—¿Cuándo te vas a la boda? —Cillian
Sheehan preguntó observando como Liam tachaba varias páginas del nuevo guión—.
Mataría por irme a Ibiza ahora.
—La semana que viene, el mismo día de la
boda, quería ir antes, pero es imposible.
—¿Y no puedes llevarme?
—No. ¿Qué demonios le pasa a Richard con
este guión? Es cada vez más lento.
—Me gustaría ver a tu amiga, la señora
Molhoney. ¡Madre mía que bomboncito! —Liam dejó lo que estaba haciendo y clavó
en él sus ojos verdes—. Aunque sea una mojigata, apetece enseñarle y domarla un
poco.
—¿Cómo dices?
—¿No te lo conté? —Sheehan se estiró en
el sofá mirando el plató donde la gente trabajaba y hablaba a gritos—. Intenté
besarla, hace unos días en un club de Mayfair y salió corriendo, aunque pude
tocar el cielo acariciándole ese culito tan perfecto que tiene.
—¡¿Qué?! —Liam sintió como si le dieran
un puñetazo en el centro del pecho y quiso partirle las piernas, así de simple,
matarlo allí mismo, y por un segundo comprendió a Ronan Molhoney y sus celos
desmesurados—. ¿Te has atrevido a acosar a Eloisse?
—¿Acosar? Traté de besarla, ¿cuántos
tíos lo intentarán al día? Es preciosa y muy sexy, aunque sea una estrecha.
—¿Cómo?
—Eh, no te pongas así, ni que fuera tu
mujer... —Cillian Sheehan entornó los ojos y lo miró con suspicacia—. ¿O acaso
te gusta y me estoy perdiendo algo?, ¿tú lo estás intentando?, ¿te quieres
ligar a la bailarina, colega?
—No me quiero ligar a nadie, pero es mi
amiga, la respeto, te la presenté yo y me jode que seas tú el que la incordie.
No está pasando por un buen momento y no quiero que ningún colega mío la
fastidie más, ¡joder! ¿Eres idiota?, ¿no lees la prensa?, ¿no sabes por todo lo
que ha estado pasando estos últimos meses?
—Solo sé que está buenísima y que le
gustan los irlandeses, si se tiró a uno de Dublín podrá tirarse a otro, digo
yo...—Se echó a reír a carcajadas y Liam Galway se levantó de un salto cada vez
más enfadado.
—No hables así de ella, ¿queda claro? No
te atrevas a hablar así de ella.
—Vale, no pasa nada. —Se puso serio y
levantó las manos—. Lo siento, era una broma.
—Más te vale. —Salió del pequeño
despacho hecho una furia y se fue directo a los guionistas para pagar con ellos
el tremendo enfado por tener que oír a ese imbécil hablando así de Eloisse. Se
encerró una hora en una reunión y cuando salió contestó a una llamada de
teléfono sin mirar su procedencia—: Hola.
—Hola, Liam, soy Emma.
—¡¿Cómo demonios consigues mis números
de teléfono?! ¿No te han advertido tus abogados que me dejes en paz? No quiero
hablar contigo, Emma, no sé qué hacer para que lo entiendas.
—Vale, vale, no cortes, escucha, solo
será un minuto. —Ella suspiró viéndolo a los lejos. Se había colado en los
estudios y lo estaba vigilando, no tenía otra cosa que hacer y le encantaba
mirarlo, aunque fuera de lejos—. Voy a terminar con todo esto, firmaré el
despido y no haré nada al respecto, pero quiero tener una última charla
contigo. Sé que estas últimas semanas no me he comportado como una persona en
sus cabales y necesito disculparme y dejar las cosas claras entre nosotros.
—No necesito tus disculpas, necesito que
me dejes en paz, a Amanda y a mí.
—Y lo haré, pero regálame una hora de tu
tiempo, necesito explicarme, por favor. También se lo debo a Jennifer, que me
recomendó para este trabajo, le prometí que solucionaría esto contigo.
—No, Emma.
—Por favor. En un sitio público, el café
del teatro, mañana.
—Me voy de viaje, pero podría ser el
próximo jueves —aceptó sin pensarlo dos veces—. A mediodía, pero será la última
vez.
—Muy bien, muchísimas gracias, Liam.
Capítulo 39
Comprobó su aspecto en la puerta de
cristal antes de entrar, y jamás hacía algo semejante, lo que venía a demostrar
el error que suponía aquello, lo ilógico de ese arranque, lo estúpido que
resultaba a veces ser espontánea. Bajó la cabeza y respiró hondo, una, dos,
tres veces, abrió la puerta y subió las escaleras a la carrera, porque tal vez
fuera una mala idea haber ido hasta allí, pero ya había llegado y acabaría de
hacer lo que tenía en mente y no la dejaba dormir desde hacía días.
Todo apuntaba a que debía enfrentarse a
él de una maldita vez, no podía seguir huyendo sin una última charla para poder
seguir con sus vidas con cierta normalidad. Después de todo lo que había
pasado, y sin haber cruzado ni una sola palabra al respecto, era lo mínimo, una
necesidad y una certeza, como él mismo lo definiría, una certeza que la
perseguía desde esa noche en casa de Ralph y Mike, hacía casi una semana,
cuando empezó a torturase con la idea de que se debían esa charla y que debía
ser ella la que la iniciara, no había más alternativas y esa mañana, dos días
antes de marcharse de vacaciones a Ibiza, y después de una llamada de Sean, el
abogado de Ronan, la decisión se había convertido en ineludible: tenía que ir a
su estudio de grabación. Le pediría un minuto de su tiempo, diría lo que tenía
que decir, haría algunas preguntas, escucharía sus respuestas y adiós. Nada
más, solo eso. Podía hacerlo. Después, se marcharía de vacaciones muchísimo más
tranquila.
Llegó a la segunda planta del edificio,
totalmente diáfana, con su moqueta beige y una joven con varios piercings en la
cara, levantó la vista del escritorio y le regaló una mirada lánguida.
—Hola.
