Adam
es elevado en la camilla y lo evalúan de inmediato. Todo el mundo está hablando
a la vez. Algo sobre costillas rotas. Algo sobre pérdida de sangre. Algo acerca
de las vías respiratorias y la capacidad pulmonar y ¿que ocurrió con sus
muñecas? Algo acerca de cómo comprobar el pulso y ¿cuánto tiempo ha estado
sangrando? El hombre y la mujer joven miran en mi dirección. Todos llevan
trajes extraños.
Trajes extraños. Todo blanco con
franjas grises en el borde. Me pregunto si se trata de un uniforme de médico.
Se están llevando a Adam lejos.
―Espera. ―Salgo del auto―.
¡Espera! Quiero ir con él...
―Ahora no. ―Kenji me detiene.
Suavemente―. No puedes estar con él para lo que tienen que hacer. No ahora.
―¿Qué quieres decir? ¿Qué van a
hacer con él? ―El mundo se enfoca y se desenfoca, las formas grises parpadeando
como forzados cuadros, con movimientos rotos. De repente, nada tiene sentido.
De repente, todo me confunde. De repente, mi cabeza es un pedazo de pavimento y
estoy siendo pisoteada hasta la muerte. No sé dónde estamos. No sé quién es
Kenji. Kenji era amigo de Adam. Adam lo conoce. Adam. Mi Adam. Adam, quien está
siendo llevado lejos de mí y no puedo ir con él y quiero ir con él pero no me
dejan ir con él y no sé por qué...
—Ellos van a ayudarlo, Juliette.
Te necesito concentrada. No puedes venirte abajo justo ahora. Sé que ha sido un
día de locos, pero necesito que te quedes tranquila. —Su voz. Tan constante.
Tan de repente articulada.
―¿Quién eres tú... ? ―Estoy
empezando a sentir pánico. Quiero agarrar a James y correr, pero no puedo. Ha
hecho algo con James y aunque supiera cómo despertarlo, no puedo tocarlo.
Quiero arrancarme las uñas―. ¿Quién eres tú...?
Kenji suspira.
―Estás muerta de hambre. Estás
agotada. Estás procesando una conmoción y un millón de emociones en este
momento. Se lógica. No voy a lastimarte. Ahora estás a salvo. Adam está a
salvo. James está a salvo.
―Quiero estar con él. Quiero ver
lo que van a hacer con él...
―No puedo dejar que hagas eso.
―¿Qué
vas a hacer conmigo? ¿Por qué me has traído aquí...? ―Mis ojos están muy
abiertos, lanzándose en todas direcciones. Estoy girando, varada en el medio
del océano de mi propia imaginación y no sé nadar―. ¿Qué quieres de mí?
Kenji mira hacia abajo. Se frota
la frente. Busca en su bolsillo.
―Realmente no quería tener que
hacer esto.
Creo que estoy gritando.
Capítulo 43
Soy
una vieja escalera chirriante cuando me despierto.
Alguien
tuvo que lavarme. Mi piel parece de satén. Mis pestañas están suaves. Mi
cabello está liso, sin nudos, brillando en la luz artificial, un río de
chocolate lame la orilla pálida de mi piel, como ondas suaves en cascada
alrededor de mi clavícula. Mis articulaciones duelen, mis ojos queman por un
agotamiento insaciable. Mi cuerpo está desnudo bajo una sábana pesada. Nunca me
he sentido tan primitiva.
Estoy
demasiado cansada como para molestarme por ello.
Mis
ojos somnolientos hacen un inventario del espacio en donde estoy, pero no hay
mucho que considerar. Estoy en una cama. Hay 4 paredes. 1 puerta. Una pequeña
mesa junto a mí. Un vaso de agua sobre la mesa. Las luces fluorescentes
zumbando sobre mí. Todo es de color blanco.
Todo
lo que he conocido está cambiando.
Alcanzo
el vaso de agua y la puerta se abre. Me subo la sábana tanto como puedo.
—¿Cómo
te sientes?
Un
hombre alto con gafas de plástico. Monturas negras. Un jersey sencillo.
Pantalones ajustados. Cabello rubio cayendo en sus ojos.
Sostiene
un sujetapapeles.
