Cuando pusimos a los demás al
corriente, cada uno reaccionó a su
manera.
Fi se quedó pálida y petrificada, incapaz de articular palabra, como si no
concibiese que una persona pudiera ser tan despiadada. Igual de pálido pero con
la mirada encendida, Lee se levantó de un salto y dio un puñetazo en la pared.
—Es hombre muerto —dijo—. Se acabó.
Hombre muerto.
Cruzó la habitación y se quedó
mirando por la ventana con las manos debajo de las axilas. Le temblaba todo el
cuerpo.
Homer había estado dándole vueltas a
la idea, y casi se lo veía tranquilo.
—Todo encaja —afirmó—. Todo tiene más
sentido.
—¿Y ahora qué? —pregunté—. Si vamos a
lanzar un ataque contra esas casas, ¿qué pretendemos exactamente? ¿Destruirlas
con todo lo que llevan dentro, incluida la casa de Fi? ¿Matar a gente? ¿Matar
al comandante Harvey?
—Sí —dijo Lee sin darse la vuelta—.
Sí a todo.
Había vuelto a su estado psicótico,
el mismo en el que se sumió cuando apuñaló a aquel soldado. Me daba miedo
cuando se ponía así.
—Me repugna la idea de que estén
viviendo en mi casa —dijo Fi—. Dan ganas de desinfectarlo todo cuando se
marchen. Pero no quiero que destrocemos mi hogar. Mamá y papá me matarían.
—Tus vecinos no estarían muy contentos
si redujéramos a cenizas todas las casas de la calle menos la tuya —apuntó
Homer—. Sería un tanto injusto.
—Yo estaba ahí cuando volaron la casa
de Corrie —dijo Fi, que parecía aún más abatida—. Vi cómo le afecto aquello.
—Dejemos de preocuparnos por ese tema
de momento —sugirió Homer—. Veamos si es o no factible lanzar un ataque contra
esas casas. Si no damos con la manera de hacerlo, entonces Fi no tendrá de qué
preocuparse.
—Has hablado de incendiarlas
—recordé—. No sé si hay un modo sencillo de hacer algo así.
—Es lo primero que se me ha ocurrido
—repuso Homer.
—¿Mataremos a gente? —preguntó Robyn.
—Sí
—repitió Lee.
—¡Lee! —le reprendió Robyn—. ¡Déjalo
ya! No soporto que hables así. Me asusta.
—No viste lo que hicieron en el
campamento de los Héroes de Harvey —rebatió Lee.
—Vuelve aquí y siéntate, Lee —tercié.
Al cabo, hizo lo que le pedía y se sentó a mi lado en el sofá.
—Pues yo creo que no es lo mismo
prenderle fuego a las casas, sin saber si morirá gente o no, que actuar
deliberadamente para matar —expuso Homer—. Lo cierto es que, si quitáramos de
en medio a Harvey y a unos cuantos mandamases, inclinaríamos mucho la balanza
en esta guerra. Incluso podríamos estar salvando vidas. Es un hecho, y de nada
sirve discutir sobre ello. La verdadera cuestión es: ¿tenemos las agallas de
hacerlo?
Nos sumimos en nuestras cavilaciones
durante un minuto. Imagino que los demás hacían lo mismo que yo: buscar en su
interior si tenían las agallas de matar a sangre fría. Para mi sorpresa, decidí
que probablemente sí que las tenía. Por una parte, me inquietaba lo rápido que
me endurecía la guerra. Pero, por otra parte, tenía la sensación de que aquello
era lo que la gente esperaba de mí. Mis padres, nuestros amigos y vecinos,
todos los que estaban encerrados en el recinto ferial lo esperaban. Y esa pobre
gente, esos inocentes y difuntos Héroes de Harvey también lo habrían esperado.
Y muchos más, en todo el país, lo esperarían. Parece ser que eso era lo que
debía hacer, y ya tendría tiempo de preocuparme por las consecuencias después.
Resultó curioso pero, por primera vez, no me importó mi propia seguridad ni los
peligros a los que me expondría.
—Haré lo que sea necesario —dije.
—¿Aunque ello implique matar gente,
deliberadamente? —preguntó Homer.
—Sí.
—¿Serias capaz de encañonar a uno de
ellos y apretar el gatillo? —preguntó Homer—. Esta vez seria a sangre fría. Ya
sabemos de qué eres capaz en caliente.
Robyn empezó a protestar, pero Homer
la interrumpió casi de inmediato.
—Es necesario que nos hagamos estas
preguntas —explicó—. Debemos tenerlo claro. No me parece una buena idea
meternos en esto y acabar dándonos cuenta, llegado el momento de la verdad, de
que alguien no es capaz de cumplir con su parte del plan. Si no, acabaremos
todos muertos.
—¡Por Dios! A veces, desearía que nos
tuvieran prisioneros como a los demás —apunté—. ¿Por qué nos toca a nosotros
hacer todo esto? Además, yo no puedo saber si haré una cosa o no hasta que me
encuentre en esa situación. Aun así, creo que podría dispararle a uno de ellos.
—Vale —dijo Homer—. ¿Lee?
—No dejaré a nadie tirado —contestó
él.
—¿Qué significa eso? —dijo Robyn
perdiendo los estribos—. ¿Quieres decir que aquel que se niegue a matar estará
dejando tirados a los demás? Te digo una cosa, Lee. A veces, hacen falta más
agallas para no hacer algo que para hacerlo.
Él no contestó. Se quedó sentado,
refunfuñando, sin reaccionar a las caricias que le hacía en la pierna. Homer lo
miró durante un minuto, suspiró y se volvió hacia Fi.
—¿Fi?
—Haré todo lo que pueda —respondió—.
Aunque eso signifique volar mi propia casa por los aires, supongo. Pero
sinceramente, no creo que sea necesario. Solo parecen utilizarla para alojar a
paletos. Por lo visto, ninguno de los VIP vive allí.
—¿Podrías dispararle a alguien?
—Preguntó Homer.
—No. En la vida he disparado un arma
de fuego, y lo sabes. Sé como cargarlas, apuntar y esas cosas, pero no quiero
tener que disparar.
—Bueno, vale —dijo Homer—. Pero
¿podrías empujar a un soldado desde una azotea, darle un navajazo, o
electrocutarlo tirándole un radiador a la bañera?
—Bueno, tal vez lo del radiador.
—O sea, que podrías matar a una
persona con la condición de no tener ningún
contacto físico con ella, ¿es eso?
—Sí, supongo que ahí está la
diferencia. Creo que incluso podría disparar si estuviera acostumbrada a usar
armas.
