miércoles, 26 de marzo de 2014

SHATTER ME, parte 12

Adam es elevado en la camilla y lo evalúan de inmediato. Todo el mundo está hablando a la vez. Algo sobre costillas rotas. Algo sobre pérdida de sangre. Algo acerca de las vías respiratorias y la capacidad pulmonar y ¿que ocurrió con sus muñecas? Algo acerca de cómo comprobar el pulso y ¿cuánto tiempo ha estado sangrando? El hombre y la mujer joven miran en mi dirección. Todos llevan trajes extraños.
Trajes extraños. Todo blanco con franjas grises en el borde. Me pregunto si se trata de un uniforme de médico.
Se están llevando a Adam lejos.
―Espera. ―Salgo del auto―. ¡Espera! Quiero ir con él...
―Ahora no. ―Kenji me detiene. Suavemente―. No puedes estar con él para lo que tienen que hacer. No ahora.
―¿Qué quieres decir? ¿Qué van a hacer con él? ―El mundo se enfoca y se desenfoca, las formas grises parpadeando como forzados cuadros, con movimientos rotos. De repente, nada tiene sentido. De repente, todo me confunde. De repente, mi cabeza es un pedazo de pavimento y estoy siendo pisoteada hasta la muerte. No sé dónde estamos. No sé quién es Kenji. Kenji era amigo de Adam. Adam lo conoce. Adam. Mi Adam. Adam, quien está siendo llevado lejos de mí y no puedo ir con él y quiero ir con él pero no me dejan ir con él y no sé por qué...
—Ellos van a ayudarlo, Juliette. Te necesito concentrada. No puedes venirte abajo justo ahora. Sé que ha sido un día de locos, pero necesito que te quedes tranquila. —Su voz. Tan constante. Tan de repente articulada.
―¿Quién eres tú... ? ―Estoy empezando a sentir pánico. Quiero agarrar a James y correr, pero no puedo. Ha hecho algo con James y aunque supiera cómo despertarlo, no puedo tocarlo. Quiero arrancarme las uñas―. ¿Quién eres tú...?
Kenji suspira.
―Estás muerta de hambre. Estás agotada. Estás procesando una conmoción y un millón de emociones en este momento. Se lógica. No voy a lastimarte. Ahora estás a salvo. Adam está a salvo. James está a salvo.
―Quiero estar con él. Quiero ver lo que van a hacer con él...
―No puedo dejar que hagas eso. 
―¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Por qué me has traído aquí...? ―Mis ojos están muy abiertos, lanzándose en todas direcciones. Estoy girando, varada en el medio del océano de mi propia imaginación y no sé nadar―. ¿Qué quieres de mí?
Kenji mira hacia abajo. Se frota la frente. Busca en su bolsillo.
―Realmente no quería tener que hacer esto.
Creo que estoy gritando. 

Capítulo 43
Soy una vieja escalera chirriante cuando me despierto.
Alguien tuvo que lavarme. Mi piel parece de satén. Mis pestañas están suaves. Mi cabello está liso, sin nudos, brillando en la luz artificial, un río de chocolate lame la orilla pálida de mi piel, como ondas suaves en cascada alrededor de mi clavícula. Mis articulaciones duelen, mis ojos queman por un agotamiento insaciable. Mi cuerpo está desnudo bajo una sábana pesada. Nunca me he sentido tan primitiva.
Estoy demasiado cansada como para molestarme por ello.
Mis ojos somnolientos hacen un inventario del espacio en donde estoy, pero no hay mucho que considerar. Estoy en una cama. Hay 4 paredes. 1 puerta. Una pequeña mesa junto a mí. Un vaso de agua sobre la mesa. Las luces fluorescentes zumbando sobre mí. Todo es de color blanco.
Todo lo que he conocido está cambiando.
Alcanzo el vaso de agua y la puerta se abre. Me subo la sábana tanto como puedo.
—¿Cómo te sientes?
Un hombre alto con gafas de plástico. Monturas negras. Un jersey sencillo. Pantalones ajustados. Cabello rubio cayendo en sus ojos.