—¿Quién
eres tú?
Agarra
una silla de la que no me había dado cuenta en la esquina. La empuja hacia
adelante. Se sienta al lado de mi cama.
—¿Te
sientes mareada? ¿Desorientada?
—¿Dónde
está Adam?
Sostiene
su pluma en una hoja de papel. Escribe algo.
—¿Tu apellido se escribe con dos
erres? ¿O sólo una?
—¿Qué hiciste con James? ¿Dónde
está Kenji?
Se detiene. Me mira. No puede
tener más de 30 años. Tiene la nariz torcida. Barba de un día.
—¿Puedo por lo menos asegurarme
de que estás bien? Luego contestaré a tus preguntas. Te lo prometo. Sólo déjame
hacer el protocolo básico.
Parpadeo.
¿Cómo me siento? No lo sé.
¿Tuve algún sueño? No lo creo.
¿Sé dónde estoy? No.
¿Creo estar a salvo? No lo sé.
¿Recuerdo lo que pasó? Sí.
¿Qué edad tengo? 17.
¿De qué color son mis ojos? No
lo sé.
—¿No lo sabes? —Para de
escribir. Se quita las gafas—. Puedes recordar exactamente lo que sucedió ayer,
¿pero no sabes el color de tus propios ojos?
—Creo que son de color verde. O
azul. No estoy segura. ¿Por qué es importante?
—Quiero estar seguro de que
puedes reconocerte. Que no te has perdido de vista.
—Sin embargo, nunca he sabido de
qué color son mis ojos. Sólo me he mirado en el espejo una vez en los últimos
tres años.
Me da una mirada extraña, los
ojos arrugados de preocupación. Finalmente tengo que apartar la vista.
—¿Cómo me tocaron? —pregunta.
—¿Disculpa?
—Mi cuerpo. Mi piel. Estoy muy…
limpia.
—Oh. —Se muerde el dedo pulgar.
Marca algo en sus papeles—. De acuerdo. Bueno, estabas cubierta de sangre y
mugre cuando llegaste, y tenías algunos pequeños cortes
y contusiones. No queríamos correr el riesgo de que se infectaran. Perdón por
violar tu espacio personal, pero no podemos permitir que nadie traiga ese tipo
de bacterias aquí. Teníamos que hacer una desintoxicación superficial.
—Eso está bien… entiendo
—respondo rápidamente—. Pero, ¿cómo?
—¿Cómo?
—¿Cómo me tocaron? —Seguramente
lo sabía. ¿Cómo no podía saberlo? Dios, espero que sepa.
—Oh. —Asiente con la cabeza,
distraído por las palabras que está escribiendo en la hoja. Me mira de reojo—.
Látex.
—¿Qué?
—Látex. —Me mira por un segundo.
Ve mi confusión—. ¿Guantes?
—Acertado. —Por supuesto.
Guantes. Incluso Warner los usó cuando lo descubrió.
Cuando lo descubrió. Cuando lo
descubrió. Cuando lo descubrió.
Reproduzco el momento una y otra
y otra vez en mi mente. La fracción de segundo que tardé demasiado en saltar
por la ventana. El momento de vacilación que lo cambió todo. En el instante en
que perdí todo el control. Todo el poder. Cualquier punto de la dominación.
Nunca va a parar hasta encontrarme, y todo por mi culpa.
Necesito saber si está muerto.
Tengo que esforzarme para estar
quieta. Tengo que esforzarme para no temblar, estremecerme o vomitar. Tengo que
cambiar de tema.
—¿Dónde está mi ropa? —Juego con
la perfecta sábana blanca que esconde mis huesos.
—Ha sido destruida por la misma
razón por la que necesitabas ser esterilizada. —Agarra sus gafas. Se las pone—.
Tenemos un traje especial para ti. Creo que va a hacer tu vida mucho más fácil.
—¿Un traje especial? —Lo miro.
Con la boca abierta de sorpresa.
—Sí. Vamos a llegar a esa parte
un poco más tarde. —Hace una pausa. Sonríe. Tiene un hoyuelo en la barbilla—.
No me vas a atacar como a Kenji, ¿verdad?
—¿Ataqué a Kenji? —Me
estremezco.
