esas fotografías vuestras... ¡Mierda! Maldita sea, debo irme...
         —¡¿Qué?! —Se le cruzó delante y la agarró por los brazos—. Sabes que no fue nada, ¿lo sabes, no?, ¿lo sabes? ¡Mírame, joder!
         —Suéltame.
         —No fue nada, aquello fue una desgraciada aventura que jamás planeé tener, Issi, lo sabes, una aventura que tuve con una mujer desconocida en medio de una borrachera después de que me echaras a patadas de tu vida, tras año y miedo arrastrándome para que me perdonaras. Eso fue un error, un maldito error que acabó haciéndote más daño del nadie se merece... pero nada más... yo no podré estar con otra persona jamás, no puedo porque yo te quiero a ti, Issi. Aunque te divorcies de mí, me odies y me desprecies, yo te quiero a ti y eso nadie podrá cambiarlo jamás, ¿no lo entiendes?
         —Me dijiste que te gustaba, ¿recuerdas? Me llamaste para decírmelo, lo hiciste. —Ahogó un sollozo y se enjugó las lágrimas—. Que te gustaba porque ella te aceptaba como eras, no como yo.
         —Estaba dolido, cabreado y borracho cuando tuvimos esa charla, era de madrugada y no sé ni cómo podía hablar. Perdóname.
         —¿Esa es tu excusa para justificar tanto daño?, ¿que estabas borracho? ¿Sabes por lo que he pasado estos últimos meses?, ¿puedes acaso imaginártelo?
         —Puedo imaginármelo y lo siento, pero no me has dejado acercarme a ti, ni hablarte, ni explicarte nada, ni siquiera me dejaste estar contigo cuando... —se interrumpió y tragó saliva alargando el pulgar para tocarle la preciosa cara bañada en lágrimas—, cuando perdimos al bebé... no me dejaste, me echaron del hospital, me echaron de tu vida, una vez más, y hasta hace diez minutos no habías vuelto a mirarme a los ojos.
         —Me sentí humillada.
         —Lo sé.
         —Públicamente humillada, aún me miran con cara de lástima cuando salgo al escenario, cuando voy a la guardería o me subo a un taxi.
         —Lo siento, nada de eso debió suceder, pero tampoco me dejaste subsanarlo.
         —Dijiste que estabas bien con ella.
         —No es cierto.
         —Lo dijiste, Ronan, con esa palabras.
         —Estaba borracho.
         —Dios bendito... —Volvió a sentarse y se tapó la cara—. Está bien, ya lo hemos hablado, he sacado lo que tenía dentro, gracias por escucharme, pero debo irme, esta tarde acabamos la temporada y...
         —¿Y ya está?, ¿y qué pasa con lo que quieres?, ¿con nosotros? Yo también quiero esa vida que habíamos planeado Issi, ¿o crees que yo ya lo he superado todo?, ¿que me he olvidado de ti, de los niños? Juntos podemos empezar de cero, recuperar lo que teníamos.
         —¿Tú crees? Yo creo que no y que estamos destinados a vivir por separado, porque juntos siempre nos acabaremos haciendo daño.
         —Eso es una estupidez.
         —Una estupidez que hemos demostrado sobradamente.
         —Hemos sido muy felices, muchísimo, ¿no recuerdas nuestra boda?, ¿nuestra vida en Killiney?, ¿cuando estabas embarazada?, ¿el nacimiento de James?, ¿las miles de horas felices que hemos compartido desde que nos conocemos?, ¿París el año pasado? Es cierto que hemos tenido problemas y muchos, pero también hemos sido muy felices, porque nos queremos, porque somos una sola persona, y eso no puedes negármelo.
         —Yo...
         —No puedes, mírame.
         —Tal vez, pero el amor nunca ha sido suficiente. Gracias por escucharme... —Se levantó y se ajustó la bandolera mientras se encaminaba hacia la salida del parque.
         —Te amo, Issi, eso no puedo ignorarlo y tú tampoco... —Ella siguió andando con la cabeza gacha—. ¡Issi, no! Esto no puede ser todo después de cuatro meses sin hablarme, no es justo. ¡Issi!
         —Dios mío... —Se detuvo y tragó saliva preguntándose por qué había decidido ir hasta allí, en todos los meses de silencio, pero, sobre todo, pensó en su charla con Susan y con su padre respecto a su tendencia a huir, así que giró sobre sus talones y volvió despacio—. Está bien, lo siento.
         —¿Sí? —Se quedó tan sorprendido que parpadeó y sacó otro pitillo—. Gracias.