Sostiene un sujetapapeles.
—¿Quién eres tú?
Agarra una silla de la que no me había dado cuenta en la esquina. La empuja hacia adelante. Se sienta al lado de mi cama.
—¿Te sientes mareada? ¿Desorientada?
—¿Dónde está Adam? 
Sostiene su pluma en una hoja de papel. Escribe algo.
—¿Tu apellido se escribe con dos erres? ¿O sólo una?
—¿Qué hiciste con James? ¿Dónde está Kenji?
Se detiene. Me mira. No puede tener más de 30 años. Tiene la nariz torcida. Barba de un día.
—¿Puedo por lo menos asegurarme de que estás bien? Luego contestaré a tus preguntas. Te lo prometo. Sólo déjame hacer el protocolo básico.
Parpadeo.
¿Cómo me siento? No lo sé.
¿Tuve algún sueño? No lo creo.
¿Sé dónde estoy? No.
¿Creo estar a salvo? No lo sé.
¿Recuerdo lo que pasó? Sí.
¿Qué edad tengo? 17.
¿De qué color son mis ojos? No lo sé.
—¿No lo sabes? —Para de escribir. Se quita las gafas—. Puedes recordar exactamente lo que sucedió ayer, ¿pero no sabes el color de tus propios ojos?
—Creo que son de color verde. O azul. No estoy segura. ¿Por qué es importante?
—Quiero estar seguro de que puedes reconocerte. Que no te has perdido de vista.
—Sin embargo, nunca he sabido de qué color son mis ojos. Sólo me he mirado en el espejo una vez en los últimos tres años.
Me da una mirada extraña, los ojos arrugados de preocupación. Finalmente tengo que apartar la vista.
—¿Cómo me tocaron? —pregunta.
—¿Disculpa?
—Mi cuerpo. Mi piel. Estoy muy… limpia.
—Oh. —Se muerde el dedo pulgar. Marca algo en sus papeles—. De acuerdo. Bueno, estabas cubierta de sangre y mugre cuando llegaste, y tenías algunos pequeños cortes y contusiones. No queríamos correr el riesgo de que se infectaran. Perdón por violar tu espacio personal, pero no podemos permitir que nadie traiga ese tipo de bacterias aquí. Teníamos que hacer una desintoxicación superficial.
—Eso está bien… entiendo —respondo rápidamente—. Pero, ¿cómo?
—¿Cómo?
—¿Cómo me tocaron? —Seguramente lo sabía. ¿Cómo no podía saberlo? Dios, espero que sepa.
—Oh. —Asiente con la cabeza, distraído por las palabras que está escribiendo en la hoja. Me mira de reojo—. Látex.
—¿Qué?
—Látex. —Me mira por un segundo. Ve mi confusión—. ¿Guantes?
—Acertado. —Por supuesto. Guantes. Incluso Warner los usó cuando lo descubrió.
Cuando lo descubrió. Cuando lo descubrió. Cuando lo descubrió.
Reproduzco el momento una y otra y otra vez en mi mente. La fracción de segundo que tardé demasiado en saltar por la ventana. El momento de vacilación que lo cambió todo. En el instante en que perdí todo el control. Todo el poder. Cualquier punto de la dominación. Nunca va a parar hasta encontrarme, y todo por mi culpa.
Necesito saber si está muerto.
Tengo que esforzarme para estar quieta. Tengo que esforzarme para no temblar, estremecerme o vomitar. Tengo que cambiar de tema.
—¿Dónde está mi ropa? —Juego con la perfecta sábana blanca que esconde mis huesos.
—Ha sido destruida por la misma razón por la que necesitabas ser esterilizada. —Agarra sus gafas. Se las pone—. Tenemos un traje especial para ti. Creo que va a hacer tu vida mucho más fácil.
—¿Un traje especial? —Lo miro. Con la boca abierta de sorpresa.
—Sí. Vamos a llegar a esa parte un poco más tarde. —Hace una pausa. Sonríe. Tiene un hoyuelo en la barbilla—. No me vas a atacar como a Kenji, ¿verdad?
—¿Ataqué a Kenji? —Me estremezco. 