—¿Robyn?
—Lo que Ellie ha dicho me ha dado que
pensar —dijo Robyn, sorprendentemente—. Me refiero a eso de qué nos encontramos
nosotros en esta situación, por qué no nos han hecho prisioneros como a los
demás. Tal vez se trate de una especie de test, una prueba, para ver lo que
valemos. —Se levantó, se encaminó a la ventana y se dio la vuelta para mirarnos
a la cara y añadir—: Cuando todo esto haya acabado, puede que se juzguen
nuestras acciones. Y creo que solo superaremos esa prueba si nos hemos guiado
por el sentido del honor, si hemos hecho lo posible para hacer el bien, para no
actuar por avaricia, codicia, odio o venganza. Y si basamos nuestras decisiones
en nuestras propias creencias, si procuramos ser valientes, honestos, justos…
Creo que es eso lo que se espera de nosotros, nada más. Nadie tiene porque ser
perfecto, siempre y cuando se esfuerce por alcanzar la perfección.
—Muy bien, ¿y qué estas dispuesta a
hacer tú? —inquirió Homer.
—No te puedo contestar ahora.
Pensemos un plan y haré todo lo que pueda para hacer que funcione. De momento
tendrás que contentarte con eso.
—¿Y tú, Homer? ¿Qué dices tú?
—pregunté.
Con la voz tan firme como la mirada,
contestó:
—Lucharé. No me echaré atrás ante
nada. Matar a sangre fría a mujeres soldado será lo más duro para mí. Sé que no
es muy lógico, pero es así. De todas formas, si la situación lo requiere, creo
que podría.
Todos habíamos dado nuestra opinión.
Ahora sabíamos, más o menos, cuál era la posición de cada uno. La siguiente
etapa consistía en planear alguna estrategia. Hablamos largo y tendido. Fi no
había trazado los mapas, como le habíamos pedido; así que acabamos
acribillándola a preguntas. ¿Dónde estaban situadas las puertas traseras de
esas casas? ¿Dónde quedaban las escaleras? ¿Tenían porches traseros? ¿Cuántas
habitaciones había? ¿Dónde estaban los cuadros de luces? ¿De qué sistema de
calefacción estaban provistas? Fi contestó a todas las preguntas que pudo, pero
al final se hizo un lío y ya
no supo decir qué casa tenía una bodega y qué otra una cámara frigorífica.
Se acercaba la hora de que la
siguiente pareja se apostara en el campanario de la iglesia para la jornada de
vigilancia. Acordamos que debíamos mantener esos turnos, que necesitábamos
recabar tanta información como nos fuera posible.
Seguimos con la misma rutina durante
tres largos días. Y al final, en lugar de ir elaborando poco a poco y
meticulosamente un plan magistral, fue el destino el que nos brindó la oportunidad
que necesitábamos. Una mañana, Lee y yo, sentados en nuestro puesto, vimos
aparecer un camión por Turner Street. Era un camión de Mudanzas Stratton.
Wirrawee era un pueblo demasiado pequeño como para contar con su propia agencia
de mudanzas. Subió la carretera de la colina y aparcó justo enfrente de la
última casa de la calle. El soldado que conducía el camión lo dejó allí y se
dirigió a otra casa. Durante unas cuantas horas, el vehículo permaneció allí
aparcado. Pero a eso del mediodía, un oficial salió de la casa que utilizaban
como cuartel general y llamó a unos centinelas. Estos acudieron, aunque sin
mucho entusiasmo. Les dio una breve charla antes de mandarlos a hacer algo
dentro de la casa del final de la calle. Al cabo de unos pocos minutos entendí
que lo que estaba teniendo lugar era un saqueo en toda regla. Primero, se
llevaron una hermosa y antigua mesa de comedor oscura que resplandecía bajo los
rayos del tibio sol otoñal. Siguieron seis sillas de la misma madera oscura,
con cojines de color borgoña. Después, sacaron toda una colección de cuadros de
grandes dimensiones con marcos dorados, cada uno de los cuales requería dos
soldados para su traslado. El oficial andaba de un lado para otro; supervisaba
sin participar activamente en ningún momento. Las operaciones se alargaron
bastante: el que las dirigía hacía mucho hincapié en que manipularan cada pieza
con la mayor precaución. Cuando terminaron de cargar los cuadros, dejó que los
soldados se fueran a comer. Nadie más se acercó al camión durante el resto del
día.
Cuando Lee y yo terminamos nuestro
turno de vigilancia, nos arrastramos, cansados, hasta la casa que habíamos
ocupado. Y allí compartí con los otros cuatro el plan que había pensado a lo
largo del día mientras observaba aquel camión aparcado en lo alto de la colina.
—Escuchad —empecé—. Imaginad que uno
de nosotros consigue colarse en ese camión, soltar los frenos, poner el punto
muerto y salir del vehículo… Al estar cuesta abajo, el camión debería descender
por Turner Street todo recto y acabar su carrera empotrándose contra esa casa
que hay a los pies de la colina. Y, en este punto, todos los soldados, hasta el
último mono, saldrían corriendo. Aprovecharíamos el efecto de distracción para
infiltrarnos dentro de las casas e iniciar los incendios. Podríamos encargarnos
cada uno de una casa. Deberíamos poder causar bastantes destrozos. Y con los
incendios que se declarasen, crearíamos otro efecto de distracción, y
aprovecharíamos la confusión general para largarnos.
La jugada era de alto riesgo, pero
habíamos alcanzado tal estado de aburrimiento y frustración que decidimos
intentarlo. La mayor ventaja era que, si en la fase inicial del plan la cosa se
volvía demasiado arriesgada, podríamos esfumarnos aprovechando la oscuridad y
ahí quedaría la cosa. Una vez que las casas empezaran a arder, ya no sería tan
sencillo.
Nos pusimos manos a la obra. Reunimos
todos los productos inflamables que pudimos encontrar y que nos cupieran en los
bolsillos: aguarrás, parafina, alcohol de quemar, mecheros y, cómo no,
cerillas. Guardamos todos nuestros enseres en las mochilas y las escondimos en
el jardín; de esa forma nos sería más fácil recogerlas luego. Nuestro plan de
escape consistía en cruzar todo el pueblo para reunirnos en casa de la señora
Alexander, cerca del recinto ferial. La última vez que habíamos estado allí,
había visto dos coches aparcados en su garaje con las llaves de contacto
puestas. Era de suponer que todavía estarían allí, cosa que nos sería de gran
ayuda si decidíamos huir en coche.