         —¿Qué pasó?, ¿qué ocurrió en Suecia? —Se acercó al banco y se sentó—. ¿Por qué volvió a estropearse todo? ¿Fue por mi culpa?
         —Habíamos discutido muy fuerte en la consulta de Susan. Decidí alejarme de ti para que reaccionaras, y cuando llegué a Estocolmo estaba dolido y desesperado, como me siento casi siempre cuanto nos separamos. —Se sentó a su lado y forzó una media sonrisa, sintiendo un alivio enorme de poder, al fin, explicarse—. Y aunque no sea una excusa válida, fumé hierba para relajarme un poco, y después de la hierba probé la cocaína y eso me llevó directo al alcohol, y en aquel preciso instante perdí el control. Ya me habían advertido que las recaídas eran las peores, pero no imaginé que llegaría hasta el punto de acabar por los suelos sin sentido y sin control de mis actos. Bebí tanto que cuando desperté había llevado a esa mujer a mi hotel, no recuerdo ni donde ni como la conocí, simplemente estaba allí, y acto seguido estaba en las portadas de todo el Reino Unido e Irlanda, aunque seguía demasiado borracho para entenderlo, y cuando un día después volví a despertar medio muerto en un hotel, llamé a Max para que fuera a buscarme porque no sabía dónde estaba, ni qué había hecho. Había pasado casi tres días en blanco, sé que me llevaron a las afueras con un grupo de gente y poco más. Yo no era persona. Y, mientras, tú te enterabas de todo a través de la prensa. Cuando recuperé la sobriedad y conseguí llegar a Londres, tú estabas ingresada en un hospital, habías perdido el bebé que esperabas, aunque ni siquiera sabía que estabas embarazada, y me quise morir. Por si fuera poco, tu padre y Fisher me impidieron acercarme a ti, me dijeron que si te quería, te dejara en paz, que si te respetaba, me largara, y como te quiero eso hice, y eso he seguido haciendo durante todo este tiempo, respetar tu espacio.
         —Susan dice que siempre que hemos necesitado estar unidos, nos hemos dado la espalda, que yo, sobre todo, te he dado la espalda.
         —Tal vez tengas razón, pero cuándo haces las cosas que yo hago... —Respiró hondo y se apoyó en el respaldo del banco—. Jamás, en toda mi vida, he querido hacerte daño, Issi, nunca. Tú eres la persona que más quiero en este mundo, jamás he querido hacerte daño y no entiendo cómo o por que siempre acabo haciéndolo.
         —Yo tampoco quiero hacerte daño y también lo he hecho muchas veces, supongo que sucede cuando dos personas pasan tantos años juntos.
         —Quise acercarme a ti y explicarme, pero no pude, no me dejaron.
         —Lo siento, siento que mi padre y Mike...
         —Solo intentaban protegerte y los entiendo, yo también soy padre y entiendo perfectamente al tuyo, pero deberíamos aprender la lección y estar por encima de los demás y comunicarnos siempre entre nosotros, nunca dejar de hablar, ni permitir que otras personas intervengan, separándonos... —Ella guardó silencio y él se acercó más hasta rozarle las piernas—. Dame otra oportunidad. Sé que te he pedido miles, pero esta vez no fallaré.
         —Estoy agotada, ¿sabes? —contestó ella llorando, pero lo miró de soslayo con una sonrisa—. Muy cansada de luchar por esto, y creo que si tengo que pasar otra vez por algo similar a lo de Suecia o cualquier cosa por el estilo, me moriré, así de simple, me fallan las fuerzas y estoy asustada, porque nunca me había sentido desfallecer, pero ahora me falta la energía, después del... del aborto... mi cuerpo no es el mismo y me siento muy débil.
         —Yo tendré fuerzas por los dos.
         —Ron...
         —Escucha, sé que siempre has luchado por los dos, que has puesto todo de tu parte en defender lo nuestro, por ti, por mí y frente a tu familia o nuestros amigos, y tal vez yo no he sido consciente de todo ese esfuerzo, tal vez siempre me he mantenido como un espectador, pero ya no, ahora sé lo que has hecho por nosotros, y estoy dispuesto a luchar por los dos. Déjame hacerlo, yo recuperaré nuestra vida, te lo prometo... —Le sonó el móvil y lo ignoró, pero al final tuvo que contestar ante la insistencia—. Sí, Max, todo bien, pero discúlpame con Elton, no volveré a tiempo, que graben lo que le quede pendiente y lo llamo esta tarde. Gracias.
         —Es tarde, vuelve al trabajo, yo también tengo mucho que hacer, Mike y Ralph se casan la semana que viene y... —Se levantó enjugándose las lágrimas, pero con un gran alivio en el pecho—. Ya hablaremos.