—Sólo un poco. —Se encoge de hombros—. Por lo menos ahora sabemos que no es inmune a tu toque.
—¿Lo toqué? —Me siento con la espalda recta y casi olvido agarrar conmigo la sábana. Me estoy quemando de pies a cabeza, ruborizándome en mi mente, me aferro a la sábana como si mi vida dependiera de eso—. Lo siento mucho…
—Estoy seguro de que disfrutará con la disculpa. —El Blondie6 está estudiando sus notas religiosamente, de pronto fascinado por su puño y letra—. Pero está bien. Hemos estado esperando algunas tendencias destructivas. Tuviste una semana del infierno.
6 En español, rubiecito.
—¿Eres un psicólogo?
—Más o menos. —Se quita el cabello de su frente.
—¿Más o menos?
Se ríe. Hace una pausa. Juega con la pluma entre sus dedos.
—Sí. A todos los efectos, soy un psicólogo. A veces.
—¿Qué se supone que significa eso…?
Abre su boca. La cierra. Parece considerar responderme, pero me examina en su lugar. Se me queda mirando durante tanto tiempo que siento que me ruborizo. Comienza a garabatear frenéticamente.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —le pregunto.
—Recuperándote.
—¿Cuánto tiempo he estado aquí?
—Has estado dormida durante casi catorce horas. Te dimos un sedante muy poderoso. —Mira su reloj—. Parece que lo estás haciendo bien —duda—. Te ves muy bien, realmente. Impresionante, de verdad.
Tengo un puñado de palabras revueltas en mi boca. Mi cara se empieza a ruborizar.
—¿Dónde está Adam?
Toma una respiración profunda. Hace hincapié en algo en sus papeles. Sus labios tiemblan en una sonrisa. 
—¿Dónde está?
—Recuperándose. —Finalmente, me mira.
—¿Está bien?
Asiente con la cabeza.
—Está bien.
Lo miro.
—¿Qué significa eso?
Dos golpes en la puerta.
El desconocido con gafas no se mueve. Vuelve a leer sus notas.
—Adelante —dice.
Kenji camina adentro, un poco indeciso al principio. Me ve de reojo, sus ojos están cautelosos. Nunca pensé que estaría tan feliz de verlo. Pero mientras es un alivio ver un rostro reconocido, mi estómago se retuerce de inmediato en un nudo de culpabilidad, golpeándome desde el interior. Me pregunto como le habré lastimado. Da un paso adelante.
Mi sentimiento de culpa desaparece.
Lo miro más de cerca y me doy cuenta que está perfectamente sano y salvo. Su pierna está funcionando bien. Su rostro ha vuelto a la normalidad. Sus ojos ya no están hinchados, su frente está lisa, suave e intocable. Él tenía razón.
Tiene una cara espectacular.
Una línea de la mandíbula desafiante. Cejas perfectas. El color de sus ojos del mismo tono negro que su cabello. Elegante. Fuerte. Un poco peligroso.
—Hola, preciosa.
—Lo siento, casi te maté —dejé escapar.
—Oh. —Se sobresalta. Mete las manos en sus bolsillos—. Bueno. Me alegro de que saliéramos de tu camino.
Me doy cuenta de que lleva una camiseta gastada. Vaqueros oscuros. No había visto unos vaqueros cualquiera en un tiempo tan largo. Uniformes del ejército, ropas básicas de algodón, y vestidos elegantes es todo lo que he conocido últimamente. 
Realmente no puedo mirarlo.
—Me entró pánico —traté de explicar. Junto y separo mis manos.
—Me di cuenta. —Levanta una ceja.
—Lo siento.
—Lo sé.
Asiento con la cabeza.
—Te ves mejor.
Forma una sonrisa. Se estira. Se apoya contra la pared con los brazos cruzados en el pecho y las piernas cruzadas en los tobillos.
—Debe ser difícil para ti.
—¿Cómo dices?
—Mirarme a la cara. Darte cuenta de que yo tenía razón. Saber que tomaste la decisión equivocada. —Se encoge de hombros—. Te entiendo. No soy un hombre orgulloso, lo sabes. Estaría dispuesto a perdonarte.