Sincronizamos nuestros relojes. La
terea de quitar los frenos del camión de mudanzas recayó sobre Fi. En cuanto a
los demás, a cada uno nos había tocado una casa, y para ello estudiamos los
distintos accesos a los jardines traseros. Yo me decanté por la de los vecinos
de Fi, donde, al parecer, residía el comandante Harvey. La casa de Fi se
salvaría, porque solo éramos cuatro para lanzar el ataque, y su casa no estaba
entre viviendas donde más actividad había. Nos dimos un buen margen de tiempo
para no trabajar bajo demasiada presión: casi hora y media. La operación estaba
prevista para las tres de la madrugada. Y entonces, tras un rápido intercambio
de abrazos, nos pusimos en marcha.
No me entró miedo de verdad hasta que
llegué a la valla de la parte trasera de la propiedad de los vecinos de Fi.
Antes de eso, todo había sido caótico y desorganizado. Pero, en ese punto, en
la fría oscuridad, sabiendo que, en alguna parte entre el edificio y donde yo
me encontraba aguardaba un soldado armado, el frío del suelo parecía ascenderme
por las piernas y extenderse por mi cuerpo. Sentía temblores. ¿O acaso eran
escalofríos? Fuese lo que fuese, dediqué unos minutos
a expulsarlos de mi organismo. Al no dar resultado, supe que lo único que podía
hacer era seguir adelante. Sorteé la valla sin demasiada dificultad (era un
viejo muro de ladrillo de metro y medio de altura aproximadamente) y aterricé
sobre un montón de abono acumulado en un hoyo, al fondo de la parcela. El
propietario era un jardinero muy concienzudo: tenía dispuesta en línea una
serie de hoyos, cada uno lleno de un tipo de abono o de tierra distintos. Me
había hundido en el montículo hasta las rodillas, de modo que me desatasqué, me
limpié la sociedad de los pantalones y, cautelosa, me encaminé hacia la casa.
Una tenue luz brillaba en alguna parte del interior; alguna lamparilla, pensé.
Disponía de casi una hora para hacer un recorrido de cuarenta metros, y me
pareció más que suficiente. Me obligué a dar un paso cada pocos minutos y
esperar. Fue muy difícil, incluso con el miedo de que una bala me alcanzara.
Era tentador mandarlo todo a la porra y dar seis pasos del tirón. Pero mantuve
un estricto control sobre mí misma y seguí avanzando metro a metro. Fue tan
aterrador como aburrido.
La habitación frente a la que me
encontraba debía de ser un lavadero. No sé por qué, pero los lavaderos se
identifican a la primera. Quizá sea por un olor que se percibe
inconscientemente. Me acurruqué allí. Intentando ver mi reloj en la oscuridad.
Pasó una eternidad antes de que lograra leer la hora, y cuando lo hice me
alegré de que marcara las 2.45. Tras asegurarme de que era la hora verdadera,
dediqué cinco minutos más a examinar el objeto que se encontraba a la altura de
mi espinilla izquierda. Decidí que se trataba de un contador y de la llave del
gas. Diez minutos más todavía. Eché un vistazo a la vegetación que crecía cerca
de mi pie derecho. Nomeolvides. Poco interesante.
A eso de las tres de la madrugada,
empecé a tiritar convulsivamente. Para entonces, podía estar segura de que era
de frío, y no de otra cosa. Deseaba con todas mis fuerzas que Fi soltara los
frenos del camión cuanto antes. trataba de jugarme la vida.
El minutero rebasó las tres a paso de
tortuga.
—Date prisa, Fi —protesté.
Temía que empezara a sentir
calambres. Las 3.05, y la carretera seguía tan tranquila como un pajar. Cinco
minutos más; nada. No podía creerlo. Me preguntaba cuánto tiempo tenía que
esperar antes de darme por vencida. No habíamos aclarado ese punto. Nuevos
centinelas, descansados y bien alertas, tomarían el relevo a las cuatro, y para
cuando aparecieran, quería estar bien lejos de allí. A las 3.15, me levanté
despacio; oí el crujido de mis rodillas, sentí la tensión en mis piernas. Había
decidido que a las 3.20 sería mi hora tope. A las 3.24 actué en consecuencia,
iniciando una retirada que fue casi tan lenta como la llegada. Para cuando
alcancé el muro del fondo, eran las 3.40. Me detuve durante unos segundos en el
hoyo para el abono, preguntándome si había decidido bien, antes de trepar por
encima del muro y empezar una carrera en dirección a la casa de la profesora de
música.
Homer ya estaba allí, corroído por la
inquietud.
—¿Qué coño ha podido pasar?
—Preguntaba una y otra vez—. ¿Qué crees que habrá pasado?
—No lo sé —contestaba yo una y otra
vez, lo cual no sé si servía de mucho.
—¿Crees que han ido directamente a la
casa de la señora Alexander?
—No sin sus petates.
Justo pasadas las cuatro. Robyn
apareció.
—Nada, no hay rastro de nadie
—informó.
A las 4.30 llegó Lee y, por fin, a
las 4.45, apareció Fi. Estaba alterada.
—¡El camión estaba cerrado! —espetó
nada más vernos—. ¡Con llave!
Me eche a reír. ¿Qué íbamos a
hacerle? Un detalle tan elemental, y se nos había pasado por alto. Yo no había
visto a nadie cerrarlo con llave durante el día, aunque tampoco había estado
tan pendiente de eso en particular.
—¡No podía pensar! —sollozó—. Tampoco
podía romper el cristal, por el ruido. Esperé a que uno de vosotros apareciera,
pero no acudió nadie.
Estábamos exhaustos, quizá tanto
emocional como físicamente. Y cuando dije que debíamos seguir observando desde
el campanario, no hubo quien apoyara la propuesta.
—¡Ay, no! —gruñó Fi—. Es demasiado.
—Ya hemos hecho suficiente por esta
noche —coincidió Robyn.
—Hazlo tú —espetó Lee—. Yo me voy a
la cama.
—Vale, pues eso haré.
Estaba
convencida de que era imposible hacerlo. Ellos me lanzaron miradas irascibles
cuando me puse en marcha. Nadie dijo una palabra hasta que salí de la casa.
Pero desde el otro lado de la ventana, pude oírlos discutir para decidir quién
haría el primer turno de vigilancia en la casa. Levanté la ventana y asomé la
cabeza adentro con la intención de tener la última palabra.
—Bajad la voz, chicos. De noche, las
voces pueden recorrer grandes distancias.