         —¿Cómo que ya hablaremos?, no quiero perder más tiempo, princesa. Issi, por favor, hemos avanzado mucho hoy.
         —Lo sé.
         —¿Quieres ir a comer?, ¿dónde quieres ir?
         —Mira, ahora quiero volver a casa y descansar un poco, hoy es el último día de función, y como te he dicho, me flaquean las fuerzas, necesito un respiro y lo tendré cuando llegue a Ibiza.
         —¿Es cierto que no irás a nuestra casa? —Ella lo miró con esos ojos enormes y negó con la cabeza—. ¿Por qué? Es tu casa, tienes que instalarte allí, es perfecta para los niños.
         —En nuestras circunstancias es complicado todo esto, Ronan.
         —Es tu casa, ve allí y disfrútala. Vamos, te acompaño a buscar un taxi. —La empujó suavemente por la espalda y ella agradeció al universo que no insistiera más, era un cambio de actitud enorme y lo miró con el pecho lleno de ternura—. Mira, ve a Ibiza, descansa y si quieres hablar, me llamas. Cogeré un avión esté donde esté para ir y hablaremos. Mañana tengo que viajar a Dublín, pero lo anulo todo si quieres continuar esta charla conmigo.
         —Gracias.
         —No me des las gracias. —La miró y le acarició el pelo poniéndoselo detrás de la oreja—. Yo te amo y si tú por un milagro extraordinario, me echas de menos, todo lo demás carece de importancia.
         —Muy bien. —Issi bajó la cabeza limpiándose las lágrimas. Ronan suspiró, se inclinó y le besó la frente.
         —Te amo, princesa. —Paró un taxi y le abrió la puerta, pero antes de dejarla entrar la miró a los ojos—. Ha sido la mejor conversación que hemos tenido en años.
         —Es cierto —dijo ella con una sonrisa que iluminó todo el parque y él devolvió la sonrisa.
         —Gracias por venir a buscarme, llevaba cuatro meses rezando por este milagro.
         —Sean me dijo ayer que quieres cederme la casa de Killiney y por supuesto me negué, esa casa es tuya, es tu hogar, tú la compraste...
         —La compré para ti, pensando en ti y en la media docena de niños que íbamos a tener —la interrumpió, sonriendo—. Esa casa es tuya, tú la convertiste en nuestro hogar y no soporto vivir allí yo solo.
         —Pero cuando los niños van a Dublín, ellos...
         —Dos fines de semana al mes y el resto del tiempo tengo que veros en cada rincón, en cada habitación vacía. No, gracias, no puedo seguir así o volveré a beber o algo peor.
         —No digas eso.
         —Es cierto.
         —Está bien, debo irme.
         —Llámame.
         —Lo haré.
         —¿Estás segura?, ¿al menos lo pensarás?
         —Te llamaré. —Se acercó y lo besó en la mejilla, luego entró en el taxi y desapareció en medio del tráfico, dejándolo con una sensación maravillosa en el alma.



 Capítulo 40

 

 

          
         Llegar a Ibiza se convirtió en una aventura titánica. Después de hablar con Ronan no durmió, a pesar de que la última función en el teatro la dejó rendida, no pudo dormir, más por felicidad y alivio que por otra cosa, agradecida al universo por haber decidido hablar con él y por él mismo, por haberse enamorado de alguien así, alguien por el que siempre, al final, cualquier esfuerzo valía la pena.
         Veinticuatro horas después de esa charla lo llamó personalmente para anunciarle que ya estaban en Ibiza, en su casa, donde decidió instalarse con los niños, Aurora, Kirk, Michael, Ralph y un equipaje digno de un embajador, cuatro maletas gigantes y todas esas cosas que seguían a cualquier madre con niños tan pequeños, un tremendo despliegue que afortunadamente Kirk, su escolta permanente cuando viajaba con Jamie y Alex, le ayudó a organizar y movilizar por los aeropuertos. El viaje no había estado tan mal, a pesar del estrés y la fatiga que llevaba encima, y nada más pisar su especular casa a orillas del mar, se plantó el biquini y decidió empezar a tomárselo con calma, dejando los preparativos de última hora de la inminente boda en manos de Andrea Hamilton, una vieja conocida que era capaz de organizar cualquier cosa, en cualquier lugar de las Islas Baleares. Andrea ya tenía todo el trabajo adelantado y el cambio de escenario de la casa de Carmen a la de Eloisse, muchísimo más grande, solo contribuyó a facilitar las cosas.