Me quedo boquiabierta, sin saber si reír o lanzarle algo.
—No me obligues a tocarte.
Sacude la cabeza.
—Es increíble cómo alguien puede verse tan bien y sentirse tan mal. Kent es un bastardo afortunado.
—Perdonen… —El hombre-psicólogo se pone de pie—, ¿pero ya terminaron? —Mira a Kenji—. Pensé que venías con un propósito.
Kenji se separa de la pared. Se endereza.
—Correcto. Sí. Castillo quiere verla. 

Capítulo 44
-¿Ahora? ―Blondie está más confundido de lo que yo estoy―. Pero no he terminado de examinarla.
Kenji se encoge de hombros.
―Él quiere verla.
―¿Quién es Castillo? ―pregunto.
Blondie y Kenji me miran. Kenji mira hacia otro lado. Blondie no.
Él ladea la cabeza.
―¿Kenji no te dijo nada sobre este lugar?
―No ―respondo segura, mirando a Kenji, que no me mira―. Nunca me explicó nada. Dijo que conocía a alguien que tenía un lugar seguro y pensó que podía ayudarnos a…
Blondie se queda boquiabierto. Riendo tan fuerte que resoplaba. Se detiene.
Limpia las gafas con el borde de su camisa.
―Eres todo un imbécil ―le dice a Kenji―. ¿Por qué no sólo le dices la verdad?
―Nunca hubiera venido si le hubiese dicho la verdad.
―¿Cómo lo sabes?
―Ella casi me mató.


Mis ojos están lanzándose desde una cara a otra. De pelo rubio a pelo negro y viceversa.
¿Qué está pasando? demandé. Quiero ver a Adam. Quiero ver a James. Y quiero un conjunto de ropa… 
―¿Estás desnuda? ―Kenji estudia mi sábana de repente y sin molestarse en ser sutil al respecto.
Me sonrojo a pesar de mis mejores esfuerzos, nerviosa, frustrada.
―Blondie dijo que destruyeron mi ropa.
―¿Blondie? ―El hombre rubio se sintió ofendido.
―Nunca me dijiste tu nombre.
―Winston. Mi nombre es Winston. ―Ya no está sonriendo.
―¿No dijiste que tenías un traje para mí?
Frunce el ceño. Mira su reloj.
―No vamos a tener tiempo para eso ahora ―suspira―. Consíguele algo para usar temporalmente, ¿está bien? ―está hablando con Kenji. Kenji, quien todavía está mirándome.
―Quiero ver a Adam.
―Adam no está listo para verte todavía. ―Blondie Winston mete su pluma en el bolsillo.
―Te haremos saber cuando esté listo.
―¿Cómo voy a confiar en cualquiera de ustedes si no me dejan ni verlo? ¿Si no me dejan ver a James? Ni siquiera tengo mis cosas básicas. Quiero salir de esta cama y necesito algo para usar.
―Ve a buscar algo, Moto. ―Winston está reajustando su reloj.
―No soy tu perro, Blondie ―lanza Kenji―. Y te dije que no me llames Moto.
Winston pellizca el puente de su nariz.
―No hay problema. También le diré a Castillo que es tu culpa que ella no esté con él en este momento.
Kenji murmura algo obsceno en voz baja. Va afuera. Casi tira la puerta.
Transcurren unos segundos en una especie de tenso silencio.
Tomo una respiración profunda.
―Entonces, ¿qué significa Moto? 
Winston gira los ojos.
―Nada. Es sólo un apodo. Su apellido es Kishimoto. Se enoja cuando lo cortamos por la mitad. Se pone sensible al respecto.
―Bueno, ¿por qué lo cortan por la mitad?
Él resopla.
―Porque es tan difícil de pronunciar como el infierno.
―¿Cómo es eso una excusa?
Frunce el ceño.
―¿Qué?
―Te enojaste porque te llamara Blondie y no Winston. ¿Por qué no tiene derecho de estar enojado porque lo estés llamando Moto en lugar de Kenji?