—Buenos días, vengo a ver al señor
Molhoney.
—¿A quién? —La muchacha la miró de
arriba abajo y la reconoció, pero se hizo la indiferente y siguió mascando
chicle.
—Al señor Ronan Molhoney, sé que están
grabando hoy. Dígale por favor que Eloisse ha venido a verlo.
—Lo siento, pero no podemos interrumpir
las grabaciones.
—Hágalo, yo me hago responsable.
—¿Y usted quién es?
—Eloisse, Eloisse Molhoney —moduló con
seguridad sin atreverse a decir «su mujer», aunque legalmente aún lo era y dio
un paso atrás cruzándose de brazos—. Por favor.
—Un momento. —La chiquilla, que era muy
bajita, se alejó por el pasillo con bastante desgana. Issi se acercó a la pared
para ver los posters de bandas famosas que la cubrían, y allí estaba, cómo no,
Ronan en solitario y también con su grupo. Fijó la vista en sus preciosos ojos
celestes y entonces oyó que alguien se dirigía a ella a su espalda.
—¿Señora Molhoney? —Un joven muy amable
se acercó sonriéndole—. Creí que se trataba de una broma o de una fan muy
audaz, ¿se acuerda de mí? Soy Seamus, Seamus Wellis, el hijo de Max, ahora le
echo una mano en el trabajo.
—Hola, Seamus, por Dios, si ya eres muy
mayor. ¿Qué tal estás?, ¿ya has acabado la carrera?
—Sí y este verano he empezado a hacer
algunos pinitos con mi padre y con Ron.
—Muy bien, me alegro. ¿Sabes si puedo
hablar con él?
—Lo siento, pero está grabando y...
—Lo sé, dile que he venido, por favor,
solo serán unos minutos.
—Es que... —El chico la miró algo
azorado y se metió las manos en los bolsillos—. Está grabando un dueto con
Elton John, disponemos de poquísimo tiempo y no puedo interrumpir...
Discúlpeme, no sé...
—¿Y tardará mucho? —sintió un nudo en la
garganta, pero se mantuvo firme.
—No creo.
—Vale, ¿puedo esperar?
—El estudio está lleno de gente, pero
pase y lo espera allí, si quiere.
—No, está bien, espero aquí si puede
ser.
—Claro, claro, ¿quiere tomar algo?
—No, gracias.
—Vale, en cuanto acaben le aviso, ¿de
acuerdo?
—Muy bien, gracias.
Lo observó perderse nuevamente por los
pasillos y se sentó en una butaca vigilada de reojo por la peculiar
recepcionista. Buscó en su bolso y sacó el teléfono para ver y contestar
e-mails y mensajes, una tarea que le ocupó pocos minutos, luego sacó un libro y
trató de leer en medio del trajín de músicos y personas que pasaban por su lado
sin verla. Era realmente incómodo el papel de ser «una más», sin prioridad
ninguna y recordó aquellos tiempos en que nada más aparecer en un sitio como
aquel todo el mundo le facilitaba las cosas y Ronan dejaba todo por saludarla.
Miró la hora diez mil veces, cada vez con más dudas, más miedo y menos
seguridad, reprochándose el haber aparecido por allí sin llamar ni organizarlo,
y pensó en la charla con Sean para distraerse:
—La casa de Killiney, Eloisse, ¿sabes
cuánto vale? Si no la quieres, véndela, yo te hago la primera oferta.
—No quiero la casa de Killiney, es suya,
sé lo que le costó encontrarla, sé que vale una fortuna y es su hogar, yo no
quiero esa casa, si puede pagar la de Londres, de acuerdo, pero nada más.
—El dice que compró esa casa para ti,
para la familia que ibais a formar y que no puede vivir allí solo, no lo
soporta y se va a instalar en Dublín. Si no la quieres como segunda vivienda,
véndela.
—Que la venda él.
—No puede, no quiere pasar por ese trago
tan amargo.
—Oh, Dios bendito. Mira, Sean, no voy a
aceptarlo, ¿de acuerdo?, que haga lo que quiera, pero no quiero nada más de lo
que es justo para Jamie y Alex, y con la casa de Londres es suficiente.
—Entonces no podemos firmar el acuerdo
de divorcio ahora, tengo que volver a consultarlo con él.
—Bien, puedo esperar, ya hemos esperado
bastante, y dile que aunque no quiera vivir allí, cuando los niños vayan a
verlo pueden quedarse en Killiney, les encanta la casa, está pensada para ellos
y... —Se había echado a llorar por el teléfono y Sean Flaggerthy había acabado
suspirando muy incómodo—. Lo siento, es que me parece tremendo que no quiera
vivir en su casa, él es muy joven y tal vez, más adelante, pueda rehacer su
vida, tener más familia...
—Por sugerir eso casi me quedo sin
trabajo, ¿estás loca? Vosotros sois su familia, esa casa era para la familia
que él soñó contigo y por eso te la deja en el acuerdo de divorcio, Eloisse,
cógela y en paz.
—No puedo.
—Vale, si fuera tu abogado te daría una
colleja, estás perdiendo una gran oportunidad, se trata de millones de euros.
—No me interesa el dinero, era nuestro
hogar y... en fin... gracias, Sean, pero no puedo aceptarla.
Aquella charla había sido la guinda del
pastel. La había conmovido muchísimo su gesto, que no encerraba solo un acto de
extrema generosidad, sino de mucho amor, y después de eso había decidido buscar
a Ronan urgentemente, necesitaba hablar con él y por esa razón estaba allí y
esperaría lo que fuera necesario hasta que la recibiera, no importaba lo
incómoda y fuera de lugar que se sintiera, aunque cuando estaba a punto de
cumplir cuarenta minutos sentada en la sala de espera, vio llegar a dos
camareros de un conocido y exclusivo restaurante con sendas bandejas de comida
y bebidas, se levantó y se acercó a la recepcionista.
—¿Qué es todo eso?
—Comida.
—Lo sé, pero...