Ya sabía que lo que me esperaba en el
campanario de St. John era un día de soledad. Pero no me importaba. Nada más
llegar allí, me permití una cabezadita de una hora aproximadamente. Me desperté
con el cuerpo entumecido y dolorido pero, una vez despejada, me pasé el día
entero observando y pensando. No hubo gran actividad en la calle. Cambiaron el
camión de sitio para aparcarlo frente a la casa contigua; allí cargaron un
piano de media cola. Luego lo aparcaron frente a la casa siguiente, de la que
sacaron un par de alfombras y un tocador. El vehículo ya no estaba lo
suficientemente alto en la colina para que el plan de hacerlo caer funcionase.
Debíamos buscar una idea mejor.
Vi al comandante Harvey salir de su
casa a las 9.30. El Range Rover ya estaba allí, esperándolo. Se montó en la
parte trasera del coche. Era el único ocupante, además del chófer. El coche
hizo un cambio de sentido y se alejó. Me pregunté si se dirigiría hacia el
recinto ferial. Quizás hoy le tocara interrogar a mis padres.
Cuando regresó, poco después de las
cuatro, Harvey salió del coche y entró en la casa. Esta vez, el chófer también
se bajó antes de desaparecer dentro de otra casa, dejando el Range Rover
aparcado en la calle. Todavía estaba allí sobre las diez, cuando me di por vencida
y me deslicé por el camino de vuelta, sola, en la oscuridad. Para entonces,
gracias a lo que ya conocía de los hábitos de los centinelas y también al olor
a comida, que había hecho salivar durante las últimas horas de la tarde, ya
tenía una idea en mente. Ese rato que había pasado agazapada detrás de la casa
en la fría madrugada iba a serme útil.
Cuando llegué, los demás se agolparon
a mí alrededor. Creo que se sentían culpables. Yo estaba tan cansada que no
protesté. Y cuando les conté mi idea, la aceptaron casi de inmediato. Pasó lo
mismo que la noche anterior: teníamos tantas ganas de llevar a cabo un plan
viable que estábamos dispuestos a agarrarnos a un clavo ardiendo.
Lo que pretendía hacer era provocar
tal explosión que rompiera los cristales
en las casas en Los Ángeles; una explosión que dejara corta la falla de San
Andrés. La idea surgió a partir del recuerdo del calentador de gas que, en mi
casa, se encontraba en la sala de estar. En mi infancia, aprendí algo sobre el
calentador: si abrías el gas pero no lo encendías en el acto, debías volver a
cerrarlo muy deprisa. Si, en cambio, esperabas unos segundos antes de encender
una cerilla, te arriesgabas a chamuscarte la cara. Era impresionante lo rápido
que salía el gas.
Y si tan rápido se propagaba, ¿qué
pasaría si se dejaban abiertos tres o cuatro calentadores, a tope, durante
media hora? ¿Y si después de eso alguien rascaba una cerilla? Una explosión
descomunal, eso pasaría.
Esa era la parte principal del plan.
Pero Homer y yo hicimos que los demás pensaran con mucha atención hasta el
último detalle. Si algo me había puesto muy nerviosa después de nuestra fallida
incursión, era la sensación de no haber destinado el tiempo que solíamos
dedicar a la planificación del ataque. Lo habíamos dejado demasiado en manos
del azar.
De modo que, esta vez, ideamos con
meticulosidad varios planes de acción para estar preparados tanto si teníamos
éxito como si fracasábamos. También decidimos buscar cinco bicis y
llevárnoslas, para poder llegar así más rápido al garaje de la señora
Alexander, en el caso de que fuera necesario. Aquello nos dejaba con un último
problema que solucionar. Supe desde el principio que sería el más difícil. Se
trataba de la mecha. Sugerí dejar un rastro de líquido inflamable, igual que
hicimos cuando volamos el puente con el camión cisterna. Sabía que se trataba
del punto más débil del plan y, efectivamente, los demás descartaron la
propuesta en el acto.
—Los centinelas lo olerán —aseveró
Homer—. Y aunque las ventanas deberían estar cerradas por el frío, ya estamos
corriendo un riesgo con el olor a gas. No necesitamos olores adicionales.
Fue Lee quien solucionó el problema.
Había estado sentado sin decir nada durante media hora, pero, de repente, se
levantó de un salto, dándome un buen susto. No tuvo que gritar «¡Eureka!» para
que nos diéramos cuenta de que había dado con algo.
—Entrad en todas las casas que
encontréis abiertas y traed tostadoras —ordenó—. Y temporizadores. Que nadie
vuelva sin haber encontrado uno de cada. Y no preguntéis. No hay tiempo. Si nos
damos prisa, todavía estamos a tiempo de hacerlo esta noche.
—Y
ya que estáis, mirad el tema de las bicis —dijo Homer, mientras desperezábamos
nuestros cuerpos fatigados. Ya no recordaba la última vez que había dormido una
noche entera del tirón, pero ya me había acostumbrado a funcionar con el piloto
automático.
Yo fui con Fi. Nos desenvolvíamos con
un poco más de soltura por el pueblo. Había otras zonas, aparte de la Colina
Pija y la zona comercial de Barker Street, que cada noche estaban iluminadas.
Supusimos que habría gente viviendo allí, así que nos mantuvimos alejadas. Pero
últimamente, con sus calles oscuras y sus casas silenciosas, el resto de
Wirrawee parecía totalmente abandonado. Nunca se veían patrullas recorrer
aquellas zonas. Parecía que los soldados daban por sentado que el pueblo estaba
bajo control. Quizás hubieran detenido a toda la gente excepto a nosotros.
Bueno, si esta noche hacemos lo que
nos proponemos, no estaremos a salvo en Wirrawee por mucho tiempo, me dije con
fría resolución.
Fi y yo visitamos cuatro casas, y
encontramos cuatro tostadoras con bastante facilidad. No ocurrió lo mismo con
los temporizadores. Sin embargo, en la última casa nos tocó el premio gordo:
había temporizadores en casi todas las habitaciones; cada radiador estaba
provisto de uno. Al parecer, la persona que vivía allí era de lo más
organizada.
A eso de las dos estábamos de vuelta,
cada uno con su pequeño botín y en una bicicleta. Robyn traía una bomba,
accesorio que todos necesitábamos dado que la mayoría de las ruedas estaban
bastante desinfladas. Lee no había podido dar con un temporizador, pero Fi y yo
le solucionamos la papeleta; en cambio, él había encontrado un par de alicates,
con los que nos hizo una demostración de lo que quería de nosotros. Su idea era
muy sencilla a la vez que muy astuta, y tenía todas las de funcionar.