Murmura algo que suena como:
―No es lo mismo.
Me deslizo hacia abajo un poco. Apoyo la cabeza en la almohada.
―No seas un hipócrita. 

Capítulo 45
Me siento como un payaso en estas ropas grandes. Estoy usando la camisa de alguien más. Los pantalones de pijama de alguien más. Las pantuflas de alguien más. Kenji dice que también tuvieron que destruir la ropa de mi bolsa de lana, así que no tengo ni idea sobre de quién es el atuendo que está colgando de mi figura. Prácticamente estoy nadando en el material.
Trato de hacerle un nudo a la tela que sobra y Kenji me detiene.
—Vas a dañar mi camisa —se queja.
Dejo caer las manos.
—¿Me diste tu ropa?
—Bueno, ¿qué esperabas? No es como si sólo tuviéramos vestidos de más tendidos por ahí. ―Me dispara una mirada, como si debiera estar agradecida de que incluso esté compartiendo.
Bueno. Supongo que es mejor que estar por ahí desnuda.
—Así que de nuevo, ¿quién es Castillo?
—Él está a cargo de todo —dice Kenji—. El cabecilla de todo este movimiento.
Mis oídos se agudizan.
—¿Movimiento? 
Winston suspira. Parece tan tenso. Me pregunto por qué.
—Si Kenji todavía no te ha dicho nada él mismo, deberías esperar a escucharlo del mismo Castillo. Prometo que vamos a responder todas tus preguntas.
—¿Pero qué pasa con Adam? ¿Dónde está James…?
—Wow. —Winston pasa una mano por su cabello desarreglado—. Simplemente no vas a rendirte, ¿eh?
—Él está bien, Juliette —intervino Kenji—. Necesita un tiempo más para reponerse. Tienes que empezar a confiar en nosotros. Nadie va a hacer daño a James ni a Adam. Ambos están bien. Todo está bien.
Pero no sé si bien es lo suficientemente bueno.
Estamos caminando por toda una ciudad subterránea, pasadizos y corredores, suaves suelos de piedra, burdas paredes sin tocar. Hay discos perforados en el suelo, brillando con una luz artificial cada ciertos metros. Veo computadoras, toda clase de artilugios que no reconozco, puertas abiertas revelando habitaciones llenas con nada más que maquinaria tecnológica.
—¿Cómo encuentran la energía necesaria para mantener este lugar?
Miro mucho más de cerca las maquinas sin identificar, las pantallas parpadeantes, los inconfundibles sonidos de cientos de computadoras construidas en la estructura del mundo subterráneo.
Kenji tira de un mecho de mi cabello. Me doy la vuelta.
—La robamos. —Sonríe. Asiente hacia un camino estrecho—. Por aquí.
Personas jóvenes y viejas, de todas las formas diferentes y etnias se mezclan dentro y fuera de las habitaciones, en la extensión de los pasillos. Muchos de ellos miran, otros están muy distraídos para notarnos. Algunos están vestidos como los hombres y la mujer que se apresuraron hacia nuestro auto anoche. Es una extraña especie de uniforme. Parece innecesario. 
—¿Entonces… todos se visten así? —susurro, señalando a los extraños que pasamos tan poco sospechosamente como es posible.
Kenji rasca su cabeza. Tomándose su tiempo para responder a la pregunta.
—No todos. No todo el tiempo.
—¿Qué pasa contigo? —le pregunto.
—Hoy no.
Decido no mimar sus tendencias crípticas, y en vez de eso hago una pregunta más directa.
—¿Alguna vez vas a decirme cómo sanaste tan rápido?
—Sí —dice, sin inmutarse—. Vamos a decirte un montón de cosas, en verdad. —Hacemos un abrupto giro hacia abajo en un pasillo inesperado—. Pero primero…
Kenji hace una pausa en una enorme puerta de madera.
—Castillo quiere conocerte. Él es quien te solicitó.
—¿Solicitó?
—Sí. —Kenji parece incómodo sólo por un segundo de flaqueo.
—Espera… ¿qué quieres decir?