—Lo han pedido para comer, es mediodía
¿sabe? Se han tomado un respiro hace diez minutos y van a comer.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Bueno, pues creo que me marcho, no
puedo esperar más y por lo visto deben estar muy ocupados.
—Exactamente.
—Gracias, adiós.
Salió a la carrera, a punto de llorar.
Había sido muy mala idea ir hasta allí, humillándose de esa forma, intentando
acercarse a él cuando ya no quería ni saludarla, esperando como una idiota
sentada en esa sala desangelada a que se dignara a regalarle un minuto de su
valioso tiempo, para aclarar todo lo que a ella le parecía importante, una
pésima idea. Abrió la puerta de la calle y se encontró de bruces con Max
Wellis. El manager retrocedió y ella lo esquivó mientras se ponía las gafas de
sol.
—¿Issi? Preciosa, pero qué gran
sorpresa.
—Hola, Max, ¿cómo estás? —Se acercó y le
dio un par de besos en la mejilla.
—No tan bien como tú, ¿y Ronan?
—Grabando.
—¿Te lo llevas a comer?
—No, no he podido verlo, está muy
ocupado y, bueno, yo... es que... Lo siento, Max, me ha encantado verte, pero
debo irme, es tarde.
—Claro, pero...
Max observó que Issi cruzaba la calle a
la carrera en dirección a Hyde Park y movió la cabeza confundido, subió las
escaleras, saludó a Gil, la recepcionista punk, y caminó por el pasillo oyendo
las risas y la charla que llegaba del estudio de grabación. Saludó con la mano
a los músicos, ingenieros y productores, se acercó a Ronan, que charlaba en ese
momento con el gran Elton John, y le dio una palmada la espalda antes de
hablar:
—¿Qué pasa?, ¿ya no tienes tiempo para
comer con una chica guapa?
—¿Qué?
—Una preciosidad de ojos oscuros que
acabo de encontrarme en la puerta.
—¿Con quién? —Ronan parpadeó confuso y
Seamus se acercó de inmediato.
—Lo siento, era Eloisse, he salido a
buscarla, pero ya no estaba. ¿La has visto salir, papá?
—Me la encontré un poco disgustada saliendo
por la puerta.
—¿Issi?, ¿ha estado Issi aquí? —Ronan
Molhoney sintió que se le contraía el estómago, cuadró los hombros y miró a
Seamus conteniéndose para no ahorcarlo—. ¿Por qué nadie me avisó?
—Estabas grabando y... —El chico se puso
a balbucear y miró a su padre suplicante.
—¡¿Que estaba grabando?! ¿Has hecho
esperar a mi mujer ahí fuera?, ¿en serio?
—No sé... le dije que esperara, no quiso
pasar y...
—¡Maldita sea! —Buscó las gafas haciendo
amago de irse—. Si ella aparece, me avisas, ¿lo entiendes? Esté haciendo lo que
esté haciendo. ¿Cuánto tiempo ha estado esperando?
—No sé... —Llegaron a la recepción, Gil
levantó los ojos de sus cosas y miró al cantante.
—Más de media hora, señor Molhoney, lo
han estado esperando más de cuarenta minutos.
—¡¿Cuarenta minutos?! —bramó indignado
volviéndose para mirar a Seamus que a su vez estaba asesinando a la
recepcionista con los ojos—. ¡¿Ha estado esperando más de media hora y no has
tenido tiempo de decirme nada?!
—Se ha ido hacia el parque —dijo Max
Wellis al verlo salir corriendo hacia la calle—. Hacia Marble Arch.
—¡Maldita sea! —Seamus se quedó quieto y
miró a su padre rojo como un tomate—. Solo le dije que esperara un poco y...
—Si Eloisse Molhoney aparece, tú paras
el puto mundo y avisas a Ronan. Así de claro, es lo único que tienes que saber.
—Estaba grabando con Elton...
—Como si está cantando con la santa
madre de Dios, tú entras y le avisas, ¿queda claro?
—Clarísimo.
—Eso espero.
—¡Joder, joder, joder! —masculló mientras
salía a la calle poniéndose la gafas de sol. ¿Para qué demonios pagaba tanto
dinero a la gente?, ¿para complicarle la vida? Comprobó que no pasaban coches y
corrió hacia el parque. Era mediodía y había mucha gente entrando en él para
comerse algo rápido sentado en un banco, en el césped o paseando por sus
senderos interminables, pero Issi no haría eso, no se adentraría en el parque
entre otras razones porque seguramente no tenía tiempo, menos aún después de
haber estado esperándolo cuarenta minutos en el hall del estudio sin que nadie
le avisara.
¿Eran idiotas? Por el amor de Dios.
Habían dejado a Issi esperándolo. No tenía ni el más mínimo puto sentido,
ninguno, y tal vez semejante estupidez terminara con la carrera fugaz de Seamus
Wellis como ayudante. Era imperdonable, estaban inmersos en el mayor drama de
toda su relación de pareja, la ruptura definitiva, ella aparecía de repente
allí, ¿y nadie le avisaba? Gilipollas, dijo en voz alta y se quedó en el camino
de tierra que bordeaba Hyde Park decidiendo qué hacer. Lo mismo habría cogido
un taxi y estaría ya en casa comiendo con los niños o había ido al centro de
compras o había decidido caminar hacia Park Lane. Sacó el móvil y marcó el
número de Aurora, sin dejar de caminar hacia el Albert Memorial.
—No está aquí, Ronan, me dijo que
necesitaba unas horas y se marchó hace rato.
—Vale, Aurora, no pasa nada, es que el
idiota de mi nuevo ayudante no me avisó de que se había pasado por el estudio y
ha estado esperando y... ¡mierda! —Llegó al enorme monumento dorado dedicado a
la memoria del marido de la reina Victoria y se paró en seco—. La gente es
torpe, eso es todo, ¿cómo están los niños?
—Ya han comido y están a punto de dormir
la siesta.
—Vale, no les digas que he llamado, me
paso a verlos a la hora de la cena. Adiós.