—Sólo
un poco. —Se encoge de hombros—. Por lo menos ahora sabemos que no es inmune a
tu toque.
—¿Lo toqué? —Me siento con la
espalda recta y casi olvido agarrar conmigo la sábana. Me estoy quemando de
pies a cabeza, ruborizándome en mi mente, me aferro a la sábana como si mi vida
dependiera de eso—. Lo siento mucho…
—Estoy seguro de que disfrutará con
la disculpa. —El Blondie6 está
estudiando sus notas religiosamente, de pronto fascinado por su puño y letra—.
Pero está bien. Hemos estado esperando algunas tendencias destructivas. Tuviste
una semana del infierno.
6
En español, rubiecito.
—¿Eres un psicólogo?
—Más o menos. —Se quita el
cabello de su frente.
—¿Más o menos?
Se ríe. Hace una pausa. Juega
con la pluma entre sus dedos.
—Sí. A todos los efectos, soy un
psicólogo. A veces.
—¿Qué se supone que significa
eso…?
Abre su boca. La cierra. Parece
considerar responderme, pero me examina en su lugar. Se me queda mirando
durante tanto tiempo que siento que me ruborizo. Comienza a garabatear
frenéticamente.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —le
pregunto.
—Recuperándote.
—¿Cuánto tiempo he estado aquí?
—Has estado dormida durante casi
catorce horas. Te dimos un sedante muy poderoso. —Mira su reloj—. Parece que lo
estás haciendo bien —duda—. Te ves muy bien, realmente. Impresionante, de
verdad.
Tengo un puñado de palabras
revueltas en mi boca. Mi cara se empieza a ruborizar.
—¿Dónde está Adam?
Toma una respiración profunda.
Hace hincapié en algo en sus papeles. Sus labios tiemblan en una sonrisa.
—¿Dónde
está?
—Recuperándose. —Finalmente, me
mira.
—¿Está bien?
Asiente con la cabeza.
—Está bien.
Lo miro.
—¿Qué significa eso?
Dos golpes en la puerta.
El desconocido con gafas no se
mueve. Vuelve a leer sus notas.
—Adelante —dice.
Kenji camina adentro, un poco
indeciso al principio. Me ve de reojo, sus ojos están cautelosos. Nunca pensé
que estaría tan feliz de verlo. Pero mientras es un alivio ver un rostro
reconocido, mi estómago se retuerce de inmediato en un nudo de culpabilidad,
golpeándome desde el interior. Me pregunto como le habré lastimado. Da un paso
adelante.
Mi sentimiento de culpa
desaparece.
Lo miro más de cerca y me doy
cuenta que está perfectamente sano y salvo. Su pierna está funcionando bien. Su
rostro ha vuelto a la normalidad. Sus ojos ya no están hinchados, su frente
está lisa, suave e intocable. Él tenía razón.
Tiene una cara espectacular.
Una línea de la mandíbula
desafiante. Cejas perfectas. El color de sus ojos del mismo tono negro que su
cabello. Elegante. Fuerte. Un poco peligroso.
—Hola, preciosa.
—Lo siento, casi te maté —dejé
escapar.
—Oh. —Se sobresalta. Mete las
manos en sus bolsillos—. Bueno. Me alegro de que saliéramos de tu camino.
Me doy cuenta de que lleva una
camiseta gastada. Vaqueros oscuros. No había visto unos vaqueros cualquiera en
un tiempo tan largo. Uniformes del ejército, ropas básicas de algodón, y
vestidos elegantes es todo lo que he conocido últimamente.
Realmente
no puedo mirarlo.
—Me entró pánico —traté de
explicar. Junto y separo mis manos.
—Me di cuenta. —Levanta una
ceja.
—Lo siento.
—Lo sé.
Asiento con la cabeza.
—Te ves mejor.
Forma una sonrisa. Se estira. Se
apoya contra la pared con los brazos cruzados en el pecho y las piernas
cruzadas en los tobillos.
—Debe ser difícil para ti.
—¿Cómo dices?
—Mirarme a la cara. Darte cuenta
de que yo tenía razón. Saber que tomaste la decisión equivocada. —Se encoge de
hombros—. Te entiendo. No soy un hombre orgulloso, lo sabes. Estaría dispuesto
a perdonarte.