—Quiero decir que no fue accidente que terminara en el ejército, Juliette —suspira—. No fue accidente que apareciera en la puerta de Adam. Y no se supone que me dispararan o fuera golpeado hasta casi morir, pero pasó. Sólo que no fui arrojado por un chico al azar. —Casi sonríe—. Siempre he sabido dónde vivía Adam. Era mi trabajo saberlo. —Una pausa—. Todos hemos estado cuidando de ti.
Mi boca está descansando en mis rótulas.
—Adelante. —Kenji me empuja hacia adentro—. Él saldrá cuando esté listo. Buena suerte. —Es todo lo que Kenji me dice. 
En 1,320 segundos camino dentro en la habitación antes de que él lo haga. Se mueve metódicamente, su rostro es una máscara de neutralidad mientras pone caprichosos rizos en una cola y se sienta en el frente de la habitación.
Es delgado, en forma, vestido impecablemente en un simple traje. Azul oscuro. Camisa blanca. Sin corbata. No hay líneas en su rostro, pero hay una raya de gris en su cabello y sus ojos confiesan que ha vivido al menos 100 años. Debe estar en sus 40. Miro alrededor.
Es un espacio vacío, impresionante en su escasez. Los techos y paredes están construidos de ladrillos puestos cuidadosamente. Todo se siente extraño y antiguo, pero de alguna manera la tecnología moderna mantiene el lugar vivo. La luz artificial ilumina las dimensiones cavernosas, pequeños monitores están construidos en las paredes de piedra. No sé qué estoy haciendo aquí. No sé qué esperar. No tengo idea de qué clase de persona es Castillo pero después de pasar tanto tiempo con Warner, estoy tratando de no elevar muchos mis expectativas. Ni siquiera me doy cuenta de que he dejado de respirar hasta que él habla.
—Espero que estés disfrutando tu estancia hasta el momento.
Mi cuello vuela hacia arriba para encontrar sus ojos oscuros, su voz suave, sedosa y fuerte. Sus ojos están brillando con genuina curiosidad, una noción de sorpresa. He olvidado como hablar.
—Kenji dijo que quería conocerme. —Es la única respuesta que ofrezco.
—Kenji tenía razón.
Se toma su tiempo respirando. Se toma su tiempo moviéndose en el asiento. Se toma su tiempo estudiando mis ojos, escogiendo sus palabras, tocando sus labios con dos dedos. Parece haber dominado el concepto de tiempo. Impaciencia, posiblemente, no es una palabra en su vocabulario.
—He escuchado… historias. Sobre ti. —Sonrisas—. Simplemente quería saber si eran verdad. 
—¿Qué ha escuchado?
Sonríe con unos dientes tan blancos que parece como si la nieve estuviera cayendo de los valles de chocolate de su rostro. Abre su mano. La estudia por un momento.
Alza la mirada.
—Puedes matar a un hombre con nada más que tu piel desnuda. Puedes machacar cinco metros de hormigón con la palma de tu mano.
Estoy escalando una montaña de aire y mis pies siguen deslizándose. Necesito agarrarme de algo.
—¿Es verdad? —pregunta.
—Los rumores son más propensos a matarle que yo.
Me estudia durante demasiado tiempo.
—Me gustaría mostrarte algo —dice después de un rato.
—Quiero respuestas a mis preguntas.
Esto ha ido demasiado lejos. No quiero ser arrullada por una falsa sensación de seguridad. No quiero asumir que Adam y James están bien. No quiero confiar en nadie hasta que tenga pruebas. No puedo pretender que algo de esto está bien.
—Quiero saber que estoy a salvo —le digo—. Y quiero saber que mis amigos están a salvo. Había un niño de diez años con nosotros cuando llegamos y quiero verlo. Necesito estar segura de que está sin daños y saludable. De otra manera, no cooperaré.
Él me inspecciona durante unos minutos más.
—Tu lealtad es reconfortante —dice, y lo dice en serio—. Lo harás bien aquí.
—Mis amigos…
—Sí. Por supuesto. —Está de pie—. Sígueme. 