Colgó y vio que tenía llamadas perdidas
y mensajes, pero ninguno de Issi. Levantó la vista y se encontró con la fachada
del Royal Albert Hall justo frente a él, el enorme teatro donde había actuado
tantas veces y donde la había conocido, donde la había visto por primera vez y
donde la vida de ambos había cambiado de forma tan radical. Tragó saliva
pensando en los últimos años, en el daño que le había hecho y en todo el tiempo
perdido en sufrimientos, lágrimas y dolor. En el último disco había dos
canciones dedicadas a ella, pidiéndole perdón y maldiciéndose por haberle
arruinado la vida, suplicando su compasión, diciéndole adiós a pesar de todo,
despidiéndose de ella para dejarla volar, para que fuera feliz. Había escrito
eso sollozando y apenas podía cantarlas, no pensaba incluirlas en los directos
porque no quería acabar llorando en medio de un escenario, rodeado de gente,
solo se las había escrito a ella, para ella, porque era la única manera de
explicar lo que en realidad sentía.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y
buscó los cigarrillos. Caminó hacia un banco solitario medio oculto por los
hierbajos y se sentó al tiempo que encendía un pitillo. Observó el Albert
Memorial y pensó en lo que esa figura dorada representaba: el amor y el
recuerdo de una reina viuda y enamorada, tragó saliva y se preguntó si alguna
vez, pasados muchos años, Issi lo recordaría con algo de amor, al menos una
milésima parte del amor que habían compartido, aunque solo fuera por sus hijos,
que los unirían irremediablemente hasta el final de sus días. Aunque tal vez no
lo hiciera, ni siquiera cuando él muriera solo y desquiciado, y aquello le
estrujó el alma. Apoyó los antebrazos en las piernas y cerró los ojos,
respirando hondo para no echarse a llorar, siguiendo las instrucciones de su
terapeuta que intentaba que controlara la ansiedad con respiraciones y ritos
similares, que por supuesto no le servían lo más mínimo. Sin embargo, intentó
concentrarse en el olor a hierba, el ruido del parque y el viento, hasta que la
energía de alguien cerca lo hizo abrir los ojos. Delante de él había una figura
menuda, vestida con unos desteñidos vaqueros de talle muy bajo y una camiseta
blanca. No le hizo falta levantar los ojos para saber que era ella y el corazón
le dio un brinco.
—¿Estás bien? —intentó parecer tranquila
mirando su pelo rubio corto y sus preciosos ojos celestes, tan brillantes.
—Estaba buscándote, nadie me avisó que
habías ido al estudio y Max me dijo que venías hacia aquí, así que vine para
ver si te alcanzaba, pero no te vi y...
—Ha sido casualidad que pasara por aquí.
—Era cierto, estaba caminando hacia el interior de Hyde Park cuando de repente
le entraron las prisas por salir por un lateral y buscar un taxi.
—Vaya coincidencia. —Se levantó y ella
retrocedió mirando a su alrededor—. Y ya que nos hemos encontrado, ¿qué
ocurre?, ¿necesitas algo?
—Quería hablar contigo, fue un
impulso... —Levantó la vista y lo miró a los ojos, era la primera vez en mucho
tiempo que le sostenía la mirada y sintió esa energía suya atravesándole la
columna vertebral—. Debí llamar antes.
—Es la primera vez que me miras a la
cara en cuatro meses.
—No es cierto.
—Lo es, pero no te culpo, ¿quieres ir a
un café?, ¿caminar? Tengo un rato libre...
—No —se sentó en el banco y clavó los
ojos en el césped—. Aquí está bien, pero si te tienes que ir, no importa, otro
día te llamo y podemos quedar.
—Tengo tiempo. —Se acomodó a su lado y,
como ella, se inclinó para apoyar los brazos en las rodillas, sin mirarla, aunque
de reojo vio su pelo oscuro y ondulado que se movía suavemente y sus mejillas
ligeramente arreboladas—. Puedo quedarme. Dime que ocurre, ¿se trata de los
niños?, ¿hay algo que quieras modificar o...?
—No, no se trata de los niños.
—Bien, soy todo oídos.
Se hizo un silencio interminable. Issi
empezó a calibrar qué decir, cómo hacerlo. En cuatro meses se habían convertido
prácticamente en desconocidos, eso sintió y seguramente esa era la verdad, la
pura realidad, un par de personas desconocidas que habían compartido un pasado,
que tenían hijos en común, pero que ya no tenían nada de qué hablar, nada qué
decirse. Se fijó en que algunas personas se les quedaban mirando y se volvían
para comprobar si se trataba realmente de Ronan Molhoney sentado en un banco
del parque, y empezó a sentirse muy incómoda, se le cerró la garganta y ante la
imposibilidad de articular palabra, se puso de pie de un salto, Ron levantó los
ojos sin moverse y ella sacó un pañuelo para secarse unas lágrimas inoportunas.
No era el momento de lloriquear, no había ya nada de que hablar, se maldijo por
todo y habló mirando hacia el Albert Hall.
—Lo siento Ronan, no sé para qué fui al
estudio, ni por qué estoy aquí, no lo sé, perdona por hacerte perder el tiempo.
Debo irme. Adiós.
—No, quédate.
—No...
—Issi —La agarró de un brazo y ella lo
esquivó—. Podemos hablar, hablemos.
—No, no podemos hablar, al menos yo no
puedo hacerlo, creí que podría, pero no puedo, discúlpame, lo siento mucho.
—Issi, mírame, mírame y di lo que tengas
que decir. ¡Maldita sea! Llevo cuatro meses esperando a que me digas algo,
háblame, por favor.
—Todo el mundo me dice lo que debo
hacer, ¿sabes? —Se giró y clavó en él los ojos oscuros y sinceros—. Que debo
superarlo, que debo empezar de nuevo, que debo concentrarme en mi trabajo o que
debo casarme inmediatamente con otra persona... Mi madre quiere llevarme a
Ibiza; George no quiere que pare de trabajar; la doctora de la compañía que
ingrese en una clínica de reposo para recuperarme; mi padre que deje de sufrir;
la terapeuta dice que debo pensar en mí y en nadie más; tu familia dice que
debo educar a los niños en Irlanda y... —Se echó a llorar y volvió a sentarse
en el banco—. Y...