Me quedo boquiabierta, sin saber
si reír o lanzarle algo.
—No me obligues a tocarte.
Sacude la cabeza.
—Es increíble cómo alguien puede
verse tan bien y sentirse tan mal. Kent es un bastardo afortunado.
—Perdonen… —El hombre-psicólogo
se pone de pie—, ¿pero ya terminaron? —Mira a Kenji—. Pensé que venías con un
propósito.
Kenji se separa de la pared. Se
endereza.
—Correcto. Sí. Castillo quiere
verla.
Capítulo 44
-¿Ahora? ―Blondie está más
confundido de lo que yo estoy―. Pero no he terminado de examinarla.
Kenji se encoge de hombros.
―Él quiere verla.
―¿Quién es Castillo? ―pregunto.
Blondie y Kenji me miran. Kenji
mira hacia otro lado. Blondie no.
Él ladea la cabeza.
―¿Kenji no te dijo nada sobre
este lugar?
―No ―respondo segura, mirando a
Kenji, que no me mira―. Nunca me explicó nada. Dijo que conocía a alguien que
tenía un lugar seguro y pensó que podía ayudarnos a…
Blondie se queda boquiabierto.
Riendo tan fuerte que resoplaba. Se detiene.
Limpia las gafas con el borde de
su camisa.
―Eres todo un imbécil ―le dice a
Kenji―. ¿Por qué no sólo le dices la verdad?
―Nunca hubiera venido si le
hubiese dicho la verdad.
―¿Cómo lo sabes?
―Ella casi me mató.
Mis ojos están lanzándose
desde una cara a otra. De pelo rubio a pelo negro y viceversa.
―¿Qué está
pasando? ―demandé―. Quiero ver a Adam. Quiero ver a James. Y quiero
un conjunto de ropa…
―¿Estás
desnuda? ―Kenji estudia mi sábana de repente y sin molestarse en ser sutil al
respecto.
Me sonrojo a pesar de mis
mejores esfuerzos, nerviosa, frustrada.
―Blondie dijo que destruyeron mi
ropa.
―¿Blondie? ―El hombre rubio se
sintió ofendido.
―Nunca me dijiste tu nombre.
―Winston. Mi nombre es Winston.
―Ya no está sonriendo.
―¿No dijiste que tenías un traje
para mí?
Frunce el ceño. Mira su reloj.
―No vamos a tener tiempo para
eso ahora ―suspira―. Consíguele algo para usar temporalmente, ¿está bien? ―está
hablando con Kenji. Kenji, quien todavía está mirándome.
―Quiero ver a Adam.
―Adam no está listo para verte
todavía. ―Blondie Winston mete su pluma en el bolsillo.
―Te haremos saber cuando esté
listo.
―¿Cómo voy a confiar en
cualquiera de ustedes si no me dejan ni verlo? ¿Si no me dejan ver a James? Ni
siquiera tengo mis cosas básicas. Quiero salir de esta cama y necesito algo
para usar.
―Ve a buscar algo, Moto.
―Winston está reajustando su reloj.
―No soy tu perro, Blondie ―lanza
Kenji―. Y te dije que no me llames Moto.
Winston pellizca el puente de su
nariz.
―No hay problema. También le
diré a Castillo que es tu culpa que ella no esté con él en este momento.
Kenji murmura algo obsceno en
voz baja. Va afuera. Casi tira la puerta.
Transcurren unos segundos en una
especie de tenso silencio.
Tomo una respiración profunda.
―Entonces, ¿qué significa Moto?
Winston
gira los ojos.
―Nada. Es sólo un apodo. Su
apellido es Kishimoto. Se enoja cuando lo cortamos por la mitad. Se pone
sensible al respecto.
―Bueno, ¿por qué lo cortan por
la mitad?
Él resopla.
―Porque es tan difícil de
pronunciar como el infierno.
―¿Cómo es eso una excusa?
Frunce el ceño.
―¿Qué?
―Te enojaste porque te llamara
Blondie y no Winston. ¿Por qué no tiene derecho de estar enojado porque lo
estés llamando Moto en lugar de Kenji?
Murmura algo que suena como:
―No es lo mismo.