En cuanto dimos el visto bueno a su
plan, utilizó los alicates para cortar los cables de las tostadoras y nos hizo
practicar con los temporizadores. Para entonces, eran las tres; hora de
marcharnos. Programamos los temporizadores, hicimos rápidamente las mochilas y
nos montamos en las bicis. Esta vez llevaríamos nuestras cosas para replegarnos
más rápidamente.
Elegimos las mismas casas que la última
vez: a mí me tocaba la de los vecinos de Fi; Robyn se encargaría de la
siguiente, que al parecer utilizaban como oficinas; después venía la de Lee:
era la del doctor Burgess,
que, como ya sabíamos, servía de cuartel general. Frente a esta última se
alzaba una gran casa nueva, de ladrillo, donde se alojaban un montón de
oficiales; Homer se decantó por ella. Y como Fi ya no tenía que poner en punto
muerto ningún camión, podía lanzar un ataque contra otra casa. Tuvo el valor de
proponer la suya propia, pero la convencimos de que se encargara de la que
estaba en lo más alto de la colina, donde parecía haber más actividad. Eso sí,
era muy probable que la suya sufriera daños por la explosión, y ella era
consciente.
Seguí el mismo itinerario que la
noche anterior, trepando el muro de ladrillo y siguiendo más allá del hoyo de
abono. Llevaba la tostadora firmemente agarrada, y un temporizador y una
linterna en los bolsillos. Debíamos estar en nuestras respectivas posiciones a
las cuatro de la madrugada, así que, igual que la última vez, tenía tiempo
suficiente para poder moverme con lentitud y cautela. Aunque supongo que ya
estaba harta de andar siempre con tanto cuidado y disciplina. Después de haber
dedicado cinco minutos a dar seis pasos, acabé perdiendo la sangre fría y
avancé diez metros de un tirón hasta esconderme detrás de un limonero. Pensé
que así haría el resto del trayecto menos monótono. En realidad, a punto estuvo
de costarme la vida. Me disponía a dejar atrás el árbol y dar el siguiente paso
cuando oí el crujido de una rama. Sonó de una forma horripilante, como una
pisada. Vacilé. Entonces me agazapé y esperé. Y efectivamente, un instante
después, el haz de una linterna iluminaba el jardín. Me deslicé entre las
plantas con un silencio sepulcral. Me agaché aún más y entrecerré los ojos
esperando a que me acribillaran las balas. ¿Puedes oír los disparos antes de
morir?, me preguntaba. ¿O todo ocurre tan rápido que los recibes y mueres antes
siquiera de haberlos oído? Me obligué a abrir los ojos y a torcer ligeramente
la cabeza para echar un pequeño vistazo. Una parte de mí esperaba que el
centinela estuviera ahí, mirándome, con el fusil en ristre. Pero no vi más que
el haz de la linterna, que seguía barriendo la zona. En aquel instante
iluminaba un rosal, bastante lejos de mí. De pronto, se apagó. Me di cuenta en
el acto de la estúpida situación en la que acababa de meterme por impaciente.
Si me movía en cualquier momento entre ese instante y las cuatro, me
arriesgaría a que me oyeran. Y si no lo hacía, estaría demasiado lejos de la
casa como para llegar allí a las cuatro. Ya iba justa de tiempo de todos modos.
Estuve pensando unos diez minutos antes de encontrar una forma de resolver el
dilema. Me movería hasta una posición desde la que pudiera ver al centinela, y
entonces decidiría qué táctica adoptar.
Avancé con una insoportable cautela;
con un insoportable dolor también, después de haber estado encorvada durante
tanto tiempo como
un conejillo de indias asustado. Casi me entró la risa floja al imaginarme cómo
explicaría lo de la tostadora en caso de que me pillasen. «Me entró un
repentino antojo de tostadas y me puse a buscar un enchufe.» Seguí avanzando
penosamente, echando breves vistazos a cada paso, o casi, hasta que por fin
pude ver al centinela. Él o ella —estaba demasiado oscuro para saberlo— parecía
mirar inmóvil el jardín, como observando o aguzando el oído. Me tenía que tocar
a mí uno de los pocos soldados eficientes. Se me ocurrió echar un vistazo al
reloj, pero la oscuridad me impedía ver la hora.
Habíamos planeado entrar en acción a
las cuatro de la madrugada, coincidiendo con el cambio de guardia, y ahora
ignoraba cuánto tiempo quedaba. Mi única esperanza radicaba en que había oído a
los nuevos centinelas acercarse por la calle para el relevo. Toda una pequeña
ceremonia tenía lugar en aquel momento. Lo había visto tantas veces que me
sabía el guión de memoria. Los centinelas que venían a incorporarse desfilaban
por la calle hasta la casa de Burgess, y ahí se detenían. Entonces, el oficial
al mando hacía sonar el silbato y los distintos centinelas emergían desde sus
respectivas posiciones, presentaban su informe, formaban una fila y se
retiraban a sus cuarteles. Mientras tanto, los recién llegados rompían filas
para dirigirse a sus diferentes puestos. La operación apenas duraba unos
minutos, pero de ellos dependía la suerte que correríamos.
Pensé que, si el centinela podía oír
el silbato, lo normal era que yo también, así que me quedé inmóvil donde estaba
y aguardé. Tuve la sensación de que llevaba una eternidad allí, pero, solo diez
minutos después, oí el rumor del paso militar desde la carretera. El centinela
también lo oyó, y de pronto abandonó su actitud atenta y se dirigió hacia el
rincón de la casa. Ahí se detuvo, aguardando que sonara el silbato. Parecía
tratarse de una mujer. Se diría que no estaba autorizada a aparecer en la calle
hasta que llegara la señal y que estaba esperando hasta entonces. Supuse que en
la parte trasera de cada casa habría apostado un centinela, esperando el
momento de quedar libre. Era lo más probable después de cuatro horas de un
aburrido servicio en mitad de la noche.
Llegó hasta mis oídos la distante
vibración del silbato. La centinela se fue sin mirar atrás. No había tiempo
para más precauciones: me levanté de inmediato y me encaminé a toda prisa hacia
la puerta trasera. Los centinelas iban a estar metidos en un buen lío por la
mañana, si es que sobrevivían. Mi mayor temor ahora era la puerta en sí. Si las
encontrábamos cerradas, habíamos acordado recurrir a la discreción: o
bien
dejarlo por imposible, o bien protegernos la mano envolviéndola con el jersey y
romper un cristal. Sin embargo, Fi estaba convencida de que no sería el caso.