Este lugar es mucho más complejo, mucho más organizado de lo que pensé que sería. Hay cientos de diferentes direcciones en las cuales perderse, casi tantas habitaciones, algunas más grandes que otras, cada una dedicada a propósitos diferentes.
—El comedor —me dice Castillo.
—Los dormitorios. —En el ala opuesta.
—Las instalaciones para entrenar. —Bajando por el pasillo.
—Las habitaciones comunes. —Justo por aquí.
—Los baños. —En el otro extremo del piso.
—Los salones de reunión. —Justo pasando esa puerta.
Cada espacio está abarrotado con cuerpos, cada cuerpo adaptado a una rutina particular. Las personas miran hacia arriba cuando nos ven. Algunas saludan, sonríen, con alegría. Me doy cuenta de que están mirando a Castillo. Él asiente su cabeza. Sus ojos son amables, humildes. Su sonrisa es fuerte, tranquilizadora.
Es el líder de todo el movimiento, es lo que dijo Kenji. Estas personas están dependiendo de él por algo más que básica supervivencia. Esto es más que su refugio de lluvia. Esto es mucho más que un lugar para esconderse. Hay una meta más grande en mente. Un propósito mejor.
—Bienvenida —me dice Castillo, haciendo un ademán con una mano—, a Punto Omega. 

Capítulo 46
-¿Punto Omega?
La última letra del alfabeto griego. El desarrollo final, el último de la serie. —Se detiene frente a mí, y por primera vez me doy cuenta del símbolo de omega cosido en la parte posterior de su chaqueta—. Somos la única esperanza que nuestra civilización ha tenido.
—Pero, ¿cómo… con tan pequeño número… cómo pueden esperar a competir…?
—Hemos estado construyéndolo desde hace mucho tiempo, Juliette. —Es la primera vez que dice mi nombre. Su voz es fuerte y estable—. Hemos estado planeando, organizando, trazando nuestra estrategia desde hace muchos años. El colapso de nuestra sociedad humana no debe ser una sorpresa. Nosotros lo trajimos hacia nosotros mismos.
—La cuestión era si las cosas se desmoronaban —continúa—. Sólo cuando. Era un juego de espera. Una cuestión de quién iba a tratar de tomar el poder y cómo iban a tratar de usarlo. El miedo —me dice, volviendo por un momento, sus pasos en silencio contra la piedra—, es un gran motivador.
—Eso es patético.
—Estoy de acuerdo. Lo cual es el porqué parte de mi trabajo es revivir corazones estancados que han perdido toda esperanza. —Atravesamos otro pasillo—. Y también decirte que casi todo lo que has aprendido sobre el estado de nuestro mundo es una mentira.
Me detengo en mi lugar. Casi me caigo.
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a que las cosas no son tan malas como el Restablecimiento quiere que pensemos que son.
—Pero no hay comida…
—Sólo la que ellos te permiten el acceso. 
—Los animales…
—Se mantienen ocultos. Genéticamente modificados. Criados en los pastizales secretos.
—Pero el aire… las estaciones… el tiempo…
—No es tan malo como nos hacen creer. Probablemente es nuestro único problema… pero es causada por las perversas manipulaciones de la Madre Tierra. Las manipulaciones realizadas por el hombre aún podemos arreglarlas. —Se vuelve hacia mí. Enfoca mi mente con una mirada firme—. Todavía hay una oportunidad de cambiar las cosas. Podemos proporcionar agua potable a todas las personas. Podemos hacer que los cultivos no estén regulados con fines de lucro, podemos asegurar que no hayan sido genéticamente alterados para beneficiar a los fabricantes. Nuestra gente está muriendo porque estamos dándoles de comer veneno. Los animales están muriendo porque los estamos obligando a comer los residuos, lo que les obligó a vivir en su propia suciedad, jaulas juntas y abusar de ellos. Las plantas están marchitas debido a que se están deshaciendo de los productos químicos en la tierra lo que es peligroso para nuestra salud. Pero esas son cosas que podemos arreglar.