Me deslizo hacia abajo un poco.
Apoyo la cabeza en la almohada.
―No seas un hipócrita.
Capítulo 45
Me
siento como un payaso en estas ropas grandes. Estoy usando la camisa de alguien
más. Los pantalones de pijama de alguien más. Las pantuflas de alguien más.
Kenji dice que también tuvieron que destruir la ropa de mi bolsa de lana, así
que no tengo ni idea sobre de quién es el atuendo que está colgando de mi
figura. Prácticamente estoy nadando en el material.
Trato
de hacerle un nudo a la tela que sobra y Kenji me detiene.
—Vas
a dañar mi camisa —se queja.
Dejo
caer las manos.
—¿Me
diste tu ropa?
—Bueno,
¿qué esperabas? No es como si sólo tuviéramos vestidos de más tendidos por ahí.
―Me dispara una mirada, como si debiera estar agradecida de que incluso esté
compartiendo.
Bueno.
Supongo que es mejor que estar por ahí desnuda.
—Así
que de nuevo, ¿quién es Castillo?
—Él
está a cargo de todo —dice Kenji—. El cabecilla de todo este movimiento.
Mis
oídos se agudizan.
—¿Movimiento?
Winston
suspira. Parece tan tenso. Me pregunto por qué.
—Si Kenji todavía no te ha dicho
nada él mismo, deberías esperar a escucharlo del mismo Castillo. Prometo que
vamos a responder todas tus preguntas.
—¿Pero qué pasa con Adam? ¿Dónde
está James…?
—Wow. —Winston pasa una mano por
su cabello desarreglado—. Simplemente no vas a rendirte, ¿eh?
—Él está bien, Juliette —intervino
Kenji—. Necesita un tiempo más para reponerse. Tienes que empezar a confiar en
nosotros. Nadie va a hacer daño a James ni a Adam. Ambos están bien. Todo está
bien.
Pero no sé si bien es lo
suficientemente bueno.
Estamos caminando por toda una
ciudad subterránea, pasadizos y corredores, suaves suelos de piedra, burdas
paredes sin tocar. Hay discos perforados en el suelo, brillando con una luz
artificial cada ciertos metros. Veo computadoras, toda clase de artilugios que
no reconozco, puertas abiertas revelando habitaciones llenas con nada más que
maquinaria tecnológica.
—¿Cómo encuentran la energía
necesaria para mantener este lugar?
Miro mucho más de cerca las
maquinas sin identificar, las pantallas parpadeantes, los inconfundibles
sonidos de cientos de computadoras construidas en la estructura del mundo
subterráneo.
Kenji tira de un mecho de mi
cabello. Me doy la vuelta.
—La robamos. —Sonríe. Asiente
hacia un camino estrecho—. Por aquí.
Personas jóvenes y viejas, de
todas las formas diferentes y etnias se mezclan dentro y fuera de las
habitaciones, en la extensión de los pasillos. Muchos de ellos miran, otros
están muy distraídos para notarnos. Algunos están vestidos como los hombres y
la mujer que se apresuraron hacia nuestro auto anoche. Es una extraña especie
de uniforme. Parece innecesario.
—¿Entonces…
todos se visten así? —susurro, señalando a los extraños que pasamos tan poco
sospechosamente como es posible.
Kenji rasca su cabeza. Tomándose
su tiempo para responder a la pregunta.
—No todos. No todo el tiempo.
—¿Qué pasa contigo? —le
pregunto.
—Hoy no.
Decido no mimar sus tendencias
crípticas, y en vez de eso hago una pregunta más directa.
—¿Alguna vez vas a decirme cómo
sanaste tan rápido?
—Sí —dice, sin inmutarse—. Vamos
a decirte un montón de cosas, en verdad. —Hacemos un abrupto giro hacia abajo
en un pasillo inesperado—. Pero primero…
Kenji hace una pausa en una
enorme puerta de madera.
—Castillo quiere conocerte. Él
es quien te solicitó.
—¿Solicitó?
—Sí. —Kenji parece incómodo sólo
por un segundo de flaqueo.
—Espera… ¿qué quieres decir?
—Quiero decir que no fue
accidente que terminara en el ejército, Juliette —suspira—. No fue accidente
que apareciera en la puerta de Adam. Y no se supone que me dispararan o fuera
golpeado hasta casi morir, pero pasó. Sólo que no fui arrojado por un chico al
azar. —Casi sonríe—. Siempre he sabido dónde vivía Adam. Era mi trabajo
saberlo. —Una pausa—. Todos hemos estado cuidando de ti.
Mi boca está descansando en mis
rótulas.
—Adelante. —Kenji me empuja
hacia adentro—. Él saldrá cuando esté listo. Buena suerte. —Es todo lo que
Kenji me dice.
En
1,320 segundos camino dentro en la habitación antes de que él lo haga. Se mueve
metódicamente, su rostro es una máscara de neutralidad mientras pone
caprichosos rizos en una cola y se sienta en el frente de la habitación.
Es delgado, en forma, vestido
impecablemente en un simple traje. Azul oscuro. Camisa blanca. Sin corbata. No
hay líneas en su rostro, pero hay una raya de gris en su cabello y sus ojos
confiesan que ha vivido al menos 100 años. Debe estar en sus 40. Miro
alrededor.
Es un espacio vacío,
impresionante en su escasez. Los techos y paredes están construidos de
ladrillos puestos cuidadosamente. Todo se siente extraño y antiguo, pero de
alguna manera la tecnología moderna mantiene el lugar vivo. La luz artificial
ilumina las dimensiones cavernosas, pequeños monitores están construidos en las
paredes de piedra. No sé qué estoy haciendo aquí. No sé qué esperar. No tengo
idea de qué clase de persona es Castillo pero después de pasar tanto tiempo con
Warner, estoy tratando de no elevar muchos mis expectativas. Ni siquiera me doy
cuenta de que he dejado de respirar hasta que él habla.
—Espero que estés disfrutando tu
estancia hasta el momento.
Mi cuello vuela hacia arriba
para encontrar sus ojos oscuros, su voz suave, sedosa y fuerte. Sus ojos están
brillando con genuina curiosidad, una noción de sorpresa. He olvidado como
hablar.
—Kenji dijo que quería
conocerme. —Es la única respuesta que ofrezco.
—Kenji tenía razón.
Se toma su tiempo respirando. Se
toma su tiempo moviéndose en el asiento. Se toma su tiempo estudiando mis ojos,
escogiendo sus palabras, tocando sus labios con dos dedos. Parece haber
dominado el concepto de tiempo. Impaciencia, posiblemente, no es una palabra en
su vocabulario.
—He escuchado… historias. Sobre
ti. —Sonrisas—. Simplemente quería saber si eran verdad.
—¿Qué
ha escuchado?
Sonríe con unos dientes tan
blancos que parece como si la nieve estuviera cayendo de los valles de
chocolate de su rostro. Abre su mano. La estudia por un momento.
Alza la mirada.
—Puedes matar a un hombre con
nada más que tu piel desnuda. Puedes machacar cinco metros de hormigón con la
palma de tu mano.
Estoy escalando una montaña de
aire y mis pies siguen deslizándose. Necesito agarrarme de algo.
—¿Es verdad? —pregunta.
—Los rumores son más propensos a
matarle que yo.
Me estudia durante demasiado
tiempo.
—Me gustaría mostrarte algo
—dice después de un rato.
—Quiero respuestas a mis
preguntas.
Esto ha ido demasiado lejos. No
quiero ser arrullada por una falsa sensación de seguridad. No quiero asumir que
Adam y James están bien. No quiero confiar en nadie hasta que tenga pruebas. No
puedo pretender que algo de esto está bien.
—Quiero saber que estoy a salvo
—le digo—. Y quiero saber que mis amigos están a salvo. Había un niño de diez
años con nosotros cuando llegamos y quiero verlo. Necesito estar segura de que
está sin daños y saludable. De otra manera, no cooperaré.
Él me inspecciona durante unos
minutos más.
—Tu lealtad es reconfortante
—dice, y lo dice en serio—. Lo harás bien aquí.
—Mis amigos…
—Sí. Por supuesto. —Está de
pie—. Sígueme.
Este
lugar es mucho más complejo, mucho más organizado de lo que pensé que sería.
Hay cientos de diferentes direcciones en las cuales perderse, casi tantas
habitaciones, algunas más grandes que otras, cada una dedicada a propósitos
diferentes.
—El comedor —me dice Castillo.
—Los dormitorios. —En el ala
opuesta.
—Las instalaciones para
entrenar. —Bajando por el pasillo.
—Las habitaciones comunes.
—Justo por aquí.
—Los baños. —En el otro extremo
del piso.
—Los salones de reunión. —Justo
pasando esa puerta.
Cada espacio está abarrotado con
cuerpos, cada cuerpo adaptado a una rutina particular. Las personas miran hacia
arriba cuando nos ven. Algunas saludan, sonríen, con alegría. Me doy cuenta de
que están mirando a Castillo. Él asiente su cabeza. Sus ojos son amables,
humildes. Su sonrisa es fuerte, tranquilizadora.
Es el líder de todo el
movimiento, es lo que dijo Kenji. Estas personas están dependiendo de él por
algo más que básica supervivencia. Esto es más que su refugio de lluvia. Esto
es mucho más que un lugar para esconderse. Hay una meta más grande en mente. Un
propósito mejor.
—Bienvenida —me dice Castillo,
haciendo un ademán con una mano—, a Punto Omega.
Capítulo 46
-¿Punto
Omega?
La
última letra del alfabeto griego. El desarrollo final, el último de la serie.
—Se detiene frente a mí, y por primera vez me doy cuenta del símbolo de omega
cosido en la parte posterior de su chaqueta—. Somos la única esperanza que
nuestra civilización ha tenido.
—Pero,
¿cómo… con tan pequeño número… cómo pueden esperar a competir…?
—Hemos
estado construyéndolo desde hace mucho tiempo, Juliette. —Es la primera vez que
dice mi nombre. Su voz es fuerte y estable—. Hemos estado planeando,
organizando, trazando nuestra estrategia desde hace muchos años. El colapso de
nuestra sociedad humana no debe ser una sorpresa. Nosotros lo trajimos hacia
nosotros mismos.
—La
cuestión era si las cosas se desmoronaban —continúa—. Sólo cuando. Era un juego
de espera. Una cuestión de quién iba a tratar de tomar el poder y cómo iban a
tratar de usarlo. El miedo —me dice, volviendo por un momento, sus pasos en
silencio contra la piedra—, es un gran motivador.
—Eso
es patético.
—Estoy
de acuerdo. Lo cual es el porqué parte de mi trabajo es revivir corazones
estancados que han perdido toda esperanza. —Atravesamos otro pasillo—. Y
también decirte que casi todo lo que has aprendido sobre el estado de nuestro
mundo es una mentira.
Me
detengo en mi lugar. Casi me caigo.
—¿Qué
quieres decir?
—Me
refiero a que las cosas no son tan malas como el Restablecimiento quiere que
pensemos que son.
—Pero
no hay comida…
—Sólo
la que ellos te permiten el acceso.
—Los
animales…
—Se mantienen ocultos.
Genéticamente modificados. Criados en los pastizales secretos.
—Pero el aire… las estaciones…
el tiempo…
—No es tan malo como nos hacen
creer. Probablemente es nuestro único problema… pero es causada por las
perversas manipulaciones de la Madre Tierra. Las manipulaciones realizadas por
el hombre aún podemos arreglarlas. —Se vuelve hacia mí. Enfoca mi mente con una
mirada firme—. Todavía hay una oportunidad de cambiar las cosas. Podemos
proporcionar agua potable a todas las personas. Podemos hacer que los cultivos
no estén regulados con fines de lucro, podemos asegurar que no hayan sido
genéticamente alterados para beneficiar a los fabricantes. Nuestra gente está
muriendo porque estamos dándoles de comer veneno. Los animales están muriendo
porque los estamos obligando a comer los residuos, lo que les obligó a vivir en
su propia suciedad, jaulas juntas y abusar de ellos. Las plantas están
marchitas debido a que se están deshaciendo de los productos químicos en la
tierra lo que es peligroso para nuestra salud. Pero esas son cosas que podemos
arreglar.