Su teoría era que la mayoría de los habitantes de Turner Street se tomaban tan
en serio la seguridad que todas las puertas habrían estado provistas de
candados, como ocurría en la suya. Y para que los soldados pudieran tomar
posesión de esas casas, en primer lugar habrían tenido que allanarlas. Eso
significaba que, a no ser que la hubieran reparado, las puertas seguirían bien
abiertas e imposibles de cerrar.
Una teoría muy lógica. Y resulta que,
por una vez, la lógica funcionó. Cuando giré el pomo y empujé la puerta, casi
se me desmonta en las manos. La habían encajado en el marco después de
arrancarla de sus goznes. Muy buena, Fi, pensé sonriente, esperando que a los
demás les estuviera yendo tan bien como a mí. Estaba tan oscuro que tuve que
utilizar la linterna; la saqué, tapé el foco con la mano y la encendí. En la tenue
luz sanguínea, vi una fila de botas, y deduje que me encontraba en el porche
trasero. Era exactamente como lo había descrito Fi.
Actué con rapidez, dirigiéndome a la
cocina. Con la ayuda de un fino y diminuto rayo de luz encontré el fogón. Me
bastó una ojeada para venirme abajo: era eléctrico. Aquello significaba que
tendría que buscar más a fondo y perder más tiempo. Irrumpí en el comedor; el
sudor empezaba a manarme por los poros. Allí encontré lo que buscaba: un
calentador de gas. Abrí el gas a tope, enchufé en una toma de electricidad la
tostadora y el temporizador, y puse este en marcha. Al igual que los demás, lo
había programado a un tiempo aproximado, por si teníamos demasiada prisa como
para hacer un ajuste más preciso. Ahora desconocía si tenía o no tiempo pero,
para ser sincera, estaba demasiado asustada como para pensar en ello o como
para que me importase siquiera. En cambio, sí eché un vistazo a los hilos
eléctricos recortados de la tostadora: si los dos extremos no estaban lo
suficientemente cerca, no se produciría la chispa, y habríamos hecho todo
aquello para nada. La habitación se estaba llenando de gas, y yo procuraba no
respirarlo. El olor era insoportable. Era espantoso comprobar lo rápido que
salía el gas. Acerqué un poco más los alambres entre sí, dejé el aparato en el
suelo con delicadeza y me fui corriendo a la sala de estar. Allí había otro
calentador. Bien. Abrí el gas. ¿Había tiempo de echar un vistazo en el cuarto
de juegos? ¿Y en el estudio? Sí. En uno de ellos, al menos. El cuarto de
juegos. Fui allí a pasos acelerados; otra rápida búsqueda con la linterna
tapada. Y ¡bingo!, qué suerte, un tercer calentador. Abrí el gas y me abalancé
hacia la puerta trasera. Estaba desesperada por salir de aquel sitio, por el
miedo de que el
centinela de relevo ya estuviera en su posición. Podía oler el gas incluso
desde la puerta de atrás. No podía creer lo rápido que se propagaba. Una vez en
la puerta, me asomé para echar un breve vistazo afuera. No podía permitirme
perder más tiempo, ni actuar con más cautela. Encajé la puerta tras de mí y
salí disparada para ponerme a cubierto. Cras, cras, cras. Eran los pasos del
centinela que crujían en la gravilla mientras sus botas se acercaban por el
lateral de la casa. Me lancé al suelo como un jugador de rugby para esconderme
debajo de un arbusto de pequeñas hojas y flores. En la jugada, me golpeé la
rodilla contra una piedra. ¡Ay, mi pobre rodilla! Parecía llevarse siempre
todos los trompazos. Presa del dolor, me tapé la boca con el puño y me quedé
tendida mientras las lágrimas me escocían en los ojos. Al mismo tiempo, no pude
dejar de notar la dulce fragancia que emanaba de aquel arbusto. Puede parecer
una locura reparar en algo así en tales circunstancias, pero eso hice.
Me otorgué unos segundos bajo el
arbusto, pero sabía que tenía que moverme. Con las prisas con las que habíamos
programado el temporizador, todo podía explotar mucho antes de lo planeado.
Salí a rastras del escondite e inicié otro interminable recorrido hacia el muro
del fondo del jardín. Me había dado un margen de unos diez minutos, pero la
idea de que todo explotara antes me horrorizaba. Tenía la cara empapada en
sudor, como si acabara de correr cinco kilómetros. No dejaba de imaginarme el
momento en que el temporizador se disparara, la electricidad fluyera a la
tostadora, las chispas saltaran desde uno a otro de los trozos de cable
recortados, y el gas se inflamara en una repentina y enorme explosión…
Una vez en el hoyo de abono, hice
caso omiso de mi rodilla para auparme a lo alto del muro, saltarlo y echar a
correr renqueando camino abajo. Me fui hasta donde estaban las bicicletas, y
con gran felicidad vi que Fi se encontraba allí, sujetando una bici en cada
mano.
—¿Qué estás haciendo? —dije entre
dientes—. Es demasiado peligroso esperar aquí. —Pero acabé sonriendo.
—Ya lo sé —repuso ella—. Pero no
podía soportar la idea de marcharme de aquí sola.
En su cara mugrienta pude distinguir
el blanco de su dentadura al devolverme la sonrisa.
Alcancé una de las bicis y, sin pronunciar
una palabra más, nos marchamos. Al hacerlo, oí los pasos de alguien que corría
detrás de mí. Eché
un vistazo, sobresaltada pero optimista. Era Lee, que jadeaba ruidosamente.
—Larguémonos de aquí —dijo.
—Buena frase para una película
—susurré.
Me lanzó una mirada perpleja antes de
acordarse, sonreírme y reanudar la carrera. En un segundo ya iba cinco metros
por delante. Fi y yo tuvimos que pedalear con fuerza para seguirle el ritmo.
Nos llevó mucho tiempo llegar a la
casa de la señora Alexander. Tuvimos que dar un gran rodeo, casi siempre cuesta
arriba. Pero cuando por fin nos bajamos de las bicicletas delante de su garaje,
la colina que se alzaba enfrente pareció encenderse. Nunca he visto un volcán
en erupción, pero supongo que tendrá el mismo aspecto. Hubo una especie de
ráfaga y las llamas se dispararon hacia el cielo, como una bengala. Un momento
después, nos llegó un estruendo atronador. Exactamente en el mismo instante se
produjeron dos explosiones más. No podíamos ver las casas, aunque divisé cómo
el techo de una de ellas se levantaba por los aires y se desintegraba; acto
seguido, en todos los árboles de la zona se prendió fuego y estos empezaron a
arder con furia.