—¿Y tú qué quieres? —Se le puso delante
sin atreverse a tocarla, pero con unas ganas enormes de abrazarla—. Dímelo.
—Yo, yo quiero la vida que habíamos
planeado juntos y que ya no existe Ron, que ya no existe y que nunca jamás
podremos recuperar.
—Issi... —Se acuclilló a su lado y le
abrazó las piernas, pero ella se puso de pie de un salto, igual que si la
hubiera quemado.
—¡No me toques!
—¿Pero qué te pasa?
—No quiero que me toques... tú... tú...
y esa chica... yo... no puedo ni pensar en esas fotografías vuestras...
¡Mierda! Maldita sea, debo irme...
—¡¿Qué?! —Se le cruzó delante y la
agarró por los brazos—. Sabes que no fue nada, ¿lo sabes, no?, ¿lo sabes?
¡Mírame, joder!
—Suéltame.
—No fue nada, aquello fue una
desgraciada aventura que jamás planeé tener, Issi, lo sabes, una aventura que
tuve con una mujer desconocida en medio de una borrachera después de que me
echaras a patadas de tu vida, tras año y miedo arrastrándome para que me
perdonaras. Eso fue un error, un maldito error que acabó haciéndote más daño
del nadie se merece... pero nada más... yo no podré estar con otra persona
jamás, no puedo porque yo te quiero a ti, Issi. Aunque te divorcies de mí, me
odies y me desprecies, yo te quiero a ti y eso nadie podrá cambiarlo jamás, ¿no
lo entiendes?
—Me dijiste que te gustaba, ¿recuerdas?
Me llamaste para decírmelo, lo hiciste. —Ahogó un sollozo y se enjugó las
lágrimas—. Que te gustaba porque ella te aceptaba como eras, no como yo.
—Estaba dolido, cabreado y borracho
cuando tuvimos esa charla, era de madrugada y no sé ni cómo podía hablar.
Perdóname.
—¿Esa es tu excusa para justificar tanto
daño?, ¿que estabas borracho? ¿Sabes por lo que he pasado estos últimos meses?,
¿puedes acaso imaginártelo?
—Puedo imaginármelo y lo siento, pero no
me has dejado acercarme a ti, ni hablarte, ni explicarte nada, ni siquiera me
dejaste estar contigo cuando... —se interrumpió y tragó saliva alargando el
pulgar para tocarle la preciosa cara bañada en lágrimas—, cuando perdimos al
bebé... no me dejaste, me echaron del hospital, me echaron de tu vida, una vez
más, y hasta hace diez minutos no habías vuelto a mirarme a los ojos.
—Me sentí humillada.
—Lo sé.
—Públicamente humillada, aún me miran
con cara de lástima cuando salgo al escenario, cuando voy a la guardería o me
subo a un taxi.
—Lo siento, nada de eso debió suceder,
pero tampoco me dejaste subsanarlo.
—Dijiste que estabas bien con ella.
—No es cierto.
—Lo dijiste, Ronan, con esa palabras.
—Estaba borracho.
—Dios bendito... —Volvió a sentarse y se
tapó la cara—. Está bien, ya lo hemos hablado, he sacado lo que tenía dentro,
gracias por escucharme, pero debo irme, esta tarde acabamos la temporada y...
—¿Y ya está?, ¿y qué pasa con lo que
quieres?, ¿con nosotros? Yo también quiero esa vida que habíamos planeado Issi,
¿o crees que yo ya lo he superado todo?, ¿que me he olvidado de ti, de los
niños? Juntos podemos empezar de cero, recuperar lo que teníamos.
—¿Tú crees? Yo creo que no y que estamos
destinados a vivir por separado, porque juntos siempre nos acabaremos haciendo
daño.
—Eso es una estupidez.
—Una estupidez que hemos demostrado
sobradamente.
—Hemos sido muy felices, muchísimo, ¿no
recuerdas nuestra boda?, ¿nuestra vida en Killiney?, ¿cuando estabas
embarazada?, ¿el nacimiento de James?, ¿las miles de horas felices que hemos
compartido desde que nos conocemos?, ¿París el año pasado? Es cierto que hemos
tenido problemas y muchos, pero también hemos sido muy felices, porque nos
queremos, porque somos una sola persona, y eso no puedes negármelo.
—Yo...
—No puedes, mírame.
—Tal vez, pero el amor nunca ha sido
suficiente. Gracias por escucharme... —Se levantó y se ajustó la bandolera
mientras se encaminaba hacia la salida del parque.
—Te amo, Issi, eso no puedo ignorarlo y
tú tampoco... —Ella siguió andando con la cabeza gacha—. ¡Issi, no! Esto no
puede ser todo después de cuatro meses sin hablarme, no es justo. ¡Issi!
—Dios mío... —Se detuvo y tragó saliva
preguntándose por qué había decidido ir hasta allí, en todos los meses de
silencio, pero, sobre todo, pensó en su charla con Susan y con su padre
respecto a su tendencia a huir, así que giró sobre sus talones y volvió
despacio—. Está bien, lo siento.
—¿Sí? —Se quedó tan sorprendido que
parpadeó y sacó otro pitillo—. Gracias.
—¿Qué pasó?, ¿qué ocurrió en Suecia? —Se
acercó al banco y se sentó—. ¿Por qué volvió a estropearse todo? ¿Fue por mi
culpa?