         Los pequeños estaban encantadísimos en su casa nueva, con la playa a dos pasos de distancia, con el calor y los abuelos, Carmen y Stavros, que eran divertidos e incansables, y Eloisse empezó a respirar, a sonreír con más facilidad, observando como los flamantes novios se peleaban por las flores o los platos del banquete, a dos días de la boda, y aunque se moría de ganas de compartir con alguien su importante charla en Hyde Park, guardó silencio y se calló sus novedades, dejando a los demás descansar de sus cuitas sentimentales que, por otra parte, no interesaban a nadie, salvo a Ronan y a ella.
         —¡Vete a la mierda Ralph!, ¡a la puta mierda! —El estruendo fue tremendo. Issi se tragó las vitaminas que le había mandado el médico y salió de la cocina hacia el enorme salón donde Michael lloraba desconsolado.
         —¡No me mientas! ¡No me mientas más! —chilló Ralph.
         —¡No te miento, joder! —Michael agarró otro de los arreglos florales y lo estampó contra el suelo. Issi avanzó un paso y le hizo un gesto a Aurora para que siguiera distrayendo a los niños en la piscina, cerró el ventanal del jardín y se volvió hacia ellos con las manos en las caderas.
         —¿Qué pasa aquí? Estáis asustando a los niños.
         —Dile a tu amiguito del alma que no me mienta, Issi, por favor —le espetó Ralph.
         —¡Yo no miento! Te lo he jurado. ¿Cómo es posible que sigas creyendo que te miento? —insistía Michael.
         —Si quieres seguir adelante con esto, dime la verdad. Si no, me largo ahora mismo de aquí, Michael.
         —¡Lárgate de una puta vez!
         —¡No! Vamos a ver, ¿qué está ocurriendo aquí? —Eloisse agarró a Ralph de una manga y miró a Michael instándolo a que se tranquilizara—. ¿Qué ha pasado? Vamos, hablemos, seguro que podemos arreglarlo. Vamos, Ralphy, por favor, ¿que está pasando?
         —Me han llamado de un hotel de Park Lane para decirme que han encontrado las gafas de sol que el señor Fisher olvidó allí hace tres noches.
         —¿Estuviste en un hotel, Mike?
         —¡No, claro que no!
         —¿Le vas a mentir también a ella?, ¿después de todo lo que está haciendo por ti, Mike?, ¿por la puta boda?
         —¿La puta boda?
         —Sí, esta puta boda que tú has querido tener a pesar de que eres capaz de mentirme y seguir engañándome con ese hijo de puta.
         —¡Un momento! —Issi se interpuso entre ambos al ver que Michael iba directo a la yugular de su novio, y buscó con los ojos a Kirk para que la ayudara con el embrollo, pero no lo encontró—. ¿De qué estás hablando?
         —La señorita del hotel me confirmó que mi prometido estuvo allí con el señor Taylor White, ¿qué te parece?
         —Eso es mentira.
         —No sigas mintiéndome, Mike.
         —Es mentira, te lo juro, Issi. ¿Tú me crees?
         —Por supuesto. Seguramente es un error, Ralph, vamos a hablarlo, por favor.
         —No, si está claro que vosotros dos jamás os daréis la espalda. Lo mejor es que me largue de aquí, no puedo seguir con esto, no puedo...
         —¡Ralph, no estoy de parte de nadie! Solo quiero aclarar las cosas, la boda es pasado mañana...
         —Para mí ya no hay boda, Issi, y lo siento en el alma por ti y por Ronan, que ya ha invertido una fortuna en todo este circo, pero no puedo seguir adelante.
         —¡Eso lárgate y no vuelvas por aquí! —Michael salió al jardín y Eloisse se quedó de pie, quieta, sin saber qué hacer, hasta que decidió seguir a Ralph hasta la puerta principal donde él se detuvo para despedirse.
         —Ralphy...
         —Me voy a un hotel, Issi, mandaré a alguien a buscar mis cosas y lo siento mucho, te lo digo en serio, lo siento muchísimo.
         —Ve a casa de mi madre y reflexiona, ¿vale? Por favor, hazlo por mí, ella tiene espacio y estará encantada de acogerte, no hagas nada hasta mañana, ¿vale? Piensa y descansa, por favor, estoy segura de que lo podréis aclarar.
         —No hay nada que aclarar.
         —Confía en mí, si Mike hubiese hecho algo semejante, yo lo sabría, me lo hubiese dicho...
         —¿Y si esta vez nos ha mentido a los dos?
         —Bueno, yo...
         —Gracias, Issi. —Se inclinó y le besó la frente—. Me voy a la casa de Carmen, mañana hablamos.