—Estamos hartos, porque están
creyendo que nos hace débiles, vulnerables y maleables. Esto nos paraliza. Crea
cobardes en nuestro pueblo. Los esclavos de nuestros hijos. Es hora de que
luchemos. —Sus ojos son brillantes, con sentimiento, con los puños apretados
por el fervor. Sus palabras son muy poderosas y pesadas en convicción,
elocuentes y significativas. No tengo ninguna duda que ha influido a muchas
personas con pensamientos tan extravagantes. La esperanza de un futuro que
parece perdido. La inspiración en un mundo sombrío, sin nada que ofrecer. Es un
líder natural. Un orador talentoso.
Tengo dificultades para creer en
él.
—¿Cómo puedes saber con certeza
que tus teorías son correctas? ¿Tienes pruebas?
Sus manos se relajan. Sus ojos
se calman. Sus labios forman una pequeña sonrisa.
—Por supuesto. —Casi se ríe.
—¿Por qué es tan gracioso?
Sacude la cabeza. Sólo un poco.
―Me divierte tu escepticismo. Lo
admiro, en realidad. Nunca es una buena idea creer todo lo que oyes.
Atrapo
el doble sentido. Reconociendo esto.
—Touché, señor Castillo.
Una pausa.
—¿Eres francesa, señorita
Ferrar?
—Mi madre, tal vez. —Miro para
otro lado—. Entonces, ¿dónde está la prueba?
—Este movimiento entero es una
prueba suficiente. Sobrevivimos a causa de estas verdades. Buscamos los
alimentos y los suministros de los complejos de almacenamiento que el
Restablecimiento ha construido. Hemos encontrado sus campos, sus granjas, sus
animales. Tienen cientos de hectáreas dedicadas a cultivos. Los campesinos son
esclavos, trabajando bajo la amenaza de muerte para ellos mismos o sus familiares.
El resto de la sociedad es asesinada o encerrada en los sectores, divididos
para ser monitoreados, estudiados cuidadosamente.
Puedo mantener mi cara en
blanco, suave y neutra. Todavía no he decidido si creerle o no.
—Y, ¿qué necesitas de mí? ¿Por
qué te importa si estoy aquí?
Se detiene en la pared de
cristal. Puntos a través de la habitación contigua. No contesta mi pregunta.
—Tu Adam se está recuperando
gracias a nuestra gente.
Estuve a punto de pasar sobre él
en mi prisa por verle. Presiono mis dedos contra el cristal y por pares en el
espacio iluminado. Adam está dormido, su rostro perfecto, pacífico.
Ésta debe ser el ala médica.
—Fíjate bien ―me dice Castillo―.
No hay agujas conectadas a su cuerpo. No hay máquinas manteniéndolo con vida.
Llegó con tres costillas rotas. Los pulmones al borde del colapso. Una bala en
el muslo. Sus riñones estaban molidos junto con el resto de su cuerpo. Ruptura
de la piel, las muñecas ensangrentadas. Un esguince en el tobillo. Había
perdido más sangre de la que la mayoría de los hospitales podría reponer.
Mi corazón está a punto de caer
fuera de mi cuerpo. Quiero romper el cristal y acunarlo en mis brazos.
—Hay cerca de 200 personas en
Punto Omega ―dice Castillo—. Menos de la mitad de los cuales tienen algún tipo
de don.
Doy
vueltas alrededor, aturdida.
—Te he traído aquí —me dice con
cuidado, en voz baja—, porque aquí es donde perteneces. Debido a que necesitas
saber que no estás sola.
Capítulo 47
―Serías de gran valor para
nuestra resistencia ―dice.
―¿Hay otros… cómo yo? ―Me cuesta
respirar.
Los ojos de Castillo simpatizan
con mi alma.
―Fui el primero en darme cuenta
de que mi aflicción no podía ser sólo mía. Busqué a los demás después de los
rumores, de escuchar historias, de leer los periódicos para detectar anomalías
en el comportamiento humano. Al principio sólo fue por compañía. ―Hace una
pausa―. Estaba cansado de la locura. De creer que era inhumano, un monstruo.
Pero luego me di cuenta de que lo que parecía una debilidad realmente era una
fortaleza. Que juntos podíamos ser algo extraordinario. Algo bueno.
No hay comentarios:
Publicar un comentario