—Habíamos discutido muy fuerte en la
consulta de Susan. Decidí alejarme de ti para que reaccionaras, y cuando llegué
a Estocolmo estaba dolido y desesperado, como me siento casi siempre cuanto nos
separamos. —Se sentó a su lado y forzó una media sonrisa, sintiendo un alivio
enorme de poder, al fin, explicarse—. Y aunque no sea una excusa válida, fumé
hierba para relajarme un poco, y después de la hierba probé la cocaína y eso me
llevó directo al alcohol, y en aquel preciso instante perdí el control. Ya me
habían advertido que las recaídas eran las peores, pero no imaginé que llegaría
hasta el punto de acabar por los suelos sin sentido y sin control de mis actos.
Bebí tanto que cuando desperté había llevado a esa mujer a mi hotel, no
recuerdo ni donde ni como la conocí, simplemente estaba allí, y acto seguido
estaba en las portadas de todo el Reino Unido e Irlanda, aunque seguía
demasiado borracho para entenderlo, y cuando un día después volví a despertar
medio muerto en un hotel, llamé a Max para que fuera a buscarme porque no sabía
dónde estaba, ni qué había hecho. Había pasado casi tres días en blanco, sé que
me llevaron a las afueras con un grupo de gente y poco más. Yo no era persona.
Y, mientras, tú te enterabas de todo a través de la prensa. Cuando recuperé la
sobriedad y conseguí llegar a Londres, tú estabas ingresada en un hospital,
habías perdido el bebé que esperabas, aunque ni siquiera sabía que estabas
embarazada, y me quise morir. Por si fuera poco, tu padre y Fisher me
impidieron acercarme a ti, me dijeron que si te quería, te dejara en paz, que
si te respetaba, me largara, y como te quiero eso hice, y eso he seguido
haciendo durante todo este tiempo, respetar tu espacio.
—Susan dice que siempre que hemos
necesitado estar unidos, nos hemos dado la espalda, que yo, sobre todo, te he
dado la espalda.
—Tal vez tengas razón, pero cuándo haces
las cosas que yo hago... —Respiró hondo y se apoyó en el respaldo del banco—.
Jamás, en toda mi vida, he querido hacerte daño, Issi, nunca. Tú eres la
persona que más quiero en este mundo, jamás he querido hacerte daño y no
entiendo cómo o por que siempre acabo haciéndolo.
—Yo tampoco quiero hacerte daño y
también lo he hecho muchas veces, supongo que sucede cuando dos personas pasan
tantos años juntos.
—Quise acercarme a ti y explicarme, pero
no pude, no me dejaron.
—Lo siento, siento que mi padre y
Mike...
—Solo intentaban protegerte y los
entiendo, yo también soy padre y entiendo perfectamente al tuyo, pero
deberíamos aprender la lección y estar por encima de los demás y comunicarnos
siempre entre nosotros, nunca dejar de hablar, ni permitir que otras personas
intervengan, separándonos... —Ella guardó silencio y él se acercó más hasta
rozarle las piernas—. Dame otra oportunidad. Sé que te he pedido miles, pero
esta vez no fallaré.
—Estoy agotada, ¿sabes? —contestó ella
llorando, pero lo miró de soslayo con una sonrisa—. Muy cansada de luchar por
esto, y creo que si tengo que pasar otra vez por algo similar a lo de Suecia o
cualquier cosa por el estilo, me moriré, así de simple, me fallan las fuerzas y
estoy asustada, porque nunca me había sentido desfallecer, pero ahora me falta
la energía, después del... del aborto... mi cuerpo no es el mismo y me siento
muy débil.
—Yo tendré fuerzas por los dos.
—Ron...
—Escucha, sé que siempre has luchado por
los dos, que has puesto todo de tu parte en defender lo nuestro, por ti, por mí
y frente a tu familia o nuestros amigos, y tal vez yo no he sido consciente de
todo ese esfuerzo, tal vez siempre me he mantenido como un espectador, pero ya
no, ahora sé lo que has hecho por nosotros, y estoy dispuesto a luchar por los
dos. Déjame hacerlo, yo recuperaré nuestra vida, te lo prometo... —Le sonó el
móvil y lo ignoró, pero al final tuvo que contestar ante la insistencia—. Sí,
Max, todo bien, pero discúlpame con Elton, no volveré a tiempo, que graben lo
que le quede pendiente y lo llamo esta tarde. Gracias.
—Es tarde, vuelve al trabajo, yo también
tengo mucho que hacer, Mike y Ralph se casan la semana que viene y... —Se
levantó enjugándose las lágrimas, pero con un gran alivio en el pecho—. Ya
hablaremos.
—¿Cómo que ya hablaremos?, no quiero
perder más tiempo, princesa. Issi, por favor, hemos avanzado mucho hoy.
—Lo sé.
—¿Quieres ir a comer?, ¿dónde quieres
ir?
—Mira, ahora quiero volver a casa y
descansar un poco, hoy es el último día de función, y como te he dicho, me
flaquean las fuerzas, necesito un respiro y lo tendré cuando llegue a Ibiza.
—¿Es cierto que no irás a nuestra casa?
—Ella lo miró con esos ojos enormes y negó con la cabeza—. ¿Por qué? Es tu
casa, tienes que instalarte allí, es perfecta para los niños.
—En nuestras circunstancias es
complicado todo esto, Ronan.
—Es tu casa, ve allí y disfrútala.
Vamos, te acompaño a buscar un taxi. —La empujó suavemente por la espalda y
ella agradeció al universo que no insistiera más, era un cambio de actitud
enorme y lo miró con el pecho lleno de ternura—. Mira, ve a Ibiza, descansa y
si quieres hablar, me llamas. Cogeré un avión esté donde esté para ir y
hablaremos. Mañana tengo que viajar a Dublín, pero lo anulo todo si quieres
continuar esta charla conmigo.
—Gracias.
—No me des las gracias. —La miró y le
acarició el pelo poniéndoselo detrás de la oreja—. Yo te amo y si tú por un
milagro extraordinario, me echas de menos, todo lo demás carece de importancia.
—Muy bien. —Issi bajó la cabeza
limpiándose las lágrimas. Ronan suspiró, se inclinó y le besó la frente.
—Te amo, princesa. —Paró un taxi y le
abrió la puerta, pero antes de dejarla entrar la miró a los ojos—. Ha sido la
mejor conversación que hemos tenido en años.