—¡La leche! —dijo Fi, contemplando
asombrada la escena. Fue la expresión más fuerte que había pronunciado nunca.
El rugido del incendio era tan
intenso que podíamos oírlo desde donde nos encontrábamos. Una fuerte corriente
de energía arrojada por la explosión arrolló el jardín como una ola, curvando
árboles y plantas y zarandeándonos. Diminutas sombras negras pasaban ante mí
emitiendo pitiditos. Parecían salir de ninguna parte; eran pájaros que huían de
la explosión. Poco a poco, toda una parte de Wirrawee se iluminó. Un infernal
resplandor rojo teñía el cielo. Casi podía percibir el olor a chamuscado.
—Deprisa —dijo Lee—. ¡Vámonos!
Nos precipitamos dentro del garaje.
Al menos esta vez teníamos algo de luz gracias a las linternas, no como la
última vez que había estado en aquel sitio, buscando cerillas a tientas, en
peligro mortal.
—Espero que Robyn y Homer se
encuentren a una distancia prudencial —dije.
No había tiempo para más charla. Abrí
la puerta del coche más cercano, me metí dentro y giré la llave del contacto.
No hubo más que un quejumbroso
chirrido.
—¡Ay, madre! —dije—. La batería está
agotada.
Lee se asomó dentro del otro coche,
un todoterreno, y lo tanteó con el mismo resultado.
Justo cuando él se enderezaba, Robyn
irrumpió en el garaje, entre jadeos y los ojos como platos.
—¿Estáis todos aquí? —preguntó.
—No. Falta Homer. Y los coches no
quieren arrancar.
—Dios mío —dijo y desapareció de
nuevo en busca de Homer, supuse.
Volví a probar suerte con el primer
coche, pero el chirrido del motor se hizo cada vez más afónico hasta
convertirse en un murmullo apenas audible.
—Tendremos que apañarnos con las
bicis —dije a Lee.
Salimos corriendo y las recogimos
detrás del cobertizo donde las habíamos abandonado antes. No pude evitar mirar
las feroces llamas que arrasaban la colina. Se habían encendido las luces de todas
las casas ocupadas de Wirrawee, y podíamos ver los faros de numerosos vehículos
que convergían hacia Turner Street. Avisté dos camiones de bomberos salir
pesadamente del recinto ferial.
—Tenemos una cosa a nuestro favor
—observó Lee—. Quizá no quede nadie capaz de dar órdenes si hemos quitado de en
medio a buena parte de sus oficiales.
Asentí con la cabeza.
—No desaprovechemos esa ventaja
—dije—. ¿Y qué hacemos con Homer? ¿Le dejamos una nota?
Robyn emergió de las sombras,
empujando su bicicleta.
—Lo esperaré yo —dijo.
—No, Robyn, ni hablar. Es demasiado
peligroso. Por favor, Robyn, no lo hagas.
Se quedó callada un instante.
Entonces, para el alivio general, se oyó una voz en la noche.
—¿Alguien
quiere una tostada? —Era Homer.
—No te bajes de tu bici —dije en el
acto—. Los coches no funcionan. ¿Dónde está Fi?
—Aquí —sonó su vocecilla.
—Ya estamos. En marcha, Club de los
Cinco.
Capítulo
17
El día rompió demasiado pronto,
sorprendiéndonos a un buen trecho de mi casa y del fiel Land Rover. Tomamos una
decisión de emergencia: salir de la carretera principal y refugiarnos en la
propiedad más cercana, la de los Mackenzie.
Solo había estado dos veces en la
casa desde que aquel avión la había reducido a cenizas ante nuestros propios
ojos. Hacía ya muchas semanas que habíamos visto la propiedad explotar desde
las dependencias de los esquiladores. Volver a toparme con aquel panorama, bajo
la luz del alba, fría, gris y miserable, me hizo sentir mejor por haber volado
media Turner Street. Me compadecí de los dueños de aquellas casas, pero sabía
que seguramente esta vez habríamos perjudicado más al enemigo que en todas las
operaciones precedentes juntas. Y, como poco, era una pequeña compensación por
el modo en que aquella gente había destrozado la vida de los Mackenzie al
bombardear su casa y disparar a su hija, mi amiga Corrie.
Mientras los demás se dirigían
directamente hacia el cobertizo de esquileo, me quedé un rato vagando por los
escombros de la casa. Unos diminutos hierbajos ya habían empezado a brotar y a
extenderse. Furiosa, los arranqué. Quizá me precipité al hacerlo. Era vida, una
determinada forma de vida, y no había mucha más a su alrededor. No había nada
que se salvara entre las ruinas. Cada pieza de vajilla estaba hecha añicos;
cada sartén, combada y torcida; cada trozo de madera chamuscado o astillado.
Busqué en vano algo que no hubiese sufrido ningún daño. Al menos, mi peluche Alvin,
un diminuto pedacito de amor, había sobrevivido a la masacre de los Héroes de
Harvey.
Sin embargo, cuando empezaba a
alejarme, de camino hacia mi bicicleta, encontré algo. Sobresalía de debajo de
un ladrillo, brillando con un reflejo plateado. Lo recogí. Era un abrecartas,
largo, fino y afilado, y con una varita a modo de cruz. Lo guardé en el
bolsillo. Tal vez me sirviera algún día. Como arma, pensé. No se me pasó por la
cabeza que, quizás en el futuro, podría utilizarlo para abrir mis cartas.
Aunque sí tenía la esperanza de devolverlo un día a sus propietarios.
—iEllie!
—gritó una voz.
Levanté la vista, sobresaltada. Robyn
estaba haciéndome señales con la mano desde el cobertizo de esquileo.
—¡Un avión! —gritó.
Me percaté entonces del zumbido grave
que se oía de fondo, y que no había percibido conscientemente. Tal vez
estuviese demasiado cansada. Pero la adrenalina expulsó de mi organismo el
agotamiento mientras me precipitaba hacia mi bici, tropezando con los
ladrillos, sintiendo de nuevo un dolor agudo en la rodilla.
Hice caso omiso del dolor y recogí la
bici precipitadamente. Me pregunté si, al dirigirme hacia el cobertizo, también
guiaría a los aviones pero, al mismo tiempo, comprendí que no había más lugares
donde ponerse a cubierto. De manera que pedaleé hacia allí como alma que lleva
el diablo. Tan pronto alcancé la sombra de la vieja construcción, los demás me
agarraron y me arrastraron dentro. Me tumbé en el suelo sollozando y
resollando. El estruendo del avión pasó rápidamente sobre nosotros y siguió su
trayectoria. Me quedé tendida, con la cara en el polvo, preguntándome si me
habría visto, si volvería. Me lo imaginaba como una criatura del infierno con
vista propia y dotada de inteligencia. No podía visualizar a las personas que
se sentaban a su mando y lo dirigían.