         —Vale.
         Tras la inesperada explosión, todo quedó en suspenso. Andrea y su equipo dejaron todo pendiente de confirmación y Eloisse se dedicó a charlar con el desconsolado Michael, que juraba y perjuraba entre lagrimones que jamás había ido a ese hotel con nadie y mucho menos con Taylor White, al que no había vuelto a ver, mientras en casa de la madre de Issi, Ralph manifestaba su decisión irrevocable de suspender de forma definitiva y tajante la boda.
         —¿Ron? —Cuando al fin pudo meterse en la cama, después de conseguir que Michael se durmiera, solo podía pensar en Ronan, en él, en su vida, en su última charla, en esa conexión poderosa que los unía y decidió llamarlo, sin ningún plan ni discurso predeterminado, simplemente llamarlo para hablar, para oír su voz y aplacar en parte esa necesidad brutal que sentía de tenerlo cerca.
         —¿Qué pasa, princesa?
         —Nada, bueno en realidad sí, pero...
         —Son las once de la noche en España, ¿qué ocurre?
         —Solo quería hablar contigo y de paso darte las gracias por pagar los gastos de la boda. Ralph y Michael me lo han contado muy emocionados esta mañana aunque, bueno, la han suspendido...
         —¡¿Qué?! ¿Por qué?
         —Ralph ha recibido una llamada de Inglaterra, de un hotel donde Mike estuvo supuestamente con alguien, Taylor, un tipo...
         —Sé quién es ese Taylor, ya hubo problemas por su culpa.
         —Exactamente, todo es mentira, pero Ralph está indignado, ha cogido sus cosas y se ha marchado. Está en casa de mi madre, dice que necesita pensar y que no puede casarse.
         —¿Y Fisher?
         —Ya te lo podrás imaginar. Aurora le ha dado un par de somníferos y hemos conseguido que se duerma, pero yo creo que solo necesitan hablar, aclararlo, aunque ha sido horrible...
         —Lo siento, ¿y tú como estás?
         —Bien, pero... ¿dónde estás?, ¿vas conduciendo?
         —Sí, voy de vuelta a casa desde Dublín, tenía una entrevista en la radio, ¿y los niños?
         —Durmiendo en mi cama.
         —¿Pero están bien?
         —Sí, solo me apetecía estar con ellos y... —Hizo un puchero y se echó a llorar.
         —Tranquila, todo se arreglará, ya verás. Ralph es un tipo razonable y acabarán entendiéndose.
         —No es solo eso, también es por nosotros.
         —Issi...
         —He pensando muchísimo en todo lo que hablamos, no hago más que pensar, y quiero seguir hablando contigo, tengo tantas cosas que arreglar y mejorar, y no sé, esta noche lo he visto todo claro: no podemos seguir así... no deberíamos seguir sufriendo gratuitamente, si tú y yo sabemos lo que sentimos, no deberíamos seguir así, no es justo.
         —¿En serio? —Paró el coche en el arcén de la carretera y respiró hondo —. ¿Princesa?
         —Hoy se ha montado un drama inconmensurable aquí, delante de mis ojos, y yo solo podía pensar en ti, en lo que tenemos y en lo que no quiero seguir perdiéndome. Te echo muchísimo de menos, porque te quiero y te necesito mucho más de lo que soy capaz de reconocer.
         —Voy para allá.
         —No tienes que hacerlo ahora, podemos hablar mañana.
         —Voy para allá, dame unas horas.
         —No, escucha, yo sé lo que siento, ¿pero crees sinceramente que podremos superar todo por lo que hemos pasado, lo de antes de Suecia y lo de Suecia?
         —Juntos sí, ¿o prefieres seguir haciéndolo sola?
         —No, pero...
         —Yo te amo y creo que juntos podremos conseguirlo. Podemos dar un portazo al pasado y empezar de nuevo, y esta vez te lo juro, yo lo haré por los dos, lucharé por los dos, y será la definitiva.
         —Es que...
         —Si tú eres capaz de perdonarme y darme esta última oportunidad no te fallaré. —Ella guardó silencio y él se enjugó las lágrimas con la manga de la camisa, decidiendo girar hacia Dublín para buscar un avión y volar enseguida hacia Ibiza—. Te amo, princesa, y siempre he sabido que, a pesar de todo, tú también me amas... Voy a llamar a Jeff. Estaré ahí en tres horas.
         —Ronan...
         —Tres horas. —Hizo girar el todoterreno camino del aeropuerto—. ¿Sabes que acabas de convertirme en el hombre más feliz que pisa Irlanda?


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