—Es cierto —dijo ella con una sonrisa
que iluminó todo el parque y él devolvió la sonrisa.
—Gracias por venir a buscarme, llevaba
cuatro meses rezando por este milagro.
—Sean me dijo ayer que quieres cederme
la casa de Killiney y por supuesto me negué, esa casa es tuya, es tu hogar, tú
la compraste...
—La compré para ti, pensando en ti y en
la media docena de niños que íbamos a tener —la interrumpió, sonriendo—. Esa
casa es tuya, tú la convertiste en nuestro hogar y no soporto vivir allí yo
solo.
—Pero cuando los niños van a Dublín,
ellos...
—Dos fines de semana al mes y el resto
del tiempo tengo que veros en cada rincón, en cada habitación vacía. No,
gracias, no puedo seguir así o volveré a beber o algo peor.
—No digas eso.
—Es cierto.
—Está bien, debo irme.
—Llámame.
—Lo haré.
—¿Estás segura?, ¿al menos lo pensarás?
—Te llamaré. —Se acercó y lo besó en la
mejilla, luego entró en el taxi y desapareció en medio del tráfico, dejándolo
con una sensación maravillosa en el alma.
Capítulo 40
Llegar a Ibiza se convirtió en una
aventura titánica. Después de hablar con Ronan no durmió, a pesar de que la
última función en el teatro la dejó rendida, no pudo dormir, más por felicidad
y alivio que por otra cosa, agradecida al universo por haber decidido hablar
con él y por él mismo, por haberse enamorado de alguien así, alguien por el que
siempre, al final, cualquier esfuerzo valía la pena.
Veinticuatro horas después de esa charla
lo llamó personalmente para anunciarle que ya estaban en Ibiza, en su casa,
donde decidió instalarse con los niños, Aurora, Kirk, Michael, Ralph y un
equipaje digno de un embajador, cuatro maletas gigantes y todas esas cosas que
seguían a cualquier madre con niños tan pequeños, un tremendo despliegue que
afortunadamente Kirk, su escolta permanente cuando viajaba con Jamie y Alex, le
ayudó a organizar y movilizar por los aeropuertos. El viaje no había estado tan
mal, a pesar del estrés y la fatiga que llevaba encima, y nada más pisar su
especular casa a orillas del mar, se plantó el biquini y decidió empezar a
tomárselo con calma, dejando los preparativos de última hora de la inminente
boda en manos de Andrea Hamilton, una vieja conocida que era capaz de organizar
cualquier cosa, en cualquier lugar de las Islas Baleares. Andrea ya tenía todo
el trabajo adelantado y el cambio de escenario de la casa de Carmen a la de
Eloisse, muchísimo más grande, solo contribuyó a facilitar las cosas.
Los pequeños estaban encantadísimos en
su casa nueva, con la playa a dos pasos de distancia, con el calor y los
abuelos, Carmen y Stavros, que eran divertidos e incansables, y Eloisse empezó
a respirar, a sonreír con más facilidad, observando como los flamantes novios
se peleaban por las flores o los platos del banquete, a dos días de la boda, y
aunque se moría de ganas de compartir con alguien su importante charla en Hyde
Park, guardó silencio y se calló sus novedades, dejando a los demás descansar
de sus cuitas sentimentales que, por otra parte, no interesaban a nadie, salvo
a Ronan y a ella.
—¡Vete a la mierda Ralph!, ¡a la puta
mierda! —El estruendo fue tremendo. Issi se tragó las vitaminas que le había
mandado el médico y salió de la cocina hacia el enorme salón donde Michael
lloraba desconsolado.
—¡No me mientas! ¡No me mientas más!
—chilló Ralph.
—¡No te miento, joder! —Michael agarró
otro de los arreglos florales y lo estampó contra el suelo. Issi avanzó un paso
y le hizo un gesto a Aurora para que siguiera distrayendo a los niños en la
piscina, cerró el ventanal del jardín y se volvió hacia ellos con las manos en
las caderas.
—¿Qué pasa aquí? Estáis asustando a los
niños.
—Dile a tu amiguito del alma que no me
mienta, Issi, por favor —le espetó Ralph.
—¡Yo no miento! Te lo he jurado. ¿Cómo
es posible que sigas creyendo que te miento? —insistía Michael.
—Si quieres seguir adelante con esto,
dime la verdad. Si no, me largo ahora mismo de aquí, Michael.
—¡Lárgate de una puta vez!
—¡No! Vamos a ver, ¿qué está ocurriendo
aquí? —Eloisse agarró a Ralph de una manga y miró a Michael instándolo a que se
tranquilizara—. ¿Qué ha pasado? Vamos, hablemos, seguro que podemos arreglarlo.
Vamos, Ralphy, por favor, ¿que está pasando?
—Me han llamado de un hotel de Park Lane
para decirme que han encontrado las gafas de sol que el señor Fisher olvidó
allí hace tres noches.
—¿Estuviste en un hotel, Mike?
—¡No, claro que no!
—¿Le vas a mentir también a ella?,
¿después de todo lo que está haciendo por ti, Mike?, ¿por la puta boda?
—¿La puta boda?
—Sí, esta puta boda que tú has querido
tener a pesar de que eres capaz de mentirme y seguir engañándome con ese hijo
de puta.
—¡Un momento! —Issi se interpuso entre
ambos al ver que Michael iba directo a la yugular de su novio, y buscó con los
ojos a Kirk para que la ayudara con el embrollo, pero no lo encontró—. ¿De qué
estás hablando?
—La señorita del hotel me confirmó que
mi prometido estuvo allí con el señor Taylor White, ¿qué te parece?
—Eso es mentira.
—No sigas mintiéndome, Mike.
—Es mentira, te lo juro, Issi. ¿Tú me
crees?
—Por supuesto. Seguramente es un error,
Ralph, vamos a hablarlo, por favor.
—No, si está claro que vosotros dos
jamás os daréis la espalda. Lo mejor es que me largue de aquí, no puedo seguir
con esto, no puedo...