—Estamos hartos, porque están creyendo que nos hace débiles, vulnerables y maleables. Esto nos paraliza. Crea cobardes en nuestro pueblo. Los esclavos de nuestros hijos. Es hora de que luchemos. —Sus ojos son brillantes, con sentimiento, con los puños apretados por el fervor. Sus palabras son muy poderosas y pesadas en convicción, elocuentes y significativas. No tengo ninguna duda que ha influido a muchas personas con pensamientos tan extravagantes. La esperanza de un futuro que parece perdido. La inspiración en un mundo sombrío, sin nada que ofrecer. Es un líder natural. Un orador talentoso.
Tengo dificultades para creer en él.
—¿Cómo puedes saber con certeza que tus teorías son correctas? ¿Tienes pruebas?
Sus manos se relajan. Sus ojos se calman. Sus labios forman una pequeña sonrisa.
—Por supuesto. —Casi se ríe.
—¿Por qué es tan gracioso?
Sacude la cabeza. Sólo un poco.
―Me divierte tu escepticismo. Lo admiro, en realidad. Nunca es una buena idea creer todo lo que oyes. 
Atrapo el doble sentido. Reconociendo esto.
—Touché, señor Castillo.
Una pausa.
—¿Eres francesa, señorita Ferrar?
—Mi madre, tal vez. —Miro para otro lado—. Entonces, ¿dónde está la prueba?
—Este movimiento entero es una prueba suficiente. Sobrevivimos a causa de estas verdades. Buscamos los alimentos y los suministros de los complejos de almacenamiento que el Restablecimiento ha construido. Hemos encontrado sus campos, sus granjas, sus animales. Tienen cientos de hectáreas dedicadas a cultivos. Los campesinos son esclavos, trabajando bajo la amenaza de muerte para ellos mismos o sus familiares. El resto de la sociedad es asesinada o encerrada en los sectores, divididos para ser monitoreados, estudiados cuidadosamente.
Puedo mantener mi cara en blanco, suave y neutra. Todavía no he decidido si creerle o no.
—Y, ¿qué necesitas de mí? ¿Por qué te importa si estoy aquí?
Se detiene en la pared de cristal. Puntos a través de la habitación contigua. No contesta mi pregunta.
—Tu Adam se está recuperando gracias a nuestra gente.
Estuve a punto de pasar sobre él en mi prisa por verle. Presiono mis dedos contra el cristal y por pares en el espacio iluminado. Adam está dormido, su rostro perfecto, pacífico.
Ésta debe ser el ala médica.
—Fíjate bien ―me dice Castillo―. No hay agujas conectadas a su cuerpo. No hay máquinas manteniéndolo con vida. Llegó con tres costillas rotas. Los pulmones al borde del colapso. Una bala en el muslo. Sus riñones estaban molidos junto con el resto de su cuerpo. Ruptura de la piel, las muñecas ensangrentadas. Un esguince en el tobillo. Había perdido más sangre de la que la mayoría de los hospitales podría reponer.
Mi corazón está a punto de caer fuera de mi cuerpo. Quiero romper el cristal y acunarlo en mis brazos.
—Hay cerca de 200 personas en Punto Omega ―dice Castillo—. Menos de la mitad de los cuales tienen algún tipo de don. 
Doy vueltas alrededor, aturdida.
—Te he traído aquí —me dice con cuidado, en voz baja—, porque aquí es donde perteneces. Debido a que necesitas saber que no estás sola. 

Capítulo 47
Mi mandíbula cuelga de mi zapatilla.
―Serías de gran valor para nuestra resistencia ―dice.
―¿Hay otros… cómo yo? ―Me cuesta respirar.
Los ojos de Castillo simpatizan con mi alma.

―Fui el primero en darme cuenta de que mi aflicción no podía ser sólo mía. Busqué a los demás después de los rumores, de escuchar historias, de leer los periódicos para detectar anomalías en el comportamiento humano. Al principio sólo fue por compañía. ―Hace una pausa―. Estaba cansado de la locura. De creer que era inhumano, un monstruo. Pero luego me di cuenta de que lo que parecía una debilidad realmente era una fortaleza. Que juntos podíamos ser algo extraordinario. Algo bueno. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario