Capítulo 18
Nadie
se mueve.
La
cara de Fletcher está grabada con el horror permanente mientras se desmorona en
el suelo. Estoy muy impresionada por la imposibilidad de todo esto, tanto que
no puedo decidir si estoy o no soñando, no puedo determinar si estoy o no estoy
muriendo, no puedo determinar si desmayarme es una buena idea.
Los
miembros de Fletcher están doblados en ángulos extraños en el frío piso de
cemento. La sangre está agrupándose a su alrededor y aun así nadie se mueve.
Nadie dice una sola palabra. Nadie revela una sola mirada de miedo. Sigo
tocando mis labios para ver si mis gritos se han escapado.
Warner
mete la pistola en el bolsillo del saco.
―Sector
45, pueden marchar.
Cada
soldado cae sobre una rodilla.
Warner
desliza de nuevo el dispositivo de amplificación de metal en su traje y tiene
que dar un tirón para liberarme del lugar donde estoy pegada al suelo. Me
tropiezo sobre mí misma, mis piernas están débiles y adoloridas a través del
hueso. Siento náuseas, estoy delirante y soy incapaz de mantenerme en posición
vertical. Sigo tratando de hablar, pero las palabras se pegan a mi lengua. De
repente, estoy sudando y, de repente, estoy congelándome y, de pronto, estoy
enferma, por lo que veo manchas que nublan mi visión.
Warner
está tratando de llevarme a través de la puerta.
―Realmente,
tienes que comer más ―me dice.
Estoy
boquiabierta con los ojos, boquiabierta con mi boca, y boquiabierta de par en
par, porque siento agujeros en todas partes, perforando en el terreno de mi
cuerpo.
Mi
corazón tiene que estar sangrando en mi pecho.
Miro
hacia abajo y no puedo entender por qué no hay sangre en mi vestido, por qué el
dolor en mi corazón se siente tan real.
―Lo mataste ―me las arreglé para
susurrar―. Sólo acabas de matarlo…
―Eres muy astuta.
―¿Por qué lo mataste? ¿Por qué
lo mataste? ¿Cómo pudiste hacer algo así…?
―Mantén tus ojos abiertos,
Juliette. Ahora no es el momento de conciliar el sueño.
Agarro su camisa. Lo detengo
antes que me lleve dentro. Una ráfaga de viento me golpea en la cara y me
siento de repente con control de mis sentidos.
Lo empujo con fuerza, golpeando
su espalda contra la puerta.
―Me repugnas. ―Miro fijamente en
sus ojos fríos de cristal―. Me repugnas…
Él se retuerce, sujetándome
contra la puerta, donde yo lo detuve. Toma mi cara entre sus enguantadas manos,
manteniendo mis ojos en su lugar. Las mismas manos que acababa de utilizar para
matar a un hombre.
Estoy atrapada.
Paralizada.
Un poco aterrorizada.
Su pulgar cepilla mi mejilla.
―La vida es un lugar sombrío ―susurra―.
A veces tienes que disparar primero.
Warner me sigue a mi habitación.
―Probablemente debas dormir ―me
dice. Es la primera vez que ha hablado desde que salimos de la azotea―. Voy a
enviar comida a tu habitación, pero aparte de eso, me aseguraré que no te
molesten.
―¿Dónde está Adam? ¿Está seguro?
¿Está saludable? ¿Vas a hacerle daño?
Warner se estremece antes de
encontrar la calma.
―¿Por qué te importa?
Me he preocupado acerca de Adam
Kent, desde que estaba en tercer grado.
―¿No
se supone que estaba vigilándome? Porque él no está aquí. ¿Significa eso que
vas a matarlo, también? ―Me siento estúpida. Me siento valiente, porque me
siento estúpida. Mis palabras no usan paracaídas, a medida que salen de mi
boca.
―Yo sólo mato gente si lo
necesito.
―Que generoso.
―Más que la mayoría.
Me río con una sonrisa triste,
compartiéndola sólo conmigo.
―Puedes tener el resto del día
para ti. Nuestro verdadero trabajo comenzará mañana. Adam te llevará a mí. ―Sostiene
mis ojos. Suprime una sonrisa―. Mientras tanto, trata de no matar a nadie.
―Tú y yo ―le digo, la ira
corriendo por mis venas―, tú y yo no somos iguales…
―Realmente no creo eso.
―¿Crees que puedes comparar mi,
mi enfermedad, con tu locura…?
―¿Enfermedad? ―Se abalanza hacia
adelante, abruptamente apasionado, y lucho por mantener mi posición―. ¿Crees
qué tienes una enfermedad? ―grita―. ¡Tienes un don! ¡Tienes una habilidad
extraordinaria que no te preocupas por comprender! Tu potencial…
―¡No tengo ningún potencial!
―Estás equivocada. —Me mira. No
hay otra manera de describirlo. Casi podría decir que él me odia a mí en este
momento. Me odia por odiarme a mi misma.
―Bueno, tú eres el asesino ―le
digo―. Así que debes estar en lo correcto.
Su sonrisa está rodeada de
dinamita.
―Vete a dormir.
―Vete al infierno.
Aprieta su mandíbula. Camina
hacia la puerta.
―Estoy trabajando en ello.
Capítulo 19
La
oscuridad está asfixiándome.
Mis
sueños son sangrientos y sangrantes y la sangre está sangrando alrededor de mi
mente y no puedo dormir más. Los únicos sueños que solían alguna vez traerme
paz se han ido y no sé como conseguirlos de vuelta. No sé como encontrar el
pájaro blanco. No sé si volará otra vez. Todo lo que sé es que ahora cuando
cierro mis ojos no veo otra cosa, sino devastación. Fletcher está siendo
disparado una y otra y otra vez y Jenkins se está muriendo en mis brazos y
Warner le está disparando a Adam en la cabeza y el viento está cantando en el
exterior de mi ventana, pero es agudo y desentonado y no tengo corazón para
decirle que pare.
Me
estoy congelando a través de mis ropas.
La
cama debajo de mi espalda está llena de nubes rotas y nieve frescamente caída;
es demasiado suave, demasiado cómodo. Me recuerda demasiado a dormir en la
habitación de Warner y no puedo soportarlo. Me da miedo deslizarme debajo de
las mantas. No puedo evitarlo, sigo preguntándome si Adam está bien, si alguna
vez volverá. Si Warner va a herirle cada vez que yo desobedezca. En realidad,
no debería preocuparme mucho. El mensaje de Adam en mi libreta podría ser sólo
una parte del plan de Warner para conducirme a la locura.
Me
arrastro al duro suelo y paso mi puño por la arrugada pieza de papel que he
estado agarrando durante dos días. Es la única esperanza que me ha mantenido y
ni si quiera sé si es real.
Se
me están acabando las opciones.
—¿Qué
estás haciendo aquí?
Reprimo
un grito y me tropiezo, hacia arriba, hacia todos los lados, casi cercando de
golpe a Adam donde está tumbado en el suelo a mi lado. Ni siquiera pude verle.
—¿Juliette?
No
se mueve ni un centímetro. Su mirada fija en mí; relajada e impasible, 2 cubos
de agua que riegan la medianoche.
Me gustaría llorar en sus ojos.
No sé como decirle la verdad.
—No podía dormir aquí.
ÉI no me pregunta por qué. Se
empuja hacia arriba y tose un gruñido y me acuerdo de cómo ha sido herido. Me
pregunto qué clase de dolor hay en él. No hago preguntas mientras agarra una
almohada y la manta fuera de mi cama. Pone la almohada en el suelo.
―Túmbate. ―Es todo lo que me
dice. Tranquilamente, es cómo me lo dice.
Todo el día, cada día, para
siempre, es cuando quiero que me lo diga.
Son sólo dos palabras y no sé
por qué estoy enrojeciendo. Me tumbo a pesar de las sirenas alterando mi sangre
y descanso mi cabeza en la almohada. Él desliza las mantas sobre mi cuerpo. Le
dejo hacerlo. Observo mientras sus brazos se curvan y flexionan en la sombra de
la noche, con el brillo de la luna echando un vistazo a través de la ventana,
iluminando su figura en un resplandor. Se tumba en el suelo dejando tan sólo
unos pocos metros de espacio entre nosotros. No necesita mantas. No usa
almohada. Aún duerme sin camisa y he descubierto que no sé cómo respirar. Me he
dado cuenta de que probablemente nunca exhalé en su presencia.
—No necesitas gritar más ―susurra.
Cada respiración de mi cuerpo se
me escapa.
Curvo mis dedos ante la
posibilidad de Adam en mi mano y dormir más profundamente de lo que lo he hecho
en mi vida.
Mis ojos son 2 ventanas rajadas
abiertas por el caos de este mundo.
Una fría brisa sobresalta mi
piel y me siento, frotando el sueño de mis ojos, y me doy cuenta de que Adam ya
no está a mi lado. Parpadeo y avanzo lentamente hacia la cama, donde reemplazo
la almohada y la manta.
Miro fijamente la puerta y me
pregunto qué me está esperando al otro lado.
Miro fijamente la ventana y me
pregunto si volveré a ver un pájaro volando por ella.