—¡Ralph, no estoy de parte de nadie!
Solo quiero aclarar las cosas, la boda es pasado mañana...
—Para mí ya no hay boda, Issi, y lo
siento en el alma por ti y por Ronan, que ya ha invertido una fortuna en todo
este circo, pero no puedo seguir adelante.
—¡Eso lárgate y no vuelvas por aquí!
—Michael salió al jardín y Eloisse se quedó de pie, quieta, sin saber qué
hacer, hasta que decidió seguir a Ralph hasta la puerta principal donde él se
detuvo para despedirse.
—Ralphy...
—Me voy a un hotel, Issi, mandaré a
alguien a buscar mis cosas y lo siento mucho, te lo digo en serio, lo siento
muchísimo.
—Ve a casa de mi madre y reflexiona,
¿vale? Por favor, hazlo por mí, ella tiene espacio y estará encantada de
acogerte, no hagas nada hasta mañana, ¿vale? Piensa y descansa, por favor,
estoy segura de que lo podréis aclarar.
—No hay nada que aclarar.
—Confía en mí, si Mike hubiese hecho
algo semejante, yo lo sabría, me lo hubiese dicho...
—¿Y si esta vez nos ha mentido a los
dos?
—Bueno, yo...
—Gracias, Issi. —Se inclinó y le besó la
frente—. Me voy a la casa de Carmen, mañana hablamos.
—Vale.
Tras la inesperada explosión, todo quedó
en suspenso. Andrea y su equipo dejaron todo pendiente de confirmación y
Eloisse se dedicó a charlar con el desconsolado Michael, que juraba y perjuraba
entre lagrimones que jamás había ido a ese hotel con nadie y mucho menos con
Taylor White, al que no había vuelto a ver, mientras en casa de la madre de
Issi, Ralph manifestaba su decisión irrevocable de suspender de forma
definitiva y tajante la boda.
—¿Ron? —Cuando al fin pudo meterse en la
cama, después de conseguir que Michael se durmiera, solo podía pensar en Ronan,
en él, en su vida, en su última charla, en esa conexión poderosa que los unía y
decidió llamarlo, sin ningún plan ni discurso predeterminado, simplemente
llamarlo para hablar, para oír su voz y aplacar en parte esa necesidad brutal
que sentía de tenerlo cerca.
—¿Qué pasa, princesa?
—Nada, bueno en realidad sí, pero...
—Son las once de la noche en España,
¿qué ocurre?
—Solo quería hablar contigo y de paso
darte las gracias por pagar los gastos de la boda. Ralph y Michael me lo han
contado muy emocionados esta mañana aunque, bueno, la han suspendido...
—¡¿Qué?! ¿Por qué?
—Ralph ha recibido una llamada de
Inglaterra, de un hotel donde Mike estuvo supuestamente con alguien, Taylor, un
tipo...
—Sé quién es ese Taylor, ya hubo
problemas por su culpa.
—Exactamente, todo es mentira, pero
Ralph está indignado, ha cogido sus cosas y se ha marchado. Está en casa de mi
madre, dice que necesita pensar y que no puede casarse.
—¿Y Fisher?
—Ya te lo podrás imaginar. Aurora le ha
dado un par de somníferos y hemos conseguido que se duerma, pero yo creo que
solo necesitan hablar, aclararlo, aunque ha sido horrible...
—Lo siento, ¿y tú como estás?
—Bien, pero... ¿dónde estás?, ¿vas
conduciendo?
—Sí, voy de vuelta a casa desde Dublín,
tenía una entrevista en la radio, ¿y los niños?
—Durmiendo en mi cama.
—¿Pero están bien?
—Sí, solo me apetecía estar con ellos
y... —Hizo un puchero y se echó a llorar.
—Tranquila, todo se arreglará, ya verás.
Ralph es un tipo razonable y acabarán entendiéndose.
—No es solo eso, también es por
nosotros.
—Issi...
—He pensando muchísimo en todo lo que
hablamos, no hago más que pensar, y quiero seguir hablando contigo, tengo
tantas cosas que arreglar y mejorar, y no sé, esta noche lo he visto todo
claro: no podemos seguir así... no deberíamos seguir sufriendo gratuitamente,
si tú y yo sabemos lo que sentimos, no deberíamos seguir así, no es justo.
—¿En serio? —Paró el coche en el arcén
de la carretera y respiró hondo —. ¿Princesa?
—Hoy se ha montado un drama
inconmensurable aquí, delante de mis ojos, y yo solo podía pensar en ti, en lo
que tenemos y en lo que no quiero seguir perdiéndome. Te echo muchísimo de
menos, porque te quiero y te necesito mucho más de lo que soy capaz de reconocer.
—Voy para allá.
—No tienes que hacerlo ahora, podemos
hablar mañana.
—Voy para allá, dame unas horas.
—No, escucha, yo sé lo que siento, ¿pero
crees sinceramente que podremos superar todo por lo que hemos pasado, lo de
antes de Suecia y lo de Suecia?
—Juntos sí, ¿o prefieres seguir
haciéndolo sola?
—No, pero...
—Yo te amo y creo que juntos podremos
conseguirlo. Podemos dar un portazo al pasado y empezar de nuevo, y esta vez te
lo juro, yo lo haré por los dos, lucharé por los dos, y será la definitiva.
—Es que...
—Si tú eres capaz de perdonarme y darme
esta última oportunidad no te fallaré. —Ella guardó silencio y él se enjugó las
lágrimas con la manga de la camisa, decidiendo girar hacia Dublín para buscar
un avión y volar enseguida hacia Ibiza—. Te amo, princesa, y siempre he sabido
que, a pesar de todo, tú también me amas... Voy a llamar a Jeff. Estaré ahí en
tres horas.
—Ronan...
—Tres horas. —Hizo girar el todoterreno
camino del aeropuerto—. ¿Sabes que acabas de convertirme en el hombre más feliz
que pisa Irlanda?
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