El rugido del avión fue apagándose
otra vez, y acepté la ayuda de Robyn para levantarme.
Era el principio de un día terrible.
Estábamos orgullosos de lo que habíamos hecho, pero no tardamos en temer las
consecuencias. Empezamos a ser conscientes de que las cosas o las personas que
habíamos volado por los aires debían de ser más graves, más importantes de lo
que habíamos esperado e incluso imaginado. Aviones y helicópteros recorrían
constantemente el cielo. El interminable zumbido de los rotores, como sierras
eléctricas furiosas, empezó a infiltrarse en mi cerebro hasta el punto de que
ya no sabía si lo que oía venía del cielo o de mi cabeza. Al cabo de un par de
horas, estábamos tan nerviosos que abandonamos el cobertizo de esquileo,
escondimos las bicicletas y nos adentramos en el monte, a través de los
árboles. No nos sentimos algo más seguros hasta refugiarnos en la densa
vegetación. No teníamos víveres, excepto un paquete de galletas que Homer había
traído, pero preferíamos morir de inanición antes que aventurarnos en la
barraca de tiro al blanco que representaba el campo abierto.
Estar allí parados nos dio la
oportunidad de relatar nuestra experiencia. Fue emocionante intercambiar
impresiones, y nos permitió olvidarnos del interminable gruñido de las
aeronaves. Yo conté mi historia primero, y después Robyn describió la suya.
Había elegido la casa contigua a la mía, que pensábamos que era un edificio
administrativo de menor importancia, pero no había podido entrar.
—La puerta estaba cerrada con llave
—explicó—. Así que a las cuatro, en cuanto el centinela se fue, rompí una
ventana. Intenté hacerlo lo más discretamente posible, pero el cristal estaba
muy por encima de mi cabeza y acabó cayendo y estrellándose contra algo dentro
de la casa. ¡Hice un ruido! Fue algo tremendo. Me entró miedo, pero pensé que
todavía tenía tiempo, e intenté trepar hasta la ventana. Había un canalón que
subía por la pared y luego se bifurcaba. Lo aproveché para subir. Pero, cuando
empecé a estirarme hacia la ventana para alcanzar el alféizar, la tubería se
rompió bajo mi peso. Eso hizo más ruido aún que el cristal de la ventana. Y lo
siento, pero entonces sí que me rajé. Empecé a temblar y llegué a la conclusión
de que ya no tenía tiempo de meterme dentro. En retrospectiva, supongo que probablemente
habría podido hacerlo, pero con todo ese ruido me entró la neura. Y encima vi
que la tubería rota estaba derramando agua por todas partes. Era como si todos
los elementos estuvieran en mi contra. Coloqué la tubería como pude en su sitio
y pensé en pasar a la casa de al lado para ver si podía echarle una mano a
Ellie, pero el paso estaba cortado por los dos centinelas que regresaban. Tardé
una eternidad solo en llegar hasta el camino. En definitiva, se puede decir que
no he hecho nada. El mérito es todo vuestro.
Lee también se había encontrado ante
una puerta cerrada. Quizá hubieran cerrado con llave todas las casas que
utilizaban como oficinas, pero no las que tenían un uso residencial. Pero Lee
jugaba con ventaja: Fi conocía la casa del doctor Burgess casi tan bien como la
suya propia, y había podido hacerle un plano muy detallado. Y cuando él se
encontró con la puerta trasera cerrada, fue corriendo hasta el conducto de
vertido de carbón, lo abrió y se coló en el sótano, desde donde subió a la casa.
—El doctor Burgess siempre decía que
quería ponerle un candado —dijo Fi con aire satisfecho—. Descuidaba un montón
la seguridad. Papá siempre decía que por esa misma razón no le habían robado
nunca.
Lee había encontrado una cocina y
tres calentadores de gas, que abrió al
máximo. Tuvo que causar un buen petardazo. Le pregunté si había tenido
dificultades para salir, pero él se encogió de hombros y, alzando la vista
hacia los árboles, se limitó a contestar: «No». No supe cómo tomarme aquello.
¿Por qué no podía mirarme a los ojos? Tuve la horrible sensación de que se
había vuelto a manchar de sangre las manos, aquellos largos y gráciles dedos de
músico.
Homer había entrado fácilmente en la
casa que le tocaba, no había encontrado ningún aparato que funcionara con gas.
Al marcharse, decidió esperar unas cuantas manzanas más allá por si ocurría
algo.
—Te encanta hacer eso —dijo Fi—.
Hiciste lo mismo cuando volamos el puente.
—Está hecho un saboteador —añadí yo.
—Esto sido mucho mejor que lo del
puente —dijo Homer—. Ha sido una pasada. Hubo una explosión, y después otra,
enorme. Puede que tuvieran explosivos almacenados allí. Ojalá hubierais sentido
esa onda expansiva. Fue como si un potente viento me azotara de pronto. ¡Guau!
¡Y el ruido! Aún no me lo creo. Hubo un montón de explosiones secundarias
también. Anoche hicimos algo alucinante. Nos enfrentamos a algo increíblemente
difícil y lo conseguimos. ¡Somos unos héroes!
Pensé en lo extraño que sonaba
aquello: que destruir algo y matar a gente fuera un gran logro. Me dije que
destruir era mucho más fácil que construir.
—Y a ti, Fi, ¿cómo te fue? —preguntó
Lee.
—Ah, yo crucé el jardín tan discretamente como lo
haría un conejito —dijo ella—. Tardé una eternidad en llegar a la casa. Y
cuando por fin estaba a un metro de la pared, me di cuenta de que la centinela
estaba dormida. ¡Habría podido pasar silbando sin que se enterara! Estaba un
poco preocupada porque eran las cuatro menos diez, y pensé que se perdería el
cambio de turno. Pero tenía uno de esos relojes con alarma, así que justo
cuando pensé que iba a tener que acercarme para despertarla, sonó el
despertador. Y unos pocos minutos más tarde se oyó el silbato. Se puso en pie,
tambaleándose, y se fue tan campante. Creo que había estado bebiendo, porque se
guardó una botella en el bolsillo mientras se alejaba. En cuanto hubo
desaparecido por la esquina, salí disparada hacia la casa.
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