Miro el reloj y me pregunto qué
significa estar viviendo de acuerdo a los números de nuevo. Me pregunto lo que
las 6:30 de la mañana significan en este edificio.
Decido
lavar mi cara. La idea me regocija y estoy un poco avergonzada.
Abro la puerta del baño y capto
el reflejo de Adam en el cristal. Sus rápidas manos empujan su camisa hacia
abajo antes de que tenga la oportunidad de entrar en detalles, pero vi lo
suficiente como par ver lo que no podría ver en la oscuridad.
Ha cubierto sus cardenales.
Mis piernas se sienten rotas. No
sé cómo ayudarle. Desearía poder ayudarle.
—Lo siento —dice rápidamente—.
No sabía que estabas despierta. —Tira del borde de su camisa como si fuera el
momento para fingir que soy ciega.
Asiento ante nada en absoluto.
Miro a las baldosas bajo mis pies. No sé que decir.
—Juliette. —Su voz abraza las
letras de mi nombre tan suavemente que muero 5 veces en ese segundo. Su cara es
un bosque de emoción. Mueve su cabeza—. Lo siento —dice, tan tranquilamente que
estoy segura de que ciertamente lo imaginé—. No es... —Aprieta su mandíbula y
lleva una nerviosa mano a través de su pelo—. Todo esto, no es...
Abro la palma de la mano para
él. El papel es una arrugada bola de posibilidades.
—Lo sé.
El alivio recorre cada rasgo de
su cara y de repente sus ojos son el único consuelo que alguna vez necesitaré.
Adam no me traicionó. No sé por qué, o cómo o qué o nada de nada, excepto que
es todavía mi amigo.
Está todavía de pie delante de
mí y no me quiere muerta.
Camino hacia delante y cierro la
puerta.
Mi boca abierta para hablar.
—¡No!
Mi mandíbula cae.
—Espera —dice con una mano. Sus
labios se mueven, pero no hacen ningún sonido. Me doy cuenta de que en la
ausencia de cámaras podría todavía haber micrófonos en el baño. Adam mira
alrededor y deja de mirar.
La ducha son 4 paredes de
burbujeante cristal y él está abriendo el cristal antes de que tenga idea
alguna de lo que está pasando.
Él
gira el aerosol a plena potencia y el sonido del agua se apresura, retumbando a
través de la habitación, ahogando todo lo que truena en el vacío que nos rodea.
El espejo está ya empañado a causa del vapor y del mismo modo creo que estoy
empezando a entender su plan, me tira en sus brazos y me eleva en la ducha.
Mis gritos son vapor, jirones de
suspiros que no puedo entender.
El agua caliente está
encharcando mi ropa. Está diluviando mi pelo y corriendo por mi cuello, pero
todo lo que siento son sus manos alrededor de mi cintura. Quiero gritar por
todas las razones equivocadas.
Sus ojos me mantienen en mi
lugar. Su urgencia enciende mis huesos. Riachuelos de agua serpentean su camino
hacia los planos pulidos de su rostro y sus dedos me presionan contra la pared.
Sus labios sus labios sus labios
sus labios sus labios.
Mis ojos están luchando por no
latir con fuerza.
Mis piernas han ganado el
derecho a temblar.
Mi piel se chamusca en cada
parte dónde no me está tocando.
Sus labios están tan cerca de mi
oído que soy agua y todo y nada y la fusión en un deseo tan desesperado que se
quema mientras lo trago.
—Puedo tocarte —dice, y me
pregunto por qué hay colibríes en mi corazón—. No lo entendí hasta la otra
noche —murmura, y estoy demasiado borracha para digerir el peso de cualquier
cosa además de su cuerpo flotando muy cerca del mío.
—Juliette. —Su cuerpo se
presiona más cerca y me doy cuenta de que estoy prestando atención a nada más
que a los dientes de león soplando deseos en mis pulmones. Mis ojos se abren
súbitamente y se lame el labio inferior durante el segundo más pequeño y algo
en mi cerebro estalla a la vida.
Me corta la respiración. Me
corta la respiración. Me corta la respiración.
—¿Qué estás haciendo...?
—Juliette, por favor… —Su voz es
ansiosa y mira detrás de él como si no estuviera seguro de que está solo—. La otra
noche…
Aprieta los labios juntos.
Cierra los ojos durante la mitad de un segundo y me maravillo de la caída la
caída la caída de gotas de agua caliente atrapadas en sus pestañas como las
perlas forjadas a partir del dolor. Sus dedos a centímetros de los lados
de mi cuerpo como si estuviera luchando para mantenerlos en un único lugar,
como si estuviera luchando por no tocarme por todas partes, por todas partes,
en todas partes y sus ojos están bebiendo el metro sesenta de mi cuerpo y yo
estoy tan yo estoy tan yo estoy tan atrapada.
—Por fin lo entiendo ahora —dice
al oído—. Ya sé…ya sé por qué te quiere Warner. —Sus dedos son 10 puntos de
electricidad matándome con algo que nunca he conocido antes. Algo que siempre
he querido sentir.
—¿Entonces por qué estás aquí?
—susurro, rota, muriendo en sus brazos—. ¿Por qué...? —Uno, dos intentos de la
inhalación—. ¿Por qué me estas tocando?
—Porque puedo. —Casi
quiebra una sonrisa y casi me brotan un par de alas—. Ya lo tengo.
—¿El qué? ―Parpadeo, de repente
poniéndome seria—. ¿Qué quieres decir?
—Esa primera noche en la celda
—suspira. Él mira hacia abajo—. Estabas gritando en tu sueño.
Espero.
Espero.
Espero por siempre.
—Toqué tu cara —habla en la
forma de la oreja—. Tu mano. Rocé la longitud de tu brazo... —Se tira hacia
atrás y sus ojos descansan en mi hombro, camino a mi codo, aterrizan en mi
muñeca. Estoy suspendida en la incredulidad—. No sabía cómo despertarte. No te
despertabas. Así que me senté hacia atrás y te observé. Esperé a que dejases de
gritar.
—Eso. Es. Imposible. —Tres
palabras son todo lo que puedo manejar.
Sin embargo, sus manos se
convierten en brazos alrededor de mi cintura, sus labios se convierten en una
mejilla presionada en mi mejilla y su cuerpo está al ras contra el mío, su piel
me toca me toca me toca y no está gritando no se está muriendo, no está huyendo
de mí y yo estoy llorando.
Me ahogo.
Estoy sacudiéndome temblando
astillándome en lágrimas y me está sujetando de la forma en que nadie me ha
sujetado antes.
Como si me quisiera.
—Voy
a sacarte de aquí —dice, y su boca se mueve contra de mi cabello y sus manos
están viajando a mis brazos y me estoy inclinando hacia atrás y él está
buscando en mis ojos y debo estar soñando.
—¿Por qué…por qué tú no…yo
no...? —Estoy moviendo la cabeza y temblando, porque esto no puede estar
pasando y sacudiendo las lágrimas pegadas a mi cara.
Esto no puede ser real.
Sus dulces ojos, su sonrisa
desquician mis articulaciones y me gustaría saber el sabor de sus labios. Me
gustaría tener el coraje para tocarle.
—Me tengo que ir ―dice—. Tienes
que estar vestida y abajo a las ocho.
Me estoy ahogando en sus ojos y
no sé qué decir.
Se despega la camisa, y no sé
dónde mirar.
Me descubro en el panel de
vidrio y presiono los ojos cerrados y parpadeo cuando algo revolotea muy cerca.
Sus dedos están un momento de mi cara y estoy empapada en el ardor de la
anticipación.
—No tienes que mirar hacia otro
lado —dice. Lo dice con una sonrisa del tamaño de Júpiter.
Echo una ojeada a sus rasgos, a
la sonrisa torcida que quiero saborear, al color de sus ojos que usaría para
pintar un millón de imágenes. Sigo la línea de la mandíbula desde el cuello a
la cima de la clavícula, memorizo las colinas y los valles esculpidos de sus brazos,
la perfección de su torso. El pájaro en el pecho.
El pájaro en el pecho.
Un tatuaje.
Un pájaro blanco con vetas de
oro como con una corona sobre su cabeza. Está volando.
—Adam —trato de decirle—. Adam
—trato de explicarle—. Adam —trato de decirlo tantas veces y fallo.
Trato de encontrar sus ojos sólo
para darme cuenta de que ha estado mirándome estudiarlo. Las piezas de su
rostro se presionan en las líneas de emoción tan profundas que me pregunto si
debo parecerme a él. Él toca con 2 dedos mi mentón, inclina mi cara hacia
arriba lo suficiente y estoy viva en el agua.
—Voy
a encontrar una manera de hablar contigo ―dice, y sus manos me están rodeando y
mi cara está presionada contra su pecho y el mundo de repente es más brillante,
más grande, más hermoso. El mundo de repente significa algo para mí, la
posibilidad de la humanidad significa algo para mí, el universo entero se
detiene en su lugar y gira en la otra dirección y yo soy el pájaro.
Soy el pájaro y estoy volando.
Capítulo 20
Son
las 8:00 de la mañana y yo estoy usando un vestido del color de bosques muertos
y latas de estaño.
El
talle es más estrecho que cualquier cosa que he usado en mi vida, el corte
moderno y angular, casi caprichoso; el material es rígido y grueso, pero de
alguna forma respirable.
Miro
fijamente mis piernas y me maravilla que tenga un par.
Me
siento más expuesta de lo que me he sentido en toda mi vida.
Durante17
años me he entrenado en cubrir cada centímetro de mi piel expuesta y Warner me
está forzando a desconchar cada capa. Sólo puedo asumir que lo está haciendo a
propósito. Mi cuerpo es una flor carnívora, una planta venenosa, un arma
cargada con un millón de gatillos y está más que preparado para disparar.
Tócame
y sufre las consecuencias. Nunca ha habido excepciones para esa regla.
Nunca,
hasta Adam.
Me
deja parada y empapada en la ducha, disfrutando de un torrencial aguacero de
tibias lágrimas. Miro a través del cristal borroso mientras él se seca y se
desliza en su uniforme estándar.
¿Por
qué él me ayuda?
¿Él
me recuerda?
Mi
piel aún está humeante.
Mis
huesos están vendados en los pliegues apretados de esta extraña vestimenta, el
cierre es lo único que me mantiene unida. Eso y las posibilidades de algo. Yo
siempre nunca me he atrevido a soñar con eso.
Mis
labios siempre estarán sellados con los secretos de esta mañana, por siempre,
pero mi corazón está tan lleno de confianza y admiración y paz y posibilidades
ahora, que está a punto de estallar, me pregunto si rasgará el vestido.
La
esperanza me abraza, manteniéndome en sus brazos, secándome mis lágrimas y
diciéndome que hoy y mañana y dentro de dos días estaré bien, estaré tan
delirante y me atreveré a creerlo.
Estoy sentada en un salón azul.
Las paredes están empapeladas en
tela del color de un cielo perfecto de verano, el suelo escondido bajo una
alfombra de 5 centímetros de grosor, todo el salón estaba vacío, excepto por
dos sillas de terciopelo con patrones de una constelación. Cada tono cambiante
es como un moretón, como un hermoso error, como un recuerdo de lo que hizo Adam
por mí.
Estoy sentada sola en la silla
de terciopelo en una sala azul usando un vestido hecho de aceitunas. El peso
del cuaderno en mi bolsillo se siente como si estuviera balanceando una bola de
boliche en mis rodillas.
—Te ves preciosa.
Warner se agita en la habitación
como si flotara en el aire de por vida. No está acompañado por nadie.
Mis ojos involuntariamente miran
hacia mis zapatos deportivos y me preguntó si he roto algunas reglas por evitar
los tacones en mi armario. Estoy segura que no son para los pies. Miro hacia
arriba y él estaba parado frente a mí.
—El verde te queda genial —dice
con una estúpida sonrisa—. Realmente realza el color de tus ojos.
—¿De qué color son mis ojos?
—pregunté al muro.
Se ríe.
—No hablas en serio.
—¿Cuántos años tienes?
Él para de reír.
—¿Qué te importa?
—Soy curiosa.
Toma asiento a mi lado.
—No responderé tus preguntas si
no me miras cuando te hablo.
—Me
quieres para torturar a las personas contra mi voluntad. Tú quieres que sea un
arma para tu guerra. Me quieres convertir en un monstruo para ti —me pausé—.
Mirarte me da ganas de vomitar.
—Eres más terca de lo que yo
pensaba.
—Estoy usando tu vestido. Comí
tu comida. Estoy aquí. —Desvié mis ojos para mirarlo y él estaba mirando
fijamente hacía mí. Momentáneamente, fui sorprendida por el poder de su mirada.
—No has hecho nada por mí —dijo
tranquilamente.
Estuve a punto de reír a
carcajadas.
—¿Por qué lo haría?
Sus ojos peleaban con sus labios
por el derecho de hablar. Miré para otro lado.
—¿Qué estamos haciendo en este
salón?
—Ah. —Tomó un profundo aliento—.
Desayunemos. Luego te daré tu horario.
Presiona un botón en el brazo de
su silla y casi instantáneamente, carros y bandejas están rodando hacia el
salón por hombres y mujeres que claramente no son soldados. Sus expresiones son
duras y agrietadas y demasiado delgadas para ser saludables.
Rompe mi corazón justo por la
mitad.
—Usualmente comía solo —continúa
Warner, su voz como un témpano perforado en la superficie de mis recuerdos—.
Pero me imaginé que tú y yo deberíamos conocernos perfectamente. Especialmente,
desde que estamos pasando tanto tiempo juntos.
Las sirvientes personas que no
son soldados, se van y Warner me ofrece algo en una fuente.
—No estoy hambrienta.
—Eso no es una opción.
Miro hacia arriba y me doy
cuenta que él está muy, muy serio.
—No tienes permitido pasar
hambre hasta matarte. No comes suficiente y te necesito saludable. No tienes
permitido suicidarte. No tienes permitido hacerte daño. Tú eres demasiado
valiosa para mí.
—No
soy tu juguete. —Casi le escupí.
Retiró su plato hacia el carrito
rodante y me sorprendió que no lo estallara en pedazos. Aclaró su garganta y en
realidad podía sentir miedo.
—Este proceso podía ser más
fácil si tú solamente cooperarás —dijo articulando cada palabra.
Cinco cinco cinco cinco cinco
latidos.
—El mundo está asqueado por ti
—dijo moviendo sus labios con humor—. Todos los que te han conocido te han
odiado. Han huido de ti. Te han abandonado. Tus propios padres te entregaron y
ofrecieron tu existencia para renunciar a la autoridad. Estaban tan
desesperados por deshacerse de ti, por convertirte en el problema de alguien
más, de convencerse de que la abominación que ellos criaron, no era de hecho su
hija.
Mi cara ha sido cacheteada por
unas cien manos.
—Y todavía. —El ríe abiertamente
ahora—. Insistes en ponerme como el chico malo. —Encuentra mis ojos—. Estoy tratando
de ayudarte. Te estoy dando una oportunidad que no cualquiera te ofrecería.
Estoy dispuesto a tratarte como un igual. Estoy dispuesto a darte algo que
siempre has querido, y por encima de todo, puedo poner poder en tus manos.
Puedo hacerlos sufrir por lo que te hicieron. —Se inclina lo suficiente—. Puedo
cambiar tu mundo.
Está equivocado, tan equivocado,
está más equivocado que un arco iris al revés.
Pero todo lo que dice es
correcto.
—No te atrevas a odiarme tan
rápidamente —continúa—. Podrías encontrarte disfrutando esta situación un poco
más de lo que previste. Por suerte para ti. Estoy dispuesto a ser paciente.
—Sonríe. Se inclina hacia atrás—. Pensándolo ciertamente, no lastima que seas
tan alarmantemente hermosa.
Estoy empapando de pintura roja
la alfombra.
Es un mentiroso y un horrible,
horrible, horrible ser humano y no sé si preocuparme por que tenga la razón o
por que esté equivocado, o por que estoy desesperada por algo de reconocimiento
de este mundo. Nadie me ha dicho algo como eso antes.
Me hace querer mirarme en el
espejo.
—Tú y yo no somos tan diferentes
como podías esperar. —Su sonrisa es tan falsa que quiero retorcerla en mi puño.
—Tú
y yo no somos tan similares como podías esperar.
Sonríe tan ampliamente que no
estoy segura de cómo reaccionar.
—Tengo diecinueve, por cierto.
—¿Disculpa?
—Tengo diecinueve años —aclara—.
Soy un modelo bastante impresionante para mi edad, lo sé.
Recojo mi chuchara y la empujo
en la materia comestible en mi plato. Ya no sé que es comida.
—No tengo ningún respeto por ti.
—Podrías cambiar de opinión
—dijo fácilmente—. Ahora apúrate y come. Tenemos mucho trabajo que hacer.
Capítulo 21
Matar el tiempo no es tan difícil
como suena.
Puedo lanzar unos cientos de
números por mi pecho y verlos sangrar en puntos decimales en la palma de mi
mano.
Puedo copiar los números de un
reloj y ver a la manecilla de la hora marcar su tac final justo antes de
dormirme. He estado asesinando minutos durante horas y a nadie parece
importarle.
Ha pasado una semana desde que
no he dicho una palabra a Adam.
Me volví hacia él una vez. Abrí
mi boca sólo una vez, pero nunca tuve una oportunidad de decir algo antes de
que Warner me interceptara.
—No tienes permitido hablarle a
los soldados —dijo—. Si tienes preguntas, puedes encontrarme. Soy la única
persona de la que necesitas preocuparte mientras estés aquí.
“Posesivo” no es una palabra lo
suficientemente rara para Warner.
Él me escolta a todos lados. Me habla
demasiado. Mi programa consiste en reuniones con Warner y en comer con Warner y
en escuchar a Warner. Si está ocupado, soy enviada a mi habitación. Si está
libre, me encuentra. Me cuenta sobre los libros que han sido destruidos. Los
artefactos que están preparando para que se quemen. Las ideas que tiene para un
nuevo mundo y cómo seré de una gran ayuda para él tan pronto como esté lista.
Tan pronto como me dé cuenta de cuánto quiero esto, cuánto lo quiero a él,
cuánto quiero esta vida nueva, gloriosa, poderosa. Está esperando que aproveche
mi potencial. Me dice cuán agradecida debería estar por su paciencia. Su
amabilidad. Su disposición a entender que esta transición debe ser difícil.
No
puedo mirar a Adam. No puedo hablarle. Él duerme en mi habitación, pero no
puedo verlo. Él respira tan cerca de mi cuerpo, pero no separa sus labios en mi
dirección. No me sigue al baño. No deja mensajes secretos en mi cuaderno.
Me estoy empezando a preguntar
si me imaginé todo lo que me dijo.
Necesito saber si algo ha
cambiado. Necesito saber si estoy loca por mantener esta esperanza floreciendo
en mi corazón y necesito saber lo que el mensaje de Adam quería decir, pero
cada día que él me trata como una extraña es otro día que comienzo a dudar de
mí misma.
Necesito hablarle, pero no
puedo.
Porque ahora Warner está
mirándome.
Las cámaras están mirando todo.
—Quiero que saques las cámaras
de mi habitación.
Warner deja de morder la basura
de comida/porquería/desayuno en su boca. Traga con cuidado antes de inclinarse
hacia atrás y mirarme a los ojos.
—Absolutamente no.
—Si me tratas como una
prisionera —le digo—, voy a actuar como una. No me gusta ser observada.
—No puedes ser confiada a tu
propia cuenta. —Agarra su cuchara de nuevo.
—Cada respiro que tomo es
monitoreado. Hay guardias ubicados en espacios de 2 metros en todas las
entradas. No tengo siquiera acceso a mi propia habitación —protesto—. Las
cámaras no van a hacer una diferencia.
Una extraña especie de diversión
baila en sus labios.
—No estás exactamente estable,
ya sabes. Eres responsable de matar a alguien.
—No. —Aprieto los dedos—. No… yo
no lo haría… yo no maté a Jenkins.
—No estoy hablando de Jenkins.
—Su sonrisa es un tanque de ácido que penetra en mi piel.
Él no va a dejar de mirarme. De
sonreírme. De torturarme con sus ojos.
Esta
soy yo, gritando silenciosamente en mi puño.
—Eso fue un accidente. —Las
palabras salen de mi boca tan silenciosamente, tan silenciosamente que ni siquiera
sé si realmente he hablado o si realmente aún estoy sentada aquí o si realmente
tengo catorce años de nuevo de nuevo de nuevo y estoy gritando y muriendo en
una piscina de recuerdos que nunca nunca nunca parece que pueda olvidar.
La vi en la tienda de
comestibles. Sus piernas estaban cruzadas en los tobillos, su hijo estaba con
una correa que ella pensaba que él pensaba que era una mochila. Pensaba que era
tan mudo/tan joven/tan inmaduro para entender que la cuerda tirando de él hacia
su muñeca era un dispositivo diseñado para atraerlo a su desinteresado círculo
de autosimpatía. Ella eea demasiado joven para tener un hijo, para tener esas
responsabilidades, para estar enfrascada con un hijo que tiene necesidades que
no se acomodan a las suyas. Su vida es tan increíblemente inaguantable, tan
inmensamente multifacética, tan glamorosa para el legado de la correa de su
costado como para entender.
Los niños no son estúpidos, era lo que quería decirle.
Quería decirle que su séptimo
grito no quería decir que él estaba intentando ser desagradable, que su
advertencia decimocuarta en la forma de mocoso/tú eres un gran mocoso/me estás
avergonzando, pequeño mocoso/no me hagas decirle a papi que estabas siendo un
mocoso que estaba fuera de lugar. No quería mirar, pero no podía evitarlo. Su
rostro de 3 años se frunció con dolor, sus pequeñas manos intentaron deshacer
las correas que había amarrado sobre su pecho y había ajustado tan fuerte que
cayó y lloró y ella le dijo que se lo merecía.
Quería preguntarle por qué haría
eso.
Quería hacerle tantas preguntas,
pero no las hice porque ya no hablamos con las personas porque decir algo sería
más extraño que no decirle nada a un extraño. Él cayó al suelo y se retorció
hasta que yo había dejado caer mis manos y cada rasgo en mi rostro.
Lo lamento, es lo que nunca le dije a su hijo.
Pensaba que mis manos ayudaban.
Pensaba que mi corazón ayudaba.
Pensaba tantas cosas.
Nunca.
Nunca.
Nunca.
Nunca.
Nunca pensé.
Maté a un pequeño.
Estoy clavada en mi silla de
terciopelo con cerca de un millón de recuerdos y estoy obsesionada por un
horror que mis manos desnudas crearon y me recuerda en cada momento que soy no
deseada por alguna razón. Mis manos pueden matar gente. Mis manos pueden destruir
todo.
No debería tener permitido
vivir.
—Quiero —jadeo, luchando por
tragar el puño depositado en mi garganta—, quiero que quites las cámaras.
Quítalas o voy a morir luchando contigo por el derecho.
—¡Finalmente! —Warner se pone de
pie y estrecha sus manos como si fuera para felicitarse a sí mismo—. Me estaba
preguntando cuándo te despertarías. He estado esperando por el fuego que sé que
debe estar comiéndote todos los días. Estás enterrada en el odio, ¿no? ¿Enojo?
¿Frustración? ¿Con ganas de hacer algo? ¿De ser alguien?
—No.
—Por supuesto que sí. Igual que
yo.
—Te odio más de lo que alguna
vez entenderé.
—Vamos a hacer un excelente
equipo.
—No somos nada. Tú no eres nada
parecido a mí…
—Sé lo que quieres. —Se inclina,
deja caer su voz.
—Sé lo que tu pequeño corazón
siempre ha esperado. Puedo darte la aceptación que buscas. Puedo ser tu amigo.
—Me congelo. Titubeo. Fracaso en hablar.
—Sé
todo sobre ti, amor. —Sonríe ampliamente—. Te he querido por un largo tiempo.
He esperado por siempre que estés lista. No voy a dejarte ir tan fácilmente.
—No quiero ser un monstruo
—digo, tal vez más por mi bien que por el suyo.
—No luches contra lo que naciste
para ser. —Agarra mis hombros—. Para de dejar que todos los demás te digan qué
está bien y qué está mal. ¡Haz un reclamo! Te encogiste cuando podías
conquistar. Tienes mucho más poder del que eres consciente y yo estoy
francamente demasiado ―Sacude su cabeza— fascinado.
—No soy tu fenómeno —digo
bruscamente—. No actuaré por ti.
Aprieta su agarre alrededor de
mis brazos y no puedo librarme de él. Se inclina peligrosamente cerca de mi
rostro y no sé por qué, pero no puedo respirar.
—No te temo, querida —dice
suavemente—. Estoy absolutamente encantado.
—O sacas las cámaras o
encontraré y romperé cada una de ellas. —Soy una mentirosa. Estoy mintiendo por
mis dientes, pero estoy enojada y desesperada y horrorizada. Warner quiere
transformarme en un animal que se aprovecha de los débiles. De los inocentes.
Si él quiere que luche por él,
va a tener que luchar conmigo primero.
Una lenta sonrisa se extiende en
su rostro. Toca con los dedos enguantados mi mejilla e inclina mi cabeza hacia
arriba, atrapando mi mentón en su agarre cuando me echo hacia atrás.
—Eres absolutamente deliciosa
cuando estás enojada.
—Lástima que mi gusto sea
venenoso para tu paladar. —Estoy bullendo con disgusto de la cabeza a los dedos
del pie.
—Ese detalle hace a este juego
mucho más atractivo.
—Estás enfermo, tan enfermo…
Él se ríe y libera mi mentón
sólo para hacer el inventario de las partes de mi cuerpo. Sus ojos dibujan un
vago recorrido por la longitud de mi cuerpo y siento la repentina urgencia de
romper su bazo.
—Si saco tus cámaras, ¿qué harás
por mí? —Sus ojos son perversos.
—Nada.
Él sacude su cabeza.
—No se hará. Podría aceptar tu
propuesta si aceptas una condición.
Aprieto la mandíbula.
—¿Qué quieres?
La sonrisa es más grande que
antes.
—Esa es una pregunta peligrosa.
—¿Cuál es tu condición? —aclaro,
impaciente.
—Tócame.
—¿Qué? —Mi grito es tan fuerte
que se queda en mi garganta sólo para correr deprisa por la habitación.
—Quiero saber exactamente de lo
que eres capaz. —Su voz es firme, sus cejas tirantes, tensas.
—¡No lo haré de nuevo!
—exploto—. Viste lo que me hiciste hacerle a Jenkins…
—Que se joda Jenkins —escupe—.
Quiero que me toques… quiero sentirlo yo mismo…
—No… —Estoy sacudiendo mi cabeza
tan fuerte que me hace marear—. No. Nunca. Estás loco… Tú no vas a…
—Tú lo harás, realmente.
—No…
—Tendrás que… trabajar… en un
punto o en otro —dice, haciendo un esfuerzo por moderar su voz—. Incluso si
tuviste que renunciar a mi condición, estás aquí por una razón, Juliette.
Convencí a mi padre de que serías un recurso para El Reestablecimiento. Que
serías capaz de dominar a cualquier rebelde que nosotros…
—Quieres decir torturar…
No hay comentarios:
Publicar un comentario